Aprender a interpretar obras artísticas

Rob Gonsalves

Ilustración de Rob Gonsalves.

Las obras de arte, de por sí, tienen la vocación de ser abiertas, disponibles a variadas interpretaciones. Esa es parte de su fuerza expresiva y de un modo particular de vincularse con el receptor. Sin embargo, algunos aprendizajes de la hermenéutica podrían ayudarnos a “mermar” la sobreinterpretación o a convertir la obra en un pretexto para decir cualquier cosa.

Un primer aprendizaje, recalcado por los más expertos hermeneutas, es el de no perder de vista el objeto de nuestro interés. Umberto Eco hablaba de tener siempre presente ese “yunque” para forjar cualquier interpretación. Es decir, en no dejar de lado cada verso, si se trata de un poema; escena tras escena, si se trata de una película; cada motivo, si se trata de una pintura; ir capítulo a capítulo, si es el caso de una novela. Ese sentido primero está hecho de palabras, de imágenes, de pigmentos. Si nos alejamos demasiado de la “materialidad” del objeto estético, terminaremos perdidos en nuestras propias elucubraciones u otorgándole significados a asuntos que, a lo mejor, ni siquiera pertenecen a la obra de arte.

Una segunda cuestión, que sigue siendo para mí una de las claves de una buena interpretación, es la de saber vincular las partes con el todo. El articular en nuestra lectura el detalle con el conjunto. Lo que nos advierten los hermeneutas expertos es que si nos quedamos en las minucias, podemos olvidar que ellas forman parte de una totalidad, y que es en ese conjunto desde el cual podemos entender su papel específico. Pero, si por el contrario, nos aferramos al conjunto, y descuidamos su relación con las partes, terminaremos invisibilizando las cosas que le otorgan la particularidad a una obra artística. Los buenos hermeneutas, por eso mismo, necesitan acercarse y alejarse permanente: un movimiento les permite precisar las minucias; el otro, les ayuda a sopesar o comprender cómo encajan esas piezas dentro del cuadro completo. Aquí vale la pena decir, de una vez, que las interpretaciones de calidad son aquellas que logran relacionar el mayor número de partes con la totalidad. La experticia del hermeneuta estará, entonces, en poner en comunicación el verso, la escena, el diálogo, el capítulo, con aquellas otras unidades que están diseminadas a lo largo de una obra.

Un tercer punto de la hermenéutica es el de orientarse más por una lógica de la validez que de la verdad. Dado que las obras de arte se mueven en la zona de lo posible, de lo imaginario, su aspiración no es alcanzar un significado inobjetable o inalterable, sino más bien abrirle al receptor ventanas para explorar en lo posible, en lo verosímil. En consecuencia, cuando se hace un trabajo hermenéutico lo que aspiramos es a que nuestra interpretación resulte creíble; precisamente, porque hemos sido capaces de hilar con cuidado los diversos hilos de la trama o las diferentes escenas de una película. Si bien no estamos en la búsqueda de una “única verdad”, no por ello podemos decir cualquier cosa o poner a la deriva lo que se nos venga primero a la cabeza. De allí que, y este sigue siendo un consejo valioso para los neófitos hermeneutas, haya que releer un texto, visionar más de una vez el film, mirar y observar muchas veces la pintura, o tener la suficiente atención para hacer varias audiciones de una misma melodía. Como no hay una única verdad que le dé sentido a la obra, la labor del hermeneuta se hace más compleja: tiene que ser capaz de encontrar las mejores vías para que sus premisas sean  válidas; o, para decirlo de manera enfática: que su apuesta interpretativa sea tan consistente, tan convalidada en la misma obra, que llegue de forma contundente a convencernos, a persuadirnos.

Cabe agregar otra enseñanza recalcada por los hermeneutas de oficio: sin un ejercicio previo sobre los aspectos intrínsecos de la obra artística, toda comprensión resultará dándose en un escenario vacío. Este momento inicial se lo conoce como la explicación del objeto estético: aquí la hermenéutica se vuelve exégesis, análisis estructural, identificación de los signos. A mí me gusta denominar a esta etapa del proceso hermenético, la del “desmonte” de las piezas para, como bien se puede imaginar, ver cómo funciona por dentro el artefacto que nos interesa. Dicha labor de descripción y “reconocimiento” del andamiaje, de la estructura, de los mecanismos internos de un poema, una película, una novela, un cuadro, una obra de teatro, es la base para el segundo momento de cualquier interpretación. Me refiero a la “reconstrucción” de todas esas piezas que, con pasión de artesano, hemos ido mirando con atención. El “montaje” corresponde al momento en que nos alejamos un tanto de la obra para armarla con un sentido que hemos ido encontrando a la par que la íbamos desmontando. En realidad esta etapa corresponde a la comprensión; es el tiempo para que nuestra historia, nuestro capital cultural, nuestra propia vida, tiña de sentido o de forma a lo que antes explicamos con paciencia y esmero. La suma de esas dos fases o esas dos instancias es lo que constituye una genuina labor hermenéutica.

Como quinta cuestión útil para hacer hermenéutica está la de tener presente que las interpretaciones tienen niveles o grados de complejidad. Se trata de ir de lo más superficial a lo más profundo o, si se prefiere, de entender que hay estratos en esta tarea de “arqueología” o desentrañamiento del sentido de una obra de arte. No siempre nuestras interpretaciones serán de hondo calado o cabalmente terminadas. Porque, y es bueno señalarlo, si nos adentramos de lleno en una obra, iremos descubriendo más y más cosas, hilaremos significados más sutiles, percibiremos asuntos que a primera vista nos resultaron inadvertidos. El ejercicio hermenéutico va por capas o puede ir haciéndose más fino. Ya el mismo Dante Alighieri advertía en El Convivio de la existencia de por lo menos cuatro sentidos para interpretar un texto: desde el sentido literal y el alegórico, hasta el moral y el anagógico. Recalquémoslo: siempre será posible mejorar la interpretación que tengamos a la mano, dado que cada vez que releemos un poema, cada vez que vemos un film, o cuando conversamos con otros lectores o receptores de la obra artística, vamos hallando nuevos indicios o podemos apreciar cómo empiezan a sobresalir eventos o circunstancias que parecían planos en nuestra primera aproximación.

Cabe agregar un último aspecto sobre las condiciones necesarias del hermeneuta para lograr una interpretación de calidad. La experiencia me ha mostrado que lo fundamental es una voluntad de artesano para habitar y convivir con la obra durante un buen tiempo; conocerla en sus particularidades, apreciar sus rasgos distintivos, entrar en un diálogo frecuente con sus modos de significar o producir sentido. Eso es lo primero, que es también un respeto al esfuerzo de alguien que ha decidido compartirnos el producto de su esfuerzo y su talento. Lo segundo, es que los hermeneutas necesitan contar con buen capital cultural, una “enciclopedia” amplia, como le gustaba decir a Umberto eco, para lograr vincular detalles, motivos, escenas, versos, con otros mundos semejantes del vasto tapiz de la cultura. Los grandes hermeneutas son grandes humanistas; me refiero a personas capaces de integrar en su mirada diferentes artes a la par que un interés por las diferentes ciencias o campos del saber. Porque tienen diversos miradores es que logran unir la urdimbre con la trama de las obras artísticas. Agregaría otra característica mas de corte cognitivo: los hermeneutas son perspicaces, hábiles para las inferencias y el rastreo de indicios. En esta perspectiva, son afinados en la deducción y la inducción y, la mayoría de las veces, diestros en el razonamiento argumentativo. Si bien se dejan permear por la emoción estética, saben ir más allá del “impacto” o la mera “impresión” de una obra. Finalmente, otra condición esencial de los buenos hermeneutas es tener capacidad de creación, ya que los intérpretes son, en realidad, recreadores de la obra de arte que les sirve de motivo. Así que van más allá de lo visto o escuchado, para elaborar un sentido que rebasa los significados inmediatos. Paul Ricoeur, entre otros, ha mostrado que los hermeneutas aportan nuevas lecturas a las convencionales o establecidas, que abren nuevas rutas de acceso a esas manifestaciones de la inteligencia y la sensibilidad humanas.

Salta a la vista con lo dicho hasta aquí que la interpretación es un ejercicio intelectual en el que intervienen capacidades y técnicas, las cuales terminan configurando un método, un camino ordenado y estructurado de “leer” las obras artísticas. En esta perspectiva, la interpretación puede aprenderse y cualificarse y, lo que es más importante, convertirse en una guía para sacarle el mejor provecho a esas manifestaciones culturales que tocan nuestro corazón a la par que interpelan a nuestra mente. Si tenemos ese método para orientar nuestras interpretaciones, menos “traicionaremos” la materialidad de la obra, y poco nos “extraviaremos” en especulaciones gratuitas o apreciaciones delirantes.

El peso de los años

La carga de Manuel del Cabral

Lo primero que podemos notar en el poema del dominicano Manuel del Cabral es que el cuerpo –motivo transversal del texto– aparece como algo ajeno. Es algo extraño o que no tiene dueño. Y la forma como se lo apropia, como se le mete un hombre, es ponerlo a sufrir. Enseguida, a ese cuerpo se lo muestra como “un equino triste de materia”, que hace cosas contrarias a lo esperado: “si tiene hambre relincha versos” y “si sueña patea el horizonte”. Tiene algo de bestia salvaje ese cuerpo y de animal indisciplinado, porque si se lo pone a discutir “suelta bosques”; es un cuerpo indomable o gobernado por sus caprichos. Lo único que lo convierte en algo propio, en un ser dócil, es cuando se vuelve un medio para el beso. Parece que únicamente en la dimensión del deseo o del afecto, es cuando el cuerpo al poeta le pertenece.

Tal vez por todas esas cosas que hace el cuerpo, por mostrarse tan libre e ingobernable, es que el autor “no sabe qué hacer con ese cuerpo suyo”. El poeta declara que ese cuerpo es algo “alquilado”, dado en préstamo no se sabe cuándo. Reconoce que ese cuerpo fue entregado, que es un arrendamiento; y que cuando llegó a sus manos estaba desnudo, limpio, que era manso e inocente. Sin embargo, su razón, sus pensamientos, ensucian ese cuerpo, y lo que era “adorable” se convierte en otra cosa; pierde su condición inicial. El conflicto, precisamente, es ese: porque Manuel del Cabral quisiera devolver el cuerpo “como se lo entregaron”; no obstante,  ya no es posible porque lo que descubre es que ese cuerpo, ese equino triste de materia, ese objeto de alquiler, no está hecho de músculos, huesos o nervios, sino de tiempo.

De allí el título del poema. El cuerpo es una carga. Algo que nos pesa. Pero para entender mejor este sentido, deberíamos recordar ese dicho de las personas mayores cuando afirman que “les pesan los años”. Que el cuerpo, esa pieza de alquiler, tan ajena al inicio del poema, tan libre y cerrera, ese cuerpo que sólo parece propio  cuando es poseído por el amor, ese cuerpo se va volviendo un lastre, una materia que nos permite apreciar cómo cada hueso, cada músculo son una manifestación del tiempo. La carga está en el “kilometraje”, en la vida recorrida con ese cuerpo que no acabamos de entender o domeñar.

