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Cartas de amor, Cartas de escritores, Clara Aparicio, Juan Rulfo
La primera carta escrita por Juan Rulfo a Clara Aparicio, en octubre de 1944, ya deja entrever lo que significaría esta mujer para el autor mexicano. En esta misiva se pueden apreciar sus diversos rostros y la manera como los percibe el creador de Pedro Páramo: ella es claridad que llena la vida, calmante para el dolor, cuidadora que quita el miedo y el deseo a rebelarse, mano amiga que ampara… Profundicemos un poco en algunos roles a medida que vamos leyendo las ochenta y una cartas, escritas entre 1944 y 1950, publicadas por Plaza & Janés bajo el título Aire de las colinas.
Clara, la alegría que salva de la tristeza
En buena parte de las cartas, Rulfo se confiesa triste, un pobre diablo y muy “amante de quejarse”. Antes de conocer a la “pequeña amiga”, el escritor le dice que el mundo “estaba cerrado y oscuro”, que “eran mis pensamientos los que me llevaban y me traían de un lado a otro por puros campos de tristeza”, pero que “si hubiera estado en mis manos conocer antes la alegría que tú ibas a significar para mí, siempre, en cada hora de mi pasado hubiera sido feliz, porque sabría que al final de todo estabas tú, con ese amor tuyo tan hermoso”. Clara es el “retrato de la alegría”, “la pura y viva alegría de los días de la vida”, alguien que “hace bonita la vida”. Recordar a su “criatura” es un modo de decirle “hasta mañana, a sus tristezas”, aunque sabe que “vendrán mañana y pasado mañana”. Solo ella ha sido capaz de “quitar lo triste y lo amargoso” a esos días que le faltan a Rulfo por vivir, sólo ella tiene el poder de disipar su afligimiento: “ya no sé reírme. No, ya ni aquellos pujidos que yo daba en lugar de la risa, no los doy ya. Pero yo creo que con el tiempo volverán, volverán en cuanto te vea y me dé cuenta de que eres tú la causa de que yo haya vuelto a conocer la alegría”. El escritor mexicano no se cansa de agradecer la bendición del “Dios bueno” al haberle dado como regalo a esa “mujercita fea”: “cada día creo más en Dios y le estoy muy agradecido por concederme una cosa así como tú. Seguramente a Él le dio mucha lástima verme siempre triste y por eso quiso ponerme a un lado tuyo, junto a esa adorada criatura tuya, para que se me quitara para siempre la tristeza”.
Clara, la cuidadora de un alma quebrada
“Yo siempre me he sentido miserable, enormemente miserable, como te lo he dicho varias veces. Mucho, porque yo he querido serlo, mucho porque me han hecho sentir que lo soy. Me han golpeado, sabes, me han dado duros golpes en eso que le llaman sentimiento. No sé quién; pero sí sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada”. Así se confiesa Rulfo en la carta XXIV. Y en esa misma misiva, el escritor le dice a Clara lo que ella ha hecho por él, le describe el modo como ha recompuesto ese estado de sentirse miserable: “y tú me has aliviado, simplemente, de la manera más sencilla, has puesto parchecitos allí por donde se me salía el ánimo, donde yo más los necesitaba”. No deja de ser conmovedor esta forma de percibir el amor de otro ser, como alguien que alivia y cuida la fragilidad de un alma quebrada. No es la exaltación de la pasión a borbotones, ni la valentía de un amante romántico y perfecto, sino la declaración de alguien que se atreve a poner su dolor más íntimo en las manos de otro ser que pueda atenderlo en sus flaquezas y debilidades más íntimas.
Clara, el antídoto contra la soledad esencial
En carta XVI Rulfo le explica a su “mujercita” un estado de soledad que lo ha acompañado durante mucho tiempo: “desde que estuve en la escuela, de esto, como has de suponer, hace ya miles de años, desde entonces, allí comenzó a formárseme el sentimiento de que estaba solo en la vida y de que nadie me quería. Llegué a llorar por eso, arrinconado en algún lugar oscuro”. Es esa sensación de soledad profunda la que lo hace dudar de la relación con Clara: “pues yo no te quería entregar un corazón enfermo como el mío y un espíritu (muchos dicen alma) cansado de tanto andar solo por el mundo. Pues, yo, y esto no te lo he contado todavía, desde que yo me acuerdo, siempre fui un sujeto dado a estar solo”. Tan enraizada ha estado esa soledad en su corazón que ha llegado a amarla o a buscar espacios y momentos para disfrutarla: “y la soledad es una cosa que se llega a querer del mismo modo como se quiere a una persona. Viví en medio de ella”. La niñez de Rulfo no fue fácil, lo sabemos. Perder a sus padres tan pequeño lo impactó de manera profunda: “pero ellos me dejaron solo y, quién sabe si para bien o para mal, eso me formó ciertas defensas”. El escritor le reitera a su “Mayecita” que “la vida está empañada cuando uno no tiene a nadie”, pero que, al conocerla, al encontrarla en su camino, descubrió “una mano amiga”, y por eso ya no le teme a nada, y por eso también ella es “la compañera”, alguien que está junto a él para ayudarlo: “la única persona en este mundo capaz de ayudarme a defenderme de mi mismo”.
