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Si hay un aspecto llamativo en el estilo de Juan Rulfo es la manera como el escritor describe o narra los diferentes fenómenos de la naturaleza. Este es uno de los aspectos que dota a la prosa de un tono especial y que, desde mi perspectiva, da pie para enmarcarlo dentro del realismo lírico. Para argumentar mi tesis voy a retomar algunos de los más recurrentes en Pedro Páramo, mostrando sus variaciones, manifestaciones y simbolismo.
De los variados fenómenos naturales, Rulfo empieza detallando la colosal vuelta que da la tierra para llegar a un nuevo día: “en el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad”. La descripción de Rulfo convierte el despuntar del día en un acontecimiento colosal; se trata de un cambio de postura de la vetusta tierra, de un giro sobre su eje enmohecido, de los chirridos que da el planeta para voltear su postura y dejar de ofrecer la oscuridad para disponerse a la luz. La imagen del amanecer es contundente: “el día desbarata las sombras. Las deshace”. Al avanzar el sol en su camino se produce un cambio que afecta a todo el paisaje: “al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire”. La luz del sol transforma, por ejemplo, la llanura en otra cosa, diluye su solidez para hacerla vaporosa: “en la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris”. Y cuando llega el atardecer, Rulfo nos ofrece detalles de los rayos y las sombras producidas por el sol: “era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”; esta luz del ocaso tiñe a las personas con otro vestido, les otorga otra fisonomía: “ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”.
Los personajes de Pedro Páramo se extasían con la lluvia: “el agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa atrapando las lombrices desenterradas por la lluvia”. Pedro Páramo o Dolores Preciado pueden describirla de manera minuciosa y precisa. También ciertos personajes saben de su olor: “Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos”; de su particular sonido: “el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”; y del modo como cae sobre la tierra: “y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta las nubes”. Otro tanto sucede con las nubes, esas aliadas de la lluvia. Rulfo no las usa como un decorado de la historia, sino como actores que anuncian, rubrican o amplifican un estado emocional: “de regreso miró el cielo lleno de nubes: ‘Tendremos agua para un buen rato’. Y se olvidó de todo lo demás”. Estas formas atmosféricas tienen vida propia: “y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle”; y su dinamismo le sirve al novelista para vincular el pasado con el presente: “mi madre me decía que, cuando empezaba a llover, todo se llenaba de luces y del color verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores”. Sea como fuere, la lluvia tiene repercusiones importantes en la novela ya que, al humedecer la tierra, provocan otro tipo de vida en Comala: “a los muertos viejos cuando les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”.
Y así como existe una relación profunda entre la lluvia y las nubes, en la novela hay otro vínculo entre los pájaros y el viento. Juan Preciado recuerda que en Sayula “había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer”. Pedro Páramo evoca la época de muchacho cuando volaba cometas con Susana San Juan: “el aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra”. Es evidente la relación: la cometa y el pájaro son habitantes del aire. Si nos detenemos un poco más en el viento, Rulfo describe sus tareas en el valle o la llanura, nos dice que el aire arrastra hojas, orea cosechas, genera cambios: “ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos”; “el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara”. En la novela, el viento sube y baja como los caminos, provoca frescura o sumo calor, juega con las nubes, danza con las hojas de los árboles: “el viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle.; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos”. Este viento se manifiesta de manera diferente en el día y en la noche, participa de dos estados del tiempo, actúa como otro sensible personaje: “de día era pasajero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente”. De igual manera, Los pájaros también son significativos en el paisaje rulfiano: “cruzan como cuervos el cielo vacío”, “gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen” o están como “zopilotes solitarios meciéndose en el cielo”. Por momentos aparecen como testimonios alados de un espacio o una condición atmosférica: “había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores”; “y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. O hacen las veces de referentes para anunciarnos un cambio temporal en la narración: “como si hubiera retrocedido en el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de tordos. Y enseguida la tarde todavía llena de luz”. De igual modo, y este recurso estilístico no solo lo aplica el escritor a las aves, sirven de reforzadores a un momento de la historia o asumen los rasgos de otros personajes, se antropomorfizan: “un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después”. O, en el caso de Pedro Páramo cuando ha perdido para siempre a Susana San Juan, adquieren la forma de un claro simbolismo: “pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna”.
Buena parte de estos fenómenos naturales siguen en el inframundo de Comala: “y en días de aire se ve el viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles” afirma Damiana Cisneros; y Juan Preciado, preso de miedo y aguantando la respiración, en el cuarto de Dorotea ve pasar “por el techo abierto al cielo parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos”, y, posteriormente, en el momento de su agonía, cuando “sorbe el mismo aire que salía de su boca”, observa “algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre su cabeza y luego enjuagarse con aquella espuma y perderse en su nublazón”. La canícula abarca todo el purgatorio de Comala; en este espacio de puertas y ventanas desvencijadas, “el viento sigue soplando”. En el paisaje de Comala “hay estrellas fugaces. Caen como si el cielo estuviera lloviznando lumbre”; pero lo que más abundan son los murmullos y los “ecos de las sombras”: “este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras”. Comala es un lugar en el que los fenómenos naturales se agudizan porque responden a la lógica de los “pueblos que saben a desdicha” y que se los conoce “con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como es todo lo viejo”, al decir de Bartolomé San Juan.
Juan Rulfo contrasta este mundo con otro bien diferente, el de los recuerdos: “hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista más hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Es la geografía que responde a la evocación, especialmente de los seres más queridos. Dolores Preciado le lega esos recuerdos a su hijo: “mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”. Y Pedro Páramo se entusiasma recordando su infancia con Susana: “en las lomas verdes. Cuando volábamos papelotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento”. Estas imágenes usadas por el novelista construyen un lugar paradisíaco, un sitio en el que era posible la ilusión y la “tibieza del tiempo”: “llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada”. En la novela Pedro Páramo, los recuerdos son verdes, pero la realidad con que se encuentra Juan Preciado está “perdida en la sonoridad del viento debajo de la noche”, llena de ánimas vagabundas; un mundo, en suma, “que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”.
Decía al inicio que esta forma de escribir de Juan Rulfo se inscribe dentro del realismo lírico; para ello el novelista mexicano analoga realidades naturales con estados de ánimo, procesos de pensamiento, momentos temporales o flujos de conciencia: “afuera, el limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan”; “mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto”. En este mismo sentido, cuando Rulfo desea describir los estados de la naturaleza se apoya en gran medida en el uso de las sinestesias; es decir, en asociar sensaciones que pertenecen a diferentes sentidos: “se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán”; “la luz entera del día que se desbarataba haciéndose añicos”. Este recurso estilístico le permite al novelista hacer que la tierra escuche, que el sol adquiera cuerpo humano, que la tarde parpadee y emita gritos, que el crepúsculo sea líquido, que las alas de los pájaros se conviertan en emanaciones de la luz y que la lluvia sea como otra sangre. Los anteriores procedimientos expresivos dotan a la prosa de Juan Rulfo de una singular belleza: “una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres”; “y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado en lágrimas”.












