• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Comentario de obras literarias

Los fenómenos naturales en Pedro Páramo

25 lunes Nov 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Comentario de obras literarias, Juan Rulfo

Juan Rulfo, fotografía de Daisy Ascher.

Si hay un aspecto llamativo en el estilo de Juan Rulfo es la manera como el escritor describe o narra los diferentes fenómenos de la naturaleza. Este es uno de los aspectos que dota a la prosa de un tono especial y que, desde mi perspectiva, da pie para enmarcarlo dentro del realismo lírico. Para argumentar mi tesis voy a retomar algunos de los más recurrentes en Pedro Páramo, mostrando sus variaciones, manifestaciones y simbolismo.

De los variados fenómenos naturales, Rulfo empieza detallando la colosal vuelta que da la tierra para llegar a un nuevo día: “en el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja que vuelca su oscuridad”. La descripción de Rulfo convierte el despuntar del día en un acontecimiento colosal; se trata de un cambio de postura de la vetusta tierra, de un giro sobre su eje enmohecido, de los chirridos que da el planeta para voltear su postura y dejar de ofrecer la oscuridad para disponerse a la luz. La imagen del amanecer es contundente: “el día desbarata las sombras. Las deshace”. Al avanzar el sol en su camino se produce un cambio que afecta a todo el paisaje: “al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras, irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra, jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire”. La luz del sol transforma, por ejemplo, la llanura en otra cosa, diluye su solidez para hacerla vaporosa: “en la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris”. Y cuando llega el atardecer, Rulfo nos ofrece detalles de los rayos y las sombras producidas por el sol: “era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”; esta luz del ocaso tiñe a las personas con otro vestido, les otorga otra fisonomía: “ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”.

Los personajes de Pedro Páramo se extasían con la lluvia: “el agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas, plas, y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laurel que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las ramas del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa, estampando la tierra con gotas brillantes que luego se empañaban. Las gallinas, engarruñadas, como si durmieran, sacudían de pronto sus alas y salían al patio, picoteando de prisa atrapando las lombrices desenterradas por la lluvia”. Pedro Páramo o Dolores Preciado pueden describirla de manera minuciosa y precisa. También ciertos personajes saben de su olor: “Fulgor Sedano sintió el olor de la tierra y se asomó a ver cómo la lluvia desfloraba los surcos”; de su particular sonido: “el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”; y del modo como cae sobre la tierra: “y miran la lluvia desmenuzada y al cielo que no suelta las nubes”. Otro tanto sucede con las nubes, esas aliadas de la lluvia. Rulfo no las usa como un decorado de la historia, sino como actores que anuncian, rubrican o amplifican un estado emocional: “de regreso miró el cielo lleno de nubes: ‘Tendremos agua para un buen rato’. Y se olvidó de todo lo demás”. Estas formas atmosféricas tienen vida propia: “y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle”; y su dinamismo le sirve al novelista para vincular el pasado con el presente: “mi madre me decía que, cuando empezaba a llover, todo se llenaba de luces y del color verde de los retoños. Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores”. Sea como fuere, la lluvia tiene repercusiones importantes en la novela ya que, al humedecer la tierra, provocan otro tipo de vida en Comala: “a los muertos viejos cuando les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan”.

Y así como existe una relación profunda entre la lluvia y las nubes, en la novela hay otro vínculo entre los pájaros y el viento. Juan Preciado recuerda que en Sayula “había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer”. Pedro Páramo evoca la época de muchacho cuando volaba cometas con Susana San Juan: “el aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra”. Es evidente la relación: la cometa y el pájaro son habitantes del aire. Si nos detenemos un poco más en el viento, Rulfo describe sus tareas en el valle o la llanura, nos dice que el aire arrastra hojas, orea cosechas, genera cambios: “ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos”; “el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara”. En la novela, el viento sube y baja como los caminos, provoca frescura o sumo calor, juega con las nubes, danza con las hojas de los árboles: “el viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle.; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos”. Este viento se manifiesta de manera diferente en el día y en la noche, participa de dos estados del tiempo, actúa como otro sensible personaje: “de día era pasajero; retorcía las yedras y hacía crujir las tejas en los tejados; pero de noche gemía, gemía largamente”. De igual manera, Los pájaros también son significativos en el paisaje rulfiano: “cruzan como cuervos el cielo vacío”, “gruñen como si roncaran y después de que sale el sol desaparecen” o están como “zopilotes solitarios meciéndose en el cielo”. Por momentos aparecen como testimonios alados de un espacio o una condición atmosférica: “había chuparrosas. Era la época. Se oía el zumbido de sus alas entre las flores del jazmín que se caía de flores”; “y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. O hacen las veces de referentes para anunciarnos un cambio temporal en la narración: “como si hubiera retrocedido en el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de tordos. Y enseguida la tarde todavía llena de luz”. De igual modo, y este recurso estilístico no solo lo aplica el escritor a las aves, sirven de reforzadores a un momento de la historia o asumen los rasgos de otros personajes, se antropomorfizan: “un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido como de cansancio, y todavía más lejos, por donde comenzaba a abrirse el horizonte, soltó un hipo y luego una risotada, para volver a gemir después”. O, en el caso de Pedro Páramo cuando ha perdido para siempre a Susana San Juan, adquieren la forma de un claro simbolismo: “pero pasaron años y años y él seguía vivo, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna”.

Buena parte de estos fenómenos naturales siguen en el inframundo de Comala: “y en días de aire se ve el viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles” afirma Damiana Cisneros; y Juan Preciado, preso de miedo y aguantando la respiración, en el cuarto de Dorotea ve pasar “por el techo abierto al cielo parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes que la oscuridad les cierre los caminos”, y, posteriormente, en el momento de su agonía, cuando “sorbe el mismo aire que salía de su boca”, observa “algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre su cabeza y luego enjuagarse con aquella espuma y perderse en su nublazón”. La canícula abarca todo el purgatorio de Comala; en este espacio de puertas y ventanas desvencijadas, “el viento sigue soplando”. En el paisaje de Comala “hay estrellas fugaces. Caen como si el cielo estuviera lloviznando lumbre”; pero lo que más abundan son los murmullos y los “ecos de las sombras”: “este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras”. Comala es un lugar en el que los fenómenos naturales se agudizan porque responden a la lógica de los “pueblos que saben a desdicha” y que se los conoce “con sorber un poco de aire viejo y entumido, pobre y flaco como es todo lo viejo”, al decir de Bartolomé San Juan.

Juan Rulfo contrasta este mundo con otro bien diferente, el de los recuerdos: “hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista más hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Es la geografía que responde a la evocación, especialmente de los seres más queridos. Dolores Preciado le lega esos recuerdos a su hijo: “mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”. Y Pedro Páramo se entusiasma recordando su infancia con Susana: “en las lomas verdes. Cuando volábamos papelotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento”. Estas imágenes usadas por el novelista construyen un lugar paradisíaco, un sitio en el que era posible la ilusión y la “tibieza del tiempo”: “llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada”. En la novela Pedro Páramo, los recuerdos son verdes, pero la realidad con que se encuentra Juan Preciado está “perdida en la sonoridad del viento debajo de la noche”, llena de ánimas vagabundas; un mundo, en suma, “que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndonos en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”.

