Sobre la paciencia

Ilustración de Scott McKowen.

Extraña condición tiene la paciencia: es una virtud pasiva y, al mismo tiempo, una fuerza interior sin igual.

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San Cipriano en su Tratado de las obras de la paciencia decía que para que esta virtud fuera robusta necesitaba echar “hondas raíces en el corazón”; es decir, que la fuerza del árbol de la paciencia no está en el tronco visible, sino en las ramificaciones escondidas del subsuelo de nuestra interioridad.

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La paciencia navega a mar abierto sin carta de orientación definida. Sin embargo, en medio de esa travesía en la oscuridad titila la estrella de la esperanza.

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Es de todos sabido que la paciencia es una virtud difícil de adquirir. ¿Por qué? Porque nos obliga a estar a merced del tiempo. Nuestra voluntad cesa su accionar para que emerjan las fuerzas de lo gratuito o trascendente. La paciencia nos obliga a descubrir las potencialidades de la impasibilidad. ¡Y qué difícil es permanecer impasibles cuando sufrimos o nos corroen la angustia y la desesperanza!

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“Somos vasos quebradizos”, afirmó Tertuliano en su Tratado de la paciencia. Por esta razón, necesitamos de la paciencia para –si caemos– tener la esperanza de que podremos recuperar el ser a partir de nuestros mismos pedazos.

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El hombre paciente escribe en un papel de incertidumbre. Sus letras se afirman en la misma medida que van borrándose.

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“La fragilidad de nuestro cuerpo hay que enfrentarla con la fuerza de la paciencia”, este es un consejo de san Cipriano. Pensándolo bien, es la enfermedad o las tribulaciones del espíritu las que en verdad hacen brotar la necesidad de la paciencia. Como quien dice, de la conciencia de nuestra debilidad brota el contrapeso de esta fuerza.

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Un paciente, según la etimología, sufre, aguanta; no tiene dominio ni control sobre lo que le sucede. Aunque es posible una alternativa: ser paciente: ponerse en actitud de espera. Confiar en que otro decida por él. Bien parece que la paciencia es una virtud que nos permite pasar del gobierno del yo a la emergencia del otro.

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San Cipriano escribió que la paciencia “fortifica sólidamente la fe”. En otras palabras, que la paciencia es el cimiento de lo trascendente. Piadosa manera de decir que la paciencia teje un puente con aquellas dimensiones que no podemos demostrar o que entran en la zona del misterio.

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A veces resulta más fácil ver los variados rostros de la impaciencia que la cara diáfana de la paciencia. Esto es así porque nos es más rápido reconocer los vicios que entreverar las virtudes. No obstante, como escribió Tertuliano, a partir de los opuestos podemos ver más claro “lo que debe evitarse”.

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Se requiere un temple especial cuando buscamos la paciencia: ni tan resignados para permanecer en el conformismo, ni tan vehementes como para privarnos de la pausada serenidad.

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Tertuliano creía que la impaciencia era una fiebre, y que la única manera de curar tal calor en el cuerpo consistía en “hablar de ella”. Quizá escribir sobre la paciencia sea un ejercicio de autocuidado mediante el cual usamos las palabras como socorro y recuperamos la buena salud de nuestro espíritu.

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Así como los trozos de piedra o las cuchillas del trillo –ese instrumento agrícola que los romanos antiguos llamaban tribulum– separa el grano de la paja, de igual modo la paciencia decanta lo que depende de nosotros de aquello sobre lo cual no tenemos ningún dominio.

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La aseveración de san Agustín en su libro sobre La paciencia merece analizarse: “Los impacientes, cuando no quieren padecer cosas malas, no consiguen escapar de ellas, sino sufrir males mayores”. Así que, como la presa en la telaraña, los impacientes aumentan su desespero cada vez que reniegan de sus males. Tal vez la paciencia consista en aceptar que padecemos alguna dolencia y, así, liberarnos un poco de los hilos que atenazan nuestro cuerpo.

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Son muchas las personas que atan su paciencia a una fe o a un ser superior: A lo mejor este modo de proceder corresponda a una convicción más honda: la de aceptar la efímera finitud porque se cree en la eternidad de lo infinito.

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La paciencia es una de las maneras como el espíritu madura. El tiempo es su estímulo y el medio más idóneo para lograrlo.

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Si bien la paciencia lucha contra la impaciencia, debe enfrentar también a la tristeza y la pereza. Estas enemigas son muy poderosas porque desmoronan el ánimo; dejan el cuerpo sin fuerza interior. No sobra recordarlo: detrás de la ira del impaciente se esconden la angustia y la melancolía.

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¿Por qué la paciencia es “compañera de la sabiduría?”, tal como creía san Agustín. Respuesta: porque la sabiduría se consigue poco a poco, día a día, paso a paso. La paciencia, en consecuencia, no es un conocimiento inmediato, sino un proceso lento y continuado de nuestra experiencia.

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Si las legiones de la ansiedad nos intimidan con las preocupaciones, si los demonios del insomnio nos lancetean hasta quitarnos el descanso, si los arqueros de la melancolía nos hieren con sus flechas, si una larga enfermedad mina de tristeza nuestra esperanza… Si es que nuestra alma padece tal estado de batalla interior, la única defensa posible es armarnos de paciencia.

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Raimundo Lulio en Los proverbios escribió que “la paciencia comenzaba con lágrimas y, al final reía”. Es cierto: aceptar el dolor o la impotencia nos quiebra de entrada el espíritu, pero, pasada esa prueba, lo que sigue es el beneplácito de la tranquilidad. Algo semejante había dicho el poeta Saadi Shirazi que luego se convirtió en una verdad del pueblo persa: “la paciencia es un árbol de raíces amargas, pero de frutos muy dulces”.

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Los campesinos saben y viven en carne propia la paciencia, no tanto como una virtud, sino como parte de sus haberes cotidianos. La naturaleza ha sido su mejor maestra: “lo que madura pronto, se pudre temprano”.

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La paciencia supone una fuerza especial si es que se desea conquistar la ecuanimidad y la paz interior. Dicha fuerza implica someter las pasiones de la ira y el orgullo y, especialmente, mantener a toda costa la alegría. Las personas pacientes saben que los enemigos más difíciles de vencer no están afuera, sino dentro de nosotros. 

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Job es el prototipo del hombre paciente porque pone su mirada no en el pasado del dolor, sino en el futuro de la esperanza.

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Los hombres de acción tienden a ser más impacientes que los pusilánimes. Estas personas libran una doble batalla: la propia del desasosiego y esa otra, tan difícil de aceptar, la de renunciar o postergar sus proyectos más queridos.

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El poeta Giacomo Leopardi sabía que la paciencia no comporta ningún tipo de heroísmo, salvo los honores –reconocidos a solas y en silencio– de haber vencido nuestras aprensiones y conservar imperturbable el alma.

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La paciencia es el recurso del pobre para contrarrestar sus múltiples necesidades. Y así como la abundante riqueza trae consigo el imperioso desespero, el exceso de carencias lleva a fortalecer el aguante con dignidad.

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La paciencia nunca es una conquista definitiva. Es común flaquear, perder los estribos o caer en la desesperanza. Por eso hay que ejercitarla con demostraciones de entereza y testimonios frecuentes de tolerancia. La virtud de la paciencia siempre está a prueba.

Utilidad y sentido de los conectores lógicos

Ilustración de Francesco Bongiorni.

Por ser tan importantes para la cohesión y la coherencia en el discurso –y muy especialmente en el ensayo– bien vale la pena dedicar unos párrafos a los conectores lógicos.

Me refiero a esas “bisagras textuales”, a esas palabras o grupos de palabras que amarran o vinculan las ideas. Su papel fundamental es servir de puente entre las partes de un párrafo o de enlace entre los mismos. Gracias a esos conectores las oraciones no quedan deshilvanadas o a la deriva del conjunto. Porque son valiosos en la ilación de un texto, porque tienen una variedad de usos, es que necesitamos conocerlos bien y aprender a utilizarlos de la mejor manera.

Ya en otros ensayos he reflexionado al respecto. Pero esta vez quiero centrarme en la ganancia comunicativa que ofrecen al redactar un texto. Para ilustrar lo que afirmo usaré un grupo de ejemplos.

Lancémonos, entonces, con el primero de ellos. Supongamos que vamos a realizar un ensayo sobre la utilidad de la escritura en la docencia. El ensayo podría empezar más o menos así:

Los docentes deberían escribir más. Para reflexionar sobre lo que hacen y para hacer pública su práctica. Al escribir tomarán distancia de su quehacer y podrán cualificarlo. Cuando los docentes escriben rompen la costumbre de un oficio preferiblemente oral y hallan un medio para expresar su propia voz. Si los maestros escriben lograrán compartir sus aprendizajes más significativos y testimoniar su experiencia de los encerrados mundos del aula.

