Lo arduo es saber ser libre

Wieslaw Walkuski

Ilustración de Wieslaw Walkuski.

¿Cuál es el conflicto de Miguel?: ¿una doble vida?, ¿sus duales motivaciones?, ¿la lucha entre la responsabilidad y la libertad?, ¿su doble moral? Ese conflicto es el que André Gide expone a lo largo de la novela El inmoralista (en la traducción de Julio Cortázar). El recurso empleado por el novelista en un largo testimonio contado a sus amigos Dionisio y Daniel, los únicos que podrían entender y “resistir” ese cambio de vida y de sensibilidad.

Una afirmación del mismo Miguel puede servirnos de brújula para este comentario: “Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre”. Esa es la lucha de alguien que se casa por ternura, más no pasión, y que solo hacia el final, en contra de las responsabilidades conyugales, logra liberarse de “esa primera moral de niño” que había dejado más “pliegues en su espíritu” de las que él suponía. El conflicto se hace más fuerte al comprobar Miguel que ha pasado casi 25 años de su vida sólo “mirando ruinas y libros” y “desconociéndolo todo de la vida”. Ha estado encerrado, resguardado por una moral que, a la par que lo tranquilizaba, “también lo preservaba al mismo tiempo”. Sin embargo, dentro de sí, vivía activo dentro de él “un enemigo poderoso y activo”. Y la novela de Gide muestra el itinerario de esa lucha. Un recorrido desde los compromisos a una “primera moral” hasta el reconocimiento y aceptación de una segunda moral, ya no anclada en principios, sino libre y despierta a la fruición de los sentidos.

Ese enemigo, al cual Miguel “escucha, espía y siente” a lo largo del texto, es su fascinación por los niños. Hacía ellos tiende su verdadero interés, a pesar de sentir también un cariño hacia Marcelina, su esposa. Gide pinta a esa mujer con una abnegación y un amor, únicamente mermados por la tuberculosis. Marcelina es compañía, enfermera, soporte para los proyectos de Miguel, y entre más da muestras de ese amor, de ese afecto, mayor es el drama para la sensibilidad de Miguel. Porque su desasosiego, “su sentimiento trágico”, su dolor, es tener que aparentar lo que no es. Él mismo lo confiesa: “me vi obligado a representar un falso personaje, a parecerme a aquel que los demás creían que seguía yo siendo, bajo pena de dar la impresión de que fingía; y para mayor comodidad, fingí entonces tener los pensamientos y los gustos que me atribuían”. Miguel es un simulador, con las personas que lo rodean y, lo más doloroso, consigo mismo. Ese es su drama: “no poder ser a la vez sincero y parecerlo”.

Lo que apreciamos los lectores, a partir del testimonio del protagonista es que él, al igual que un palimpsesto, tiene que ir “borrando sus textos recientes” para descubrir en su propia persona un “texto muy antiguo pero infinitamente más precioso”. Miguel escarba dentro de sí a lo largo de la novela; al hacerlo, halla debajo de sus virtudes sus vicios. Y si en un comienzo se sorprende de ello, poco a poco va comprendiendo que “las cosas consideradas peores (la mentira, por no citar más que una) sólo son difíciles de hacer cuando no se las ha hecho nunca, pero que muy pronto se tornan fáciles, agradables, gratas de repetir, y en poco tiempo como naturales”. Ahí está la clave de su inmoralismo. Al final de la novela se lo ve atendiendo más sus propios deseos nocturnos que la solidaridad o la compañía a su esposa enferma, más entregado a las urgencias de sus propios apetitos que a las responsabilidades de otra persona necesitada. 

Ahora bien, si en la vida “lo importante es saber qué que se quiere”, podríamos concluir que Miguel ha conquistado ese propósito. Por supuesto, darle rienda suelta a su libertad no es tan fácil como parece: su conquista se hace sobre la destrucción de Marcelina; llevarla de allí para allá, mermándola, abusando de ese amor incondicional y no culposo. Miguel logra su cometido pero, de alguna manera, sacrificando a alguien que lo ama. Por eso concluye con amargura que “sufre de una libertad sin empleo”. Y por eso también, como su amigo Menalcas, no quiere mirar al pasado; desea “el perfecto olvido del ayer para crear la novedad de cada hora”. El inmoralista vive en un vertiginoso presente, anhela estar embriagado por una alegría “semejante a aquel maná del desierto que se corrompe de un día a otro”. Nada de mirar hacia el pasado, hacia las tradiciones o las costumbres. Miguel asume el súbito porvenir como “un agujero vacío” al cual precipitarse. Ya no quiere ser un lector o un observador de ventana, ahora desea ser protagonista de sus pasiones, para saber “cuántos enemigos pueden cohabitar en él”.

Detrás de este cambio de Miguel se esconde una convicción: “de las mil formas de vida, cada uno sólo puede conocer una”. Cada quien debe hacer la suya “a su medida”. Esa es la tarea mayor, a pesar de las normas o los convencionalismos establecidos. De allí la lucha, el conflicto de los seres humanos. Gide retrata en Miguel la tragedia de esa conquista del sí mismo, la no siempre feliz labor de reconocerse y aceptarse tal como se es. La lectura de la novela nos muestra que la conquista de la felicidad, para ciertos espíritus “extremadamente vivos”, es “obstinadamente dolorosa”. Y que, como se aprecia en la novela, “solo se cuenta aquello que la prepara, y luego aquello que la destruye”. Lo que queda en la mitad le pertenece únicamente a cada persona, hace parte de las peripecias de su libertad. 

No obstante, el resultado de esa batalla no parece ser un final feliz o victorioso. Miguel comprueba que “uno cree que posee, y, en realidad, es poseído” por aquello mismo que persigue. Ese parece ser el otro drama del protagonista. Lo que tanto se anhela y anhela termina devorando las ansias mismas de poseerlo. Por eso Miguel no puede exigir en los demás sus opciones, de pronto se alegre si “encuentra en otros sus vicios”. Miguel no es un animal. No puede gritar sin ser escuchado por sus semejantes. El inmoralista convive con otras personas, ese es su tormento, el gran dilema que ha acompañado a los seres humanos desde cuando decidieron sacrificar sus instintos por alcanzar la vida en sociedad. Luis Cernuda, el poeta español, lo sabía también: el hombre vive en una lucha continua con sus demonios interiores, está en contienda permanente, oscilando entre las demandas de sus deseos y las prescripciones de la realidad.

Sobre la recitación y las veladas poéticas

Gabriel Pacheco

Ilustración de Gabriel Pacheco.

Las veladas poéticas, como la organizada por el colegio Santo Tomás de Aquino de Bogotá, eran y siguen siendo eventos de gran importancia formativa. En estas jornadas se declaman, escenifican o se recuerdan poemas y se enaltece la magia de la palabra hecha verso. Además, maestros y padres de familia, congregan sus esfuerzos para que los más más pequeños representen lo que leen, y los jóvenes estudiantes muestren sus propias producciones literarias, a la vez que superen el miedo escénico y muestren sin vergüenza su espíritu sensible. Volver a estar en una de estas veladas me ha hecho reflexionar sobre el sentido de la recitación y el papel de la poesía en los procesos educativos.

Una primera evidencia, la más notoria, es que estos eventos son una buena oportunidad para convocar a los diversos actores de una institución educativa. Ahí están los padres listos a preparar y dar ánimo, a filmar y celebrar con sus hijos sus primeras presentaciones. Los padres se convierten en colaboradores efectivos, en aliados de una intencionalidad formativa. Y también están los profesores y profesoras que con paciencia y dedicación motivan, corrigen, practican y afinan los gestos y las palabras de los más pequeños. Los maestros se sienten satisfechos al ver que sus esfuerzos culminan con éxito en esos cortos minutos que dura la presentación de sus alumnos. Y están también los directivos o los coordinadores académicos que asisten a estas veladas no solo para apoyar el evento, sino para disfrutar al ver cómo se desarrolla ante sus ojos y sus oídos otra dimensión del desarrollo humano. La misma parte administrativa y de servicios se siente feliz de colaborar y contribuir a la decoración del auditorio, de disponer la mesa para un café o un pequeño refrigerio, de las luces, del sonido, de toda la escenografía necesaria para una evento solemne y digno de recordación. 

La confluencia de estos actores hace que estas veladas se constituyan en verdaderos ritos educativos. El rito, lo sabemos, además de actualizar un relato genera un aura de participación, crea un ambiente de comunidad; construye, por así decirlo, un clima fraterno dentro del cual cobra sentido el estudiante protagonista de la declamación. En cuanto rito, la velada demanda hacerse con alguna regularidad –para el caso al que me estoy refiriendo esta es la versión XIX–, convoca un tiempo asociado a algún hecho significativo que, por lo general, es el día del idioma, y presupone una puesta en escena especial: hay frases celebratorias, portadas de obras representativas, símbolos alusivos a algún autor literario. Todo ello confluye en un decorado que aviva el certamen tan esperado. Por supuesto, hay maestros de ceremonias y música y premios y certificaciones. Sin esas cosas, que no son menores o de poca valía, el rito quedaría sin trascendencia, pasaría por las instituciones educativas como otra de las muchas actividades cotidianas. Pero no es así. Las veladas poéticas quieren ser recordadas, fijarse en la memoria de los protagonistas y de los asistentes, y conseguir estampar en el corazón de los participantes un cariño especial por la poesía, por esa música particular de las palabras dispuestas en versos.

La recitación misma, el acto de declamar un poema, le otorga a un grupo de versos una dimensión mayor que la que puede apreciarse cuando solo los observamos con nuestros ojos silenciosos. La recitación,  por ser una práctica oralista, le devuelve a los signos fríos de la escritura, la viveza, la entonación, el ritmo, la emoción primaria con la que nacieron. Y si a eso le sumamos los disfraces de que se valen los estudiantes para darle una mayor verosimilitud al poema que interpretan, el resultado es un espectáculo de voces vivas, un teatro colorido en el que se recupera la palabra de la tribu, aquel rito que hacían nuestros ancestros primitivos al lado del fuego. Al declamar los poemas vivificamos las letras; al recitarlos, recuperamos para ellos su música; al pasarlos por el cedazo del gesto, al apropiarlos desde un cuerpo, los convertimos en mediadores para conmover, para despertar los sentimientos. La recitación, en esta perspectiva, se parece bastante al talento de un músico que transforma una partitura en un canto o una interpretación personal con el fin de producir en el auditorio emociones hondas y perturbadoras.

Por lo demás, al recitar un poema, al guardar esos versos en la memoria, estamos interiorizando también un tipo particular de lenguaje. Las palabras con que está hecha la poesía son la mejor cosecha del idioma. Lejos del limitado uso del habla cotidiana, de la procacidad a la que reducimos la riqueza de un lenguaje, la poesía ofrece un repertorio de términos que pueden sazonar y darle vuelo a nuestra comunicación y nuestro pensamiento. Y no hablo de palabras “bonitas” o de vocablos rebuscados, sino de un abanico de términos que nos permitan ser más precisos al nombrar el entorno, desplegar con amplitud nuestra competencia lexical, enriquecer la expresión de nuestros afectos, multiplicar los puntos de interacción para el diálogo o la interacción con otros. Quien se lanza a recitar un poema va incorporando otro tipo de lenguaje, va sembrando de buenas semillas el campo fértil de su pensamiento.

Cabe decir otras cosas sobre esto de la recitación. Una, sobre el ejercicio de la memorización. No hay declamación genuina sin esta previa labor de ir, verso por verso, estrofa por estrofa, guardando esas palabras en nuestra mente. Al hacerlo, lubricamos uno de los atributos de nuestra inteligencia, hacemos que nuestro cerebro, con su múltiple red de conexiones eléctricas, recupere una de sus posibilidades maravillosas. Entonces, memorizar el poema es “enseñar a recordar”, que es uno de los aprendizajes que hemos ido dejando al garete en la escuela, por la facilidad que tenemos hoy de ciertas tecnologías. Desde luego, cuando nuestros estudiantes aprenden de memoria un poema también están consolidando o reiterando unos esquemas mentales que más tarde les servirán de vías para retener otro tipo de conocimientos. El contenido es apenas una parte de lo que se retiene, porque al memorizar un conjunto de versos a la par estamos troquelando en nuestra mente hitos, zonas, “lugares” que luego podrán ser ocupados por nueva información. Otra cosa para subrayar es el vínculo de la recitación con la lectura en profundidad de un texto. Porque para declamar con calidad un poema, para lograr comunicar su sentido cabal, hay que haberlo comprendido en verdad. No es tarea de repetir por repetir, sino de hallar lo medular del mensaje, la vía que lo hace inteligible. Por eso, quien declama un poema es un lector que ha sobrepasado el sentido literal y puede dar cuenta de la relación entre las partes y el conjunto, del mensaje que esconden algunas metáforas, de la organización del poema y su efecto lírico. Ese es otro beneficio académico para quien se lanza a declamar en público un poema: desentrañar el significado de lo mismo que desea memorizar.

