Diccionario del coronavirus

Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann, para New Yorker.

A dos metros: medida de advertencia en espacios públicos, como si cada persona fuera un vehículo que cargara gases inflamables.

Abrazo: antiguo gesto de afecto que, en tiempos de pandemia, es una expresión de peligro o amenaza para quien amamos.

Adulto mayor: persona a la que no le puede dar el sol.

Aeropuerto: los puertos anhelados por el coronavirus.

Aislamiento preventivo: modo práctico de burlar al covid-19.

Alerta amarilla: los de tu barrio pueden estar infectados / El miedo en la distancia.

Alerta naranja: el contagiado está muy cerca de tu casa / La vecindad del temor.

Ayuda humanitaria: solidaridad de muchos que, por culpa de la corrupción, termina beneficiando a unos pocos.

Banca rota: forma de volar de algunas aerolíneas, en época de cuarentena.

Beso: contacto íntimo y anhelado pero imposible con tapabocas y a un metro de distancia.

Bolsonaro: representante de quienes confunden una pandemia con “una gripita”.

Calle: utopía del confinado.

Casa: Fortaleza en las primeras semanas y cárcel después de quince días / Lugar familiar del que, al mismo tiempo, no podemos y deseamos salir.

Cerco epidemiológico: encerramiento dentro del confinamiento / Aislamiento al cuadrado / Compromiso ciudadano en cuidados intensivos.

Cierre de fronteras: medida gubernamental que responde a una lógica oriental infalible: si el covid-19 vino de China, una muralla china bastará para detenerlo.

Codo: La nueva mano del confinado.

Comparendo: sanción disciplinar para indicarle al ciudadano que no lo pilló el virus pero sí la policía / “La ley con multa, entra”.

Confinamiento: vacaciones obligadas sin sol, sin mar y sin paseos.

Contención: el coronavirus extranjero.

Coronavirus: insignia que nadie desea ceñir sobre su cabeza / ¡Viva el rey!,  el infectado puede morir.

Covid-19: aunque la Real Academia de la Lengua diga que es femenino, lo cierto es que este virus ataca también a lo masculino / Virus transgénero / Enfermedad infecciosa con recuerdos de movimiento insurgente colombiano, pero con síntomas parecidos: “¿decaimiento, falta de energía?”.

Crédito blando: nuestro interés es diferirte los intereses.

Crisis: efectos económicos secundarios de la pandemia que se agudizan en la medida en que aumentan los días de cuarentena.

Cuarentena: medida preventiva que antes se imponía en los barcos y, ahora, en las ciudades. Pero en uno u otro espacio, los infectados están rodeados por un mar de incertidumbre.

Cultura ciudadana: lo que se espera que todos cumplan, pero que cada uno tiende a no hacer.

Curva: línea cuyo punto más alto lleva a la cuarentena y su aplanamiento a la calle.

Depresión: estado psíquico caracterizado por una tristeza profunda de no poder salir y un aburrimiento de hacer siempre lo mismo / manifestación interna del coronavirus cuando obstruye no los pulmones, sino el espíritu.

Desinfección: nueva actitud de bienvenida en la que en lugar de ofrecer los brazos y las manos, se emplea como gesto de acogida un atomizador.

Disciplina: autohigiene social / La prueba más difícil para quienes se sienten sanos o invulnerables a la pandemia.

Distancia social: la proxémica administrada por el miedo al contagio.

Domicilios: activación económica en bicicleta.

Educación virtual: el maestro enseñando a estudiantes y a padres de familia durante veinticuatro horas.

Elementos de bioseguridad: implementos que excepcionalmente usaban los astronautas, pero que en tiempo de pandemia utilizan hasta los mensajeros domiciliarios.

Epidemiólogo: especialista llamado a la sala de ministros –solo en tiempos de pandemia– para servir de justificación a los gobernantes, si las decisiones tomadas por éstos salen mal o tienen consecuencias adversas.

Estadística: disciplina que se ocupa de la recogida, obtención y tratamiento de datos para justificar a los gobernantes cuando deben tomar medidas impopulares.

Fiebre: signo de alerta que antes, solo se tomaba en los hospitales, pero que ahora detectan con una pistola infrarroja para entrar a cualquier lugar público.

Fiesta en cuarentena: Alegría de unos pocos, para perjuicio de muchos / Darle salida a los piernas por un exceso de encierro de la cabeza / Nueva danza de la muerte / Obedecer con los pies a lo que desobedece la cabeza.

Gel antibacterial: guantes líquidos y olorosos. / Lavamanos portátil.

Gutícula: pequeño medio de transporte preferido por el coronavirus.

Hagan caso: recomendación de un sobreviviente del covid-19 que estuvo a punto de morir.

Indisciplina: ¡pero si el rey soy yo! / Inobservancia de las normas de prevención social para jugar a las escondidas con el covid-19

Infectado: un coronado por el destino o por la falta de cuidado.

IRA: sigla de la infección respiratoria aguda que, por su sorpresiva y silenciosa forma de atacar, parece un grupo terrorista.

Jabón: el virus del coronavirus.

López Obrador: ejemplo de los mandatarios que consideran tres mil infectados diarios por el coronavirus como una cifra optimista.

Lugares públicos: fincas de recreo del coronavirus.

Mano: extensión del brazo que sirve, principalmente, para lavarla con jabón cada dos horas.

Mechudo: corte de pelo en tiempos de confinamiento.

Médico: profesional de la salud a quien se le rinden aplausos al inicio de la pandemia, pero al que después se lo amenaza para que abandone el edificio donde vive / Persona que el infectado quiere cerca cuando está enfermo, pero desea lejos cuando no lo está.

Melancolía: estado del espíritu caracterizado por un aumento de la ansiedad a causa de la incertidumbre y una baja de defensas por falta de alegría.

Mercar: odisea en solitario contra el virus para lograr sobrevivir.

Mitigación: el coronavirus vernáculo.

Monitoreo: vigilancia al virus, pero más a la desobediencia de los ciudadanos.

Multitud: el correveidile del coronavirus.

Normalidad: situación o estado ideal ansiado por los confinados que, con las rutinarias medidas de protección y el interminable seguimiento de protocolos, terminará pareciéndose a la anormalidad.

Noticias falsas: manera como la pandemia infecta primero la mente que el cuerpo / Forma como se comunican los “ídolos de la caverna” con los “ídolos de la tribu” / Entrega al inmediatismo del rumor por pereza a indagar la verdad.

Pandemia: infección que copió la ambición expansionista del capitalismo global.

Pedagogía: muletilla empleada por algunos gobernantes para mostrar que la política sabe muy poco de educación / Término al cual acuden algunos gobernantes para suavizar el autoritarismo.

Personal de la salud: primera línea de batalla sin suficientes armas defensivas contra la pandemia /  Infantería que sale a luchar cuerpo a cuerpo todos los días, a sabiendas del fuego cruzado del coronavirus.

Pico: cumbre temida pero esperada por los no infectados / Premio de montaña, fuera de categoría, de la propagación de la pandemia.

Pistola infrarroja: el nuevo revólver de los vigilantes para defenderse de la facinerosa pandemia.

Prorrogar: verbo de uso obligado por culpa del coronavirus.

Protocolo: detallado instructivo de convivencia pacífica con el covid-19.

Quédate en casa: mandato materno del ayer que hoy es norma gubernamental.

Reapertura económica: segunda línea de defensa ante el avance continuado del coronavirus que, como se sabe, opera mejor desde la trinchera.

Recuperado: la pandemia en el estado del relato.

Redes sociales: medio de contagio que exacerba la ansiedad de los confinados y multiplica el alarmismo peor que la pandemia.

Reinventarse: consecuencia económica del covid-19 que consiste en tratar de hacer lo mismo pero con computador / Volver a los empleados mensajeros.

Repeticiones: estrategia de los programas deportivos de fútbol que consiste en convertir el pasado en noticia de actualidad.

Tapabocas: prenda de vestir para que el coronavirus no nos reconozca.

Teletrabajo: modalidad laboral que consiste en que el empleado, además de las labores propias de su oficio, paga en lugar del empleador la luz, el arriendo, el teléfono y las horas interminables de internet / La casa hogareña vuelta oficina / Empleado sin horario fijo de trabajo.

Toque de queda: el último recurso “pedagógico” de los alcaldes.

Transporte público: medio de locomoción para el contagio / Medio de locomoción para ir de la casa al trabajo y del trabajo al contagio.

Trapo rojo: pieza de tela o de otro material para exhibir el hambre o clamar ayuda humanitaria.

Trump: ejemplo de los políticos que presumen de médicos y culpan a los contagiados del covid-19 por no inyectarse desinfectante para limpiar sus pulmones.

UCI: mazmorra temida por los infectados.

Urgencias: lugares de los hospitales que, en tiempos del coronavirus, hay que demorarse el mayor tiempo posible antes de acudir a ellos.

Vacuna: el elíxir de la larga vida de los infectados.

Ventana: abertura elevada sobre el suelo para que entren las calles que no podemos recorrer.

Ventilador: tercer pulmón del infectado.

Videoconferencia: contigo, pero sin ti.

Zoom: servicio de videoconferencia –que la pandemia volvió habitual–mediante el cual se habla en público, estando solo.

Cuidar de sí, para cuidar a otros

Angel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Como una manera de celebrar el día del maestro, Foros Santillana Plus me invitó a un encuentro virtual titulado “Cuidar de sí, para cuidar a otros” con docentes de diferentes países de Latinoamérica y de Colombia. A partir de las numerosas preguntas de los participantes, durante una hora, tuve la oportunidad de responderlas. Si bien el video puede verse en Facebook, considero pertinente compartir en este espacio una muestra de los interrogantes de los educadores y mis puntuales comentarios. Las inquietudes de los maestros reflejan bien las dudas que los agobian en esta cuarentena, su deseo de resolver las demandas de una modalidad virtual de enseñanza súbita y obligada, y la expresión del cansancio o el esfuerzo empleado frente a las demandas excesivas de los directivos de las instituciones educativas y de los padres de familia. Que sea, entonces, el siguiente diálogo virtual un modo de contribuir a sus problemas más inmediatos, a la par que un homenaje a su incansable labor de ser acompañantes de la formación de otros.

Laura Edith Vásquez RamónBogotá / Carlos Albán Holguín

¿Cómo cuidarse a sí mismo en este momento de confinamiento, cuando los estudiantes ven en el docente su tabla de salvación y esperan que éste les ayude a solucionar un sin número de situaciones ocasionadas por el aislamiento?

Escuchar, escuchar mucho, con escucha empática y solidaria / Ofrecer puntos de vista diferentes para ver un problema / Más que dar soluciones, ayudar a comprender dichas situaciones / Incitar al diálogo / Invitar a los estudiantes a la escritura del diario / Promover estrategias didácticas en las que el testimonio sea fundamental / No solo preocuparse por llenar de actividades, sino disponer de tiempos para compartir experiencias / Puede ser una buena oportunidad para la tertulia.

Rosario Casas / Chimbote, Perú / Fe y Alegría 14

Para cuidar de sí, ¿cómo hacerlo a veces sin remordimiento?

Reconocernos en la dimensión de ser necesitados / Quitar de nuestra mente y de nuestro corazón la culpa, el peso moral del desmerecimiento / Tener presente que no somos solo personas que damos, sino también seres de carne y hueso que necesitamos recibir: cariño, acogida, hospitalidad, comprensión / Recordar que el autocuidado es una manera de cuidar al otro.

Silvia Cataño / Riosucio / I.E. Los Fundadores

¿Cómo realizar un buen acompañamiento a los docentes desde el rol de directivo cuando ellos manifiestan situaciones de estrés por el cambio de escuela en casa, al enfrentarse a plataformas no usuales para ellos, a la presión de padres de familia y al asesoramiento durante el día a estudiantes?

Subrayar la planeación colectiva / Menos autoritarismo y más gobernanza; es decir, dirección participativa / Posibilidad de acordar actividades conjuntas entre los maestros / Reflexionar permanente sobre lo hecho para hacer los ajustes o cambios necesarios / Valorar el aprendizaje sobre el error / Más confianza y apoyo a los que dirigimos y menos vigilancia enjuiciadora.

Alejandro José Acuña / Managua / Colegio Centroamérica

¿Cómo cuidar de mi familia en estos tiempos?

Crear o mantener espacios de diálogo / Separar los tiempos de trabajo de los tiempos de reunión y estar en familia / “Desconectarse” para entrar en ese otro espacio / Escuchar en silencio, sin la respuesta inmediata de la defensa / Recuperar o instaurar ritos / Reconocer las tareas o actividades cotidianas / Cuidar la lengua / Socializar los problemas / No “tragarse” todo.

Gloria Jurado / Pasto / Instituto Champagnat de Pasto

¿Cómo cuidar de nuestra salud no solo física sino mental y emocional para no agotarnos en este momento que estamos viviendo donde no sólo atendemos a los niños sino la tensión de padres y directivos a la que nos sometemos, además de largas horas de trabajo?

Sacar tiempos para sí / Pausas activas durante las horas laborales / Treinta minutos de ejercicio diario / Tiempo sagrado para alimentarnos / Quitar de nuestra mente la idea de que equivocarnos es una imperfección de nuestro oficio / Flexibilizar el cuerpo, pero mucho más la mente / Considerar el descanso como parte de nuestra agenda vital.

Roberto Carlos Barragán Rocha CaliI.E Las Américas

¿Qué tanto se va a posicionar el tema de la ética del cuidado en la educación?

Dependerá de la confluencia de las voluntades de los directivos de las instituciones, de los maestros, de los padres de familia / El cuidado hace parte de nuestro compromiso con la formación y con las diferentes dimensiones del ser humano / Cuidar se relaciona con prevenir, pero además con una idea de corresponsabilidad que sobrepasa la mera instrucción / La ética del cuidado presupone una profunda comprensión de la relación pedagógica y, muy especialmente, de lo que significa acompañar a otro.

Amanda Supelano Martínez / Floridablanca / Fray Nepomuceno Ramos

¿Cuáles serían los tres componentes básicos para una buena salud mental, tan necesaria para trabajar en Educación?

Flexibilidad – creatividad – tolerancia al error / Más sabiduría que conocimiento, más argumentos que imposición, más voluntad de aprender que arrogancia de lo ya sabido / Fuerte autoestima, buena capacidad de autocrítica, inicio constante de proyectos / Mínimo fanatismo, perspectiva plural de las hechos y las personas, no dejar de investigarnos constantemente.

William Efraín Timaná Gutiérrez / Piendamó / El mango Morales

¿Principales hábitos recomendados para cuidar de nosotros?

Hábitos relacionados con el cuidado del cuerpo (ejercitarlo todos los días) / Hábitos de reflexión, meditación… / Acostumbrarse a mínimos ejercicios de discernimiento / Hábitos de desintoxicación de la avalancha de información circulante: tener juicio crítico para no seguirle el juego a las noticias falsas o al alarmismo que abunda por las redes sociales.

Marirrosa Carrera Rivas / Caracas / Unidad Educativa Colegio San José de Calasanz

¿Cómo desarrollar capacidades resilientes que nos ayuden a estar en un continuo mejoramiento personal? Recomendar actividades sencillas que se puedan aplicar en la vida cotidiana…

Compartir con estudiantes casos de resiliencia / Hacer análisis de situaciones problema con el fin de explorar diferentes alternativas / Pedirles a los estudiantes que hagan pequeñas entrevistas con sus familiares en las que se aprecien situaciones de resiliencia, o de cómo esas personas cercanas siguieron adelante a pesar de las dificultades / Fomentar la búsqueda de historias de vida, de ejemplos de superación que muestren el no rendirse ante las dificultades o los problemas.

Alba Luz Velandia Botia / Bogotá / San Viator Bilingüe Internacional

¿Qué factores pueden llegar a ser determinantes para clasificar como buena o mala práctica, la labor de un docente que sin capacitación alguna empezó, de un momento a otro, a afrontar la modalidad virtual, como único camino para avanzar en esta inesperada situación para la humanidad?

Compartir con nuestros alumnos las posibles falencias de nuestros experimentos virtuales / Aprender colaborativamente de esos fallos / Tener plan “b” / Hacer sondeos permanentes / Buscar las mejores soluciones de manera colaborativa / Mantener algo de lúdica y de mucho humor para aceptar que se es alumno otra vez / Mermar el temor al error de uno mismo o del otro.

José Luis Mora Machado / Bogotá / Agustiniano Tagaste

¿Cuál es su postura frente a aquellos que ven en esta coyuntura una oportunidad de crecimiento y aprendizaje profesional y otros que ven una radiografía de la precariedad del sector educativo y las carencias del mismo?

Entender que ni vamos a solucionar todos los problemas de la educación ahora, ni las falencias del sistema educativo pueden resolverse con las estrategias virtuales / Permitirnos volver a aprender / Pedir ayuda cuando sea necesario / Experimentar, probar, constatar / Considerar el aprendizaje mediante el ensayo y el error con todo nuestro interés / Atreverse a innovar la propia práctica / Revalorar la curiosidad, en todas sus manifestaciones.

Ana Lilia Ojeda / San Francisco del Rincón, Guanajuato / LaSalle

¿Qué es lo más importante entre tantas necesidades y emergencias?

Priorizar / Cuando se prepare una clase, seleccionar muy bien los contenidos y las actividades / Dosificar / Entender que los maestros no podemos descuidar acciones de formación por la urgencia de proveer información / Incluir ejercicios de metacognición (como aprendo lo que aprendo) en cualquier tarea / Favorecer modelos educativos co-constructivos 

Carol Edith Duarte Tejada / Bogotá / Colegio Nuestra Señora del Rosario Bogotá

Me gustaría saber si es posible como maestros ayudar a los padres en este proceso también.

Compartir con los padres los contratos de aprendizaje establecidos con sus hijos / Pensar bien las actividades para que no se conviertan en las tareas de los papás / Informar a los padres los protocolos estandarizados por el colegio / Recordar que los adultos son apoyo pero no maestros / Ofrecer algunos principios o reglas de oro del papá mentor o tutor.

Martha Liliana Linares Alvarado / Bogotá / Fernando Mazuera Villegas

En tiempos de pandemia, los miedos abundan, ¿cómo fortalecer la confianza y la esperanza en los estudiantes y sus familias para que estudiar tenga sentido en sus proyectos de vida?

El futuro tiene mucho de incertidumbre, con pandemia o sin pandemia / Fomentar la creatividad, la innovación / Formar el carácter de los estudiantes para enfrentar el fracaso, las cosas que no salen bien / Insistir en ciertas virtudes, como la persistencia, el coraje, la perseverancia / Tener cuidado con los reforzadores orales que usamos en clase / Dibujar el monstruo para reconocerlo.

María Josefa Martínez Basterra / México / Casa Mambré -Servicio Migrantes y Refugiados

En mi grupo de trabajo hay un día de autocuido… pero sólo físico/psicológico ¿Cómo incluir lo espiritual, no religioso?

Tener un espacio para meditar o tiempos para el discernimiento resulta esencial cuando aumenta la angustia y la desazón interior / Darle trascendencia e importancia al silencio / Cultivar algún arte: esa otra vía con grandes beneficios para el cuidado de nuestro espíritu / Acudir a la lectura de poesía, de ese tipo de textos que tanto ayudan a formarnos en lo sutil, en lo sensible, y que además distienden las zonas constreñidas de nuestra interioridad. Por ejemplo, “Intus” del mexicano Enrique González Martínez: 

Te engañas, no has vivido… No basta que tus ojos

se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos

se posen sobre todos los dolores humanos

ni que tus plantan crucen por todos los abrojos.

 

Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto

surque las lobregueces de tu interior a tientas;

mientras, en un impulso de sembrador, no sientas

fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.

 

Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,

tener con mano firme la lámpara encendida

sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo…

 

Y callar, mas tan hondo, con tan profunda calma,

que absorto en la infinita soledad de ti mismo,

no escuches sino el vasto silencio de tu alma.

 

En el arca de Noé

La gran aventura de Margaret Keare

“La gran aventura” de Margaret Keane.

Lo más difícil no fue la llegada a aquella larga embarcación de madera, ni el lento proceso como cada pareja de animales fue acomodado en el arca. Tampoco el brusco bamboleo y el ir a la deriva cuando empezó el diluvio. Lo realmente complicado empezó cuando todos comprendieron que ese no iba a ser un corto viaje con una meta precisa, sino un confinamiento gobernado por la incertidumbre.

—¡Tranquilos!, ¡tranquilos! —exclamaba el viejo Noé—, contagiando ánimo en medio de aquella tormenta interminable.

La distribución de los animales había sido pensada con cuidado. En jaulas estaban los más salvajes, las aves en el techo del enorme barco, los rumiantes en pequeños establos, los reptiles en una rústica poceta, un sinnúmero de roedores vagaban entre los pasadizos y los monos se colgaban de los maderos de la barca. Todo parecía lo suficientemente organizado, a pesar de la estrechez natural de aquel espacio oscuro y repleto de sonidos de diversa especie.

—¿Y alguien sabe aquí para dónde vamos? —preguntó una leona, mirando por detrás de la jaula.

—Que es un cambio de pradera —respondió un tigre, mirándola desde otro enrejado semejante.

—No —interrumpió un elefante, dejando de agarrar con su trompa un haz de pasto de una cesta colgante—. Es para protegernos de la inundación.

—Ojalá esto acabe pronto porque no aguanto el mareo —repuso una jirafa, abriendo bien las patas para no dejarse caer.

Noé y su familia no paraban de trabajar. Alumbrándose con un lámpara de aceite iban de un lado a otro, tratando de controlar los nervios de los pasajeros, recogiendo huevos, leche, rellenando de granos o de pasto cestas y vasijas de barro, echando agua en palanganas de madera o barriendo o limpiando las heces y la mugre que se multiplicaba todos los días.

