Recursos de cuidado en tiempos de pandemia

Ilustración de Ángel Boligán

Son tantos los colegas o amigos que a diario me llenan con sus temores derivados de esta pandemia, tantas las desinformaciones que desestabilizan el equilibrio emocional, infinitos los mensajes de alarma multiplicados por los medios masivos de información, que he pensado en una serie de pequeñas acciones mediante las cuales podemos cuidar nuestra mente o mantener estable nuestro espíritu. Por supuesto, son “recursos de cuidado” que yo mismo practico y, en esa medida, considero pueden servir a otras personas.

PRIMERO: no sea replicante impulsivo de cuanta cosa alarmista sobre el Covid-19 le llegue en las redes sociales. No contribuya a aumentar la zozobra. Sea un lector crítico de esas informaciones antes de enviarlas a sus conocidos. Use filtros de procedencia, de confiabilidad de la fuente, de contrastación de los mensajes. Quítese de la cabeza la idea de que “reenviando” cualquier información contribuye a aclarar o mejorar la situación de esta pandemia.

SEGUNDO: no haga eco a remedios caseros o a soluciones mágicas para enfrentar el coronavirus. Si bien el miedo nos lleva a buscar respuestas mágicas a problemas difíciles o desbordantes, impóngase la tarea de cumplir con lo que recomiendan los especialistas en este campo. Si procura cumplir con las normas básicas de bioseguridad (que de tanto escucharlas parecen poco importantes), si hace ejercicio de manera constante, si se ocupa en mantener vivo algún proyecto y no solo en multiplicar las preocupaciones, seguramente se sentirá más sano en cuerpo y espíritu.

TERCERO: no dedique todo el tiempo a ver o escuchar noticias, ni se vuelva un obsesivo con las cifras alarmistas. Elija un noticiero, no vea siempre el mismo; pero no se mantenga conectado todo el tiempo o preso de la “primicia” o el amarillismo de la fatalidad. Desconéctese por unas horas. Manténgase informado, pero no constriña su vida cotidiana al vaivén de los programas de información que, cada vez más, se han ido volviendo espacios de opinión. Recuerde que la prensa o las revistas tienen más tiempo para sopesar lo que otros medios sacrifican por el afán de novedad.

CUARTO: no dedique el ocio solo a ver televisión o navegar por internet. Diversifique sus aficiones o sus actividades de tiempo libre. Juegue, camine, practique una artesanía o un arte, converse, escriba, lea libros, inicie un nuevo proyecto, ocúpese en algo que le produzca pequeñas satisfacciones o lo afirme en la riqueza de la vida. No se postre o pierda la iniciativa. Deje de mirar tanto el escenario desolado del afuera y observe con cuidado los paisajes inexplorados de su interioridad.

QUINTO: no maldiga tanto, no reniegue de lo que nos está pasando, no busque culpables, no impregne su discurso de palabras pesimistas o abiertamente catastróficas. Cuando hable con amigos, colegas o conocidos, sea más bien un heraldo de optimismo que un mensajero de malos auspicios. Intente, así no le resulte fácil al inicio, ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Donde quiera que esté o haga lo que haga procure ser un promotor de la esperanza.

SEXTO: no idealice el pasado, ni mire los años anteriores con nostalgia. Cuando así se procede la mente y el corazón empiezan a sentir que en lo perdido estaba la felicidad y, por supuesto, se pierden las alegrías del presente. Lo que estamos viviendo es algo inesperado, impredecible, pero por eso mismo tiene en su semilla un horizonte para construir escenarios inéditos. Deje de hablar de los tiempos sin pandemia como el mundo deseable, y mejor converse sobre las posibilidades o los desafíos que esta nueva realidad nos ofrece.

SÉPTIMO: no se angustie por los nuevos aprendizajes que deberá asumir o por aquellos otros que vendrán en el inmediato futuro. Quítese de la mente la idea de que está viejo para ser estudiante de nuevo; despójese de esos orgullos o de esa soberbia intelectual que le daba seguridad o lo hacía dueño de un saber. Haga de la experimentación su aliada y vuelva la palabra “cacharrear” su mayor aliada. Este verbo es la clave para entender que el ensayo y el error es el modo más adecuado para sortear los analfabetismos digitales o las nuevas maneras de comunicarnos. Transforme el error, en usted y en los que lo rodean, en oportunidad para saber cosas nuevas y no en un impedimento o un defecto. Deje de considerarse como un ser autosuficiente; hoy más que nunca, pedir ayuda a otros es una clave para acabar de aprender.

OCTAVO: no sea tan rígido o intolerante, ni tan serio o amargado que, además de los problemas propios de la pandemia, agregue en su casa aquellos otros del mal ambiente, del clima tenso o la incomunicación amenazante. Flexibilice el espíritu y amplíe el umbral del humor. Bromee con frecuencia. El mal genio poco ayuda cuando el temor ronda y la incertidumbre se multiplica. Cuando hay humor, cuando no perdemos la “ironía” para entrever en lo más trágico un atisbo de comedia, cuando logramos vernos en el espejo para ver el rostro de la fragilidad o la torpeza, lo más seguro es que mermaremos la tensión emocional que tanto daño hace a los nervios y al sistema digestivo. Reír es también un diluyente del pánico y una prueba de que hemos tomado distancia comprensiva de lo que nos pasa.

NOVENO: no se encierre o se aísle de sus conocidos o amigos. Tampoco se trague todas sus angustias o corte las relaciones interpersonales. Mantenga un flujo de comunicación permanente con los que, por las mismas circunstancias de la pandemia, están lejanos o sin posibilidad de contacto. Practique la tertulia, busque un motivo para el diálogo, dele a la conversación el papel de ser lubricante de la vida cotidiana. Disponga espacios en su agenda semanal para esos encuentros y otórgueles el valor de ser reuniones inaplazables. Renueve los lazos de la amistad y, si alguien confía en usted para ser su confidente, descubra las bondades de ser un buen escucha. No deje de llamar a las personas cercanas a sus afectos o aquellas que ha descuidado en el trato para darles un saludo animoso y reiterarles la gratitud, el cariño o la importancia en su existencia.

DÉCIMO: no descuide el cultivo de su zona espiritual o deje al garete eso que podemos llamar el “ámbito del alma”. Si es creyente, refuerce algunos ritos y alimente su interioridad con el pan de la oración. En todo caso, dedique unos minutos todos los días a meditar y, para ello, oblíguese a descubrir la riqueza del silencio. La lectura de ciertos libros edificantes, o la buena poesía, pueden contribuir a mantener la fortaleza íntima y la necesaria tranquilidad. Haga ejercicios de discernimiento a partir de apólogos, aforismos, haikús, relatos zen o fábulas morales. Vuelva revisar la literatura sapiencial o, si lo prefiere, explore en aquellos textos que hablan de la filosofía como forma de vida. No me canso de recomendar La ciudadela interior de Pierre Hadot.

El Papa Francisco y la comunicación del «ir y ver»

Ilustración de Christoph Niemann.

Leo en el mensaje del Papa Francisco para la 55 jornada mundial de las comunicaciones sociales varias cosas interesantes que merecen un análisis concienzudo, y más en estos tiempos de pandemia en que vivimos.

Un asunto al cual se refiere el Papa Francisco es a la necesidad de que los comunicadores dejen de practicar la “información autorreferencial” y se lancen a “interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas”. Entiendo que es un llamado para no quedarse con los comunicados oficiales de prensa o a replicar noticias de las redes sociales, pero sin la contrastación de fuentes que es uno de los principios básicos del oficio. Y porque se ha ido relegando o abandonando el trabajo de reportería o de cronista es que, al decir el Papa Francisco, “ya no se sabe recoger ni los fenómenos sociales más graves ni las energías positivas que emanan de la base de la sociedad”.

Los comunicadores se han vuelto espectadores de sí mismos y no actores genuinos de una profesión que, en épocas de crisis o de conflictos sociales, sí que es valioso su aporte y su vigilancia continua. Las redes sociales y la avalancha de la tecnología les han hecho creer a los periodistas que no es necesario salir a la calle, a “abrirse al encuentro”, que basta una llamada para construir la noticia. El Papa Francisco los conmina, al igual que el antecedente bíblico, a “ir y ver”, porqué ahí está la clave de su labor y porque así se gana la credibilidad y el respeto de la audiencia o los lectores. “Para poder relatar la verdad de la vida que se hace historia –afirma Francisco– es necesario salir de la cómoda presunción del ‘como es ya sabido’ y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto”. Estas recomendaciones son la esencia del periodismo si es que sigue importando la comunicación fidedigna, imparcial y oportuna.

Me gusta esa consigna que el Papa Francisco entrega a los comunicadores de diversos medios: “hay que comunicar encontrando a las personas donde están y como son”. Eso es lo que él denomina una “comunicación auténtica”. No es propagando el odio o sirviendo de eco a los emporios del poder económico o político como los comunicadores podrán elaborar un buen “relato de la realidad”; no será entrando en la lógica de la sociedad del espectáculo y la banalización de la información como los periodistas hallarán su mejor lugar como orientadores de opinión pública y gestores del pensamiento crítico; no es cultivando el “banal narcisismo” que ahora parece ser el punto más alto de la profesión. Lo que se necesita es una voluntad de trabajar con responsabilidad social o volver a lo que fue la esencia del periodismo: “ir más allá donde nadie va”, “permitir que aquel que tenemos de frente nos hable, dejar que su testimonio nos alcance”. Esto requiere fortaleza moral, vigor físico, y un deseo de moverse y salir a ver.