Concluyamos reiterando el papel de la poesía en los procesos formativos. La cartilla que ofrecen los versos está concebida para educar nuestras emociones, para proveernos de otros miradores que nos permitan degustar y apreciar lo que por descuido o prisa dejamos de lado. La poesía, con sus símiles y metáforas, con su música, con su lenguaje finamente elaborado, es un medio de expresar o conocer las peripecias de nuestra existencia. En esto, participa de la finalidad de otras artes y, por eso también, contribuye a cumplir uno de los objetivos fundamentales de la literatura: servir de ayuda para reconocernos y entender los asuntos complejos de la condición humana.

Entrevista a un maestro investigador

Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier.

Entrevistador: Empecemos por lo obvio: ¿cómo empezó usted a investigar?

Investigador: Debo contestarle que desde muy niño, por haberme criado en el campo, mis mayores me enseñaron a seguir las huellas de los animales, a leer el contexto, a diferenciar marcas y signos del entorno. Ir de cacería con uno de mis tíos, por ejemplo, era de por sí una clase maravillosa de atender los detalles, de percatarme de sutiles diferencias, de hacer inferencias y estar atento a las pequeñas variaciones en un camino, en un cultivo, en las ramas de los árboles. El verbo que mejor resume ese estado de alerta y perspicacia al ambiente era: “atisbar”. Desde luego, esas no eran investigaciones que pudiéramos llamar académicas, pero ya en ellas estaba el germen o el gusto por la pesquisa y la curiosidad de desentrañar lo que a primera vista parece irrelevante. Mi entrada muy joven al periódico El Espectador fue otro punto valioso para responder su inquietud. Ver a los periodistas cómo buscaban la información, cómo contrastaban las fuentes y, finalmente, cómo la convertían en una noticia o un reportaje, tuvo un alto impacto para mí. Los primeros archivos que conocí fueron los de ese periódico, no solo de fuentes escritas, sino también de fotografías. Creo que después, la investigación se centró en el lenguaje y en sus posibilidades: mi interés y fascinación por las palabras, me obligaron a husmear en los diccionarios, en las interrelaciones entre esos signos que se concretaban en crucigramas, en dameros, en el cifrado mundo de los juegos de lenguaje. Pero fue al hacer mi carrera de literatura cuando tuve una experiencia investigativa documental, y más al tener la responsabilidad de hacer los libretos semanales para un programa de radio llamado “Detrás de la palabra”. Era un investigación intensiva, multidisciplinar y con una enorme voluntad comunicativa, pues todo lo consultado y leído debía ser transformado en un lenguaje ágil y fuertemente interpelativo. Más de cien emisiones, más de cien libretos me ayudaron a hacer habitual lo que parecía excepcional y lejano.  El otro filón importante fue mi relación con la semiótica, con el campo de la comunicación social, el que en propiedad me acerca a la investigación, entendida como formular un problema, tener unos objetivos y disponer de un método para alcanzarlos. El escenario de la semiótica, la de los telenoticieros, la de los objetos, la del consumo cultural, la de la imagen, se convirtieron para mí en preocupación de enseñanza y de muchísimas direcciones de trabajo de grado. Ahora que me lo pregunta, las investigaciones semióticas son las que me dieron aliento para entrar a otro campo fascinante, la educación. Dentro de ese campo, mis investigaciones se concentraron en los procesos de la lectura y la escritura que, siguen siendo una veta de mis investigaciones actuales. La experiencia me ayudó a afinar un método, a cualificar los instrumentos y a saber buscar fuentes pertinentes y oportunas. El ángulo que asumí y sobre el cual produje varios artículos fue el de la investigación etnográfica, que algunos rubrican como de orientación cualitativa.  Muchos estudios de caso, trabajo a fondo usando el diario de campo, preferencia por la entrevista en profundidad y la observación sistemática. 

Entrevistador: ¿Así que son muchas las raíces, y muy diversas?

Investigador: Desde luego que sí. Al menos en mi caso, la investigación ha estado asociada a mis campos de trabajo, a mis búsquedas profesionales y a mis preocupaciones vitales. ¿Qué quiero decir con esto? Que, para mencionar solo un aspecto, durante un tiempo estuve dedicado a enseñar semiótica en la carrera de Diseño industrial de la Universidad Javeriana; entonces, mis investigaciones buscaron hacer legible ese universo, me sumergí en la sintaxis, la semántica y la pragmática de los objetos; indagué con mis alumnos en el nacimiento, evolución y significado de los objetos, me adentré en autores y metodologías propias de este lugar docente. O, para mencionar otro caso, dado mi interés por los procesos de composición escrita en autores de larga trayectoria o considerados expertos, por más de 20 años le fue siguiendo la pista en diarios, cartas, entrevistas a esos escritores con el fin de aprender los trucos del oficio, las técnicas, los recursos de ese arte de hacer mundos posibles con palabras. Fruto de ese largo proyecto de investigación está mi libro Escritores en su tinta. Lo que me interesa subrayar con estos dos ejemplos es que la investigación no ha estado por fuera ni de mi trabajo, ni de mis inquietudes intelectuales. O para decirlo de otra manera, no soy investigador porque me lo demande un contrato laboral, sino por una necesidad interior que me lleva a hacerme preguntas, a someter a prueba algunas conclusiones; porque me produce felicidad descubrir, conocer más allá de la obvio o lo dado por hecho.

Entrevistador: ¿Siempre hay esa felicidad en usted, cuando investiga?

Investigador: Casi siempre. Por supuesto, también hay incertidumbres. He escrito que uno investiga, precisamente, porque su zona de incertidumbre es mayor que la de sus certezas. Hay etapas de duda, de andar como a tientas, sin saber muy bien a dónde se va a llegar. Más esto, con el tiempo, hace parte del goce de investigar. Hay investigaciones difíciles, complejas, que exigen paciencia y una persistencia a toda prueba; y otras, que parecen más cercanas a nuestras manos, salen a nuestro encuentro como si fueran familiares muy queridos. 

Entrevistador: Hablemos un poco de sus maestros de investigación… ¿Los hubo?, ¿qué particularidades tenían o tienen?

Investigador: Ahora que me lo pregunta, no tengo en mi memoria un nombre específico. Yo creo que buena parte de los profesores que tuve en mi formación básica y luego en la educación superior eran grandes sabedores de contenidos pero no tanto me marcaron en su personal manera de investigar. Pero obras escritas, testimonios de investigadores, sí han servido de referente para mi trabajo investigativo. Pienso ahora en el historiador Georges Duby y su texto autobiográfico, La historia continúa. En ese libro obtuve claves para aprender a investigador y, muy especialmente, para ser acompañante de esa labor. El otro autor, fue un Umberto Eco: por su manera de estudiar las prácticas, los objetos o los discursos de la vida cotidiana. Recuerdo, especialmente, sus estudios sobre los cómics. En esa misma perspectiva, considero que leer y estudiar los trabajos de investigación de Roland Barthes, me dieron elementos de análisis y ejemplos de indagar con rigor y sistematicidad: El sistema de la moda, Sarracine, Mitologías. Un maestro indirecto, que ha sido uno de los más cercanos a mi sensibilidad intelectual, fue y sigue siendo Paul Ricoeur. Me ofreció muchos rudimentos para la pesquisa al detalle, me mostró como las disociaciones pueden ayudar a construir teorías, y cómo ahondar en los textos y cómo interpretarlos. Mucho más adelante, leí a dos autoras, Goetz y Lecompte, que me adentraron, con claridad y lucidez, en el mundo de la investigación etnográfica, en sus vericuetos y toda la utilería necesaria para abordar los espacios y los actores de la escuela, en un inicio, pero también de otras parcelas de la realidad. Digamos que han sido más los investigadores que he leído y no tanto los maestros investigadores que he escuchado, los que han contribuido a formarme como investigador.

Entrevistador: ¿Y a qué atribuye usted eso?, ¿por qué escasearán los maestros investigadores?

Investigador: Por muchas razones. Se me ocurren por ahora dos, que son las más recurrentes: una, porque muchos de los educadores se concentran en su tarea de transmisión y descuidan la de la investigación. Se centran en sus clases y van con el tiempo, cubriéndose de una pátina sobre lo ya sabido, van adquiriendo esa seguridad sobre determinado campo de saber, que los hace inmunes a los cuestionamientos, a la pregunta, a la incertidumbre, que son los que movilizan al investigador. Y si a ese trabajo se le suma la cantidad de horas de clase y de estudiantes a su cargo o la proliferación de formatos exigidos por la burocracia administrativa, pues, cada vez se aleja más el dedicarse a una investigación. La otra razón, muy relacionada con la anterior, es la relación que una gran parte de los maestros establecen con el conocimiento. Me refiero a ser excelentes replicantes de información ajena, pero poco productores de saber. Nutren su oficio de lo hecho por otros, con un mínimo aporte personal. A lo mejor esto corresponde a cierto temor a exponerse, o a mantener en su pensamiento un “subdesarrollo intelectual” que los hace siempre vicarios de ideas foráneas, débiles para publicar, tímidos para entrar en discusión con la tradición y leerla creativamente. Aunque mirando esas dos razones, que en algo explican lo que me pregunta, considero que la que más pesa en los maestros para no ser investigadores es ese exceso de certeza sobre el conocimiento, esa actitud de no fisurar o poner en cuestionamiento lo que parece un saber acabado o definitivo.

Entrevistador: ¿Cuéntenos de sus primeras investigaciones?, ¿cuál podemos considerar su trabajo pionero?

Investigador: Mis primeras investigaciones, de corto alcance, estuvieron enfocadas a la lectura de textos literarios, usando a veces instrumentos de la estilística o echando mano del arsenal estructuralista y semiótico. El símil en la obra narrativa de Juan Rulfo, el mundo de la imagen en Lezama Lima…  Del mismo modo, hubo varios trabajos de investigación documental: sobre el arte colonial, sobre las novelas de caballería, sobre la mujer en la Comedia de Dante.  Después vinieron trabajos de mayor alcance, como un estudio semiótico sobre los telenoticieros, el consumo cultural de los jóvenes universitarios, las particularidades del libreto para radio… Pasados varios años empecé a concentrar mis investigaciones en el campo de la lectura y la escritura, que siguen siendo vetas inagotables de mis actuales indagaciones. Mire, usted, no más, el largo trabajo de investigación sobre cómo escriben los escritores expertos, que me llevó por lo menos diez años de pesquisa. O ese otro proyecto de investigación sobre la escritura argumentativa o uno más sobre las particularidades del texto poético.

Entrevistador: ¿Y cómo ha logrado mantener esa producción investigativa al tiempo de tener clases?

Investigador: La clave ha sido vincular lo que investigo con lo que enseño; o lo que enseño no desligarlo de lo que investigo. Me esfuerzo para establecer ese vínculo, para poner trabajos o tareas no desligadas de lo que son mis filones de investigación. Otra cosa que he hecho es aprender a guardar registros de mi labor como docente, a tener archivos o documentos que luego puedo analizar o comparar. De igual modo, y esto sí que es fundamental para un investigador, he adquirido el hábito de escribir –así sean textos pequeños–sobre una actividad, un proyecto, o sobre asuntos derivados del quehacer educativo. Reflexionar sobre lo que se hace es, sin lugar a dudas, uno de los secretos para enfilarse como investigador. De allí que use mi libreta de notas o mi diario de escritor a la manera de un artefacto de etnógrafo, o parecidas a las bitácoras de quien viaja y se sorprende de lo que observa a su alrededor. Por lo demás, no dejo de seguirle la pista a determinado problema a lo largo de varios años; lo coyuntural no logra desviarme de mis búsquedas personales o de mis preocupaciones más sentidas. Esos pequeños textos, esos mismos productos derivados de procesos o proyectos de investigación, los hago circular con mis estudiantes y, al dialogarlos con ellos, los voy validando, enriqueciendo, puliéndolos en su contenido y en su calidad comunicativa. Puesto de otra forma, mi trabajo cotidiano está atravesado por mis inquietudes investigativas en una doble vía, tanto al diseñar un syllabus o preparar una tarea, como en la reflexión continuada sobre las peripecias del mismo oficio de enseñar. En esto, el caso de un maestro investigador como Vigotsky es digno de imitar.

Entrevistador: Compártanos un ejemplo de cómo es su proceso de investigación, ¿cómo son sus rutinas de trabajo, su técnicas, sus estrategias?