Al analizar el anterior párrafo notamos que es entendible y podría decirse que está bien redactado. Sin embargo, ¿qué ganaría, a nivel comunicativo, si le incorporáramos algunos marcadores discursivos? El texto, en consecuencia, quedaría de la siguiente manera:

Los docentes deberían escribir más. Sobre todo, para reflexionar sobre lo que hacen y para hacer pública su práctica. Al escribir tomarán distancia de su quehacer y podrán cualificarlo. Por lo demás, cuando los docentes escriben rompen la costumbre de un oficio preferiblemente oral y hallan un medio para expresar su propia voz. En suma, si los maestros escriben lograrán compartir sus aprendizajes más significativos y testimoniar su experiencia de los encerrados mundos del aula.

He incluido estos conectores principalmente por dos razones: primera, para darle un hilo visible a la exposición, un camino sin tropiezos en el desarrollo de las ideas. Si uso estos conectores es porque me interesa que el lector siga las pistas de mi argumentación. Y segunda, porque deseo hacer más amigable la prosa o que adquiera un marcado efecto de interlocución. Me interesa ganar eficacia comunicativa, estar más cerca de quien me lea. A simple vista parece que no hay gran diferencia entre los dos textos; pero, si se analizan con atención, se verá la ganancia escritural de la que hablo.

Vayamos a un segundo caso. Un ejemplo muy común de lo que sucede en los proyectos de investigación universitarios en los que, por lo general, los estudiantes cuando hacen el “marco teórico” ponen las citas que encuentran unas detrás de otras, pero sin ninguna lógica argumentativa o de cohesión interna. Entonces, si la pesquisa fuera sobre el significado de escribir para los escritores dedicados al oficio, no sería extraño que nos encontráramos con un texto como este:

Son variadas las definiciones que han dado los escritores sobre lo que es escribir: “escribir es trazar marcas aventuradas de memoria sobre la geografía silenciosa del recuerdo” (Amar, 2001), “escribir es la más inútil de las actividades imprescindibles (De Azúa, 1997), “escribir es robar vida a la muerte” (Conde, 2000). Otros afirman que “escribir es tarea de quienes no aceptan vivir una sola vida” (Mateo Díez, 1987), que “escribir es un proceso de búsqueda” (Grossman, 2000) o que “escribir es una especie de fidelidad al honor de estar vivo” (Lobo Antúnez, 2002).  Y finalmente están los que piensan que “escribir es combatir la soledad” (Montalbán, 1999), que “escribir consiste en averiguar lo que quieren decir las palabras más que en lo que quieres decir tú” (Millás, 2000) o que “escribir es sobre todo corregir” (Piglia, 2001).

Observemos cómo el párrafo es una colcha de retazos de citas, una sumatoria de voces, pero con muy poco análisis o sentido comunicativo. Pareciera que el escritor no tomara partido por estas citas y las superpusiera con la convicción de que meterlas dentro del escrito fuera suficiente para darle consistencia o soporte a un problema de investigación. Ahora, podríamos con la inclusión de unos buenos conectores cambiarle la fisonomía y el grado de expresividad al texto. El párrafo  quedaría así:

Son variadas las definiciones que han dado los escritores sobre lo que es escribir. En principio, están los que ven el escribir como una odisea: “escribir es un proceso de búsqueda” (Grossman, 2000), o semejante a una aventura con el pasado: “escribir es trazar marcas aventuradas de memoria sobre la geografía silenciosa del recuerdo” (Amar, 2001). También están los autores que asocian el escribir con la cercanía a la vida: “escribir es una especie de fidelidad al honor de estar vivo” (Lobo Antúnez, 2002), o los que consideran que es una manera de ampliar las fronteras de su propia existencia: “escribir es tarea de quienes no aceptan vivir una sola vida” (Mateo Díez, 1987). En esta misma perspectiva, hay autores que piensan que “escribir es robar vida a la muerte” (Conde, 2000). Y si bien algunos afirman que “escribir es la más inútil de las actividades imprescindibles (De Azúa, 1997), la mayoría sabe en el fondo que “escribir consiste en averiguar lo que quieren decir las palabras más que en lo que quiere decir el escritor” (Millás, 2000); es decir, que “escribir es sobre todo corregir” (Piglia, 2001).

Si analizamos la nueva versión del texto, podemos preguntarnos, ¿qué han hecho esos enlaces discursivos al interior del párrafo? Es evidente que lo principal es ordenar las citas, darle una organización a ese conjunto de afirmaciones dispares sobre lo que es escribir. Los conectores facilitan agrupar los diversos microtextos. De otra parte, esas conexiones discursivas permiten entrar a dialogar con la información recopilada; es la manera como la propia voz interactúa con la tradición de las fuentes. Acá el escritor no asume una postura pasiva frente a lo que dicen los escritores consagrados, sino que ve en sus afirmaciones puntos de encuentro, distinciones, tonalidades. En este caso los conectores discursivos posibilitan apropiar voces ajenas con el fin de incorporarlas a un discurso personal, de amalgamarlas con la propia voz.

Podemos lanzarnos a un tercer ejemplo. Ahora deseo mostrar un proceso de pensamiento a la par que vamos escribiendo el primer párrafo de un ensayo. Así que pondré en itálica la metacognición correspondiente al proceso de redactar el texto. Lo que me interesa es destacar el “detrás de cámaras” de las ideas mientras voy elaborando el documento y la necesidad de usar uno u otro conector, según la lógica argumentativa. Veamos, pues, cómo sería el resultado:

Los signos de puntuación son otros aliados para la buena redacción. (Lo que sigue amerita el uso de un conector: ya sea porque deseo mostrar el porqué de dicho aval para la buena escritura o porque deseo elegir un aspecto de esa “alianza” provechosa). Entre otras cosas, (este conector deja abierta la posibilidad de hablar de otras bondades o ganancias al emplear los signos de puntuación) porque facilitan la comprensión del mensaje y ayudan a la claridad del mismo. (Ahora podría ahondarse en esta idea para darle más densidad. El empleo de otro conector es más que necesario). Como quien dice, los signos de puntuación facilitan la comunicación y liberan las ideas de la confusión o el abigarramiento. (Mi pensamiento siente en este momento la urgencia de agregar otra cosa a lo que se lleva; avizora un beneficio adicional del buen uso de los signos de puntuación. La emergencia del conector parece inminente). Pero, además, los signos de puntuación contribuyen a darle un ritmo a la prosa, hacen que las oraciones se conjuguen de manera armónica o siguiendo una cadencia especial, un estilo. (Como en una situación anterior, esta idea merece ampliarse. Una variedad de conectores se agolpa en mi mente). No sobra recordarlo: las palabras al juntarse generan asonancias y consonancias, cacofonías o líneas melódicas gratas tanto a la vista como al oído. (Mi pensamiento sabe que no puede perder de vista la idea inicial y, por ello, acude a otro conector para retomar lo expresado al inicio del párrafo). Como puede verse, los signos de puntuación son excelentes ayudantes para todo aquel que escribe. Por eso (y el conector aparece como un resorte al presentir que se está cerrando el párrafo) hay que aprender a usarlos de manera intencionada al tiempo que se enfatiza en su papel de crear una variada situación interactiva con el lector.

Confío en que los tres casos presentados anteriormente contribuyan a mostrar la importancia de conocer y estudiar con mayor hondura los conectores lógicos. No basta con entregarles a los estudiantes o a los aprendices de ensayistas un listado de estos marcadores discursivos. Es vital que en clase se trabajen ejercicios para ver su incidencia en un mensaje, se analicen sus diferentes usos y se haga notar su valor en la calidad de la prosa. Eso de una parte. De otro lado, resulta beneficioso que los aprendices escritores hagan un esfuerzo para incorporar estos marcadores discursivos, aprehenderlos, guardarlos en la mente; sólo así, cuando estén redactando un ensayo los tendrán a la mano para cohesionar las ideas al interior de un párrafo o les serán de utilidad para darle coherencia estructural al texto que estén elaborando.  

Pasar de tema a tesis en un ensayo

Ilustración de Ramón París.

En la elaboración de un ensayo he notado que los novatos escritores de esta tipología textual tienen dificultad para poder diferenciar el tema de la tesis. Y por ser tan vertebral tal distinción para el logro de un buen ensayo, bien vale la pena dedicar algunos párrafos sobre dicho aspecto.

Una primera cosa por decir es que un tema puede ser bastante genérico o con unos límites difusos. Afirmar que nos vamos a ocupar en un escrito de las Pymes (pequeñas y medianas empresas), o que nos interesa profundizar en la corrupción de un gobierno; o más aún, que deseamos reflexionar sobre la relación amorosa o que tenemos en mente explorar en la comunicación interpersonal, todo ello serviría a un tema y podría desarrollarse en un texto expositivo o informativo. Además, los temas obedecen a la lógica de “dar cuenta de” o “informar sobre”; por ello, recaban datos, añaden aspectos o circunstancias, exponen etapas o momentos de un hecho, un aspecto, un problema o una situación. Quien se mueve bajo este norte terminará produciendo un texto que nos explica o nos ayuda a entender determinado aspecto de la realidad, de la sociedad o de las interrelaciones humanas.

