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Fernando Vásquez Rodríguez

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Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Fiestas de fin de año

Entre vinilos y recuerdos de fiestas decembrinas

24 martes Dic 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Crónicas

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Etiquetas

Autobiografía musical, Fiestas de fin de año, Música decembrina, Orquestas de música tropical años 70

La idea de ir a la fiesta, empezaba antes. En los preparativos de la música que iba a llevar, en los LP seleccionados y marcados tanto en las cubiertas como internamente. Eran vinilos, mucho tiempo de color negro, y después impresos en colores llamativos. Luego venía lo de la llamada a mis primas, Nidia, Elsa, Nelly y Ruby, para empezar. Ellas eran la otra parte del rito previo a la fiesta. Acordada la hora de pasar ese fin de semana por sus casas, no quedaba sino la confirmación a los primos más cercanos y a otros amigos de aquella época. Al final éramos como 10 personas las que formábamos el grupo más estable que asistíamos a las fiestas que aparecían por montones en épocas navideñas.

Las fiestas iniciaban casi siempre a las 10 de la noche. Así que, la búsqueda del taxi comenzaba a eso de la nueve, porque había que ir hasta Kennedy que estaba bien lejos del barrio Estrada, donde yo vivía. De la casa salía con dos de mis primos. En una bolsa llevaba como escuderos mis vinilos, comprados varios de ellos en Discos Bambuco; por supuesto, no podía faltar el último de los 14 Cañonazos bailables que recogía los temas más oídos de aquel año. Pero si de algo me jactaba era que mi selección incluía otras orquestas que muy seguramente no tenían en la casa del anfitrión. Por ejemplo, y sólo como ilustración, llevaba un LP del Super Combo los Tropicales, que incluía temas como “El baile del muñeco”, “La grieta” y uno, en especial, que me fascinaba: “Caimán y gallinazo”. El autor de esta cumbia era el soplavientero Clímaco Sarmiento y lo enaltecía la voz de Doris Salas.

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La recogida de las primas iba aumentando el número de taxis. Después de varias escalas nos repartíamos hombres y mujeres en dos carros y empezábamos la ruta hacia los barrios Santa Isabel, Trinidad Galán o Venecia donde nos esperaban otros amigos con sus familiares y un grupo animado de conocidos del barrio. Cuando entrábamos un buen número de personas estaban sentadas alrededor de la sala, desprovista de otros muebles, esperando a que se “prendiera” la fiesta. La música servía de preámbulo y hacía las veces de incitadora a los variados jóvenes que permanecían de pie ansiosos de que llegaran muchachas para formar parejas. En los bafles de los equipos de sonido ya sonaba el último LP de Nelson y sus estrellas que contenía canciones como “El porro”, “La sirena” o “El forastero”. Saludos y abrazos iban y venían en una fraternidad que convertía a cualquier desconocido en un nuevo amigo y permitía, lejos de cualquier amenaza, dejar abierta las puertas de la casa para que algunos transeúntes gozaran de la alegría de esos diciembres. Nos instalábamos en las sillas vacías a la par que nos recibían con algún licor para combatir el frío. Más de una vez constaté que la belleza de mis primas no pasaba inadvertida para la concurrencia.

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El anfitrión de la casa sabía que llevaba buena música y me conducía de una vez hasta la mesa que servía de tornamesa. Ponía mis discos parados a un lado del equipo, para que no se fueran a dañar, y escogía uno que sirviera de detonante. Casi siempre la música de la Billo’s Caracas boys, cumplía a la perfección ese propósito. Apenas terminaba el disco que estaba sonando, con mucho cuidado levantaba la aguja y ponía un LP de los que había traído. Una vez más la extraordinaria voz de Cheo García, el guarachero, rompía la timidez de los primeros hombres adolescentes para seleccionar una mujer y empezar a deslustrar el tablado brillante que desde el día anterior estaba listo. “La butifarra de Pacho” sonaba recio en los dos parlantes ubicados estratégicamente en las esquinas de la habitación.