Investigador: Voy a echar mano de una de ellas, la que realicé sobre las técnicas de escritura de los escritores expertos. El motivo empezó con varias preguntas que me rondaban fuerte en mi cabeza: ¿cómo escriben los escritores expertos?, ¿qué han dicho de ese oficio?, ¿cuáles son las técnicas que emplean? Esos cuestionamientos estaban asociados, por supuesto, a mis propias preguntas como incipiente escritor. Quería desentrañar lo que era una vocación pero aún torpe para manifestarse. Yo había leído el “Manual del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga y algunas cartas de Flaubert a su amada Colet, pero nunca me había propuesto de manera continuada y sistemática dar alguna respuesta a esas inquietudes. Entonces, lo que fui haciendo fue recopilar en mis agendas, frases que iba encontrando sobre ese punto. En esa búsqueda me encontré con un libro para mi pesquisa: El oficio de escritor, en el que se recopilaban varias entrevistas a escritores literarios de prestigio, publicadas originariamente en The Paris review. Ese encuentro bibliográfico me llevó a adentrarme, como fuente primaria de mi investigación, en las entrevistas dadas por escritores. Allí empecé a encontrar que los entrevistadores, aunque no siempre, les hacían preguntas relativas al mismo objetivo de mi investigación, es decir, ¿cómo escribían?, ¿qué manías eran las frecuentes en su labor?, ¿qué técnicas empleaban? Me propuse por lo mismo adquirir la colección Confesiones de escritores, publicada por editorial El Ateneo, de Buenos Aires, en la que se compilaban dichos testimonios de autores de novela, de cuento, de poesía, latinoamericanos y europeos… Esa fue una primera base para recolectar información. Luego, casi al mismo tiempo de lo anterior, descubrí los diarios, los diarios de los escritores. En esas páginas obtuve una mina muy valiosa para mi pesquisa. Una vez más, la lectura concienzuda me llevó a hallar pequeños apartados de escritores como Virginia Woolf, Cesare Pavese, Ernst Jünger, Franz Kafka, en los que referían cómo enfrentaban su labor creativa y las minucias del oficio literario. Otra fuente de datos la obtuve en libros y en revistas –tengo en mi memoria las portadas blancas de la Revista de Occidente y las de Cuadernos Hispanoamericanos–, en las que pude ubicar ensayos o textos en los que los propios autores hablaban de su oficio. De igual modo acudí a cartas de los escritores y a biografías en las que se recuperaban testimonios sobre su tarea de construir mundos posibles con palabras. Sobra decir que toda esta labor de ubicar y recolectar información me llevó varios años. Ya con ese material, procedí a analizarlo a partir de unos criterios: los puntos de partida, los trucos del oficio, las maneras de corregir, los consejos específicos sobre redacción, las técnicas tanto en la planeación como en la producción… Tomé, entonces, toda la información que ya tenía pasada en mi máquina de escribir, cita por cita en hojas independientes, y fui a mano señalando si hacían parte de uno u otro criterio. Fui haciendo paquetes o carpetas rubricadas con cada uno de estos tópicos. Más adelante, empecé a discriminar dentro de cada paquete los pormenores o a elaborar un segundo tamizaje que me permitió descubrir minucias y habilidades específicas de cada autor que, al mirarlas en conjunto con otras de otros escritores, me permitieron descubrir las recurrencias y las variantes a determinado aspecto de la artesanía escritural. Un primer fruto de ese trabajo fue mi artículo “El oficio de escribir. La creación literaria a través del testimonio de escritores consagrados al oficio”. Proseguí con esa tarea por otros años, recopilando y filtrando, analizando y agrupando, escudriñando y analizando, haciendo índices analíticos y revisando la información recolectada… Por fin, toda esa investigación se agrupó en mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos.

Entrevistador: Son muchos años dedicados a un mismo asunto, ¿verdad?

Investigador: Sí. La investigación genuina, la que nos convoca desde el fondo de nuestras preocupaciones, no es algo circunstancial; permanece, se enriquece con el tiempo. Pienso que esos “nichos” continúan resonando a lo largo de nuestra existencia, independientemente de las circunstancias o las obligaciones laborales. Si usted quiero saberlo, sigo recolectando esas citas, esa información de los escritores sobre su propio oficio. A lo mejor ahí se esté caldeando un nuevo artículo o un nuevo libro. Y si a eso le sumamos la nueva bibliografía existente, pues las respuestas que obtuve en un momento ya se han convertido en otras preguntas que aguijonean mi curiosidad y movilizan mi pensamiento.

Entrevistador: Entiendo que usted le da mucha importancia al análisis de la información recolectada en una investigación, ¿por qué?

Investigador: De nada sirve recopilar información, si uno no la destila o la pasa por los filtros del análisis. Creo que ahí es donde realmente uno aporta algo al esclarecimiento de un problema o ahonda en el conocimiento de una temática. Ahora bien, analizar la información, que parece una etapa natural para el que investiga, presupone unas habilidades de pensamiento que desafortunadamente no se enseñan o, lo más grave, se presuponen. Piense no más en qué es clasificar y qué codificar, sin mencionar la dificultad de categorizar un conjunto de datos. Considero que si uno no tiene una buena formación en lógica, en semiótica, los resultados son lamentables. El investigador cuando analiza la información es cuando en realidad aporta algo a un asunto, es el momento en que construye un campo explicativo o comprensivo a un problema. Por eso hay que prestarle tanta importancia y por eso, también, es necesario enseñar a elaborar este tipo de análisis, a partir de criterios, de recurrencias, de campos semánticos y cuadros categoriales.

Entrevistador: Según leí en un artículo suyo, ha propuesto otras maneras de presentar los resultados de una investigación diferentes a los formatos ya establecidos, ¿puede ampliarnos de qué se trata?

Investigador: Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado ahora a una única manera de divulgar o hacer pública nuestras investigaciones. Hay una especie de estandarización que no ayuda en nada a la riqueza y la diversidad de las investigaciones, en particular de un campo como las ciencias sociales. No digo que no sean una posibilidad de socializar los resultados; lo que afirmo es que es terriblemente reductiva y que, al igual que la leyenda del lecho de Procusto, termina tergiversando o constriñendo lo que en realidad hacen los investigadores. Piense no más en el uso del diario, al estilo de Darwin, para dar cuenta del proceso y los hallazgos de un tipo de pesquisa, o el valor de la crónica para narrar la variedad de voces y de perspectivas de un acontecimiento, como lo hizo de manera excepcional Carlos Monsiváis en México; o la eficacia del relato para contar, en viva voz, los sentimientos y la experiencia de vida de unos sujetos. No todo puede expresarse en un único canon, con la excusa de parecer más objetivos y más científicos. En este mundo globalizado, también hay transnacionales que con su parafernalia formalista pretende invisibilizar la diferencia y homogenizar lo que a todas luces reclama su propio orden discursivo.

Entrevistador: Usted nos habló antes de su aprendizaje en investigación leyendo libros, ¿cuáles serían esos textos recomendados para alguien que desea aprender a investigar?

Investigador: Es muy amplia la bibliografía disponible y muy diversos los campos de trabajo. Pero para echar mano de mi propia experiencia como maestro, voy a centrarme únicamente en la investigación en ciencias sociales, advirtiendo que esta ruta es una de las posibles. Un libro que recomendaría, como caldo de cultivo para motivar a los futuros investigadores, es Los descubridores de Daniel Boorstin (Crítica, Barcelona, 2000). Esta obra contribuye enormemente a entender qué es eso de investigar, cómo se lleva a cabo una pesquisa de largo aliento y, lo más importante, cuáles son las particularidades o las condiciones de esos seres que pueden dedicar toda una vida para descubrir la tabla periódica, las leyes de la herencia o la circulación de la sangre. Me parecen útiles, y eso es un gusto personal, los textos: Cómo se hace una investigación de Loraine Blaxter, Cristina Hughes y Malcolm Tigh (Gedisa, Barcelona, 2000); Metodología de las Ciencias humanas de Sylvain Giroux y Ginette Tremblay (Fondo de Cultura Económica, México, 2004) y Más allá del dilema de los métodos. La investigación en Ciencias sociales de Elsy Bonilla-Castro y Penélope Rodríguez Sehk (Uniandes-Norma, Bogotá, 1997), por su manera didáctica de expresar y mostrar con ejemplos los diferentes aspectos de un trabajo de investigación. Finalmente, le daría un lugar destacado a dos libros: La escuela por dentro. La etnografía en la investigación educativa de Peter Wood (Paidós, Barcelona, 1998) y Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en Ciencias sociales del sociólogo Howard Becker (Siglo XXI, Buenos Aires, 2009), que más allá de ser manuales sistemáticos de investigación, son un repertorio de pistas, alternativas y recomendaciones para el quehacer cotidiano del investigador.

Entrevistador: Conversemos ahora, un poco, de su experiencia como tutor de investigación, ¿cómo es su manera de hacerlo?

Investigador: Mire que este tema es uno de los que más me ha interesado en los últimos años, entre otras cosas porque nace de muchas presuposiciones o sobreentendidos. A qué me refiero: a que las personas dedicadas a tutorear investigación, en gran parte, no han hecho investigaciones; son tutores de metodología de la investigación pero sin pruebas concretas de lo mismo que demandan o reclaman en sus tutorados. Sumado a una indefinición o línea de operatividad sobre cómo investigar. De allí el fracaso o los tiempos indefinidos a los que someten a sus pupilos. Me he dado cuenta de que tutorear es una destreza que demanda experiencia, contención en el saber, claridad en las tareas, corrección y acompañamiento permanente, y una habilidad especial para motivar y fomentar la confianza. No es una actividad como la docencia en la que sea suficiente el dominio de un área del conocimiento. Aquí se trata más bien de una labor hombro a hombro en la que la confianza se junta con la prodigalidad académica para logar que alguien inexperto e inseguro en sus búsquedas, pueda abrirse camino y alcanzar unos objetivos. Para mí, y eso lo que he confirmado con los años, un buen tutor de investigación empieza por contagiar a otros de un problema, invitarlos a meterse de lleno en el asunto y, luego, apenas toman vuelo, ayudarles a que dominen un método para alcanzar de la mejor manera lo que se condensa en una pregunta de investigación. He escrito que esa tarea implica, a la vez, cercanía y lejanía, presencia continua y actos de manumisión, entrega de una ruta prefijada y posibilidad de experimentar desvíos… Mi forma de ser tutor trata de cumplir eso que le vengo diciendo, aunque también depende mucho de quién es el tutorado y qué tanto está comprometido con una investigación. 

Entrevistador: A partir de esa larga experiencia investigativa, ¿qué consejos le daría a alguien que está empezando a hacer una investigación?

Investigador: Lo primordial, que más allá de cumplir unos requisitos académicos, considere su trabajo de grado o su tesis como una oportunidad para responderse esos cuestionamientos que lo acucian o que son esenciales en su trayectoria formativa. Así, pues, antes de las teorías y los métodos, está la actitud y la disposición para investigar. Que no se desespere o se desanime cuando empiece su proyecto; serán muchas las dudas, las inquietudes que aparecerán en el camino. En la labor investigativa a veces se avanza un poco y, pasos adelante, hay que volver atrás para corregir o tomar una vía más idónea. Por eso hay que persistir, insistir y no claudicar al primer escollo o dificultad. De igual modo le recomendaría leer fuentes primarias o, en su defecto, consultar editoriales confiables. Que lea siempre atendiendo los otros textos mencionados y a la letra menuda citada en las notas a pie de página o referenciada en la bibliografía. Que haga lecturas de estudio, con notas a la mano, sacando en limpio preguntas, inferencias, desarrollos derivados de su pesquisa inicial. Le diría, además, que lea bien un texto de técnicas de investigación, acorde al campo de su interés. Pero que lo haga con intención de dominarlo, de aprender en serio dicho repertorio de instrumentos. Desde luego, le sugeriría que atienda lo que dice su tutor, que se deje guiar, pero no asumiendo un comportamiento pasivo y acrítico, sino llegando preparado a cada sesión, para que se dé una conversación productiva, interesante y con enorme ganancia para su proyecto. No sobraría advertirle a ese aprendiz de investigador que tenga presente una ética en los datos que obtenga y en la confidencialidad de los mismos, que respete a sus informantes y que no adultere o saque conclusiones apresuradas de la información recolectada.  No sobrará insistirle a esa persona que piense bien en el impacto social de su pesquisa y cómo, desde su proyecto de investigación, contribuye a la solución de un problema o a la mejora de cualquiera de las dimensiones del ser humano.  

Entrevistador: ¿Y qué recomendaciones le haría a quien empieza su tarea de tutor de investigación?

Investigador: Lo primero, y quizá lo más importante, que lea concienzudamente lo que sus tutorados producen; que no devuelva informes de avance sin haberlos analizado y glosado. Esto es vital para ganar en el tutorado un compromiso y lograr reconocimiento al rol de tutor. Lo segundo, que no trate de que sus pupilos dominen una información para la que él ha necesitado años para lograrlo. La dosificación en lecturas es una de las cualidades de un tutor experimentado; aprender a seleccionar esas lecturas puntuales, ofrecerlas en el tiempo adecuado, saber ubicar la información pertinente y precisa, constituye parte de la experticia del que guía un proyecto y que luego repercutirá en los avances del mismo. Tercero, que sea paciente pero al mismo tiempo exigente; que no sea tan laxo como para dejar que los tutorados hagan cualquier cosa, ni tan autoritario para no permitirles tomar sus iniciativas. De otra parte, le diría que lleve registros constantes de las sesiones de tutoría realizadas tanto para evitar la dispersión como para concretar las tareas y las responsabilidades; es sabido que la oralidad, por su fugacidad, tiende a la desmemoria y si no pasa por el filtro de la escritura, se termina repitiendo lo ya dicho o empantanados en la confusión de los malentendidos. Y un consejo adicional, que ayuda a favorecer el dominio teórico o la fundamentación conceptual: que los proyectos que dirija estén vinculados a una línea de investigación en la que él mismo haya hecho pesquisas, o sobre la cual tenga conocimientos consistentes y con suficiente apropiación. En suma, que no se disperse tutoreando cuanto tema le propongan, creyendo que le serán suficientes los generales saberes de metodología de investigación. Ese es un engaño que a la final repercute en la credibilidad del tutor y en los alcances reales de un proyecto investigativo.