Y el poeta sabe que, por eso mismo, no puede devolverlo como se lo entregaron. Porque ya está ensuciado y manchado por el uso, por todo aquello que él mismo deseaba y por todas las intenciones que su razón le impuso. Ya no es un cuerpo limpio, ya no es adorable, porque está impregnado de las huellas, de las marcas de los días y los años. El poeta no puede devolver el cuerpo como se lo entregaron porque al ponérselo, al llevarlo al hombro durante décadas, al llenarlo de experiencias y vivencias, de historia, está mugriento y aporreado por las invisibles y pesadas improntas del tiempo.

En síntesis: la vida nos viene envuelta en un cuerpo; al comienzo ajeno, reacio a obedecer nuestros mandatos; y poco a poco lo vamos llenando de acontecimientos, de peripecias diversas. Entonces, ese cuerpo alquilado, ese cuerpo inocente y libre, se va llenando de arrugas, de cicatrices, de huellas que lo salpican de impurezas, de magulladuras exteriores e íntimas, y se va haciendo denso, y lo arrastramos hasta que debemos devolverlo a un no sé quién, que lo puso en nuestras manos no se sabe cuándo. Entre el vivir y el morir está el cuerpo, esa materia que tiene hambre, y sueña, y que dejamos sucio, cuando sacamos al hombre que metimos durante el tiempo que duró nuestra existencia.

La ironía, otro modo indirecto de hacer crítica

Pawel Kucynski

Ilustración de Pawel Kuczynski

La ironía es un modo de proceder del pensamiento que, haciendo creer una cosa, busca el sentido contrario. La ironía, que empezó siendo un recurso de simulación, de fingirse ignorante como Sócrates para mostrarle al interlocutor su propia ignorancia, es un medio idóneo para hacer crítica social o para tomar distancia de los hechos y, con sutileza, formular una valoración que logre en el lector o receptor despertar su toma de conciencia. La ironía, en este sentido, tiene una “función correctiva” o al menos un espíritu de suspender el embotamiento de la alienación.

De otra parte, la ironía es una estrategia del pensamiento, muy en la línea de lo alegórico, que procede de manera indirecta; es un modo alusivo del discurso que invita al receptor a completar o descubrir lo que allí se dice. La ironía no es directa como el sarcasmo ni burda como la ofensiva grosería; su proceder está en “decir sin decir”, en “aparecer ocultándose”. Y si el interlocutor no está atento o no tiene la suficiente perspicacia para captar el secreto que está oculto, pues no verá o escuchará sino un enunciado sin trascendencia. Desde luego, para que eso sea posible, la realidad que la ironía toma como motivo debe ser lo suficientemente conocida por el lector o escucha. Ese es el pacto para que brote la sonrisa, el discernimiento o el golpe reflexivo. En esta perspectiva, la ironía participa del mismo mecanismo empleado por el humor, especialmente de esos que llamamos “chistes de doble sentido”. Porque si no se logra descifrar ese telón de fondo sobre el cual actúa la frase o el enunciado irónico, no se captará a cabalidad el sentido del mensaje o se terminará sin entender la ocurrencia jocosa.

El modo como la ironía logra su cometido es a través de ciertos recursos retóricos como la litote (decir menos para significar más), la antífrasis (afirmar lo contrario de lo que se dice), el oxímoron (juntar sentidos opuestos), la paradoja (aproximar ideas aparentemente irreconciliables), la caricatura (exagerar con intención burlesca), el asteísmo (alabar con apariencia de censurar o reprochar con intención de elogiar). Es decir, usando recursos literarios que tienen que ver con el “desvío del sentido”. Por eso, la clave cuando se escribe una ironía es “cambiar de dirección una expresión”, o “alterar el significado”, o “tomar una palabra por su significación menos habitual o darle otra acepción ingeniosa”. Con esos y otros recursos como la parodia, la sátira o el pastiche, el ironista pone en tensión lo ideal con lo real, las “buenas intenciones” con las “verdaderas intencionalidades”. Su propósito es desenmascarar o sacar a la luz lo que por nuestro fanatismo o nuestra ignorancia, consideramos normal o sin ninguna objeción. La ironía se convierte así en una herramienta de confrontación y de autoexamen, un modo de azuzar nuestra modorra moral o de sacarnos de los encantamientos del statu quo. La ironía lleva con sus frases u observaciones a que se produzcan en nuestra mente disociaciones, contradicciones, actitudes de alerta, disposición hacia la duda y la sospecha. Por supuesto, la ironía lo hace de manera amable, haciéndole guiños a la inteligencia del receptor, llevándolo a esbozar el reconocimiento del error o la falta moral con una sonrisa.

La materia prima con la cual trabaja la ironía, la piedra de toque que le sirve de motivo y detonante para sus construcciones, está hecha de apariencias, de engaños o mentiras, de adormecimientos masivos, de fanatismos ciegos, de ignorancias que se perpetúan por la soberbia, de los engaños propios o colectivos. Sobre ese caldo de cultivo el ironista toma distancia, pone en salmuera el evento que le interesa, analiza con detalle un acontecimiento, un discurso, una forma de proceder, para ver dónde se oculta aquello de lo que se presume, dónde se pierde el buen juicio y se comienza a aceptar como verdad irrefutable lo que es apenas un aspecto de un hecho o un problema, y dónde, hemos dejado que los miedos interiores nos engatusen, llevándonos a silenciar nuestro apetito de libertad. Precisamente, es esta labor de leer entre líneas, de fijarse en el envés de las cosas, de sacar a la luz lo soterrado y falaz lo que vincula a la ironía con el pensamiento crítico. Porque, mediante ese modo indirecto de decir y develar de la ironía, es que la crítica no solo denuncia, sino que contribuye a aumentar los niveles de conciencia, tanto personales como colectivos. El ironista se atreve, como el fabulista, a señalar de manera oblicua los vicios de la condición humana, los abusos de los poderosos, las variadas situaciones de injusticia, las trampas del sectarismo y la intolerancia. Y esto lo hace con ingenio, con humorismo, confiando en que el receptor, al descubrir el sentido implícito de la ironía, se torne en un cómplice que comparta el mensaje de fondo que se desea comunicar.

Es evidente que la ironía comporta un gusto especial por demoler lo establecido, hallarle fisuras a la suficiencia o la arrogancia del poderoso, ver detrás del autoengaño o la falsa conciencia que tiende a mostrarse sin mancha o limpia de maldad. La ironía es más escéptica que optimista, más certera en las ambigüedades de la condición humana, más atenta a las contradicciones frecuentes entre “el hombre y la bestia”. Y si hay una imagen que podría servir para ilustrar su labor es la del espejo: cuando leemos o cuando escuchamos una ironía lo que encontramos es un discurso reflexivo para apreciar mejor nuestros defectos, nuestros intereses más mezquinos, nuestros errores constantes al interrelacionarlos o aquellas cosas que hacemos a escondidas y que procuramos ocultar por todos los medios. El espejo de la ironía nos devuelve una imagen más completa de lo que somos; nos rompe la idea de que somos siempre los mismos o de que nuestra identidad es única e infalible. Y aunque al comienzo sintamos que sus enunciados son duros o descarnados, lo cierto es que esa imagen reflejada nos enriquece y nos hace o nos debería hacer más prudentes, más humildes, menos entregados a la credulidad o a la arrogancia de nuestro limitado saber. La ironía es un buen remedio para aquilatar la exaltación de nuestras pasiones o los cambiantes rostros de nuestra mezquindad. Así lo corrobora Vladimir Jankelevich: “la ironía es una gran consoladora y al mismo tiempo un principio de mesura y equilibrio”.

Hasta aquí he delineado las particularidades de la ironía verbal, añadamos unas líneas sobre la ironía situacional, esa que tipificamos bajo el  membrete de “ironías de la vida”. Me refiero a las vueltas del destino, a las “peripecias contradictorias de la existencia” que a veces humilla al soberbio y, otras, ofrece salidas victoriosas al vencido. Este tipo de ironía aparece para el observador atento que ve en la proximidad de elementos o hechos, oposiciones que exacerban el contraste entre apariencia y realidad. Hay ironía de situación cuando los “golpes del destino o la fortuna” o la lógica extraña del azar ponen al poderoso en condición de dependencia o cuando lo que se busca con ansias, por considerarlo la suma felicidad, al poseerlo termina siendo el mayor dispensador de calamidades. La ironía de situación, tan retomada por los novelistas y dramaturgos, se vale de la “inversión” de las circunstancias, de las “identidades ocultas” y del pequeño paso que existe, al pensar de Mirabeu, entre el apogeo y el hipogeo; es decir, entre los momentos más altos de perfección, intensidad o grandeza de una persona o una sociedad y los más bajos o subterráneos a los que puede llegar. Esta forma de percibir la ironía, de apreciar lo cerca que está el heroísmo de lo patético y la tragedia de la comedia, por momentos raya con el absurdo y, en otros casos, preludia el escepticismo más radical. Pero lo que resulta provechoso para el ironista de situación es sacar partido de tales contradicciones y, a través de ellas, ilustrar o ejemplificar las consecuencias de una existencia no reflexionada o, de mostrarnos con casos o eventos cotidianos, que la vida  –por más que la planifiquemos o queramos controlar–no está exenta del riesgo, la casualidad y las habituales contingencias.

Bien parece, entonces, que la ironía verbal o de situación hace las veces de una toma de distancia que tanto nos ayuda a “extrañar” lo conocido, a verlo no con la ceguera de los sentimientos cercanos, sino con la luz de la razón que aleja comprensivamente los afectos. Este cambio de perspectiva, de alejar lo habitual, es el que dota a la ironía de una impronta o de un principio que atraviesa todas sus manifestaciones: “las cosas no son lo que parecen”. Por eso, el ironista nos invita a estar vigilantes para no confundirnos con las manifestaciones ambiguas entre apariencia y realidad.

Referentes bibliográficos

Pierre Schoentjes, La poética de la ironía, Cátedra, Madrid, 2003.

Vladimir Jankélévitch, La ironía, Taurus, Madrid, 1983.

Wayne C. Booth, Retórica de la ironía, Taurus, Madrid, 1986.

Pere Ballart, Eironeia. La figuración irónica en el discurso literario moderno, Quaderns Crema, Barcelona, 1994.

Ruinas

Mark English

Ilustración de Mark English.