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Si la concurrencia no respondía a cabalidad con La Billo’s, lo mejor era echar mano de cualquier tema de Los Corraleros de Majagual. Por ejemplo, “El bailador”. Era efectivo para que tanto los más jóvenes como los mayores sacaran pareja y acompañaran la voz de Eliseo Herrera con las palmas de sus manos. Yo mismo me apartaba por unos minutos del equipo y me integraba al baile. Por lo general, al mostrar a otros mi alegría, los contagiaba para participar de la dinámica vertiginosa de la fiesta.

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En muchas ocasiones no había que cambiar inmediatamente el disco porque los temas de una cara tenían la suficiente atracción para no soltar la pareja, pero otras veces lo que había que hacer era buscar un nuevo LP que mantuviera la “energía” del auditorio. Y qué mejor enlace que la voz de Víctor Piñero con el ritmo armonioso de Los Melódicos de Renato Capriles. Mi mano derecha, con pulso firme, levantaba la aguja del tocadiscos y elegía el corte que correspondía a “Cayetano baila”.

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A la par que cambiaba la música, se repetía las rondas de algún trago y, dependiendo de las condiciones económicas del anfitrión se compartía algún pasaboca. A esa hora, casi a las once de la noche, el número de invitados estaba a tope y el mismo clima de la fiesta llevaba a escuchar a Rodolfo con Los Hispanos. No importaba el tema elegido, esta música tenía el poder de reavivar la fiesta. Nadie se quedaba sentado y, lo que resultaba más llamativo, todas las personas repetían en coro la letra de la canción porque se la sabían de memoria. “Adonay”, “Los cien años de Macondo”, “El papelito blanco”.

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Y al poner un disco de Los Hispanos casi que uno se veía obligado a que el siguiente fuera de Pastor López, en particular un LP que contenía temas como “Callate corazón” y el “Eco de tu adiós”. Las parejas amacizadas giraban y giraban al ritmo de este otro grupo musical venezolano que en aquellas épocas se escuchaba en la radio y en el ambiente decembrino callejero.

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Hacia la media noche había un pequeño receso. Los anfitriones de la fiesta empleaban ese tiempo para servir el arroz o el espagueti con pollo a todos los invitados. Más de una persona se acomedía a colaborar y cada quien buscaba un lugar en las sillas disponibles o en las gradas de las escaleras. Los más íntimos podían entrar a la cocina y, si el hambre era mucha, repetir plato. Durante ese lapso, los mosaicos del Cuarteto imperial mantenían el hilo animado de la fiesta.

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Terminado el pequeño receso venía la segunda fase de la fiesta. En ese momento casi siempre Nelson Henríquez ayudaba al despegue de este convite de fraternidad y celebración por la vida. “Muchacha de quince”, “La batea”, “Nube viajera”, daban pie a que se reanudara la diversión.

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Mis primas y primos íbamos y veníamos al mismo lugar que ubicamos cuando llegamos a la fiesta y compartíamos durante los intervalos de los discos “impresiones” sobre los pormenores de la reunión. A veces no bailábamos un tema para distraernos con los diferentes pasos que ingeniaban determinadas parejas o para ir hasta un corrillo y reanudar el diálogo con amigos y amigas que hacía tiempo no veíamos. Durante esos minutos el anfitrión aprovechaba para poner su música o para elegir dentro de los LP que yo había llevado algún tema que era de su agrado. Por ejemplo, “Tania” de Fruko y sus tesos. La voz potente de Joe Arroyo empezaba a distinguirse entre los cantantes de salsa de aquella época.

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A sabiendas de que más o menos a las dos de la madrugada los padres del anfitrión abandonarían discretamente la reunión y antes de que los vecinos de mayor edad empezaran a despedirse, lo más oportuno era poner algún tema decembrino de Guillermo Buitrago o acudir a la voz de Alberto Fernández acompañado de la guitarra de Julio César Bovea. Entonces, dejaba correr dos o tres temas seguidos de Rafael Escalona, interpretados por Bovea y sus vallenatos, comenzando por “El testamento”.

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Era normal que durante el desarrollo de la fiesta algunas parejas empezaran a conversar, a buscar puntos de afinidad y, si había un gusto mutuo, daban inicio a uno de esos noviazgos que podían tener una duración corta o prolongarse en el tiempo. Pero lo más importante era que hubiera afinidad en el baile, en la armonía de los movimientos, en cierta cadencia de las caderas que imantara los cuerpos. Así que, consciente de tal evento emocional, lo frecuente era poner un disco de Nelson y sus estrellas, “Llora corazón” que invitaba a dos cosas: a amacizar aún más a la pareja y a que el anfitrión, haciendo de cómplice, apagara una de las luces de la sala, para crear un ambiente de penumbra en el cual fuera posible el roce de las mejillas o el anhelado beso furtivo.