“Hay que abrirse al encuentro”, afirma el Papa Francisco. Hay que ir al “conocimiento directo, nacido de la experiencia”; basta ya de lanzar contenidos sin una aduana ética, sin verificar o sopesar las partes en conflicto; basta ya de disfrazar la genuina información con una práctica inconsciente e insensata de lanzar la piedra y esconder la mano. El Papa Francisco insiste en que los comunicadores deben estar menos aferrados a la novelería y el servilismo acéfalo, y ocuparse más en tener “una mayor capacidad de discernimiento y a un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos”. Y agrega algo que, si bien se enfila al trabajo de los periodistas, es un llamado de atención que a todos nos compete: “Todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas”. Es decir, que no podemos, por ejemplo, mandar o replicar mensajes en las redes sociales sin someterlos a un mínimo ejercicio reflexivo, sin prever el efecto negativo que pueden producir en otras personas; o que en nuestra vida cotidiana debemos “frenar la lengua”, no ser promotores de rumores o entrar en el eco irresponsable de las mentiras sin pruebas o evidencias. Todo eso es lo que implica ser responsables de las comunicaciones que emitimos o recibimos.

El trasfondo ético de este mensaje subraya la comunicación “limpia y honesta”. Por supuesto tal cometido no es únicamente para los comunicadores. Es también una invitación a los educadores, a los padres y madres de familia, a los líderes empresariales o políticos, a todos los que tienen a su cargo grupos de personas o se consideran “influenciadores” sociales. Necesitamos una comunicación que “invite al diálogo” y no tanto al odio y la venganza; una comunicación que busque puntos de confluencia y no tanto la insistencia en las pequeñas diferencias; una comunicación más centrada en la esperanza y la posibilidad de futuro, que no sea como esa –tan abundante hoy– que promueve la incertidumbre, rompe los vínculos sociales y alimenta el derrotismo y la banalidad de la existencia.

Por supuesto no es éste el único mensaje en el que el Papa Francisco ha sugerido o invitado a pensar en la comunicación, sus actores, sus formas, su alcances y responsabilidades. Basta mirar otros mensajes similares de años atrás para tener a la mano un repertorio de consejos que pueden resultar útiles y beneficiosos: “necesitamos valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación”; “necesitamos paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy”; “necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto”. Yo agregaría, en esta misma perspectiva, que los comunicadores profesionales y todos los que a diario usamos la comunicación necesitamos gritar menos y escuchar más, reafirmar las semillas de la vida y no los sensacionalismos de la muerte, ser promotores de mensajes alentadores y no emisarios del desánimo. Seguramente así, y más cuando la zozobra de la pandemia nos circunda, aplacaremos la ansiedad que demuele el espíritu y hallaremos soluciones solidarias para el bienestar común que tanto anhelamos.

Arte y representación

Cuaderno de bocetos de Diana Corvelle.

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Lo real. Consistencia, dureza, fijeza. Y, a pesar de ello, lo real es blando, fluido, está en movimiento. Lo real transcurre; el tiempo encarna en los seres o, mejor, los seres son por el tiempo. Durar y dureza son análogos. La piedra, que parece tan inmóvil, guarda dentro de sí una movilidad incesante. El exterior de la piedra, sólo la cáscara, es dureza; lo demás, la pulpa de la roca, es perpetuo desmoronamiento. Lo real es diverso. Posee muchas caras.

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La conciencia es un puente. La conciencia se interpone entre el yo y lo real. La conciencia trae consigo la representación de lo real. Toda representación es como un fantasma de lo real, como su desdoblamiento. Representación podría entenderse como el envés de las cosas. Lo real aprehendido por la conciencia sufre un proceso de transformación: primero pasa por el cedazo de nuestros sentidos, luego por el filtro de nuestro entendimiento y, finalmente, se torna signo. Es indudable que lo real está preñado de conciencia. El mundo que habitamos, el mundo en que estamos, ya es mundo representado. Eso es lo que llamamos Cultura: un mundo vuelto signos.

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Lo real no necesita representación. Se basta a sí mismo. Pero la conciencia requiere de continuas representaciones. La conciencia teme a la ilusión, teme que eso que representa no sea o no tenga relación con lo real genuino. La conciencia necesita de un real. La cultura tipifica, clasifica, determina. Y si lo real es virtual, la cultura se impone la tarea de otorgarle un rostro único: o dureza o fijeza. La cultura siempre es un acto de disyunción. Si no fuera así, los hombres jamás se hubieran podido socializar.

Cabe ahora la pregunta, ¿qué es lo que imitamos cuando nos disponemos a pintar, esculpir o componer?, ¿de dónde partimos? ¿Cuál es el referente?: ¿será ese real duro y blando, virtual, o esa otra representación, sígnica, construida por la conciencia? ¿De dónde parte el artista? Digamos que el artista parte de una representación, de un real prefigurado. Desde allí, el artista configura la obra, esa «otra realidad». La obra de arte es la configuración de una representación. Una reconstrucción. Una restitución. El arte entonces, le devuelve a lo real su virtualidad. Nos lo vuelve a presentar.

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El arte imita según dos modelos: según real y según representación. De un lado sigue el patrón de lo óntico y, de otro, los modelos de lo sígnico. O, en otras palabras, copia según la lógica de la vida y copia según la lógica de la cultura. El arte es una síntesis. Y como síntesis, una obra de arte es un nuevo real, «otro tipo de ser». Una cosa que presenta a la par que representa. Porque presenta es un ser, porque representa se parece al ser. La obra de arte es apariencia. Un aparecer. Aparecer es la manera como el ser retorna a su viejo cascarón. Apariencia es, a la vez, realidad y representación.

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Entonces no hay un arte cabalmente realista. Como no hay tampoco un arte totalmente subreal, suprareal o hiperreal. Digamos más bien que en ese juego entre presentación y representación, la obra de arte se inclina más hacia un lado o hacia otro. Cuando más presenta, parece más real; cuando más representa, es más representación. Sea como fuere, la obra de arte sigue siendo apariencia: cosa que deja ver el ser, representándolo. Y si lo figurativo es la cima de lo presentable, lo no figurativo es la cima de lo representacional. Realismo y abstracción siguen siendo maneras de aparecer.

Cuaderno de bocetos de Diana Corvelle.

¿Por qué Orfeo perdió a Eurídice?

«Eurídice se desvanece en el inframundo» de Enrico Scuri.

¿Por qué el gran cantor, el que tañendo la lira lograba apaciguar los ánimos o las fieras, a quien le obedecían las piedras, los árboles y las montañas, el mismo que logró hipnotizar a Plutón y Proserpina en el reino de las sombras, por qué ese encantador no pudo cumplir la prohibición de mirar hacia atrás? ¿Por qué Orfeo, el héroe hijo de las Musas, a sabiendas de su magia con la voz o la música, volteó su rostro y de esta manera perdió para siempre a su amada Eurídice? ¿Desconfianza?, ¿ansiedad?, ¿miedo?

Una primera posibilidad reside en la lógica del nivel emocional. Así uno sea un héroe reconocido, así haya vencido a las Sirenas, así haya mostrado experticia en un oficio, cuando tiene la posibilidad de “recuperar” lo más amado, seguramente sentirá en el corazón una desazón por llegar cuanto antes a la luz, por pasar el umbral del Hades. Las pasiones cuentan el tiempo y el espacio de una especial manera: los largos minutos con el ser amado parecen segundos y las cortas ausencias se asemejan a larguísimas distancias. No sabremos qué tanto fue el camino que recorrió Orfeo con Eurídice detrás. Estoy seguro de que no la llevaba de la mano, como la representan algunos pintores; porque si así hubiera sido, Orfeo no hubiera tenido la necesidad de volverse. Quizá la condición de Plutón contenía esa dicha envenenada: Eurídice iría con él, pero unos pasos atrás, como una presencia alada, como una sombra leve y difusa. Entonces, el amor de Orfeo, su deseo de tener de nuevo a la que por tan poco tiempo fue su esposa, lo hizo girar justo cuando ya estaba próximo al final del recorrido. Al no tener una evidencia del cuerpo de Eurídice, al no reconocer su calor o la suavidad de su piel, la pasión de Orfeo lo llevó a buscar esos indicios con la mirada. Por supuesto, lo que observó fue una mancha evanescente, un humo con algunos rasgos de su amada, pero que podría confundirse con el vapor de la cueva por donde estaba saliendo. El exceso de deseo lo llevó a quedarse sin nada entre las manos. Y sabemos que ya no fue posible volver a intentarlo, porque el can Cerbero “ya se sabía la melodía” y le obstruyó el paso a Orfeo en su tránsito al Hades.

Es importante subrayar que la muerte convierte los cuerpos en sombras. O por lo menos los dota de otra substancia diferente a la que conocemos los vivos. Y las pasiones amorosas, las que están gestadas y movidas por el deseo, necesitan tener evidencias: un roce, un olor, una piel. No le bastan solo los recuerdos. Orfeo perdió a Eurídice porque no supo convertirla en canto, porque se negó a transformar la vida del ser amado en melodía. Tal vez si hubiera sido ciego como Homero, le habría resultado más fácil transmutar a Eurídice en una leyenda. Pero él, acostumbrado a hacer mover a los árboles a su antojo, lo que en verdad quería era acariciar y besar cuanto antes el cuerpo terso del amor.