 “Donde hay ruinas, es posible que haya algún tesoro”.
Rumi

 

Cuando entré a la casa, lo primero que me sorprendió fue la oscuridad agobiante, el aire denso que se respiraba dentro de aquel espacio. Pensé que era porque las ventanas debían estar cerradas, pero a pesar de que abrí una de ellas, la que daba a una arboleda, la habitación recuperó muy poco de luz. Parecía como si el tiempo de abandono, la falta de unas manos acuciosas, o el descuido continuado la hubieran vuelto insensible a los rayos del sol. Era una casa que se había habituado a la penumbra, a una especie de noche, a pesar de que en el exterior clareara el día. A lo mejor así es nuestro corazón, cuando el olvido o la desmemoria de quienes decían amarnos nos abandonan. Un asunto adicional que llamó mi atención fue la cantidad de muebles desvencijados o quebrados: no había una sola silla del comedor que estuviera sin ninguna pata rota; la misma mesa tenía fisuras en varias partes y la madera parecía estar corroída por dentro. De igual manera estaba la platería, y las ollas de la cocina presentaban abolladuras en diferentes partes. A pesar de que esos objetos o el mobiliario estaban en el lugar indicado, presentaban un acabose de siglos, un deterioro que les venía más de adentro que de afuera, se venían rompiendo desde su entraña. Eso parecía. De pronto así es nuestro corazón, cuando percibe que ha dejado de ser importante para alguien que consideraba muy valioso y, entonces, entra en un desmoronamiento que irriga no solo las capas del afecto, sino todas las dimensiones de nuestro ser. Me extrañó escuchar, al dar cualquier paso, un sonido de eco, de resonancia mayor a la esperada en un ambiente de esas dimensiones. Todo retumbaba en ese espacio, con una cadencia que amplificaba la sensación de vacío. Y si uno veía objetos, lámparas, cuadros, vajillas, bibliotecas, lo cierto era que al desplazarse en esa casa, parecían como si no existiesen. Caminar en esos cuartos era como desplazarse en habitaciones vacías. Igual situación pasa en nuestro corazón, cuando alguien decide irse de nuestro lado, renunciar a nuestra compañía, y solo quedan de ese ser las evidencias de la ausencia, los recuerdos incorpóreos que deambulan con su falta de carne y sus susurros al acecho; las imágenes pasadas que lanzan sus lamentos de rememoración, su réplica de sirenas en la cueva de nuestra cabeza. No era de extrañar la abundancia de telarañas en esa casa. Sin embargo, no estaban de cualquier manera; por lo que vi, respondían a un diseño especial que se repetía detrás de las puertas, al lado de las ventanas, entre un armario y la pared, en leves puentes junto a las cortinas. Esas telarañas daban a las habitaciones un decorado de nieve o se asemejaban a un gran nido de seres fantásticos. No era fácil adentrarse entre los cuartos, sin tener que apartar con la mano esas telarañas, que se pegaban al cuerpo como brazos gelatinosos, como resinas provenientes de una antiquísima geografía. Así debe ser nuestro corazón, cuando conserva de quien parte o se aleja, después de un profundo amor, un gesto, unas palabras, unos papeles, una fotografías. Y esos artefactos se estiran, se vuelven delgados, se adhieren a todo lo que tocan, para tratar de conservar la imagen, la presencia, la cercanía, de esa persona tan querida. Tejemos esos hilos con la esperanza de atrapar jirones de esa pérdida, de no quedarnos sin nada, de salvaguardar retazos hermosos de ese naufragio. Después busqué lo que parecía la alcoba principal de la casa. Varios cuadros estaban desteñidos o totalmente opacos, al igual que un gran espejo, que había empezado a descascararse en el marco, con un reborde con difusas manchas de un color dorado. El tendido de cama estaba intacto, pero el cubrelecho parecía más una pradera de motas, insectos muertos, plumas y abundante polvo. Me intrigó que los cojines, de colores vistosos, no participaran de esa herrumbre cenicienta. Eran dos cojines con diseños orientales, puestos a la cabecera de la cama, que irradiaban una luz como de fuego contenido, y en los que el rojo bermellón parecía salirse de sus costuras rectangulares. Semejante deber ser nuestro corazón apasionado cuando queda huérfano de otra piel, cuando el hilo del deseo es cortado de manera abrupta. Igual situación padecen las ansias y el instinto cuando tienen que callar sus gritos de éxtasis y sus sollozos bienaventurados; porque nada duele tanto como echar tierra a lo vivo, como intentar sepultar la sangre insaciable y desbordante. Y por eso quedan titilantes, como brasas incandescentes, unas huellas en el cuerpo de las entregas compartidas que ya hacen parte de nuestras entrañas, parecidas a los sellos ardientes que penetran el músculo en pos de dejar la cicatriz no en la carne deleznable, sino en el eterno hueso. Largo rato estuve en esa casa, oliendo sus humedades en los rincones, observando cómo los techos se fisuraban en las cornisas y de qué manera la pintura se iba desprendiendo, libre ya de atracciones y leyes terrenales, de las paredes. Tuve tiempo para mirar la madera de las escaleras y los closets. Casi me abstengo de abrir uno de ellos, pero tuvo más peso mi curiosidad que el temor o la reverencia por esas antigüedades. Soplé una de las manijas para aliviarle un tanto su moho y con sigilo abrí una de las puertas. Varias prendas estaban estáticas, protegidas por bolsas de plástico; en la parte baja unos zapatos seguían manteniendo un orden inexplicable. La suciedad no había logrado minar del todo ese pequeño recinto. Cerré una puerta del closet y abrí la otra: cuatro cajones se ofrecieron a mi vista. Con cautela traje hacía mí el primero de ellos. Lo que descubrí, además de maravillarme, me produjo una inmensa alegría. Era una mariposa disecada, una morpho de azules iridiscentes. Metida en una caja, acorde a su tamaño, se mantenía intacta, imperecedera. Si no fuera por los alfileres que la sujetaban, muy seguramente se hubiera lanzado a volar. Tomé la pequeña caja y salí de allí. No había sido en vano mi visita a esa casa abandonada. Es probable que lo mismo pase con nuestro corazón enamorado, que después de quedar a la intemperie, de pasar la ordalía de la soledad, se aferre a algo, a un lugar, a una confesión, a un evento único e irrepetible y lo vuelva un tesoro, una reliquia con un significado extraordinario tanto más cuanto es un secreto personalísimo.

El abuso en los incisos

Nudos

En las correcciones a los textos producidos por los participantes en los cursos de Redacción que imparto he notado en buena parte de ellos un problema frecuente y es el empleo excesivo de incisos. Tal forma de construir los párrafos torna la prosa lenta, difusa, y es una de las causas de la pérdida de claridad y la digresión sin norte. Valdría la pena retomar algunos ejemplos para analizarlos y lograr sacar conclusiones útiles en esta siempre inacabada labor de aprender a escribir.

Transcribo unos primeros textos, tomados de una de las ponencias redactadas durante un curso. Estos escritos ya han pasado por el cedazo de al menos tres o cuatro correcciones:

a) Esto es, los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales, lo que se ha convertido, para ellos, en una gama de posibilidades frente a sus gustos.

b) En este segundo aspecto, la práctica de la lectura, bien sea por necesidad o por gusto, requiere de una consciente disposición desde donde se pueda intercambiar, con profundidad, con autores y textos

c) Puesto que la enseñanza-aprendizaje es un proceso, es obvio que, también, en este ámbito, la pausa implica tener en cuenta simbologías y acciones alrededor de la lectura.

En el primer caso, uno puede notar que la idea inicial, la de “los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales”, termina desdibujada por la intromisión de una segunda idea: “una gama de posibilidades frente a sus gustos”. Pero lo que hace más sinuosa la redacción es la inclusión de incisos como: “lo que se ha convertido” y “para ellos”. Al intercalar esos pedazos de texto, lo que sucede es que se pierde el foco preliminar de la idea; se fractura el orden natural del discurso. Podríamos sugerir una alternativa de solución:

Los lectores hoy pueden recurrir a textos físicos, audio e hipermediales y convertirlos en una gama de posibilidades frente a sus gustos.

Analicemos el caso siguiente. Hay dos incisos que desvían la idea de base: “bien sea por necesidad o por gusto” y “con profundidad”. Lo que no debía tener obstrucciones es el planteamiento de que “la práctica de la lectura requiere de una consciente disposición desde donde se pueda intercambiar con autores y textos”. Hay otras falencias en la redacción, pero lo que me interesa es mostrar cómo se diluye una idea por culpa del uso excesivo de intercalaciones como las mencionadas. Sería más limpio y más claro para el lector una frase como la siguiente:

En este segundo aspecto, la práctica de la lectura requiere de una consciente disposición para intercambiar significados con los autores o los textos.

Los dos incisos, si es que tienen una relevancia para el autor, podrían formar parte de una segunda idea o condesarse en un adverbio u otra expresión que cualifiquen o adjetiven, pero sin obstruir la fluidez del pensamiento:

En este segundo aspecto, la necesidad o el gusto de la práctica de lectura requiere de una consciente disposición para intercambiar en profundidad significados con los autores o los textos.

Detengámonos en el tercer fragmento. Lo primero que notamos es la abundancia de comas que son un indicio del excesivo uso de incisos. La idea con la que se empieza es fracturada hacia la mitad por “aclaraciones” que en lugar de hacerla más transparente para el lector, lo que logra es el efecto contrario: confundirlo o alejarlo del sentido propuesto. Una posible salida a tales falencias estaría en suprimir dichos incisos y eliminar unas comas innecesarias:

Puesto que la enseñanza-aprendizaje es un proceso, es obvio que la pausa implica tener en cuenta simbologías y acciones alrededor de la lectura.

Lo que me interesa señalar con estos ejemplos es que el abuso de los incisos oscurece la prosa y diluye el propósito comunicativo de nuestras ideas. Quizá por el deseo del escritor de decirlo todo en unas líneas, o por la falta de usar conectores lógicos adecuados o porque no tiene el tino para saber usar los signos de puntuación es que termina interpolando palabras o frases en una oración. También resulta oportuno decir que esto sucede porque se redacta el texto como van saliendo las ideas de la cabeza, sin un plan previo, y el resultado es una prosa atiborrada en la que la última palabra de una línea tiende a ramificarse en direcciones opuestas al tronco preliminar de una frase. Frente a este problema la relectura de lo que se va escribiendo es fundamental. De igual modo, resulta de gran ayuda emplear las posibilidades de la sintaxis, de organizar de otra manera los diversos elementos de una oración. 

Tomemos ahora un segundo grupo de ejemplos con el fin de corroborar lo expuesto y, al mismo tiempo, ofrecer alternativas de solución:

a) Así, desde el diálogo con la vida, y volviendo a lo ya señalado por Larrosa, podríamos afirmar que la biblioteca, más que un espacio, es algo que sucede al sujeto.

b) Esta es, de este modo, un llamado a poner entre paréntesis las necesarias estadísticas, para escuchar en la voz del sujeto esos impactos que la biblioteca ha generado desde la perspectiva de la información, formación y creación, de su autonomía como sujeto libre.

En el apartado “a” salta a la vista la construcción quebrada de la frase. Hay cinco comas seguidas que opacan la figura de la idea. Si se hubieran usado las rayas se habrían economizado al menos dos de ellas. Pero más allá de este otro tipo de recursos para redactar, lo que deseo destacar es una manera de  construcción intermitente, llena de interrupciones que conduce a la dispersión del lector. Bastaría hacer unos pequeños cambios para recuperar la continuidad de la idea:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar que la biblioteca es algo que sucede al sujeto (Larrosa, 2002).

O intentar meter al autor citado dentro del mismo desarrollo expositivo:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar con Jorge Larrosa que la biblioteca es algo que sucede al sujeto.