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A mí me gustaba el LP titulado Aquellas lindas melodías de Guillermo Portabales para hacer el puente entre la penumbra y la luz plena que regresaba a la sala. La cadencia de “El carretero” provocaba que las parejas se mantuvieran abrazadas pero que poco a poco fueran dejando un espacio entre sus cuerpos para airear sus pasiones.

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Y cerca, muy cerca al ritmo de Portabales, estaba La Sonora Matancera, y un tema que volvía a subir la intensidad de la fiesta hasta un punto bien alto. Nelson Pinedo y “El muñeco de la ciudad”.

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Ya hacia las tres o cuatro de la madrugada me parecía bien utilizar esos discos que sabía no hacían parte de la discoteca de las casas donde era invitado. Buscaba, entonces, a la orquesta de los Hermanos Flores y su LP titulado La fiesta. La aguja del tocadiscos dejaba escuchar el tema “La bala”. El grupo de bailadores seguía las indicaciones que decía el disco: aplaudía, saltaba, levantaba los brazos, formaba una rueda o, en medio de risas, se integraba a un tren que parecía descarrilarse en cada vuelta. Todo este jolgorio contribuía a fortalecer la confianza y los vínculos humanos.

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Aunque el licor se multiplicaba en rondas y brindis sucesivos, el cometido no era emborracharse, sino divertirse hasta que amaneciera o hasta que empezara a clarear para salir a buscar el transporte que nos llevaría a nuestras respectivas casas. Con este fin se le hacía bromas al que empezaba a cabecear por el sueño y se le entonaba en la cara un vallenato en especial, contenido en el álbum Rumor vallenato con la voz potente de Daniel Celedón y el toque vertiginoso de Israel Romero. La invitación no era sólo para animar a los que daban muestras de cansancio, sino para despertar a aquellos pocos que se apoltronaban somnolientos en los asientos. La consigna era perentoria e inapelable: “Amanecemos parrandeando”.

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La última hora de la fiesta daba pie para que sacara a escena otros LP, de esos tenidos en reserva y que me parecían formidables. La voz de tenor de Argenis Carruyo se aunaba de manera perfecta al ritmo cadencioso del Supercombo Los tropicales. Las notas del tema “El baile del muñeco” daba nuevo brío a las piernas al igual que reforzaba la garganta de los asistentes.

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Podían seguir después discos como “Soy parrandero” de Emir Boscán y los Tomasinos, “Promesas de cumbiambera” de la Orquesta La Playa, o “Ni Calor ni frío” de la Orquesta La Tremenda…, o, para fomentar de nuevo el amacice, uno de los temas vallenatos de los Hermanos Zuleta, muy escuchado en el año 1974: “Río crecido”.

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Las primeras luces del día anunciaban el fin de la fiesta. La música bajaba de volumen mientras iba desocupándose la sala de bailadores. Cada subgrupo de amigos empezaba a prepararse para la despedida. La charla era abundante. Los agradecimientos al anfitrión se multiplicaban cada vez que entregaba los bolsos y prendas personales guardadas al llegar a la fiesta. Las llamadas por teléfono para solicitar un taxi se repetían muchas veces, a pesar de que algunos preferían salir en grupo a buscar transporte en una de las avenidas cercanas. Durante esos minutos todo transcurría en la entrada de puerta de la casa. Los abrazos interminables parecían prolongar las horas de alegría compartida.

Apenas aparecían nuestros taxis nos acomodábamos de manera semejante al viaje inicial. El recorrido ahora inverso, porque debíamos llevar a las primas a sus residencias. Las anécdotas divertidas, las cualidades del anfitrión, la exquisitez de la comida, eran indicadores de la calidad de la rumba. Sobre mis piernas, y cobijados por mis brazos, los discos que había traído reposaban de su largo trabajo durante esa noche, pero a la expectativa de una próxima fiesta.

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