Cabe también otra interpretación: que Orfeo, yendo obediente delante de Eurídice, se haya vuelto porque escuchó o le pareció oír la voz de su amada. Sabido es que los habitantes del Hades, a pesar de su incorporeidad, pueden hablar, y ser escuchados en sueños o en ciertos espacios sagrados destinados como oráculos. Y si uno escucha un lamento, un corto murmullo del ser más querido, ¿cómo no va a mirar hacia atrás?, ¿cómo permanecer inmutable ante ese clamor venido de las sombras? Aunque también cabe otra hipótesis: que esa voz fuera una imaginación de Orfeo por la futura felicidad imaginada… o que hubiera confundido la tonalidad de la voz Eurídice con uno de los sonidos ululantes del inframundo. Mucho más, si él tenía oído de músico o era hábil intérprete del lenguaje de los pájaros. En este caso, Orfeo pierde a Eurídice porque sucumbió –siempre había sido así– a la encantadora cadencia de las palabras de su amor. Y si bien no hay textos que lo atestigüen, es plausible que Orfeo escuchara la voz de Eurídice como una modalidad de cítara o un tipo de flauta de pan.  Porque la voz de Eurídice era para Orfeo “música para sus oídos”. Y así como él usaba su cítara para apaciguar las fieras, ella –al hablarle–lograba serenar su corazón.

Platón creía que la pérdida de Eurídice se debió a que Orfeo tuvo miedo de asumir la muerte para, como correspondía, estar con ella en el reino de las sombras. Según el filósofo, a Orfeo le faltó valor para “confundirse” con su amada, no logró que su amor lo llevara al suicidio o a compartir la condición sombría y evanescente de Eurídice. Esta otra respuesta me parece interesante en la medida en que invita a pensar en el cambio de perspectiva que debemos asumir si estamos interesados en “retener” lo más amado. Si seguimos pensando en las coordenadas de este mundo, poco aprenderemos de la geografía del más allá; no hay manera de recuperar de la misma forma aquello que ya hemos perdido. Al estar untada de la pátina del Hades, Eurídice adquiere otra materialidad que exige a quien desea poseerla asumir una nueva condición o dejar las ataduras del mundo de los vivos. El error de Orfeo, siguiendo esta vía de explicación, estriba en permanecer inalterable, en no sufrir ninguna modificación en su ser, en seguir idéntico a sí mismo, a sabiendas de que Eurídice era una persona completamente diferente, una otredad radicalmente distinta. Dicho de otro modo, Orfeo pierde a Eurídice porque es incapaz de asumir el amor en una dimensión distinta a la ya conocida, por su obcecación de conservar inalterable la pasión del amor, por no tener la valentía de asumir el cambio. Tal vez Plutón y Proserpina pusieron a prueba a Orfeo, haciéndole la promesa de que recuperaría a Eurídice si no miraba atrás, a ver si entendía en esa katábasis que recuperar a un ser amado muerto presupone la renuncia a los goces de su presencia, a asumir el dolor de la pérdida definitiva; pero, a la vez, a provocar en el alma una metamorfosis que permita transmutar el placer efímero de lo vivo en el goce atemporal de la rememoración.

Una posible respuesta adicional al gesto de Orfeo de voltear el rostro se halla en el temor de comprobar que Eurídice llegara “desfigurada” de aquella breve estadía en el inframundo. ¿Cómo podría soportar una mancha en la belleza de lo más amado?, ¿cómo convivir de nuevo con quien tiene los olores de la noche eterna?, ¿cómo amar de nuevo a quien nos acaricia con manos frías o nos observa con unos ojos sin mirada? Puede ser que el giro de Orfeo esté asociado a ese miedo a la corruptibilidad, a la zozobra agobiante de recuperar un cuerpo enfermo desde adentro, a descubrir una Eurídice débil y con las marcas en el rostro de quien ha caminado sobre tierras estériles, oscuras y plagadas de la más absoluta soledad. El gesto de Orfeo, entonces, fue apenas una mirada de precaución, de prevención en el sentido primero del término: de adelantarse a una posible desventura. Porque Orfeo en su caminata por el Hades había visto tal cantidad de cuerpos mutilados, de formas monstruosas y con expresiones tan horripilantes que así fuera, por unos segundos, pensó que su Eurídice, su bella amada, habría podido contagiarse de tales miasmas putrefactas o traer infectado todo el cuerpo por el veneno que la serpiente había inoculado en su pie. De allí su fugaz giro de cabeza. Podemos imaginar que lo que observó, como un destello, fue la desaparición de algo que, dadas las condiciones de claroscuro de aquel ambiente, se parecía mucho a su Eurídice. Una forma difusa en la que no podía saberse con claridad si estaba incólume de impurezas o si, por el contrario, apenas era un retazo amarillento de carne de lo que fuera una hermosa auloníade. Como se infiere de lo expuesto, la pérdida de Eurídice se debe a la suspicacia o al presentimiento de la futura tragedia. Hasta es posible afirmar que el giro de la mirada corresponde a un lance adivinatorio o a un sutil gesto profético que tenía Orfeo, a un don que mucho tiempo después se comprobará cuando las Ménades lo despedacen. Orfeo pierde a Eurídice porque adivina en el retorno de su amada no la felicidad tan esperada, sino la desdicha incipiente.

O puede ser que Orfeo perdiera a Eurídice porque no pudo comprender el tiempo de la esperanza, ese que proviene de la fe o la confianza en el Kairós, –el tiempo de la oportunidad– y no en el ansioso y afanado Cronos que siempre devora a sus hijos… 

Un nuevo libro sobre la escritura y sus tipologías

Después de tantos años dedicado, con pasión y disciplina, a estudiar y tratar de formar a otros en las particularidades de la escritura, me ha parecido bien reunir en esta nueva obra una parte de esa cosecha, con el fin de compartir mis reflexiones y logros comprensivos sobre este invento extraordinario y, además, señalar pistas de enseñanza relacionadas con diversas tipologías textuales. Así que, no solo mostraré aspectos y cualidades de la escritura, sino expondré algunos de sus modos y técnicas para construirla.

El libro tiene una columna vertebral que es, al mismo tiempo, una convicción validada con el ejercicio diario de luchar con las palabras: la escritura es uno de esos saberes que no pueden dejarse de lado en cualquier nivel educativo, ni suponerse como una “habilidad” que se desarrolla de manera natural. Es una actividad superior del pensamiento que merece conocerse, investigarse y hallar la mejor manera de ponerla en las manos de todas las personas. Eso supone superar el reduccionismo de la escritura a las meras técnicas de redacción y, por el contrario, verla más como el desarrollo de habilidades cognitivas mediante las cuales podemos expresar lo que sentimos, entrar en relación con los demás, registrar lo que nos acontece, construir mundos posibles y legar el saber o las conquistas intelectuales de una cultura. Aquí vale la pena repetirlo: escribir es proveer a nuestra mente de una herramienta capaz de posibilitarnos el autoexamen, la comunicación y la producción de conocimiento.

Varios de los textos de la primera parte bordean dimensiones de la escritura o profundizan en determinadas cualidades. Exploro en el proceso de escribir, que empieza en la producción y organización de las ideas, continúa en la estructura textual, hasta llegar a la configuración de un lector; me detengo en el goce de escribir, pero, de igual modo, en la importancia de la corrección de la escritura; hablo del valor del hábito y de ciertas dificultades cuando se empieza a lidiar con estos signos que no siempre obedecen a nuestros deseos. Saco provecho de mi propia experiencia para discurrir sobre aspectos esenciales de la puntuación y de eso que llamamos “estilo”. Pongo especial cuidado en las ganancias de la escritura cuando se trata del autoconocimiento y en lo que aporta para los procesos de humanización. De igual manera, extraigo conclusiones didácticas, pistas para el aula, siempre bajo la consigna de que los maestros y maestras deberían animarse a poner por escrito su quehacer, como una forma de reflexionar su práctica y un medio de enaltecer la profesión docente.

El segundo grupo de escritos están referidos a formas concretas de la escritura. Allí están ejemplos de la gama de la descripción, como la etopeya o la écfrasis; algunos ensayos centrados en la escritura de aforismos y fábulas, y otros que se ocupan de las particularidades de la ponencia, la relatoría, la crónica, la reseña, el blog o el informe. A veces paso revista, con la finalidad de ver sus potencialidades, a tipologías como la carta o el diario, o subrayo líneas de interés de escritos con larga trayectoria literaria como el cuento o la novela. Presto especial atención a la alegoría y a la analogía, que son modos privilegiados del pensamiento relacional, tan útiles para la escritura poética al igual que para aprender a hacer más plásticas nuestras ideas. Me interesa en todas esas formas de la escritura, además de indagar en su ser y utilidad, mostrar cómo pueden convertirse en dispositivos de enseñanza o, por lo menos, en servir de motivación para el aula de clase.

Salta a la vista que esta es una obra con múltiples tonalidades y diversos frentes de enunciación: por momentos asumo el acento testimonial, en varios casos hecho mano de resultados de investigaciones y, en otros ensayos, que son la mayoría, me apoyo en las vicisitudes de mi propia producción escrita. Lo que presento aquí ha sido validado, contrastado y enriquecido por el trasegar del aula o forjado con el fuego de una pasión que asumo como una opción de vida. En esta perspectiva, este libro puede entenderse como un conjunto de evidencias de una larga búsqueda alrededor de la escritura y de la comprensión de varios de sus enigmas. Por eso son amplias las rutas de acceso a él y por eso, también, estas páginas pueden leerse como un abanico de rasgos y modos de la escritura para quien esté interesado en ella como afición personal o busque caminos de mediación formativa para enseñarla a otros.