Pero formular una tesis es una tarea diferente. Ahora ya no se puede ser tan genérico o tan difuso. La tesis es en gran medida “una toma de partido por”, “una apuesta centrada en algo específico”. Si retomáramos los ejemplos señalados atrás, diríamos que tendrían forma de tesis las siguientes aseveraciones: Las Pymes son una manera de desarrollar el emprendimiento y el liderazgo en las familias; una de las causas de la corrupción en el gobierno es la ineficiencia de la justicia; para que la relación amorosa se mantenga en el tiempo se requiere desidealizar los afectos; buena parte de la crisis de la comunicación interpersonal obedece a la falta de un lenguaje asertivo. No digo que estas sean las únicas alternativas posibles; hay, por supuesto, muchas más. Lo que me interesa con estas propuestas es mostrar cómo la tesis implica asumir una postura frente a un tema. Ya no se trata de exponer o informar sobre algo, sino de “defender un punto de vista sobre determinada cuestión”, asumir la enunciación de un juicio; es decir, atreverse a afirmar “esto es lo que yo pienso sobre tal asunto”. 

Desde luego no es fácil para los novatos ensayistas lanzarse a formular la tesis. Entre otras razones por los antecedentes de nuestro proceso formativo que nos ha ido acostumbrando a ser consumidores de información y no productores de conocimiento. Una educación demasiado centrada en el desarrollo de temas y muy poco en el debate articulado desde los problemas. Este proceso formativo ha condenado la mente a asimilar información, pero no a darle importancia al valor de la pregunta. Somos hijos de una escuela temerosa del disenso y que por siglos ha visto en la confrontación más un impedimento que una posibilidad del desarrollo del pensamiento. Esto influye de manera notoria. Pero, de otra parte, no es fácil defender una tesis porque hay un miedo a la crítica, al “qué dirán”, a la falta de aprobación colectiva; porque ese temor lleva al “unanimismo” o a un silenciamiento de las propias ideas que raya con la pusilanimidad intelectual. Y agregaría otra fuente más de esta incapacidad para formular tesis, que se ha hecho más notoria en estos últimos tiempos: se trata de una carencia de argumentos para discutir, de pérdida de confianza en los principios de la lógica, de abandono a la evidencia del recto raciocinio, amparados en la inmediatez de las emociones o la opinión sin fundamento de las masas.

Quizá sean los anteriores impedimentos los que, precisamente, deben sortear los novatos ensayistas para dar el paso y lanzarse a formular su tesis en los textos que escriban. La tesis es la oportunidad para “pensar por cuenta propia”, para meditar esos temas que nos interesan o nos interpelan, para levantar nuestra voz y decir, sin vergüenza, aquí estoy presente. La tesis es el modo como actualizamos el pasado, la tradición; la forma como nos nutrimos del bagaje cultural, pero enriqueciéndolo con nuestras experiencias, nuestra historia. La tesis es el medio para lanzarnos a proponer, a innovar o crear; es un excelente recurso para alimentar los variados métodos usados por la imaginación y, especialmente, darles vuelo a las vigorosas estrategias del pensamiento. Quien presenta una tesis en un ensayo, por modesta que sea, está haciendo un acto de singularizarse, de asumirse tal y como es o –como quería Michel de Montaigne– de “pintarse a sí mismo sin estudio ni artificio”.

Agregaría, para cerrar, algunos consejos sobre cómo elaborar la tesis de un ensayo. El principal es éste: si no se medita el tema, si no se lo rumia, es muy difícil que aflore una buena tesis. Meditar el tema, ponerlo en la salmuera de nuestro pensar, es una de las claves de los buenos ensayistas. Supongamos que deseo hacer un ensayo sobre el tema de la lectura crítica. En principio pensaría en qué se diferencia este tipo de lectura de otras semejantes; meditaría en las condiciones requeridas para hacer lectura crítica o en los impedimentos para realizarla; pondría especial atención en las estrategias o técnicas utilizadas para lograr ese nivel de lectura; indagaría sobre las diferencias entre lectura crítica y pensamiento crítico; gastaría un buen tiempo reflexionando en las consecuencias para un ciudadano de contar con elementos de lectura crítica y analizaría si esto favorece la participación social… Con este modo de meditar es posible que nazca o aparezca la tesis para el ensayo que nos interesa redactar. En todo caso, la tesis no brota de buenas a primeras. Y en muchas ocasiones, si hay sequedad en nuestra mente, tendremos que investigar, leer o documentarnos, a ver si dentro de ese viaje por las fuentes o los libros, se nos va ocurriendo alguna tesis que podamos poner en el primer párrafo de nuestro ensayo.

La otra recomendación apunta a la novedad o el modo de presentar la tesis. No se trata de caer en los lugares comunes o de repetir lo que a todas luces parece conocido. La tesis requiere cierto tinte de novedad o al menos presentarse desde una mirada inesperada, innovadora, alternativa, divergente. Puede que no haya originalidad en la tesis que lancemos, pero sí debe haberla en el modo como la planteamos o en el aspecto que elegimos como relevante o en la perspectiva que asumimos para abordar el tema. Por eso el ensayo ha sido una tipología textual privilegiada para hacer crítica o, como quería Fernando Savater, para ver las fallas de un sistema, para fisurar lo cerrado o impenetrable. Entonces, no resulta muy novedoso presentar en una tesis afirmaciones como que el amor de pareja es algo muy hermoso, que la existencia humana está llena de problemas o que las personas cambian cuando tienen algún tipo de poder. La obviedad o lo evidente son los peores enemigos de una buena tesis.

Y mi último consejo se centra en la forma como se redacta la tesis. Lo mejor es expresarla de manera clara, sin recovecos o sin adherencias explicativas. La tesis es una afirmación sin digresiones; un enunciado lo suficientemente diáfano como para que el lector entienda bien cuál es propósito o finalidad del ensayista. En este sentido, no puede ser demasiado extensa o estar repleta de justificaciones. Siempre hay que tener presente que cuando se enuncia la tesis el ensayista está marcando un punto de vista que, más adelante, argumentará con suficiencia y razonada lógica. Por lo demás, el modo como se enuncie la tesis es un indicio del tono que tendrá el ensayo, da luces sobre la fisonomía de su organización en la redacción y avizora el matiz estético que orientará su desarrollo (más literario que científico, más de revisión de fuentes que de exploración creativa, más evaluativo que propositivo). Como puede inferirse, la manera en que se redacta la tesis muestra la claridad de pensamiento del ensayista y enfoca el sentido comunicativo del texto.

Relevancia del esbozo en la escritura de ensayos

Ilustración de Daniel Hertzberg.

La elaboración del esbozo del ensayo (para centrarnos solo en esta tipología textual) es uno de los descuidos esenciales tanto de aquellos que los demandan como de los que los producen. Me gustaría explicar por qué acaece esta dejadez y, al mismo tiempo, mostrar su relevancia en el proceso de la composición escrita.

Un primer motivo es el poco o nulo interés en la etapa de la preescritura. Se deja de lado la fundamental tarea de pensar antes de redactar. Al no ocuparse de este aspecto de escribir se pierde la potencia de producir y organizar las ideas, se minusvalora el caldo de cultivo de una buena argumentación. No sobra recordar que la preescritura es una de las cualidades que diferencian a los escritores expertos de los novatos: los primeros gastan más tiempo elucubrando, reflexionando en su propósito comunicativo, mientras que los segundos quieren de una vez empezar a redactar.

Otra razón de esta falta de interés en el esbozo se origina en la falsa creencia de la espontaneidad de la creación. Se supone erróneamente que las grandes obras se logran de una vez, lanzándose a redactar sin tener un mapa previo o una ruta de viaje. En este caso, se confunde escribir con el flujo de las ideas; se hermanan una intención comunicativa clara y definida con la exaltación o la inmediatez de la expresión que sale como venga.

Cabría decir otra cosa sobre este punto. Se piensa que dedicar unos largos minutos al esbozo, a la planeación del escrito, es perder el tiempo. Metidos como estamos en una cultura de velocidad, de la prisa y de los resultados inmediatos, parece inoficioso ponerse a dilatar la tarea. Meditar, rumiar, trabajar con las ideas –antes que con asuntos propios de la redacción– es algo que requiere paciencia, dedicación; cosas que hoy parecen condenadas al rincón de los trastos cognitivos.

Dicho lo anterior podemos, ahora sí, explicar por qué es tan definitivo para la coherencia y la calidad de un ensayo, el contar con un esbozo, antes de proceder a llenar con palabras los distintos párrafos.

En primer lugar y como decíamos atrás, el esbozo es el resultado final de la etapa de la preescritura. Corresponde al proceso de haber pensado lo que se desea escribir, a mirar fuentes (cuando sean necesarias), a fijarse algún camino de composición, a pensar en la estructura que va a servir de soporte a nuestras ideas. En el esbozo se concreta lo que tenemos en la mente, nuestra pesquisa investigativa y una silueta de lo que vamos a desarrollar más tarde. A la par que nos da luces de la intención comunicativa, al mismo tiempo fija los límites y las coordenadas argumentativas del escritor.