Decía al inicio que esta forma de escribir de Juan Rulfo se inscribe dentro del realismo lírico; para ello el novelista mexicano analoga realidades naturales con estados de ánimo, procesos de pensamiento, momentos temporales o flujos de conciencia: “afuera, el limpio aire de la noche despegó de Pedro Páramo la imagen de Susana San Juan”; “mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto”. En este mismo sentido, cuando Rulfo desea describir los estados de la naturaleza se apoya en gran medida en el uso de las sinestesias; es decir, en asociar sensaciones que pertenecen a diferentes sentidos: “se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán”; “la luz entera del día que se desbarataba haciéndose añicos”. Este recurso estilístico le permite al novelista hacer que la tierra escuche, que el sol adquiera cuerpo humano, que la tarde parpadee y emita gritos, que el crepúsculo sea líquido, que las alas de los pájaros se conviertan en emanaciones de la luz y que la lluvia sea como otra sangre. Los anteriores procedimientos expresivos dotan a la prosa de Juan Rulfo de una singular belleza: “una lámpara regó su luz sobre la cara de algunos hombres”; “y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegado en lágrimas”.

Escolios a la Odisea (cantos XXI a XXIV)

04 domingo Sep 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 12 comentarios

Etiquetas

Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

«Penélope llorando sobre el arco de Ulises», grabado de Jean Marie Delattre – Angelica Kauffman

No es cualquier juego al que se van a enfrentar los pretendientes. Es uno de los certámenes del “rey” Odiseo: pasar una flecha por el ojo de las doce hachas grandes, las cortantes segures. Como tampoco es común el arma que va a utilizarse para tal competición: el flexible arco de Ulises, regalo de Ífito. Así que, aún en desventaja numérica, Odiseo tiene a su favor estos dos elementos; además cuenta con la sorpresa y el apoyo del boyero y el porquerizo, Filetio y Eumeo, quienes encerrarán en el palacio a los pretendientes. De igual modo está la lanza ávida de venganza de su hijo Telémaco, listo a su señal para entrar a combatirlos. Liodes fue el primero en intentar tender el arco, después lo hizo Eurímaco, pero los dos fracasan en sus intentos. ¿Qué tiene de particular ese arco, que ni el sebo caliente logra ablandarlo ni la “carcoma ha podido roer el asta de cuerno después de tantos años”? En principio, es uno de “los tesoros del rey”, resguardado con llave en el aposento más interior del palacio: es un regalo precioso; además, es un arco de largo alcance, que exige demasiada fuerza en los brazos y las manos para tensarlo y, según el fin propuesto por Penélope, presupone un buen pulso y una habilidad suprema que garantice la alta precisión. Tensar el arco, en suma, es la prueba que pone a competir la soberbia juvenil con la paciente y sopesada experiencia.

*

La matanza fue bestial. Flechas y lanzas acabaron con los pretendientes. Antínoo, Eurímaco, Anfínomo, Agelao, Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo, Pisandro, Pólibo, Euríades, Élato, Leócrito, Liodes, entre otros, “cayeron entre la sangre y el polvo”. A unos los mató Odiseo, y a otros Telémaco, Filetio y Eumeo. Aunque Atenea no participó directamente, sí ayudo haciendo que las lanzas de los pretendientes no hirieran de manera considerable a los cuatro defensores del palacio de Ulises. Motivados por la afrenta y la humillación acumuladas, aunadas al coraje y el aguante, Odiseo y su reducido grupo de guerreros diezmaron a esos numerosos dilapidadores de la hacienda del rey. El resultado final se asemejaba al de una brutal carnicería: “los pretendientes yacían amontonados unos sobre otros”. En este canto vemos por qué Ulises era respetado entre los guerreros aqueos, por qué su nombre resonaba más allá de los mares. Apenas termina el combate, Euriclea “se encuentra de pronto a Odiseo en medio de los cadáveres de la matanza, cubierto de sangre y barro, como un león que acaba de devorar a un buey montaraz, que todo el pecho y ambas fauces lleva teñidos de sangre y es espantoso al verlo de frente”. Toda la furia contenida se desata sin contemplación o perdón; se salvan únicamente, por intercesión de Telémaco, el aedo Femio y el heraldo Medonte. Odiseo le dice a este último que le perdona la vida para que “reconozca y proclame luego ante cualquiera que el hacer bien es mucho mejor que el obrar mal”. No obstante, el prudente Ulises, no se vanagloria de su victoria y prohíbe a los de su casa proferir exclamaciones de júbilo por su justa venganza: “no es piadoso dar gritos de triunfo sobre los muertos recientes”.

«Ulises y Telémaco matan a los pretendientes», pintura de Thomas Degeorge.

El reencuentro de Penélope con Ulises no es inmediato. Entre otras cosas, porque según Euriclea, ella “tiene un ánimo siempre desconfiado. Duda, si en verdad es su esposo el que está en el primer piso de su casa, “cubierto de sangre como un león”; duda si es cierto que es el mismo mendigo que hospedó hace unos días; duda si no es una patraña de los dioses para alargar sus penas. Por eso, al bajar a encontrarse con su esposo se pone a una prudente distancia para interrogarlo: “vacilaba en el fondo de su corazón si dirigirse de palabra desde lejos a su querido esposo o si, llegando hasta él, le besaría abrazándole la cabeza y las manos”. Debido al estupor de Penélope, ese primer encuentro tan esperado, ese “largo anhelo”, está marcado por el silencio y las miradas escrutadoras. Antes de recibir los abrazos y los besos amorosos de cariño, el mendigo debe quitarse los harapos, bañarse, y recibir los dones bellos de Atenea, “para que parezca más alto y fornido”. Y todavía más, la “dura de corazón”, la obstinada y de “corazón inflexible”, le exigirá a su esposo superar la prueba del origen de su lecho.

*

Así como Euriclea reconoce a Odiseo por la cicatriz de su pierna, de igual modo Penélope constata la identidad de su amado por el relato que hace Ulises del olivo que, con una de sus ramas, talló el pie de la cama marital. Ese signo conyugal hace parte de las complicidades secretas entre los esposos: “pues hay señas para nosotros que los demás ignoran”. No cabe duda, es Odiseo: “el lecho sigue incólume”.

*

Después de “haber disfrutado del deseable amor, se entregaron al deleite de la conversación”. Penélope le relata sus infortunios y sufrimientos con “los funestos pretendientes” y Ulises le hace un resumen de su larga travesía por el país de los lotófagos, su encuentro con el cíclope, su paso por la isla de Eolo, el naufragio que sufrió por la imprudencia de sus compañeros al abrir el zurrón con los vientos, su posterior llegada a la ciudad de los Lestrigones. Le habla también de los engaños de la maga Circe, de su descenso al Hades para hablar con Tiresias, de su paso por la isla de las Sirenas y aquel canto seductor, de su tortuoso viaje por las peñas Erráticas y el enfrentamiento con las monstruosas Escila Y Caribdis. De igual modo le relata cómo sus compañeros desobedeciendo su orden, habían matado las vacas del sol y que, por ello, perecieron en las aguas del turbulento océano, y cómo él, agarrado de un madero, sobrevivió varios días hasta que llegó a la isla Ogigia donde conoció a la ninfa Calipso. Le contó también su posterior llegada al país de los feacios, quienes no solo lo honraron, sino que lo condujeron hasta su patria tierra. Odiseo se alargó en cada una de sus aventuras, pero a pesar de lo extenso de tales historias, Penélope se mantuvo atenta “y el sueño no le cayó en los ojos hasta que se acabó el relato”. Ulises revive cada una de sus peripecias, las convierte en una narración maravillosa, con el fin de incitar y mantener la seducción a Penélope. Todo esto es posible gracias a la complicidad de Atenea quien, celestina de ese reencuentro amoroso, “alargó la noche”, deteniendo en el Océano los caballos ligeros de la Aurora.