Los truenos resonaban más fuertes al interior del arca. El eco no permitía que las conversaciones entre los animales fluyeran o se dieran de forma natural.

—¿Y por qué hay unos afuera, y nosotros encerrados aquí? —preguntó una pantera.

—Privilegios que tienen —repuso su pareja, rezongando entre dientes, y cambiando con dificultad de posición.

Todos los animales salvajes, además de estar confinados dentro del arca, padecían el enclaustramiento de las jaulas. Y por más que Noé o sus hijos les traían alimento, especialmente leche, no dejaban de sentir como una injusticia que otros animales transitaran libremente por los corredores de aquella nave.

—Mira esos venados allí —agregó la pantera—. Ellos sí pueden mover sus piernas.

—Lo que digo —repuso el compañero de celda—. Aquí no todos estamos en igualdad de condiciones.

Como si Noé hubiera escuchado al par de panteras, a los pocos segundos pasó por allí. Miró su pelambre a la tenue luz de la llama de la lámpara, vio sus ojos amarillos y el lomo magnífico de estos animales.

—Ya casi deja de llover —les decía—. Ya casi escampa.

Los animales escucharon a Noé sin replicar. Aunque entendían sus palabras, prefirieron no decirle nada, para que él adivinara su malestar.

—Todos los que estamos aquí somos unos privilegiados —volvió a hablar Noé, yendo y viniendo cerca de la jaula.

—Unos más que otros —replicó la pantera, impaciente por el caminar de lado a lado de Noé.

—Para salvar la vida hay que soportar algunos sacrificios —repuso el anciano, moviendo el índice de su mano derecha en un gesto pedagógico de obediencia.

—Primero es lo primero —volvió a hablar, prosiguiendo su ronda de vigilancia nocturna.

Porque no era fácil en aquella nave, sellada con brea, saber cuándo era de día y cuándo de noche, y menos cuando el clima, los truenos, el ruido ensordecedor del torrencial seguían azotando por todos los costados a la embarcación.

Así pasaron las dos primeras semanas. Tal vez por la novedad de la situación, buena parte de los animales se conformaron con los cambios en sus hábitos de alimentación, en sus ciclos de sueño y en el ambiente al que estaban acostumbrados. Sin embargo, iniciada la segunda semana, una grulla de largo pico y patas delgadas, se atrevió a interpelar al capitán del navío:

—Cuándo terminará esta aventura —dijo.

Noé se fijó en la grulla y le pareció que tenía las patas más flacas o más largas que como las recordaba en su mente.

—Yo creo que el tiempo lo dirá.

La respuesta del viejo no le pareció suficiente a la grulla.

—¿Otra semana, quizás?

—Ya veremos… hay que tener paciencia —respondió Noé.

La grulla puso un gesto de resignación y voló hacia una de las vigas del techo del arca.

—¿Qué te dijo? —preguntó el compañero de baranda.

—Nada. Que no sabe nada —repuso la grulla—. A esperar, esa es la consigna.

Pero no eran únicamente las grullas o las cigüeñas las que estaban angustiadas; también los pelícanos y unos flamencos que, por la falta de sol, habían perdido el rojo encendido de sus plumas. Y ni qué decir de las águilas, insatisfechas de comer siempre pescado seco.

—¿Será que Noé si sabe para dónde vamos? —preguntó de manera retórica un águila calva a las otras aves que estaban alrededor.

—¿O nos tiene aquí engañados, sin decirnos el verdadero propósito de este encierro?

Una pareja de halcones compartieron las dudas del águila, moviendo hacia arriba y abajo su cabeza. Por unos minutos se escucharon chillidos, graznidos y gritos de protesta, pero que no repercutieron en el ánimo de los otros animales.

—Con tal de que a mí me pongan cualquier planta de vez en cuando, no tengo nada de qué preocuparme —dijo una camella de largas pestañas.

—Sí —repuso su consorte—. Lo que pasa es que nadie está conforme.

Noé no era indiferente a las afectaciones que tendría ese prolongado encierro en sus animales. En sueños supo que debía informarles a los pasajeros, de cuando en cuando, las peripecias de aquella situación. Confiado en aquellas voces, escuchadas en sueños, organizó con sus hijos una pequeña reunión con todos los animales, escogiendo para ello, el centro del arca. Desde ese punto, trepado en unos de los estantes del segundo nivel de los tres que tenía aquella casa flotante, empezó su explicación. Dadas las precarias condiciones de luz, los ratones, las tortugas, las liebres, los puercoespines, tuvieron que contentarse con oír lo que no podían ver. Además, la cantidad de patas, colas, pezuñas, no dejaban mucho espacio para divisar el rostro barbado del anciano.

—Estamos aquí reunidos —empezó a decir Noé— porque es la única manera de salvarnos de la inundación.

El término inundación fue reforzado por el crujir de los maderos del arca.

—Y si queremos salvarnos de estas aguas impetuosas, de estas olas inmensas, de esta lluvia huracanada, tenemos que tener paciencia…

Los búfalos, las cebras, pensaron en la palabra inundación y se imaginaron un caudaloso río desbordado, cubriendo pastizales, árboles y llanuras inmensas. Noé prosiguió hablando de no perder la calma y de algunas medidas que eran necesarias conocer para una mejor convivencia.

—Hemos puesto paja en las jaulas para que allí hagan sus necesidades… —dijo en tono de amonestación a los que defecaban en cualquier lugar.

—Hay que habituarse a una ración diaria —agregó—, mirando a los hipopótamos y a los cocodrilos que parecían nunca llenarse.

—Respeten el turno cuando estemos entregando las frutas —señaló—, dando a entender que los orangutanes, las ardillas y los hurones eran unos constantes infractores.

—Y de ahora en adelante —prosiguió entusiasmado Noé— al no tener sol o luna que nos guíe, usaremos este cacho, para fijar las horas de sueño.

El anciano mostró el objeto y con una señal invitó a Jafet que soplara el instrumento de marfil. El sonido llegaba hasta todos los rincones del arca.

—Un llamado para levantarnos y dos para irnos a dormir —concluyó Noé— volviendo a retomar el cacho de las manos de su hijo.

—Esto ya parece una cárcel —murmuró una hiena a su pareja—, molesta por aquellas medidas disciplinarias de Noé.

—Yo me  duermo cuando tenga sueño, y no cuando me lo imponga un cacho —refunfuño un jabalí, tratando de hozar en el piso de la barca.

—¿Y quién va a controlarlo a uno —gruñó una zarigüeya—, en esta oscuridad y con tantos que estamos  metidos en esta inmensa cueva?

El viejo continuó con sus indicaciones:

—He pensado que vamos a distribuir el arca en tres zonas, la del norte, la del sur y la del centro. Y al frente estará cada uno de mis hijos: Sem al norte, Cam al sur y Jafet al centro.

Noé terminó su discurso y cada una de las parejas de animales retornó a su sitio acostumbrado. El murmullo se fue opacando en la medida en que desalojaban la parte central, ocupada por la mayoría de los animales enjaulados.

Así transcurrieron dos semanas más, en las que los movimientos intempestivos, el sonido de la tormenta, la inestabilidad del viaje, parecían distraer otras preocupaciones de los animales. La situación empezó a empeorar cuando dejó de llover y el arca asumió la monotonía de andar en aguas tranquilas.

—Me hace falta carne fresca —manifestó una guepardo—.

—Perseguir a alguien… eso es lo que más necesito—repuso el macho de piel manchada.

—Ni que fuera uno un impala para comer siempre lo mismo —agregó la flaquísima fiera.

—Estoy que pierdo la paciencia.

Un grupo de animales, del ala sur, empezaron a romper las normas que había determinado Noé. Fueron inútiles las amonestaciones de Cam y los regaños paternales del viejo. No era sino que ellos dejaran de observarlos para hurtarse la comida de un vecino, hacer sus necesidades en un lugar alejado de donde dormían, estar merodeando y dando alaridos después de que el cacho había sonado dos veces. Pocos pensaban que eran unos privilegiados o daban gracias por salvarse del diluvio; la mayoría sentía el aburrimiento correrle por las tripas, o una especie de angustia que, por lo general, se convertía en agresión permanente. El arca empezó a llenarse de patadas, de picotazos, de dientes amenazantes y una mutua desconfianza. Los tres hijos de Noé parecían estar desbordados por las peleas, las amenazas, el vandalismo entre los animales. Dada esta situación, Noé sintió la necesidad de volver a dirigirse a la audiencia confinada.

—Comprendo sus angustias —dijo para empezar—. Pero si ya amainaron las lluvias ese es un buen presagio de que pronto esto terminará.

La concurrencia se entusiasmó con lo que parecía un anuncio de pronta salida de aquella prisión de madera con olor a brea.

—No podemos desfallecer ahora —prosiguió Noé—. Lo peor ya ha pasado.

Unos canguros dieron varios saltos buscando un espacio con una mejor visibilidad. El interés era total.

—Yo creo que en un tiempo no muy lejano podremos salir…

Un ruido de decepción se propagó entre el público.

—Pero, ¿cuándo? —gritó fuerte un gorila con rabia contenida.

—Yo ya no aguanto estos olores —exclamó una oveja, alzando una de sus patas.

—No hay cuero que resista esta falta de luz —complementó un caimán, abriendo de par en par la dentada boca.

Noé no se inmutó por los comentarios negativos. Subió el tono de la voz y, tratando de parecer convencido de su mensaje, soltó una frase tan dura como retadora:

—Ahora, si alguno quiere irse, bien pueda…

Los animales guardaron silencio. Entendieron que la oferta era imposible. Después de tantos días de lluvias, lo más seguro era que las aguas debían cubrir las montañas, los árboles, toda la tierra firme. Sin contar la fetidez de las aguas por todos los que, a diferencia de ellos, habían muerto por la inundación. Lo único vivo estaba dentro de aquella nave; afuera la muerte rondaba a sus anchas. Así que, cabizbajos, empezaron a dispersarse. El único que se mantuvo unos minutos mirando desafiante a Noé fue el gorila, pero después de una corta amenaza territorial, se retiró a la zona donde estaban otros simios.

—Un toque de cacho para levantarnos y dos para irnos a dormir —repitió fuerte por tres veces Noé.

Lo que siguió durante la semana siguiente en el cuerpo de los animales fue una modorra que los llenaba de pereza y aburrimiento hasta el punto de quitarles las ganas de alimentarse. Los hijos de Noé, por primera vez, notaron que los alimentos dejados en las cestas o la leche puesta en las palanganas, permanecía igual a la última vez que la habían cambiado. Jafet le contó a su padre que en los ojos de los coyotes y los lobos se podía ver una tristeza desconocida. Que el encierro los había vuelto dóciles y con una mansedumbre que parecía más una mueca de resignación ante lo inevitable.

—Ponen ojos de cuando uno los va a matar —dijo Jafet, claramente afectado por aquel comportamiento de esos carnívoros salvajes.

Noé escuchó a sus hijos y salió a comprobar si era verdad. Jafet y sus hermanos no se equivocaban. Se encontró con varios animales echados, encorvados en su propio vientre, como si padecieran de peste; observó a las cascabeles mudas en su mover de crótalos; descubrió a los guacamayos y a las cacatúas en un silencio impensable; y pudo constatar que el instinto de aquellas bestias había sido devorado por la monotonía. Del júbilo y la algarabía ya no quedaban sino quejidos o cuerpos tirados en el abandono.

Después de una noche en que Noé no pudo conciliar el sueño, tomó la decisión de abrir una de las ventanas del arca. No fue fácil hacerlo. La brea había sellado los intersticios de tal forma, que fue necesaria la fuerza de sus tres hijos para despegar la hoja del marco. El rayo de luz que entró por el pequeño espacio despertó a los animales de su apatía. Los balidos, los graznidos, los silbos y castañeteos, los gorjeos y gruñidos se sumaban a rebuznos, rugidos, aullidos  y trinos infinitos.

—¡Por fin! —gritó una danta.

—¡Acabado este encierro! —exclamó un armadillo.

Noé dejó de mirar el inmenso e interminable mar y volvió sus ojos hacia a ese conglomerado de ojos, cuernos, pelos, alas… que entonaban un coro de algarabía en el piso del arca.

—¿Dónde está el cuervo? —preguntó Noé.

Cam dijo que lo había visto hacía poco. Descargó una bolsa con cereales y fue a buscar el ave. Al poco tiempo volvió ante su padre:

—Aquí está —dijo.

El cuervo estaba asustado porque en esas circunstancias no era fácil saber lo que se propondría Noé.

—Quiero que vayas a hacer una inspección —dijo.

El pájaro negro, casi gris por el encierro, apenas se atrevió a contestar. Si bien se sentía feliz por ser el primero en que podía abandonar el arca, por otro lado temía por su vida, al no conocer con lo que se encontraría.

—No te vayas tan lejos, apenas unas brazadas.

—¿Tengo que ir solo? —preguntó el cuervo.

—Es mejor —repuso Noé.

El cuervo miró hacia arriba del arca pero no encontró a su compañera. De un corto vuelo se puso en el borde de la ventana y de allí extendió sus alas hasta cuando los ojos del anciano lo perdieron de vista. Noé permaneció al lado de la ventana esperando al animal, pero este no retornó.

—La muerte sigue rondando afuera —dijo—, cerrando la ventana con fuerza.

Los animales sintieron que su alegría había sido fugaz.

—¡Déjela abierta!— exclamaron al tiempo, sin ponerse de acuerdo.

—¡No la cierres! —volvieron a pedir.

Pero Noé entendió que era mejor resguardarse y no exponer a estas criaturas a las contaminaciones y los vientos putrefactos. Haciendo caso omiso a las súplicas, les pidió a sus hijos que amarraran con cuerdas el pasador de la ventana. La oscuridad volvió a aposentarse en todas las partes del arca.

—Noé nos salvó para matarnos —exclamó una avestruz.

—Prefiero morir ahogado que seguir en este encierro —chilló un mandril—, arengando a los más cercanos.

—Estamos cansados de obedecer —repuso un burro.

No obstante las manifestaciones de protesta, Noé se mantuvo férreo en su decisión. Pero prefirió no caminar por entre los animales, como una medida de sana protección.

Una semana después, cuando nadie lo esperaba, Noé eligió a una paloma y, con sus tres hijos, abrieron la ventana del arca.

—Vuela a ver qué encuentras —fue la sucinta orden del viejo.

—Allá voy —respondió la paloma—, feliz de estar de nuevo entre el cielo y el viento.

Los animales, al ver entrar la luz, no se entusiasmaron como la primera vez. Apenas miraban de reojo, como para no perder del todo lo que podría suceder.

—Seguro, que luego nos vuelve a decir que por el bien de nosotros lo mejor es quedarnos a oscuras otra semana —refunfuño un pavo.

—Que la muerte sigue en el aire, como nos amenazó la última vez —agregó un carnero de cuernos encorvados.

Los comentarios de uno y otro animal no dejaron escuchar la exclamación de júbilo de Noé, cuando vio llegar a la paloma con una rama de olivo en su pico.

—¡Ya terminó el encierro!, ¡ya terminó!

Noé y sus hijos se abrazaron y con ellos sus esposas. La paloma voló presurosa a contarle a su parejo lo que había visto.

—Árboles muy verdes, esplendorosos… como nadie los imagina —arrullaba feliz la paloma, moviendo el cuello de un lado para otro.

—¿Y qué más pudiste ver? —preguntaron unos turpiales que estaban cerca.

—Un cielo límpido, hecho de un azul que al solo verlo le alegra a uno el corazón.

La noticia corrió de arriba hacia abajo en un alud de comentarios que se impregnaban al cuero, a los pelos, a la piel de cada ser vivo.

—Que hay pasto tan abundante como para alimentar a muchísimas manadas.

—Y las frutas cuelgan de toda rama, maduras o a punto de madurar.

—Que el aire es tan reciente que lo hace volar a uno con solo aspirarlo.

Pasado el regocijo y la exaltación, Noé consideró que debía volver a reunir a los animales para darles unas últimas indicaciones de lo que vendría. Una vez más se ubicó al centro del arca, acompañado de sus hijos. Jafet hizo sonar el cacho, pero para que la concurrencia guardara silencio.

—La buena noticia es que estamos salvados.

Muchas ovaciones y vítores retumbaron en el espacio del arca. Noé dejó que esa algarabía mermara y siguió con su discurso.

—Ya vi en el cielo el arco iris…

—¡El arco iris! —exclamaron los animales entusiasmados.

La gritería se convirtió en una exaltación de fiesta. Los ratones bailaban con los gatos y las gallinas saltaban de la mano de los zorros. Nunca antes hubo tantos abrazos juntos, nunca se había visto tanta fraternidad en la naturaleza.

—Pero no podemos salir todos al tiempo —dijo Noé—, así que tendremos que hacerlo por etapas, poco a poco.

—¡Como sea! —exclamó un rinoceronte.

—Lo que diga Noé —rugió el león, ansioso porque lo dejaran salir de su doble encierro.

Y Noé dispuso que los animales fueran saliendo por sectores, de acuerdo a una secuencia diferenciada por zonas y pisos que había ideado y compartido con sus hijos. Tal desalojo del arca les llevó buena parte del día. Pero a todos los animales les importaba poco esa demora, con tal de sentir de nuevo el sol y ver el anunciado arco iris.

El vigía de la ventana (3)

Niña mirando por la ventana Edward Münch

“Niña mirando por la ventana” de Edward Münch.

Abril 19 de 2020

Después de un mes de cuarentena podemos comprobar un rasgo de la condición humana: su capacidad para adaptarse a nuevas situaciones de vida. Quizá ahí esté la clave de nuestra permanencia en este mundo y lo que ha posibilitado la invención, el descubrimiento, la ciencia. Analizo lo que ha venido pasando y aventuro una analogía con los estadios de duelo o de muerte, descritos por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: primero, la negación al hecho, eso de que “a mí no me va a afectar”, o que acaecerá en países lejanos del nuestro; después la cólera o la incomodidad al saber que no se tomaron las medidas de cierre de fronteras a tiempo, que  no tenemos el suficiente número de camas disponibles,  que debemos asumir un encierro en nuestras viviendas; enseguida, la etapa del regateo, de los plazos que se van reanudando, de las excepciones que aspiran a multiplicarse para continuar con la vida cotidiana como se la traía hasta ahora; en unos días posteriores se entra en la depresión, en la tristeza y aumenta el miedo. Tantos encierro, tanta incertidumbre junta, conlleva a que baje el optimismo y se múltiple la angustia y la ansiedad; finalmente, entramos en la aceptación del hecho, de que el covid-19 no va a desaparecer en una semana y en la certeza de que debemos seguir viviendo a pesar de esta amenaza a nuestra salud y a mermar o entorpecer el dinamismo de la economía. Entonces, es casi seguro, comenzaremos a volver habitual lo que nos parece excepcional, convertiremos un práctica diaria el usar tapabocas, estaremos atentos a conservar la distancia social, planearemos de otra forma el comprar alimentos y, aunque nos suene inhumano, tendremos menos horror por el número de contagiados que seguramente aumentarán en los hospitales o en nuestras casas. Así, seguramente, esperaremos la vacuna, o nuestros propios organismos desarrollarán unos mecanismos de defensa que nos posibiliten el encuentro, las relaciones humanas, el ir a trabajar o adelantar proyectos de todo tipo, y una entusiasta afirmación cotidiana por continuar viviendo.

Abril 20 de 2020

Los deportes masivos están en crisis. En particular el fútbol que, como se sabe, es uno de abigarradas multitudes. En las noticias se anuncia que los campeonatos locales o internaciones se han cancelado y que, dependiendo la evolución del coronavirus, se tendrá que jugar a puerta cerrada. Podríamos aprovechar esta eventualidad para reflexionar sobre el deporte y las masas, un tema que apasionó a Elías Canetti. Porque, ¿qué aportan las masas, el público en vivo a un deporte, como el fútbol? Muchas cosas: la emoción, la tensión, el fragor de la contienda, el corazón hecho grito de cada hincha. Por eso, si se piensa en hacer certámenes sin público, se descubrirá que la entretención y gusto por este deporte no es tanto apreciar la técnica o el virtuosismo de los jugadores, sino otra cosa: la interrelación entre unos que actúan y otros que los apoyan; entre individuos que corren y patean, saltan y tratan de meter un balón en un arco, y un  grupo amplio de espectadores que toman partido por esa contienda. Tal vez haya deportes que por su esencia individual sea posible desarrollarlos en salones cerrados y con poquísimas personas observándolos; pero los deportes colectivos, esos basados en la fuerza, en el roce, en la gambeta, en el cuerpo a cuerpo con un oponente, perderán gran parte de su esencia. Y no lo digo solo por los aficionados, sino por los mismos futbolistas, quienes perderán la motivación de una tribuna, el apoyo emocional que provoca oír rugir a un colectivo de personas vitorear el nombre de su equipo, el coro de una masa que aviva el entusiasmo cuando decae el ánimo o se está padeciendo una derrota. A lo mejor, tendremos que hacer un ajuste emocional: de sentir y participar con los mismos hinchas en la disputa por un balón a verlos en diferido y en solitario desde nuestras casas. Quizá, recordando las ideas de Roger Caillois quien escribió un libro sobre Los juegos y los hombres, asistiremos a un desplazamiento: de un deporte de agon, o de lucha, a uno de mimicry, o de simulacro; algo así como dejar de ir en grupo a los estadios, para pasar a conformarnos con la pequeña y estática contienda de un futbolín.

