Los estudiantes de la licenciatura en lenguas extranjeras de la Universidad del Valle, que sirven de apoyo al Grupo GRACA (Grupo de Apoyo Académico), en un pasado encuentro sobre “la lectura crítica y la escritura en las disciplinas” también me formularon un buen número de preguntas sobre el oficio docente. Por considerarlas relevantes al derivarse de sus primeras experiencias o sus expectativas con las prácticas de enseñar, me pareció importante compartir con los lectores algunos esos interrogantes y darles respuesta en este espacio.
¿Cómo fue su proceso o experiencia personal al pasar de estudiante a maestro? (Edwin Alejandro Acosta Caicedo).
Todo se inicia cuando después de terminar el grado 11 empecé a ser profesor en el mismo colegio donde obtuve mi título de bachiller. Pienso que el rector vio en mí potencial para ser maestro. Lo primero que hice fue emular a los buenos maestros que había tenido y tratar de no cometer los mismos errores de otros que consideraba poco provechosos. De igual modo fueron cualificándome los diálogos frecuentes con profesores que ahora eran mis colegas y una dedicación a cada una de mis clases. Más tarde, cuando hice mi pregrado en Estudios literarios en la Universidad Javeriana, sucedió algo semejante, pues empecé a trabajar como docente, apenas me gradué, en la carrera de comunicación social. Conservé esa misma consigna de darle continuidad a los ejemplos de buenos profesores y evitar los modelos de quienes no tenían habilidades docentes. Desde ahí empecé a descubrir un problema: se puede saber mucho de una asignatura, pero carecer de elementos didácticos para enseñarla. Esto me llevó a profundizar en las estrategias y habilidades de comunicación para mejorar la práctica docente. Mucho más tarde, cuando concluí mi maestría en Educación se repitió la misma situación: empecé a ser docente del posgrado en que me gradué. En este caso, con toda esa experiencia acumulada, reforzada por mi práctica investigativa, logré hacer una primera síntesis de mis reflexiones y propuestas sobre lo que implicaba enseñar y aprender; tales consideraciones están en mi primer libro titulado Oficio de maestro.
Para ser profesor, ¿debe ser por vocación?; si es así, ¿cómo sé que tengo esa vocación? (Juan Esteban Ramírez). Siendo docentes todo parece ser siempre igual, ¿significa que no es mi vocación? (Alejandra Pérez).
Si entendemos la vocación como “aptitudes”, diría que sí. Aunque a veces esa vocación se va descubriendo o tiene ciertas “epifanías” que llevan a reconocerla. Cuando nos gusta estar con otras personas, ayudarles de muchas maneras, servir de guías para sortear sus dificultades de aprender algún asunto; cuando comprobamos que se nos facilita “traducir” algún conocimiento en un lenguaje entendible para otros; que nos divertimos haciendo juegos o liderando actividades de grupo; cuando advertimos que tenemos facilidad de expresión, que persuadimos a otros de lo que pensamos, que no tenemos dificultades para hablar en público… Es muy posible que tengamos la vocación para ser docentes. Pero, para ser maestros no es suficiente con estas disposiciones o características. También se requieren “actitudes” que están asociadas a la disciplina, a la formación académica, al dominio de técnicas y habilidades, al saber profundo de un área o una disciplina. Y si sumamos “aptitudes” y “actitudes”, aún queda otro aspecto que, muchas veces, es el definitivo: la experiencia misma de enseñar a otros, el momento en que estemos solos en el aula, en que “experimentemos” las vicisitudes de la relación maestro-alumno y su acaecer cotidiano. Esta práctica, no siempre llena de aciertos y aplausos, a algunos los reafirma en su vocación y, a otros, les sirve de yunque para descubrir que este no era su camino.
¿Cuál sería su modelo de profesor? (Alejandro Ibarra). Desde tu experiencia, ¿qué consejos nos das para ser un buen docente? (Mariana Restrepo).
Más que modelo, hablaría de un perfil o de un conjunto de rasgos que, de cumplirlos, se acercaría bastante a un maestro de calidad. El primer rasgo tendría que ver con el apasionamiento; es muy difícil ser un excelente educador desde el desgano y la apatía. Es ese apasionamiento el que motiva y hace crecer, el que dinamiza y enciende los corazones de los estudiantes. Un segundo rasgo es el del compromiso o, si se quiere entender de otra manera, el de la responsabilidad, la de seguir preparando las clases y evaluando los productos de los estudiantes, la de cumplir con las obligaciones y enaltecer el oficio. Un tercer rasgo lo asociaría con la capacidad creativa o de innovación; es decir, de mantener en su espíritu el deseo de renovarse y mudar sus prácticas de aula; de explorar en otras estrategias didácticas, de atreverse a experimentar y no dejar de proponer y aventurar. Nada hay más lejano a un buen maestro que un profesor pusilánime, rutinario y predecible. Un cuarto rasgo, que sigue siendo una cualidad indispensable, es la de la paciencia o de la tolerancia con el error ajeno; hasta pensaría que se trata de adquirir una serenidad para sortear desavenencias, conflictos o problemas que siempre acaecen en la relación pedagógica. Y un último rasgo, aunque podrían ser más, el de mantener un actuar ético en el que sus palabras estén en sintonía con lo que haga; en el que lo que anuncie corresponda a lo ejecutado. Esa vigilancia ética es la clave para tener autoridad moral con sus alumnos y el soporte de su ejemplaridad.