*

Odiseo le confiesa a Penélope que aún le queda pendiente otra prueba de la cual le habló Tiresias, cuando lo visitó en el Hades. Es otro viaje, por múltiples poblaciones, cargando un remo en sus manos hasta que encuentre hombres que no hayan visto el mar ni sazonen sus alimentos con sal. Este curtido aventurero debe encontrar a un caminante que cumpla tales requisitos. El mismo adivino le dijo una clave para encontrarlo: “cuando al salirme al paso otro caminante que me diga que llevo un aventador sobre mi fuerte hombro, entonces, debo hincar el remo en tierra, sacrificar hermosas víctimas al soberano Poseidón, un carnero, un toro y un verraco, y volver a casa, para hacer sagradas hecatombes en honor de los dioses que habitan en el amplio cielo”. El premio por cumplir o lograr superar dicha tarea será “una tranquila vejez”. Si se mira con detalle, esta prueba es un modo de “recoger los pasos”, una manera de desandar la vida de marinero; Odiseo, avezado marinero, debe hallar a “un caminante” que desconozca los útiles esenciales de ese mundo tan querido por Ulises. Y es también un rito de purificación, un acto de desagravio con Poseidón, para alcanzar una suave muerte que “llegará serena desde el mar”.

Hermes conduciendo las almas de los pretendientes al Hades, ilustración de John Flaxman.

Mientras Odiseo va en camino de hallar a su padre, las almas de los pretendientes bajan al Hades. Aquiles charla con Agamenón, cuando son interrumpidos por la presencia de Hermes que conduce las almas de los pretendientes. Agamenón reconoce a Anfimedonte y le pide explicaciones de por qué él y otras almas llegaron allí. El hijo de Menelao le detalla muchos de los acontecimientos en los que estuvo involucrado y los pormenores de la matanza: “así hemos perecido, Agamenón, y los cadáveres yacen abandonados en el palacio de Odiseo”. El relato de Anfimedonte no da razón de sus actos de impiedad o de cómo él y los otros jóvenes aqueos dilapidaron los bienes de Ulises, confabularon la muerte de Telémaco y mancillaron el don de la hospitalidad; lo que cuenta no muestra ningún arrepentimiento ni de las faltas ni de las acciones indebidas en la mansión de Ulises. Anfimedonte, como los otros pretendientes, sigue siendo un alma soberbia, como lo fue en vida. La hybris es su consigna y su condena.

*

Así como Penélope solicita una prueba para constatar que ese mendigo es su esposo; de igual manera Laertes exige una señal al forastero que lo visita para quedar totalmente convencido de que es su hijo. En el primer caso es la descripción de la construcción del lecho nupcial; en el segundo, la enumeración de los árboles del huerto que “antaño le diera Laertes” a Odiseo: “trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras”, además de la promesa de “las 50 ringleras de vides”. Son estas señas las que convencen tanto a la una como al otro. No son suficientes, por lo mismo, la mera declaración de identidad que manifiesta Ulises. Ha pasado mucho tiempo, y por eso se necesitan estos otros signos compartidos, estas “señas tan claras que lleven al reconocimiento”. Lo interesante es que estas pruebas de identidad a Odiseo están referidas al espacio familiar o a alguna zona de la intimidad. Lecho o huerto cobran un valor especial porque ponen en evidencia un tipo de vínculo, porque en sí mismos conducen a la rememoración de un hecho significativo en la vida de esas dos personas o marcan la singularidad de una filiación o un compromiso.

*

El final de la Odisea se dirige al cese de la venganza y la instauración en Ítaca de la paz. Ya Ulises presentía que los familiares de los pretendientes iban a tomar venganza por la muerte de sus hijos; por eso estaba prevenido a enfrentarlos cuando vinieran a buscarlo. Y fue el padre de Antínoo, Eupites, quien arengó a otros aqueos y los convenció de “vengar a los asesinos de nuestros hijos y hermanos”. No valieron las advertencias disuasorias del augur Haliterses Mastórida, pues en algarabía salieron a buscar a Odiseo y sus compañeros. La pelea fue inevitable. Sin embargo, es Atenea, por mandato de Zeus, la que disuelve con un grito la contienda: “¡Parad, itacenses, la mortífera refriega, y así, sin más sangre, separaos en seguida!”.  Y dado que Odiseo de un salto quería perseguir y acabar con los que huían, la diosa tuvo que detenerlo diciéndole: “párate, calma esa furia de guerra, que a todos se extiende. No sea que se quede irritado contigo Zeus de voz tonante”. Ese es el final de la historia: abandonar el ánimo vengativo que ha estado sediento a lo largo de los cantos de la Odisea. Y para que se logre la concordia definitiva, el dios del cielo y del trueno invita a las otras divinidades a que “facilitemos el olvido de la matanza de los hijos y hermanos. Que convivan en amistad los unos y los otros, como en el pasado, y que haya prosperidad y paz en abundancia”. En definitiva: a los hombres les compete parar la sed de venganza; y a los dioses ofrecer el don del olvido.

«Homero cantando sus versos» de Paul Jourdy.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Para estos y los anteriores Escolios he hecho una lectura paralela de las siguientes traducciones de la Odisea: en prosa, la de Luis Segalá y Estalella (Aguilar, Librero) y la de Carlos García Gual (Alianza); en verso, la de José Manuel Pabón (Gredos) y la de Fernando Gutiérrez (Random House). También he cotejado la traducción en prosa de José Luis Calvo (Cátedra). En el caso de la “versión directa y literal del griego” de Luis Segalá y Estalella he tenido a la mano las Obras completas de Homero de Montaner y Simón (Barcelona, 1955) y las Obras completas, con ilustraciones de John Flaxman, de la editorial Joaquín Gil (Buenos Aires, 1946).

Escolios a la Odisea (cantos XVI a XX)

28 domingo Ago 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 8 comentarios

Etiquetas

Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

“El Reencuentro de Odiseo y Telémaco” de Henri-Lucien Doucet.

El reencuentro entre Odiseo y Telémaco es conmovedor. Más que largos discursos o extensas palabras de cariño, lo que describe Homero es la sorpresa, el gesto del abrazo y el llanto común que los une hasta “mover a la compasión”. Sabemos que ese llanto tenía el tono agudo de las aves, águilas o buitres, “cuando les arrebatan las crías antes de que pudieran usar sus alas”; y para darle un mayor realce, ese llanto podría haberse prolongado “hasta la puesta de luz del sol”. La emoción contenida durante tantos años, ahora halla su punto de desborde. Todo lo anterior cobra aún más realce porque Homero los deja solos en tal momento: Atenea ha partido, Eumeo corre hacia la ciudad, no hay nadie en la majada; únicamente el padre y el hijo, en ese emotivo y entrañable abrazo, ocupan el primer plano de la escena.