El presidente, una vez más desde la sala del Consejo de Ministros, anunció que la cuarentena se prolongará otros quince días. Hasta el 11 de mayo estaremos en aislamiento preventivo obligatorio. A pesar de que se ha podido mermar un poco el avance del coronavirus, “no podemos bajar la guardia”, “relajarnos” o “cantar victoria”. Se mantendrá cerrado el aeropuerto y no habrá transporte intermunicipal, salvo para el acarreo de alimentos. El cambio es que se empezará a activar la economía en dos sectores: el de la construcción y la industria manufacturera. Eso sí, y en esto se insistió a lo largo de la hora de transmisión, con las medidas de bioseguridad más estrictas, como son el tapabocas, el baño continuado de manos, la distancia social, los turnos escalonados en los sitios de trabajo y una contratación especial de servicio de transporte para estos trabajadores. Se dijo también, que se podrá hacer deporte al aire libre, conservando condiciones de distanciamiento. Casi todas las nuevas medidas estuvieron acompañadas de la preparación, construcción o seguimiento de protocolos. Como bien se sabe, un protocolo es un conjunto de reglas o normas para guiar una acción o regular una práctica. Es una forma de homogenizar la acción, de interiorizar instrucciones y de unificar ciertos procedimientos. Así que, si en nuestra idiosincrasia tropical lo corriente es no leer el manual de instrucciones, ahora tocará –gracias al covid-19– no solo conocerlo, sino aprender a cumplirlo. Seguramente no será fácil, porque eso demanda disciplina, persistencia, y una regulación colectiva que generará discusiones y “molestias” cuando alguien imponga obedecerlas. Los protocolos direccionan, estandarizan y permiten un control; serán habituales las listas de chequeo, el monitoreo permanente y una reeducación de la conducta. Los protocolos son un modo de mermar los comportamientos individuales y lograr unas pautas homogéneas de las personas en las actividades y los procesos. Como se adivina, los protocolos son un recurso para mermar la improvisación, el azar y los caprichos personales de cara a la amenaza de la pandemia; es un modo de combatir lo incierto a partir de una concreción administrativa de “hacer todos lo mismo”.

Abril 22 de 2020

Escucho por la radio una entrevista a la alcaldesa Claudia López sobre sus declaraciones de no permitir la activación de los trabajos de manufactura el próximo lunes 27, entre otras cosas porque no están los protocolos terminados. El periodista le pregunta si esa medida fue consultada con el presidente y, ella, le responde que sí. El periodista insiste en que si eso ha sido así, por qué entran en contradicción las medidas del alto mandatario con las de ella o si es que sus argumentos no son tenidos en cuenta. La alcaldesa le responde que no va a entrar en esas confrontaciones y menos ahora cuando de lo que se trata es de un problema que pone en juego la vida de las personas. Enseguida agrega que hay una diferencia entre promulgar decretos y otra, bien distinta, ejecutarlos. Y que para el caso del coronavirus, habría que mirar si esas medidas pueden aplicarse homogéneamente a todos los municipios o de manera idéntica para todos los departamentos. Insiste en que hay que basarse en datos y ver cómo evoluciona la pandemia en cada caso. En síntesis, que Bogotá —por tener más de ocho millones de habitantes y por tener el más alto número de contagiados, casi mil cuatrocientos— no puede ser lo mismo que Medellín o Quibdó. Las respuestas de la alcaldesa me dan pie para traer a cuento la tensión que ha habido, durante siglos, entre lo local y lo nacional, o entre lo nacional y lo internacional, o entre el centralismo y el federalismo. Y si, es suficiente, para un país tan grande como Colombia, en el que hay regiones claramente diferenciadas, sirven medidas que pretendan uniformar procedimientos, resolver problemas o ejecutar normas administrativas. Para todos es evidente que las grandes ciudades requieren protocolos distintos al sector campesino, y que no puede ser igual reactivar la vida cotidiana en un pueblo de un millón de habitantes a otro que quintuplica esa población. De allí que los protocolos, tema que se ha vuelto “tendencia” en estos días, deban consultar los contextos, enfocar las acciones, incluir las particularidades o excepciones, contemplar las contingencias específicas. Tal vez el afán por salir de la pandemia, por retornar a la vida como antes, nos hace perder esta capacidad de foco y diferenciación de las realidades. Porque sí es cierto que legislar o promulgar una norma de alcance nacional —amparada en favorecer a la mayoría—, resulta difícil de aplicar o cumplir cuando ya llega a las regiones o a los municipios de la denominada “Colombia profunda”. Pueda ser que este covid-19 nos ayude a comprender que si no se consulta y se legisla teniendo en cuenta las necesidades y condiciones de lo local, los decretos y buenas iniciativas centralistas quedarán en el limbo de la ineficacia, el incumplimiento o la improvisación.

Poner a pelear a los dirigentes, esa ha sido una de las formas como el periodismo, especialmente radial y televisivo, busca material para llenar sus espacios. Y si bien estamos viviendo una pandemia, si afrontamos una emergencia sanitaria, los periodistas persisten en buscar “el puntico”, “la frase”, el “comentario” de un dirigente para ponerlo en contrapunteo con otro que, por lo general, forma parte de una filiación política diferente. A veces se disfraza esta práctica cizañera de los periodistas con “buscar la verdad” o, lo que es más grave, “ayudar a la opinión pública”, pero lo que en realidad muestra este afán de “encender la pelea”, es dejar de analizar un problema para pasar al campo de mover las pasiones de las personas. Hay algo de tinte “amarillista” en estas maneras de “informar” y mucha, pero muchísima, falta de prudencia en un oficio que, más en épocas de incertidumbre, angustia y temor como las actuales, necesitan que los expertos en comunicación sopesen la lengua, aquilaten sus emociones, dimensionen el alcance social de iniciar o propagar una u otra polémica. Los mismos políticos deberían dejar de hablar echando puyas, de estar arengando a los desinformados, de prestarse a una disputa momentánea y novelera en la que lo menos importante es el bien común, sino reforzar la vanagloria de determinados periodistas o contribuir a mantener un alto índice de audiencia en algún medio masivo de comunicación. Ante la duda  y la indeterminación provocadas por coronavirus es fundamental la mesura, el análisis, la contención de las opiniones gratuitas. Ese tendría que ser, también,  uno de los reaprendizajes para los que dirigen o tienen bajo su orientación un noticiero radial o un telenoticiero: comprender que el periodismo es, esencialmente, una profesión de servicio público.

Abril 23 de 2020

Desde hace días, en las ventanas de algunas casas o edificios se ha puesto un trapo rojo, indicando que ahí reside un necesitado de ayuda humanitaria o alguien que requiere alimento. Esos trapos rojos son como banderas que denuncian el hambre, que gritan a los pocos transeúntes o a las entidades de servicio social una ayuda para enfrentar el aislamiento provocado por la pandemia del coronavirus. En muchos de esos casos, se trata de inmigrantes venezolanos; en otros, de personas solas o que sobreviven mediante el “rebusque” cotidiano, o miembros de ese amplio grupo de trabajadores de la economía informal. El trapo rojo sirve de señal de advertencia, pero también de signo de contagio: aquí está un damnificado, aquí habita un individuo que soporta la pobreza extrema, aquí hay un ser humano que solicita con urgencia la colaboración y la solidaridad de sus semejantes. Si bien los contagiados son aislados en habitaciones o lugares especiales, estos que exhiben sin vergüenza el trapo rojo en sus ventanas, son otras víctimas del covid-19; ellos también padecen un contagio: el del abandono, el desarraigo o la miseria. Hay tantas formas invisibles de infección social, tantos estigmas ocultos que, debido a esta pandemia, salen a relucir, como pequeñas manchas coloradas en medio del gris de la ciudad. Pero ya no se trata de exponer la bayetilla roja para anunciar un producto, como era la costumbre de los carniceros, sino de izar una prenda de este color, exhibirla al público, para que la pasiva compasión o las buenas intenciones de la gente se transformen en alimento, en ayuda real que contribuya a seguir viviendo.

A un médico en el norte de Bogotá le dejaron escrito a la entrada de su apartamento un mensaje amenazante: “Doctor si no se va matamos a su esposa e hijos”; y en Buenos Aires, para solo mencionar otro ejemplo, a la viuda de un enfermero que murió por coronavirus, los vecinos le han dicho que si no se va, le van a quemar su vivienda, para que no “infecte el barrio”. Son muchos los profesionales de la salud que han sido objeto de discriminación, señalamiento o agresión verbal por ser ellos, precisamente, los que tienen un mayor contacto con los enfermos de la pandemia. Y lo que manifiestan estos “afectados” es su tristeza al no entender la reacción de la gente, cuando su riesgoso ejercicio está en servir a la comunidad. “Somos los más conscientes de cumplir todas las medidas de protección, y más cuando pensamos en cuidar a nuestra familia”, dicen. “Seríamos las personas menos peligrosas para un contagio”. Estos hechos, claramente reprochables, pueden ser el resultado de la intolerancia con el “diferente”, con el “distinto”, con las personas que desestabilizan una moral mayoritaria, contravienen una ideología, o rompen la “tranquilidad” de un orden de cosas establecidas. Porque parecidos mensajes se les envían a los líderes comunitarios, a aquellos que no pertenecen al mismo partido político, o a los “sospechosos” de promulgar ideas extrañas o contrarias a las de la mayoría. Por supuesto, al estar confinados, eventos como el del médico o la viuda del enfermero nos parecen dignos de rechazo. Pero en países como el nuestro, en el que nos cuesta convivir con el “diferente”, se han vuelto costumbre estas manifestaciones del chantaje, del “boleteo”, de la intimidación excluyente y anónima. Somos intolerantes hasta el delirio: “váyase de aquí” ha sido el mensaje que hemos usado desde hace muchos siglos para evitar el contagio no solo de enfermedades físicas, sino de esas otras infecciones que se propagan en nuestra cabeza y en el mundo afectivo de nuestras pasiones.

Si no hay fútbol en directo, ¿qué hacen los canales nacionales o de tevecable para remediarlo? ¿A qué han acudido? Al pasado, a las repeticiones de “partidos históricos”. Recordar, rememorar, volver a ver el ayer. Los largos confinamientos, los encierros obligados, al mermar la acción de nuestras manos o nuestros pies, conducen toda la atención al ejercicio de la memoria. Al estar confinados, enclaustrados en nuestras casas, al no tener la libertad de movernos en el campo de la vida cotidiana, lo que renace o se aviva es el pasado. Este ha sido el recurso de los hombres cuando ya no están ni pueden ser protagonistas de fascinantes aventuras: acudir al recuerdo de pretéritas odiseas para mantener el fluir de la vida. El aislamiento, la inacción, crean unas condiciones ideales para que la conciencia del tiempo deje de ser el de la prisa, el de “en directo”, y se vuelva un lento reencuentro con lo ya vivido. La evocación de hechos significativos, el reencuentro con eventos cargados de alta valoración, es el modo como los seres humanos rompen la monotonía de hacer siempre lo mismo para estar a sus anchas en los paisajes de la recordación. Los territorios del pasado son mucho más amplios que los linderos del presente. El aficionado, mirando en una pantalla la repetición de una final de fútbol de hace varios años, busca en el recuento del ayer un remedio contra su tristeza de hoy. De allí la importancia del relato, de la historia, como medios para recuperar lo perdido y, a la vez, un modo de seguir cultivando la imaginación, la capacidad de mantener intacto el heroísmo, cuando las fuerzas decaen o están debilitadas por una cuarentena interminable.

El presidente quiere meter en cintura a los bancos para que atiendan los clamores de las medianas empresas, de los comerciantes que no saben cómo pagar su nómina, de los ciudadanos que esperan con prontitud los ansiados préstamos. Es un llamado de atención tardío, porque el gobierno, y no sólo éste, siempre han mostrado una actitud cómplice y alcahueta con todos los costos e intereses que estas entidades multiplican sin consideración a sus clientes. Los congresistas claman, con gestos demagógicos de solidaridad, que los bancos tengan tasas más bajas, acordes a la situación especial que ha traído el coronavirus. Pero la respuesta de los directivos de estas entidades, en general, es la de que “los bancos no están para arriesgar”; o si hacen algunos desembolsos, los intereses no se apiadan de la “crisis” de los necesitados. Basta mirar un ejemplo personal: llega a mi correo el recibo de una tarjeta de crédito, incluyendo arriba, en fondo rojo, un aviso de cobranza, explicando en detalle de cuántos son los intereses, según dure en pagar, so pena de ser “reportado mi comportamiento negativo a las Centrales de Riesgo”. El recibo señala, así me haya tardado dos semanas en pagar –por estar cumpliendo el confinamiento–, que debo hacer el pago de manera “inmediata”. Hay demasiada falsedad en esos mensajes bancarios que llegan al whatsapp o al correo diciendo, “queremos que te cuides, quédate en casa… tu banco ha creado diferentes alivios de pago”; porque tarde que temprano, su veredicto será una factura con un término implacable de vencimiento. Con pandemia o sin pandemia, así difieran tu deuda a doce meses, llegará el extracto con el monto que debes pagar y, debajo, la respectiva suma de dinero, correspondiente a la ampliación de tu deuda. La usura no ha tenido ni tiene corazón. Por eso es que los bancos en el último año reportaron ganancias por más de once billones de pesos.

Abril 24 de 2020

La Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría han sumado esfuerzos para controlar que los dineros de apoyo destinados a aliviar la crisis desatada por el coronavirus no terminen desviándose de su propósito original. Porque lo que denuncian estos estamentos de control es que hay “irregularidades en la contratación” y “usos indebidos del dinero público”. Gobernadores, alcaldes y otros funcionarios, amparados en la crisis sanitaria, han sacado otra vez cuantiosos porcentajes para su beneficio. Hasta al Ministro de agricultura se le ha abierto investigación por la “asignación de créditos blandos que terminaron en las manos de los grandes agroindustriales y no beneficiando a los pequeños productores del campo”. Uno podría pensar que dadas las circunstancias desfavorables en que estamos hoy, ocasionadas por el coronavirus, haría que estos inescrupulosos no tocaran estos dineros. Pero ya se advierte que hay por lo menos 38 casos de flagrante corrupción. Lejos queda la solidaridad, invisible el hambre y la suerte de trabajadores humildes, cuando reaparece una práctica inveterada y de uso corriente en políticos y funcionarios regionales. Más que optimizar una ayuda económica o buscar la mejor manera de subsanar las inequidades sociales, lo que hacen estos corruptos es darse mañas para adulterar documentos, desviar el fin de unos recursos, amangualarse con otros inescrupulosos para inflar unos gastos o falsificar unos resultados. Todo lo que tenga el epíteto de público en lugar de producir un deseo de salvaguarda y control permanente, parece más un campo de rapiña, de desgreño, de terreno de nadie sin ninguna protección. Así tratan las oficinas, el mobiliario, el transporte, los servicios: si saben que son públicos, ya es razón suficiente para romperlos, hurtarlos o dejarlos a la intemperie. Compruebo en esa relación con lo público no la actitud de respeto hacia lo que es un bien común, sino la astucia bárbara del saqueo y el vandalismo.

Abril 25 de 2020

Después de cuarenta días salí a la calle a tomar el sol. La alegría de caminar se sumaba a la grata sensación de recibir la brisa. Vi muy poca gente en la calle cubiertos con tapabocas y uno que otro local comercial abierto. Mis pasos parecían descubrir de nuevo las casas conocidas, los sitios familiares, las calles tantas veces recorridas por mis pies. Una conmoción de libertad le insuflaba a mis pasos energía, como si reclamaran para ellos el alimento ansiado, la cuota de agua esperada al concluir una larga travesía. Es emocionante y grato sentir la tibieza del sol en la espalda, tener otro paisaje en el horizonte, sabernos libres de ir por cualquier avenida, recuperar el movimiento corporal en toda su plenitud. Imagino la falta del parque, de los juegos de locomoción, del césped  y los árboles, que tendrán los niños en esta etapa del confinamiento. No son suficientes las entretenciones o los videojuegos, no basta con el “playStation”; resulta indispensable también correr, saltar con la mascota, poder tirar y recoger una pelota. Pero lo que más me ha entusiasmado de esta corta salida es el hecho de “estirar las piernas”, de andar varias cuadras sin la obstrucción de las rejas en las ventanas de mi casa. Al menos para mí, caminar es un bálsamo para aliviar mis cuitas, el mejor ambiente para meditar, la escuela cotidiana donde aprecio el trasegar de la realidad. Esto ha sido lo más difícil del encierro obligatorio: privarme de recorrer las calles de mi querida ciudad de Bogotá, renunciar a esos caminos grises que de tanto marcarlos con mis huellas, conforman un mapa de mi propia historia. He recordado el relato bíblico del diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches y el encierro de Noé en el arca, y pienso que la caminata que he realizado esta mañana es semejante al segundo vuelo de la paloma en el vasto azul y su regreso con una ramita de olivo verde.

Abril 26 de 2020

Según el gobierno, después de haber hablado de manera genérica de que mañana se reactivarían los sectores de la construcción y la manufactura, ahora advirtió que esto iba a darse de manera gradual y progresiva. “El gobierno abre la puerta, pero son los alcaldes los que abren la llave de la gradualidad”, afirmó el ministro de comercio, industria y turismo. A veces la premura o la presión de grupos económicos, hace que los gobernantes anuncien medidas que luego, cuando ya se van a llevar a la práctica, muestran la necesidad de mayor tiempo para su implementación o alcanzar a preparar una logística minuciosa. Tan es así que los protocolos sanitarios hasta hace pocos días se están difundiendo y muchas empresas tienen dudas sobre qué es lo correcto y cómo deben proceder para evitar propagar el coronavirus. En algunos departamentos se va a pedir el Pasaporte sanitario y, en otros, los industriales deberán inscribirse en un portal virtual, llenar unos requisitos y esperar la aprobación de las alcaldías para saber que pueden empezar a funcionar. Por todos los medios de información se habla sin cesar de seguir los protocolos pero, poco se piensa en que esto demanda la adquisición de unos hábitos que, como se sabe, no son fáciles de interiorizar. Advierten que debe respetarse la distancia social, que todo el mundo debe salir con tapabocas, que se puede trotar a ciertas horas y únicamente en el radio de un kilómetro del sitio de residencia, que los sitios de trabajo deben contar con gel antibacterial suficiente, varias estaciones para lavarse las manos, que los puestos de trabajo deben estar por lo menos a dos metros de distancia, que debe tomarse la temperatura de los empleados antes y después de terminar labores, que apenas se llegue de trabajar hay que quitarse la ropa, ponerla en un sitio especial para desinfectarla, y cambiarse por otra que no vaya a estar contaminada. Esta es una situación difícil y generadora de alto temor, con un doble filo igual de cortante, porque como dijo un obrero de la construcción: “Me da miedo salir a la calle, pero tengo que trabajar”. Como sea, todo este afán por la reapertura económica tiene una buena cuota de riesgo; no se sabrá sino hasta dentro de unos quince días o más, cuántos infectados nuevos hay, cuántos contagios se producen por los insensatos que no siguen los protocolos, o por todos los empresarios que le hacen “pequeñas trampas” a las normas o las “adaptan” de tal manera con tal de no cumplir la ley. Tal vez esta prisa por volver a la “normalidad” sea, precisamente, una forma de no entender la medula de lo que está pasando. Porque para nada es normal andar con tapabocas, guantes, lavándose las manos cada dos horas, aplicándose antibacterial, alejados de las personas con que trabajamos, sospechando del colega que atraviesa la frontera del escritorio, imposibilitados para la movilidad, yendo como encarcelados de la prisión al lugar de trabajo y del sitio de trabajo a las cuatro paredes de nuestro confinamiento. Por eso los protocolos son documentos sacados de afán, por eso son más las preguntas que los procedimientos claros. Al querer retornar a una realidad que no puede ser la misma, hacemos el simulacro de retornar a ella, pero con los imaginarios de un pasado convertido en costumbre. Esta actitud se asemeja, según me contó un amigo maestro, a la niña de un colegio que, todas las mañanas, se levanta, se baña, se pone su uniforme y se sienta en la mesa del comedor a tomar clases virtuales por un computador. Pasará un buen tiempo, quizá años, para que esta “anormalidad” nos parezca “normal” o, una vez se tenga la vacuna, podamos recuperar los hábitos y costumbres que ya nos eran familiares y no necesitaban de ningún protocolo policivo para llevarlas a cabo.