En segunda medida, el esbozo permite al que va a escribir saber qué tanto ha meditado el tema o problema sobre el que desea elaborar su ensayo. Contribuye a saber cuánto necesita investigar o en qué aspectos no tiene en realidad nada interesante o novedoso para decir. En repetidas ocasiones consideramos que tenemos mucho para escribir y, al hacerlo, descubrimos que apenas cubrimos un párrafo o que, al seguir adelante, nos repetimos o divagamos con torpeza. Entonces, al hacer el esbozo medimos nuestra fuerza intelectual, aquilatamos la riqueza argumentativa de que disponemos, pasamos revista al repertorio de motivos o a la pluralidad de miradas a un asunto con las que contamos. Quien hace el esbozo se autoevalúa en la abundancia o pobreza de sus arcas intelectuales y expresivas.

Una tercera bondad de elaborar el esbozo está relacionada con tener una degustación del plato final de escritura. Este punto es clave cuando se trata de evaluar un escrito. No tiene mucho sentido gastar tiempo y energías redactando algo para que nos digan después que eso no era lo que se esperaba o que está muy lejos de la tipología textual solicitada. El esbozo, en este sentido, hace las veces de una aduana en la que tanto el autor como el corrector se ponen de acuerdo en los objetivos, la estructura y lo medular del escrito. Dicho en términos didácticos: para garantizar el logro en una tarea ensayística primero se aprueba el esbozo y, después, se califica el ensayo.

Con estos insumos podemos en este momento decir algo sobre algunas particularidades del esbozo.

El esbozo se asemeja a una tabla de contenido, a un esquema en el que se muestra lo que va a ser la macroestructura del escrito. Se determina el número de párrafos y las fuentes principales que servirán de soporte. Como se trata de un texto ensayístico, necesariamente tendrá que explicitarse cuál es el tema y, particularmente, la tesis que va a argumentarse a lo largo del escrito. De igual modo se podrán explicitar los tipos de argumentos que van a utilizarse (de autoridad, los ejemplos, las analogías) y las referencias o material documental que se tiene previsto para usar en cada caso. Es aconsejable en el esbozo explicitar la intención comunicativa o el propósito esencial del ensayo. Se infiere que bastará una página para dar cuenta de todos estos pormenores, eso sí, manteniendo la consigna de que entre más detallado esté el esbozo mejor serán los resultados esperados.

El esbozo se enviará al corrector o profesor como el primer insumo del ensayo. El maestro lo revisará, sugerirá ajustes o señalará las modificaciones necesarias. Una vez esté aprobado el esbozo, el escritor podrá lanzarse al segundo momento del proceso de escribir: redactar. Este plan o carta de navegación de escritura será una garantía tanto para el que trata de enseñar a escribir ensayos como para el que desea aprender a elaborarlos. Independientemente del logro, lo cierto es que con el soporte de un esbozo se estará transitando por un buen camino en esta tipología textual.

Oración al Ángel Custodio

Ángel Custodio,

cuidador de mi ser:

ahora te invoco.

Acógeme bajo tus alas protectoras,

cúbreme con tu voz de aliento;

pon tus manos sanadoras

sobre los dolores de mi cuerpo.

Ángel Custodio,

cuidador de mi espíritu:

clamo por tu ayuda.

No dejes que mi mente se extravíe

entre los senderos del temor,

ni permitas que mis pasos

se desvíen de una vida buena y tranquila.

Ángel Custodio,

cuidador de mi sueño:

en ti confío.

Pongo despreocupadamente mis pensamientos

en tu vigilante amor,

y dejo reposar en tu sosegado regazo

las angustias nocturnas de mi alma.

Razones para enseñar a escribir ensayos

Ilustración de Jim Frazier.

Escucho a profesores universitarios decir que, frente a la poca motivación de los estudiantes por escribir ensayos, la salida es emplear otro tipo de escritos menos engorrosos y sin tantas complicaciones. “Algo corto, así como lo que escriben en las redes sociales”, afirman. Entiendo que este tipo de comentarios son producto más de la angustia o el desespero de los docentes por los bajos resultados en la escritura argumentativa que una genuina renuncia a la producción de este tipo de textos. Y porque lo considero vertebral en cualquier proceso de formación superior –aunque también de los últimos años de la educación media–, deseo explicar en los párrafos que siguen mis razones.

Comenzaré diciendo que el ensayo es fundamental para que los estudiantes desarrollen operaciones de pensamiento típicamente argumentativas: inferir, deducir, comparar, contrastar, analogar. No se trata solo de hacer una “redacción”, sino de consignar en una página el resultado de un proceso de pensamiento en el que las ideas –propias o ajenas– se someten a la deliberación, al análisis, al debate o la validación. Ensayar es la manera como ejercitamos de forma lógica el juicio para reconocer dónde hay un engaño en un planteamiento o un discurso y cuáles son las mejores razones para mostrar sus fisuras. Privar a los estudiantes de esta herramienta cognitiva me parece no solo un error académico, sino un retroceso en el desarrollo intelectual de las nuevas generaciones con unas implicaciones muy fuertes para esa tan esperada mayoría de edad que supone aprender a pensar por cuenta propia.    

Cuando llevamos al aula el reto de escribir ensayos, en consecuencia, estamos desarrollando también el pensamiento crítico de nuestros estudiantes. Al pedirles que sospechen, que pongan entre paréntesis, que vean las fisuras en textos o discursos, a que no “coman entero” toda la información circulante, cuando todas estas acciones propiciamos, lo que hacemos es formar personas críticas. Ciudadanos hábiles para reclamar sus derechos y participar activamente en la sociedad. Al exigirles que tomen una postura en el ensayo, a que presenten y defiendan su tesis, lo que en verdad estamos haciendo es romper su pasividad o su modorra mental;  porque asumir una voz personal es activar las potencialidades de la libertad, los matices de las diferencias: es descubrir la poderosa herramienta de tener un criterio personal fuertemente sustentado. Por eso creo que va más allá de una tarea de redacción. Escribir un ensayo es permitirse enunciar la propia voz a veces en contravía de la opinión de la masa; es una forma de expresar la singularidad, el matiz de una conciencia. Dejar de enseñar a escribir ensayos es condenar a los estudiantes a estar plegados al homogenizante ronroneo de la sociedad del espectáculo o a la astucia de los demagogos sin escrúpulos, que propagan mentiras con apariencia de verdades.

De otra parte, cuando el estudiante tiene que buscar argumentos para soportar o avalar su tesis, lo que se logra es un desplazamiento de la opinión gratuita al juicio sopesado. Preguntarse cómo se sustenta una tesis es confiar no tanto en la fuerza del capricho o en la agresión verbal, sino en la coherencia de la lógica o en la experiencia de otros que han trasegado con la misma materia de nuestras inquietudes. Enseñándoles a buscar argumentos a las nuevas generaciones lograremos dos cosas: primero, que no desprecien el legado cultural de la tradición expresado en fuentes, libros y demás medios de consulta y, segundo, que hagan una lectura crítica de ese patrimonio inmaterial. Saber por qué elegimos uno u otro argumento, descubrir cuál es el más idóneo o más relevante para un ensayo, nos hace más aptos para dialogar con otros que piensan diferente, nos da fortaleza interior para discutir sin amenazar, para entender que hay diferentes modos de interpretar el mundo. Desde luego, aprender a hallar esos argumentos –de autoridad, lógicos, usando ejemplos o recurriendo a las analogías– es un modo de aprender a participar en sociedades gestadas desde los acuerdos consensuados y el respeto por el diálogo.

Escribir ensayos es también una buena escuela para la cohesión y la coherencia entre las ideas. No basta con exponer un planteamiento, hay que lograr desarrollarlo y darle consistencia a medida que se despliega en los diversos párrafos. Acá resulta valioso el uso de los conectores lógicos. Por tanto, cuando se enseña la composición de ensayos resulta esencial mostrar la función y las diversas aplicaciones de estas “bisagras textuales” o estas palabras que permiten unir las causas con las consecuencias, las premisas con las conclusiones, un planteamiento con un resultado. La variedad de utilidades de los conectores –para resumir, recalcar, ejemplificar, dar continuidad, señalar una secuencia, contrastar, presentar una similitud, deducir, conceder la razón, adicionar, explicar, indicar una relación espacial, hacer una advertencia o justificar una omisión– es tan importante para los textos y discursos argumentativos que no puede quedar al garete en un proceso didáctico de la escritura ensayística. Es más: merece un capítulo aparte, con el suficiente detenimiento por parte de los maestros, especialmente hoy, cuando lo que prolifera en buena parte de la escritura de los jóvenes es un discurso fragmentado, deshilvanado y, por lo general, sin amarres de continuidad o cohesión. No podemos dejar que la escritura de estos muchachos y muchachas sea un reflejo de un habla infecta de muletillas, conatos de expresión, procacidad reiterativa y un desprecio por la riqueza del lenguaje. En tal propósito, la composición de ensayos puede traer con el tiempo resultados muy positivos tanto en la estructuración de los textos escritos como en la calidad  de la expresión oral de estas generaciones.

