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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Proyecto de vida

La importancia de mantener vivo un proyecto

02 jueves Ene 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Etiquetas

Ciclo vital, Educación del carácter, Proyecto de vida

Ilustración de Sam Rowe.

Las imágenes en los noticieros que celebran la llegada de un nuevo año, los deseos de familiares y amigos para que el inicio de otro período sea próspero, los brindis que lanzan augurios de bienestar, las proclamas en el ambiente de salud y prosperidad, todo ello contribuye a que en los primeros días de enero se ensanche el deseo de empezar un nuevo proyecto o se reinicie alguno que se había postergado. Pero, ¿qué hay detrás de esos renovados propósitos?, ¿qué importancia tiene en nuestra vida el mantener en alto algún proyecto?

Diría, para empezar, que los proyectos son los que dan sentido a la existencia, más allá de emplear gran parte de ella en la mera sobrevivencia. Los proyectos ofrecen un norte, una intencionalidad o un propósito significativo. Digamos que le otorgan a nuestro cuerpo biológico una extensión menos física, una frontera que rebasa los límites de nuestra condición natural. Los proyectos hacen que vayamos más allá de nuestra condición fisiológica y podamos poner a prueba nuestras capacidades y talentos, el potencial de nuestros sentidos y el venero inagotable de nuestra imaginación.

De otra parte, los proyectos son un buen caudal para desarrollar la fuerza de nuestra voluntad; ese ímpetu del espíritu que reconduce y lleva a no desanimarnos. Los proyectos, en esta perspectiva, son creaciones volitivas, obras de nuestro empeño, creaciones elaboradas con el trajinar de nuestras manos. Así que, si no tenemos un proyecto en curso, fácilmente caeremos en la desidia, en la pereza que apoltrona y conduce al conformismo, en la apatía por la vida misma. Gracias a los proyectos, a su dinámica apasionada y demandante, es que nuestra voluntad se ejercita en resolver problemas, en buscar alternativas, en afinar la recursividad y, con todo ello, evitarnos desfallecer ante los obstáculos o los inconvenientes.

Los proyectos poseen otra virtud y es la de permitirnos priorizar nuestras actividades o las múltiples tareas que hacemos. Cuando en verdad definimos un proyecto, cuando lo alzamos bien alto como si fuera una bandera, lo más seguro es que inmediatamente desplazará o pondrá en su verdadero lugar las otras ocupaciones cotidianas. Los proyectos tienen un campo de fuerza que nos obliga a distinguir lo esencial de lo secundario, lo importante de lo urgente. Porque si bien nos ocupamos de infinidad de asuntos durante el día a día, a veces apabullados por la rutina y el desinterés, otra cosa sucede cuando instauramos con un férreo convencimiento determinado proyecto en nuestro periplo vital: él ocupa la mayor parte de nuestras energías, él nos obliga a organizar mejor nuestro tiempo, él nos vuelve cuidadosos con la administración de nuestros recursos. El radio de acción de un proyecto trae consigo el aprendizaje del valor de las prelaciones.

Por lo demás, los proyectos ayudan a disciplinar o por lo menos a adquirir un método de trabajo. Si se quiere poner en marcha un proyecto, si se desea que avance, si nos interesa concluirlo, es necesario trabajar en él de manera constante; no es con buenas intenciones ni con esporádicas acciones como se conquista su término. Hay que persistir con decisión y empeño, con brío y mano laboriosa. En esta perspectiva, el proyecto demanda disciplinar el cuerpo, incorporar ciertos hábitos que garanticen la efectividad en los resultados, imponerle al espíritu la tenacidad y el temple de la acción incesante. La disciplina educa el comportamiento discontinuo y caótico, ayuda a entender y atender un orden en las actividades, crea conciencia sobre la utilidad de la planeación. Los proyectos regulan los vaivenes del capricho, sujetan los apetitos coyunturales, fijan un itinerario a las ideas divagantes.

Vale anotar otra cosa: las angustias, los desasosiegos, los quebrantos menores de salud pasan a un segundo plano si conservamos en nuestra mente y en nuestro corazón el titilar de un proyecto. Al mantener la mente ocupada en una iniciativa de largo aliento, las preocupaciones entran en una especie de penumbra que les quita su encandilamiento para atrapar toda nuestra atención. Si una buena parte de nuestros pensamientos y nuestros sentidos se concentran en atender el desarrollo de un proyecto con toda seguridad otras molestias, físicas o psicológicas, dejarán de impactarnos con sus letanías de pesadumbre o alarmismos infundados. Ocuparse en un proyecto parece ser un excelente fármaco para aquellas personas que absolutizan sus pesares o convierten cualquier achaque ocasional en una tragedia autocompasiva.

Sobra decir que en todas las etapas de nuestro ciclo vital los proyectos son el lubricante de nuestra existencia. Cuando jóvenes, en la época en que abunda la energía y los imposibles parecen muy cercanos, sirven de cimiento para construir el plano de nuestro futuro; en la edad adulta, amparados en el período de mayor vigor y productividad, permiten realizar los sueños profesionales, consolidar un patrimonio, o producir una obra intelectual relevante; y al entrar en la vejez, cuando tenemos menos fuerza pero mayor experiencia y sabiduría, los proyectos renuevan la esperanza, afianzan la autoestima e irradian una luz de dignidad al seguir mostrando que continuamos siendo útiles. No importa la edad que se tenga, los proyectos movilizan, impulsan, catapultan, honran lo que somos como seres en permanente exploración y búsqueda de utopías.

Sirvan, entonces, estos primeros días del inicio de año para tomar conciencia de la importancia de los proyectos en nuestra vida. Si alguno de ellos sigue hibernando por nuestra dejadez, puede ser el momento de retomarlo y avanzar hasta concluirlo. Y si no tenemos al menos un proyecto en curso, si hasta ese nivel de pusilanimidad hemos llevado a nuestro espíritu, démonos la oportunidad de comenzar uno, con todo el tesón necesario para que no pierda su impulso apenas comencemos a trabajar o lo dejemos de lado por las vicisitudes cotidianas.   

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