Entrevistador: No quisiera terminar esta entrevista sin preguntarle ¿en qué proyecto de investigación anda ahora?, ¿qué problema ocupa sus reflexiones y su días?

Investigador: Lo que ocupa mayormente mi tiempo, en estos meses, es una investigación para una novela. Por ahora le adelanto que ya tengo una pregunta que condensa el problema: ¿cuál es la causa determinante para que alguien tome la decisión de quitarse la vida? Como podrá suponer, esta investigación me ocupará varios años.

La lectura, según Quevedo

Juan Van der Hamen

Quevedo y Villegas, según Juan Van der Hamen.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

 Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

 Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.

 En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor cálculo cuenta 
que en la lección y estudios nos mejora.

El elogio de la lectura propuesto por Quevedo empieza con una condición: el aislamiento. Para el caso particular del poeta, seguramente correspondió a uno de sus destierros o a sus habituales encierros en la Torre de Juan Abad. Para el caso nuestro, podría ser alejarse de las demandas del consumo de los medios masivos o “desconectarse” por unos minutos de las adictivas redes sociales o de las omnipresentes demandas laborales. Ese aislamiento es la base para encontrarse con la lectura, el hábitat indispensable en el que pueden desarrollarse sus semillas.

La segunda circunstancia estriba en contar con un grupo de libros, en tener una pequeña biblioteca seleccionada bajo el criterio de la sabiduría. Quevedo subraya esa particularidad en el conjunto de obras que nos acompañen en ese retiro del espíritu: que sean “doctas”, que hayan pasado el tamizaje del tiempo y sean iluminadoras para nuestra propia existencia. Que sean obras “sabias”. No es una sumatoria heteróclita de información, sino un puñado de libros cuidadosamente elegidos, fruto quizá de una labor anterior en la que, durante años de lecturas, se pudo escoger la paja del grano verdadero. Con ese selecto grupo de libros es que el autor nos propone conversar. Aquí no importa mucho que dicho diálogo sea con “difuntos”, sino en tener la suficiente atención para saber “escuchar con los ojos”. La lectura es una conversación silenciosa que exige una convergencia de nuestros sentidos para concentrarse esencialmente en la vista: palpamos, escuchamos, olemos y saboreamos con los ojos.

El diálogo silencioso de leer, propuesto por Quevedo, es un genuino contrapunto. De un lado están los libros y, de otro, nuestro entendimiento. En ese intercambio entre las hojas y los ojos pasan infinidad de cosas: que las obras “enmienden o fecunden” nuestras preocupaciones o nuestras preguntas esenciales; que nutran o corrijan nuestras acciones o creencias; que nos hagan despertar a la vida, a pesar de ser un mensaje cifrado por difuntos. Dependerá de nosotros, de nuestra concentración, el sacar el mejor partido de esos libros que, a pesar de “estar siempre abiertos”, no logramos de manera inmediata entender su cabal sentido o su “música callada”.  En todo caso, la lectura debería “despertarnos” del marasmo o la abulia existencial.

Quevedo hace extensivo este homenaje de la lectura a la imprenta. Gracias a su papel, y al de impresores como José González de Salas que fue su editor, logran salvarse las “grandes almas” de la corrosiva envidia, “la injuria” y otros vicios humanos. La imprenta es el resguardo de los hombres sabios a la maledicencia de su época; es, por decirlo así, la venganza que el tiempo ejerce sobre los que se niegan a reconocer el talento de sus contemporáneos. ¡No todo será olvidado!, dice la imprenta. De allí que el poeta pida o agradezca a su impresor esta labor de salvamento, de justicia intelectual, cuando su muerte lo convierta en una “ausencia”. Lejos ya de la comidilla y el rumor malsano de una época, quedan los libros como testimonio indiscutible de las “grandes almas”. 

Al final del poema, en ese tono tan propio del barroco, Quevedo nos recuerda la fugacidad de la vida. Y nos dice que de todas las horas de nuestra existencia, las que mejor cuentan al final son las que hemos empleado en mejorarnos, esas que la lectura convierte en lecciones memorables. Son esos “estudios” los que en verdad valen la pena. Leemos para perfeccionar nuestro espíritu, leemos para saber cómo enmendar nuestros errores, leemos para despertar de los letargos tranquilizadores. Esa es la propuesta de fondo de Quevedo: que las lecciones de los muertos, contenidas en los libros, pueden contribuir a mejorar el mundo de los vivos.

Los suicidas como Werther

LEONARDO_ALENZA_-_Sátira_del_suicidio_romántico_(Museo_Romántico,_Madrid,_c._1839)

“Sátira del suicidio romántico”, de Leonardo Alenza.

“De duelo estás, Naturaleza; tu hijo, tu amigo, tu amante, acércase a su fin”.
Werther

 

A los suicidas, como Werther, les obsesiona el abismo. Siempre están a punto de despeñarse. Gran parte de su existencia oscila entre “verse al borde del abismo y retroceder” o “arrojarse al abismo para ahogar todos los suplicios en esa muerte que todo lo abarca”. Los suicidas viven en ese estadio intermedio de afirmarse en lo real, lo terrígeno, o lanzarse al vacío, a la ilusión creada por su fantasía. Werther sentía y vivía esa sensación dual: la de disfrutar el paisaje de la montaña espléndida o estar de pie “con los brazos abiertos sobre el abismo y respirar inclinado en la delicia de arrojarse allí, de cabeza, con todos sus dolores y todos sus tormentos”. La misma naturaleza que un tiempo lo extasiaba y le producía felicidad interior es la que en otro momento le provoca hastío y desesperanza. Los suicidas repiten con Werther: “lo que hace feliz al hombre es también la fuente de su desventura”.

Siempre el abismo. De un lado la tierra y sus flores, la tierra y sus árboles; de otro, el aire, el vacío, la tiniebla como “fuerza destructora”. Hay una especial fascinación con el abismo; aunque estamos de pie en la fuerte roca, a pesar de mantenernos firmes sobre el acantilado, podemos sentir –al estar justo en el borde– la presencia de lo incorpóreo, de lo volátil, de aquello mismo que tanto atraía a Ícaro. Lo insondable, lo incierto, el aire mismo posee una atracción aterradora. Así es el corazón de Werther: es como una estrella “aislada del eterno cielo” que puede caerse. Por eso “va por ahí, angustiado, dando tumbos”; por eso tiene un “corazón tan desigual, tan inconstante”. Los suicidas se mueven en ese borde de la luz y de la sombra. Basta un detalle, un gesto, una palabra para hacerles dar unos pasos, bien hacia atrás o bien hacia adelante. Eso es lo que confirma Werther a su amigo Guillermo: “con harta frecuencia hubiste de soportar la carga de verme pasar de la tristeza a la disipación, de la dulce melancolía a la perniciosa pasión”.

El abismo, además, posee una carga muy fuerte de fantasía, de exuberante imaginación. El abismo atrae, seduce; en eso, es idéntico a los ojos de Lotte: “los ojos negros eran como un abismo que reposaban ante Werther y llenaban los sentidos de su frente”. El abismo tiene mucho de misterio, de cosa prohibida, muy semejante a la amada imposible: “¿no siente usted que se engaña, que por su gusto rueda al abismo? ¿Por qué a mí, Werther; precisamente a mí, que pertenezco a otro? ¿Por qué eso? ¡Temo, temo que sea solo la imposibilidad de poseerme lo que hace tan tentador a sus ojos ese anhelo!”. El abismo es embrujador porque es difuso, porque crea la expectativa de lo imposible. El abismo es lo imposible que se adivina, la solución que muy dentro del alma se requiere. El abismo dota al corazón de los suicidas con el “don divino de la fantasía”. Quizá en el fondo del abismo, se logran realizar los imposibles: para el caso de Werther, matarse es lograr cumplir ese propósito vedado de “¡voy a verla!”; es “estar cerca del aire que ella respira”, es “tenerla para siempre delante de su alma”.

Sobra decir que estar frente al abismo plantea un dilema “no claro”. En los suicidas, como Werther, “los sentimientos combaten en sus corazones”: verla o no, escribirle o no, alejarse o buscar un pretexto para estar muy cerca. Por momentos esos sentimientos desbordan de felicidad y, en otras oportunidades, tocan las fibras del sufrimiento más amargo. El detonante de esa lucha es ambigua, cambiante. Werther lo confiesa: “en un abrir y cerrar de ojos todo cambia para mí. Más de una vez quiere alborear de nuevo una alegre visión de la vida” y, en otras ocasiones, “me pongo de un humor como para darme una puñalada en el corazón”. Por vivir en esa incertidumbre ante el abismo los suicidas, como Werther, están poseídos por un “espíritu malo”: que “no es angustia ni anhelo…, sino un íntimo, ignoto hervor que amenaza con desgarrarles el pecho y les aprieta la garganta”. De allí que se conviertan en misántropos, en personas irritables, en “caminantes solitarios”, en “vagabundos sobre la tierra”. El dilema se torna más trágico cuando los suicidas, como Werther, “buscan en el abismo lo que no se puede hallar”.

El abismo pertenece a la topografía de la montaña, en general, y a la específica, de los acantilados y los precipicios. El abismo abre una doble mirada: la horizontal que conecta directamente con el infinito, con el más allá; y una vertical que lleva a la hondura, a la profundidad de sí mismo. Los suicidas, como Werther, tienen esa mirada dual sobre el mundo: anhelan confundirse con los cielos (que quitará el peso de su pena) y, a la par, desean apurar la hondura de sus sufrimientos (lo que les posibilitará ir hasta el fondo de su dolor). El abismo, en este sentido, es un mirador para ver más que los demás, y un hueco para comunicarse con lo insondable. El abismo permite el ensimismamiento, propio de la lejanía, y el vértigo de poder refundirse con la oquedad. Los suicidas, como Werther, aman la perspectiva del abismo porque les permite saciar su hambre de extensión y calmar su sed de profundidad; porque les acerca el afuera absoluto, que tanto les ha sido negado; y porque, les acelera el cometido de ir hacia adentro, de descubrir por fin lo que hay en el fondo del pozo de su corazón. Sobra aclarar que en muchas ocasiones el abismo es para los suicidas el despeñadero físico, el salto ofrecido por la naturaleza; en otras, toma la forma de un puente o un edificio. También el abismo se metamorfosea en veneno o en puñal (lo esencial es crear la ruptura o la fisura en el cuerpo), o en el caso de Werther, en una pistola. El tiro que atraviesa el cráneo del suicida abre un hueco, crea un precipicio, para que por ahí se despeñe la existencia.

Pero lanzarse al abismo requiere valor. Los suicidas, como Werther, conocen que “ese mismo mal que les quita las fuerzas no les quita también el valor para librarse de él”. Se asemejan a esa casta de caballos que “cuando los hostigan y acosan muérdense por instinto una vena, para procurarse aliento”; “quieren abrirse una vena que les proporcione eterna libertad”. Los suicidas, como Werther, poseen la decisión de “abandonar esta cárcel cuando quieran”; se saben dueños de ese “valor para morir”. La decisión final de su suicidio responde a una lógica implacable: “es más fácil morir que soportar con entereza una vida de sufrimientos”; el “sino del hombre es sufrir su pasión y apurar su cáliz”. Los suicidas, como Werther, “ruedan sin cesar hasta abajo” para que “el allí se torne aquí”, para que la incertidumbre o los fantasmas se conjuren con la firme e irrevocable decisión de matarse: “¡y qué descansados se sienten desde que adoptan esa determinación!”. Los suicidas, como Werther, asumen el abismo cual si fuera una pócima salvadora, y le dicen al mundo o a su amada: “Tú me la ofreciste, y no titubeo”.

La causa de esta fascinación de los suicidas, como Werther, por el abismo puede provenir de tener “un corazón tan desigual, tan inconstante”, o de “tomarlo todo con tanto calor”, o de estar signados por el sino de “no ser comprendidos”. O a lo mejor es el resultado de padecer una “inquieta dolencia” de “no poder estar ociosos y no poder tampoco hacer nada”, o de sentir una “íntima y enojosa impaciencia” que los lleva a “no ver para ese dolor más término que el sepulcro”. Los suicidas, como Werther, están atraídos por el abismo porque son seres escindidos, porque a pesar de saberse una presencia viva, perciben dentro de sí una carencia. Ese desequilibrio se acentúa cuando sienten que su vacío interior se extiende a todo lo que tocan: “cuando nos faltamos a nosotros, todo también nos falta”, dictaminan. Los suicidas, como Werther, se saben culpables de ese destino, pero, a pesar de saberlo, consideran que hay que dar el paso para “vencerse a sí mismos”, o que su caída es la única manera de “levantar la cortina y pasar detrás”.