Agregaría otra razón: al escribir ensayos se afianza o se practica la meditación, el filosofar, el quehacer reflexivo. Cuando se escribe un ensayo, quiérase o no, se tiene que tomar un tiempo para aquilatar las ideas, para someter un tema o un problema a diferentes tamizajes, para ver los pros y los contras de un planteamiento. Ensayar es, de alguna manera, un buen escenario para pensar. Así como quería Ortega y Gasset, cuando escribimos un ensayo tenemos que entrar de lleno en la introspección, en la contemplación, en un ensimismamiento sobre determinado asunto. De ese acto reflexivo y concentrado es que brota, precisamente, la tesis de nuestro ensayo. Quizá por ello, antes de que nuestros estudiantes se lancen a redactar el ensayo, necesitamos conducirlos, con buen tacto, a que primero mediten sobre aquello que les interesa escribir. Que se atrevan a ser filósofos, en el sentido, de pasar su experiencia y sus acciones por el cedazo de la reflexión; que se cuestionen a partir de algunas preguntas; que se permitan responder, así sea provisionalmente, algunas de las inquietudes fundamentales que han acompañado a todos los hombres de diversas épocas y naciones. Dedicarse a pensar resulta vital en esta época, cuando todo parece girar desde la dinámica de la prisa y el consumo de novedades. Gracias a esa pausa reflexiva es como se logran conseguir ensayos de calidad.

De lo dicho hasta aquí puede inferirse que no es una buena idea claudicar en la escritura de ensayos. A pesar de que los estudiantes no estén del todo entusiasmados, dando por descontado que les costará elaborar este tipo de textos, a pesar de ello, debemos mantener en firme nuestro propósito de enseñar a argumentar, usando la escritura ensayística. Son más las bondades que los impedimentos; más los beneficios a largo plazo que las apatías del momento.

Un libro sobre la historia de los libros

Para los que todavía no han disfrutado de la buena prosa y la interesante historia del libro, la lectura y la gestación de las bibliotecas en Occidente, voy a compartirles algunos de mis subrayados del libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco (Siruela, Madrid, 2021). Esta selección de apartados no solo quiere ser un homenaje a la autora de esta magnífica obra, sino un ejemplo de lo que significa escribir con claridad, saber elegir cuidadosamente las palabras, usar rítmicamente la puntuación y mantener la atención del lector mediante un tratamiento de la información ágil, cercano y plásticamente comunicativo.

“Durante años he trabajado como investigadora, consultando fuentes, documentándome y tratando de conocer el material histórico. Pero, a la hora de la verdad, la historia real y documentada que voy descubriendo me parece tan asombrosa que invade mis sueños y cobra, sin yo quererlo, la forma de un relato. Siento la tentación de entrar en la piel de los buscadores de libros en los caminos de una Europa antigua, violenta y convulsa. ¿Y si empiezo narrando su viaje? Podría funcionar, pero ¿cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?”.

“El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí”.

“No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado, desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras, que son apenas un soplo de aire; las ficciones que inventamos para dar sentido al caos y sobrevivir en él; los conocimientos verdaderos, falsos y siempre provisionales que vamos arañando en la roca dura de nuestra ignorancia”.

“La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad”.

“El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática”.

“Leer es un ritual que implica gestos, posturas, objetos, espacios, materiales, movimientos, modulaciones de luz”.

“Los ángeles poseen el don de escuchar los pensamientos de las personas. Aunque nadie habla, captan a su paso un murmullo constante de las palabras susurradas”.

“En la Antigüedad, cuando los ojos reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo. La escritura se oía. Pocos imaginaban que fuera posible leer de otra manera”.

“Los libros no eran una canción que se cantaba con la mente, como ahora, sino una melodía que saltaba a los labios y sonaba en voz alta. El lector se convertía en el intérprete que le prestaba sus cuerdas vocales”.

“Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro”.

“Creo que el tatuaje es una supervivencia del pensamiento mágico, el rastro de una fe ancestral en el aura de las palabras”.

“Existieron ejemplares bellísimos fabricados con pieles de color blanco profundo y textura sedosa, llamadas ‘vitelas’, que procedían de crías recién nacidas o incluso de embriones abortados en el seno de su madre. Imagino los gemidos de los animales y su sangre derramada durante siglos para que las palabras del pasado hayan llegado hasta nosotros”.

“La primera palabra de la literatura occidental es ‘cólera’ (en griego, ménin)”.

“Durante la etapa oral, los poemas se recitaban en público, perpetuando una costumbre heredada de las tribus nómadas, cuando los ancianos recitaban junto al fuego los viejos cuentos de sus ancestros y las hazañas de sus héroes”.

“En tiempos de palabras aladas, la literatura era un arte efímero. Cada representación de esos poemas orales era única y sucedía una sola vez. Como un músico de jazz que a partir de una melodía popular se entrega a una apasionadas improvisación sin partitura, los bardos jugaban con variaciones espontáneas sobre los cantos aprendidos. Incluso si recitaban el mismo poema, narrando la misma leyenda protagonizadas por los mismos héroes, nunca era idéntico a la vez anterior”.

“Pero no había ningún afán por autoría: los poetas amaban la herencia del pasado y no veían razones para ser originales si la versión tradicional era bella. La expresión de la individualidad pertenece al tiempo de la escritura”.

“Un nuevo invento empezó a transformar silenciosamente el mundo durante la segunda mitad del siglo VIII a. C., una revolución apacible que acabaría transformando la memoria, el lenguaje, el acto creador, la manera de organizar el pensamiento, nuestra relación con la autoridad, con el saber y con el pasado. Los cambios fueron lentos, pero extraordinarios. Después del alfabeto, nada volvió a ser igual”.

“En su esfuerzo por perpetuarse, los habitantes del mundo oral se dieron cuenta de que el lenguaje rítmico es más fácil de recordar, y en alas de ese descubrimiento nació la poesía”.

“El ritmo no es solo un aliado de la memoria, sino que es también un catalizador de nuestros placeres —la danza, la música y el sexo juegan con la repetición, el compás y las cadencias—.”

“El oficio de pensar el mundo existe gracias a los libros y la lectura, es decir, cuando podemos ver las palabras, y reflexionar despacio sobre ellas, en lugar de solo oírlas pronunciar en el veloz río del discurso”.

“El cine, que empezó siendo un espectáculo mudo, persiguió ansiosamente el tránsito al sonoro. Mientras duró la etapa silente, las salas  dieron trabajo a unos curiosos personajes, los explicadores, que pertenecían a la antigua tribu de los rapsodas, trovadores, titiriteros y narradores. Su tarea consistía en leer los rótulos de las películas para el público analfabeto y animar la sesión”.

“Somos seres económicos y simbólicos. Empezamos escribiendo inventarios, y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los cuentos)”.

“En las primitivas tablillas sumerias dos rayas cruzadas describían la enemistad; dos rayas paralelas, la amistad; un pato con un huevo, la fertilidad”.

“Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber”.

“Tal vez las letras sean solo signos muertos y fantasmales, hijas ilegítimas de la palabra oral, pero los lectores sabemos insuflarles vida”.

“La escritura y la memoria no son adversarias. De hecho, a lo largo de la historia, se han salvado la una a la otra; las letras resguardan el pasado; y la memoria, los libros perseguidos”.

“En cierto sentido, todos los lectores llevamos dentro íntimas bibliotecas clandestinas de palabras que nos han dejado huella”.

“En la sociedad judía medieval se celebraba con una ceremonia solemne el momento del aprendizaje, cuando los libros hacían partícipes a los chiquillos de la memoria comunitaria y del pasado compartido. Durante la fiesta de Pentecostés, el maestro sentaba en su regazo al niño al que iba a iniciar. Le enseñaba una pizarra en la que estaban escritos los signos del alfabeto hebreo y a continuación un pasaje de las Escrituras. El maestro leía en voz alta, y el alumno repetía. Luego se untaba con miel la pizarra y el iniciado la lamía, para que las palabras penetrasen simbólicamente en su cuerpo”.

“El nacimiento de la filosofía griega coincidió con la juventud de los libros, y no por azar. Frente a la comunicación oral —basada en relatos tradicionales, conocidos y fáciles de recordar—, la escritura permitió crear un lenguaje complejo que los lectores podían asimilar y meditar con tranquilidad. Además, desarrollar un espíritu crítico es más sencillo para quien tiene un libro entre las manos —y puede interrumpir la lectura, releer y pararse a pensar— que para el oyente cautivado por el rapsoda”.

“A veces, no hay nada como conocer bien a los clásicos para saber por dónde se pueden abrir nuevos caminos”.

“Hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan, sabiendo que podrían burlarse o responder con cara de piedra e indiferencia ostentosa”.

“Según Safo, quien ama crea la belleza; no se rinde a ella como suele pensar la gente. Desear es un acto creativo, al igual que escribir versos”.

“Todavía entre nosotros, en la terminología literaria se continúa empleando esa imagen de la narración como tapiz. Seguimos hablando —con metáforas textiles— de tramas, urdimbres, de hilar relatos, de tejer historias. ¿Qué es para nosotros un texto, sino un conjunto de hebras verbales anudadas?”.

“Heródoto se esforzó por derribar los prejuicios de sus compatriotas griegos, enseñándoles que la línea divisoria entre la barbarie y la civilización nunca es una frontera geográfica entre diferentes países, sino una frontera moral dentro de cada pueblo; es más, dentro de cada individuo”.

“La personalidad de cada uno de nosotros está modelada —más de lo que nos gusta admitir— por los hábitos mentales, la repetición y el chovinismo”.

“La tolerancia tiene conjugación irregular: yo me indigno, tú eres susceptible, él es dogmático”.