También cabría hacer otros ajustes, si es vital para nuestro planteamiento incluir lo del espacio:

Así, desde el diálogo con la vida, podríamos afirmar con Jorge Larrosa que la biblioteca más que un espacio es algo que sucede al sujeto”

Si nos detenemos en el ejemplo “b” podemos inferir varias cosas. La primera de ellas es que se empleó al empezar un doble conector que entorpece el movimiento del discurso. La segunda, que hay puestas comas innecesarias y, tercero, que faltó tejer mejor el argumento. De igual modo se presenta una repetición del término “sujeto” que poca variedad lexical le ofrece al párrafo. Sería suficiente para remediar estos fallos hacer unas ligeras correcciones:

Este es un llamado a poner entre paréntesis las necesarias estadísticas para escuchar en la voz del usuario esos impactos que la biblioteca ha generado en la información, formación y creación de su autonomía como sujeto libre.

De los cinco ejemplos puestos en consideración es válido sacar algunas conclusiones. Para empezar, que el uso excesivo de incisos le resta velocidad y precisión a la prosa. Otro resultado es que la abundancia indiscriminada de dichas intercalaciones puede llevar a un estilo en el que prime la digresión y no la concisión. De igual forma, si se abusa de esta desviación en el discurso, lo más probable es que el lector pierda el hilo de una exposición o la secuencia lógica de un argumento. Por todo ello, si se van a usar incisos en una frase es prioritario saber cuándo es pertinente hacerlo o cuándo resulta innecesario aglomerar esas pequeñas informaciones. Sea como fuere, es mejor conservar en la escritura la fluidez y la claridad, que apostarle a una redacción cortada, suelta y plagada de explicaciones superfluas.

Y si, por diversos motivos, es imperativo intercalar explicaciones dentro de un período deberíamos tener en mente los diversos recursos con que contamos en español. Desde la coma, hasta el paréntesis y la raya. Digo esto para evitar párrafos inundados de comas, y en los que escasea el punto seguido y el punto y coma. Si se sabe sopesar el peso de la información que se intercala en una idea se podrá elegir con tino el uso de uno u otro signo. Considero que la raya es una gran aliada cuando notamos que empiezan a multiplicarse las comas; siempre y cuando la aclaración que hagamos no sea tan extensa como para convertirse en otra idea demasiado alejada de su fuente. También ayuda a solucionar la prosa fracturada por la proliferación de incisos emplear frases no tan largas y sacarle provecho a la función de amarre de los conectores lógicos. En resumen, aprender a escribir es un permanente esfuerzo para limpiar a la prosa de ripios, dar el suficiente ritmo a la frase mediante el uso apropiado de los signos de puntuación y saber cohesionar las ideas en un apartado. Entre menos vueltas y recovecos le demos a un asunto más directa y ágil será nuestra escritura, más claras resultarán las ideas, y más contundente la fuerza comunicativa de su mensaje.

Isabel y el aro plateado

James Jean

Ilustración de James Jean.

Fue un regalo de su padre, Gonzalo,  para unas fiestas navideñas. La noche del veinticuatro, después de hacer la novena y cantar villancicos, reunidos alrededor del árbol, Isabel recibió aquel último obsequio. La niña  desenvolvió el regalo lentamente, gozando del pequeño placer de la sorpresa, porque el aro estaba metido en una caja grandísima. Carolina, su madre, también estaba sorprendida y ayudó a su hija a desempacar el último empaque del niño Dios. Al quitar la cinta que cubría las tapas de la caja, Isabel vio un círculo plateado que, de inmediato, la atrapó con su brillo cautivador.

Aunque el aro no tenía nada extraordinario, Isabel no dejaba aquel círculo para nada. Si tenía que hacer algún mandado, iba con él; si estaban viendo algún programa de televisión, ella lo conservaba al lado, como si fuera una  mascota que necesitara caricias permanentes; y cuado iba al colegio, siempre lo llevaba consigo al igual que su morral con útiles escolares. Isabel y el aro eran una sola persona.  Por la noche, ponía el círculo plateado cercano a su cama, semejando un ángel guardián de su sueño.

A su padre Gonzalo no le pareció extraño dicho comportamiento y hasta celebraba que Isabel tuviera tanto afecto por ese regalo navideño. Sin embargo, a veces la reprendía por estar jugando en el comedor o por sus salidas frecuentes a la calle cuando estaba empezando a llover, y entrar de nuevo a la casa con el aro lleno de barro. Otro tanto hacía Carolina, quien la recriminaba por ensuciarse la ropa con ese juguete y por mantener las manos sucias a todo momento. Isabel fingía una mejora en su comportamiento por unos minutos, pero pasado un tiempo volvía a coger su aro y salir a correr por las calles del barrio.

La alegría de Isabel comenzó a opacarse el día en que jugando aro con otros amigos de su edad notó que su círculo no era tan rápido o se desviaba con facilidad del objetivo propuesto. Y por más que ella lo impulsara con el palo o con su mano derecha, por más fuerza que le impusiera, el aro se comportaba con una pesadez que siempre llevaba a Isabel a terminar en los últimos lugares de la competencia. O sucedía también, en las pruebas de derrumbar con el aro botellas vacías de plástico puestas a la manera de columnas en el centro de la calle, que su anillo parecía ir bien direccionado al inicio y a medida que avanzaba por el pavimento se iba desviando, alejándose del objetivo, hasta terminar derrumbado en un balanceo interminable. Los amigos de la cuadra no le prestaban mucha atención a esa situación, pero a Isabel la desmotivaba el hecho de que su aro tan querido no estuviera en el nivel que se merecía. Así que, cada vez que sus amigos la invitaban a jugar aro en la calle o en el parque, ella prefería decir que no podía en ese momento, porque su madre la había mandado a traer algo de la tienda o que tenía que terminar unas tareas escolares. Los muchachos salían corriendo empujando sus aros, diciéndole a Isabel que la esperaban apenas terminara de hacer sus diligencias. La niña veía a sus compañeros alejarse entre risas y saltos, haciendo escaramuzas de competencias de velocidad o intentando la riesgosa prueba de saltar un aro en movimiento.

La tristeza de Isabel se hizo tan evidente que Gonzalo tomó cartas en el asunto. La ñina le explicó el motivo de su pena y el padre pasó a revisar el aro con cuidado. Frente a su hija Gonzalo revisó que el anillo, por el uso, no estuviera doblado o que por alguna melladura perdiera su condición de ir siempre en línea recta. El examen mostró que estaba en perfectas condiciones. Otro tanto sucedía con el asunto de la pesadez del aro. A Gonzalo le pareció tan liviano el objeto que podía levantarlo con el dedo meñique. Isabel quedó más tranquila con lo que vio y oyó decir de su padre. Al otro día, con gran optimismo salió a buscar al grupo de muchachos con el que siempre acostumbraba reunirse y, antes de que ellos dijiran algo, los retó a una competencia de velocidad. Sin embargo, el ánimo de la niña no estaba al mismo ritmo de su aro; a los pocos metros empezó a quedarse relegada y con gran dificultad alcanzó la meta. Los amigos y amigas se burlaron por unos minutos de la “colera” y después apostaron a quién llegaba de primeras a la venta de helados de la señora Rosita. Isabel dijo que debía volver rápido a su casa y tomó el aro en su mano, llevándolo en vilo como un ser herido. Lo que era tristeza se convirtió en vergüenza.

Carolina adivinó que algo le pasaba a su niña y buscó un momento para tener con Isabel una conversación. La niña le relató lo sucedido. La madre escuchó con atención los detalles del aro, haciendo que su silencio fuera una forma de mitigar la pena de su hija. Luego, abrazando a Isabel, le comentó que esas cosas no eran como para echarse a morir, que se trataba de un juego y que, por lo mismo, a veces se ganaba y otras se perdía. Que no se preocupara tanto y que para levantarle el ánimo le había preparado un jugo de curuba en leche. La niña se puso contenta, aunque la pena que sentía permaneció en su pecho al igual que el aro que estaba abandonado en un rincón de su alcoba.

Al ser hija única, Isabel era el centro de atención de sus padres. Por este motivo y porque la vergüenza por su aro se fue adentrando en el corazón de Isabel hasta el punto de llevarla a un encerramiento voluntario, Gonzalo y Carolina decidieron visitar el colegio y hablar con la psicóloga sobre el asunto. La profesional, quien se llamaba Marlén, los escuchó en su reducida oficina dejando en claro al final que ese era un comportamiento típico de las hijas sobreprotegidas y que lo mejor era desatenderse del asunto y no prestarle demasiada atención a esos caprichos de una niña consentida. Los padres sintieron que ese era un buen consejo y, apenas llegaron del colegio, tomaron la decisión de deshacerse del aro que ahora provocaba en su hija tanta amargura como en los meses anteriores había sido el motivo de muchísima felicidad.  Eligieron un potrero retirado de la casa donde vivían. Cuando Isabel regresó del colegio, antes de tomar el almuerzo, subió a su cuarto y lo primero que notó fue la desaparición del aro.  Salió corriendo a la cocina e indagó por él con su madre, pasó al comedor e interpeló a su padre sobre el mismo tema. Gonzalo y Carolina, le dijeron que por ahí debía estar o que ella misma lo había embolatado. Isabel entró en un estado de angustia que alteró por completo la rutina de ese día. Ni almorzó, ni dejó que sus padres pudieran consumir los alimentos. Entraba al cuarto, esculcaba aquí y allá, volvía a salir, husmeaba atrás de la lavadora, buscaba entre cajas, dentro de los closets, con tal desespero que sus padres tuvieron que decirle la verdad. Al conocer la noticia Isabel sintió de nuevo el amor perdido por su juguete y con lágrimas les suplicó a sus padres que la llevaran hasta el lugar donde habían tirado el aro de sus querencias. Por más que Gonzalo y Carolina se resistieron, fue tan genuina la tristeza que vieron en su hija que los dos decidieron ir con la niña hasta el potrero. Cuando llegaron al sitio descubrieron que el círculo plateado ya no estaba. Y por más que repasaron el lugar, a pesar de revisar centímetro a centímetro las partes donde la hierba era más alta, no fue posible encontrar el aro. Isabel extendió la pérdida del objeto hasta convertirla en una sensación de abandono sobre su propia persona. Se sintió huérfana sin serlo y bajo esa condición regresó a su casa, escoltada por sus padres que, sin quererlo, se sentían culpables del sufrimiento de su hija.

Después de unos días el hecho pareció olvidarse y la vida familiar volvió a la tranquilidad. Sin embargo, Isabel se afianzó en su soledad y en una forma de ser tan reservada que parecía rayar con la desaparición. Pasaron los años, la niña se hizo mujer, empezó a trabajar en una fábrica manufacturera, y continuó viviendo con sus padres hasta que ellos murieron. Así le llegó la vejez, sin hijos, habitando la casa familiar, manteniéndose de una limitada pensión, soportando los días recostada en su cama frente al televisor. Era frecuente que su memoria la llevara a aquella escena de infancia. Entonces, al igual que una avalancha de imágenes y gestos nostálgicos, de sentimientos y emociones melancólicas, a su presente volvía ese corto episodio de su niñez. Y aunque ese era un pedazo de historia de su más lejano pasado, la tristeza que sentía en ese momento tenía el mismo sabor de esos años, especialmente al observar por la ventana a los niños que jugaban en la calle y darse cuenta de que ninguno de ellos empujaba un aro como el plateado aquel que su padre le había regalado para una navidad.