REFERENCIAS

Johann W, Goethe, Obras completas (Tomo I), traducción de Rafael Cansinos Assens, Aguilar ediciones, Madrid, 1974.

La biblioteca escolar: resguardo de la memoria hacia el porvenir

Julie Dillon

“Algo mágico está pasando en la biblioteca” ilustración de Julie Dillon.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Francisco de Quevedo

Me gusta creer que una biblioteca, desde la más familiar o reducida, hasta las enormes y completas como la de Alejandría o la Luis Ángel Arango de Bogotá, responden a un propósito esencial: ser guardianas de la tradición de la cultura. Y al disponer ese espacio de protección y de memoria, crean –al mismo tiempo– un lugar para la imaginación, el estudio y la creatividad. Es decir, a la par que custodian el pasado, son a la vez, escenarios proclives y orientados hacia el porvenir. Entender bien el sentido de la biblioteca, y más en este mundo tan obsesionado con las modas pasajeras y las prácticas consumistas del desecho, es de vital importancia para una sociedad, en general, y para el ámbito educativo, en particular.

Desde luego, una biblioteca escolar es un sitio para recopilar y acopiar información. Pero no digo con ello que sea un sitio frío de depósito, sino un espacio en que los productos de la cultura circulan, entran en discusión, se abren a las múltiples interpretaciones y se ofrecen como manjares intelectuales a la mesa de los estudiantes. En consecuencia, estos sitios no merecen la suerte de estar en la habitación más apartada o en el cuarto de san alejo; todo lo contrario: deben ser, como lo pensara el jesuita Alfonso Borrero, el centro de cualquier espacio formativo. La biblioteca debe irradiar memoria, recordación. Y los que aquí sirven no deben ser inferiores a ese propósito. Más que policías de los libros, los bibliotecarios son herederos de Hermes, el dios de la comunicación: tienden puentes, motivan, ayudan a que otros logren sus metas, abren mundos nuevos, invitan a los usuarios como si fueran magos de una tienda maravillosa. Entonces, decíamos, una biblioteca escolar es guardiana del saber y, como tal, exige cierto heroísmo persuasivo para atraer mentes y espíritus inquietos que la visiten y descubran sus tesoros.

Agreguemos algo más a la función formativa de este espacio. La biblioteca es, en sí misma, un modo diferente de acceder a la información de manera directa, sin intermediarios. De allí que cada día, como sucede en la magnífica biblioteca de la Universidad Javeriana, los estantes estén abiertos a los usuarios, que no haya demasiadas aduanas para acceder al libro. Que sea un gusto estar en la biblioteca y no, como ha sido habitual en las instituciones educativas, un sitio para el castigo o un espacio enfocado únicamente para hacer tareas. La biblioteca es más que un dispensario de libros de texto, mucho más que diccionarios y enciclopedias. Si uno piensa bien las cosas como maestro, la biblioteca responde a una idea de la formación personalizada, del aprendizaje autónomo y del goce libre y espontáneo por acceder al conocimiento. Y si la vemos, desde una perspectiva curricular, la biblioteca hace parte de esas otras asignaturas transversales, sin nota y sin déspotas evaluadores. De allí que debamos todos los vinculados con este repositorio de la cultura, crear o fomentar un clima diferente para entender la biblioteca como otro de los escenarios formativos de una institución educativa. Aún más: esto deberíamos contárselo a todos los actores de la comunidad educativa y a la localidad en la que irradiamos nuestro trabajo.

Mencionaba también que la biblioteca enfila su tarea de resguardo de la memoria hacia el futuro. Quien husmea en estos estantes, quien los frecuenta, quien sabe leer las pistas desperdigadas entre tal cantidad de información, logra avizorar o tener un mejor panorama de los saberes en germen o de la sociedad que nos espera. El futuro se hace leyendo con cuidado el pasado. La biblioteca, en este sentido, es catapulta, impulso, motor de la innovación, detonador para la creatividad. No visitamos la biblioteca para aferrarnos a lo que ya ha sido, sino a prepararnos, a liberar el espíritu, para afrontar lo que vendrá. Entonces, hay que dotar a nuestras bibliotecas escolares de materiales diversos, de videos, de cine, de libros actuales, de música; en fin, convertirlas en lugares de encuentro y de conversación, de debate y pensamiento crítico.

Subrayaría que la biblioteca, así entendida, hace que los maestros potencien las bondades del aprendizaje autónomo. O si se quiere entender de otra manera, a favorecer una educación que no solo centre su labor en la figura del que enseña, sino también en la dinámica del que aprende. A lo mejor, si empezamos a darle a la biblioteca su papel fundamental y estratégico, dejaremos de reducir la formación a las cuatro paredes de un salón de clase. Es necesario, de igual modo, propiciar el aprendizaje colaborativo: que se venga a la biblioteca a construir el conocimiento mancomunadamente, pasado por el filtro de las hablas plurales, de los disensos y los consensos. En consecuencia, es indispensable que bibliotecarios y maestros trabajen en llave, que la enseñanza de la lectura se aúne con la promoción y la animación de la misma. Que la biblioteca entre al aula, que se disemine su luz por toda la institución y que, dentro de los planes de formación de una institución educativa, ella misma constituya otro lugar con su agenda formativa.

Frecuentar la biblioteca hace parte de los hábitos que necesitamos encarnar en nuestros estudiantes. Eso demanda que los maestros demos testimonio de tal uso; que nuestros alumnos nos vean leyendo e investigando en la biblioteca es un ejemplo de su importancia, una evidencia de su menester. Los maestros tenemos que  entender este lugar como un taller en el que, con un grupo de aprendices, fraguamos el diálogo con las voces del pasado y forjamos la propia voz de las nuevas generaciones. Aquí está el espacio para la tertulia, aquí el ágora para el debate, aquí la clase permanente de humanidades. Por eso los maestros debemos visitarla, enriquecerla, mantenerla al día; todas esas cosas hacen que, al estar con nuestros estudiantes en la biblioteca, ellos vayan incorporando lentamente la tradición y se sientan protagonistas de su propia historia.

Cierro estas palabras elogiando los libros. Ahí podéis verlos: silentes, dispuestos, abiertos a nuestras manos y nuestros ojos. Muchos hombres y mujeres nos rodean en una biblioteca; muchos esfuerzos del pensamiento y la inteligencia nos circundan. Este es otro templo. Entendamos algo de su sagrada misión, y celebremos, una vez más, el placer de la lectura y su aporte insustituible para el desarrollo humano.

Yago, la maldad del resentimiento

Otelo y Yago

Otelo: “¡Oh! Ahora, adiós para siempre a la tranquilidad del espíritu!”

Si bien una buena parte de la crítica afirma que Otelo (traducción de María Enriqueta González Padilla, UNAM, México, 2016) se centra en el motivo de los celos, considero que es más una radiografía de la ingeniosa maldad, de la hipocresía, del poder de la conspiración y la mentira, de la soberbia y la traición. Pero todo ello es a causa del resentimiento por no haber podido ascender como quisiera, por creer “ser superior”, sin realmente serlo. Yago es hábil, manipula a los que en él confían, es un intrigante agudo y un “excelente psicólogo” de los que están cerca (especialmente de Otelo) y goza haciéndolos sufrir con sus elaboradas maquinaciones.

Sorprende la candidez de Otelo o la ingenuidad de Rodrigo. A lo mejor Shakespeare los construyó así para hacer más visible la figura de Yago. Creo que una de las claves del mal estriba en su capacidad para “enredar”, para hacer sospechar, para poner astutamente la duda envenenada. El mal se regodea con sus maquinaciones, se anticipa, crea condiciones, celadas, en las que el inocente o ingenuo sucumben. Para ser así, para mantenerse en esa disposición, Yago debe asumir la hipocresía y una habilidad suprema mediante la cual logre sacar provecho de las debilidades ajenas. La maldad usa su altísima inteligencia para descubrir dónde están las debilidades de sus contrincantes: esa debilidad puede provenir de la falta de experiencia (Rodrigo), de la ingenuidad propia de la juventud (Desdémona), del excesivo amor por alguien (Otelo)… No es fácil, en consecuencia, urdir el mal si antes no se conoce bien a la otra persona; para lograr tal cometido, Yago finge la amistad, el servilismo, la camaradería.

Yago está dolido por su ambición frustrada, ese parece ser el detonante básico; pero subrayo que su odio o su molestia, la causa profunda de su mal, está en el resentimiento. Por eso “sirve pero para desquitarse”, por eso “convierte imbéciles” en parte de sus planes, por eso “sugiere primero visiones celestiales antes de inducir los más negros pecados” (como demonio que es); por eso pone en sus palabras “pérfidas sospechas” que son como veneno que “obran sobre la sangre y abrazan como cráteres de azufre”. Yago está resentido por la felicidad de otros, por la lealtad de otros, por la suerte que le tocó, porque no cree en la amistad, ni en la solidaridad, ni en los lazos afectivos, ni en los ideales. Yago tiene un alma ponzoñosa, capaz de hacer que damas castas y dignas, “sin culpa alguna pierdan fama y honra”. Está resentido de que existan esas virtudes y que alguien las tenga o las pregone. Su resentimiento se metamorfosea en envidia, en odio soterrado, en puñaladas a oscuras y a mansalva. 

Cuando las cosas no le salen bien, es decir, cuando aquellos que manipula caen en cuenta de su engaño, debe acudir al sicariato o a su propio puñal embozado. Emilia, la mujer de Yago, va a ser su delatora.  No obstante, al sentirse acorralado se disculpa diciendo que “él solo dijo lo que pensaba” y que son los otros (especialmente Otelo) los que hallan que “eso sea probable y cierto”. La maldad, la intriga y la traición asumen una inocencia en sus palabras para trasladar toda la responsabilidad a los otros que han sacado conclusiones erróneas o apresuradas. Se cumple así su consigna: “atrapar al crédulo sin seso”. Si las evidencias lo avasallan, Yago calla para siempre: “lo que sabéis, sabéis”. Esta última frase rubrica muy bien su personalidad: el mal ya está hecho, la felicidad está rota, la ilusión fracturada, el engaño ha sido perfecto. La maldad no se hace responsable de nada, prefiere esconderse, ocultarse en la oscuridad. Yago sabe que eso es secundario; la labor ha sido cumplida: el caos reina, la sangre corre, el amor yace exánime.

2

Para corroborar lo dicho, podemos ir ahora paso a paso, analizando en detalle la obra, esta vez usando la traducción de Luis Astrana Marin (Aguilar ediciones, Madrid, 1974):