Concluyo esta presentación del libro exaltando dos potencias que la escritura convoca y reaviva: la del pensamiento, porque al escribir podemos ver la entretela de nuestra cognición y, de esta manera, pensar mejor; porque al escribir ponemos afuera nuestras ideas, y nos queda más fácil afinarlas, corregirlas o cultivarlas. Y exalto de igual modo a la imaginación, porque al escribir podemos traspasar las fronteras de lo dado para explorar creativamente en otros universos; porque la escritura nos permite descifrar el pasado, pero a la vez nos da claves para prefigurar los paisajes de los tiempos venideros.

 

Lo prometedor de la belleza

Pintura de Amy Judd.

“La belleza nace así… espontáneamente…,
a despecho de tus fatigas o de las mías.
Existe al margen de nuestra presunción de artistas”.
Muerte en Venecia, Luchino Visconti

 

Belleza…, la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa, ya perdida. Belleza que aún a la muerte se atreve a seducir, que aún puede volver la vista (la misma mirada, pero desde otra visión) y despreciar la vida. Esquivarla –si se quiere– coquetamente. Belleza, la mano moribunda, inmoral, tratando de asir la eternidad. Belleza es una mascarada por abarcar en un único instante la totalidad del tiempo. Belleza no habita en la confianza, en el lugar seguro de lo deducible, no; ella se mantiene junto al mar, en la arena o en la noche, siempre moviéndose en el espacio de lo infinito, de lo inconmensurable.

Si alguien pregunta ¿dónde está la belleza? Yo –mostrándole algunos de mis poemas– le diré: “Toma, léelos y te darás cuenta de lo que es el intento por retener la belleza”; y si insistiese en su pregunta, sólo podría darle un argumento más: “Belleza es tan cercano a muerte, a Dios… Cuando quieres tenerlos, y son tuyos, ya no puedes saber dónde hallar su presencia. Belleza es ansiedad de ver el envés de la vida, la espalda de las cosas, el dorso impenetrable de la sangre… Lo visible, lo que uno se atreve a mostrar como belleza: el poema, la escultura, la pintura: la obra, no recoge la esencia de lo bello, nunca ha podido. Lo que retiene la obra de arte es el apetito, el ansia furibunda de otear aquella ignorada pradera donde, según se dice o se intuye, viven las presencias angélicas, los héroes, la luz intermitente de una virgen y el sello tranquilo con que se impusieron las señales constitutivas del mundo… Lo que retiene la obra de arte es lo que ella, por sí misma, nunca logrará ser. La belleza que se aposenta no existe, su ser es el movimiento; pero en un ritmo tan perfecto que logra ser quietud. La belleza detiene el flujo de lo interior y lo exterior en su fluctuar, lo torna puro equilibrio, símbolo pleno”.

Mortalidad que, reconociéndose, se afianza en lo inmortal. Finitud que, contemplándose en el espejo, descubre la nostalgia o la reminiscencia del infinito. Muerte que, desde su corte brusco o inesperado –siempre venidero– se levanta insensata, proclamando resurrección. “¡Oh, Dios, tú que nos has hecho para morir, ¿por qué nos inundaste la sed de eternidad, que hace al poeta!”, reclamaba Luis Cernuda. Belleza es un vaivén, un árbol majestuoso quejándose por no llegar al cielo…; lo bello es seducción de sacrificio, llamado que es destino, camino que es olvido. Bello es el viento en su presencia ausente, en su caricia sin mano, en su frescura impalpable. No, la belleza no está en lo determinado; si hay belleza, ella es lo indefinido. No es bella la mujer, no es bello el hombre; tan solo son hermosos. ¿Quién, entonces, en la vida retiene un soplo de lo bello? ¿Quién juega a mantener la monstruosa sensación de la belleza? Ese quien no se muestra y, si de veras existe, es una peligrosa unión, un contraste de labios rojos, manos largas y ojos tristes somnolientos a playa; sí, ahí, en el despertar indeciso, en la alegría que es ausencia de conocimiento; ahí, se reclina momentáneamente la belleza, se deja ver, pero no debe tocársele. La mano que roza la belleza, la caricia que se unta de lo bello quema ardiendo la flor, destruye el espejismo: se conoce su engaño. La verdad de la belleza es efímera, su gesto es apariencia. Belleza no hay en las dimensiones conocidas ni en las realidades propuestas por la historia; belleza no se encarna en lo visible, en lo sensual; belleza siempre es límite… Límite de lo humano que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo y, en esta dirección, límite también de lo inhumano, juego simbólico en el extremo límite terreno. Belleza: el juego en sí, el juego que el hombre juega con sus propios símbolos y así, simbolizando –lo único posible– escapar a la angustia de su finitud.

No es belleza lo que las obras guardan; es belleza lo que las obras buscan. Nada hay perfecto en la imperfección y sólo la imperfección sabe ir a lo perfecto. El barro quiere ser luz iridiscente, la luz tiempo vacío, el tiempo cuerpo, el cuerpo eternidad. No es belleza lo que el poema atrapa, es belleza lo que huye del poema. Toda obra de arte es imperfecta porque, de otra manera, sería divinidad o mera muerte; y la obra, se esfuerza por ser vida o afirmación de la vida. Así que tiene que resignarse a la mutilación o lo incompleto. No es belleza lo que el poeta siente; es belleza lo que no es el poeta. Allí, la vida, la realidad manchada de costumbre; allá, lo bello, lo innombrable dispuesto a la sonrisa. Allí, la sensación, el vestigio primario de la esencia; allá, el espíritu, la resistencia imperturbable a ser naturaleza; allí y allá: la levantada insatisfacción, el abandono a lo imposible. No es belleza lo que la vida busca, es belleza lo que la vida ignora. Toda obra de arte repite el mismo movimiento de búsqueda, perpetúa el tintineo de husmear en la prohibición, en el misterio de lo santo. Hay tantas experiencias negadas al entendimiento. Toda obra de arte repite el grito salvador en medio de la peste, la blancura de un traje en medio de la podredumbre del abismo. Toda obra de arte baja como Dante a los infiernos y repite la aventura del sentido. Odisea, travesía, correría. ¿Dónde, dónde la belleza? Al final nunca habita, nunca vive al comienzo. ¿Dónde, dónde la belleza? En el esfuerzo, en el intento, en la paciencia del artesano, en la ignorada persistencia, en el golpeteo constante, en la obra; sí, en la obra de arte se encuentran los vestigios de la belleza. No es belleza lo que las obras tienen; es belleza de lo que las obras dan indicios y… de nuevo, la búsqueda: arte. La promesa: “Lo bello no es tan operante como prometedor”, decía Goethe, y son “solo pocos los que recuerdan lo sagrado que han contemplado”.

Belleza… la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa… La mano del poeta John Keats: “Estoy convencido de que escribiría por puro anhelo y amor de lo bello, aun cuando el trabajo de mis noches apareciera quemado cada mañana y ningún ojo la llegara a contemplar”.

El balón de cuero

En aquel entonces vivíamos en el barrio Ricaurte. Recién acabábamos de llegar huyendo del bandolerismo y, después de muchas búsquedas infructuosas de trabajo, mi padre había conseguido un puesto de celador almacenista en una fábrica de jabón. Los escasos recursos obligaban a mi papá a restringir cualquier gasto innecesario, y las manos de mi madre ayudaban para hacer rendir los alimentos en la cocina. En esas condiciones recibí la navidad, cuando tenía nueve años.

Mi memoria tiene aún frescos los alumbrados del parque, los dibujos que se hacían en las calles, los festones multicolores, las luces decorando las casas y negocios y la música festiva que salía de todas partes, compitiendo con los vendedores ambulantes y el apetitoso olor de los pollos asados que vendían en El Semáforo en Rojo. Todo el barrio exhibía, adentro y afuera, la alegría y el colorido navideño. La misma iglesia disponía en el vestíbulo unas figuras enormes en el pesebre, ubicadas al frente de un largo telón pintado de azul oscuro que reflejaba la noche y la estrella de Belén. Mi corazón de niño empezaba a agitarse con una emoción de júbilo, de querer saltar, de añorar la noche del veinticuatro y poder quemar luces de bengala o salir a mirar cómo otros muchachos encendían volcanes o los más viejos lanzaban voladores a las alturas.

En ese diciembre, al igual que en el año anterior, mi petición al niño Dios era un balón de fútbol, pero de los profesionales, de aquellos que eran cosidos en cuero y que tenían válvula inflable. Porque no es lo mismo jugar un partido con una pelota de plástico, esas que el viento las lleva a su antojo, que hacerlo con un balón de verdad. Aquel deseo se lo comunicaba a mi madre de manera insistente. Ella se mantenía en silencio, sirviendo de cómplice, pero consciente de que tal petición no era fácil de cumplir. Sin embargo, no desanimaba mis anhelos.

—Pídale al niño Dios con mucha fe —me contestaba—, mientras acababa de preparar el almuerzo de ese día.