Abril 27 de 2020

Salí a pagar un recibo al banco y noté un número de ciclas mayor que el de estos últimos días, un tanto más de vehículos y varias personas esperando a la entrada de locales de venta de materiales de construcción. Algunas de ellas con los tapabocas puestos y otros con ellos en el cuello o haciendo las veces de balaca. En el banco está señalizada, mediante cintas, la distancia dentro del establecimiento pero, afuera, es una vigilante la que regula el distanciamiento obligatorio. No obstante, observé a un grupo hablando en corrillo. No todos los que caminan siguen las instrucciones de protección. En varias de las droguería del sector aparecen letreros escritos a mano en los se anuncia: “Sí hay antibacterial”, “Sí hay guantes”, “Sí hay alcohol”, Sí hay tapabocas”. Y si hace un mes esos avisos dentro de los locales anunciaban que no había ninguno de estos productos, ahora es todo lo contrario. Vi busetas azules del servicio público con personas sentadas una detrás de otra y camiones descargando alimentos. Pregunté el costo de una caja de guantes de nitrilo y me dijeron que valía cuarenta mil pesos (antes el precio no sobrepasaba los veinte mil). En un supermercado se informa en una cartelera escrita con marcador azul que las personas deben usar guantes para manipular los alimentos y si no lo hacen será “bajo su propio riesgo”. Los pequeños locales de comida, anuncian que ofrecen “almuerzo ejecutivo” a domicilio; se mencionan los teléfonos de contacto. Si bien las personas en la calle evitan andar juntas, miré a las afueras de las cafeterías a pequeños grupos de dos o tres individuos compartiendo un tinto con el tapabocas abajo. Los recicladores siguen esculcando las basuras sin ningún instrumento de protección. Algunas peluquerías y centros de belleza tienen sus puertas a medio abrir, como si estuvieran prestos a cerrarlas apenas aparezca la policía. Casi todas las tiendas han puesto sus mostradores como otra barrera para el público o atienden separados por rejas de hierro. El pico y género se cumple parcialmente. Una buena parte de los dueños o vendedores de establecimientos de comidas o de otros productos están a la expectativa, mirando a la calle, detallando a los pocos transeúntes que pasan, con una actitud de desconsuelo o de súplica para que se detengan a comprarles. Describo todo esto para captar el ambiente que se respira en un barrio popular de estrato tres, en el último día de la primera cuarentena (se sabe que la segunda fase llegará hasta el 11 de mayo) y la expectativa del reinicio “gradual” y “progresivo” de dos sectores, el de la construcción y el de las manufacturas que, por ahora, están inscribiéndose en las plataformas de la alcaldía, adjuntando los protocolos en que muestren cómo van a cumplir las normas de bioseguridad, y después de todo este proceso, obtener la aprobación para su funcionamiento.

Abril 28 de 2020

El presidente insistió hoy, en su hora habitual por la televisión, en la disciplina individual y colectiva, para ser más estrictos con los protocolos y las medidas del confinamiento obligatorio. Y a pesar de que ciertos gobernadores dicen que “todo va muy bien”, lo cierto es que en ciudades como Cartagena y Santa Martha los alcaldes han tenido que hacer uso del toque de queda para “obligar” a las personas a cumplir el aislamiento. Más de 200.000 comparendos en todo el país ha impuesto la policía por violar la cuarentena, y la mayoría de los infractores son jóvenes. Poco vale el pico y cédula, el pico y género, el pico y NIT; los “ciudadanos” salen el día que no es, abren el negocio sin tener medidas de bioseguridad, se reúnen en fiestas sin atender la distancia social, les resulta insoportable resguardarse en su casa… Pienso que esta es la consecuencia de tener morales todavía reguladas por la heteronomía, por la figura del policía, y poco, muy poco, articuladas desde la autonomía. Eso de una parte, pero además, la disciplina requiere un desarrollo personal, una educación de la voluntad que nos “obligue” desde adentro, sin esperar la aprobación ajena o el “regaño” de una figura de autoridad. Disciplinarse tiene mucho que ver con la formación del carácter y, en eso, cuenta enormemente la crianza y la escuela primaria. Disciplinarse en ponerle brida a los caprichos, pulir nuestros arrebatos, someter nuestros instintos inmediatistas al acatamiento de las convenciones y pactos de convivencia. La disciplina está asociada a los hábitos y éstos a una conciencia profunda del cuidado de sí y de los demás. Disciplinarse, más que una tortura o un sacrificio, es adquirir la conciencia del esfuerzo para alcanzar cualquier logro, es poner el empeño y la persistencia para alcanzar metas de largo aliento, es saber gobernar nuestras pasiones con el propósito de conservar la propia vida y la de los demás. El que se disciplina, a pesar de la amenaza actual del coronavirus, mantiene un cuidado permanente de su cuerpo, y por eso convierte el ejercicio físico en una práctica diaria; sopesa el alcance de sus acciones y, en esa proporción, mide el grado de sus responsabilidades; logra cultivar una afición, un arte, así la cotidianidad lo agobie con obligaciones labores; aprende a planear sus actividades y sus gastos, porque tiene sentido de la previsión y de la dosificación de sus fuerzas. Creo que la disciplina, con el tiempo, se transforma en una forma de prudencia que alimenta nuestra sabiduría. Ojalá logremos en algún tiempo futuro, como personas, como comunidad, no necesitar de comparendos para ser disciplinados y acatar la ley; que hallamos superado una moral regulada por el miedo, a otra, más serena, de ser “obedientes” o “responsables” por  convicción  y por un profundo discernimiento de los límites de nuestra libertad.

Abril 29 de 2020

La ministra de Educación informó hoy que, para ayudar a estudiantes y maestros durante esta pandemia, habrá televisión educativa las 24 horas. A partir del 4 de mayo, se emitirá “Mi señal” por la televisión y la radio pública y los canales regionales, además de la televisión digital terrestre. De igual manera, se ha previsto otra estrategia para acompañar a los docentes: “Conectados con el aprendizaje”, que tiene como objetivo mostrar guías y videos que contribuyan al conocimiento y manejo de herramientas digitales. Me llama la atención, en tiempos del coronavirus, la revaloración de la radio educativa y televisión educativa, después de que por muchos años los canales y emisoras los han despreciado o subordinado de las parrillas de programación. Ha sido tal el entreguismo al “rating” y a la mera entretención que, resulta “extraño” este descubrimiento de una de las funciones esenciales de los medios masivos de comunicación: educar. Por lo demás, a veces estas medidas descubren, al momento de ponerse en práctica, que hay regiones, que no a todas personas les llega la señal, que este es un país de cordilleras, y que si de veras se desea llegar a los estudiantes de nuestros pueblos más lejanos, la radio sigue siendo una de las mejores las alternativas. Recuerdo la apuesta de Radio Sutatenza, en la década de los 60, para educar a los campesinos, al igual que los programas derivados de la comunicación para el desarrollo, que respondían a una televisión educativa, con sentida preocupación social. Y es una lástima que el centralismo de la programación televisiva, considere ahora sí, que son importantes los canales regionales, pues son ellos los que en realidad conocen y llegan a las veredas más alejadas de la capital. Ojalá estas iniciativas de recuperar la radio y la televisión para enseñar o ayudar a los maestros, recuerde o aprenda ciertos principios de ese entonces: que los actores no son meros receptores, sino protagonistas de la misma programación; que un medio no es igual a sus mediaciones; y que la apuesta de todas esas iniciativas de educación popular tenían como norte ayudar desarrollar el pensamiento crítico, recuperar las voces de los silenciados y, como nos lo enseñó Paulo Freire, orientar la pedagogía hacia acciones liberadoras, no solo personales, sino colectivas.

Celebrar el día del idioma

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Monumento a Miguel de Cervantes en la Plaza España, Madrid.

Esta semana se celebró el día mundial del idioma. Un homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra, fallecido el 23 de abril de 1616, y autor de esa obra magnífica en lengua española Don Quijote de la Mancha. Una fecha para enaltecer el valor del idioma, su función social y sus potencialidades creativas ligadas a la imaginación y lo maravilloso. Imbuidos por ese espíritu de celebración, reflexionemos un poco sobre la importancia del idioma.

La premisa inicial  consiste en recordar que la lengua es el medio que nos permite entrar en relación con un mundo, con una tradición, con un legado cultural. Desde la cuna vamos aprendiendo sonidos y vocablos que, además de proporcionarnos unas claves para comunicarnos, configuran nuestra mente de una particular manera. La lengua, en este aspecto, se asemeja a la leche nutricia de nuestra madre, pues nos provee un alimento intelectual, un fluido que nos conecta con nuestros antepasados y, por ellos, de un conjunto de creencias, de formas de interactuar, de simbolizar; en fin, de una cosmovisión. Así que el idioma es un puente con el pasado que, al aprenderlo, se extiende hacia el porvenir.

Decía que la lengua, su aprendizaje, nos provee de unas herramientas simbólicas con las que creamos una segunda realidad. Mediante el lenguaje tomamos distancia de las condiciones físicas o naturales y empezamos a construir regímenes de signos, códigos, que favorecen la socialización, la elaboración de normas, la creación de mundos posibles. Con ese lenguaje, interiorizado, hablamos con nosotros mismos y establecemos vínculos con nuestros semejantes. El lenguaje nos ha hecho habitantes del tiempo, nos ha dotado de conciencia, nos ha permitido hacer presente lo ausente. Esta facultad de simbolizar es la que nos ha permitido avanzar en la evolución de la especie y la que, de manera diversa y extraordinaria, ha posibilitado la ciencia, el arte, las innovaciones más insospechadas.

El idioma, de igual manera, ha sido un canal idóneo para expresar nuestras emociones más viscerales, un vehículo que contribuye a sobrepasar el grito y la mueca. El lenguaje ha logrado, poco a poco, encontrar caminos para que la agresión, la fuerza, la violencia salvaje, puedan transformarse en caricia, en solicitud o pactos de convivencia. Si bien seguimos atados a instintos de sobrevivencia y procreación, si hay en nuestro ser atavismos de animalidad, lo valioso del lenguaje es que nos ha provisto de palabras, de un vocabulario sutil que cambia la garra por la caricia, la ofensa por el vínculo, la metáfora por la tosquedad. El idioma ha abierto caminos, sendas para que el dolor o la alegría, el sufrimiento o el placer, tengan vías de manifestación o esclusas para evitar el mutismo en soledad o el aislamiento de no ser entendidos. Gracias a ese papel del lenguaje los seres humanos pudimos darle un rostro a los padecimientos, una orientación a las urgencias del cuerpo, un escenario íntimo a nuestras pasiones.

Una consecuencia adicional de apropiarse de un idioma es la de proveernos de una identidad tanto personal como colectiva. Somos las palabras que tenemos y decimos, y somos las palabras de las cuales participamos en un territorio determinado. El lenguaje nos da una ciudadanía, nos acuña una patria en la piel, nos vuelve oriundos de una zona geográfica. Hay realidades que únicamente pueden ser dichas con ciertos términos, y hay lenguajes que pierden su sentido, si ya no tienen el contexto que los anima y les da vida. Buena parte del reconocimiento ajeno de lo que somos proviene del lenguaje que testimoniamos o del que usamos cotidianamente; construimos una identidad personal mediante las palabras que creemos y esas otras que son dichos, frases coloquiales o estilos particulares de nominar el mundo que habitamos. Además, el lenguaje individual, al sumarse a otros coterráneos, va perfilando los rasgos de identidades nacionales, las marcas de la idiosincrasia de un país. Digamos que el idioma es una señal más de nuestra personalidad, y  otra marca de filiación con un paisaje, con las cicatrices ambientales de un terruño.  

Desde luego, al idioma se lo ve dinámico y vital  en la oralidad,  en el diálogo, en las interacciones humanas; es una moneda intelectual para todo tipo de transacciones e interrelaciones, para fortalecer modos de asociación y maneras de enseñar y aprender. La oralidad es el idioma que alumbra con su luz el diario vivir de las personas; es el lenguaje que nace de la “tribu” y vuelve a ella para movilizarla y enriquecerse con el trato, con el uso frecuente. Pero, de igual modo, el idioma se consolida en escritura, en los variados textos que los hombres han inventado para hacerlo documento, registro, canto o elegía, relato o ritmo que toca el corazón. El lenguaje, en estos casos, se afina, se pule, se trabaja como pieza de filigrana hasta adquirir una delicadeza, una forma especial, que llamamos literatura. No sobra repetir esto: el idioma se cultiva, y gracias a la escuela o la persistencia de ciertos creadores, se vuelve otra cosa: una materia creadora de nuevos mundos, un espejo para reconocernos, un arte que toca las fibras profundas de la condición humana.

Los idiomas no son  estáticos, cambian, mutan; están llenos de las mismas vicisitudes por las que pasan los grupos sociales; sirven para incluir o excluir, para decir la verdad pero, de igual modo, para engañar y mentir. El lenguaje, en esta acepción, es útil a ideologías, a credos religiosos, a órdenes institucionalizados del pensamiento. Y si bien quisiéramos que fuera abstracto y aséptico, lo cierto es que está teñido de intereses, de modos de ver, de fines políticos. Los grupos de poder, los dirigentes o líderes han usado el lenguaje para acomodarlo a sus propósitos, bien sea liberadores o de sumisión. Varias han sido las luchas y la sangre derramada por la aceptación o rechazo de un vocabulario; por la supresión o presencia de una palabra. El idioma ha estado al lado de los seres humanos haciendo las veces de un arado, una espada, una insignia de fe. 

Al tener esa cualidad dinámica, el idioma ha ido evolucionando hasta consolidarse en gramáticas o prescriptivas que regulan su aprendizaje, su dominio y perfección. Del habla inmediata y confusa se derivó una retórica sofisticada y altamente persuasiva. Otro tanto puede decirse del lenguaje escrito que no sólo desarrolló un abanico de géneros, sino que forjó una técnica para lograr la claridad, la organización de las ideas y el efecto estético. De igual modo, existen academias y centros que velan por la salud del idioma, por atender las dudas en su uso y para conservar los mejores ejemplos de cada una de sus manifestaciones. Y las escuelas, en sentido amplio, junto con las bibliotecas son también promotoras y custodias de este invento inigualable del lenguaje.

Celebrar, entonces, el día del idioma, es una ocasión para analizar de nuevo su indispensable función en la sociedad, los variados alcances de su aprendizaje, la riqueza imaginativa que contiene. Por eso, además de cuidar de él, de tallarlo cada día, de saber elegir cuándo es útil y cuándo produce un efecto negativo, esta fecha es una oportunidad para revisar si mantenemos con el lenguaje una relación frecuente y entrañable, si cada día procuramos ampliar esa parcela del idioma, si contamos con un suficiente repertorio como para lograr decir o escribir la palabra precisa, el vocablo pertinente y oportuno. Y todavía más: celebrar el día del idioma es un llamado de atención al uso reduccionista del lenguaje, al neocolonialismo de ciertos idiomas, al abandono de las lenguas indígenas. Porque, si lo miramos con detenimiento, el idioma es herencia y legado de una memoria personal y colectiva.

El vigía de la ventana (2)

Fotografía de František Skála

Fotografía de František Skála.

Abril 5 de 2020

Los telenoticieros y la radio han empezado a explorar no en el alarmismo de las cifras, no en el conteo nacional y mundial de infectados o muertos por el coronavirus, sino a mostrar casos, testimonios de los que ya han sobrevivido o están viviendo “acuartelados” las inclemencias de esta enfermedad. Lo particular comienza a tomar valía, relevancia. Al no tener mucha materia nueva para informar, al no contar con el afuera y sus interrelaciones para transformarlos en hechos noticiosos, los medios masivos de información recuperan al individuo, a la persona, al hombre común y corriente. Los politiqueros y sus negocios torcidos, los ministros y sus polémicas determinaciones, los empresarios o banqueros arrogantes, dejan de ser importantes, pasan a un segundo plano, y los que aparecen o se escuchan con gran atención son los seres anónimos, los que viven al día, los que con valentía sobrevivieron a la epidemia. Lo cualitativo recupera su alcance y validez frente a lo cuantitativo; el testimonio y los relatos de vida se imponen sobre los porcentajes y las tablas estadísticas. Cabe preguntarse, a manera de crítica a estos medios, ¿por qué sólo hasta ahora aprecian o toman en cuenta esas personas o les parece importante para sus agendas noticiosas dar tiempo y voz a la gente común y corriente? O para ser más directos: ¿por qué convertir espacios de información en sólo una tribuna de los políticos y los entes gubernamentales, de la clase hegemónica o los grupos económicos de poder? Y todavía más: ¿dónde quedó la reportería, la crónica y el periodista de a pie, que entraba en relación con los actores y los acontecimientos, y que sabía que su oficio no era únicamente alimentar bien la opinión pública, sino, y esto es fundamental, contribuir a enriquecer las miradas, las perspectivas, las interpretaciones sobre determinado asunto? La pandemia ha obligado a los medios masivos de información a que sus prácticas se asocien con la etnografía, la antropología cultural y el servicio social. La cultura del espectáculo, masiva y anónima a la vez, cede sus lentejuelas y espejismos al humilde relato individual.

Abril 6 de 2020

En la medida en que aumentan los días de aislamiento obligatorio y se anuncia, todavía sin la confirmación oficial del Gobierno, otro período de cuarentena, se acentúa el debate entre dos sectores afectados fuertemente por esta pandemia: la salud y la economía. Hay un bando que prioriza el bienestar y la prevención de la enfermedad sobre cualquier otra razón y, un grupo, que clama por no alagar más el estancamiento de la economía, por retornar pronto a abrir los negocios y las empresas. Cada bando aduce argumentos válidos, y cada uno trata de presionar a los dirigentes o a quienes tienen la responsabilidad de tomar estas severas medidas. También están los que dicen que es un falso dilema, porque no puede desarrollarse en la sociedad un aspecto sin el otro. Yo pienso que el problema amerita verse en perspectiva macro y micro: si la infección creciera exponencialmente, como ha sucedido en Italia o en España, lo más seguro es que la cuarentena se impondría sobre el afán comercial o las pérdidas económicas. La conservación de la vida, aún en otras especies, se impone sobre aspectos que parecen imposibles de estancar. O piénsese, en una escala menor, cuando una enfermedad nos echa a la cama durante un buen tiempo o cuando debemos hospitalizarnos, en esos casos, así no queramos, tendremos que renunciar a hacer lo que veníamos haciendo, postergar lo que parecía importantísimo y padecer la falta de ingresos, la angustia por las responsabilidades familiares, la zozobra de no ir a sufrir una recaída. Si es la vida lo que está en juego, lo demás pasa a un segundo plano o tiene que entrar en una hibernación que pone en vilo un empleo, unos ahorros, un orden establecido y controlado. Por supuesto, el enfermo aspira y desea una pronta recuperación; ese no es solo su anhelo, sino el dinamo que lo impulsa a hacer las rutinas de ejercicios, a tomarse los medicamentos con juicio, a seguir estrictamente las indicaciones de los médicos. Y cuando ya se repone de la enfermedad, cuando las energías vuelven a su cuerpo, empieza un proceso lento de retomar las actividades cotidianas, de asumir de nuevo compromisos laborales, de reintegrarse a una dinámica social de la cual estuvo ausente por días o meses. Lo que ha sucedido con el coronavirus es que no se trata de casos aislados o de un pequeño grupo de personas, sino de miles de ellas, y eso hace que sea más notorio el paro de actividades, el freno súbito a la economía. Desde otro lugar, y en países y ciudades como las nuestras, cuando la pobreza es masiva, cuando una gran cantidad de personas viven del “rebusque”, de la economía informal, del pequeño negocio, lo que sucede es que la vida misma está en juego porque no hay nada para comer, porque no hay transacciones comerciales que ayuden a recoger los pesos para la sobrevivencia. En este caso, la salud de la propia vida se pone en riesgo por la misma razón anterior: porque prima la subsistencia, porque el hambre es más valiente que el mismo miedo al contagio o a la sanción policiva. Una vez más el deseo de sobrevivir se impone sobre la ley, sobre la prohibición, sobre el confinamiento.

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Mi amigo Juan Carlos Rivera me dice, en un correo por whatsapp, que esta experiencia de la pandemia devela nuestra “fragilidad y fortaleza”. Coincido en esa tensión. Porque el coronavirus nos ha mostrado, de manera rápida y masiva, que a pesar de los grandes emporios económicos, de los adelantos tecnológicos y de un arrogante desprecio por la naturaleza, lo cierto es que basta una pandemia para mostrarnos frágiles, indefensos, sujetos al vaivén de las circunstancias. Frágil es nuestro cuerpo ante estas amenazas virales, frágiles nuestros sistemas de salud, frágiles nuestras políticas de asistencia social, frágiles nuestros compromisos comunitarios. A veces la vida depende de un sencillo tapabocas o de encontrar una cama de hospital lo suficientemente equipada. Frágil es nuestra misma subsistencia y frágiles los modos de conseguir lo necesario para sobrevivir. Pero, al mismo tiempo, somos fortaleza cuando ponemos el ingenio y la creatividad al servicio de la esperanza y las nuevas oportunidades; fuertes somos cuando nos convertimos en personas entregadas a salvar vidas o a permanecer de pie para que la vida cotidiana siga su curso; y fortaleza tenemos al asumir con disciplina y rigor un enclaustramiento que rompe la libertad y quita aire a nuestras interrelaciones personales. La fortaleza está en la recursividad, en las iniciativas particulares que se convierten en ayuda para otros, en el temple de espíritu para calmar la ansiedad y volver productiva nuestra soledad. Esa fortaleza hace que busquemos medios para mantener en curso determinados proyectos laborales, permite reconfigurar o reconstruir escenarios habituales de vida, y no nos deja perder la confianza en recuperarnos o pasar el vado del infortunio. De alguna manera, este juego de fragilidad y fortaleza en tiempos del covid-19 subraya lo que nos enseñó Pascal, en sus Pensamientos: “El hombre es una caña, quizás, la más frágil de la naturaleza, pero es una caña pensante”. Limitados somos por nuestra corporeidad deleznable; pero libres, por nuestra imaginación y nuestra voluntad.

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En varios de los correos entre amigos o colegas se dice al cierre que, ojalá pronto, se dé la posibilidad del reencuentro. El encierro estimula y aguijonea esta idea de volver a verse, de volver a abrazarse, de compartir un café o un vino. La pandemia ha propiciado el hecho de confirmar los vínculos, de retornar a los rostros conocidos, de reanudar esos diálogos íntimos. El reencuentro se asemeja al repaso en la lectura: no nos interesa tanto la nueva información, la presunta novedad, sino apropiar con hondura una línea, una palabra, una metáfora. Es decir, siguiendo la lógica de la analogía, que las personas sueñan reencontrarse, precisamente, con aquellos seres que aprecian, aman o extrañan, para rubricar los vínculos, para reafirmar una complicidad, para refrendar los pactos del alma o esos otros no siempre traslúcido de las pasiones. Nos reencontramos con los seres que ya conocemos; es una especie de delineamiento sobre rostros que nos son familiares. Ese es el anhelo, esa es la expectativa o el deseo de los confinados al encierro obligatorio: verse una vez más, estrecharse en un largo abrazo sin decir nada, solo dejando que la presencia imante todos nuestros recuerdos. Los confinamientos aguijonean la urgencia de la cara del otro. Al distanciar las interrelaciones cotidianas, esas que de tanto hacerlas parecen banales, se aviva más el rostro del ausente, las manos cariñosas, la certeza absoluta de la compañía. El deseo de reencontrarse es el modo como los seres humanos crean una perennidad en medio de la finitud; es la Ítaca que todo aventurero sueña cuando está perdido en alta mar.    