Yago dispone de las riquezas de Rodrigo (“hace de un imbécil su bolsa”); los amigos son para él, “provecho y diversión”. Yago, que es un alférez, está resentido porque “no lo licenciaron teniente” y porque “le dieron ese cargo a otro (Cassio)”. Yago afirma: “sé lo que valgo, y no merezco menos puesto”. El resentido anda a “sotavento, no recibe el viento de frente; es una vida sin barlovento; por eso debe “aguantar, esperar, estar al pairo”. Yago sirve, “sirve para desquitarse”: “al servirlo, soy yo quien me sirvo”. Esta es la categoría de los señores a los que dice pertenecer Yago: “observan escrupulosamente las formas y los visajes de la obediencia, y se atavían con la fisonomía del respeto… pero guardan sus corazones a su servicio”. Este rasgo es importante: el resentido guarda su corazón (lo mueve la razón y no la emoción). Yago se rinde homenaje a sí mismo. Es inteligente: hace preguntas precisas y oportunas para generar la duda, la sospecha, la desazón. Estas preguntas son el medio para “envenenar la dicha de otros”. Yago no respeta ni obedece. Su modo de ser básico es la apariencia: “no soy lo que parezco”. Yago sabe desaparecer a tiempo, es un estratega. Urde algo pero, inmediatamente, se oculta, se pone a la retaguardia observando cómo se desarrolla el plan por él fraguado o cómo se disemina el veneno que ha inoculado en la mente o el corazón de las personas. Yago usa el afecto como una simple “insignia”. Jura por Jano, el dios de las dos caras. Yago hace alianzas por venganza, se divierte haciendo el mal: “engendra maldades”. Yago es audaz (según Cassio), algo misógino, detesta las buenas maneras, la cortesía. No es un hombre de letras. Es procaz, es un “censor muy grosero y licencioso” (según Desdémona). Es “censurón” o criticón: moteja, vitupera, desacredita, desalaba, desaprueba. Si “encomia” lo hace para “encomiar lo peor o a la peor”. Es calumniador: “con telarañas muy delgadas” entrampa a la persona que le interesa destruir. Desvirtúa los gestos corteses o amables y los dota de otro significado, contrario a su original intención. Yago “afloja clavijas que producen en otros felicidad bien templada”. Se sirve de la ocasión. Quiere a las personas para “sazonar su venganza”.  Con su falso amor o su falso servicio transforma a los demás en “asnos insignes”. Yago hace creer que es honrado. Induce a beber para generar pendencias y agresiones. Inventa defectos de los demás, o toma uno pequeño para convertirlo en una condición habitual. Lo casual lo torna en algo “arraigado” o estado permanente (los tragos que se tomó Cassio). Vuelve las virtudes de alguien en defectos. Yago “finge ignorar lo que él mismo ha fraguado”. Finge que ayuda, cuando en el fondo lo que hace es hundir. Yago es como “el espíritu invisible del viento”, un demonio. Las intrigas de Yago introducen en sus rivales “un enemigo en la boca para que les robe los sesos”; con ello lleva a otros a que se “desprecien a sí mismos”. Yago parece dar buenos consejos: finge la sinceridad y la honrada bondad: “¿y quién se atrevería a decir que represento el papel del villano, cuando el consejo que doy es honrado y sincero?”, afirma; “¿es que soy, pues, un malvado porque aconsejo a Cassio la línea de conducta que ha de llevarle directamente al logro de su bien?”. Como es un demonio, afirma: “cuando los demonios, quieren sugerir los más negros pecados, principian por ofrecerlos bajo las muestras más celestiales, como hago yo ahora”. Tejer redes es su campo de batalla. Yago envisca, azuza, engresca. “Obra por ingenio y no por brujería”; “y el ingenio se sujeta a las divagaciones del tiempo”. Por eso vive preparando enredos. Conduce aparte a las personas para embaucarlas, hacerles creer cosas que no son. Yago dice frases como “no sé qué…”, “percibo algo…” para dejar la duda o crear la sospecha, y “una vez que se duda, el estado del alma queda fijo irrevocablemente”. Yago utiliza la repetición de las palabras de su interlocutor para provocar la sospecha: “me sirve de eco, como si encerrara en su pensamiento algún monstruo demasiado horrible para mostrarse”, afirma Otelo. Esa reticencia es una estrategia para controlar el pensamiento del otro. Yago “pesa sus palabras antes de proferirlas”, de manera que la otra persona entienda que le está haciendo “revelaciones veladas”. Si le recriminan tal forma de proceder confiesa que “es una enfermedad de su naturaleza: sospechar el mal”. Es tan astuto que induce a que las otras personas piensen que “ve y sabe más, mucho más de lo que cuenta”. De alguna manera, Yago usa las mismas tretas de las mujeres de Venecia que tanto censura, es decir, “toda su conciencia estriba, no en lo que hace, sino en tenerlo oculto”. Esto es así, porque “sabe penetrar con espíritu claro en los resortes de las acciones humanas”. De allí que pueda convertir “bagatelas tan ligeras como el aire en pruebas tan poderosas como las afirmaciones de la Sagrada Escritura”. Sus palabras son, la mayoría de las veces, “venenos que en principio apenas hacen sentir su mal gusto; pero, poco a poco obran sobre la sangre, abrasan como minas de azufre”. Yago “es un miserable que infunde pensamientos repetidos en la cabeza”. La consigna esencial de Yago es ésta: “vale más engañar un poco que dar toda la información”. Gracias a todas esas estratagemas provoca intranquilidad. Si tiene que dar pruebas de sus embustes invita a que el interesado se oculte, como él, y observe en la distancia “muecas, gestos” para desde allí, poder interpretar esos ademanes de manera contraria. La lejanía contribuye a que crezca la desconfianza. Yago evita para él o los que aconseja, hasta donde sea posible, el encuentro cara a cara; “¡chitón!”, exige Yago a los que desean solicitar razones frente a frente. Así sea de forma indirecta, sabemos que Yago es un “sempiterno villano, un bellaco, un granuja lisonjero y mentiroso”… que posterga sus verdaderas intenciones con el fin de salir ganando por cualquier camino. Y cuando sus infamias se descubren, Yago finge de nuevo no tener culpa o responsabilidad: él solamente “ha dicho lo que pensaba”, y nada que sus detractores no “hayan podido conocer y verificar por ellos mismos”.

3

Los resentidos, como Yago, se alimentan de la envidia, de los celos, de la injusticia. Se aferran a un pasado y, desde ahí, cual si fueran Medusas, solidifican el tiempo: hacen piedra el pasado. Los resentidos se valen del ocultamiento, de la falsificación del propio ser: todas sus acciones y sus palabras se vuelven una mascarada, un montaje o una astuta manifestación de la apariencia. Los resentidos no tienen ataduras sentimentales, operan por exceso de maquinación; son racionalistas elaborados, de fina urdimbre y disposición estratégica de los hechos. Los resentidos se ocultan, andan en la penumbra, por eso prefieren las frases indirectas, el doble sentido, la simulación de la comunicación y el falso atuendo de la cortesía, la sumisión y la obediencia. Los resentidos usan el tiempo de la oportunidad, son audaces para detectar el instante en que un acontecimiento banal puede tener repercusiones insospechadas; ubican rápidamente dónde una información parcial puede provocar conclusiones generalizadoras. Los resentidos, como Yago, andan en solitario, desconfían; son disociadores; azuzan la guerra y el conflicto. Los resentidos no sufren de culpa; es tal su soberbia que justifican sus acciones sangrientas como una consecuencia del desquite o las atribuyen a las circunstancias del infausto destino; tampoco poseen remordimientos: el mal es irresponsable de los planes que fragua o de las víctimas que caen por su influjo. Los resentidos tiene una voluntad asociada a un único propósito, todo su ser es unidireccional y capaz de autodestrucción. Los resentidos son crueles, infames, inhumanos; su lengua y sus intrigas, su diabólico poder, se cifra en sacar lo peor de los demás, en inocular el veneno de su mismo resentimiento.

Lecturas a Ayax, de Sófocles (II)

Ilustración de Julián Nadal

Ilustración de Julián Nadal.

Leer diferentes traducciones de Ayax, especialmente de una obra escrita en una lengua que no tengo dominio, me ha ayudado a cumplir el consejo de un jesuita filólogo y estudioso de las obras de Sófocles, Ignacio Errandonea Goicochea. Es decir, me he propuesto “recoger la impresión del conjunto, descubrir el pensamiento principal, intensificar la nota dominante y sorprender la clave dramática, familiarizarme cariñosamente con el poeta y captar las sugerencias del corazón, que suele tener más atisbos e intuiciones que la fría inteligencia”. Comparto esa apuesta del traductor e investigador, agregando que este ejercicio contribuye, además, a conocer la obra en profundidad y a propiciar una mirada comparativa sobre las diferentes versiones que, sin lugar a dudas, favorece la lectura crítica. A las cinco lecturas anteriores, adiciono hoy un nuevo sexteto de aproximaciones.

Sexta lectura:

(Traducción de José Alemany Bolufer, El Ateneo. Buenos Aires, 1966).

 

Hay tres órdenes de causas que llevaron a Ayax al suicidio: las primeras provienen del sentimiento de ridículo y humillación al confundir un botín de ganado y unos pastores inocentes con sus enemigos Menelao, Agamenón y Aquiles. El deshonor es mayúsculo porque el ardor por degollarlos o someterlos al castigo del látigo no fue un gesto de intrepidez o de audacia guerrera, sino la cacería indigna de un soldado de reconocida valentía. Los segundos motivos provienen de su arrogancia o su altivez, de su falta de piedad, de su soberbia con la protección o favor de los dioses. Más de una vez manifestó no necesitar la ayuda de las divinidades, especialmente de Atenea, y según sus propias palabras “no tenía ninguna obligación” con ellos. Es posible, entonces, que su locura o su ataque a las bestias, toda esa atrocidad, sea un castigo ejemplar a su declarada impiedad; una falta tan dolorosa, tan desesperante, que lo lleve al suicidio. El tercer conjunto de razones es más complejo, se trata de su carácter, ese que Tecmesa, su mujer, intenta fallidamente cambiar; un carácter colérico, celoso de la justicia, silente, cuidadoso del mérito propio, poco reflexivo, propenso a la lucha, arriesgado, decidido y profundamente dueño de sus actos. Su mismo carácter, el que le impide manifestar los lamentos o compartir sus penas, ese carácter que lo hace apartarse de los que más lo quieren, es otro motivo poderoso que incide en la decisión de atravesar su costado con la espada de doble filo. Pero lo más interesante de esta tragedia es que Sófocles representa en Ayax la confluencia de estos tres órdenes de causas; por eso es un hombre sin “esperanza de curación”, y por eso las “tinieblas son su única luz”.

Séptima lectura:

(Traducción de Ignacio Errandonea, Editorial Escelicer, Madrid, 1942, y de Aguilar ediciones, Madrid, 1978).

 

Ayax se atormenta por sus acciones pasadas, esa deshonra lo persigue como una sombra. Parte de su tragedia es que ese acto convive con él, noche y día, le afecta el comer y su vida cotidiana. Ayax está preso de ese hecho o ese acto del pasado; y como no puede reversarlo, como no hay manera de volver atrás, opta por matarse. Gran parte de la vida heroica radica en ese culto al pasado. Se vive para ser recordado; es en la memoria de los otros, de las gentes, como cobra sentido una existencia. Los suicidas, al igual que Ayax, están presos de lo ya acaecido: una traición, una humillación, una infidelidad, un acto vergonzoso… lo demás de su vida desaparece o es opacado por tal hecho. Esta mancha es lo que afearía o dañaría su vida memorable. Al dejar de ver salidas en el presente y mucho menos vislumbrar alternativas en un futuro, Ayax convierte esa mancha en un pasado que se eterniza. La obsesión por lo pretérito, especialmente cuando ha sido desfavorable o penoso, transforma el presente en un infierno: las dudas se multiplican, la angustia crece, la esperanza se hace impensable: el apego absoluto al ayer arruina la esperanza, hace imposible el perdón, para uno o para los demás. Ayax, como muchos suicidas, no puede desenredarse de aquellos acontecimientos; ese es su drama. Como Sísifo carga una y otra vez la culpa, el remordimiento, la falta, o el error. Por eso también, aunque no es el caso de Ayax, porque tuvo cuidado en afilar por ambos filos la espada, reinciden en su deseo de acabar con su vida. Por estar presos de un hecho del pasado los suicidas ya han decidido acabar con su vida, lo que buscan es la mejor ocasión para realizarlo.

Octava lectura:

(Traducción rítmica de Manuel Fernández-Galiano, Planeta, Barcelona, 1985).

 

Para la mayoría de suicidas, como Ayax, el suicidio es la única salida, el paliativo a su males, la salvación a sus tormentos. El suicidio es “el sol para sus tinieblas”. Cuando ya “ni los dioses ni los hombres pueden auxiliarlos”, lo mejor es tomar ese camino, defenestrarse ahorcarse, atravesarse con una espada o darse un tiro. Matarse es, en sí mismo, un acto de compasión. Por eso los suicidas consideran ese último acto una invitación esperanzadora; ese “Ven, muerte, mírame”, es un llamado que, como lo afirmaba Tecmesa al verlo con el costado atravesado por la espada de doble filo, provoca un “dulce desenlace”. Los suicidas “logran la muerte que desean” y, en eso estriba, su libertad para contrarrestar al destino o ser dueños, al menos por una vez, de su vida desgraciada. La desventura, los sufrimientos inmensos, las vergüenzas aguijoneadoras, los gritos de toro en pena, todo eso se soluciona con el desenlace del hierro, el veneno, del abismo insondable. Ayax ya no tiene más preguntas ni angustias que lo atormenten. Toda su anterior valentía puesta en duda, todo su heroísmo derruido por la vergüenza y el deshonor, puede ser recuperado con esa decisión, maquinada en soledad. Basta de dilaciones, “no es propio de un buen médico recurrir a ensalmos cuando hay que dar un corte”. Y si fue durante mucho tiempo “vivió gloriosamente”, no por nada era el segundo en valentía después de Aquiles, ahora, como resultado de aquel acto bochornoso de la carnicería con las bestias, debe “con gloria morir”. Los suicidas confían que su desventura sea saldada con ese último acto, no propiamente hecho por cobardes.

Novena lectura:

(Traducción de Assela Alamillo, Gredos, Madrid, 1981).

 

Ayax está cegado por la venganza. Su represalia es doble: hacia Agamenón y Menealo que de manera injusta o con trampa no le entregaron a él las armas de Aquiles; y hacia Odiseo, quien fue el que finalmente las recibió. Esa venganza lo carcome, es un rencor que lo lleva sigilosamente al otro extremo del campamento a buscarlos para matarlos. Su deseo vindicativo se le convierte en penoso resentimiento que lo lleva a la locura. Ayax, a solas, trama, urde planes subrepticios, fragua acometidas a sus enemigos amparándose en la noche. Esa venganza lo torna terco, altanero y sordo para el consejo de los dioses. La íntima desazón de desquite que lleva Ayax en su corazón es la que lo torna osado, audaz, asesino de bestias. La ofensa pasada no cesa de golpear su conciencia, es una quemazón que crece con solo recordar la afrenta; es un veneno que va irrigándose por todo el cuerpo hasta obnubilar la mente y enceguecer los sentidos. La venganza de Ayax se transmuta en rabia, en envidia y aborrecimiento. Pero no es un odio pasajero, sino una inquina que nace y se acrecienta en las entrañas. Es una fuerza irracional, una obsesiva presencia, una dolencia en los intestinos imposible de mitigar, que se atiza con la imaginación y que reclama la sangre: “romper espinazos”, infringir latigazos hasta que muera el adversario, degollar a los causantes de su deshonra.  Ayax es un vengador, semejante a las Erinias que tanto invoca y reclama: su “armado brazo” es contra los jueces, contra los dioses, contra los Atridas, contra todo el ejército argivo. Al igual que él, así viven los suicidas, con ese resentimiento royéndoles el alma.