“Los habitantes del mundo antiguo estaban convencidos de que no se puede pensar bien sin hablar bien: ‘los libros hacen los labios’, decía un refrán romano”.

“Los antiguos griegos, como los norteamericanos de hoy, adoraban una buena historia de superación”.

“Antifonte fue el primero que tuvo la intuición de que sanar gracias a la palabra podía convertirse en un oficio. También comprendió que la terapia debía ser un diálogo exploratorio. La experiencia le enseñó que conviene hacer hablar al que sufre sobre los motivos de su pena, porque buscando las palabras a veces se encuentra el remedio”.

“No por eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas”.

“Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio”.“Las bibliotecas, las escuelas y los museos son instituciones frágiles, que no pueden sobrevivir mucho tiempo rodeadas por un entorno de violencia”.

“Ser leído en voz alta significaba ejercer un poder sobre el lector, incluso a través de las distancias del espacio y el tiempo. Por eso —pensaban los antiguos—, resultaba adecuado que los profesionales de la lectura y la escritura fuesen esclavos. Porque su función era precisamente servir y someterse”.

“El verbo latino que hoy traducimos como ‘editar’ —edere— tenía en realidad un significado más próximo a ‘donación’ o ‘abandono’. Implicaba dejar la obra a su suerte”.

“El incesante olvido engullirá todo, a no ser que le opongamos el esfuerzo abnegado de registrar lo que fue. Las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del pasado”.

“Esta es la paradoja del progreso tecnológico, que el hecho de conservar unas coordenadas tradicionales —estructuras de página, convenciones tipográficas, formas de letras y maquetaciones limitadas— fue clave para abrir paso a los cambios transformadores que traía la esfera digital. Es un error pensar que cada novedad borra y reemplaza las tradiciones. El futuro avanza siempre mirando de reojo el pasado”.

“De aquel gusto de los nobles romanos por tumbarse en sus cómodos divanes —triclinios o lechos de mesa— sobre almohadones de púrpura bordada, mientras les servían la bebida y manjares, para razonar tranquilamente los unos con los otros, procede nuestra expresión ‘hablar largo y tendido’”.

“Los censores de todas las épocas corren el peligro de desencadenar un efecto contraproducente, y esta es su gran paradoja: dirigen los focos de atención precisamente sobre aquello que pretendían ocultar”.

“A partir del siglo VII, una combinación de puntos y rayas indicaba el punto; un punto elevado o alto equivalía a nuestra coma, y el punto y coma se utilizaba ya como hoy en día”.

“El gran cambio en la cartografía interior de los libros llegó con la página impresa, que intentaba facilitar una lectura ágil mediante una estructura diáfana. El texto, hasta entonces apelmazado en bloques compactos, empezó a subdividirse en párrafos. Los encabezamientos, los capítulos y la paginación servían como brújula para orientarse en la lectura. Como la imprenta producía ejemplares idénticos en toda la edición, se desarrolló una nueva parafernalia de consulta: índices con referencias a las páginas, notas a pie de página y acuerdos duraderos en la convenciones de la puntuación. Los libros impresos se volvieron cada vez más fáciles de leer y, por tanto, más hospitalarios. Gracias a los índices, los lectores poseían un mapa del interior de los libros”.

“No todo lo nuevo merece la pena: las armas químicas son un invento más reciente que la democracia. Tampoco las tradiciones son siempre convencionales, encorsetadas y aburridas. Las rebeldías de hoy se inspiran en corrientes del pasado, como el movimiento abolicionista o el sufragismo. Una herencia puede ser revolucionaria, como también puede resultar retrógrada. Los clásicos fueron en ocasiones profundamente críticos, con su mundo y con el nuestro. No hemos avanzado tanto como para prescindir de sus reflexiones sobre la corrupción, el militarismo o la injusticia”.

“Los tres filósofos de la sospecha —Nietzsche en la metafísica, Freud en la ética y Marx en la política— partieron del estudio de los antiguos para realizar el giro a la modernidad”.

“En la cultura no existen las rupturas totales, ni tampoco una continuidad absoluta”.

“Los tallos rectos y rígidos de la junquera no evocan el sinuoso camino del canon. Sería más bien el río, que cambia, serpea, dibuja meandros, se lleva y se vacía, pero sigue ahí y parece siempre el mismo que canta su inagotable estrofa, pero con distinta agua”.

“Sólo hay un género literario en Grecia y Roma que, sin poseer orígenes aristocráticos ni pretensiones de alta cultura, logró consagrar a sus propios clásicos: las fábulas de animales”.

“La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder”.

“Cuanto más sensata y perspicaz sea nuestra comprensión histórica, más seremos capaces de proteger aquello que valoramos”.

“Los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar —y mermar— el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles. Todos estos inventos fueron hallazgos de los antiguos, esos que llamamos clásicos, y llegaron hasta nosotros por un camino incierto. Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido”.

“Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños”.

 

La lectura profunda

Ilustración de Gianni De Conno.

En su libro Lector, vuelve a casa. Cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas (Deusto, Barcelona, 2020), Maryanne Wolf, después de revisar las implicaciones cognitivas de una cultura influenciada digitalmente (lectura superficial, de picoteo, con bajos niveles de atención y centrada esencialmente en el entretenimiento), propone la estrategia de la lectura profunda como un modo de recuperar “la calidad de nuestro pensamiento” y “desarrollar vías completamente nuevas en la evolución cerebral de nuestra especie”. Por ser tan valiosas las ideas de esta profesora e investigadora norteamericana para maestros y formadores de diferentes niveles educativos, voy a recoger diez puntos que sintetizan su “defensa de la lectura profunda y el pensamiento crítico en tiempos digitales”.

Uno: La lectura profunda supone la capacidad de “formar imágenes” de lo que vamos leyendo con el fin de “ayudarnos a acceder a las múltiples capas de significado que subyacen en un texto”.

Dos: La lectura profunda implica “entrar en los sentimientos, la fantasías y los pensamientos de otros a través de un tipo concreto de empatía”. Es decir, al leer de manera profunda nos liberamos de nuestras propias creencias para acceder a los significados, aspiraciones, dudas y emociones presentes en un texto. Se trata, en últimas, de que al leer entremos en una “dimensión modificadora” que nos permita sentir lo que “de otro modo jamás llegaríamos a conocer”. Leer en profundidad es tener la capacidad de “adoptar la perspectiva del otro”. La lectura profunda, en la medida en que nos torna más empáticos, “puede aportarnos distintas y variadas razones para encontrar formas más compasivas de tratar con el otro en nuestro mundo”.

Tres: La lectura profunda nos invita a tener “paciencia cognitiva” para “sumergirnos en los mundos creados por los libros y las vidas y los sentimientos de los ‘amigos’ que los habitan”. La paciencia cognitiva consiste en “recuperar el ritmo del tiempo que nos permita atender consciente e intencionadamente los pensamientos a comprender, la belleza a apreciar, la cuestiones a recordar, las ideas a desarrollar”. Ser un lector profundo es tener esa “calidad de inmersión” en los textos que leemos.

Cuatro: La lectura en profundidad exige flexibilidad cognitiva; es decir, “estar más capacitados para dejar de lado nuestros particulares puntos de vista y adoptar la perspectiva del otro”. Tarea muy importante hoy cuando “empieza a percibirse cada vez menos motivación para pensar de un modo más profundo, y menos aún para enfrentar a visiones que difieren de la nuestra”.

Cinco: La lectura profunda supone ampliar nuestro bagaje intelectual; demanda superar lo que ya sabemos para lograr así “aumentar nuestra capacidad para inferir, deducir o hacer analogías”. Es un hecho comprobado que “cuanto menos sabemos, menos posibilidades tenemos de establecer analogías, aumentar nuestros poderes inferenciales y analíticos, y expandir y ampliar nuestro conocimiento general”. Sin esa amplitud del “bagaje cultural” acompañado de nuestros procesos analíticos, corremos el riesgo de “consumir información sin digerirla”, de leer “sin preguntarnos si la calidad o la procedencia de la información de que disponemos es correcta y libre de intereses y prejuicios externos”.

Seis: La lectura profunda involucra la observación, la hipótesis, la predicción, la deducción, la evaluación, la interpretación y, especialmente, “requiere el uso del razonamiento analógico y la inferencia si queremos descubrir las distintas capas de significado en lo que leemos”. “El pensamiento analógico y el razonamiento inferencial nos ayudan a comprender qué hay bajo la superficie del cada vez más complejo mundo que examina”.

Siete: La lectura profunda lleva necesariamente al análisis crítico. Cuando se lee en profundidad se hace aduana de la información inmediata y superficial; se ponen en salmuera las propias creencias, los “prejuicios latentes” y las “posiciones preestablecidas”; se contrastan las informaciones. El lector profundo hace preguntas al texto, tiene paciencia para leer la letra menuda, entiende que el significado no es fácil de hallar porque sabe que los textos tienen distintas interpretaciones. La lectura en profundidad apuesta por las ideas complejas y la “ardua tarea de buscar la verdad”.