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Hoy el presidente prolongó la cuarentena 15 días más de la fecha estipulada; hasta la media noche del 27 de abril. Todo en pro de “la salud de los colombianos”. Varios alcaldes celebraron la medida, al igual que las asociaciones médicas; los que no están muy contentos son los comerciantes y empresarios, y anuncian que se vendrá en el inmediato futuro una pandemia en la economía. Los colegios y universidades tendrán clases virtuales hasta el 31 de mayo. La medida, siempre anunciada desde la sala del consejo de ministros, estuvo respaldada por especialistas del sector de la salud. A diferencia de otras veces, en que son los expresidentes, o los simpatizantes del gobierno o los jefes de los partidos tradicionales, los consultados o tenidos en cuenta, esta vez son profesionales o directivos de organizaciones o agremiaciones médicas los que sirven de aval a esta cuarentena. Y si antes bastaba con alardear de la autoridad vertical que otorga el mando o los votos obtenidos en una pasada elección, lo que oímos y vemos ahora es la “consulta”, el estar “más allá de las diferencias políticas”, la “preocupación por atender a los más necesitados”. La voz demagógica y cizañera de las bancadas de los partidos ha pasado a un segundo plano para, como hecho excepcional, dar paso a la voz de académicos, de sociólogos, de psiquiatras, de actores asociados al sector de la salud. La sala de ministros ha incluido, como no era costumbre, a los que tienen algo serio y fundamentado que decir y no tanto a los que trastocan y amañan todo para su propio beneficio. Así sea en “cortos videos” y como “respaldo científico” si las medidas no salen bien, la presencia de investigadores, docentes, especialistas y académicos en la solución de esta pandemia, es un ejemplo de cómo tomar las mejores decisiones de gobierno, haciendo uso de la participación real, del consenso con personas idóneas y de una ética en la que primen la solidaridad y la dignidad de las personas.

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Me compartió una triste y dolorosa noticia mi amiga, Adriana Lagagnis, la dueña de la librería ArteLetra de Bogotá. Su madre murió justo en esta cuarentena y ella no pudo ni acompañarla en la velación, ni darle una sepultura como se lo merecía. El dolor de Adriana, como el de otros que han tenido que aceptar –en contravía de sus propios afectos– este “alejamiento” del final de sus seres más queridos es comprensible. Duele el no poder juntar las manos para prepararle algún rito de despedida; duele el no estar con los familiares para hacer la velación; duele la conducción anónima del féretro y la soledad mayúscula en la que termina la historia de una persona. Enfermar y morir es la impronta natural de todo ser humano; pero las medidas del confinamiento por el covid-19, provocan un corte instantáneo, un abrupto desprendimiento, una idea de “desaparición súbita” de los que amamos, que aumenta la pena y prolonga la agonía de los deudos. No es la muerte lo que realmente agobia, sino el hecho de que las circunstancias de no poder salir exacerba la impotencia, el freno de los sentimientos, la imposibilidad de expresar la ternura y el amor. No es solo el cuerpo el que sufre un aislamiento social, sino que el propio espíritu es sometido a una cuarentena sin abrazos ni lágrimas compartidas. La profunda tristeza de mi amiga es comprensible porque todo su ser está atravesado por este doble sufrimiento.

Abril 7 de 2020

El alargue de la cuarentena ha hecho que las personas entren en una especie de letargo. La sorpresa y la angustia ante lo desconocido se han ido transformando en una parsimonia y una lentitud que a veces toma los visos de la modorra y, en otros, del aturdimiento. Pareciera que el impacto de la pandemia, la amenaza del contagio, el número creciente de infectados y de muertos, hubiera provocado en los cuerpos y en los espíritus de los ciudadanos un embotamiento prolongado. Se ve a algunas personas que salen a comprar sus víveres o a hacer otras diligencias, pero con caminar lento, pesado, con muestras de debilidad o de desgano. Varias de ellas usan tapabocas. Los mismos ciclistas, escasos, avanzan pedaleando sin afán, mirando a lado y lado, tratando de hallar en los ojos de quienes los miran desde las ventanas, estímulo para llegar cuanto antes a entregar el domicilio. Las largas filas para abastecerse multiplican esa imagen de “falsa calma”; las distancias en la cola, el  mutismo entre las personas, las prendas exteriores de protección, todo ello confluye en crear un ambiente dilatado, moroso. Después del asombro y la súbita amenaza, de la continua proliferación de mensajes alarmantes, lo que acaece es una modorra que cubre, como una espesa neblina, las actitudes, el proceder de la gente. Cierta resignación parece adivinarse detrás de ese proceder ralentizado, “en cámara lenta”, como si el nuevo plazo del 27 abril, fuera una condena inapelable, un designio inclemente. El aguante, la resignación, el sometimiento a las cadenas del encierro, se manifiestan en la dejadez, en ponerse cualquier vestido para salir a la calle, en las horas de sueño interminables o en tirarse en la cama, sin hacer nada. Esta parsimonia parece ser la segunda fase de respuesta de los seres humanos cuando viven o padecen una enfermedad incurable o cuando, como es el caso del covid-19, se saben inermes para enfrentar este virus redondo con puntas de infinitas cabezas. 

Abril 8 de 2020

Una nueva medida de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López: desde el próximo lunes 13, empezará el “pico y género”. Los hombres podrán salir a la calle para conseguir víveres o atender compromisos bancarios los días impares, las mujeres en los pares, y los transgénero en cualquier día. El objetivo es mermar las aglomeraciones, y ayudar a las autoridades a tener un mejor control de la población que, a pesar del confinamiento obligatorio, sigue incumpliendo la norma. De igual modo, se dictaminó que los taxistas, que solo se pueden pedir por teléfono, deberán llevar un registro de las personas que recojan, en los que se consigne, además de su nombre, los datos de contacto del usuario. La cuarentena conduce a los gobiernos nacionales o locales a tensar hasta el límite las relaciones entre el control policivo y las libertades individuales. China ha extremado ese control hasta los celulares para poder ubicar en tiempo real a cada de sus ciudadanos. Otro tanto ha hecho Corea. Las personas de estos regímenes totalitarios, explican algunos sociólogos, aceptan con más rigor las normas y prohibiciones, su espíritu está acostumbrado a “obedecer”; en cambio, en países como los nuestros, presuntamente democráticos, lo que prima es la desobediencia, la actitud marginal y contestataria. Los latinos, para usar una generalidad, sospechan de toda imposición y consideran que la violencia a su intimidad es la peor afrenta del Estado. Esa puede ser una razonable explicación, pero yo creo que el problema de fondo frente a la ley es si voluntariamente nos plegamos a ella o si, mediante el miedo y la intimidación, aprendemos su dureza y sus consecuencias. Para convivir, para existir en sociedad, es indispensable aceptar las normas que los contratos sociales instauran como cartas fundamentales de su constitución. Y la sabiduría de los gobernantes o los que ostentan el poder está en no perder de vista cuando dictaminan sus normas, qué tanto de esas libertades individuales debe ceder al bien común, y hasta dónde la fuerza de la norma excede el fuero inalienable de la voluntad de cada ciudadano. Entiendo que la amenaza de la pandemia es diferente a los confinamientos obligados por exclusión ideológica, étnica o de fe, pero siempre está la tentación del que gobierna de  usar la fuerza y la violencia para imponer su voluntad, alegando que es para garantizar el beneficio de la mayoría. 

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Hoy en Wuhan, donde se inició el coronavirus, terminó la cuarentena. Se dio de alta al último paciente infectado. Después de 76 días de encierro, las personas pueden salir a la calle, tomar el transporte público, montar en tren o avión, ir a restaurantes.  El ambiente es de felicidad, de fiesta. Los grandes edificios de la ciudad prendieron sus luces, hay reflectores iluminando el firmamento, y una cantidad de globos de colores en el aire. Aunque las personas llevan un tapabocas,  se abrazan, se tocan, se reúnen. Es media noche, pero parece de día. Sorprende ver a la gente abrazada por largo tiempo, como si al hacerlo, estuvieran recuperando el afecto encarcelado por más de dos meses y quince días. Son abrazos que manifiestan, por supuesto, los vínculos sociales en vivo, pero de igual modo, son gestos que renuevan la confianza en quienes amamos, la necesidad de sentirnos cuidados y protegidos, y la tranquilidad de podernos abandonar, sin amenazas, a otro ser humano que nos recibe con su corazón hospitalario. La celebración en Wuhan es la confluencia de la reafirmación de la vida y el deseo de esperanza. En esos abrazos se reúnen todos los anhelos de sobrevivencia y la gratitud interior de recuperar la libertad. La oscuridad de la incertidumbre y la amenaza de la enfermedad han quedado atrás, lo que sigue es la reactivación de la luz de la vida. En medio de la fiesta colectiva y callejera, muchos hombres y mujeres abren los brazos, mirando al cielo, reconociendo en tal postura, no solo el agradecimiento a sus creencias protectoras, sino la convicción verificada de su fragilidad.

Abril 9 de 2020

He hablado con varios colegas maestros y con rectores de instituciones educativas que están viviendo en directo las medidas de la educación virtual, provocadas súbitamente a causa del coronavirus. Los lineamientos del Ministerio de educación de cerrar los establecimientos de educación básica, media y superior, para evitar el contagio proveniente de las aglomeraciones, y substituir las clases presenciales por sesiones virtuales o con plataformas a distancia, es una situación que ha puesto a maestros y estudiantes en condiciones de aprendizajes forzados. Porque, según dicen los profesores, el trabajo se ha multiplicado; su vida privada ha sido copada por su vida laboral; y, al decir de los estudiantes, los maestros piensan que ellos son robots como para estar todo el tiempo sentados al frente del computador y haciendo infinidad de trabajos. Ni los primeros han sido formados para enseñar de esta manera; ni los segundos, habituados al autoaprendizaje y la concentración prolongada. En un telenoticiero le preguntaron a los niños qué era lo que más extrañaban de su colegio; ellos contestaron que a su profesora y a sus amigos. Estas respuestas pueden ayudar a entender que ir al colegio no es asunto de sólo aprender contenidos, sino de forjar relaciones, interacciones, vínculos humanos. Por eso reducir la educación a transferir información o a colgar documentos en una plataforma es desconocer el papel fundamental de la formación, del desarrollo de las potencialidades humanas, que no terminan en los aspectos cognitivos o meramente intelectuales. Estoy convencido de que esta pandemia va a permitir evaluar mejor los alcances y las limitaciones de la educación virtual y, a entender el propósito fundamental de la educación: desarrollar hábitos, formar el carácter, regular la interacción de las emociones, aprender a estar con otros, saber ser ciudadanos, y adquirir mediante el ejemplo continuado de los educadores unas maneras de habitar en el mundo y transformarlo.

Abril 10 de 2020

Si bien es una costumbre en la tradición de la cuaresma, velar el crucifijo y otras imágenes religiosas, en esta oportunidad, dada la intencionada focalización de las cámaras televisivas, reluce más la ausencia del rostro, de los brazos extendidos, del cuerpo llagado de Cristo. Se sabe que es para que se anhele verlo el domingo de resurrección, para que se reflexione sobre su sacrificio. Velamos ese rostro dolido para que entendamos mejor, en un acto de penitencia, lo que simboliza para los creyentes cristianos. Desde luego, el confinamiento hace que el espíritu esté dispuesto para deletrear los signos de lo sagrado. La pandemia, al igual que el manto rojo que cubre las imágenes, ha velado el rostro de nuestros hermanos, de lo amigos, de los seres amados; el covid-19, al clausurarnos los brazos y las manos, ha hecho que deseemos con mayor anhelo lo que por costumbre no apreciamos. Las clausuras obligatorias, y más cuando la pena o el dolor se suman a tal encierro, le devuelven a los rituales su fuerza constitutiva, su esplendor inicial. El confinamiento, como si fuera un retiro espiritual, aviva el espíritu para entender lo que lo trasciende, pone el corazón en disposición para creer en el milagro y darle cabida a la esperanza. Es una celebración inédita esta semana santa: los fieles no están presentes, la multitud tampoco; no hay comunión… tan solo está la palabra del pastor y el espacio vacío de las iglesias. Es decir, hay unas condiciones ideales para escuchar la propia alma o ensimismarse en las preguntas que nos agobian en estos días. El espectáculo ha cesado; todo acaece dentro de los límites sencillos de nuestra interioridad.

Abril 11 de 2020

Primeros médicos muertos por la pandemia. Haciendo una calle de honor, con aplausos el personal de salud y de la policía, despiden a Carlos Fabián Nieto Rojas, de 33 años. Suena un toque de silencio de corneta que le otorga a este pequeño gesto una solemne trascendencia. La cinta del coche fúnebre dice “Aquí va un héroe”. Las sociedades médicas dicen y reclaman la falta de protecciones para su labor. La soledad del coche fúnebre se intensifica por la soledad de las avenidas por donde pasa. El coronavirus ha logrado lo que ninguna política pública había hecho en Colombia: poner en primer plano la relevancia y el valor social de los médicos, de las enfermeras, de todos estos profesionales de la salud. Ahora ellos muestran su vital necesidad, su vertebral papel en una sociedad. Y porque esas mismas personas se dan cuenta de que los medios de comunicación y los gobernantes han vuelto su atención hacia ellos, entonces denuncian el abandono, el no pago de tres o más meses de sueldo, la carencia de equipamiento de protección, la precariedad de aparatos de laboratorio, el silenciamiento o postergación indefinida de sus condiciones de servicio. El covid-19, quiérase o no, ha puesto en el sitio que les corresponde a los que ayudan a otros, a los que consideran que la vocación es más fuerte que el beneficio propio. Hasta los mismos empresarios e industriales, la clase política y los banqueros, bajan su mirada para reconocer que sin esas personas, esas que tienen salarios indignos, y aun así se forman en la primera línea de batalla contra la epidemia, estaríamos abocados a la catástrofe. Su heroísmo es, en el fondo, el hacer prevalecer el sentido de lo humano sobre otras cosas. Precisamente, el médico Carlos Fabián Nieto Rojas murió cumpliendo el juramento hipocrático, una promesa que en estos tiempos de solidaridad, debería ser para todo ciudadano: “me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad”.  

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En Francia e Italia se muestran imágenes de ancianos muriendo solos en los geriátricos. En Ecuador se ven casos semejantes: viejos que fallecieron solos en sus casas. Esta pandemia ha puesto en evidencia las relaciones entre la soledad y la vejez. No únicamente porque estas personas son las más susceptibles al coronavirus, sino porque la perspectiva actual de la  “tercera edad” los ha convertido en una población aislada, confinada a la precariedad o la falta de cuidado comunitario. Ni es reconocida su experiencia, ni pueden con facilidad encontrar un trabajo que los dignifique. Al ya no ser útiles, productivamente hablando, son relegados al abandono o a unas políticas públicas en las que la beneficencia se emparenta con la mendicidad. La pandemia ha sacado a la luz un problema social que deseamos encubrir o al que miramos siempre como casos aislados: el descuido social de las personas mayores, la soledad a la que las condenamos, la precariedad de sus condiciones mínimas de sobrevivencia. Los viejos mueren solos en sus casas por causa de una neumonía, esa es la causa de su deceso; pero pienso que su asfixia es más profunda: la de no ocupar un lugar digno en la familia y la comunidad, la de no contar con unos medios reales de apoyo para subsistir, la de no saberse útiles significativamente en una sociedad. Luego no se trata solo de confinarlos, sino de devolverles el aire existencial que les hemos quitado o enrarecido.

Abril 12 de 2020

El confinamiento obligatorio, las tres semanas largas que llevamos, crea una confusión en la ubicación de los días. A pesar de que los ritmos circadianos permanecen, no es fácil reconocer si es viernes o domingo, o si el lunes se confunde con el miércoles. La cuarentena vuelve gelatinoso el calendario semanal. Por haber poca gente en la calle, por estar en familia todo el tiempo, por pasar buen tiempo viendo televisión, jugando o leyendo, la mayoría de días se asemejan a un festivo. Hay un clima de “vacaciones” y, por eso mismo, la mente se desconecta de las fechas exactas, del cronograma, de las citas a una hora exacta. Por lo demás, como la mayoría de personas no asiste a la oficina, a la empresa o al lugar habitual de trabajo, se crea un desconcierto en la agenda interior de cada uno: ¿qué día es hoy?, se pregunta con frecuencia; ¿hoy es día par o impar?, dice cualquiera de los miembros de la familia. La cuarentena fija dos fechas como fuertes, la de cuándo comienza y cuándo termina; lo que queda en la mitad es un tiempo elástico, fluido, divagante.

Abril 13 de 2020

En una entrevista al presidente, por televisión, lo interrogaron sobre qué pasaría después del 27 de abril, cuando termina la cuarentena; el mandatario respondió que, muy seguramente, se reanudará la vida económica pero no la vida social. Que la industria y el comercio, con determinadas restricciones, reiniciarán sus labores, pero que las reuniones sociales, los eventos masivos, las aglomeraciones, seguirán prohibidas. Los colegios y universidades, continuarán cerrados, y los adultos mayores proseguirán con el confinamiento obligatorio. Ya imagino cómo harán los restaurantes para abrir sus establecimientos y mantener la distancia social, o de qué manera el servicio se dará por turno, o si al igual que las compras de víveres y pago de servicios públicos, se hará siguiendo el “pico y género”. Cada establecimiento tendrá que idearse formas que le permitan despegar sus labores y, al mismo tiempo, ofrecer medidas de prevención, de cuidado y desinfección. Una vez más lo que reina, así se adivine un entusiasmo, es la incertidumbre, la duda sobre el comensal que asiste o sobre el mesero que sirve la comida, la sospecha sobre el colega de oficina o el compañero de trabajo. Serán inéditas estas nuevas interrelaciones en las que seguirá vedado el contacto y las medidas de desinfección primarán sobre otras circunstancias. Habrá unos nuevos juegos de rol, en los que los conocidos parecerán extraños, y la fraternidad y el colegaje tendrán el matiz de interactuar con desconocidos. Volveremos a reactivar la economía, eso parece, pero los abrazos íntimos, los besos amorosos, el festejo familiar, todo eso, deberá seguir en cuarentena, confiando en que pronto tengamos la vacuna que nos permita reactivar plenamente los vínculos sociales, esos que le devuelven a los seres humanos el rito, la fiesta, la tertulia, el fluir en directo de las emociones y los sentimientos y las prácticas de lo comunitario.

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Es inevitable que el Gobierno, agobiado por las urgencias y las complejidades de esta pandemia, apele a testimonios de los beneficiados por algunos programas de apoyo solidario en los que se muestre la bondad o la efectividad de las políticas recientes. Los cortos videos, que se intercalan con las informaciones  y explicaciones del presidente en su hora diaria, antes del telenoticiero de más alto rating, tienen un fin justificador;  así sea de manera indirecta, lo que queda al final son las voces de las personas humildes que dicen: “gracias, señor presidente”. Un mercado, un giro mínimo, parece venir no de la responsabilidad de un Estado, de los impuestos pagados por todo un pueblo, sino de una persona que se ha acordado de ellos. A pesar de las buenas intenciones, de las medidas con espíritu social, se adhiere a tales iniciativas un tinte político, partidista. Y tiene que ser así, puesto que varias de esas políticas, como las de que los bancos presten dinero para pagar las nóminas, terminan siendo desmentidas por los microempresarios que alegan no tener créditos expeditos, ni un alivio en los intereses. Los bancos no merman su ambición ni condonan deudas; a lo máximo que llegan es a diferir en más meses las deudas y los compromisos económicos, agregando eso sí, los intereses respectivos. En consecuencia, el Gobierno y sus ministros, que parecen dar una lección aprendida de memoria, necesitan mostrar que se está haciendo lo correcto, que la curva del coronavirus se está aplanando, que la crisis de los que no tiene que comer se está solucionando con ayudas humanitarias. Creo que estas charlas presidenciales, que en un comienzo se hicieron con el fin de mantener informados a los colombianos, se han ido volviendo una plaza de exhibición de lo que hace un partido, una persona. De alguien que, por lo demás, sigue teniendo un bajo nivel en las encuestas de opinión y pugna por subir su credibilidad. 

Abril 15 de 2020

Delfines en Santa Martha, jabalíes en Israel, Pumas en Chile, zarigüeyas y zorros en los patios de las casas, abundantes pájaros cerca a los edificios de las grandes urbes, cabras y ciervos recorriendo las calles de las ciudades… Esta pandemia ha hecho que la naturaleza tenga una segunda oportunidad global sobre la tierra. El cese del espíritu depredador –así sea por unos meses–, ha permitido que observemos con regocijo lo que por el afán y nuestra soberbia de “amos del universo”, ni apreciábamos ni considerábamos digno de admiración. Nuestro enclaustramiento, nuestro miedo,  contrasta con la “inmunidad” de los animales que campean en su ambiente, libres de la persecución y el inclemente exterminio. No deberíamos alegrarnos por los efectos devastadores de esta pandemia; pero si lo miramos desde otra perspectiva, ha sido una bondad para todos los seres vivos que han padecido durante siglos la subyugación, el maltrato y el desprecio de los hombres. Puede ser una paradoja: si antes, esos animales los exhibíamos en jaulas, para satisfacer nuestro dominio; ahora somos nosotros los encerrados, viendo cómo en las calles y en los cielos ellos disfrutan de su libertad de desplazamiento. Una lección ecológica para los seres humanos, aprendida desde el confinamiento obligatorio y el miedo a morir.