El arte de fracasar de Rigoberto

Heinrich Kley

Ilustración de Heinrich Kley.

“Lo intentaste. Fracasaste. No importa. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Samuel Beckett

 

Todos le dijeron a Rigoberto que eso de dar vueltas en una pata era tarea infructuosa, además de conllevar un inmenso peligro.

—Lo más seguro es que te vas a romper los huesos —le vaticinó un antílope, al verlo intentar esas piruetas.

Pero Rigoberto, que había tenido en su mente desde muy pequeño la persistencia de su madre y el incansable espíritu de su padre, hacia caso omiso de tales comentarios y volvía a intentar su giro imposible.

Por supuesto, no es nada fácil para un elefante sostener todo su enorme cuerpo en una sola extremidad, y girar sobre ella, pero Rigoberto seguía intentándolo.

Estas pruebas las hacía por la mañana y dejaba para la tarde el revolcarse en el barro como una manera de contrarrestar los dolores, las magulladuras en patas y cuello, en caderas y vientre, producto de sus continuas caídas.

Un avestruz que había pasado mucho tiempo meditando en el caliente desierto le recomendó que, después de cada fracaso, dedicara un tiempo a analizar lo que había aprendido de tal evento. Rigoberto le hizo caso y empezó a notar ligeras pero importantes diferencias entre sus múltiples caídas.

Descubrió, por ejemplo, que si no hubiera intentado ponerse de pie en una pata poco sabría del equilibrio y menos aún de su peso. Eso pensaba tirado en el barrizal de un río. También notó que entre más se caía menos sentía el impacto. Y lo que le pareció más sorprendente de sus innumerables fracasos fue el nivel de previsión que iba adquiriendo con cada desplome de su descomunal figura. Casi que podía predecir con absoluta precisión el instante en que su corpulencia daría contra el piso.

Cantidad de intentos fallidos lo llevaron a sentirse optimista de sus derrotas progresivas. Y fueron muchos animales de la sabana los que empezaron a asistir para verlo fracasar. Rigoberto sacó provecho de ese público y empezó a transformar sus porrazos en un espectáculo.

—Fracasar es todo un arte —decía—. Y enseguida, convirtiendo su trompa en una flauta, creaba una fanfarria para anunciar con dramatismo su proeza: —Son muchos años de experiencia los que se necesitan para lograr una caída perfecta.

Los cegatones rinocerontes se reían, al igual que las hienas y las despreocupadas jirafas. Varias cebras festejaban con relinchos las ocurrencias de su colega de orejas gigantescas. Las gracias de Rigoberto eran una terapia en medio de las angustias cotidianas.

—Miren con mucha atención —exclamaba el elefante—. No pueden perderse a este maestro del golpazo más descomunal. Fíjense en la precisión como no logro mi objetivo.

Y todos los asistentes al improvisado espectáculo veían cómo Rigoberto empezaba a elevar las patas delanteras, impulsando el cuerpo hacia arriba, para luego, con movimientos estudiados por el ejercicio frecuente, comenzar lentamente a levantar una de sus patas traseras. El objetivo parecía estar logrado, pero cuando ya iba a dar el primer giro sobre esa pata, toda la mole del elefante empezaba a temblar y los espectadores, a la expectativa, seguían el fugaz bamboleo, el vaivén instantáneo que conducía al desequilibrio y el impacto estruendoso contra la tierra. Una ovación cerraba la demostración de Rigoberto.

El elefante con dificultad se incorporaba, volviendo a su improvisado escenario. Miraba a su público, moviendo una y otra vez la trompa en señal de agradecimiento.

—Recuerden este consejo —les decía a los espectadores que seguían mirándolo—: Lo bueno de buscar imposibles es todo lo que se aprende en los sucesivos fracasos.

Los animales volvían a reír. Pero la broma de Rigoberto contenía una verdad que sólo las fábulas han sabido transmitir a lo largo de los siglos

El vigía de la ventana (4)

Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski.

Mayo 1 de 2020

He visto, oído y vivido la repetición de acciones, de noticias y asuntos cotidianos que padecemos los confinados por el coronavirus. Al no tener el afuera –el espacio propio de la aventura–, todo se reduce a microescenarios que, si bien buscan crear un cambio en las comidas, en las tareas, en la rutina diaria, lo cierto es que agotan sus posibilidades después de por lo menos dos semanas. Los aislamientos obligatorios tienen ese peso en nuestro espíritu volátil y dinámico: repetir lo que hacemos, machacar como un eco lo ya hecho y conocido. He recordado lo que dice Cortázar en un cuento memorable: “Las costumbres son la cuota de ritmo que nos ayudan a vivir”. Sin embargo, estas otras rutinas de la cuarentena están privadas del aire de la novedad, de las iniciativas inéditas que brotan de las interacciones, de los problemas e inquietudes que trae consigo un trabajo, una ocupación afuera de nuestra casa. Pareciera que el número de posibilidades es menor en la medida en que agotamos o suprimimos los espacios en que nos movemos. La repetición de noticias, de un videojuego, de hablar con familiares, de navegar en internet, va convirtiendo al enclaustrado en un ser proclive al hastío o a una ataraxia que, para nada, es un propósito espiritual o de alcances metafísicos. Es probable, como sucede en mi caso, que el contacto con la lectura y la escritura, sean modos diversos de hacer lo mismo; aunque me hace falta visitar las librerías, recorrer las calles de mi barrio, dejarme habitar por las voces y las gentes que transitan y pueblan mi ciudad. La repetición condensa el tiempo, lo constriñe hasta el punto de verle su rostro –siempre escurridizo– en el minutero del reloj o en el cronómetro que aparece arriba en la programación de la televisión por cable. Se padece en el espíritu la gravedad del tiempo lento. Ese hastío va corroyendo el ánimo y pone al cuerpo en una condición de “abandono” que, si no se tiene la voluntad lo suficientemente ejercitada, puede llevarlo a la desesperación o a una inercia en la que da lo mismo hacer o no hacer cualquier cosa. Estar obligado a repetirse es una forma de castigo; como bien nos lo enseñó el mito de Sísifo; y es de igual modo, una prueba de fuego a la libertad del ser humano. Rememoro los trabajos forzados, las rutinas inapelables de las cárceles, las draconianas rutinas militares y me digo que la ansiedad por salir de la cuarentena, el deseo para que se reactive la economía, la esperanza de que circule lo más pronto el transporte aéreo, todo eso, no son más que indicios de no querer seguir haciendo lo mismo, una fuerza interna que anhela cambiar, de llenarse de vicisitudes y peripecias para así darle matices, tonalidades, variaciones melódicas a la monotonía de la existencia. Las repeticiones obligadas, como escribió Albert Camus, “vacían de sentido las expresiones del corazón”.

Mayo 2 de 2020

Que los campeonatos de fútbol hay que posponerlos hasta julio, que las pruebas ciclísticas tendrán que realizarse después de medio año, que los restaurantes a lo mejor podrán abrir sus establecimientos a los comensales no antes de agosto, que los juegos olímpicos de Tokio se realizarán en el 2021… La cuarenta, su acecho invisible, ha puesto de moda el verbo “posponer” junto con una cadena de términos semejantes: “aplazar”, “retrasar”, “relegar”, “retardar”. Congresos nacionales o internacionales aspiran a realizarse dos o tres meses adelante, las aerolíneas piden y sueñan empezar a operar por lo menos en un mes, los centros comerciales confían en abrir sus almacenes apenas termine la cuarentena (el 11 de mayo) y poder así, aminorar sus pérdidas y dinamizar la economía. La misma fecha del término del aislamiento ha ido postergándose cada quince días, convirtiendo cada fecha límite en inicio para otro período de encerramiento, dependiendo de cómo avance el número de contagios, de cómo crece o se aplane la curva, de si se cuenta con las suficientes unidades de cuidado intensivo. Esta pandemia ha roto los cronogramas, las agendas, la certeza de los horarios o la detallada administración del tiempo. El verbo prever se lo escucha asociado preferiblemente a la dimensión de la salud y para el acopio de alimentos. Todo lo demás, se conjuga con el calificativo del “después”, con el condicionante de la subordinación, con la justificación de estar “supeditado” a la evolución de la pandemia. Este virus ha obligado, tanto a personas como a entidades, a alterar las prioridades, a cambiar la escala de las preferencias. Lo fijo se ha vuelto provisional, lo determinado o programado con anticipación se ha convertido en un “tal vez”, un “quizá”, un “de pronto”. La pandemia alarga el tiempo, lo vuelve gelatinoso, se regodea en las demoras, vive plena en los retrasos. Aunque no quisiéramos, nuestras decisiones y proyectos los estamos ajustando con el rasero de lo “indefinido”. Y lo indefinido es un modo de “suspensión”, una herida de Medusa a nuestras actividades cotidianas. Nos hemos quedado con el presente, sacando del cuarto de San Alejo el pasado, y añorando que la estatua detenida del futuro recobre el fluir de la vida.

Mayo 3 de 2020

Uno supondría que, frente a la amenaza de una pandemia, con tantas víctimas en el mundo, el deseo de matar pasara a un segundo plano. Pero no es así. Al menos en Colombia durante esta semana se han seguido asesinando líderes sociales, en un sistemático proceso de extinción de aquellas personas que defienden los derechos humanos o, por convicción, se oponen a que la ambición del narcotráfico inunde de sangre sus campos. Como siempre, son difusos los móviles o los posibles asesinos y, como siempre, todo entrará en una exhaustiva investigación. Pero más allá de la falta de protección real a estos líderes del Cauca, lo que me llama la atención es cómo el temor frente a un virus es menor que el deseo de venganza; el miedo a contagiarse cede su paso a provocar otro miedo social: el de la intimidación. Porque no se trata de asesinatos a escondidas o hechos con el favor de la oscuridad. Se hacen a plena luz y frente a la familia de la víctima. Supongo que si los criminales usan tapabocas, no es tanto para protegerse del covid-19, sino para evitar el reconocimiento público. A veces el odio es más fuerte que el miedo a la infección; o de pronto, las infecciones más terribles, las que nunca tienen vacuna, son esas que brotan del resentimiento, del fanatismo o de la ambición ciega por el dinero. O también es posible que a los grupos armados ilegales les parezca poca cosa 16 asesinatos, con tal de tener el control de un territorio. Y aún cabe otra posibilidad: que la ilegalidad, por andar siempre por fuera de la ley, se considere inmune al coronavirus, como se han burlado las endebles políticas protectoras del Estado o de los estamentos que deben velar por la seguridad de todo ciudadano.