*

El número de pretendientes es, en verdad, considerable. Telémaco le enumera a su padre los esforzados varones que consumen su hacienda y cortejan a su madre: “de Duliquio vinieron cincuenta y dos mozos escogidos, a los que acompañan seis criados; otros veinticuatro mancebos son de Same; de Zacinto hay veinte jóvenes aqueos; y de la mismas Ítaca, doce, todos ilustres”. Son más de 100 pretendientes con los debe luchar Ulises. Pero el modo de enfrentarlos es, en principio, pidiendo información pormenorizada de sus enemigos a Telémaco: “recuenta y descríbeme a los pretendientes  para que yo sepa cuántos y quiénes son hombres”; después, ocultando su presencia en Ítaca (“que ninguno oiga decir que Odiseo está dentro, ni lo sepa Laertes, ni el porquerizo, ni los domésticos, ni la misma Penélope”); y más tarde, enviando a su hijo Telémaco a que se mezcle con ellos y les dé “consejos con palabras amables”, hasta que, en determinado momento, después de  recibir una señal suya con la cabeza les esconda sus armas. De otra parte, Odiseo confía además de su astucia y el disfraz de mendigo que le oculta su verdadera identidad, en el apoyo celeste de Atenea y Zeus: “¿acaso ha de buscar algún otro defensor?”. Lo que resulta más dramático en estos preparativos es que Homero asimila el plan secreto urdido por Odiseo para acabar con los pretendientes con las maquinaciones de aquéllos para matar a Telémaco. Aunque todo parece seguir igual, cada bando conspira y fragua una estrategia para acabar con su contraparte.

*

El perro Argos es una alegoría de la espera incansable por el ausente amado. Como nadie lo cuida está “todo lleno de garrapatas”, débil hasta el punto de no poder “salir al encuentro de Odiseo”. Argos fue el can criado por Ulises, un perro ágil, fuerte y “hábil en seguir un rastro”, pero “ahora le abruman los males a causa de que su amo murió fuera de la patria y yace arrinconado sobre un montón de estiércol de mulos y vacas”. El momento en que Argos reconoce a Odiseo, después de 20 años de ausencia, y muere exánime, tipifica a otras vidas que se abandonaron o fueron envejeciendo entristecidas, como su padre Laertes, esperanzados en el regreso de Ulises.  

*

Parte de la estrategia de Odiseo cuando llega a su antiguo palacio es soportar sin responder los insultos y los golpes de los pretendientes. Antínoo le tira un escabel y le pega en el hombro derecho, pero Ulises “se mantiene firme como una roca”. No responde a la ofensa. Su actitud es semejante a la que, en su viaje hacia la mansión de Penélope, usó para responder a la patada en la cadera que le había dado el cabrero Melantio: “padecer el ultraje y contener la cólera en su corazón”. En cada una de esas ocasiones, aunque a Odiseo “se le ocurre acometer al agresor y quitarle la vida con el palo que llevaba, o levantarlo un poco y estrellarle la cabeza contra el suelo”, prefiere asumir la condición de forastero, de mendigo, de necesitado que debe soportar los insultos de los altaneros del camino o el desprecio de los soberbios pretendientes. El aguante y la contención de sus impulsos (tan parecidos a la firmeza en el mástil que mantuvo mientras escuchaba el canto seductor de las Sirenas) hace parte de su estrategia. El hombre de acción, el guerrero insigne de Troya, acude a lo contrario de sus atributos beligerantes: la quietud, el dominio y el refrenamiento de su fuerza.

*

La persecución del mendigo Arneo a Odiseo y la posterior pelea que tienen es una forma de dilatar el relato para aumentar la tensión, el drama. El combate entre el verdadero mendigo y el mendigo disfrazado es también es una estrategia narrativa para darle la oportunidad a Ulises de azuzar o provocar a los pretendientes. De igual modo, el golpe que Odiseo le atizó a Arneo “en el cuello bajo la oreja y le partió los huesos por dentro”, preludia los otros golpes que les dará a los pretendientes; a ellos, también, les “cubrirá de sangre los morros y el pecho” y les hará “brotar sangre roja de su boca y se derrumbarán con gritos, y rechinarán los dientes mientras patalean con sus pies en el suelo”.

«Ulises y Euriclea» de Gustave Boulanger.

“Calla y nadie lo sepa”, le advierte Ulises a Euriclea, después de que ella descubre la cicatriz en su pierna, originada por el diente blanco de un jabalí. La criada que lo alimento y crio responde con una frase que tiene el mismo temple del Odiseo: “guardaré el secreto como una sólida piedra o como el hierro”. El disfraz de Ulises, por más de estar hecho con el don transformador de los poderes de Atenea, tiene una fisura a través de la cual puede verse su verdadera identidad: la cicatriz en la piel. Euriclea “toca con la mano esa cicatriz” e inmediatamente el “gozo y el dolor” invaden su corazón. Ulises logra simular de incógnito en su propia casa varias cosas: procedencia, fuerza, bienes y posesiones, intenciones verdaderas. Pero lo que no puede del todo camuflar está asociado a un dolor que desgarró la carne y, como si fuera una impronta, se estampó en su piel. Puede mentirle a Penélope: “fabulaba contando sus mentiras semejantes a verdades” pero no a su nodriza: “te aseguro que nunca vi a ninguno tan parecido a Odiseo, como tú te asemejas, en el cuerpo, la voz y los pies”. Euriclea lo reconoce, especialmente, por el tacto: “sí, de verdad tú eres Odiseo, querido hijo. Al principio no te reconocí, hasta tocarte del todo, mi señor”. Esa cicatriz de Ulises viene siendo como una marca de este hijo de Ítaca, como una enseña encarnada de la cual no es posible desprenderse y que, como se sabe, a medida que pasan los años, tiende a hacerse más notoria. Odiseo puede engatusar con sus palabras, fingir con sus atuendos, disimular sus actitudes; pero no puede borrar la cicatriz que lo hace único, esa encarnadura que relata una historia, esa profunda herida-señal que habla sin palabras de su identidad.

*

En el canto XX se cuenta que Atenea, la permanente consejera y protectora de Odiseo, les infundió a los pretendientes “una risa inextinguible, y les perturbó la razón”. Ese estado “les trastornó el juicio”: “reían con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba el llanto”. Tal posesión hilarante y lacrimosa provocada por Atenea, es retratada y llevada a un sentido premonitorio por Teoclímeno, el augur refugiado por Telémaco en su nave cuando venía de vuelta a Ítaca. En la traducción de Fernando Gutiérrez, esto es lo que describe y anuncia el ornitomante: “¡Desdichados! ¿Qué mal padecéis? Noche oscura os envuelve la cabeza y el rostro y debajo de vuestras rodillas; los gemidos aumentan, las caras se bañan en lágrimas y de sangre se manchan los muros y los bellos areóstilos, y el vestíbulo y patio se llenan aquí con las sombras de los que hacia el Erebo sombrío se van, y en cielo se ha extinguido ya el sol y se extiende una lóbrega niebla”. La risa súbita acompañada de infinidad de lágrimas preludia que “viene sobre ellos la desgracia, de la cual no podrán huir ni librarse ninguno de los que en el palacio del divinal Odiseo insultaron a los hombres, maquinando inicuas acciones”. El mal que sufren sorpresivamente los pretendientes es dual: ríen interminablemente como si estuvieran en un banquete prolongado; pero, lloran a la vez, como si ese fuera su último festín. El augur entrevé que, la posesión que padecen, es el preámbulo a la pérdida de la luz de la razón y la entrada al mundo de las sombras del Hades.