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En medio de la prisa por innovar y por atender las urgencias del sistema educativo, provocada por la pandemia, me llama la atención unas cuantas cosas sobre la “salvadora” educación virtual. En principio, la idea simplista de algunos gobernantes de que enseñar virtualmente es cosa fácil y sin ninguna complejidad. Que es algo para hacer “rapidito” y que, con tal de tener un computador, el resto está solucionado. El segundo asunto se relaciona con la idea de que una educación virtual es un mero trasvase de información de un canal o medio a otro semejante. Algo así como que lo se tenía preparado para la educación presencial, basta con volverlo un PDF, colgarlo en una plataforma y acompañarlo con alguna videoconferencia; es decir, un “simulacro” de lo que antes se tenía previsto en la interacción cara a cara. Desconociendo que esta modalidad de educación, presupone otro modelo de aprendizaje, el desarrollo de otras habilidades, la producción de otro tipo de materiales. Un tercer punto, menos evidente, es lo que implica el autoaprendizaje, la autorregulación por parte de quien aprende. Se da por hecho que todos los estudiantes –niños, jóvenes, adultos– ya tienen esa actitud o esa disposición. Craso error. Como en todos los procesos formativos, tendríamos primero que desarrollar en los aprendices este nuevo tipo de “actitud”, de “destreza”, de “hábito”, y de condiciones cognitivas para la autonomía. Nunca antes como ahora el tema de la metacognición se convierte en un aspecto esencial para un estudiante: ¿cómo aprendo lo que aprendo? Y la última cuestión, tan reiterativa en las épocas del diseño instruccional y la tecnología educativa, corresponde a un saber didáctico sobre esta otra manera de enseñar; por ejemplo, de qué manera se diseñan unidades, módulos, guías, protocolos que, en realidad, respondan a una idea clara de secuenciación de contenidos, de habilidades esperadas, de tiempos previstos para el ejercitamiento, la interiorización y el dominio de una habilidad o una práctica. Todas estas cosas he pensado, cuando veo que las políticas educativas para enfrentar el aislamiento de miles de estudiantes de diverso nivel –aislados de las aulas para frenar el avance del coronavirus–, ha llevado a sacar del sombrero del mago la estrategia de la educación virtual con el fin de salvar, así sea por unos meses, el día de día de la instituciones de enseñanza.

Abril 16 de 2020

Según las estadísticas del coronavirus, hoy en Colombia tenemos 3233 infectados, 429 en hospitales, 550 recuperados, 48852 descartados y 144 muertos. El ministro de salud advierte que la curva está bastante “aplanada” pero que no por eso el 27 de abril terminará el APO (Aislamiento Preventivo Obligatorio). Las medidas gubernamentales, dictadas bajo la figura de la emergencia económica, siguen multiplicándose: para que se hagan efectivos los créditos a la mediana empresa, para que no se suban los arriendos, para que los servicios públicos sean subsidiados por el estado, así sea en los estratos uno y dos, para que las ARL cumplan con la dotación de los implementos de seguridad, para que se agilicen los procesos de importaciones, para dejar libres bajo ciertas condiciones  a algunos presos… Hay iniciativas para que la gente pueda vender por internet sus productos y otras tantas para darles garantías a los bancos para que no solo agilicen, sino que hagan efectivos los préstamos para el pago de nóminas. Las comunidades médicas abogan para que no termine la cuarenta en la fecha fijada, dado que las pruebas hechas hasta ahora no son un buen respaldo para levantar el confinamiento. Las sesiones del congreso se intentan hacer virtualmente, y la Procuraduría lucha para que no se hurten los dineros destinados a auxiliar a las poblaciones más vulnerables o se amañen estas medidas excepcionales para el beneficio personal. Mucha gente habla de especulación y, aunque se diga que no hay carencia de suministros o alimentos, varios supermercados presentan sus estantes a medio llenar. Continúa la escasez de alcohol, tapabocas y gel antibacterial. A pesar del pico y género en Bogotá, no todos ni todas cumplen la medida. Demasiados comparendos. La policía está a la entrada de almacenes para hacer cumplir las normas y patrullan las calles sancionando a quien ha abierto su tienda o a esos otros que, sin razón justificada, caminan como si no supieran nada de la pandemia. Cuento todo esto para decir que el covid-19 ha creado caos, desbarajuste de la vida cotidiana, angustia, preocupación y una cantidad de normas nuevas a las que cada persona trata de adaptarse o riñe hasta la desesperación; o como dijo un campesino agricultor en una entrevista radial, es “un revolcón que nos dio la vida”. Y así no se diga abiertamente, la comunidad sabe que esto va para largo, que seguramente mayo va a acendrar los conflictos y las dudas de abril, y que a lo mejor en ese bamboleo llegaremos a junio. La palabra crisis se escucha en todas partes. Varios estadistas ya hablan de economía de guerra. De allí que hayan empezado a circular de manera reiterativa palabras como “héroe” y “sacrificio”. No hay bombas, no hay tanques ni rifles, solo la silenciosa amenaza de un virus que ha vaciado las calles de gente y ha cortado el fluido de las relaciones personales o económicas. Época de coronavirus: tiempo del refugio y la zozobra creciente.

Abril 17 de 2020

Las recomendaciones dicen que durante el covid-19  hay que evitar el contacto y, si se resulta contagiado, llevar una cuarenta en un espacio aislado, con suficiente ventilación y ojalá con un baño privado. Pienso en ello y en las condiciones reales para tener esas “zonas de recuperación”. Porque, me pregunto, en un inquilinato o en el hacinamiento, ¿cómo guardar las distancias para no contaminarse? La pobreza acorrala tanto o más que el coronavirus. De nuevo un dilema: el mandato médico de no tocarse ni acercarse demasiado y, a la par, la imposibilidad física de apartarse. Ni baños independientes, ni piezas para una sola persona. La mayor parte de la población colombiana, así quisiera otra cosa, tiene que asumir la pandemia en uno o dos cuartos reducidos, en una casa donde seguramente conviven con otras personas, en sitios de un alto tráfico social. Es inevitable. No hay alternativas. Ese ha sido su escenario cotidiano y ninguna medida gubernamental podrá, de manera mágica, trasladarlos o rediseñar sus humildes residencias. Los empobrecidos, los desplazados por las múltiples violencias, los de barrios de invasión, los innumerables trabajadores de la economía informal, todos ellos tendrán que refugiarse en sus reducidas viviendas y soportar, como siempre lo han hecho, la mala suerte de contagiarse o padecer esta enfermedad. Los cacerolazos, que suenan en los barrios de la periferia, son el grito de una población –cada vez más abundante– que denuncia la injusticia social, el abandono de sus gobernantes, y el reclamo a las consecuencias de una economía deshumanizante y concentrada en favorecer a una insolidaria minoría. ¿Qué muestra este confinamiento obligatorio a los más pobres?: la precariedad de las políticas y programas de salud pública, la inalcanzable posibilidad de tener un techo propio, el desigual reparto de la riqueza, y el abandono de las obligaciones sociales del Estado por haberlas entregado a la avaricia desmedida del capital privado.

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La alcaldesa de Bogotá, en una entrevista televisiva, afirmó que desde hoy se va mostrar en un sitio web de la alcaldía, la curva de la pandemia, la cantidad de enfermos en las unidades de cuidados intensivos, el porcentaje de personas que circulan en el Transmilenio, y estadísticas del contagio por localidades y barrios. Todos esos datos serán públicos y la gente, según ella, podrá no sólo enterarse, sino contribuir a tomar las mejores decisiones para la ciudad. Advirtió que Bogotá, por ser la ciudad con el mayor número de contagiados, tendrá que asumir medidas especiales, entre las que se cuentan, el no uso masivo del transporte público (sólo hasta un 30%), el empleo de la educación virtual en las instituciones educativas hasta el final del año, y el teletrabajo en la mayoría de ocupaciones. Con decisión y claridad anunció que la pandemia seguirá acompañándonos durante este año y que, a pesar de la dificultad de quedarse en casa, esa seguirá siendo el objetivo para evitar que el sistema de salud colapse. Pero lo que más me llama la atención es el deseo de Claudia López por hacer públicas las estadísticas, por compartirlas con los ciudadanos. Considero que es una decisión ética, responsable y fundamental para el manejo de la opinión pública, especialmente cuando las épocas de crisis sirven a oportunistas y políticos populistas para presentar datos amañados o esconder realidades que benefician a unos pocos. He recordado las reflexiones de Michel Foucault sobre la parresía, sobre la importancia de “hablar en verdad” que no solo es un acto de valentía moral, sino un decidido modo de contrarrestar la simulación, el engaño y el artificio engatusador. Puede que sea doloroso saber esas verdades, pero en tiempos difíciles como los que vivimos hoy, lo peor que nos puede pasar es que sea la mentira, las medias tintas, la información editada, las que gobiernen nuestras incertidumbres u orienten las decisiones cotidianas. Porque lo que está en juego no es un asunto menor. Sin ese deseo de hablar con la verdad, de conocer los datos de primera mano, de compartir las diferentes aristas de un problema, seguramente actuaremos torpe o sesgadamente y, lo que es peor, pondremos en riesgo a nuestras familias y a gran parte de la comunidad.

Abril 18 de 2020

Noto que en varias partes del mundo, incluido este país, la música ha buscado aliviar el espíritu y dejar que las melodías generen algo de libertad a los confinados por el coronavirus. Ya sea la Filarmónica de Rotterdam, la de Castilla y León, la de Galicia o la de Bogotá, han fusionado interpretaciones (cada quien desde su casa) para mandar un mensaje de alegría y de esperanza. O a través del canto, individual o colectivo –como fue el caso hoy de “Un mundo: juntos en casa”– diversas voces han entonado temas y motivos rítmicos para sacar de sí la angustia, el miedo de la gente y, al mismo tiempo, darle al sentimiento un canal de expresión y vislumbrar salidas a esta incertidumbre. Desde cantantes líricos o artistas consagrados hasta vecinos comunes y corrientes, que han convertido el ambiente de sus casas en un escenario improvisado, pregonan que “todos juntos saldremos adelante”, que hay que “resistir” y continuar cantando el “Himno a la alegría”. Pero no es sólo la música, también el cine, el teatro, la poesía, han elaborado productos, pequeñas obras que se convierten en formas de comprensión de la pandemia o de resistencia a sus nubarrones fatalistas. Los artistas reconfiguran la realidad, la transforman, la amalgaman de una especial manera y, una vez hecha esa labor creativa, la devuelven al público, para que las personas tengan un modo diferente de percibir este hecho amenazante. Desde luego, la interpelación del arte convoca a nuestro entendimiento; pero su objetivo fundamental es mover nuestra sensibilidad, hacer que las emociones y los sentimientos participen. Si algo tienen todas estas obras artísticas –elaboradas con sonidos, con el cuerpo, con la palabra–, es que nos conmueven, afectan nuestra interioridad y, con ello, nos ayudan a hacer catarsis, a “purgar” la ansiedad y la estupefacción. De alguna manera, ese ha sido siempre el modo de proceder y el propósito de las obras artísticas, solo que ahora, confinados y a la expectativa, logramos apreciar mejor su función esencial en la sociedad y su vital papel educativo en los procesos de desarrollo humano. Gracias al arte, dejamos de ser pasivos seres condenados al determinismo de la especie, para convertirnos en forjadores de cultura, en inventores de realidades posibles.

Job en cuarentena

Léon-Joseph Florentin Bonnat

“Job”, pintura de Léon-Joseph Florentin Bonnat.

Resulta útil en estos tiempos de cuarentena, volver a leer ciertos libros que de manera alusiva, ejemplifican lo que nuestro espíritu siente o le preocupa. Uno de esos textos es el libro de Job. Una pequeña obra que relata el conflicto de un hombre, quien teniendo muchas riquezas y buena salud, las pierde, y no entiende la razón o el motivo de ello, siendo como era, un hombre justo y devoto de Dios. Miremos con algún detalle los pormenores de esa tragedia humana.

Job era un hombre próspero, adinerado. Alguien “justo y honrado”, apartado del mal y temeroso de Dios. Tiene mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y muchas otras posesiones. “Era el más rico entre los hombres de la tierra”. Sin embargo, a este orden de plenitud, el gran tentador de Dios, le dice que toda esa prosperidad se debe a que Job no ha sufrido reveses en su fortuna y, que, si los padeciera o se dañaran sus posesiones, seguramente  dejaría de ser piadoso y maldeciría al Todopoderoso. Dios acepta que el demonio ponga a prueba a Job con una condición: “no tocarlo a él”.

Lo que sigue es, precisamente, el descalabro de la fortuna de Job, a causa de  ladrones, rayos y huracanes que derriban sus casas, tribus enemigas que matan a sus hijos y acuchillan a sus empleados. Al saber por los mensajeros estas infaustas noticias, Job se rasga las vestiduras, se raspa la cabeza y se echa a la tierra. Con ese dolor en su corazón, en lugar de protestar contra Dios, pronuncia unas palabras que aún continúan escuchándose: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. No obstante, el gran tentador, vuelve a incitar a Dios contra Job, argumentándole que Job procedió así  porque lo que estaba en juego era salvar la vida, y cuando se trata de esa posesión, “el hombre lo hace todo”.  Y que, muy seguramente, si lo hiriese en la carne y los huesos, descubría en ese piadoso hombre que “lo maldeciría”. Una vez más Dios accede a Satanás, pero con la condición de respetarle la vida. Lo que sucede luego es la pérdida de salud de Job, con “llagas malignas desde la planta del pie hasta la coronilla”. En esa precaria situación, raspándose la cabeza con una tejuela, sentado entre la basura, Job escucha a su mujer quien le recomienda maldecir a Dios. La respuesta es humanamente asombrosa: “¿si aceptamos de Dios los bienes, no vamos a aceptarle los males? A pesar de esa ruindad en su cuerpo, Job no “no pecó con sus labios”.

Postrado, infecto de llagas, atormentado por la pérdida de sus hijos y sus bienes, Job recibe a tres amigos: Elifaz, Bidad y Sofar, quienes al enterarse de sus desgracias, vinieron a “compartir su pena y consolarlo”. Sentados junto a él, durante siete días, “sin decirle una palabra” estuvieron acompañándole. Después de esa semana comienzan las quejas de Job; movido por ese “atroz sufrimiento”, padecido durante todos esos días, el anciano empieza a imprecar, a cuestionar,  a reclamar la justicia divina. Dichas consideraciones y reclamos son la parte vertebral del texto.

Su primera reacción es lamentarse de haber nacido: “¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?”, ese es su cuestionamiento. Si no hubiera venido al mundo no tendría que sufrir y observar la catástrofe de perder sus riquezas y sus siete hijos. La honda pena que siente lo lleva a reflexionar sobre su propia condición: “por qué Dios no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria”. Job se sabe desgraciado, no encuentra el camino “porque se le cierran las salidas”. Al reconocerse así, desea la muerte, quiere escarbar en él mismo para buscarla, como si fuera un tesoro. La incertidumbre agobia a Job: ¿qué más podría venir?, ¿qué otras desgracias lo circundan?, ¿qué otras pruebas le tiene dispuestas Dios? Job comprende que está padeciendo lo que más temía: “vivo sin paz y sin descanso, entre continuos sobresaltos”.

Al escuchar las quejas de Job, comienzan a responderle uno por uno los tres amigos. Lo hacen por turnos, durante tres ocasiones. Y apenas concluye de hablar Elifaz, Bildad y Sofar, el llagado Job siempre les responde, en una especie de contienda pública. La primera intervención de Elifaz hace hincapié en “frenar las palabras” y en aprender a “aguantar” la situación adversa. Insta a Job a “acudir a Dios para poner su causa en sus manos”. La réplica de Job comienza con una explicación, si “desvarían sus palabras” es porque sus “aflicciones y desgracias son más pesadas que la arena”. Agrega que lleva “clavadas las flechas del Todopoderoso” y que “bebe su veneno”. De nuevo reitera su deseo de morir, para “cortar de un tirón la trama de su vida”. Sabe que esas palabras necias, derivadas de su estado febril, son el lamento de un desesperado, de alguien que se “tapa con gusanos y con terrones y a quien la piel se le rompe y le supura”. En ese momento lanza lo que parece ser su consigna frente al dolor que padece: “por eso no frenaré mi lengua, hablará mi espíritu angustiado y mi alma amargada se quejará”.

Los argumentos de Bildad, el otro amigo, le reprochan también hablar de esa manera: “las palabras de tu boca son viento impetuoso”, le dice. Agrega que “atienda” a la actitud de sus padres o que consulte a sus antepasados para que compruebe cómo Dios “no rechaza al hombre justo ni da la mano a los malvados”. Job le responde que no quiere pleitear con Dios, que sería inútil, entre otras cosas porque “aunque tuviera razón no recibiría respuesta”. Se sabe inocente, pero aun así “no le importa la vida, desprecia la existencia”. Agrega que Dios “acaba con inocentes y culpables” y que se “burla de la desgracia de un inocente como él”. Y una vez más, como si fuera un grito de guerra, reafirma su lema: “estoy hastiado de la vida; me voy a entregar a las quejas, desahogando la amargura de mi alma”. Y le suma algo más: “aunque no sea justo frente a él, hablaré sin miedo”. Job es un llagado, un amargado, un ser desgraciado, pero es un acongojado valiente.

Sofar, el tercero de los amigos que vinieron a visitarlo, considera que las palabras de Job son las de un “charlatán”, que lo mejor es dirigir el corazón a Dios, para de esta manera “tener seguridad en la esperanza y poder dormir sin sobresaltos”. Job enfatiza que él no es menos que sus amigos, que “lo que saben ellos, él también lo conoce”. Casi que olvidando las recomendaciones de su interlocutor, prorrumpe de manera directa en su cometido: “Deseo discutir con Dios”. Amonesta, precisamente a sus amigos, porque “blanquean o cubren de mentiras lo que en verdad desean decir”. Quieren ayudarlo pero son unos “médicos matasanos”. Todo lo que le han dicho son “proverbios de ceniza”. Que mejor guarden silencio, porque va a hablar él, “venga lo que viniere”, así le toque matarse, “con tal de defenderse ante la presencia de Dios”. Su discurso toca un límite: “callar ahora sería morir”. Le reclama a Dios que no esconda la cara, que no lo trate como a un enemigo. El sufrido y desgraciado se torna un maestro de sabiduría: “El hombre nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin pasar: se consume como una cosa podrida, como vestido roído por la polilla”. Nombra a Dios como centinela y le pide “que aparte de él su vista”.

En la segunda y tercera tanda de intervenciones, los amigos insisten en que las palabras de Job lo condenan, que reflexione en lo que afirma, que se reconcilie y tenga paz con Dios. Job agrega que su casa es ahora el abismo, “que a la podredumbre la llama madre, a los gusanos, padre y hermanos”. Hondamente atormentado y agobiado por la enfermedad, pregunta: “¿dónde ha quedado mi esperanza?”, “¿y mi esperanza, quién la ha visto? Y si habla de esa manera, explica, es “porque Dios lo ha trastornado, envolviéndolo en sus redes”. Su penosa condición se condensa en esto: “grito ‘violencia’ y nadie me responde, pido socorro, y no me defienden”. Siente que Dios “ha llenado de tinieblas su sendero”, “ha descuajado su esperanza como un árbol”. Sabe con profundo dolor, “que lo ha herido la mano de Dios”. Pide piedad, más de una vez. Pero sigue confiando en que después de muerto, “cuando le arranquen la piel, ya sin carne, verá a Dios”. Job le pregunta al Todopoderoso, “¿por qué siguen vivos los malvados”. Pero, parece que Dios no lo escucha. La sorpresa o la confusión de Job está en no entender cómo un Dios “que era íntimo en su tienda” ahora parece su enemigo. Y porque no lo entiende vocifera, y porque no comprende ese silencio, sigue “desahogando su alma”: “te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti, y me clavas la mirada”. Sus lamentos y sus quejas son una letanía en búsqueda de interlocutor: “Ojalá hubiera quién me escuchara”.

La respuesta de Dios está llena de interrogaciones, empezando por una pregunta que evidencia el haber escuchado las queja de Job: “¿Quién es ese que denigra mis designios con palabras sin sentido?”. Todas las cuestiones que plantea o deja entre la audiencia giran alrededor de la creación, del funcionamiento maravilloso de la naturaleza, del dinamismo propio de la vida: “¿quién engendra las gotas del rocío?”, “¿quién le dio sabiduría al Ibis y al gallo perspicacia?”, “¿enseñas tú a volar al halcón a desplegar su alas hacia el sur?”… Son tantos los cuestionamientos que, el último de ellos, parece un reto imposible de controvertir: “¿Quiere el censor discutir con el Todopoderoso?”. Job reconoce su pequeñez y lleva su mano a la boca para guardar silencio; se arrepiente de haber querido “empañar los designios de Dios con palabras sin sentido”. Además, como si fuera una epifanía, da cuenta de una transformación en su fe: “Te conocía solo de oídos, ahora te han visto mis ojos”. El Todopoderoso vuelve a tomar la palabra para señalar que los amigos de Job no han hablado rectamente de Dios, refrenda la justicia y honradez del llagado, consolándolo de su desgracia y devolviéndole no solo la salud, sino su hacienda, sus bienes, nuevos hijos y una prosperidad más grande que la de antes. El libro concluye diciendo que Job murió “anciano y satisfecho”. 