El sitio donde dormíamos era una pequeña pieza a la entrada de la enorme fábrica. Pasaba uno la pieza y seguía otro mínimo espacio distribuido entre la cocina y el baño. El ambiente era reducido, apenas para que cupieran dos camas y un armario de madera que servía de división. Una mesa para el comedor y otra más pequeñita para la estufa de gasolina, de esas de tanque rojo que había que darles bomba para que lanzaran sus llamas azulosas. Allí vivíamos, arropados por el amor y la esperanza de tener algún día un techo propio.

Pero en esas navidades mi urgencia de recibir el balón se convirtió en una obsesión. Mucho más cuando descubrí que quien poseía uno de ellos era el que disponía la selección de jugadores y el tiempo que podían durar aquellos partidos al terminar las clases. Balón tenía Cardona, y también Murillo, uno de los del curso que era muy buen arquero. Por eso, le decía a mi madre que ojalá el niño Dios no me trajera un pantalón de pana, como el año pasado, sino un balón de cuero, de esos que cuando se iba desinflando había que ir hasta una bomba o un pequeño local especializado en despinchar llantas para que allí le hicieran a uno el favor de inflárselo de nuevo. Tal era mi reiteración en esos días previos a la nochebuena que mi padre, una noche después de la comida, me dijo una cosa que me desalentó un poco.

—A veces el niño Dios debe darles regalos a los niños más pobres —afirmó—. Y por eso algunos niños se quedan sin recibir nada el 24 de diciembre.

Cuando mi papá me dijo esas cosas, yo podía ver en los ojos de mamá un hilillo de esperanza. Seguramente yo no haría parte de los niños sin regalo. Hasta llegué a desear ser como Tibocha, uno de los compañeros más humildes del salón, quien no tenía casi nunca para las onces, y se mantenía de pie, recostado en una de las paredes del patio, mientras se terminaba el recreo. Quizá si yo fuera más pobre tendría asegurado mi balón.

—Si uno tiene fe, el niño Dios siempre se acordará de nosotros —agregó mi madre—, llevando los platos hacia la reducida cocina.

Mi padre se quedaba sentado un buen tiempo reposando la cena. Prendía un radio transistor y escuchaba una de las radionovelas que tanto le gustaban, Arandú el Príncipe de la selva… Yo acercaba un pequeño butaco y juntos nos emocionábamos con las aventuras de este héroe que enfrentaba al Kaitolé ayudado por su amigo Taolamba. Apenas que mi madre terminaba de lavar la losa me invitaba a cepillarme los dientes y disponerme para dormir. En mi cama, después de que apagaban la luz, yo seguía pensando en el balón, en el niño Dios y los pobres, y en la tristeza de esos otros niños que no recibirían ningún regalo el 24 de diciembre.

Tres días antes de Navidad, mientras mi madre preparaba una deliciosa natilla, que acompañaba con dulce de mora, me senté en la mesa del comedor y empecé a redactar en una hoja del cuaderno ferrocarril, para que me quedara la letra bien pareja, mi carta al niño Dios. Tenía al lado mi borrador y el corazón henchido de expectativas maravillosas. Puse la fecha y el destinatario, subrayando con rojo el nombre de Niño Dios. Enseguida empecé a justificar mi petición. Hablé de que me había portado bien, que no había perdido ninguna materia, que me había ganado un “billete de honor” por mi conducta, disciplina, orden y puntualidad en el Liceo San Gregorio Magno, y que no le había respondido mal a ninguno de mis papás. Cuando ya estaba por empezar a redactar lo esencial de mi petición, mi madre me interrumpió:

—Vaya corriendo y me compra una cajita de uvas pasas, en la tienda de Doña Bertha.

Para no contradecir mi justificación de niño obediente y juicioso, tomé el billete que mi madre sacó de su delantal, bajé dos escalones, abrí el portón verde y salí corriendo hasta la tienda de la señora Bertha que quedaba una cuadra abajo de donde vivíamos.  La tienda estaba llena y en las mesas pude ver a varias personas tomando cerveza. Con la caja de uvas pasas en una mano y las vueltas en la otra, regresé corriendo hasta la entrada de la fábrica. Siempre que salía se presentaba el problema de que el timbre estaba muy arriba para mi altura y necesitaba golpear muchas veces el portón metálico. A veces dejaba un palito, al lado de un poste, para que me sirviera de ayuda, pero siempre desaparecía. Después de varios intentos, me abrió mi padre que seguramente estaba ocupado recibiendo algún pedido al otro extremo de la fábrica.

—¿Dónde andaba? —me preguntó.

—Haciendo un mandado.

Mi padre me sobó cariñosamente la cabeza. Di varios pasos, subí los escalones de cemento, entré a la pieza y entregué a mi madre la cajita de color rojo. Presuroso volví a mi tarea. El olor que salía de la cocina me animó a escribir el regalo que tanto anhelaba. Describí el tipo de balón con detalle, para evitar que el niño Dios fuera a equivocarse y me trajera uno de plástico. Al final di las gracias y puse mi nombre bien clarito.

—¡Ya terminé la carta al niño Dios! —le grité a mi madre.

Ella levantó su cara, me miro con ternura y agregó algo digno de su amor infinito:

—Póngala debajo de la almohada, que el niño Dios recoge esas cartas cuando uno tiene sueños.

—¿Cuando uno está soñando?

—Sí —respondió—.

Doble la carta en cuatro mitades y le puse en los dos extremos un poco de goma para que conservara el porte de documento secreto. Enseguida volví a la cocina a buscar alguna prueba de esos manjares que preparaba mi madre únicamente en navidad. De un recipiente de vidrio, mi mamá extrajo una cucharada de dulce de mora y me la dio a probar. El olor a la canela se expandió en mi paladar.

—Es una pruebita —advirtió mi madre—. Espere a que esté la natilla.

Volví a la mesa del comedor y me puse a imaginar la realización de mi sueño. El niño Dios recogería esa noche mi carta, la leería con atención y, aunque yo sabía que no era tan pobre, haría una excepción o pondría mi carta de primeras, porque los motivos expuestos por mí eran una razón de peso. Algo para tener en cuenta. Yo no era tan pobre como Tibocha, pero sí más juicioso que él. En esos pensamientos andaba cuando mi madre me volvió a llamar para traer de la placita de mercado que quedaba cerca unas cosas que faltaban para el sancocho del veinticuatro. Me tocó hacer una lista, dictada y repetida varias veces por mi madre.

—Vaya donde la pecosa Helena, que ella tiene buen mercado—me advirtió—. Diga que es para la señora Saturia.

Repetí mi ruta de salida y esta vez, en lugar de tomar hacia el occidente, emprendí mi carrera hacia el norte de la ciudad. En mi rápido desplazamiento pude ver la pequeña puerta por la que descargaban el carbón para la enorme caldera que hacía hervir el jabón en los tanques enormes donde se fabricaba; observé en las ventanas de las casas vecinas los dibujos de Papá Noel y las luces eléctricas que decoraban los ventanales. Aminoré el paso y me entretuve un buen tiempo mirando las reses que descendían de los camiones y seguían el laberinto de los corrales del matadero. Muchas personas a lado y lado de la calle vendían y compraban diferentes productos. El bullicio parecía aumentar el jolgorio de las fiestas. A pleno día un hombre echaba voladores que al explotar en el cielo hacía que los gritos de los allí reunidos levantaran la voz como si fuera un brindis colectivo. Seguí hacia adelante y, a mano derecha, entré a una pequeña plaza. El puesto de la pecosa estaba como a la mitad del segundo pasadizo. Le pasé la lista y dije mi carta de presentación

—Es para la señora Saturia.

La Pecosa me miró y constató en mi rostro los rasgos de mi madre. Exhibió una sonrisa, procediendo luego a meter en una bolsa verde de plástico las yucas, los plátanos, la arracacha, unas mazorcas y unas papas. Después de empacado aquel mercado procedió a buscar un cuaderno cuadriculado donde apuntaba las clientes que tenían crédito. Me entregó la bolsa y como ñapa una manzana roja.

—Es porque estamos en navidad —me dijo.

Retorné a la fábrica a toda carrera. Cuando le conté a mi madre del regalo de la manzana me dijo que el niño Dios a veces tomaba la forma de personas común y corrientes.

—Son como pequeños regalos adelantados.

Me acomodé a los pies de mi cama y disfruté la manzana, una fruta que pocas veces teníamos en nuestra mesa. Allí sentado me imaginé llegando al parque con mi balón nuevo, mirando cómo otros niños venían hacia mí para pedirme que los dejara jugar y yo eligiendo a los que formaran parte del equipo de esa tarde. Me estiré un poco en la cama y revisé que la carta estuviera donde la había dejado horas antes. Todo parecía correcto. Después me entretuve un buen tiempo jugando a indios y vaqueros con muñecos de plástico que mi madre me iba comprando poco a poco.

En la fábrica los empleados salían a las cinco de la tarde. Después, el enorme espacio de aquel lugar quedaba a mis anchas. Mi padre seguía terminando sus labores y empacando en bolsas jabón de bola, para la venta al detal. Yo lo iba a acompañar unos minutos hasta que mi madre me llamaba para que fuera a traer el pan del otro día. Por supuesto, eso era después de terminar la radionovela. Salía entonces corriendo hasta una panadería que quedaba por la calle décima, arriba de la carrera 28. Se llamaba ICOPAN y vendían mogollas rellenas de bocadillo y un pan coco muy delicioso.