*

Las referencias a los pretendientes atraviesan los diferentes cantos de la Odisea. Desde el inicio, cuando Atenea le pide a Telémaco que los invite a dejar su casa, pasando por la confabulación de ellos para asesinar al hijo de Ulises; están presentes en las exhortaciones de Menelao y Alcínoo al igual que en los augurios premonitorios de su desgracia. Se hacen más vivos con el regreso de Telémaco, después de salir a buscar a su padre, y cobran toda su relevancia en el momento en que Odiseo, disfrazado de mendigo, los ve, los escucha y los increpa al regresar a su tierra patria. Los pretendientes son los permanentes antagonistas de Odiseo, pero la manera como Homero va acercando el momento de la pelea final es lo que le da suspenso y tensión a la historia. Ya desde el canto XVII, los pretendientes maltratan a Odiseo, lo humillan y se burlan de él. Antínoo, Eurímaco, Anfínomo, Agelao, Ctesipo… Son muchos. La narración, canto a canto, nos los va haciendo más visibles, conocemos de cerca sus comportamientos, su forma de hablar, su soberbia y su desfachatez en casa ajena. Y los oyentes o lectores de la Odisea, estamos como Telémaco, a la espera de que Ulises “les ponga la mano a los desvergonzados y procaces pretendientes”.

Escolios a la Odisea de Homero (cantos XI al XV)

21 domingo Ago 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 10 comentarios

Etiquetas

Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

«Odiseo en el Hades», ilustración de Peter Malone.

El modo como Homero nos acerca al Hades empieza en el “confín del océano profundo”, se adentra luego en la descripción del país de los cimerios, hombres “envueltos en tinieblas y nubes” y a los que “jamás el sol ardiente los contempla bajo sus rayos”, para luego entrar en una zona de libaciones que, con la sangre de las reses degolladas, abre las puertas subterráneas del Érebo para que surja una multitud de almas en un “clamor horroroso”. Homero va de la claridad a la sombra y de la penumbra a la obscuridad; únicamente la quema de las reses sacrificadas ilumina la escena. 

*

El interrogatorio es doble en el Hades: Odiseo pregunta por sus allegados y amigos, y los muertos por las personas queridas que siguen vivas. Aquiles y Agamenón preguntan por sus hijos; Ulises indaga por su madre, por su esposa y por Telémaco. Anticlea, la madre de Odiseo, pregunta por cosas que, desde su muerte, no sabe: “¿acaso vienes ahora de Troya errando hasta aquí durante mucho tiempo con tu nave y tus compañeros? ¿Aún no has llegado a Ítaca ni viste en tu hogar a tu esposa?” Y Ulises inquiere por la causa del fallecimiento de su progenitora: “¿Qué destino de lamentable muerte te sometió? ¿Una larga enfermedad, o la flechera Ártemis te mató asaeteándote con suaves dardos?” Unos y otros ignoran la suerte de los de su contraparte. El único que no habla ni responde a las preguntas de Odiseo, es Ayax, porque el rencor lo sigue carcomiendo aún en el Hades. Esta dinámica de preguntar por los “ausentes”, tan típica de los que se encuentran después de un largo tiempo (hace diez años que Odiseo partió hacia la guerra de Troya, y otros tantos se van a cumplir para retornar a su Ítaca), además de otorgarle al diálogo un tono cercano al de la conversación familiar, hace que sea menos escabroso o fantástico el estar allí en el reino de Hades y Perséfone. Las almas de los muertos reconocen a Odiseo según el tipo de trato que tuvieron con él y, en esa misma proporción, Ulises recuerda los vínculos, las hazañas o los eventos compartidos con aquellos difuntos. Para que eso sea posible, para que sean audibles dichas voces, es necesario que beban la negra sangre de las reses degolladas derramada en un hoyo, la cual divide la fila de las almas de los muertos de la presencia de Odiseo y sus compañeros.

*

En algunas ocasiones el vaticinio de una diosa o un augur es en realidad la narración del suceso que va a pasar después. Ese es el caso del encuentro de Ulises con la Sirenas. Circe cuenta con qué se va a encontrar Odiseo, cuál es el efecto de oír las voces y el canto de aquellas mujeres pájaro y qué debe hacer Ulises para escucharlas y evitar el desenlace mortal. Lo que sucede después es la descripción de tal vaticinio, pero está contado de manera rápida y sin mayores datos adicionales. Esta técnica de Homero de anticipar el futuro no solo invita a seguir escuchando la historia, sino a constatar si lo presagiado se cumple a cabalidad, a detallar las reacciones del héroe ante tales eventos, a sentir compasión o piedad por lo que se avecina.  Los oyentes o lectores de esta historia, entonces, asumen el papel de dioses que observan cómo Odiseo y su tripulación van hacia el cumplimiento de su destino.

*

Odiseo es un gran narrador, según Alcínoo: “tú das belleza a las palabras, tienes excelente ingenio e hiciste la narración con tanta habilidad como un aedo”; Ulises “cuenta con precisión”. Homero pone en la boca de Odiseo la habilidad de saber cortar el relato en un momento crucial o de gran intriga para despertar un mayor interés: “hay un tiempo de largos relatos y también un tiempo para el sueño”. Al interrumpir de pronto la narración, al matizar la descripción de las diversas ánimas del Hades que van desfilando con pequeñas historias como la de Tántalo o Sísifo, es un modo de incitar al oyente a escuchar otras historias semejantes. Alcínoo, Arete su esposa, y toda la concurrencia están presos de la magia del narrador, al punto de pedirle que retrase su partida. La solicitud del rey de los feacios a Odiseo es la mejor prueba de que Homero ha logrado su cometido: “La noche es muy larga, inmensa, y aún no llega la hora de recogerse en palacio. Cuéntame prodigiosas hazañas. Que yo puedo aguantar hasta la divina aurora, siempre que tú quisieras seguir relatando en esta sala tus aventuras”.

*

Contrasta en la Odisea los reiterados juramentos violados fácilmente por los compañeros de Ulises y los juramentos firmemente cumplidos por parte de los dioses. Euríloco y Circe, pueden servir de ejemplo: el primero, mientras tenga alimentos a la mano y se siente no amenazado, parece cumplirle la promesa a Odiseo de no tocar el ganado de Apolo; pero apenas las urgencias del hambre o el temor lo agobian, incita u ofrece “maliciosos consejos” a los compañeros de viaje: “todas las muertes son odiosas para los infelices mortales, pero lo más penoso es sucumbir y perder la vida por hambre. Así que, adelante, cojamos las mejores vacas de Helios y sacrifiquémoslas a los dioses que habitan el Olimpo”. El juramento de no dar muerte a ninguna vaca o cordero es violado con facilidad. En el caso de Circe, es todo lo contrario. Ella accede a hacer “el gran juramento de los dioses” y, en consecuencia, se mantiene firme en su promesa de “no tramar contra él ningún maleficio”. Por el contrario, sus vaticinios le dan a Ulises pistas claves para bajar seguro al Hades y salir indemne del encuentro con las Sirenas o del escollo resguardado por las temibles Escila y Caribdis. Y por violar esos juramentos es que se desata la enemistad de los dioses o, lo más grave, se padece el castigo del “rayo ardiente” de la ira de Zeus.