Mayo 4 de 2020

De cara a la apertura paulatina de la economía, y como una manera de aprender a convivir con el coronavirus, la recomendación de los altos mandatarios o de las cabezas directivas del gobierno es la de “reinventar”. Reinventar las formas de producir y de hacer circular los productos; reinventar las maneras de trabajar; reinventar la estructura misma de concebir y funcionar una empresa. Comprendo que la invitación es apenas la indicada para estos momentos de incertidumbre y de lucha por mantener un empleo; me parece más que atinado pedirles a pequeños empresarios y a gerentes de la gran industria que se autogestionen y rediseñen estas nuevas maneras de funcionamiento. Por supuesto, esa petición para que sea “sistémica” requiere que otros estamentos tanto del sector administrativo del Estado como del sector bancario –para poner sólo dos casos– también se reinventen, so pena de que lo que se idee innovadoramente en un campo no termine detenido o castigado por otro. Casi siempre la lógica de la burocracia y del control va en contravía de lo innovador y creativo; es más, muchos proyectos no logran su realización o sus resultados, no tanto por la concepción novedosa o su creatividad, sino porque aquellos estamentos que los evalúan, lo hacen con formatos que están gestados desde lo ya establecido, desde un statu quo validado y reconocido por un grupo de “expertos”. Esto es lo que hace que la innovación sea riesgosa, que implique un liderazgo a prueba del rechazo, y que en la mayoría de las ocasiones se haga por medios divergentes, en los márgenes, más con la tenacidad y la iniciativa individual que con el beneplácito de la mayoría. Reinventar, por lo demás, presupone no un acto de chispa, sino de investigación, de una reserva de capital para cubrir el “fracaso”, los prototipos que no funcionan, el experimento que no resulta. Reinventar, en este sentido, es una actividad costosa. De otra parte, cualquier reinvención presupone un cambio de percepción en los usuarios, en el público, en los futuros beneficiados o potenciales compradores. Recuérdese no más la reinvención de la máquina de escribir por un procesador de texto. Recalco lo anterior para darle al mandato a “reinventar” su justa proporción o alcance: ni suponer que eso es un acto creativo de una sola rueda del engranaje social, ni obviar el riesgo que trae consigo. Y tal vez, si fuéramos más audaces y responsables con nuestra historia, la gran “reinvención” que deberíamos hacer todos, gobernantes y gobernados, es concebir otra forma de construir sociedad, con menos inequidades, con una mejor calidad de vida para la mayoría de las personas, con justicia social y participación efectiva en la toma de decisiones. Eso sí sería una “reinvención” estructural y no un mero afán por salir de los efectos de una pandemia.

Mayo 5 de 2020

Como era de esperarse, el presidente ha anunciado hoy el alargue de la cuarentena hasta el próximo 25 de mayo. Lo nuevo es que se seguirá ampliando, gradualmente, la apertura económica a otros sectores como el de fabricación de muebles, automóviles y prendas de vestir, eso sí, siguiendo “estrictos protocolos” y de acuerdo a los lineamientos de los acaldes. De igual modo, desde esa fecha, podrán abrir sus establecimientos las librerías, papelerías, los centros de diagnóstico automotor y las lavanderías a domicilio. Este nuevo tiempo de confinamiento fue respaldado, una vez más, por expertos epidemiólogos y según un detallado análisis de riesgo presentado por el Ministro de Salud. Además, los niños desde 6 años hasta jóvenes de 17 podrán salir a los parques, durante media hora, tres veces a la semana, a “tomar el sol”. La frase motivo de este día, tanto para ampliar más la apertura de la economía como para alargar el confinamiento, ha sido la de “vigilancia epidemiológica”. Es decir, una toma de decisiones amparada en datos, frecuencias, estadísticas diversas. Esa parece ser la “nueva normalidad” a la que tendremos que familiarizarnos este mes y los que siguen, por lo menos durante este año. Una normalidad fluctuante, inestable, porque dependerá de qué tanto suba o baje un porcentaje, y de cómo se combinan diferentes variables como el número de infectados, el número de pruebas y el número de camas con respiradores en los hospitales. La nueva normalidad tiene una consistencia de estira y encoje, porque si se sobrepasan los porcentajes previstos, seguramente tendremos que volver a encerrarnos si es que, en verdad, queremos cuidar la vida. Y como sucede siempre con los argumentos basados en estadísticas, se usan las tablas y los diagramas de barras, como argumento suficiente para convencernos de que la conclusión tomada es la correcta. Aunque el verdadero telón de fondo de todos estos guarismos y curvas estadísticas es controlar, con un eje de coordenadas, lo que continúa invisible y amenazante en el ambiente: el miedo. Ese siempre ha sido un deseo de los guarismos, el de poder delimitar o nominar lo que parece gaseoso o inasible; el de prefigurar o atrapar el incierto futuro. “El miedo no es bueno para el futuro”, afirmó  el gerente de la Fundación Santafé; en consecuencia, hay que tratar de dominarlo saliendo a trabajar con esta nueva “normalidad” y teniendo como escudo el cálculo y las probabilidades que podemos hacer en el presente.

Mayo 7 de 2020

Una encuesta realizada entre el 8 y 20 de abril, con 3549 personas, mayores de 18 años, y realizada por Profamilia con el apoyo del Imperial College de Londres, mostró, entre otros resultados, que un 34% dice no resistir la situación de la pandemia, un 34%, afirmó que la sufren, y un 40 % dijo que la aceptan. La encuesta corresponde al “Estudio de solidaridad sobre la respuesta social a las necesidades de distanciamiento social para contener el covid-19 en Colombia”. El 75% manifestó que el coronavirus ha afectado su condición mental, manifestada en ansiedad (54%), cansancio (53%), nerviosismo (46%) o rabia (34%). Y otras encuestas similares, hechas por ejemplo por el Observatorio de Políticas públicas de ICESI, concluyeron que además de la ansiedad, a la depresión se sumaba un alto nivel de preocupación por la salud de los seres queridos (84%) más que por la propia salud (16%). Me detengo a pensar en estos resultados y dimensiono el lado menos evidente de esta pandemia; no los signos exteriores como la fiebre o la tos seca, sino esos síntomas de la interioridad que a veces nos parecen menos preocupantes pero, que si uno lo analiza con cuidado, resquebrajan desde adentro nuestro ser. Porque la ansiedad, demos por caso, acumula sus heridas poco a poco, a veces sin parecer nada preocupante o anidándose al lado de nuestras almohadas para no dejarnos dormir bien o para atiborrarnos de pesadillas agotadoras. La ansiedad azuza la imaginación en su lado más negativo, puya en la mente el derrotismo, el fatalismo, el destino infausto o el callejón sin salida de la mala suerte. Y esta misma ansiedad, al ir tomando posesión de nuestro pensamiento, se revierte sobre el cuerpo para ulcerarlo, trastocarle los ciclos de alimentación o poner en corto circuito a nuestro sistema nervioso. La ansiedad puede ser una explicación a la violencia intrafamiliar o al mal genio que está al acecho por cualquier nimiedad. Creo que, y esa parece ser una buena medida “no para favorecer la apertura de la economía”, el contar con fundaciones u organizaciones dispuestas a atender estas dolencias del alma en lo que lo más importante es “poder hablar” y “poder ser escuchados”. En esa vía está la Fundación Santo Domingo y Profamilia con la plataforma “Porque quiero estar bien”, cuyo eslogan ya es en sí mismo una salida a estos problemas: “Te escuchamos, te acompañamos, te ayudamos”. Esa parece ser la vacuna; a la ansiedad se la controla o se la derrota así: hablando con sinceridad de lo que nos agobia, recibiendo la escucha atenta de otro ser humano, sintiendo la comprensión y la compañía –así sea con tapabocas y a un metro– de quienes reciben nuestra desazón o nuestro miedo. La ansiedad se cura no callando, no aguantando, no autoengañándonos, no pareciendo solitarios héroes mudos y embravecidos. Esta enfermedad del alma requiere un genuino reconocimiento de nuestras flaquezas y debilidades, y la apertura a dejarnos ayudar, sin que por ello sintamos que somos endebles o incapaces de sortear una amenaza como el covid-19.

Mayo 8 de 2020

Durante toda la pandemia se ha hablado, por parte del gobierno o de diferentes ministros, del término “pedagógico” para referirse a un video, al modo de presentar una medida de salud pública o a un comportamiento esperado por parte de la comunidad. Aunque, en un primer momento, uno podría llegar a pensar que pedagógico se confunde con didáctico, lo cierto es que se asemeja a cualquier producto audiovisual que explica o informa sobre determinado asunto. A veces hace las veces de “recomendaciones” o de “pautas de conducta”; en otras ocasiones sirve este apelativo para presentar una “información”, comunicar una “prescripción” o señalar algunas “advertencias” derivadas del mismo confinamiento obligatorio. Tal banalización del término no contribuye mucho a que la gente común y corriente entienda qué es lo que en realidad hacemos los maestros y menos a que noten la diferencia entre lo que dice un mandatario y, luego, lo que muestra como ilustración “pedagógica”. Buena parte de las piezas usadas por el alto gobierno son información audiovisual, pero muy lejanas de la transformación de un contenido para que sea claro, secuencial, enfocado a un determinado público, convergente en el uso de diferentes medios de comunicación, selectivo en el lenguaje utilizado y acorde a un propósito específico de aprendizaje. Las mismas gráficas empleadas son un decorado, pero sin el sentido de servir de orientación o de ofrecer una traducción más comprensible de lo dicho. Si se olvida que lo pedagógico, en sentido amplio, y lo didáctico en lo específico, tienen como fin traducir o convertir determinada información en un producto asimilable por otra persona, se caerá en un generalismo que más que ayudar a aclarar, lo que hace es confundir. Bien lo dijo hoy la alcaldesa Claudia López el finalizar su presentación sobre las nuevas medidas para Bogotá, a partir del próximo lunes 11 de mayo: “una cosa es anunciar y otra cosa es comprender”. Precisamente la labor de un educador consiste en eso: transformar un contenido en unidades asimilables, hacer transferencia de lo erudito y abstracto a lo sencillo y concreto, ponerse en el lugar del que aprende para secuenciar, dosificar y adaptar determinado conocimiento. Tal vez por ese uso errado de “pedagogía” es que las políticas públicas ni logran impactar, ni ser asumidas o acatadas en su real magnitud.

Mayo 10 de 2020

Una celebración del día de la madre sin abrazos físicos, sin besos en directo. En cambio aumentaron las videollamadas, los mensajes en whatsapp, los correos electrónicos. Tampoco se olvidaron las serenatas, solo que en esta ocasión debieron hacerse mirando la pantalla de un celular o de un computador. Estos hechos me evocaron la época de las oficinas de Telecom en los pueblos, de las operadoras, de los pequeños locutorios a donde le pasaban a uno la llamada y, desde allí, como si fuera un acto mágico, escuchábamos a los seres queridos lejanos, a esos que desde hacía mucho tiempo no oíamos o de los que no teníamos noticia alguna. Eran pocos minutos, a veces con sonidos interrumpidos, pero bastaban para alegrar a alguien o darle un poco de tranquilidad afectiva a nuestro corazón. El coronavirus ha replanteado, al menos por un tiempo, la manifestación de nuestros afectos: si estamos con los seres más queridos, nos toca tratarlos a distancia, sin tocarlos, sin traspasar la barrera de un metro; y si no estamos compartiendo la casa con ellos, lo mejor entonces es no ir a visitarlos, alejarlos más de lo que ya están. Perdida la fuerza del contacto, esa intransferible sensación de abrazar otro cuerpo, nos hemos visto obligados a poner nuestra voz y nuestras palabras escritas como única forma de rubricar esos vínculos de la sangre. Hay algo de trato fantasmal: disuelto el cuerpo del ser amado, se asemeja más a una ausencia cargada aún con los atributos de la imagen; es una especie de “aparición” que conservamos como “visión” tutelar o como un “espíritu”. Sabemos que están vivos, pero al mantenerlos alejados de nosotros, les otorga un tinte de “desaparecidos” o de pertenecer al álbum de los seres más queridos de quienes conservamos solamente las “instantáneas” de sus recuerdos. Yendo un poco más lejos: el coronavirus ha puesto en cuarentena no solo nuestros cuerpos físicos, sino que ha ido evaporando las manifestaciones de los afectos interpersonales. La sociedad líquida, de la que hablara Zigmunt Bauman, dio paso a la sociedad evanescente.