Ocho: La lectura profunda aboga por el “ojo tranquilo” para no sucumbir a la angustia novelera del exceso de información, a la dictadura del entorno; para sortear el picoteo y el ojeado de la “mente saltamontes”. El lector profundo lucha para no tener una “atención troceada”, discontinua y espasmódica. De alguna manera, el lector en profundidad no simplifica, no actúa por ráfagas; por el contrario, presta atención a los detalles, a la “secuenciación de la información”, a la “densidad de las frases”. Un lector en profundidad emplea con frecuencia las “estrategias del énfasis”.

Nueve: La lectura en profundidad conlleva a la relectura, al repaso, a la activación de la memoria funcional. Un lector en profundidad activa todo el circuito de lectura: atención, recordación, conexión, inferencia, análisis.

Diez: La lectura en profundidad tiene siempre que ver con la conexión: “conectar lo que sabemos con lo que leemos, lo que leemos con lo que sentimos, lo que sentimos con lo que pensamos, y cómo pensamos con cómo vivimos nuestras vidas en un mundo conectado”. En síntesis: leer en profundidad consiste en «aprender a conectar la lectura con los sentimientos, el pensamiento y la imaginación moral”.

Estos diez puntos pueden ayudar a responder los interrogantes que Maryanne Wolf nos plantea en su obra a todos aquellos que, de una u otra manera, estamos interesados en la enseñanza o las prácticas de la lectura: «¿Lees con menos atención y, acaso, incluso con menos memoria que antes? ¿Notas al leer en una pantalla que cada vez tiendes más a buscar palabras clave limitándote a ojear el texto? ¿Este hábito de lectura en pantalla ha mermado tu lectura en copia impresa? ¿Te sorprendes leyendo el mismo pasaje una y otra vez para entender su significado? ¿Te has acostumbrado tanto a la información rápida que ya no sientes la necesidad de hacer tus propios análisis de esta información ni dispones del tiempo para ello? ¿Te encuentras a ti mismo evitando gradualmente análisis más densos y complejos, incluso aquellos que están fácilmente disponibles? Y lo que es más importante, ¿eres menos capaz de encontrar el mismo placer envolvente que otrora sentías al leer como lo hacías antes?”.

«Aquellos diciembres»

Estamos en navidad. Seguramente la luz de los alumbrados callejeros, el dorado de los adornos en nuestras casas, el sonido de la música bailable en las emisoras y el bullicio de la gente comprando algún regalo, han hecho que nuestro corazón se alegre y sintamos en el ambiente los aires de la parranda; la misma “Parranda de navidad”, descrita por Francisco Mata e interpretada por la venezolana Tania.

 

La botellita de ron o de aguardiente, la botella de cerveza o de vino; eso de una parte; de otra, el cuatro o la guitarra o el acordeón o las meras palmas, haciendo eco a la voz. Y además de estos dos elementos, un tercero, una aspiración propia de estos días de Navidad, un sueño, un propósito para que en el año venidero se acaben todos los pesares. Un propósito que es también una de las características propias de la fiesta, del carnaval: el año que viene renueva el canto y el goce. La fiesta halla su razón de ser en este juego de espera y renovación; la fiesta actualiza la tradición y, en esa misma medida, potencia el tiempo de la esperanza. Ansiamos que llegue diciembre, pero sabemos que ese diciembre o esos diciembres ya no volverán. Miguel Velásquez, “Los Falcons”, un ritmo de gaita. “Aquellos diciembres”: nostalgia y resurrección, las claves de la fiesta.

 

Y la tradición es impensable sin el tiempo del recuerdo. La fiesta revive porque se la recuerda; el carnaval renace porque hubo otro, años atrás, y porque se realizaron otros más en un tiempo ya perdido en la memoria. Toda fiesta se articula desde un pasado epifánico. Para nuestra tradición, las fiestas de navidad nacen allá en un portal, nacen con una estrella fulgurante, una huida, un pesebre, unos pastores, unos reyes magos (cómo no iban a ser magos aquellos que se van de pronto persiguiendo un lucero) y, sobre todo, nuestra Navidad nace con un nombre: Jesús. Recuerdos, dice el poeta, cuánto daría por tenerlos cerca, cuánto daría, cuánto diera… Recuerdos que, como un mosaico bizantino, se aglutinan en cantos, en discos, en ritmos, más significativos para unos, menos para otros, pero casi siempre identificables con un pasado, con un tiempo que ya no nos pertenece y que, sin embargo, no podemos olvidar.

 

Polka, porro, son guaracha, porro guaracha, cumbia, paseo, guajira… ritmos, orquestas, compositores, cantantes; años 30, 40, 50, 60, 70… Navidades: ruido de pólvora, luces de volcanes y bengalas, repicar de campanas, voces de niños; la infancia, la edad inolvidable, el tiempo de la fiesta, del juego, de la credibilidad y de la fe. Infancia, la espera en el regalo, el don que traía el niño Dios, el dios niño; infancia, el tiempo de la confianza vuelta esperanza. Niñez: cantera de donde brota la más genuina poesía.

 

Pero además de este giro hacia la inocencia que trae diciembre, estas fiestas de fin de año son también un tiempo propicio para la abundancia en nuestra mesa; tiempo para los pasteles, los buñuelos y la natilla. Tiempo para estar en familia y compartir la cena de navidad. El ajiaco, el pavo, la lechona; galletas y golosinas. Tiempo de cosecha espiritual, de ofrecimiento y solidaridad. “24 de diciembre”, la parranda de Francisco Antonio González, recoge todos estos elementos del último mes del año, en donde la juerga y la diversión (los colores de la fiesta) no son sino la exterioridad de una dicha interior, de una alegría que propugna por la paz de las manos abiertas.

 

Y aunque estas tradiciones nos han venido de fuera; una, la del pesebre, de España; otra, la del árbol, de la tradición anglosajona; nosotros hemos moldeado a nuestro temperamento, las hemos transformado en una prolongación de nuestra sangre del trópico. Si el árbol florece, florece para que el amor ingrato no reciba regalo; si el árbol florece, florece como una petición de compañía. No es el pino como tal, sino un símbolo al cual se le puede pedir, entre otras cosas, un amor. El amor que también nos había prometido algo. ¿Dónde está mi regalo?, parece ser el clamor navideño. “Arbolito de Navidad”, José Barros, un son paisa y esa proclama esencial de estas fiestas decembrinas: ¿Qué me vas a dar?

 

Digamos algo sobre la importancia del regalo. Navidad es tiempo para regalar, para dar o darse. Un regalo es una manera de mostrar nuestra confianza, una forma de descubrirnos. Regalar es extender nuestra persona, es alargar nuestros brazos para que el otro nos toque, nos acaricie; o mejor, para que nuestro amigo o nuestro hermano nos reciba. Un regalo contiene varios sentidos: por un lado, es un signo de lo que somos o de lo que aspiramos ser ante aquel a quien ofrecemos el regalo; de otra parte, un regalo es también una señal para que el regalado se nos muestre, para que el otro devele parte de su intimidad. Navidad, época para el trueque, para el intercambio; época del aguinaldo: un dar lo propio para poder tener lo extraño.

 

Hemos hablado de cómo nuestro pueblo ha involucrado su cotidianidad en estas fiestas de Navidad; de igual manera la música, nuestra música, ha recogido tradiciones, gustos, costumbres, timbres, entonaciones de cómo sentimos el nacimiento de un niño Dios. La música ha reunido desde las acostumbradas comidas decembrinas hasta los estados de ánimo; desde la risa hasta el llanto. Hemos hecho de la tradición un canto; he ahí otro elemento de toda fiesta.

 

Desde luego, en estas navidades no pueden desaparecer de un momento a otro los tristes, los ensimismados, los solitarios, los famélicos, no. Sin embargo, este tiempo de Navidad clama porque todo, absolutamente todos, participemos de una alegría universal; todos, ricos y pobres, satisfechos o hambrientos, conformamos la gran familia; al menos, por unos días, el pobre llena su mesa de abundancia y el menesteroso viste su mejor traje. Casi que, como una benigna imposición, todos debemos entrar en la barahúnda, en la charla incansable de la fiesta. Este es otro elemento de la festividad: todos participamos de ella, todos nos untamos de sus colores, todos comemos del mismo plato, todo bailamos el mismo son.

 

Si hay algo que nos produce diciembre es la ansiedad porque los seres queridos estén con nosotros. Aspiramos a que el amigo lejano regrese; suplicamos para que el amor distante retorne. Diciembre se sitúa en el espacio simbólico del hijo pródigo, del hijo que vuelve a casa. Y es justo a su llegada, cuando empieza la fiesta. El baile anuncia que los seres más queridos están con nosotros. Y si no han llegado, seguramente están próximos a tocar a nuestra puerta. Diciembre es una invitación. Toda fiesta es un llamado, es un grupo de voces amigas, es el gesto de unas manos fraternas que nos dicen: ven, ven, que ya la fiesta va a empezar…

El plagio en la educación superior

Ilustración de Gianni de Conno.

“El librito que lees en público, Fidentino, es mío:
pero cuando lo lees mal, empieza a ser tuyo”.
Marcial

 

Una de las faltas gravísimas en el mundo académico es el plagio. Las universidades y otras instituciones educativas señalan en su normatividad, en el reglamento estudiantil, las sanciones a que se exponen quienes cometan esta conducta. Quisiera explicar por qué tal rechazo y condena a esta práctica de poner como propias ideas ajenas.