Clara, el remedio para la melancolía
En un gran número de cartas, Rulfo le comparte a Clara sus temores, sus desazones, sus angustias, bien sea porque sigue a la espera de un aumento de sueldo, o porque no tiene definido lo de la casa donde van a vivir recién se casen, o cierto temor antes las cosas futuras. El escritor sufre constantemente de las “malas pesadumbres”: “de lo que todavía estoy un poco malo es de la melancolía; pero eso que me dices tú de que no me rompa la cabeza pensando, sino ir resolviendo las cosas conforme se vayan presentando, me da el remedio, y así voy a hacerlo”. Clara le ayuda a Rulfo a “levantar la cabeza”, a dejar de preocuparse tanto por la suerte del mañana: “y tú, termómetro de mis sueños, me calmas y me dices que no piense ahora en cosas, porque me rompo la cabeza”. El escritor es reiterativo: “pienso tantas cosas a la vez que me cuesta trabajo desprender una de otra”, “estas pláticas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran día enteros”, “porque yo siempre ando pensando más de la cuenta”. La razón de imaginar esos posibles eventos desafortunados provienen de cierto destino infausto o de la consecuencia de ver la realidad como una enemiga: “yo odio mucho al mundo y mi odio es constante. Quizá por esto el mundo me ha tratado mal y me ha hecho desafortunado”. No obstante, Clara es la certeza del hoy, la mano que apacigua el miedo del porvenir: “me pareció como si eso nos uniera para comenzar a pelear contra el miedo, que en este caso se pudiera llamar temor hacia el mañana”.
Clara, la madre del alma bondadosa
“Me acuerdo que yo casi me sentía tu hijito cuando estaba cerquita de ti. ¡Eres tan amorosa y tan buena! (…) Mi voluntad se ha roto muchas veces y si no fuera por ti no se hubiera remendado ya más; pero tú me has sostenido, mantenido y criado en tu propia alma”. Es el amor de Clara el que le ha permitido a Rulfo renacer, volver a vivir. Es ese regazo, esa “pureza de su alma”, la que le ha servido para restaurar la confianza en la vida. En este sentido, Clara es la que “ha formado nuevos y recién estrenados sentimientos”; y por considerarse hijo de su alma bondadosa, Rulfo siente “que estoy hecho a tu imagen, que tú me has ido haciendo así, para ti y para bien mí. Bien mío”. Son varias las cartas en que el autor mexicano cierra sus misivas autollamándose “hijo”, “hijo único y consentido”, “tu hijo que tanto ama a tu alma”. La carta LVII rubrica esta voluntad de filiación amorosa, este vínculo de nudos entrañables: “tú me formaste. Y mi cariño, este que te tengo, nació de ti, así que tú lo conoces tan bien como yo, pues es una cosa que salió de ti misma”.
He destacado cinco de los roles más recurrentes de Clara en las cartas escritas por Juan Rulfo. Agregaría otras facetas como ser un medio “para conocer el sabor de la esperanza”, una “tablita para sentirse aferrado a algo”, “un sueño que se puede tocar”, una matadora de demonios, “una playa buena, donde se acaban las olas malas”, un árbol grande que “crece para el bien de alguien y que, sin saberlo, limpia con sus manos el aire y vuelve el mundo cariñoso y habitable”. Diferentes rostros de una misma mujer que hicieron de Rulfo “un hombre más amigo de la vida”. La carta LVI, escrita en enero 28 de 1948, sintetiza bien esta fuerza vivificante que fue Clara Aparicio para el escritor: “yo creía antes que no entendía la vida. Que no sabía para qué era, ni con qué fin vivía uno. Pero Dios solo sabe lo que hace con sus criaturas. Me llevó hasta ti como si me indicara cuál era el camino; me llevó hasta donde tú estabas y me dijo: escóndete entre esos brazos y conocerás cuánta ternura hay allí y cuánto consuelo, y será como si comenzaras a vivir”.