Mayo 11 de 2020

En varias entrevistas de los telenoticieros de este miércoles se les preguntó a trabajadores que retornaban hoy a sus labores sobre cuál era su sentimiento o cuál era su opinión sobre este retorno al mundo laboral. Las repuestas subrayan el entusiasmo y la alegría de volver a sentirse activos, con fuerzas para conseguir lo necesario para vivir y contentos de conservar su empleo. A pesar de un cierto temor, el hecho de sabernos útiles, de hacer parte del mundo productivo y, sobre todo, de tener la evidencia de no estar vacantes, hace que el trabajo sea visto como algo fundamental. Pienso que el ser humano, a pesar de su fantasía de “vivir sin hacer nada”, requiere este insumo de la actividad, de la labor, de constatar que con sus manos y su esfuerzo puede conseguir los recursos económicos para satisfacer sus necesidades básicas. Este hecho, de no depender exclusivamente de la caridad o la beneficencia pública, convierte al trabajo en un medio para afianzar la dignidad y, muy especialmente, en un recurso que apalanca la libertad de las personas. Para ponerlo en otras palabras, el trabajo le quita al ser humano la penosa carga de la incertidumbre y reafirma al padre o la madre cabeza de hogar en su rol de cuidador responsable. Así sea poco o mucho lo que se gane, el trabajo crea una especie de “certeza” en medio de la inestable situación propiciada por el coronavirus. Más allá de recibir un mercado o un dinero del Estado, más allá de las campañas de solidaridad para que los más empobrecidos logren sortear la cuarentena, el volver al trabajo es una especie de liberación de cadenas, de poner en los propios brazos la confianza de que el presente no depende del capricho de otros o de la suerte, que siempre es incierta y muchas veces injusta. Es posible que esta sobrevaloración del trabajo corresponda, como tantas otras cosas en la vida, a su amenaza de pérdida o a ese súbito distanciamiento ocasionado por el covid-19; pero, más allá de la eventualidad, lo que nos muestra este hecho de retornar al taller, al mostrador, a la fábrica, a la obra en construcción, es que el trabajo además de ser la forma como conseguimos recursos para la sobrevivencia, le devuelve a los seres humanos un fuero de autonomía y un sentido de proyecto, un lugar de existencia a partir del cual hallar un reconocimiento social y la posibilidad de sentirse parte de la gestación o elaboración de algo. Porque si uno tiene un trabajo organiza el inestable futuro y quita de su mente el triste y angustiante fantasma del vagabundeo permanente.

Yolanda y el pájaro copetón

Daira Petrilli

Ilustración de Daira Petrilli.

A Yolanda le gustaban los pájaros. De niña, cuando la sacaba al parque su madre, se extasiaba mirando y escuchando aquellas criaturas que saltaban entre los altos árboles. Su mamá tenía que romper aquel embeleso porque Yolanda, en lugar de dedicarse a jugar en el columpio, prefería mirar esos seres con plumas de colores que entonaban una música que la llenaba de mucha felicidad.

Desde esa corta edad, Yolanda quiso tener pájaros en su casa. Pero su madre, Doña Inés, no era amante de estar de esclava del cuidado de un animalito. Por eso Yolanda le encantaba llegar muy temprano al colegio donde estudiaba, porque en el segundo piso, después de una improvisada sala de música que tenían las monjas salesianas, estaba varias jaulas con pájaros de diverso color. Allí fue que Yolanda aprendió a distinguir cuáles eran los azulejos, cuáles los turpiales y cuáles los ruiseñores. Y casi siempre llegaba tarde a la primera hora de clase, por quedarse contemplando esas pequeñas cajas de música.

En el colegio las profesoras coincidían en que si bien Yolanda era aplicada y cumplidora de sus deberes escolares, se mostraba poco participativa en clase y muy silenciosa. El veredicto que le transmitieron a su madre fue que la niña era demasiado tímida e introvertida. Doña Inés no le prestó demasiada importancia a tal comentario y más cuando supo que a su hija le iba muy bien en los estudios. Algo había heredado de ella y algo de la abuela Berenice que, como decía el difunto Matías, su esposo, “apenas musitaba palabra”. El tiempo que no empleaba Yolanda estudiando lo dedicaba a colorear un libro con figuras de pájaros que su madre la había regalado para navidad. Y, por supuesto, también se entretenía con devoción en dibujar aquellas criaturas. Con muy contados contratiempos, Yolanda terminó sus estudios básicos sin pocas compañeras o amigas y apenas relacionándose con las otras muchachas de la cuadra donde vivía. Lo que sí disfrutaba era visitar los parques, entrar varias veces a un jardín botánico que quedaba no muy lejos de su casa y, cuando su madre se lo permitía, tomar un bus intermunicipal para viajar y estar varias horas en el campo.

Yolanda empezó a estudiar veterinaria pero, después de dos semestres, se retiró porque casi todas las asignaturas se centraban en caballos, vacas, perros y gatos, pero nada de aves. Su madre no estuvo de acuerdo con esa decisión e insistió en que debía pensarlo mejor, porque los contados recursos que tenía no era para estarlos desperdiciando. Yolanda simuló que asistía a la Universidad, aunque en verdad lo que hacía era vagar por un parque que había descubierto cercano a la Universidad y que, como cosa especial, estaba casi siempre con muy poca gente.

Abandonados los estudios de veterinaria, Yolanda intentó buscar algún trabajo. Tuvo buena suerte y pudo, sin muchos inconvenientes, empezar a trabajar como cajera en un supermercado. Doña Inés le recriminaba tal empleo, pero luego de unos meses se acostumbró a aquella situación, entre otras razones porque Yolanda le había dicho que con lo que ganara iba a ahorrar para pagarse ella misma sus estudios de Hotelería y turismo. Como el turno de su trabajo empezaba a las dos de la tarde, Yolanda desayunaba bien temprano para aprovechar las primeras horas de la mañana e ir a disfrutar el parque que tanto le gustaba.

Con el primer sueldo, y a pesar de la resistencia de su madre, Yolanda compró una jaula y un par de ruiseñores. Los ubicó al lado de la ventana de su habitación. Ella soñaba con que al otro día, a primera hora, las aves la despertarían con su canto, pero los pajarillos permanecieron en silencio. La mujer supuso que era una reacción natural de los animales a un nuevo ambiente, porque cuando los compró un sábado por la mañana, el par de aves cantaban con brío y de manera continua. Cambió el periódico de la jaula, renovó el agua, puso el concentrado y se despreocupó de los pájaros que, durante el tiempo que estuvo en la habitación, no emitieron ningún sonido. Salió a trabajar, recomendándole a Doña Inés, el par de ruiseñores.

Cuando regresó por la noche, mientras comía un pedazo de pan integral con un agua aromática, su madre le dijo que los pájaros casi la habían enloquecido con su canto. Yolanda se puso feliz con la noticia y corrió a su cuarto a ver sus aves. Los vio juntos en la vara, despiertos, pero sin emitir ningún sonido. La mujer quería escucharlos trinar, pero supuso que por la hora, ya su naturaleza les dictaba que debían callar. Entonces, como le dijeron en la tienda de animales donde los había comprado, cubrió la jaula con una manta y les expresó unas palabras cariñosas invitándolos a dormir. Enseguida se sentó en la silla de un pequeño escritorio, sacó su cuaderno de dibujo y empezó a delinear la figura de un pájaro copetón. Le salió así, sin copiar, como si esa ave viniera del bosque de su interioridad. Dejándose llevar por su imaginación le puso al ave, en el pico, una llave, como la de la cómoda donde su madre guardaba las porcelanas. Luego empezó a colorear los ojos del ave y a encrespar los pelos del mechón. Satisfecha con su obra, cerró el cuaderno de dibujo y se sentó en la cama a desenredarse el cabello. Se miró en el espejo del tocador y se vio más pálida que de costumbre. Atribuyó el color de su piel al tenue bombillo que alumbraba la habitación. Pasó luego a desnudarse, se puso una piyama con diseños de aves, y después de unos minutos entró en un sueño que la acompañó hasta las cinco de la mañana.

Apenas se despertó, subió la persiana, quitó el manto protector de la jaula y esperó, de pie, a que los ruiseñores la sorprendieran con sus exquisitas melodías. Los pájaros saltaron al piso y de ahí a su vara, picotearon algo de alimento, tomaron agua, revolotearon en varios sentidos, agarrándose algunas veces con las patas a la reja de la jaula, pero en ningún momento emitieron un trino. Yolanda no sabía cómo explicar ese mutismo de las aves, si su madre le había dicho que los ruiseñores en la tarde anterior no habían dejado de cantar un minuto. Contempló de nuevo los dos pajarillos y, como no quería hacer enfadar a su madre por no acompañarla a desayunar, prefirió darse una ducha y bajar cuanto antes al comedor. Durante el tiempo que bebió un té verde y una taza de cereal, le compartió a Doña Inés el asunto de los pájaros. Su madre dijo que eso pasaba muchas veces porque, según le había escuchado decir a la abuela Berenice, los ruiseñores cantan cuando quieren. Yolanda, terminado el desayuno, lavó la loza y se dispuso a su caminata hasta el parque situado a unas cuadras de su antigua universidad. Por primera vez, en muchos años, se sintió sola.

Volvió a su casa a horas del almuerzo. Le preguntó a su madre, cómo estaban los pájaros y ella le contestó que por andar en la cocina no había estado pendiente de las aves. Sin embargo, Yolanda escuchó el trino leve de los ruiseñores y fue rápidamente a su habitación. Sin embargo, a la par que se acercaba notó que el trinar de las aves era más débil, hasta el punto de que cuando abrió la puerta ya no se escucha ningún sonido melodioso. Bajó de nuevo al comedor, almorzó una ensalada fresca y decidió pasar, antes de entrar a trabajar, a la tienda donde había comprado el par de ruiseñores. Se despidió de su madre y fue hasta el paradero para tomar un transporte público que la llevara hasta el lugar. La atendió la misma muchacha que le había vendido los pájaros. Ella le explicó lo del evento del poco canto de lo ruiseñores, dejando entrever si esto era a causa de alguna posible enfermedad. La vendedora le dijo que no y que, algunas veces, por desconocer un nuevo ambiente, estas aves se silenciaban hasta que tomaran posesión de su territorio. Yolanda quedó satisfecha con la respuesta y salió a buscar de nuevo el transporte que la dejara cerca al supermercado. Por su mente pasó la idea de cambiar la jaula por una más amplia, a ver si de esta forma los pájaros se sentían más libres para cantar.