Empezaré por recordar el valor que tiene en las instituciones de educación superior el conocimiento  o más concretamente la información recogida en libros y fuentes de diversa índole. Eso que podríamos llamar la tradición de las ideas es un bien que la academia conserva, enseña, cuida, y del cual se siente orgullosa. Hago tal afirmación porque el respeto a las ideas, la fidelidad a las fuentes, la salvaguarda de la producción intelectual a través de los siglos, es un principio vertebral de cualquier centro de formación universitaria. Puesto de manera enfática: hacer parte del mundo académico es aprender a dialogar y respetar la autoría de los productos de pensamiento que constituyen el campo de saber de una disciplina o profesión.

Dicho esto, se presupone que por eso mismo, las instituciones prevén unas normas de presentación de los trabajos escritos o una guía de citación de fuentes que serán objeto de cursos específicos y de observancia a lo largo de una carrera o un programa posgradual. Aprender esas normas para referenciar otras voces (APA, Chicago, ICONTEC) es la manera como las instituciones educativas les enseñan a sus estudiantes a poner su voz en concierto con las voces del pasado, pero distinguiendo la opinión personal de las aseveraciones o testimonios escritos de otros autores. Así que, cumplir estas normas es un código de ética mínimo mediante el cual se accede a la dinámica de la producción intelectual, a la generación y desarrollo del conocimiento. Omitir estas convenciones es desconocer la trayectoria de una línea de saber y, al mismo tiempo, una degradación de aquello que se está estudiando.

Desde luego, dominar estas técnicas o recursos de citación puede resultar tedioso para quienes no han entendido su función formativa, o un escollo para aquellos que, sin vergüenza alguna, recogen de aquí y allá cuanta cosa les resulta útil para el propósito de graduarse u obtener un título a como dé lugar. “¿Por qué tengo que volver a citar a ese autor, si ya lo mencioné hace cinco páginas atrás?”, es la disculpa de los plagiadores párrafo a párrafo; o lo más descarado: “¿qué importa si no pongo el nombre completo del autor, el título está incompleto o me falta el año de publicación?”. Eso parece una banalidad para los plagiarios desvergonzados. No es extraño que los estudiantes que afirman tales cosas manden a redactar sus trabajos a otras personas o se escuden en la antigua consigna de los deshonestos: “seguro que el profesor no se da cuenta”. Y si el docente o el tutor de una investigación los descubre en dicha falta, en muchos casos la respuesta se tiñe de altanería, en lugar de ser un avergonzado reconocimiento de la falta. Por eso resulta inconcebible que en un trabajo final de grado, en la tesis, se presente como riqueza personal lo que es un bien intelectual ajeno.

Es común también que el plagiario emplee la disculpa de que lo suyo fue un parafraseo de determinado autor y que, por lo tanto, no tenía que darle crédito. Tal marrulla, en lugar de justificarlo, agranda su falta, porque pone en evidencia que sí se acudió a esa fuente, pero sin haberla reconocido. El plagiario supone que si no hay una cita textual, el autor no debe referenciarse. Por el poco trato con la palabra escrita se olvida que las ideas, los conceptos, las estrategias, métodos o categorías de otros deben ser citadas así no se las tome textualmente. Que es un deber académico, o de alguien que pretende serlo, explicitar a quién le pertenecen esas ideas o cuál es la fuente directa que le sirvió de inspiración. Precisamente, en eso consiste la fundamentación teórica de un proyecto: en saber ubicar ciertos aspectos de una obra, los planteamientos de un autor, para darle consistencia a una construcción discursiva personal. Reconocer tales deudas es una forma de fortalecer las bases o la estructura del trabajo en cuestión.

Si se revisa el Manual de estilo de publicaciones de la APA allí se dictamina que hay que “dar crédito a quienes lo merecen”; es decir, que al hacer plagio, al no dar los créditos respectivos, minusvaloramos o menospreciamos las ideas de otra persona, banalizamos el saber o despreciamos los productos intelectuales de quienes nos precedieron. Dar crédito es lo mínimo que un estudiante puede hacer cuando retoma un concepto, una categoría, una metodología  que le servirá para darle consistencia a un proyecto o para lograr resolver un problema de investigación. Dar crédito es un protocolo para dialogar con esas otras voces, con aquellos textos que nos han servido de consulta. Dar crédito, en últimas, es la manera como aprendemos a pedir prestadas ideas en una casa ajena, sin hurtarlas a escondidas.

Sobra decir que el plagiario actúa así por tres razones fundamentales: una, porque anda de afán y hace su trabajo a última hora; porque no ha tenido el juicio y la dedicación suficiente para desarrollar paso a paso tal obra; porque está más preocupado por cumplir un requisito que por aportar algo significativo con su trabajo de grado. La segunda razón, quizá más profunda, es porque hurtando ideas ajenas logra subsanar en parte sus debilidades intelectuales o de creación. Al plagiario le falta capacidad de análisis, potencial imaginativo, riesgo intelectual para la innovación, mayoría de edad para pensar por cuenta propia, tal como quería el filósofo Inmanuel Kant.  Y cabe una tercera razón: es la poca relación o trato del plagiario con la escritura; el encuentro casual que tiene con ella y que, al tratar de realizarla, pone en evidencia su falta de precisión semántica, la ausencia de estructura de un texto, la poca coherencia y cohesión entre sus ideas. Es probable que estas razones, sumadas a una débil formación moral, lleven al estudiante al fraude académico, a tomar la vía deshonesta de poner el engaño por encima de sus responsabilidades académicas. 

Dada la frecuencia con que se presentan los casos de plagio, intencionado o no, varias instituciones de educación superior han claudicado en esta labor de cuidado y salvaguarda de la producción intelectual, de los derechos de autor, y han preferido omitir este requisito de grado a cambio de un curso remedial o una práctica social. Puede que tal salida sea una buena medida burocrática o un medio rápido de lograr gran cantidad de graduados en un tiempo corto, pero en el fondo es una herida que se infringen ellas mismas a su misión esencial de conservar la tradición del pensamiento y producir nuevo conocimiento. Otro tanto puede decirse de los tutores o docentes encargados de corregir los trabajos de grado de los estudiantes: cuando apenas hojean los textos, sin cotejar las fuentes o revisarlos página por página, seguramente hallarán la complacencia con sus tutoreados, pero perderán la autoridad de maestros. No debemos olvidar que las instituciones de educación superior entran en el proceso de formación de una persona para proveerle habilidades, saberes y comportamientos que le permitan acceder a los bienes intelectuales de la cultura y, al mismo tiempo, participar de ella. Renunciar a tal cometido es una irresponsabilidad con la misión universitaria y un modo de exclusión a los capitales simbólicos de la sociedad.

Aunque resulte redundante decirlo, el plagio está asociado a fallas o desajustes en la conducta ética de las personas. Hay algo de mala fe o de oscura “viveza” en esto de engañar o de “hacer pasar como propia la obra de otro”. Es una actitud que debe ser severamente castigada especialmente en una época en la que las virtudes han sido acorraladas por los vicios, y en la que las argucias de la politiquería o los intereses de los conglomerados económicos, parecen volver regla la estrategia de que los medios poco importan con tal de alcanzar los fines. De allí que la universidad o los establecimientos de formación superior, requieran firmeza moral para no dejarse avasallar por las demandas inmediatistas del mercado, ni por la soberbia demagógica de los gobernantes. La academia también tiene su fuero, que no solo cobija a su recinto físico, sino a las particulares maneras de curricularizar unos saberes y fijar las coordenadas de una impronta ética a sus estudiantes.

Concluyamos estas reflexiones recordando que la palabra plagio, según nos cuenta Efraín Gaitán Orjuela en su libro Biografía de las palabras, tuvo su origen en el Derecho Romano y se refería a la “acción que cometía un individuo al apropiarse, vender, poner en prisiones, castigar a un esclavo ajeno sin el consentimiento del dueño”; era un comportamiento “torcido” castigado con penas muy severas. Como se ve, desde su misma etimología el plagio es un delito, cuyo sentido se trasladó después al mundo de las letras con el significado de hurto literario. Así que para evitar ser tildados de “ladrones intelectuales” y mancillar con ese acto el pacto de respeto a los derechos de autor resguardados por las instituciones de educación superior, lo mejor es poner las comillas donde sean necesarias y referenciar las fuentes que silenciosas han ofrecido su servicio a nuestros requerimientos académicos.

Referencias

Epigramas: Marcial, Editorial Gredos, Madrid, 1997.

¿Qué es la ilustración?: Erhard, Freiherr von Moser, Garve y otros, Editorial Tecnos, Madrid, 1993.

Biografía de las palabras: Efraín Gaitán Orjuela, Editorial Bedout, Medellín, 1970.

Manual de estilo de publicaciones de la American Psychological Association, Editorial El Manual Moderno, México, 2006.

Escritura y universidad. Guía para el trabajo académico: Gustavo Patiño Díaz, Universidad del Rosario, Bogotá, 2013.