—Como mañana voy a hacer masato, traiga además tres mantecadas.

Al oír esas dos palabras juntas, el masato y la mantecada, me llené de una alegría adicional, porque esa era otra de las razones por las que me gustaba diciembre. Únicamente en esas fechas mi madre preparaba masato, y era tan rico combinarlo con los bocados de mantecada que vendían en esa panadería de altas y surtidas vitrinas.

—Que le empaquen aparte las mantecadas —me advirtió mi madre—, sacando del delantal unas monedas.

Salí corriendo calle arriba. Pasé la gran avenida, volteé a la derecha y subí por la calle décima hasta entrar a la panadería. Allí atendieron la solicitud. Me entretuve mirando unas galletas decoradas con figuras navideñas y varias repollas que, una vez, me habían comprado con un jugo de curuba en leche. Pagué, me devolvieron otras monedas y salí a toda carrera hacia la casa. Las luces de colores en las ventanas y las guirnaldas plateadas en los almacenes parecían encender aún más mi alegría. Varios niños jugaban balón en el parque. Vi a Aldana, uno de mis compañeros, y a Murillo, pero preferí pasar rápido sin que ellos se dieran cuenta. Golpeé con mis manos el portón verde y, a los pocos segundos, apareció mi padre. Entré de una vez a la pieza donde dormíamos y fui a entregarle a mi madre las dos bolsas de pan. Yo quería probar las mantecadas.

—Déjela para mañana, que eso sabe mejor con el masato.

Pero como mi mamá se dio cuenta de mi ansiedad, cortó con el cuchillo un pedacito de mantecada y me la entregó como si fuera un premio por haber hecho el mandado tan rápido.

—Pruebe, o si no se le totea la hiel —comentó, sonriente.

Esa noche, después de tomarnos una maizena con pan, mi padre me contó que cuando niño lo único que le traía el niño Dios era ropa.

—Y eso en ocasiones especiales —agregó—. Muy de vez en cuando.

Mi madre, que estaba planchando, corroboró lo dicho por mi padre, diciendo que en esas épocas lo que a veces daban eran unas muñequitas de carey, que vendían en el pueblo de San Juan.

—Lo que a uno lo hacía feliz no eran los regalos, sino la comida que le daban en todas las casas de la vereda, por esas fechas —comentó mi padre—. Daba gusto recibir morcillas en una parte, chicharrones en otra, tamales allí, bizcochuelos más allá…

Después de que mi mamá acabó de planchar me fui a bañar los dientes y me dispuse para acostarme. Yo sabía que ese día el niño Dios se llevaría mi carta y en la noche del veinticuatro, debajo de mi cama encontraría el balón de cuero. Entre sueños escuché a mis padres seguir conversando. 

Lo primero que revisé al despertarme fue mi almohada. Nada había debajo. El niño Dios ya tenía en sus manos mi petición. Desde la cama le grité a mi madre dicho descubrimiento.

—¡Ya se llevó la carta, mamá…!

—Me alegra, mijo, esa es una buena señal…

Corrí a bañarme cuanto antes. El agua fría de la ducha no me resultó tan helada como en otros días. La emoción me llevó a imaginarme el día veinticinco de diciembre cuando llegara al parque con mi balón nuevo, para estrenarlo, mostrándoselo a los otros compañeros del Liceo y organizando el equipo para el partido de esa tarde. Hasta me vi marcando un golazo de tiro directo, pasando por las piernas de Díaz, López y Villaveces. Enseguida de bañarme pasé a desayunar en compañía de mi papá.

—¿Y qué le pidió al niño Dios? —me preguntó sonriente.

­—Un balón de cuero —le respondí entusiasmado—. De los profesionales.

Mi padre apuró otra cucharada de caldo, levantó sus ojos y me observó con cariño.

—Ojalá el Niño Dios alcance a llegar hasta este barrio.

—Yo creo que sí, porque anoche recogió mi carta.

—Lo importante es que algo le traiga, mijo —agregó—. Mejor la gratitud que la sorpresa.

Yo le dije con la cabeza que sí, pero en mi corazón no perdía la esperanza de que el obsequio fuera mi balón. Además, el niño Dios volaba como el viento, tan rápido que podía en una sola de sus salidas dejar debajo de la cama de los niños miles y miles de regalos. Mi padre terminó de desayunar, se despidió de nosotros y salió a atender los asuntos de la fábrica. Mi madre me invitó a terminar el chocolate, lavarme los dientes y ayudarle a arreglar nuestra pequeña habitación.

—Tienda la cama, barra, y prepárese porque vamos a comprar vino y galletas.

Me puse alegre con esa noticia. Uno de los ritos decembrinos que hacía en compañía de mi madre consistía en comprar esos dos símbolos de navidad: las galletas y el vino. Para ello nos dirigíamos a una bodega inmensa situada a una cuadra arriba de donde vivíamos y, allí, adquiríamos las “Caravana”, una caja de color amarrillo que solo aparecía en estas festividades. Después, caminábamos unas cuadras hacia el sur, en donde quedaba las Bodegas del Rhin, allí mi madre compraba una botella de un moscatel de pasas. Luego retornábamos a la casa. Mi padre nos recibía con una sonrisa, pero al ver la bolsa que traía yo y la otra que portaba mi madre, soltaba una frase que le escuché repetir con frecuencia:

—Mija, hay que ahorrar todo lo que se pueda.

Mi madre le daba un beso y entrábamos con ella a la pequeña pieza. Con una voz entre juguetona y amable le respondía a mi papá.

—Son para el niño…

Al entrar a la pieza mi mamá me invitaba a abrir el paquete amarillo. Yo buscaba las galletas que más me gustaban; unas redondas de chocolate rellenas de crema blanca. Apenas tenía la galleta en mi mano, mi madre destapaba la botella de vino, sirviéndome un trago en una copa de aguardiente.

—Solo porque estamos en navidad —me decía—, sirviéndose ella otra copita de ese licor café rojizo.

Me gustaba ir combinando un sorbo de vino con un bocado de la galleta. Durante ese tiempo, aprovechaba el momento para decirle a mi mamá lo feliz que sería si el niño Dios me regalara el balón de cuero, y que no por eso iba a dejar de ser juicioso en el estudio. Mi madre me escuchaba con ojos amorosos.

—Hay que tener fe, mijo. La fe mueve montañas.

Como en esos días estaba de vacaciones del Liceo aprovechaba el tiempo para ir a ver televisión donde los Garzón, unos de mis compañeros de estudio. Allí en esa casa taller, disfrutaba las películas de Tarzán y una serie que me encantaba, “Bonanza”. O me iba a jugar con los hijos de la señora Idally, la modista de mi mamá, quienes tampoco tenían televisión, pero en cambio poseían una lotería y un parqués. Claro está que lo que más deseaba era encontrarme con Salazar y Bolívar, en el parque, para nuestra vuelta a Colombia por los sardineles de los andenes con tapas de gaseosa, pero mi madre no me daba permiso. La otra cosa que me llenaba de felicidad era ir con mi papá a cine, aunque ese plan se daba de manera excepcional.

Siempre era en domingo, después de almorzar. Asistíamos al teatro Encanto o al San Jorge, a ver a Cantinflas o a Jorge Negrete, pero lo que más nos encantaba eran las películas del oeste. El plan consistía en, antes de entrar a ver la película, comprar una bolsa de “piquitos” y una colombina “charms” para que me durara toda la película. Luego nos veníamos caminando hasta la casa. Mi padre me hablaba sobre sus historias de niño cuando fue boga y pescador en el río Magdalena. Generalmente, antes de llegar a la fábrica, mi padre se detenía en una cafetería situada diagonal a la iglesia y allí le compraba a mi madre unos merengues que le gustaban. Yo no paraba de contarle a mi mamá la película que acabábamos de ver, mientras en la radio Santafé se escuchaba la música distintiva del programa “La hora de los novios”.

El tan esperado veinticuatro de diciembre comenzaba con un desayuno que mi madre lo llamaba «especial», porque incluía además del chocolate y el pan, unos envueltos de mazorca rellenos de cuajada. A mi padre le gustaba repetir ese manjar, elogiando la sazón de mi mamá. Mi mente no paraba de contar las horas que faltaban para la llegada del niño Dios. Ese día me mostraba más colaborador que de costumbre y estaba atento a todos los mandados que me solicitaran. Mi padre aprovechaba la tarde libre de ese día para mandarse peluquear y hacer algunas diligencias de último momento. Yo me quedaba con mi madre colaborándole a preparar el almuerzo de ese día, otra delicia navideña: el sancocho tolimense.

—Vaya, hasta donde la pecosa y me trae dos tomates bien maduros.

No sé cuántas más correrías hice en ese día, pero mis pies no sentían ningún cansancio. Yo estaba seguro de que el niño Dios ya me tenía separado mi regalo. Por eso creo que el apetito me aumentó a la hora del almuerzo y pude comerme toda la costilla que me sirvieron y el arroz atollado y el caldo y la yuca y el plátano con ese hogao tan exquisito. Lo mismo hizo mi padre, quien también dejó los platos limpios. Mi madre estaba feliz de vernos comer así. Los sonidos lejanos de unos voladores sirvieron de postre al sancocho.

—Empezó la fiesta —dijo mi padre—. Comenzaron temprano este año.

A mí me gustaba echar pólvora, pero mis padres me la prohibían.

—Eso es quemar la plata —afirmaba serio mi papá.