Décima lectura:

(Traducción de Agustín Blánquez Fraile, Iberia, Barcelona, 1959).

 

Ayax está atrapado en las “redes de la desgracia” tejidas por el destino o por la diosa Atenea; Ayax ha caído prisionero en las “redes de la fatalidad”, como afirma Ulises. Él, que salió en “delirante cacería” al campamento griego, ha terminado cazado por su “furioso arrebato”. Y la misma espada con que degolló los animales del botín que quedaba por repartir, ahora es el “acero homicida” clavado en su costado. Bien parece que ciertos actos en la vida de un hombre, aunque sean únicamente la vibración de un hilo, terminan por afectar todo el tejido. De allí que las circunstancias del presente repercutan en los desenlaces del futuro. Quizá a Ayax le faltó prudencia, contener su ira; o a lo mejor, en su mismo ardor, en su misma valentía, estaba inscrita su vergüenza. Cuántas veces una riqueza termina siendo una desgracia, y cuántas más lo que es elogio de “sangre fría” termina llevando a alguien a la desalmada carnicería. Todo parece ser una cuestión del tiempo y de las circunstancias; del tiempo “que hace surgir a la luz todo lo escondido y cuando lo ha puesto de manifiesto lo oculta de nuevo”. Por eso, y aunque parezca inaceptable para hermanos y familiares, para el grupo de guerreros que asedian a Troya, el suicidio de Ayax es la consecuencia de una trama hecha con acciones pasadas, y de una urdimbre elaborada con su carácter, con su crianza, con el contexto de su amada Salamina. Por ser un “guerrero que nunca volvió la espalda”, por no poder “reformar su manera de ser”, por tener un padre que había realizado “las más brillantes proezas”, por la excesiva confianza en “ganar la gloria sin el amparo de los dioses”… por todas estas cuerdas tocadas en diferentes momentos de su vida, es que termina inexorablemente, por su propia mano, “reclamando el acero”. En suma: el suicidio resulta incomprensible para aquellos que ven solo el hilo suelto, el hecho aislado, pero resulta entendible si se lo aprecia desde el conjunto, desde el entramado con que está hecha una vida.

Undécima lectura:

(Traducción de Carlos Miralles Solá, Salvat, Navarra, 1970).

 

Y después del suicidio de Ayax, ¿qué acontece?, ¿qué pasa con el cadáver del suicida? Lo que espera el suicida es que ese último acto de valor le devuelva el honor mancillado, le retorne al menos el prestigio para ser enterrado dignamente. Pero eso son posibilidades o esperanzas. Puede ser que el hermano Teucro esté ahí para hacer valer ese derecho ante los Atridas, es posible que los soldados de Salamina hagan cumplir esa promesa, hasta resulta pensable que Tecmesa, la esposa, al igual que el hijo, no olviden pronto los juramentos hechos. No obstante, también es posible que sus enemigos dejen el cuerpo del suicida para “arrojarlo a los perros” o “servir de pasto a las aves”. Ya no habrá lanza ni escudo irrompible para exigir ese derecho o hacer cumplir esas palabras. Ayax es una sombra y las sombras sólo hablan con los muertos. Si el cuerpo del suicida le pertenecía de manera cabal en el acto de matarse, al tornarse cadáver es indefenso o depende totalmente de los demás. Razón tiene Menelao, “si cuando estaba vivo Ayax no podían dominarlo, ahora, muerto son sus dueños absolutos”. Lo único que puede devolver los honores al suicida es la compasión, ojalá de un enemigo como Ulises o de aquellos amigos que son capaces de entender que “no es justo herir a un valiente cuando ha muerto”. La compasión es la que permite dejar a un lado las pasadas rencillas y defender públicamente el mérito del muerto. Ayax, como todos los suicidas, confía en que al menos los que le sobrevivan puedan, con justicia, hacerle ese reconocimiento. Que haya suplicantes, abluciones y cantos, porque a pesar de su insolencia o su impiedad fue un valiente que merece una sepultura noble y honrosa.

lustración reconstructiva del motivo del suicidio de Ayax - Euritios Krater

lustración reconstructiva del motivo del suicidio de Ayax – Eurytios Krater.

Lecturas a Ayax, de Sófocles

El suicidio de Ayax

“El suicidio de Ayax”, ánfora decorada por Exekias.

Primera lectura:

(Traducción de José Vara Donado, ediciones Cátedra, Madrid, 1985).

 

Por la envidia, Ayax termina enloquecido de ira y, con esa locura en su mente, ataca a las reses, carneros y perros del rebaño de sus aliados. Los acuchilla con saña creyendo que son sus contrincantes. Toma parte de ese ganado y lo lleva preso a su tienda. Uno de esos rehenes, supone él, es Ulises, su gran rival. Pero cuando desaparece la ira, cuando recupera su lucidez, Ayax siente la vergüenza más terrible. Se siente deshonrado, fracasado en su honor y en su valentía. Todo el valor mostrado en sus anteriores hazañas parece una mascarada frente al acto cometido con las bestias. Consternado por este incidente toma la decisión de matarse. Prepara la espada y se lanza sobre ella. Ni su esposa, ni el corifeo, logran evitar este suicidio. O si lo presintieron llegaron tarde para evitarlo.  El final de la tragedia es un alegato sobre si deben enterrar o no a este hombre. Afortunadamente Ulises logra tomar partido en favor de la preparación para la sepultura de su antiguo rival. Por varias afirmaciones de Ayax, se nota que es soberbio o que confía más en su valentía que en el favor de los dioses. Ese puede ser uno de los motivos por los cuales Atenea lo enloquece, haciéndole creer que son hombres y no reses las que apuñala con tanto odio. También es probable, como acontece con la manera de operar el destino, que la prevención de no salir de la tienda de guerra, de quedarse ese día resguardado en ella, haya sido un mensaje tardío.

Segunda lectura:

(Traducción de Julio Pallí Bonet, RBA, edición cedida por B.S.A., 1995).

 

Ayax tiene un conflicto: él, que era uno de los más valientes, el que había mostrado arrojo y valor en la guerra, ahora, después de haber acabado con el ganado botín de los argivos, era indigno de ese pasado glorioso. Se sabe deshonrado por ese acto. ¿Qué valiente guerrero haría tal hecho? , ¿y cómo responderle a su padre, a su pueblo, a su familia?. ¿cómo explicarles esos actos demenciales en que, con tal saña, había degollado y abierto en tajo a bueyes y corderos? La vergüenza de sus pensamientos lo lleva a tomar una decisión: hará creer, a su esposa, que va a enterrar su lanza, que el valiente e insolente guerrero dejará para siempre los ardores de la batalla; pero no es así. Lo que en verdad hace es disponer de la mejor manera la espada de Héctor, aquel regalo de su enconado enemigo, para luego lanzarse contra ella. Ese será, hecho paradójico, su último acto de valentía. Lo que sigue después, la disputa entre sus allegados y los generales por darle o no sepultura, no es lo más importante. Ayax buscó salvar esa deshonra usando su propia vida. Él es el nuevo corderillo, la víctima para el sacrificio. Y si en un acto de locura o de posesión divina terminó matando el ganado de los argivos, ahora, será su cuerpo el que ofrece en sacrificio.

Tercera lectura:

(Traducción de José María Lucas de Dios, Alianza, Madrid, 2013).

 

Bien parece que el destino es inevitable, o que los dioses, cuando no se los atiende, urgen desgracias para los mortales. Por culpa de su soberbia o su altanería, Ayax va a ser castigado. Esa súbita locura, mezcla de odio, envidia y rabia, esa falta de reflexión sobre sus acciones, es la que lo lleva a degollar el ganado de los argivos. Por culpa de su altanería Ayax termina desbocándose asesinando no a hombres, como él creía, sino a bestias indefensas. Esa es su culpa. El precio por esta falta a los dioses, por esta afrenta, es el deshonor, el escarnio, la risa de sus enemigos. Al bajarlo de ese pedestal de héroe, de aguerrido y lanzado combatiente, y ponerlo en el lugar de alguien que asesina a mansalva y se aprovecha de los indefensos guardianes de ganado, Atenea consigue el mayor castigo para Ayax. Por eso él fragua un modo de subsanar dicha deshonra. El suicidio es la salida a ese señalamiento de cobardía: al menos para clavar su propia espada en el cuerpo, se necesita valor, mucho valor. Hasta puede pensarse que este último acto, que no es de piedad o de sumisión y acato a las divinidades, de aceptación pasiva del destino, corresponde al carácter inquebrantable de Ayax: él no se doblega al designio de los dioses, es un ser que se vale por sí mismo. Su orgullo lo lleva a matarse; es una especie de retaliación, abiertamente desafiante a los que se burlan de su locura nocturna. Y así como levantaba la espada ensangrentada de carneros y bueyes inocentes, ahora, en el último acto de su vida, levanta la espada para ofrecerse en sacrificio. Ayax se transforma en parte del botín.

Cuarta Lectura:

(Traducción de Fernando Segundo Briera Salvatierra, Ediciones EDAF, Madrid, 2008).

 

Ayax es inflexible, tan duro es su carácter como el escudo de siete cueros de buey que le servía de defensa en la guerra. Ayax es obstinado, terco, seguro de sus decisiones hasta la obcecación. Por eso no necesita de la ayuda de los dioses. Ayax no duda, y, si comete un error, lo hace convencido de que está agrediendo realmente a sus enemigos; de allí el afán de abrirles el vientre y humillarlos con el castigo del látigo hasta morir. Ayax tiene una voluntad heroica, ciclópea; no escucha consejos ni razones; por el contrario, pide que su mujer guarde silencio. Ayax escucha tan solo a sus propios pensamientos; se ensimisma, se guarda; allí, en la soledad de su tienda, a partir de su falta o su error, urde en consecuencia un plan para salvaguardar su honra mancillada. Una vez más, esas cavilaciones nacen de su mente; no hay oráculos ni lectura de indicios agoreros. Ayax es incapaz de pedir ayuda y menos solicitar clemencia o perdón. No es un ser que vuelva atrás para reconvenir o subsanar lo hecho. Ayax solo mira hacia adelante; es un hombre de acción suprema: un guerrero heroico. Matarse, en consecuencia, corresponde a su temperamento: es una decisión irrevocable, directa, definitiva. Lo trágico de su existencia precisamente está ahí, en esa incapacidad para dudar, para contemplar la posibilidad de diversas alternativas y sopesar las consecuencias de tomar una u otra opción. Ayax no es astuto como Ulises; Ayax representa la ética de la fuerza, de la valentía suprema.  Ayax tiene dentro de su corazón la impronta de los valientes absolutos, esa disposición de la voluntad –cuando todo falla o se avecina la derrota– para asumir el propio sacrificio. Ayax vivió hasta el final el destino de ser un soldado cabal en cuerpo y alma.

Quinta lectura:

(Traducción de Julián Motta Salas, Banco de la República, Bogotá, 1958).

 

Los suicidas, por tener alma trágica, son demasiado sensibles al deshonor, a la humillación, a la burla, al señalamiento social. La risa sarcástica, el rumor negativo, el dedo acusador, todas estas cosas pesan demasiado en su conciencia. Los suicidas, en este sentido, sobredimensionan sus mismas acciones o las acciones de los demás. Ayax, por ejemplo, no soportó la injusticia en el resultado del sorteo de las armas de Aquiles: él sabía que era el más aguerrido, el más valiente y, por ende, debía ser acreedor a dichos objetos de guerra. Al no obtener las armas, se produce en él una decepción infinita. Este hecho lo agobia hasta la locura. No encuentra explicaciones justas a esta decisión o siente que el jurado ha sido comprado o está abiertamente contra él. Y más tarde, cuando recapacita sobre las acciones realizadas por sus manos en ese acto de locura, cuando cae en la cuenta de su error, Ayax sobredimensiona esos hechos: ¿por qué actuó así?, ¿cómo logró asesinar a todo ese ganado?, ¿cómo no se dio cuenta de que estaba matando a bestias y no a hombres? Sin embargo, más allá de entender o aceptar esa falla y seguir adelante con su vida, de comprender lo realizado y achacarlo a la enceguecida cólera, Ayax se obsesiona con este acontecimiento, lo amplifica hasta convertirlo en un acto bochornoso, inaceptable, intolerable. Los suicidas como él, sus almas altamente sensibles, transforman lo casual u ocasional en un acto de resonancia eterna. No hay forma de que sanen las heridas recibidas o producidas, no hay razones que ayuden a curar su espíritu y su mente. Un gesto, una palabra, una situación que para muchas personas resulta accidental, en el caso de los suicidas se convierte en un hecho esencial. Sus almas poseen, para su desgracia, un umbral de valoración altísimo, un rasero de encumbradas resonancias. El conflicto se acentúa porque las otras personas banalizan lo que ellos magnifican. Los suicidas sufren esa incomprensión del afuera, de los parientes, de las personas más cercanas; por eso se encierran, se ensimisman, se aíslan. El límite de ese estado intolerable, esa escisión entre su percepción excesiva y la inadvertencia de los demás, conduce inexorablemente a poner fin a su existencia.    