«La aventura con Escila», ilustración de Henry Justice Ford.

La gran astucia de Odiseo se mide en el momento en que debe pasar entre Escila y Caribdis; esos dos monstruos representan la situación de encrucijada entre dos peligros o entre dos opciones igualmente adversas. Y si bien Circe le había vaticinado lo que se iba a encontrar, además de indicarle algunos consejos salvadores, no podía ayudar del todo a Ulises para sortear este obstáculo porque según ella: “debes decidirlo tú mismo en tu ánimo”. ¿Cómo lo logra? En principio, advirtiendo a su timonel donde está la mayor amenaza, antes de que las olas “lo lleven a la ruina”; Odiseo es atrevido, pero también se anticipa al contragolpe, es excesivamente precavido. En segunda medida, observando de frente al monstruo, mirando a todos los sitios posibles, “así no pueda verlo en parte alguna”; Ulises en un insigne atisbador de lo brumoso. En tercera instancia, mostrando valentía ante sus compañeros, animándolos a enfrentar el miedo a morir; Odiseo arenga a la par que contagia con su ejemplo temerario. Por lo demás, toma las experiencias pasadas como un motivo inspirador para afrontar la situación actual: “¡Amigos! No somos novatos en padecer desgracias y la que se nos presenta no es mayor que la sufrida cuando el Cíclope, valiéndose de su poderosa fuerza, nos encerró en la excavada gruta. Pero de allí nos escapamos por mi valor, mi decisión y prudencia, como me figuro que todos recordaréis”. Odiseo es un hábil estratega para salir airoso de las encrucijadas; las tres virtudes que le sirven de escudo y protección merecen subrayarse, porque sintetizan bien el carácter de este héroe hijo de Laertes y Anticlea: “valor, decisión y prudencia”.

*

Atenea, la astuta en transformaciones, justo después de llegar a Ítaca convierte a Odiseo en un anciano. La deidad de los brillantes ojos provoca en Ulises un cambio en el que se condensa la transferencia suprema de los dones de la divinidad: “voy a hacerte incognoscible para todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos harapos que causen horror al que te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas un ser despreciable a todos los pretendientes y a la esposa y al hijo que dejaste en tu palacio”. Esta estrategia de simulación, tramada entre la protectora y el pupilo, entre dos “peritos en astucias”, (“porque tú eres con mucho el mejor de todos los humanos en ingenio y palabras, y yo entre todos los dioses tengo fama por mi astucia y mis mañas”) no solo es un recurso para constatar y poner a prueba la fidelidad de la intachable Penélope, sino un medio de conocer de primera mano a los enemigos y hacer un reconocimiento del lugar. Odiseo y Atenea conciben el plan como genuinos estrategas. Ahora es Ulises el que, disfrazado de anciano, entra como el caballo de Troya a su propio palacio. El objetivo es “enterarse antes e informarse”, minar desde “adentro” a los pretendientes que “devoran su hacienda”, se “sienten dueños de su hogar” y asedian a su esposa con propuestas agobiantes. La astucia mayor de Odiseo, aprendida de Atenea, es mimetizarse según la conveniencia o la necesidad, “hacerse semejante a cualquiera”.

*

Odiseo llega dormido a Ítaca; el sueño es como un puente; un recurso para pasar de un espacio a otro, de una situación positiva a una negativa, de un evento controlado a otro en el que impera el desorden o el peligro. Cuando Odiseo duerme, las promesas de la tripulación se incumplen; cuando Odiseo duerme, Euríloco desata los vientos de Eolo, trayendo con ello la imposibilidad de regresar a la patria; cuando Odiseo duerme, se le revelan presagios y recursos para salir victorioso en un futuro peligro. El sueño lo exime de responsabilidades ante los dioses y el sueño le ofrece un medio de acceder a otra dimensión temporal. Los dioses o el cansancio llevan a Odiseo a entrar en “un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante a la muerte”. En algún sentido, a través de los sueños Ulises se “libra de carnes y huesos” para que su alma pueda seguir viajando sin temores ni tropiezos.

*

La mejor forma de comprobar el agradecimiento de alguien por otra persona es oírla como habla de ella cuando está ausente. Tal es el caso de Eumeo, el porquerizo de Odiseo. Todas las palabras que dice de su señor, están llenas de una profunda gratitud y todos sus deseos, sus ruegos a los dioses, son para que esté bien, salga ileso de sus dificultades y, si sigue vivo, llegue cuanto antes a su querida patria para castigar a los soberbios pretendientes. Eumeo es un guardián de la hacienda de Ulises, de sus cuantiosas posesiones, (“yo guardo y protejo estas marranas”) pero de igual manera es un custodio de su memoria, de su nombre, de su prestigio honroso y digno de alabanza (“ya no hallaré un amo tan benévolo en ningún lugar a que me encamine”; “aún en su ausencia, siento respeto al nombrarlo, pues mucho me quería y me apreciaba en su ánimo”). Independientemente de quien llegue a la humilde vivienda, el porquerizo le habla con elogiosas palabras de su señor, del “hermano del alma” que está lejos. Y otra manera de mostrar gratitud, de enaltecer la memoria de Odiseo, es atender a un viejo harapiento como si fuera un rey, como si se tratara del mismo amo que Eumeo aún no reconoce: “traed el mejor de los puercos para que lo sacrifique en honra de este forastero venido de lejanas tierras”. Las palabras y los gestos de gratitud son hitos de memoria, recursos de los agradecidos para que no desaparezca el nombre, el prestigio, las hazañas de quien los acogió, los protegió o los trató de manera digna y generosa. La Odisea nos muestra que el héroe vive por los agradecidos y leales y por los relatos de quienes testimonian sus maravillosas aventuras.

*

En los primeros cantos de la Odisea, Telémaco va en la búsqueda de su padre ausente; en tanto Ulises, desde el canto V, intenta por todos los medios regresar a Ítaca, donde están Penélope y su hijo. Y si al inicio era Telémaco el que esperaba su padre, después es Odiseo, disfrazado de anciano harapiento, el que espera a Telémaco en las porquerizas cuidadas por Eumeo. El canto XV es como un lugar bisagra entre estos dos movimientos de espera y de búsqueda, de partidas y retornos encontrados. Homero debe usar, entonces, un conector entre esos dos viajeros, un amarre verbal que sigue siendo el puente entre dos tiempos de una misma aventura: “mientras tanto”. Este conector temporal es un modo de dejar en suspenso una acción para darnos información de otra que sucede en otro espacio. Es decir, mientras Telémaco regresa con premura a su casa porque Atenea lo ha persuadido de que los pretendientes pueden “repartir sus bienes” y los padres de Penélope la están “exhortando a que contraiga matrimonio con Eurímaco; en Ítaca, Odiseo está como huésped, esperando a su propio hijo quien, según Eumeo: “le dará un manto y una túnica para revestirse y lo conducirá a donde el corazón y su ánimo prefieran”. Usando este recurso el narrador cuenta a la vez los acontecimientos de dos incidentes diferentes y nos hace partícipes de dos acontecimientos o dos ambientes al mismo tiempo. Por supuesto, este recurso incita y preludia el futuro encuentro.