Las horas parecían ir muy lentas. Hacia la mitad de la tarde mi madre me dijo que la acompañara hasta donde la señora Bárbara, una mujer delgadita que tejía en paño. Después de arreglarse y cambiarse de ropa, salimos con ella hacia arriba de la calle 11, buscando el sector más comercial del barrio Ricaurte. La carrera 28 estaba llena de gente, vendedores, niños y adultos caminando en doble vía. La música decembrina sonaba a todo volumen y en más de un local “La paloma guarumera” salía de los bafles que estaban a la entrada de los establecimientos. Mi madre llegó al sitio de la señora Bárbara, conversaron unos minutos, y ella le entregó una bolsa que tenía guardada. Pasamos luego por la Droguería Social. No sé qué más compraría mi madre, porque yo estaba entretenido mirando la caseta de venta de pólvora en la esquina del parque. No muy lejos podía ver los voladores, las rodachinas, las cajas de luces de bengala y los volcanes de diverso tamaño. Al lado de la caseta dos canecas verdes, tan altas como las que había en la fábrica, servían de guardianas del pequeño local. Cuando mi madre salió de la droguería, le lancé una petición que más parecía un lamento:

—Mamá, al menos cómpreme una cajita de luces de bengala.

—No, mijo, mire que a varios niños se les enredan esas bengalas en el pelo.

Yo insistí, pero mi madre se mostró inflexible. Sin embargo, ya llegando a la otra esquina del parque, donde estaba ubicada otra caseta, lancé de nuevo mi ruego:

—Bueno, al menos cómpreme de navidad algo para celebrar esta noche…

Mi mamá no dijo nada. Cruzó la calle y fue hasta el pequeño sitio de venta de pólvora. Allí estaban exhibidos en una mesa las mechas, los buscaniguas, las sirenas, los volcanes… y colgados atrás los totes y las rodachinas, y en el piso los voladores y otros artefactos pirotécnicos. Mi madre observó con cuidado y, al final, me compró dos volcanes, de los más pequeñitos. Me puse feliz, a pesar de que ansiaba las luces de bengala. Enseguida volvimos a la casa. Mi padre nos abrió el portón. El sonido de la pólvora empezaba a oírse muy cerca. Después de comernos un tamal, que mi papá tenía por costumbre comprar para esas fechas, y acompañarlo con chocolate y pan, salimos a la calle a ver a los vecinos celebrar el veinticuatro.

Si uno miraba hacia arriba veía la cantidad de niños moviendo sus brazos con las luces de bengala, mientras otros saltaban de un lado a otro, porque alguien había prendido un “marranito” y no se sabía bien para dónde tomaba rumbo. El cielo se iluminaba con el destello de los voladores y en algunas partes era incesante el ruido de las mechas o el estallido de los torpedos. Cuando uno miraba hacia abajo no era tanta la algarabía ni el resplandor de la pólvora, pero se podía ver los que quemaban totes, los que amarraban una esponjilla con una cabuya, para luego prenderle fuego y hacerla girar como un rejo multicolor. Mis padres saludaban a los vecinos y los niños de la cuadra celebrábamos en común lo que era escaso para cada uno. Los Garzones podían echar “helicópteros” o darse el lujo de apuntillar en un palo de escoba cinco rodachinas que al prenderse la primera iba encendiendo la segunda en un espectáculo maravilloso. Así estuvimos por lo menos una hora, hasta que me animé a quemar mis volcanes. Mi padre estaba atento a mis movimientos.

—Agáchese, préndalo con la vela y apártese de una vez…

Por unos segundos la mecha del volcán parecía extinguirse, pero luego brotaba de aquel pequeño cono una explosión plateada de chispas, estrellas, fuego en miniatura. Apenas eran unos segundos, pero yo saltaba de la emoción, haciendo una ronda alrededor de aquel artefacto que poco a poco dejaba de expulsar aquellas luces fascinantes. Estos volcanes no explotaban al final, como si lo hacían los de pólvora “Mariposa”, más nada de eso me importaba en esos momentos. Apenas terminó el primero encendí el segundo, feliz de mi pequeña fogata multicolor. Como estaba haciendo bastante frío, estuvimos otros minutos en la calle, hasta que mi padre nos dijo que era mejor entrarnos.

Para cerrar el día comimos natilla, escuchamos música en el radio… nos tomamos otros vinitos, casi que acabamos la caja de galletas y como a eso de las diez nos acostamos. Mi mente y mi cuerpo sabían que el niño Dios llegaría a visitarme esa noche. Quise dormirme rápido, pero la emoción me desveló. El ruido de la pólvora no paraba de sonar. Por la pequeña ventana que daba a la calle se podía ver en el cielo el destello de los voladores de luces, esos que no explotaban, pero formaban figuras hermosas, como si fueran magos fugaces que pintaran en la noche.

Al despertarme al otro día, lo primero que hice fue mirar debajo de la cama. Vi un papel regalo en forma redondeada y otro paquete envuelto en papel de navidad. La dicha se me agolpó en la garganta.

—¡Vino el niño Dios! —grité—. ¡Sí pasó por aquí!

Mis padres sin levantarse de la cama me vieron llegar con los dos regalos.

—Abra a ver qué le trajo el niño Dios —dijo mi padre.

Mis manos tomaron el regalo redondo. Lo abrí con rapidez. Sí era un balón, pero plástico, de esos grandes con rayas rojas. Mi sorpresa se transformó en tristeza. Mi mamá notó mi desilusión.

—¿No era eso lo que le había pedido?

—Sí, era un balón, pero yo quería uno de cuero —respondí—, poniendo en mi voz un tono de reclamo.

—Eso pasa, mijo, no siempre lo que uno le pide al niño Dios es lo que le trae —interrumpió mi padre.

—¿Y qué será el otro regalo? —agregó mi madre.

No tan entusiasmado como la primera vez comencé a abrir el otro paquete que, por el tacto, parecía ropa. Mi intuición se confirmó: era un chaleco de lana azul.

—Felicitaciones —dijo mi padre—, extendiendo los brazos e invitándome a acomodarme entre ellos dos. Me abrazó con fuerza a la par que me acariciaba la cabeza.

—De pronto el otro año el niño Dios sí le cumple sus deseos…

Yo dije que sí con la cabeza, pero tenía como ganas de llorar. Con este ya llevaba dos años en que no se cumplían mis peticiones. A lo mejor el niño Dios solo le cumplía las promesas a los más pobres de la ciudad, o se había equivocado de dirección, porque yo creo que no era el único que pedía pelotas para jugar, o por ser tantas las solicitudes se había agotado la existencia de balones de cuero en el cielo.

—Al medio día vamos a comer pollo asado —me confesó mi padre—, a ver si con eso se le quita un poco la tristeza.

Ese malestar en el corazón no se me pasó de una vez. Pero al estar en medio de los brazos cariñosos de papá y mamá e imaginar que pronto saborearía las alas tostadas del pollo que vendían en El Semáforo en rojo, me ayudó a recuperar la alegría de aquellas fiestas navideñas.

Un miniensayo en seis pasos

Bordado de Vera Shimunia.

Una buena manera de ejercitarse en la escritura argumentativa de largo aliento es empezar a redactar ensayos de una página. Esto no solo ayuda a que el estudiante comprenda mejor las particularidades de esta tipología textual, sino que es una buena estrategia didáctica para que el profesor haga en verdad una corrección puntual sobre la producción del estudiante. Lo que sigue, entonces, es una guía para escribir un miniensayo, que puede profundizarse o estudiarse con mayor amplitud en mi libro Las claves del ensayo.

Primer paso

Elija un tema (bien sea señalado por algún profesor o según determinado compromiso académico), y redacte un primer párrafo en el que se muestre de manera explícita la tesis de lo que va a ser su miniensayo. La tesis debe estar destacada entre comillas. Tenga en cuenta lo siguiente: este es el primer párrafo de los cuatro que constituyen su escrito; en consecuencia, trate de elaborarlo en función de lo que va a ser luego el desarrollo de su texto argumentativo. No es un párrafo suelto o desligado.


Pistas sobre cómo presentar la tesis en un ensayo

Primera: Piense bien el tema. No se lance a redactar lo primero que se le ocurra. Investigue. Lea. Consulte. Recuerde que la tesis debe ser medianamente novedosa. Segunda: La tesis no puede ser tan extensa. Debe ser puntual. No la explique, ya tendrá tiempo de argumentarla en los párrafos siguientes. No se alargue demasiado si no quiere perder la contundencia de su tesis. Tercera: La tesis es la promesa que el ensayista hace al lector. Es una especie de apuesta intelectual a la que luego deberá dar soporte y aval suficientes. En cuanto promesa, hay que dimensionar su alcance. No prometa cosas que luego no podrá cumplir. Cuarta: La tesis debe ser interesante. Busque que ese pequeño párrafo cautive a un posible lector. El interés puede provenir de un asedio al tema poco explorado; de una relación inadvertida o de una postura crítica a lo dado por hecho. Si no hay ese esmero por hacer atractiva o sugestiva la tesis el hechizo de atrapar la atención del lector se perderá desde el inicio. Quinta: No confunda la tesis con un derroche de emociones o una declaración de corte testimonial. Tenga en mente que está empezando a escribir un texto argumentativo y, en consecuencia, deberá apelar más a razones que a sentimientos. La tesis es una afirmación que usted tendrá que defender lógicamente, así como los abogados o los filósofos. En este sentido, la tesis exigirá un esfuerzo de su inteligencia, un ejercicio del pensar con lucidez y una paciente labor de sopesar y tejer juicios.