¿Cómo me adapto a los distintos estudiantes que pueda encontrar? (Miguel Antonio Gallego Díaz).
Este es un trabajo que empieza en el diagnóstico inicial del grupo, prosigue durante las sesiones de clase y se enriquece con la observación y la interacción con los estudiantes. En un salón habrá, desde luego, una variedad de alumnos, tanto en sus expectativas como en sus capacidades; serán distintos por la procedencia de sus contextos, por el tipo de crianza que hayan tenido, por las expectativas que traen y, especialmente, por sus estilos de aprendizaje. Conocer a los estudiantes, indagar en sus presaberes y dificultades, es parte esencial de la labor de un maestro. La adaptación es de doble vía; del maestro y de los aprendices; cada parte de la relación pedagógica va encontrando los mejores caminos para que la comunicación fluya, para que se afiance la comienza, para que se consolide un vínculo fraterno. Más que fórmulas únicas o formas estandarizadas, cada estudiante le demanda al maestro encontrar las mejores vías para enseñarle y ayudarle a su formación. Lo único cierto es que ni hay grupos homogéneos, ni a todos los estudiantes el maestro logra llegar de la misma manera; también enseña la experiencia que se requiere tiempo para alcanzar una interrelación sincera y productiva.
¿Cómo se mantiene la atención de un grupo por el tiempo necesario para transmitir un mensaje? (Sara Díaz). ¿Cómo puedo hacer que mis alumnos se interesen en mis clases? (Brygitte Navarro).
La atención de los estudiantes depende, en una primera instancia, del interés del estudiante y del tipo de motivación del maestro. Pero, en gran medida, responde a las estrategias didácticas que el educador prevé cuando hace la planeación de su clase, de las actividades que idea, de las tareas que propone, de las habilidades comunicativas que pone en escena. La atención puede depender de cómo inicia su sesión de clase, del modo en que invita a la participación o de los ejemplos que usa con frecuencia. Considero, además, que la variación en las estrategias de enseñanza, los diálogos individualizados, la lectura detallada y los comentarios escritos a los trabajos presentados, el reconocimiento continuo a los pequeños logros, contribuyen a mantener la atención de los estudiantes.
¿Cómo tener una mejor retención de conceptos y de qué manera aprovechar ese conocimiento al momento de enseñar? (María Alejandra Melo Garay).
Para nadie es un secreto que la facultad de la memoria es una aliada para la docencia; poder retener conceptos, autores, definiciones, procesos, bibliografía pertinente y oportuna, es fundamental al momento de enseñar un contenido específico. La memoria se ejercita y hay recursos para favorecerla. La memoria más potente es la memoria asociativa y un aliado para su permanencia es el filtro de la escritura. Tomar apuntes, hacer cuadros sinópticos, diseñar mapas conceptuales, subrayar, glosar y resumir, siguen siendo recursos o habilidades que afianzan y refuerzan la capacidad de recordar. Recomiendo especialmente preparar los temas desde la óptica de un problema y, una vez establecido ese campo de trabajo, comenzar a acopiar información desde diversas disciplinas. Nuestro cerebro necesita ser “asediado”, estimulado muchas veces sobre un mismo tópico para que logre “guardarse” en la memoria. De allí que el mero pasar los ojos por las hojas sea ineficaz para rememorar o que la “cháchara insustancial” no ayude para nada a fijar distinciones y aprender diferencias. La memoria se lubrica con el hábito de lectura y más aún con la relectura; echa raíces profundas cuando se escribe sobre aquello que se lee y toma la forma de lo inolvidable cuando transformamos esa información en otra que pueda ser enseñable. La memoria más duradera está hecha de los conocimientos que hemos interiorizado; es ya un saber encarnado.
¿Cómo se puede mejorar la proyección vocal? (Samuel Bolaños).