Hecho este repaso comentado de la obra, creo conveniente poner en alto algunas ideas que me deja la relectura de este libro sapiencial. Desde luego, es una resonancia laical, sin pretensiones teológicas o de docto biblista. Comenzaré subrayando el papel de la escucha frente al sufrimiento. Bien pudiera uno afirmar que Job es un símbolo de los desesperados que ansían a como dé lugar, tener alguien al lado que oiga con atención y compenetración sus penas, sus quebrantos. Pero no se trata de una escucha organizada desde los argumentos (como es el caso de Elifaz, Bildad y Sofar), sino más bien de una actitud de empatía, de filiación emocional a partir de la cual sea posible que afloren o se revelen las claves de un sufrimiento, los signos íntimos de una pena. Más que dar explicaciones o razones ya constituidas o sabidas, la escucha que pide Job es un esfuerzo por entender lo singular y único de cada acongojado, la melodía particular del lamento de una persona.

Otra cosa que me ha parecido significativa es la aparente indiferencia de la divinidad, ese silencio sin respuesta oportuna, esa lejanía que sigue vigilante, así todo muestre lo contrario. Y digo que me llama la atención porque Job, a lo largo del libro, va sufriendo un cambio paulatino de tener la absoluta confianza en su Dios, de considerarlo un amigo que visita su tienda, hasta no tener la certeza de su presencia, de parecer más el comportamiento de un extraño o de un enemigo. Sin embargo, al final se puede saber, que el Todopoderoso sí ha escuchado a Job, al igual que a los otros que han hablado. No es una divinidad ajena o desatendida. Lo que sucede es que su modo de proceder no es directo, no se accede a él de manera inmediata; se requiere de cierta preparación o de ciertas condiciones que pongan al ser humano en un estado especial, en un tiempo idóneo para una experiencia de fe. En el caso de Job ese medio es el sufrimiento, la soledad, el abandono. Su misma aflicción es el canal a través del cual logra ser oída su súplica (al menos eso afirma Elihu, en la inserción del texto). O dicho de otra forma, a veces el dolor es un medio para entrar en comunicación con zonas profundas de nuestro espíritu; un camino que aunque desesperanzador en un comienzo, provoca el temple o el silencio suficiente para conversar, con verdad y sin miedo, con nosotros mismos.

El tercer asunto tiene que ver, precisamente, con la importancia del grito, del clamor, con el derecho a la queja cuando la desgracia nos azota, o cuando las injusticias de la vida hacen mella en nuestra persona. Buena parte del libro de Job es un testimonio de esa queja legítima, del valor que debe tenerse para ponerla afuera, así los amigos o los conocidos nos inviten a callar, a ser “políticamente correctos” y a simular lo que nos duele o envenena. Job es un acongojado que no se traga sus dudas, su angustia, su inconformismo. Prefiere otra vía, quizás más blasfema: la del desahogo sin tapujos, la del treno o el lamento vuelto imprecación, denuncia, reclamo. El mismo Dios es objeto de su diatriba, nada queda vedado a esa explosión de su alma adolorida. Quizá allí esté el valor purificador de su discurso, la catarsis, el honesto reclamo que sienten sus emociones, los improperios de sus sentimientos encontrados. Al no callarse, al dejar que las desazones de su corazón se aireen, no solo aplaca su cuerpo, sino que crea un ambiente interior para comprender lo que le está pasando. Por eso al final de la obra, lo que aflora en él es la resignación y la aceptación de su situación; y tal reconocimiento es el que permite la restauración de su vida.  Si no hubiera sacado todo aquello que lo indignaba u oprimía, seguramente sería imposible sanar su corazón y restaurar las fracturas con sus creencias.

Finalmente, diría algo sobre lo intransferible del dolor. Es tan atroz el sufrimiento de Job que ni los amigos, estando con él en silencio siete noches, logran aplacarlo. Su pena tampoco puede ser expresada de la mejor manera; más bien sale torpe y grosera, agresiva y sin fundamento. El dolor no habla bien, consume a quien lo vive, hace desvariar el espíritu y culpa a los demás, a hombres y mujeres, al destino, hasta al mismo Dios. Muy seguramente la solidaridad en algo ayude, a lo mejor la misericordia esté cerca a comprender las dolencias que padecen y viven los desgraciados en completa soledad. Pero a pesar de esos paliativos externos, el sufrimiento no puede compartirse como un pedazo de pan ácimo o una bebida amarga. De pronto quien puede ser un cómplice de esa pena sea esa divinidad solicitada y reclamada en medio de los lamentos. Es posible, siguiendo el ejemplo de Job, que sea ese silencio Todopoderoso, esa lejanía vigilante, la que en verdad se apiade de nuestras lágrimas. Y sean esas manos  compasivas  las que alivien el alma y renueven la esperanza.

REFERENCIA

Job, traducción de Luis Alonso Schökel y José Luis Ojeada, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1971.

El vigía de la ventana

Fotografía de Andrzej Wojcicki

Fotografía de Andrzej Wojcicki

Marzo 15 de 2020

Nuevas medidas sobre el Coronavirus (Covid-19) por parte del presidente. Cierre temporal de colegios públicos y privados, cierre de fronteras, cancelación de eventos masivos, paulatino encerramiento en las propias residencias. Cambio en los hábitos de saludo, cambio en las rutinas de aseo, cambio en la cotidianidad de las familias. Palabras como pandemia y contaminación se multiplican por todos los medios de información masiva. Aparecen como alternativas de solución a este virus transnacional el teletrabajo, la educación virtual, las guías de estudio a distancia. La casa como fortín. Escasez de tapabocas, de gel antibacterial, de papel higiénico. Un recelo tácito con el vecino, con el amigo, con el colega de oficina. Que no crezca el miedo como se propaga el virus, es la advertencia de los gobernantes; que cuidemos a nuestros abuelos o a los “adultos mayores”, que son la población más vulnerable. Pero, que a pesar de todo esto, vuelven a decir los líderes y los médicos infectólogos, que sigamos nuestra vida normal… Y que esperemos de aquí a quince días a ver cómo evoluciona la epidemia… El dólar a más de cuatro mil pesos y una incertidumbre que al igual que una neblina no deja ver bien el futuro. 

Marzo 16 de 2020

Los medios masivos de información han aumentado el tiempo habitual para las noticias (de una hora, a hora y media). Los consejos por la televisión y la radio aumentan, en especial el lavado de manos y la distancia social. Recluirse, aislarse en la propia casa: ese parece ser el mensaje final de todas estas medidas gubernamentales o de la alcaldía. Además de esto, las redes sociales multiplican noticias falsas, alarmistas, malintencionadas. Las universidades, los colegios, han cerrado sus clases y buscan que mediante estrategias virtuales los estudiantes se mantengan en situación de aprendizaje. Fui a comprar unos víveres en un supermercado y noté varios estantes vacíos, especialmente los de aseo. No se consigue alcohol. Son varias las personas que no atienden las normas o las prohibiciones y, otras, las que solicitan con urgencia cerrar las fronteras, los aeropuertos. Los eventos deportivos masivos han sido cancelados. Las reuniones de más de 50 personas han corrido la misma suerte. La sensación de estar sitiado es evidente; sitiados por un virus invisible y con una facilidad enorme para propagarse.

Marzo 20 de 2020

Lo que sorprende es el silencio. Escaso, muy escaso el ruido de los automotores o el de las motocicletas. Apenas el ladrido de los perros. Un silencio excepcional, porque lo frecuente es lo contrario: la avalancha de pitos, chirridos y motores, las ráfagas estridentes de los buses, taxis y automóviles, a la par de un ronroneo de voces y sonidos de objetos de diversa índole. Hoy es distinto. Es el primero de los cuatro días que la alcaldía recomendó como aislamiento preventivo por la amenaza del coronavirus. Todo parece transcurrir adentro de las casas o los apartamentos; afuera, unos contados transeúntes y una soledad tan larga como las avenidas vacías. Un paisaje inédito para los bogotanos y para los habitantes de otras ciudades como Cali, Villavicencio, Pasto o Tunja. Afuera, invisible, está el peligro, el posible contagio. Y adentro, la esperanza de no contaminarse, la confianza en que como sucedió con el pueblo judío ante la décima plaga del relato bíblico, pase de largo y no infecte a ningún  miembro de nuestra familia.

Marzo 21 de 2020

La televisión, la radio, todos los medios de información masiva, se ocupan de dar consejos para estos días de aislamiento. La mayoría habla de juegos y recursos por internet; pocos, recomiendan la lectura. El temor es al aburrimiento. Gobernantes y líderes de opinión afirman que el lado positivo de este encierro es volver a estar en familia, a renovar los vínculos afectivos (desde luego, eso sí, desde lejitos). Algunos afirman que este es un tiempo obligado para escuchar y conversar, para preguntarles a los abuelos sobre sus historias, para intercambiar experiencias. Diversos mensajes que llegan al celular, memes, tienen un tono de reflexión espiritual, de motivos para la introspección personal. El covid-19, la pandemia, ha traído además del temor por enfermarse, una vuelta a lo que resulta fundamental en los seres humanos. Es una situación paradójica: ahora que no nos podemos tocar o acariciar, nos parece esencial renovar los afectos; en este momento en que las distancias deben mantenerse alejadas, nos percatamos de lo importante que es la familia. El coronavirus nos ha hecho conscientes, al menos en un primer nivel de impacto, de normas de higiene básicas, de prácticas de convivencia fundamentales, de una conciencia social sobre el bien común. Hasta el mismo acto de alimentarnos se ha puesto en la balanza de saber elegir entre lo necesario y lo suntuario. Algunos articulistas de prensa dicen que después de esta pandemia no seremos los mismos; eso es probable. No obstante, apenas se enciendan de nuevo las máquinas del comercio y comiencen a funcionar los pistones del mundo capitalista que rige las veinticuatro horas de los seres humanos, esto quedará como una anécdota, como un mal momento en que por mandato del gobierno se tuvo que permanecer encerrado en la propia casa. Y se volverá a lo de siempre: las residencias no serán espacios para construir familia, sino sitios de paso; los viejos más que voces de sabiduría serán seres inútiles y estorbosos; la reflexión y el cultivo de sí apenas tendrá un espacio en la agenda laboral; las dinámicas y propuestas de solidaridad cederán su paso a la ambición individual y a la despreocupación por nuestros semejantes.

Marzo 23 de 2020

Esta pandemia se mueve en la dinámica de lo inesperado. Obliga a un cambio brusco en muchas dimensiones: familiares, sociales, gubernamentales. Por ser la primera vez que pasa, la gente ha asumido dos formas de respuesta inmediata: una, centrada en el aumento de la alarma (hay telenoticieros que amparados en dar una información, exacerban la ansiedad por el covid-19), o de propagar noticias falsas sobre la catástrofe (cada celular se convierte en un foco más del virus), y otra,  ocupada en prever el futuro, en crear condiciones médicas o de distinta índole para cuando aumente el número de casos infectados. Tanto una como otra actitud se mueven sobre la cuerda floja de la incertidumbre. Lo inesperado tiene esa particularidad de tomarnos desprevenidos, de no contar con los suficientes recursos, de quedar un poco a la intemperie. Lo único es aprender de la experiencia (ojalá ajena) y con mucha creatividad tratar de resolver la red de problemas que van apareciendo. Lo inesperado ayuda a poner en evidencia las debilidades de un sistema de salud, la falta de recursos tecnológicos, la relación entre estamentos administrativos y gubernamentales, la eficacia de medidas y normas para la convivencia. De igual forma, lo inesperado replantea la pirámide de valores que una sociedad tiene entronizada; reconfigura los códigos de ética; pone en la balanza lo esencial con lo secundario.

Marzo 24 de 2020

Una buena parte de la población, en Bogotá y otras ciudades, ha hecho caso omiso de la cuarentena por el coronavirus. Las estaciones del transporte público presentan aglomeraciones, el terminal está lleno de viajeros que ignoraban o no sabían de su cierre, la plaza de Bolívar reúne a varios manifestantes que reclaman comida para lograr sobrevivir. Gran número de vendedores ambulantes o de los que viven del rebusque diario se muestran desesperados y claman por la ayuda del gobierno. Esta pandemia saca a flote los grupos de personas que por la velocidad y el flujo masivo de la vida cotidiana permanecen en un subsuelo social, haciéndole la “trampa al centavo”, estirando hasta donde sea posible la recursividad y la buena suerte. Un grupo de los animadores de estas protestas son migrantes venezolanos que además de padecer un desplazamiento forzado, tienen que soportar el desempleo y un nomadismo de calle. Pienso que epidemias como ésta muestran las desigualdades sociales en una crudeza apabullante: se ve el empleado que ha sido amenazado por su jefe si no llega a trabajar; se aprecia el vendedor de tintos que no sabe cómo puede pagar su arriendo; se observan los viejos pobres y solos que no pueden salir a reclamar sus medicamentos; se percibe a los vagabundos y habitantes de calle convirtiendo el día en una extensión de su noche. Por momentos la desesperación puede más que el miedo al contagio; el hambre inmediata hace que se pierda la dimensión de la enfermedad futura. Como son muchos los que “nada tienen que perder”, porque su situación económica es realmente crítica, por eso mismo enfrentan la pandemia con una despreocupación que raya con el sacrificio.  

Marzo 25 de 2020

Frente a esta pandemia sale a relucir el tipo de liderazgo de nuestros gobernantes. Hay unos, previsivos, que logran avizorar los escenarios futuros y, en consecuencia, toman medidas drásticas o con sabor de emergencia económica; hay otros, con poca prospectiva, que con paso muy lento van atendiendo lo inmediato, “apagando incendios”, jugando a quedar bien con todo el mundo. Y, finalmente, están los irresponsables que ni siquiera están informados o, para el caso de algunos presidentes de América Latina, esta enfermedad es una simple “gripita” o algo que se puede prevenir con estampas religiosas. De igual modo, están los líderes con altísima conciencia social quienes de forma urgente atienden a las poblaciones más vulnerables y esos otros que salen a presumir de un heroísmo para salvar a la economía de un receso obligado. Hay líderes, especialmente políticos, que ven en este evento de salud pública una oportunidad para hacer populismo oportunista; y los hay, no tantos como se debiera, que usan su nivel de mando para tomar medidas administrativas acordes con las necesidades de las circunstancias. Un ejemplo de esta última manera de proceder es el de Claudia López, la alcaldesa de Bogotá, quien no solo se lanzó a hacer oportunamente “aislamientos pedagógicos”, sino que además ha tomado medidas relacionadas con la postergación del pago del impuesto predial, del pago de servicios públicos, y una ayuda económica para las familias más empobrecidas, con tal de que los bogotanos se queden en casa. De igual modo, cuando estas pandemias multiplican el miedo de la gente, se pueden apreciar líderes que se esconden en sus confortables residencias o, esos otros, que lejos de ayudar o colaborar están acechando a los que les ponen el pecho a la situación para criticarlos negativamente o sacar provecho de sus posibles equivocaciones. Como bien se sabe, es en estas situaciones difíciles cuando salen a relucir las condiciones y cualidades de un genuino liderazgo.

Marzo 26 de 2020

Las disculpas de aquellos que violan o desatienden el aislamiento obligatorio reflejan muy bien al menos tres particularidades de nuestra idiosincrasia: la primera, una vocación por la mentira, por el engaño inmediato, por la “viveza” o por un gusto acendrado de querer “meter gato por liebre”; eso está en las astucias del vivo que le saca ventajas al bobo y en un repertorio de anécdotas que pregonan el saber engatusar para “salirse con la suya”. La segunda, una incapacidad para aceptar el error o la falta; un pobre autoconcepto y, derivado de esto, la nula posibilidad de la enmienda o el arrepentimiento. La mayoría de los entrevistados por los telenoticieros ni siquiera muestran vergüenza por la falta, muy por el contrario, se sienten ofendidos con la autoridad y esgrimen una agresión de fieras acorraladas. La tercera, tal vez la más desalentadora de las características de nuestro modo de comportarnos, es una absoluta pérdida de autocorrección, la falta de correspondencia entre los actos cometidos y la posible mejora en las acciones subsiguientes; casi que podemos asegurar que la persona que transgredió la prohibición de salir a la calle, a pesar de las multas o la amenaza de cárcel, seguramente lo hará al otro día o en los días siguientes. Quizá afine mejor sus disculpas, o consiga un permiso falso, o se ingenie alguna estratagema que le permita eludir los controles de la policía; pero de esa infracción no sacará ninguna lección para su propia formación moral o para reconducir su existencia. Pareciera que su conducta opera sobre las demandas de la inmediatez; y por eso, poco cuenta el pasado y, menos aún, el horizonte del futuro. Ni hace una reflexión sobre lo vivido que  lo conduciría a la previsión, ni elabora una destilación de esa experiencia equívoca para aumentar el caudal de su sabiduría.

Marzo 27 de 2020

Las redes sociales, de cara a la pandemia, se mueven en una tensión: de un lado abundan los mensajes alarmistas, los medicamentos mágicos, las réplicas de textos apocalípticos; de otro, informaciones y videos que ayudan a comprender mejor la enfermedad, a tener guías de prevenirla y a fortalecer el ánimo y la esperanza. La primera fuerza, que es muy abundante y que se multiplica como el virus en cada uno de los celulares, tiene a su vez dos dimensiones: los que insisten en que esto que está pasando es el resultado de nuestros pecados, la consecuencia de andar lejos de la fe; y los que pasan rápidamente a soluciones instantáneas con tés milagrosos, con remedios caseros, con cadenas de oración. Esta fuerza en el fondo propaga el temor, el miedo, la angustia por lo inesperado, por la incertidumbre que nos acecha. Y lo más grave es que las personas, sin ningún sentido crítico, multiplican esos mensajes a sus allegados, a sus familiares, a los que hacen parte de su lista de conocidos. No tienen en cuenta la procedencia, el efecto, la conveniencia de ser enviados en días como estos. El celular, en esta perspectiva, se vuelve otro foco de infección emocional; aumenta los niveles de intranquilidad y crea una zozobra que en nada ayuda a sobrellevar el encierro obligatorio en los hogares. La otra corriente de mensajes también se bifurca en dos tendencias: las informaciones enfocadas en temas de salud, amparadas en instituciones médicas y en especialistas de infectología, que buscan ayudar a comprender tanto los síntomas como las medidas de prevención de esta enfermedad; y los mensajes que ponen su acento en el optimismo, en la solidaridad, en una ética del cuidado de sí y de los demás. En todo caso, las redes sociales en situaciones como las de esta pandemia siguen la lógica ambigua del rumor: hacen circular de manera rápida y ambivalente la verdad con la mentira. A la par que exageran para lograr mayor efectividad, se apoyan en el temor para multiplicar su efecto.

Marzo 29 de 2020

Los encierros obligados por cuarentena, como esos que padecen durante años los presidiarios, tienen muchas situaciones para ser analizadas. Lo más evidente es la sensación de confinamiento, el saber que no puedes disponer de tu libertad para salir a caminar, asistir a determinados lugares de tu predilección o reunirte con personas  que consideras esenciales para tu vida. El confinamiento rompe abruptamente esos vínculos, crea unas rejas que dejan fracturadas las relaciones interpersonales, reduce el espacio del afuera a los límites acotados del adentro. Un segundo aspecto, en que no se repara mucho porque las familias de hoy casi nunca están al mismo tiempo en casa, es el de la convivencia frecuente y continua con otras personas. De pronto los padres descubren que tienen a sus hijos todo un día, durante una semana o más, y no saben qué inventarse o cuál es la mejor forma de controlarlos. Las parejas que se veían unos minutos por la mañana y otros por la noche, ahora tienen que estar juntos cantidad de horas y, además, deben solucionar la cotidianidad del aseo, preparar los alimentos, atender la provisión de artículos de primera necesidad. Quiérase o no, hay que hablarse más que de costumbre o ponerse de acuerdo en asuntos que parecen secundarios cuando se está fuera de casa, pero ahora son de una importancia insospechada. La tercera situación corresponde a las nuevas rutinas o al cambio de las que ya se tenían establecidas. La agenda de cada quien debe sufrir transformaciones; nuevos roles o nuevas tareas entran a formar parte de antiguos hábitos. En muchas situaciones, las cosas que se hacían de vez en cuando, ahora se vuelven habituales; además de otras que necesitan constituirse para que el aburrimiento o el desespero no copen todas las horas del día y la noche. Un cuarto evento de los confinamientos obligatorios se deriva de la modificación, cancelación o ajuste de las actividades laborales. Al estar recluidos en casa, infinidad de oficios y de profesiones parecen entrar en hibernación, dejando esas manos y esas mentes en una deriva expectante. Y si bien algunas empresas e instituciones han acudido al teletrabajo, lo cierto es que muchas labores están vacantes. Algunos industriales han decidido adelantar las vacaciones de sus empleados, a sabiendas de que serán semanas sin sol, sin aire, sin mar o excursiones novedosas. El quinto punto de las cuarentenas se relaciona con la preocupación por la sobrevivencia: desde los que no saben bien qué van a comer durante esos días, hasta los que ven cómo empiezan a escasear los víveres en su alacena. Quiérase o no, en mayor o menos medida, cada quien se desvela buscando alternativas para tener qué comer o haciendo un uso medido de granos, carnes y verduras. Una última situación se desarrolla en el psiquismo de los que están confinados en sus propias casas. El cuerpo de las personas se somete al acuartelamiento pero sus mentes están confiadas en que pronto recuperarán su libertad. La esperanza en que termine la clausura algo ayuda a soliviar la pesadez del encierro, pero al mismo tiempo multiplica los motivos de la ansiedad: ¿cuándo terminarán estos diecinueve días?