Preguntas sobre lectura crítica

Ángel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Hace poco estuve con los profesores del colegio Agustiniano Suba hablando sobre “Lectura crítica”. Además de compartir una variedad de estrategias para incentivarla y desarrollarla en las aulas, el encuentro sirvió para revitalizar la misión de formar a las nuevas generaciones con capacidad para leer el contexto y tomar distancia del inmediatismo de la información al que están expuestos. Para continuar ese diálogo, respondo a algunas preguntas hechas por los participantes.

  1. Cómo lograr que cada estudiante tome conciencia crítica frente a lo que lee? (Patricia Rojas Joya).

La toma de conciencia compete principalmente al estudiante; sin embargo, los maestros podemos contribuir a que en el aula o en la institución educativa se avance en ese proceso formativo. Lo primero es pensar muy bien las lecturas que les ponemos a nuestros aprendices: ¿qué nos proponemos con ellas?, ¿cuál dimensión humana deseamos cualificar?, ¿qué proceso de pensamiento consideramos moviliza o promueve?, ¿cómo contribuyen a la reflexión? Esta labor de saber seleccionar las lecturas, de elegirlas con cuidado formativo es una de las maneras como contribuimos, así sea de manera indirecta, a la conciencia crítica. Lo segundo es pensar muy bien las actividades derivadas de esas lecturas; por ejemplo, ¿vamos más allá del resumen y de la mera transcripción de apartados?, ¿fomentamos el contrapunto con fragmentos de esas lecturas?, ¿ponemos a escribir con el fin de que tomen partido por algo o en contra de lo que allí se afirma?, ¿privilegiamos los textos argumentativos por encima de los expositivos? Y aún más: ¿hacemos solo control de lectura o provocamos el debate, el foro, el panel, la discusión organizada? Esto también influye en el desarrollo de la conciencia crítica. Pero, además, podemos hacer que el estudiante vincule esas lecturas con su vida, con su cotidianidad, con su existencia. Aquí de nuevo la didáctica es fundamental para lograr que los alumnos sientan esas lecturas relacionadas con el mundo que viven o que en unos años vivirán. Las prácticas de reconocimiento y proyección vital son adecuadas para este propósito.

  1. ¿Todos los textos requieren de una lectura crítica? (Yadira Beltrán).

En principio sí. Sólo que unos se prestan más que otros, o requieren de mayores elementos para hacerlo. No es lo mismo debatir con un texto de ciencias sociales que uno del campo de las matemáticas. Pero aun así, si el profesor contextualiza cada lectura, si dota de densidad histórica o de aplicación eso que se está leyendo, seguramente cabrá la perspectiva de la lectura crítica. Siempre hay que recordar una cosa: la lectura crítica es esencialmente una actitud de sospecha, de cuestionamiento, de preguntar al texto. Somos lectores críticos porque ponemos entre paréntesis lo que leemos, llámese texto escrito, ambiente de ciudad, objetos que circulan, mensajes de diferentes medios, gestos, prácticas… Y poner entre paréntesis es tener el tiempo suficiente para analizar su procedencia, su alcance, sus implicaciones. También hacer lectura crítica es comparar distintos textos enfocados en el mismo tema o asunto. Relacionar, comparar, ver semejanzas y diferencias, todo eso puede aplicarse a muchos tipos de textos y a diversas disciplinas.

  1. ¿Cómo desarrollar la capacidad de descubrir la intertextualidad de los textos? ¿Qué actividades externas a la lectura pueden favorecer el desarrollo de la lectura crítica? (Walter Alfred Albrecht Lorenzini).

A la primera inquietud diría que, cuando los textos traen citas o notas a pie de página, esa ya es una buena pista para hacerles evidente a los estudiantes la intertextualidad. No pasar por alto, entonces, esa letra menuda. Llevar a clase esos otros libros, fotocopiar la tabla de contenido o enriquecer la discusión con el capítulo a que se alude en la lectura, es desarrollar la intertextualidad. Otro modo es mirar con los alumnos, en detalle, la bibliografía. Identificar esas obras y esos autores: nacionalidad, tendencia, ubicación de su pensamiento. La bibliografía, si se sabe leer en clase, si se diseñan actividades que despierten la curiosidad para rastrearla, es una manera directa de apreciar los otros textos que han servido de base o de andamiaje a un autor en particular. Ahora bien, para responder a la segunda inquietud, resulta muy conveniente que los estudiantes hagan registros escritos o visuales de su vida cotidiana. Enseñarles a hacer lectura semiótica de la moda, del mundo de la publicidad, de los centros comerciales, de los videoclips, de lo que circula con abundancia en internet. Lo importante es habituar a los alumnos a realizar esos registros; que tengan un diario o un cuaderno de notas. Hasta podría pedírseles, como lo hice yo mismo alguna vez, que lleven un “Diario del escucha” en el que graben aquellos eventos o situaciones que les parezcan dignos de interés o curiosidad. Todo aquello que ayude a que los alumnos reconozcan su entorno, que tomen cierta distancia de etnógrafos o reporteros del acontecer cotidiano, todo ello, revertirá en la lectura de otros textos y, por supuesto, irá creando una capacidad viva de lector crítico. 

  1. ¿De qué manera motivar a un estudiante hacia la lectura crítica sin que tome apatía? (Andrés Quiroga Murcia).

Por supuesto, la estrategia didáctica que emplee el maestro es fundamental. Por ejemplo, no poner tareas de afán, explicar con tiempo el sentido de un trabajo o una actividad. Si la lectura crítica es propuesta como un reto, como algo en que el estudiante sienta que descubre o aporta algo, será más motivadora que una actividad en la que todo se reduce a transcribir o copiar de otro texto. Resulta muy positivo, de igual forma, incitar al estudiante a que explore en sus gustos, en sus dudas, en su campo de intereses. No sobra recordar que la lectura crítica lejos de reducirse a la lectura de obras literarias es aplicable a otros escenarios cercanos a la calle, a la cotidianidad de los estudiantes. Es aconsejable que los trabajos o tareas sobre lectura crítica no se queden solo en la evaluación secreta que hace el maestro; por el contrario, es más motivador que esas tareas se compartan, se hagan exposiciones o murales, se lleven a plenarias en las que el estudiante pueda “mostrarse”, exhibir su creatividad o singularidad.

  1. ¿Cuál es la esencia de la lectura crítica, o qué la diferencia de una lectura normal? (Karolina Martínez Garzón).

La principal diferencia con otras lecturas es que, además de dar cuenta de un significado o de comprender bien un mensaje, la lectura crítica desea entender los contextos, la relación con el autor, los intertextos que subyacen, los intereses implícitos en un texto. Si la lectura normal es una labor más formal, más intrínseca, la lectura crítica aboga por relacionar esa lectura con la historia, con los intereses o ideologías de las que participa. Esa es una gran diferencia. La segunda es mucho más profunda: a diferencia de la lectura normal, de una labor decodificadora de los textos, la lectura crítica se encamina a formar en los lectores un espíritu capaz de la perspicacia, la sospecha, la duda, el cuestionamiento. Un lector crítico no solo sabe la estructura de un texto, sino que es capaz de fisurarlo con interrogantes para descubrir sus omisiones o sus recurrencias, para detectar el engranaje oculto que lo soporta. Esto permite que, poco a poco, el lector deje de asumir los textos de manera ingenua o aséptica para ir asumiendo una toma de posición más aguda en la que se entiende la información pero, a la vez, se puede inferir de qué manera lo dicho ayuda a liberar o cualificar a un ser humano en lugar de mantenerlo en la sumisión o la ignorancia propensa a la manipulación y el fanatismo.   

  1. ¿Cómo se puede implementar la lectura crítica en las artes plásticas? (Natalia Santoyo Santamaría).

Las artes plásticas, en general, son un buen medio para hacer lectura crítica. Piénsese no más en la lectura que posibilita la arquitectura y su concreción en el espacio de unas ideas religiosas, de poder o de concepción ideológica; o hacer lectura crítica de los estilos y sus formas, o de los ornamentos… O la lectura crítica que podría hacerse de los diversos motivos plasmados en la pintura, digamos el desnudo femenino, para entender cómo ha cambiado históricamente una idea de belleza, y a qué concepción social o cultural de la mujer corresponde cada propuesta en un lienzo… O para poner un ejemplo del dibujo humorístico: cuánto puede ayudarnos la caricatura para mostrar, en concreto, cómo frente a determinado hecho o situación se hacen lecturas irónicas o abiertamente críticas. Si ponemos a nuestros estudiantes a que indaguen y consigan caricaturas sobre un hecho polémico o de actualidad, si les pedimos que cotejen esas diferentes piezas gráficas, y si luego ya en el salón, hacemos una exposición y sacamos en claro lo que muestran esas pequeñas obras artísticas, lo que sacan a flote o ponen en evidencia, con toda seguridad favoreceremos la lectura crítica y un ojo cuidadoso para apreciar estas manifestaciones gráficas del sarcasmo, la sátira y el ingenio mordaz. Una vez más, los aportes de la semiótica resultan más que idóneos para este campo de la lectura crítica.

  1. ¿Cómo promover la lectura crítica a través de tablas y gráficos? (Javier Hernández Montoya).

De entrada podría sugerir analizar con los estudiantes cómo fue construida esa tabla: ¿cuál es su ficha técnica?, ¿su margen de error?, ¿y por qué tienen un margen de error?, ¿qué tan grande fue la muestra?, ¿cómo enriquece o no la información de la cual sirve de ilustración? Así que lo primero es relacionar la información de la gráfica con la información escrita o con el contenido que le sirve de soporte. También se podría constatar cuál es la intención de exponer en la tabla o en una gráfica determinada información: ¿qué se privilegia?, ¿qué se omite?, ¿por qué se seleccionó ese aspecto? Sobra decir que muchos de los textos llamados “discontinuos”, de los que se valen los medios de información, tratan de “hacer creer” de manera rápida, obviando el análisis y tratando de embaucar al lector en la consigna de que “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso hay que leerlos críticamente. Vale la pena leer en clase los “folletos publicitarios” para descubrir los intertextos, las omisiones, las implicaciones, la letra chiquita que esconde una falacia o una engañifa legal. La lectura crítica de mapas se lograría enriquecer en el aula si se entiende la realidad no desde la lógica de la linealidad, sino desde una mirada de la superficie. Al diferenciar mapa de territorio, al entender las convenciones y, en particular, el concepto de escala, estaríamos proveyendo a nuestros estudiantes de miradores potentes para saberse “habitantes” de un espacio o poblar un “nicho” vital y entender las implicaciones de la tenencia de una tierra, los procesos migratorios o lo que trae consigo, a nivel social y personal un proceso de desplazamiento. Ser lector crítico de mapas es advertir cómo se ha ido construyendo una visión de mundo de acuerdo a unos intereses económicos o a una especial manera de ubicar dónde queda el centro y dónde la periferia.

  1. ¿Cómo se puede realizar un aporte a la lectura crítica desde la educación física en grados superiores? (Jaime Enrique Rodríguez Muñoz).

El cuerpo, como se sabe, es un lugar en el que confluyen infinidad de marcas de crianza, morales, prácticas de higiene y de cuidado. Examinarlo, conocerlo (y no solo ejercitarlo) podrían ser vías de lectura crítica. Poder tomar distancia comprensiva de los cambios que va sufriendo, de los miedos que en él se concentran, la forma como se lo alimenta o se lo somete a restricciones mediadas por la moda o el imperio de la sociedad de consumo, son otro conjunto de posibilidades. Al invitar a los estudiantes a reflexionar sobre su corporeidad, a descubrirse y redescubrirse, lo mismo que a entender lo que implica disciplinar el cuerpo, escucharlo en su comunicación silente, cómo se pone en contacto con otros y cuánto se llega a modificar en aras de cumplir determinado canon de belleza, tales análisis contribuirían a una mejor relación con el propio cuerpo y con el de los semejantes. Todas las prácticas de saber acariciar y tener tacto, o esas otras de conocer cuáles son los límites de la agresión física, son idóneos para que los estudiantes sepan leer los signos físicos que establecen los vínculos de la convivencia y el trato respetuoso. La danza, el baile, el juego, son otras formas adicionales de poner el cuerpo en ejercicio, sin que tengamos que someterlo al castigo de origen militar o a la corrección moral vergonzante y culpabilizadora.