Es bien sabido que la expresión oral es el medio más usado en la docencia, el vehículo del mensaje del maestro, el recurso más utilizado para la interacción en el aula. Sin embargo, cuando se trabaja con grupos grandes, se necesita aprender a proyectar la voz de tal manera que la comunicación llegue a todos los estudiantes. Entre todas las técnicas o consejos, lo más aconsejable, si es que se tiene un tono de voz muy bajito, es desplazarse en el salón, usar diferentes puntos de emisión para expresarse. Es recomendable, en la casa, acostumbrarse a leer en voz alta; jugar con las modalidades de la voz, ejercitarse en leer cada párrafo con una entonación diferente. La idea es que la voz vaya ganando en fuerza, en versatilidad. Aprender de memoria poemas u otro tipo de textos para luego entonarlos debajo de la ducha o en la calle contribuye también a ganar en cobertura y mayor volumen. La buena postura, la respiración diafragmática, la humectación permanente del aparato fonador, participar activamente en un grupo de teatro, todo ello resultará de gran ayuda para la proyección vocal. Lo fundamental es tomar conciencia de que la voz es la “herramienta” prioritaria del maestro, al mismo tiempo que se explora en sus potencialidades y se comienza a incorporar la higiene de sus cuidados.
¿Qué es lo más fácil: ser un buen docente o ser un docente bien pagado?, ¿El ser un buen docente te llevará a un buen sueldo o es cuestión de suerte? (Johan David Beltrán).
No creo que se opte por la profesión docente porque se aspire a un sueldo con grandes emolumentos o para, con el pasar de los años, adquirir mucho dinero. Por supuesto que siempre se desea una remuneración justa y acorde con las múltiples labores que hace un maestro. Pero no podemos perder de vista la tensión entre las profesiones y el mercado laboral, la incidencia de las políticas educativas sobre la profesión docente, y la pirámide axiológica que cada sociedad tome como referencia para medir el éxito o la riqueza. Creo que, en el caso de la docencia, las ganancias o los beneficios son de otra índole. Sin embargo, y eso es bueno decírselo a las nuevas generaciones de educadores, si se trabaja con responsabilidad, si se está permanentemente preocupado por la cualificación de la profesión, si se halla un campo del saber en el cual se investigue y se publique, seguramente se logrará obtener un salario que le permite al docente vivir con cierta solvencia y mantener una calidad de vida digna. Por lo demás, vale la pena declarar aquí que no todas las cosas que hacemos, en particular aquellas en las que nos sentimos plenos y con el corazón apasionado, se tasan con el dinero o se valoran por los bienes materiales adquiridos. Las retribuciones más importantes que recibimos en la vida se evidencian en la felicidad que nos produce una profesión o un oficio, en el bienestar que podemos ofrecer a otros y en esa plenitud interior que se genera, cuando sin aspavientos u ostentaciones, contribuimos a construir un mundo mejor para las generaciones futuras.
¿Qué es lo mejor de ser maestro? (Josimar Orjuela). ¿Qué enseñanza valiosa le ha brindado la docencia? (María Victoria Maya).
Si bien cada quien puede destacar uno u otro aspecto, en mi caso lo mejor de ser maestro consiste en la posibilidad de guiar a otro ser humano en sus procesos de aprendizaje y acompañar algunas dimensiones de su desarrollo personal. Subrayo en esto que digo, una apuesta fraterna por iniciar a otra persona en el gusto por conocer, estudiar e investigar, al igual que una profunda convicción de servicio a los demás. Mi mayor satisfacción como maestro, por lo mismo, es crear condiciones o escenarios para que otro venza sus miedos o sus limitaciones y pueda conquistar sus propias metas. También me produce gran satisfacción explorar en talentos inéditos, servir de líder para proyectos difíciles y ofrecer motivación, consejo y apoyo cuando el desánimo o la desesperanza anidan en el espíritu de los aprendices.
¿Cuál es la importancia de ser maestro? (Nicolás Correa Borrero).
Pienso que los maestros somos importantes para una sociedad porque, gracias a nuestra mediación, el pasado logra hacerse presente y tener horizontes hacia el porvenir. Nuestra importancia está en ser orfebres del tejido social, en contribuir a crear vínculos sociales, a preparar a niños y jóvenes para ser ciudadanos cabalmente responsables tanto en la defensa de sus derechos como en el cumplimiento de sus deberes. Somos importantes porque hacemos extensiva la labor de la familia en la creación de hábitos, la asunción de un grupo de valores y la formación del carácter. Los maestros somos definitivos en sociedades que parecen sucumbir a la hecatombe moral y la falta de sentido vital; en nuestra siembra, silenciosa y humilde, está el germen de la esperanza, de vencer el miedo a lo desconocido y la de convivir amablemente con otros semejantes y diferentes. Nuestra importancia es de aguas subterráneas y no de avalanchas escandalosas y pasajeras.