Marzo 30 de 2020

Las cuarentenas ponen a los medios masivos de información en un punto cero de su tarea: ¿qué más decir de la pandemia?, ¿qué otra cosa agregar al número de contagiados en el propio país y en otras ciudades del mundo?, ¿qué más sumar a las medidas tomadas por el gobierno nacional?, ¿dónde buscar lo novedoso? El punto cero es, precisamente, aquella falta de nueva información relevante y oportuna. Los telenoticieros han optado por invitar a expertos quienes, más que mensajes desconocidos, lo que hacen es reforzar con estadísticas o amparados en su autoridad científica, lo mismo que los medios han dicho durante varios días. También se ha utilizado el testimonio de coterráneos que están en el extranjero y que ya pasaron o están pasando por el coronavirus, pero que reafirman –no sin cierto temor– mensajes semejantes a los ya conocidos por el público. Este umbral tan bajo de novedades sobre un hecho convierte a las emisiones radiales o de televisión en una repetición que poco ayuda a salir de la “crisis”, a ver alternativas de solución, a fortalecer lazos de colaboración o a promover esperanza y alegría. Lo que asoma, aunque no sea el propósito de los medios masivos de información, es un tufillo amarillista, un modo de enfocar la noticia hacia el alarmismo o con un descuido hacia el estado emocional de los oyentes o televidentes. ¿Qué más decir del coronavirus? Y si a eso le sumamos una transmisión en directo, al menos en Colombia, de una hora con el presidente y sus ministros, en la que se justifican las medidas tomadas y, a su vez, vuelven a mostrarse los datos que los noticieros ya han repetido, lo que parece novedoso va tornándose banal y aburrido. Qué saturación. ¡Qué difícil presentar tres veces al día, de manera creativa y variada, un evento que en lo único que varía es en el número de contagiados o de muertos!

Abril 2 de 2020

Las ventanas, que parecían abandonadas por el uso frecuente de las puertas, ahora toman una importancia inusitada. Es el espacio que vincula el adentro con el afuera, es el medio que las personas usan no solo para ponerse en contacto con el exterior, sino un sitio para mostrarse, para decir yo existo. El confinamiento obligatorio ha hecho que este espacio rectangular por el que se cuela la luz y se airean los cuartos, retome un valor existencial. Al no poder salir a la calle, al estar restringidos a la movilidad en la propia casa, la ventana se ha vuelto el espacio que permite sacar a caminar los ojos, a darle libertad a la mirada. A través de la ventana se sabe del vecino, se toma la temperatura del transporte público, se tiene una evidencia directa del impacto de una medida gubernamental o del clima social por el que se está pasando. Y si antes las cortinas permanecían cerradas, si eran otras formas de rejas para evitar la intrusión en la intimidad, en estos momentos permanecen abiertas, mostrando a las personas en su cotidianidad, dejando que lo íntimo se devele ante los ojos ajenos. Eso no importa mucho. Con tal de tener un puente con el afuera, los habitantes de una ciudad sacrifican los secretos de su privacidad, dejan al descubierto cosas que, en otras circunstancias, serían resguardadas o celosamente protegidas. Los confinamientos obligatorios nos devuelven el sentido profundo de la pequeña ventana en la celda del presidiario: por mínimo que sea ese espacio, es el lazo que logra mantener unido a un ser humano con sus semejantes; y es también un vacío, un hueco en la dura pared, para no perder de vista el cielo, la inmensidad, lo ilimitado.

Si bien los medios de información masiva y los diferentes mensajes gubernamentales hablan de solidaridad y de ofrecer apoyo a los más necesitados, lo cierto es que apenas se sabe o se rumora que alguien está infectado por el coronavirus lo que se produce en la comunidad, en el barrio o en el municipio es un rechazo, una repulsa hacia esa persona que tiene o porta la peste. Puede ser un mecanismo de protección de la propia vida, una reacción instintiva de sobrevivencia, pero también es una primitiva forma de exclusión, de repulsión al que posee una enfermedad desconocida o incurable. Eso pasó con la lepra o con el SIDA, en su momento. La reacción es más bien a poner a esas personas lejos, clausuradas, abandonadas a su suerte; ojalá con algún tipo de señal o estigma que permita fácilmente reconocerlos. Más que ofrecer medidas de protección y cuidado a esos infectados, más que buscar salidas médicas o de higiene pública, lo que aparece es el señalamiento, el escarnio denigrante o los viejos castigos de lapidación u ostracismo. Igual acaece con otras pandemias menos publicitadas, como son la pobreza, la prostitución, el desplazamiento. Y esas gentes, esos contaminados por tales virus, hay que mandarlos a las afueras, lejos de las zonas residenciales opulentas, enjaularlos en sus barrios de invasión o en sus calles de mala muerte. Y en medio de esos seres infectados, de esos llagados por la enfermedad o por el hambre, se encuentran los profesionales que no asumen el asco o la repulsión; los profesionales de la salud, los servidores sociales, las comunidades religiosas que han hecho de la caridad y el servicio a los demás una opción de vida. Esas personas son las que, en realidad, dan acogida al infectado, física o moralmente; ellos son los que entienden bien lo que significa acogida, hospitalidad y actitud solidaria. La pandemia del coronavirus nos devuelve a ciertas prácticas tribales, muy reactivas y salvajes, que dejan en suspenso lo que hemos ganado como seres sociales, desconociendo las herencias simbólicas de una civilización y una cultura.

Más de un millón de infectados por el coronavirus en el mundo, y más de cincuenta mil los muertos por dicha enfermedad, esas son las noticias. En una encuesta hecha por Cifras y Conceptos este 2 de abril, a la pregunta sobre los sentimientos negativos frente a la pandemia, los entrevistados respondieron: 64% con incertidumbre, un 43% siente miedo y un 40% manifiesta estar esperanzado. La incertidumbre parece ser el efecto social mayor de este covid-19. Incertidumbre por la eficacia de las medidas tomadas, por el alcance de la infección, por la seguridad en un empleo, por la reserva de alimentos para comer, por el futuro inmediato. Incertidumbre frente a la atención médica, si se resulta infectado, y hacia la elasticidad de los ahorros, si es que la cuarentena se prolonga por más meses. Quizá sea esa misma incertidumbre la que detona el miedo y la que lleva a muchas personas a desobedecer las medidas de aislamiento obligatorio, a pesar de su propio bienestar. Porque manejar la incertidumbre presupone ciertas condiciones del espíritu o una plasticidad mental que no siempre es fácil de tener o aceptar. Si se es demasiado psicorígido  o se está demasiado apegado a determinadas costumbres serán más intimidantes las olas de la incertidumbre; si se tiene poca creatividad y limitadas dosis de innovación, lo más seguro es que la incertidumbre termine por alimentar el fatalismo, la angustia y la sin salida existencial; si no hay en el espíritu capacidad de riesgo, de valentía, la incertidumbre acabará inmovilizando la voluntad.

Abril 3 de 2020

Me escribió un mensaje corto mi amiga Pilar Núñez Delgado desde Granada, España, en el que me envía un saludo con sabor melancólico. Ella y su familia, como muchos españoles, llevan varios días en cuarentena por causa del coronavirus. Pienso en ella y reflexiono sobre la melancolía. El encierro, la falta de interacción social, la inactividad laboral, la incertidumbre, todo ello contribuye a que se vaya aposentando en el corazón una especie de tristeza, una ansiedad que parece más un malestar metafísico que una enfermedad concreta. Esta melancolía proviene más bien del ensimismamiento excesivo, de la duda incesante, de la pérdida de certezas y seguridades más inmediatas. Nos duele el entorno, vemos abismos por todas partes, así como los románticos del siglo XIX, y el tiempo se hace más lento, más espeso, dándonos la posibilidad de apreciarlo en su caminar de tortuga o de caracol silencioso. La melancolía acongoja, le quita vigor a los músculos, apesadumbra. No es una dolencia física, aunque a veces parece una disnea, sino un malestar en el espíritu; una desazón que se convierte en titubeo, en desconfianza, en escepticismo. La melancolía apoltrona, convoca al silencio y deja que crezcan las enredaderas de la fatalidad. Los encierros obligados, los acuartelamientos sin esperanza, van fisurando la mente, la van llenando de intersticios, por los que se fuga la felicidad o la alegría. Esta pandemia parece gobernada por Saturno y, como lo sabemos, esa influencia astral nos torna fríos, gaseosos, propensos a la soledad y la apatía. Noto en las cadenas abundantes de whatsapp y en mensajes televisivos que la fe religiosa, ya que no se puede participar en la fiesta del carnaval, parece ser un paliativo eficaz para este andar en las penumbras. La melancolía es un cortante ir hacia dentro, un acorralar el alma hasta hacerle perder sus alas. Aunque también observo a artistas y cantantes que contrarrestan la melancolía con el ingenio y la creatividad; muestran que la suprema tristeza puede ser aplacada con la música, que las fieras de la desesperación se apaciguan cuando el abismal silencio se transforma en equilibrada melodía.

Recital en el bosque

Ilustracion de Chris Dunn

Ilustración de Chris Dunn.

A todos no les fue muy bien en el primer recital de poesía organizado por el maestro búho, director de la escuela del bosque. Terminado el evento, y más como una forma de consolar a los desanimados, el búho los reunió en un pequeño prado, resguardado por tupidos cipreses.

—A mí la altura me afectó mucho —dijo un oso corpulento—, buscando un tronco para sentarse a descansar. Luego agregó: —Yo lo traía todo bien preparado, pero no contaba con la falta de aire, y por eso casi no se escucharon los últimos versos de mi poema “Miel perdida”.

—El caso mío fue con el atril —agregó una cigüeña—. Yo prefiero no estar pegada a un pedazo de madera, para dejar suelta mi imaginación y mi voz.

—Lo que me sucedió es que no me dieron suficiente tiempo —agregó un canguro, parándose en sus dos patas con dificultad—. Estaba tan emocionado con mi declamación que se me pasaron los minutos saltando.

El búho iba tomando nota de lo que decían los participantes en una pequeña libreta. Habló el jaguar, que había estado excepcional con su poema “Manchas escondidas”; participó un mapache, que aunque tímido, consiguió darle a sus pequeñas manos un ritmo acorde con la cadencia de cada verso; y habló también un gorila:

—A mí las cosas no me salieron nada bien —afirmó— porque el micrófono resultó demasiado corto para mi estatura. Es inconcebible que esos aspectos logísticos no se hubieran tenido en cuenta.

El búho quiso replicar, pero se mantuvo callado. El gorila estaba molesto con el organizador, con el evento, con todos los participantes.

—Es una lástima, una verdadera lástima —prosiguió el gorila— que no hayan podido escuchar bien esos versos nacidos de mi fuerte inspiración.

A los que mejor les había salido su presentación prefirieron guardar silencio, como fue el caso del pavo, muy entonado él, quien dio muestras de gran vocalización al recitar “Orgullo de plumas”; o el lobo, preciso en todos los detalles, con su nocturno “La luna me trae loco”, o la iguana, dueña de un gran dominio escénico, quien había conmovido a los asistentes con su elegía “Un viejo dinosaurio”.

—Lo que me afectó a mí fueron los nervios —dijo una chimpancé, no pudiendo dejar de saltar de rama en rama. —Los nervios me traicionaron —puntualizó—, esa es la causa de mis confusiones y cambios de palabras en el poema que leí.

Cuando ya la mayoría de animales había hablado, el maestro búho los miró con sus enormes ojos. Dejó de escribir y se dispuso a compartir sus impresiones. Empezó diciendo que todos conocían de antemano las reglas de ese primer recital y de su insistencia para que cada participante preparara con suficiente tiempo el poema. Después agregó algo sobre la importancia de saber interesar al auditorio con la mirada y del modo de interpretar esos textos rimados. Y como notó un afán de disculpa en varios de los participantes, se situó a la mitad de la rama de un roble y entonó un poema, que varios pensaron ser de su autoría, aunque por el tono parecía se de autor anónimo.

Cuando poco podemos ver nuestros errores

y a otros achacamos nuestras faltas,

o es que tenemos escondidos mil temores

o que  el orgullo y la soberbia son muy altas.

Si quieres en verdad avanzar en un oficio

o ser el mejor y más diestro en una cosa,

lo indicado es repetir y repetir el ejercicio

aceptando tus fallas con actitud amorosa.

La concurrencia se quedó pensativa por unos minutos. Después los animales se fueron retirando del prado, hablando entre murmullos, confiados y contentos de que los más pequeños de sus hijos asistían a la mejor escuela del bosque.

Sabernos responsables socialmente

Tomasz Alen Kopera 2

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

¿Por qué nos resulta tan difícil pensarnos como comunidad?, ¿por qué produce tanto prurito moral sabernos responsables socialmente?, ¿qué hace que sea tan bajo el nivel de  desarrollo de nuestra conciencia colectiva?, ¿qué nos acaece como grupo humano cuando tenemos que asumir un reto comunitario? Me he hecho estas preguntas al ver los eventos que han ido dándose en varios lugares de Colombia frente a la pandemia del coronavirus. Analicemos con algún detalle lo que ha venido sucediendo.

En principio, y no solo en un asunto de salud pública como éste, noto que el individualismo y el propio beneficio, a costa de lo que sea, se impone a como dé lugar. Poco importa el pensar en los demás cuando se acapara o se compran más productos de primera necesidad de los que en realidad se necesitan; con tal de llenar la propia despensa, los otros pueden quedarse sin lo mínimo para sobrevivir. Lo mismo ha pasado con los productos de desinfección, el alcohol o los humildes tapabocas: con tal de haber suplido mi urgencia, el resto verá qué hace o cómo sale del problema. Hay en esa avaricia, en ese afán de rapiña, un hondo desprecio por el vecino, por el congénere. Y no creo que sea solamente una secuela del egoísmo o del individualismo rampante, sino de una cosa más compleja: muy en el fondo es una forma de maldad, de indolencia con otra persona. Esa insolidaridad refleja el poco o mínimo valor que significa el cuidado de la vida. Si el otro se enferma, no es algo que merezca interés o preocupación. Vivimos en una sociedad sin vínculos morales, sin tejido sensible, sin ataduras trascendentes.

He visto también que la observancia de la ley, de los decretos que son medidas de contingencia para minar el efecto de una enfermedad o enfrentar su diseminación, son desatendidos, de la misma forma como se violan las normas de tránsito, como se eluden los acuerdos de convivencia. Todo lo que implique atender reglas, parámetros, seguimiento de instrucciones, todo ello es objeto de inadvertencia, de burla o de franca contradicción. Hay una corriente subterránea de que cada quien puede imponer su ley, de que es mejor armarse para resolver los conflictos interpersonales que salvaguardar unas normas colectivas. Es probable que esta sea una secuela de la cultura del narcotráfico en la que, precisamente, es la violación de la ley o el imperio del propio capricho los que se convierten en línea de conducta. La mayoría parece no tener responsabilidades en sus actuaciones y si las tiene, las logra amañar para sus propios intereses. Como consecuencia de haber politizado la justicia, al impregnar de corrupción el órgano que regula los desmanes del poder, las personas se sienten autorizadas a hacer lo que les dé la gana. La falta de confianza en las instituciones, el continuo deterioro de lo que representan para lo colectivo, es otro refuerzo a ese instinto de hacer justicia por la propia mano. Por eso, cuando se lanza un decreto o se impone una medida que afecta a toda una ciudad o a todo un país, lo notorio no es que se atienda tal normatividad, sino que cada quien busque un motivo para salirse con la suya, para “tomar el camino torcido”, para mostrar un desprecio por lo público. Fue de esa manera como aparecieron las autodefensas, las bandas criminales, los grupos de “limpieza social”. No hay una idea de beneficio social porque lo que se ha vuelto costumbre, aún en los dirigentes y figuras políticas, es el beneficio individual.

Creo también que las formas de crianza de hoy, tan alejadas del diálogo, del fomento al respeto mutuo, han contribuido enormemente a esta fractura social. No es fácil aprender a ser solidarios, a tener una juiciosa preocupación por el semejante, cuando en el hogar esa no ha sido una consigna o una de esas lecciones familiares para toda la vida; es difícil tener dentro de nuestros haberes morales la empatía social, la compasión o la ayuda al necesitado, si durante muchos de los primeros años se ha permanecido sin el tutelaje de padres responsables o se ha dejado a la deriva el cultivo del carácter, o de los fundamentos éticos que son definitivos al momento de constituirnos como ciudadanos, como seres sujetos de derechos, pero también de deberes. A lo mejor esta irresponsabilidad y poca preocupación por los demás, este analfabetismo para la interacción responsable, no sea sino la consecuencia de otras falencias en la familia, de otras omisiones que no atendimos a tiempo y que luego tratamos de olvidar fijándonos más en los efectos que en las causas. Tal vez los padres, con sus silencios continuados ante los comportamientos indebidos de sus hijos y la carencia de corrección oportuna de sus faltas, o por esos pregones cotidianos de “usted primero y los demás verán qué hacen”, contribuyen al desdén y a la indiferencia con el compañero de escuela, con la pareja amorosa, con el colega de trabajo, con el vecino de casa o de apartamento.

Paralelo a lo anterior están los modos de socialización de nuestra época centrados especialmente en las redes sociales, en la simulación del contacto, en considerar la burbuja, el encerramiento y la autosuficiencia tecnológica como el ideal de vida. Tales concepciones de “interacción social” favorecen una idea de tener amigos pero evitando cualquier tipo de conflicto; avalan el hacer parte de guetos, o de establecer “relaciones rápidas” con el recurso tecnológico de que podemos eliminarlas o sacarlas con un simple clic de nuestro celular. Este tipo de “vínculo social” nos va haciendo incapaces de resolver pacíficamente en la realidad las diferencias con los demás, nos torna agresivos cuando las interrelaciones no funcionan como queremos y, lo peor, nos refuerza el imaginario de que los seres de carne y hueso son desechables, de que como los objetos de consumo podrán ser reemplazados por otros menos molestos. Las tecnologías de hoy con sus variadas aplicaciones han ido creando más y más murallas para este individualismo insolidario. Enclaustrados y embebidos en una pantalla, cuando no absortos en un videojuego, nos despreocupamos por la suerte del prójimo, nos refugiamos en el propio cuarto cual si fuera un reino independiente de la casa familiar. Lejos han quedado el ágora, el parque, la calle, en los que se fraguaba la convivencia, en los que se aprendía a compartir, a resolver problemas hablando y a sentirnos corresponsables con los que vivían al lado, con los otros habitantes de cuadra, o con aquellas personas que sin ser conocidas considerábamos parte de nuestras preocupaciones o de una misma familia llamada humanidad. Algo hay en estos tiempos hipermodernos, al menos en el aspecto moral, de la arquitectura medieval. De allí las xenofobias, el sectarismo, la exclusión de cualquier forma de diferencia étnica, religiosa, política o sexual.

Noto también que la ausencia de saludables prácticas de comportamiento social, de provechosas relaciones interpersonales, poco contribuye a establecer o mantener el buen trato, la cordialidad y un espíritu fraterno. Lo que abunda es la agresión por cualquier falla involuntaria, la ofensa verbal, el deseo de dañar o perjudicar, la furia desmedida que desea acabar al que no comparte las mismas creencias o se interpone a nuestro paso. El tacto, la prudencia, la discreción en el decir o el actuar han cedido su lugar a la chabacanería, la ordinariez y una insolencia propia del criminal desadaptado o el bárbaro que se vanagloria de su crueldad o sus atropellos. Por eso las desavenencias se multiplican, por eso nadie respeta el turno, por eso cada quien quiere salirse con la suya, al precio que sea. De allí por qué se consideren los bienes públicos objeto del pillaje, de vandalismo, y todo lo que suene a regulación de la convivencia parezca una imposición o un mandato autoritario. Si un policía pide unos papales o nos llama la atención por una infracción de tránsito, la respuesta no es el reconocimiento de la falta, sino la bravuconada denigrante, el golpe o la grosería altanera; si le reclamamos al vecino que no ponga su bolsa de basura al frente de nuestra residencia, nos mirará desafiante por haberlo descubierto en su mal comportamiento; si hay que atender un aislamiento preventivo por un posible contagio, la réplica es salir a la calle a mostrar, como ebrios salvajes, que “aquí estoy yo, y nadie puede mandarme”. Más que la vergüenza o el perdón por un error, lo que sobresalen son la desfachatez o el descaro sumado a un desprecio humillante por nuestros semejantes.

Todas las anteriores evidencias nos llevan a pensar que estamos aún en cierta minoría de edad para atender las necesidades colectivas; que aún seguimos necesitando de la fuerza externa, del castigo, para lograr entrar en el concierto de los retos colectivos. Lejos seguimos estando de la autorregulación, de la autonomía, de la fraternidad y el voluntario acatamiento de los pactos colectivos, de lo que implica sabernos corresponsables de lo público. De pronto estos días de aislamiento preventivo obligatorio nos permitan reflexionar sobre este modo antisocial de comportarnos, sobre lo que conlleva adquirir la condición de ciudadanos; que podamos, en un genuino acto de madurez moral, sentir que formar parte de una sociedad presupone el cuidado del semejante. Sólo así, mediante esa ayuda de solidaria responsabilidad, fue como logramos vencer el miedo a las fieras cuando andábamos solos en las cavernas, y gracias a esa alianza de preocupaciones solidarias podremos consolidarnos como un pueblo adulto para enfrentar colectivamente las adversidades y constituirnos en una sociedad sensible al beneficio común.