El sábado siguiente, que no tenía que trabajar, fue hasta la plaza de mercado del sector y en un local ubicado al lado de la venta de alcancías de barro y utensilios de cocina, encontró lo que estaba buscando. Cargó durante varias cuadras el objeto y entró a su casa con esa sorpresa para su madre. Doña Inés le dijo que ya dejara quieto a los animalitos, que eso no era asunto de jaula, sino de la propia constitución de los pájaros. Yolanda la escuchó en silencio, mientras comía su cena frugal; enseguida agarró la jaula y subió a su alcoba. Le dio pesar despertar a las aves pero, aun así, los tomó para hacer el cambio de esa reducida cárcel. Los ruiseñores se dejaron trastear sin oponer resistencia. En la nueva habitación enrejada estuvieron un tiempo en el piso, aleteando cada vez que la mujer movía la jaula. Yolanda los cubrió con la manta y esperó que al otro día este cambio de ambiente diera buenos resultados. Entró al baño, se lavó bien las manos y se dirigió a su escritorio para empezar a dibujar.

Observó el dibujo que había realizado la noche anterior y le pareció que debía acompañar aquel copetón con otra ave. Eso pensó al inicio pero, luego, dejándose llevar por la mano, sin oponer resistencia, comenzó a delinear el rostro y el cuerpo de una mujer. A Yolanda no se le facilitaba pintar retratos, pero en esta ocasión sintió que podía hacerlo. Cambio de lugar, trasteando el asiento hasta el tocador. Frente al espejo miró su rostro y empezó a copiar esos rasgos. Se detuvo un buen tiempo en darle forma a su labios porque, según ella creía, eran de los rasgos más hermosos de su rostro. Puso especial atención en lo delicado de su nariz y en el fino mentón. Vistió a la mujer con un vestido de seda de color oro, muy parecido al que su madre le había regalado para el día del grado de bachiller. Se detuvo en destacar su cuello, dejándolo desnudo al igual que sus hombros. A pesar de estar dibujando, que era una de sus grandes alegrías, volvió a sentir una tristeza en todo el cuerpo. Terminó de detallar el diseño de la tela del vestido, un racimo repetido de granadas que se esparcían a la manera de un jardín, y se quedó pensando largo tiempo, contemplando en el espejo la lozanía de sus mejillas y la inmaculada frescura de su frente. Unas lágrimas se desprendieron de sus ojos. Se las secó con el dorso de la mano derecha, la misma con que dibujaba, y retornó a su obra. Tal vez incitada por aquella tristeza, por la soledad de su piel de tantos años o porque el pájaro del lado tenía en su pico una llave, empezó a dibujar encima del pecho izquierdo de la mujer el diseño de una cerradura. Y, para darle más énfasis a aquel detalle, recordó cómo eran los cuadros de las vírgenes que tenían las hermanas decorando algunos salones en el colegio, y pintó una mano como protegiendo el seno en que sobresalía aquella cerradura. Duró un buen tiempo para lograr que el gesto de la mano tuviera la suficiente levedad como para parecer que entregaba y protegía al mismo tiempo ese cerrojo. Después se sintió muy cansada. Guardó el cuaderno de dibujo en el cajón del escritorio, fue al baño, se lavó los dientes y retornó a sentarse en el lecho. Esta vez no empezó a alisarse el cabello, sino que se lo recogió, haciendo una especie de moña. A su mente acudieron muchos recuerdos e infinidad de silencios. La tristeza  la envolvió por completo. Una vez más las lágrimas asomaron en sus ojos. Comenzó a desnudarse poco a poco, como era su costumbre, pero en lugar de ponerse la piyama de pájaros, eligió una prenda diferente. Buscó entre el closet, en la parte más resguardada del mueble, el vestido de grado que estaba protegido por una blusa plástica. Lo puso sobre la cama y se maravilló de que aún conservaba el brillo oro de hacía tantos años. Se quitó la ropa interior, pasando luego, con delicadeza, a ponerse el vestido, procurando mantener intactos los dobleces. Sin levantar el tendido de la cama, se acostó en ella, mirando la tenue luz del bombillo que, por el agua de sus lágrimas, parecía emitir una luz difusa, casi indefinida.

Doña Inés se sorprendió al otro día de que su hija no bajara a desayunar con ella. Supuso que era cosa del sueño porque los ruidos de la noche anterior en el cuarto de Yolanda daban a entender que había estado despierta hasta las primeras horas de la madrugada. Tampoco escuchaba a los ruiseñores. El excesivo silencio la puso en alerta. Subió, entonces, hasta el cuarto de su hija. Golpeó con discreción en la puerta. Nadie le contestó. Con sigilo abrió la hoja de madera y vio a Yolanda tendida en el lecho, con su vestido de grado. Se acercó a ella con cautela, pensando que seguía dormida. Musitó el nombre de su hija varias veces pero no hubo respuesta. Un mal presentimiento le atenazó el corazón. “¡Yolanda!”, grito con desesperación, tomando la mano izquierda de su hija, porque la otra, con la que dibujaba, estaba sobre su pecho, en una actitud de quien desea entregar o proteger su corazón.

Veinte sugerencias para mantener o mejorar la comunicación en familia

Pintar mi familia

El confinamiento obligatorio, por causa del coronavirus, ha hecho que los miembros de la familia estén juntos durante tres meses consecutivos. Si bien ha sido una oportunidad para el reencuentro y la renovación de vínculos afectivos, también este confinamiento ha generado dificultades en el trato, la convivencia y, muy particularmente, en el modo de comunicarse los padres con sus hijos. Tomando como eje esta situación propongo el siguiente repertorio de sugerencias, recomendaciones o pistas con el propósito de que en algo ayuden a mitigar o prevenir los problemas de comunicación en familia.

1. Tenga presente la edad de sus hijos cuando trate de comunicarse con ellos: adapte el tipo de lenguaje, dosifique el mensaje, busque el mejor momento y, especialmente, fíjese si esa persona está en disposición de recibirlo.

2. Cuídese en generalizar, no estereotipe un comportamiento o una actitud de sus hijos. Si algo no le gusta o le molesta, descríbalo, sin hacer juicios o sacar conclusiones generalizadoras.

3. Proteja, pero sin ahogar el propio desarrollo de aquel a quien desea salvaguardar.

4. Sea cómplice de sus hijos, pero no alcahueta de sus faltas.

5. No se desanime si lo que usted le comunica a sus hijos parece no tener un resultado inmediato. Recuerde que la comunicación es un proceso; requiere que los mensajes se asienten, maduren. Pero no por ello, deje de persistir en una consigna, un valor, una forma de ser o comportarse.

6. Cuando sienta que no sabe cómo entender a sus hijos, especialmente si están entrando en la adolescencia, mire su propio álbum familiar y recuerde cómo era usted en esa época. Reflexione sobre las modas que usaba, sobre sus travesuras, sobre el ansia de exploración que lo embargaba… Hecho todo esto, vuelva a observar a sus hijos y trate de comprender.

7. Cambie los imperativos o las oraciones cortantes de mandato, por frases como: “me gustaría que hicieras tal cosa…”, “preferiría que no fueras a tal sitio”. Emplee todos los recursos de la comunicación asertiva; es decir, de esa comunicación que no es ni agresiva, ni pasiva…

8. Reconozca el punto de vista de la otra persona, ponga en sus palabras lo que su interlocutor le dice a ver si usted ha entendido bien lo que ha querido comunicarle. Nada obstruye más la comunicación que los sobreentendidos o lo dado por hecho.

9. No amenace. Los mensajes de este tipo lo que hacen es aumentar el silencio o la resistencia de su interlocutor. El que mucho amenaza va perdiendo, poco a poco, la autoridad.

10. Escuche con atención y con actitud empática a sus hijos. Tenga voluntad de contención. No pase a defenderse. Escuchar en silencio es una buena manera de generar simpatía.

11. Converse con su pareja sobre las actitudes o los comportamientos que desaprueba de sus hijos. Analice los puntos de vista de cada uno y, hecho un consenso, asuma una postura comunicativa común. No emplee frases como: “Hable con su mamá, a ver qué dice”, “le voy a decir a su papá”… Es mejor expresarse así: “con su papá hemos acordado que…”, “Con tu mamá consideramos que…”

12. Cuando acompañe a sus hijos en tareas o labores escolares, no asuma la actitud del que lo sabe todo. Muéstrele mejor a su hijo el gusto por aprender. No descalifique; hable más bien de que “nadie nació aprendido”. Tampoco se desespere y, opte más bien, por darle al error un valor positivo. Porque si al error se le suma el enfado, lo que se produce es el miedo. Y el temor no es la mejor motivación para aprender.

13. Trate por todos los medios de ser afable con sus hijos. Tenga presente que un gesto amigable rinde más beneficios que un rostro malhumorado y distante. Si tenemos una comunicación no verbal afable, seguramente propiciaremos la comunicación verbal de nuestros hijos.

14. No discuta con sus hijos en el mismo espacio donde ellos hacen las tareas. Cambie de lugar para que sea otra la postura y otras las condiciones del diálogo.

15. No saque conclusiones apresuradas de los rumores que escuche sobre sus hijos. Sea prudente. Indague. Contraste diversas opiniones, antes de tomar una decisión sobre ellos.

16. Hable menos, regañe menos; testimonie con sus actitudes lo que proclama con sus palabras. El ejemplo es la comunicación encarnada.

17. No haga juicios apresurados ni desestime, frente a sus hijos, la labor que hacen los docentes. Si tiene dudas, consulte con ellos. Si es necesario, pida su ayuda. Usted, como padre o madre, sabe algunas cosas, pero los profesionales de la enseñanza son los maestros.

18. Use el espacio del comedor o de la sala para promover la conversación. Emplee la comunicación informal para crear o fortalecer la confianza. Idéese rituales o juegos con este mismo fin. El apoyo a sus hijos no es únicamente para el mundo escolar.

19. Todo encierro va alterando las emociones, cambiando el estado de ánimo de las personas, en particular si son niños o jóvenes. No le dé tanta trascendencia a pequeños impases cotidianos. Use el humor. Entienda que a los más pequeños se los ha obligado a asumir actitudes y comportamientos de los mayores de edad. Un poco de flexibilidad en el espíritu ayuda mucho a mermar la resonancia de los problemas en la comunicación en familia.

20. Y en tiempos de crisis, o de una situación como esta pandemia, procure usar frases de comunicación que sean más optimistas que pesimistas. Más esperanzadoras que alimentadoras de la catástrofe. Revise las expresiones frecuentes que usa en su habla cotidiana: ¿son propositivas, alentadoras, vivificantes? Sus hijos oirán y verán en usted, por su modo de hablar, un ejemplo de cómo se puede enfrentar lo difícil, lo inusitado y la ansiedad que produce la incertidumbre.