Escolios a la Odisea de Homero (cantos V al X)

15 lunes Ago 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 12 comentarios

Etiquetas

Comentario de obras literarias, Homero, Odisea

«Homero» de Jean- Baptiste Auguste Leloir.

Los dioses, los inmortales, sufren y padecen las mismas pasiones de los hombres condenados a la muerte. Ese parece ser uno de los rasgos más interesantes de las divinidades de los griegos. Tal particularidad se evidencia a lo largo de la Odisea: Poseidón está ofendido por lo que Ulises le hizo a su hijo; padece una venganza que se hace más honda porque nunca se sacia a pesar de los sufrimientos del héroe. Atenea favorece a unos más que a otros, puede aliviar las penas, pero también provocar sufrimientos indescriptibles. Calipso es consciente de tal condición de los habitantes del Olimpo: “Sois, oh dioses, malignos y celosos como nadie, pues sentís envidia de las diosas que no se recatan de dormir con el hombre a quien han tomado por esposo”. Al sufrir las mismas pasiones de los hombres, las divinidades se vuelven variables, temperamentales, afectables por el cariño o el desprecio de los mortales. Y si bien este atributo es propio de la religión griega de aquel entonces, aporta un valor adicional a la trama de la Odisea, porque no solo están en juego los conflictos entre reyes y héroes, entre mujeres y hombres habitantes de la tierra, sino entre dioses y deidades que los vigilan desde el Olimpo. 

*

Parte de la plasticidad del lenguaje en la Odisea se debe a los símiles de que se vale Homero para hacer más vívida una situación o un hecho. Cuando Ulises, después de su largo viaje en balsa por el mar, naufraga como consecuencia de la furia de Poseidón, y se ve de pronto arrastrando su humanidad hasta las playas de los feacios, la comparación de que se vale el aedo contribuye a dar colorido e intensidad al relato: “así como el pulpo cuando lo sacan de su escondrijo, lleva pegadas a los tentáculos muchas pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Odiseo se desgarró y quedó en las rocas, mientras le cubría inmensa ola”. Los recursos casi siempre provienen de la naturaleza o de la vida cotidiana, de alguna realidad cercana al mundo que habitan o viven los personajes. Recordemos uno de los parlamentos del rubio Menelao en el canto IV, al hablar indignado de los cobardes pretendientes: “así como una cierva puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuese a pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león volvió a la madriguera y dio a entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo también Odiseo les ha de dar a aquéllos vergonzosa muerte”. Usando el mismo recurso Homero cierra el canto V: “así como el que vive en remoto campo y no tiene vecinos, esconde un tizón en la negra ceniza para conservar el fuego y no tener que ir a encenderlo a otra parte; de esta suerte se cubrió Odiseo con la hojarasca”.

«Odiseo se despide de Calipso» de William Russell Flint.

Al ver la descripción de la isla de Calipso, con esos jardines idílicos de “amenos prados”, donde “anidaban aves de luengas alas”, en la que había una “viña floreciente” con cuatro fuentes que manaban muy cerca una de la otra, lo menos que podría sentirse, como fue el impacto de Hermes, es admiración; un asombro que “alegraba el corazón”. La cueva de Calipso descrita por Homero es un símbolo de acogida, de resguardo seguro que invita a permanecer allí. Un sitio para descansar eternamente. Sin embargo, después de pasados siete años, Ulises se siente acongojado e infeliz. Su mirada no está absorta en ese paisaje paradisíaco, sino “clavada en el ponto estéril”. Su horizonte es Penélope y todo lo que ella representa. La diosa, que le había ofrecido la inmortalidad, sabe que aquella mujer es el anhelo de quien tuvo cautivo por siete años. Su último recurso es plantearle a Ulises una comparación (ella también es tejedora, ella de igual modo conoce los secretos del placer amoroso), a ver si en ese contraste, logra cambiar su propósito: “comparada con ella, de cierto, inferior no me hallo ni en presencia ni en cuerpo, que nunca mujeres mortales en belleza ni en talla igualarse han podido a las diosas”. Sin embargo, Ulises es consciente de tal diferencia: “mi esposa es mujer y mortal, mientras tú ni envejeces ni mueres”. Entonces, ¿cuál es la ventaja de Penélope sobre Calipso? La respuesta parece ir más allá de la belleza o la eternidad del goce íntimo, se trata de algo más: Penélope es la casa, el hogar, Ítaca. En definitiva, hay un momento en que el sumo aventurero, el errabundo curioso de tierras y gentes desconocidas, se cansa de navegar, y lo que desea es la tranquilidad de lo conocido, “el gozo de la luz del regreso”.

*

Cubierto apenas con una rama, Odiseo se encuentra sorpresivamente con la doncella Nausicaa. Para evitar la vergüenza, opta por cubrirse con palabras elogiosas para la hija de Alcínoo: “que nunca se ofreció a mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he quedado atónito al contemplarte”. A la desnudez propia contrapone Odiseo la seducción. La manera como evita o desvía la mirada del vergonzoso sarro del mar, de la desnudez salvaje del extranjero, es con “dulces palabras”: “te contemplo, con admiración, oh mujer, y me tienes absorto y me infunde miedo abrazar tus rodillas”. El rico en recursos, el de multiforme ingenio sabe que, a falta de una espada, igual de contundente es el dominio de la palabra.

*

Con la descripción y las actuaciones del divino Demódoco, podemos hacernos una mejor idea de la importancia y respeto que tenían los aedos en aquellos tiempos. Odiseo dice “que a los aedos por doquier les tributan honor y reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado el canto y los ama a todos”. Y Alcínoo subraya que son los númenes “quienes les otorgan gran maestría en el canto para deleitar a los hombres, siempre que a cantar les incite el ánimo”. Homero al describir al aedo parece hacer un autorretrato: la Musa “le había dado un bien y un mal; prívole de la vista y concediole un dulce canto”. Demódoco, al igual que otros aedos, se acompañaba de la cítara y “celebraba la gloria de guerreros”, como fue la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles, dos de los mejores aqueos; o relataba aventuras de los dioses, al estilo “de los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona: “cómo se unieron en secreto y por vez primera en casa de Hefesto, el herrero cojo de ambos pies”. Su canto era una excelente compañía después de cenar o podía alegrar los juegos y otras celebraciones. A Demódoco, o a otros aedos, se le podía también pedir que entonara algo en especial, un acontecimiento memorable que mostrara en él la bendición de la Musa o del mismo Apolo; tal es la solicitud de Odiseo cuando lo invita a que cante cómo estaba dispuesta “la máquina engañosa”, el famoso caballo de madera “lleno con los guerreros que arruinaron a Troya”.

*

Entre los variados recursos narrativos usados por Homero está el de apelar a los mismos personajes de la Odisea para, por su solicitud o su curiosidad, contar algo del pasado y hacer avanzar la historia. Tal es el caso de Alcínoo cuando, después de invitarlo a su mesa, de llenarlo de regalos, de mandar a equipar una nave con la tripulación de 52 marineros, y sobre todo intrigado por el llanto que le producían al huésped los cantos del aedo Demódoco, lo invita a explicar el motivo de sus penas: “habla y cuéntame sinceramente por dónde anduviste perdido y a qué regiones llegaste, especificando qué gentes y qué ciudades bien pobladas había en ellas; así como también cuáles hombres eran crueles, salvajes e injustos y cuáles hospitalarios y temerosos de los dioses. Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión”. Gracias a este medio de invitación a contar el pasado, las peripecias que se avecinan en los siguientes cantos, brotan de manera natural en el desarrollo del relato. Es un recurso fluido, un engarce ingenioso del rapsoda para suturar lo que podrían ser episodios con saltos poco verosímiles. La demanda de Alcínoo por saber cosas de Odiseo, su filiación, su lugar de origen, es decir, las preguntas normales que se le hacen a un extranjero, constituyen el detonante para que Ulises despliegue sus recuerdos, sus aventuras, y lance su voz cual veloz nave feacia en las páginas siguientes.

*

El episodio de los lotófagos es digno de análisis. Odiseo relata que esas gentes se nutren de un “manjar floral”: el loto. Y si a ellos les gusta, no les sucede lo mismo a los compañeros que envió Ulises a indagar sobre sus costumbres. Porque, una vez consumido tal alimento, ellos “anhelaban sólo permanecer allí”, dejaban de pensar en el regreso, “no se acordaban de tornar a la patria”. El loto es un fármaco dulce de la desmemoria; un alucinógeno que afecta la facultad de recordar; que lleva a los compañeros de Odiseo a dejar de lado el pasado y vivir en un permanente presente. El hijo de Laertes, el hábil en tretas, comprende que permanecer allí o dejar que otros miembros de la tripulación coman de ese loto es el fin de su vuelta a Ítaca. Y a los que ya habían probado el “manjar floral”, en contra de sus lloros y negativas, los hace amarrar debajo de los bancos de la embarcación. Como puede verse, el olvido de la patria es, en realidad, el absoluto naufragio. Así las cosas, los lotófagos tienen una secreta relación con el canto de las Sirenas: comer loto o escuchar las voces de esas mujeres pájaro es quedarse fijo en un punto; es sacrificar el pasado y, de alguna manera, imposibilitarse el porvenir.

*

Divinidades y reyes le brindan a Odiseo muchas cosas: Calipso, la “divina entre las diosas”, le ofrece la inmortalidad; Alcínoo, rey de los feacios, le promete “casa y riquezas” si se casa con Nausicaa y se “queda para siempre” en la tierra de los expertos navegantes; Circe, la maga, “lo quiere como marido” y, si no hubiera sido por los consejos de Hermes, la hechicera con  sus filtros habría logrado que él “olvidara por completo su tierra patria”. Las tentaciones de Ulises, con ligeras variaciones, se cifran en no retornar a su patria, en permanecer en los sitios por donde pasa, en renunciar a su añoranza por Ítaca. Sin embargo, ninguno de esos ofrecimientos de eternidad u “hogares opulentos” lograron, dice Odiseo, “convencer su pecho”.

“Ulises escapando de Polifemo, el cíclope”, Pintura de Henry Fuseli.

La monstruosidad de Polifemo consiste en su negativa o desgano para ofrecer los dones de la hospitalidad. Es un gigante prepotente y “salvaje”, que ni planta ni labra la tierra, vive apartado de otros cíclopes, no posee navíos, desconoce el ágora y menciona abiertamente que no tiene temor de los dioses por sus impíos comportamientos. Además, carece de elocuencia, prolifera en gritos y confía esencialmente en su descomunal fuerza. El hecho de que devore a los compañeros de Odiseo y los secuestre en su cueva, es un dato más de su primitivo modo de relacionarse con los demás. Su único ojo es un símbolo del poder violento sin responsabilidades; es el instinto salvaje que desconoce los compromisos de vivir en sociedad.

*

No es que Ítaca sea muy bella; por el contrario, es áspera, escabrosa y “no se eleva mucho sobre el mar”. Es alargada y llana y con un único monte “de sombrías arboledas”; es la “más alejada hacia el punto en el que el sol oscurece”. Sin embargo, Odiseo afirma al referirse a ella que es la tierra en donde nació y, según confiesa, “no hay cosa más dulce que la patria y los padres”. Su belleza no es física, sino espiritual y pegada a los afectos y los sentimientos. Tal vez Ítaca sea un estado del alma; un nombre para llamar a la familia, para evocar y revivir los lazos de la sangre. Ítaca es lo propio, lo contrario a ser extranjero; Ítaca es el antónimo de errar, de vagabundear, del peregrinaje… Ítaca es el inicio y el final del viaje; un símbolo del ciclo de la vida.

*

Apenas Odiseo y sus compañeros ven en la distancia a su Ítaca querida, algo les impide o los aleja de nuevo de su añorado destino. La curiosidad excesiva, la ambición o la falta de prudencia de la tripulación es la que, precisamente, los hace distanciarse de su patria de la que veían “encender fuego cerca del mar”. El regalo de Eolo se convierte en maldición. Y si bien esto acaece porque los designios de Poseidón deben cumplirse, al interior de la Odisea desempeñan otra función: la de mantener en vilo la historia, la de fabricar con maestría el suspenso, la de crear una tensión entre la esperanza y la desesperación. La fuerza espiritual de Ulises, lo que lo hace un héroe memorable, es que a pesar de todos esos cambios de fortuna “sufre todo en silencio y permanece inquebrantable entre los vivos”. Odiseo representa esto, esencialmente: “el que sufre y resiste”.

«Circe» de Newell Convers Wyeth.

Circe tiene el don de transformar a sus visitantes en sirvientes. Con sus filtros vuelve a fieras y guerreros en cerdos sumisos y obedientes. Sus encantamientos, “sus drogas perniciosas”, hacen que los aventureros estén “siempre acostados”, satisfechos de su encierro y contentos con las hayas, las bellotas y las drupas del cornejo que a bien tenga tirarles la maga de lindas trenzas. Odiseo, por haber comido la raíz de moly, es inmune a sus encantamientos; en él no opera el mandado supremo de Circe: “Ve ahora a la pocilga y échate con tus compañeros”. El gran poder de esta deidad estriba en amansar, en privar del valor y la fuerza, en convertir “lobos montaraces y leones” en tranquilos animales domésticos de su regio palacio. Pero Odiseo, según afirma la diosa de voz encantadora, “tiene en su pecho un ánimo indomable”.

*

“Circe, cúmpleme la promesa de mandarme a casa”, le suplica arrodillado Odiseo a la “conocedora de muchas drogas”. Pero la respuesta a tal ruego está en emprender otro viaje, el viaje al Hades. Es Tiresias el que sabe cómo volver a la tierra patria. Bien parece que para llegar a Ítaca hay que pasar primero por el reconocimiento de su pérdida. No se puede alcanzar el ideal, sino se enfrenta previamente el miedo a no alcanzarlo.

← Entradas anteriores

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...