Segundo paso

Con base en la tesis (aprobada por el profesor) escriba el segundo párrafo de su ensayo, usando por lo menos un argumento de autoridad. Recuerde que estos argumentos deben servir de soporte a su tesis. Los argumentos de autoridad son su respaldo conceptual; para ello debe consultar fuentes bibliográficas y encontrar una cita o un apartado que esté en consonancia con su planteamiento de base. Tenga cuidado en la manera como engarza la voz de otros autores con su propia voz. No deje las citas desconectadas o desligadas de las otras partes del párrafo. Siga la normatividad de citación prevista para tal fin (APA, ICONTEC).


PISTAS SOBRE EL USO DE ARGUMENTOS DE AUTORIDAD

UNO: Los argumentos de autoridad deben ser pertinentes con la tesis del ensayo. El autor o la cita de autor traída a colación tienen que emplearse para reforzar o avalar la tesis objeto de su ensayo. Lo que hace que el argumento de autoridad sea pertinente no es la figura convocada, sino su directa relación con la tesis. DOS: Los argumentos de autoridad necesitan encajar o articularse con la tesis. Es recomendable apropiar la cita, darle carta de ciudadanía en su línea argumentativa. A veces, esa apropiación se hace antes de incluirlas y, en otros casos, después de presentarlas. Precisamente, los conectores lógicos son de gran ayuda para hacer este zurcido de los argumentos de autoridad con la tesis de nuestro ensayo. TRES: Cuide la extensión de los argumentos de autoridad empleados. No caiga en el error común de hacer tan larga la cita que termine ahogando sus propias ideas. Y cuando sea estrictamente necesario incluir un argumento de autoridad in extenso, puede parcelarlo o irlo incluyendo en su discurso por partes, siempre dialogando con él, evitando perder su tesis por un exceso de las citas anexadas. Seleccione muy bien las citas más significativas, las sustanciales para su estrategia argumentativa. CUATRO: Use las notas a pie de página cuando sea estrictamente necesario agregar una información adicional para enriquecer su argumentación.  Las notas a pie de página son el lugar apropiado para incluir esas citas que por su valor estratégico para su fundamentación merecen tener una voz en su ensayo. Puede también utilizar las notas a pie de página como una reserva de argumentos de autoridad. En este caso, aunque están puestos en un espacio aparte, su verdadera utilidad es la de servir como una segunda línea de refuerzo a su planteamiento.


Tercer paso

Elaborado el párrafo de autoridad (revisado y aprobado por el profesor) escriba el tercer párrafo de su ensayo, usando por lo menos un argumento de analogía. Tenga presente que va a valerse de una comparación a partir de la cual resulta más ilustrativa su tesis. Medite bien de qué otra realidad (semejante, equivalente), podría valerse para argumentarle al lector lo fundamental de su planteamiento.


PISTAS SOBRE EL EMPLEO DE ARGUMENTOS CON ANALOGÍAS

UNO: La analogía elegida debe presentar una similitud entre su tesis y otra realidad que, por ser más conocida, genera un mayor convencimiento o aporta más evidencia a lo que usted desea presentar. Para que la comparación sea consistente o tenga fuerza argumentativa debe atender al mayor número de características posibles. No es un mero símil sino un razonamiento que saca provecho de las propiedades compartidas por los dos sistemas comparados.  DOS: Cuando emplee la analogía como medio de argumentación en su ensayo procure ampliar o enriquecer el sistema de semejanzas seleccionado. No es suficiente con mencionar una afinidad o un parecido. Recuerde que la analogía es uno de los recursos fecundos de la invención y, como tal, lo obliga a explorar las relaciones o las correspondencias entre realidades heterogéneas. TRES: No olvide elegir las características más relevantes de la realidad conocida que le van a servir para darle consistencia a su tesis; use el peso de lo evidente de la segunda relación para terminar aclarando lo medular de su ensayo. No traiga a colación sutilezas o minucias poco sabidas o demasiado abstractas.


Cuarto paso

Concluido el párrafo de analogía proceda a redactar el párrafo final de su miniensayo. Recuerde que no se trata de hacer un resumen de lo dicho, sino de reforzar o darle nuevos bríos a la tesis presentada. Subraye algunos de sus argumentos más importantes, ponga sobre la mesa nuevas implicaciones o lleve al lector hacia consideraciones inéditas. No asuma este párrafo como algo menor o secundario; el último párrafo es la carta definitiva de su argumentación.

Quinto paso

Finiquitados los cuatro párrafos haga una revisión de los conectores empleados, tanto al interior de cada párrafo como aquellos que sirven de enlace entre ellos. Fíjese en la secuencia de esos conectores y si mantienen una secuencia lógica. Revise la continuidad en la argumentación a lo largo de todo el texto. Aproveche esta revisión para hacer ajustes en la puntuación y en la precisión semántica de algunos términos que le resulten ambiguos o poco claros.


USOS BÁSICOS DE LOS CONECTORES LÓGICOS

Para recapitular o resumir: como se indicó, con todo esto, de lo que llevo dicho, en conclusión, en concreto, en definitiva, lo dicho hasta aquí, todo esto significa que, ya he señalado, volvamos a…

Para hacer un énfasis o subrayar una idea: conste que, en otras palabras, hemos de realzar, insisto en que, mejor aún, mejor dicho, pero más todavía, quiero insistir en, reitero que, todavía más…

Para ejemplificar o ilustrar: en el caso de, como caso típico, este es un buen ejemplo de, ilustremos lo dicho, observemos cómo, por caso, me sirvo de esta caricatura para, sirva de ilustración, verbigracia…

Para dar continuidad o hacer una transición en el discurso: a continuación, a esto se añade, ahora bien, ahondemos más, así que, como se indicó, con esto en mente, de acuerdo con, de lo anterior, desde luego, es oportuno ahora…

Para señalar un orden temporal o una secuencia: a continuación, al inicio, al principio, comencemos con, de lo anterior, desde entonces, después, en primer lugar, en últimas, entonces, más tarde, por último…

Para contrastar o hace evidente una antítesis: a diferencia de, cosa distinta es, de otro lado, en cambio, inversamente, no acontece lo mismo con, por el contrario, sin embargo, hay un contraste entre…

Para presentar una semejanza o establecer una relación: algo parecido ocurre con, así mismo, así como, compárese, de manera análoga, hay una paridad entre, de parecido modo, igualmente, es obvio el parentesco entre…

Para inferir o concluir un razonamiento: a causa de ello, así que, como consecuencia, como resultado, en conclusión, de acuerdo con, de ahí se infiere que, de ellos resulta que, es por esto que, por ello, por tanto, se deduce que…

Para admitir o conceder la razón: aceptando que, admitamos que, concedido todo esto, estoy de acuerdo con, hay que reconocer que, no discuto que, no niego que, si aceptamos que, verdad es que…

Para adicionar o agregar: a esto se añade, al lado de ello, además, hay más todavía, me queda por añadir, otra circunstancia, otra consecuencia, otro ejemplo, pero hay más, por añadidura, y además…

Para explicar o exponer algún asunto: a causa de ello, ahondemos más, así las cosas, cabe señalar, comencemos con, con esto en mente, de lo que llevo dicho, de este modo, desde otro punto de vista, empezaré por, es decir…

Para indicar una relación espacial o un contexto: al lado de, al margen de, aquí observamos, bajo esta perspectiva, desde este ángulo, llegados a este punto, pero dejando de lado, por esta vía, por otro lado, veamos de cerca…

Para justificar una omisión o evitar un malentendido: con esto no quiero decir que, dejando de lado, entiéndase bien, mas no se crea que, no diré que, no hay necesidad de, no me referiré a, no se crea que, pudiera creerse que…

Para hacer una advertencia o prevenir sobre algo: a menos que, adviértase que, aunque en realidad, empero, excepto que, no es fortuito que, no se olvide que, salvo que, si aceptamos que, sin embargo…


Sexto paso

Revise el título y mire si está en sintonía con la tesis de su miniensayo. Pase a limpio el texto definitivo y envíeselo a su profesor. Esté atento a las posibles correcciones o sugerencias. Analice sus posibles errores y mire en qué etapa del proceso tiene mayores debilidades. Recuerde que la escritura se mejora con cada nueva versión elaborada. Haga las enmiendas necesarias y vuelva a compartir el texto con su profesor.

Ver con el corazón

«El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante». Ilustración de Federico Avella.

Ana Luisa: Por lo que noto, andas muy ocupada en este mes…

Karen: Sí, no te imaginas cuánto. Esto de la pandemia nos ha duplicado el trabajo a los maestros. Estoy, lo que se dice, agotada.

Ana Luisa: Pues yo ando lo mismo. Haciendo mi trabajo secretarial desde la casa. Y en los raticos en que mi jefe se desconecta, me dedico a la cocina y a las otras tareas de la casa…

Karen: Igual yo. Y como tuvimos que prescindir de la muchacha que venía los tres días a ayudarme, me ha tocado repicar y andar en la procesión.

Ana Luisa: Ojalá el otro año podamos volver a la normalidad… aunque, por lo que he visto en la televisión, lo único cierto es la incertidumbre. ¿Y a ti ya te confirmaron tu trabajo en el colegio para el próximo año?

Karen: No. Es la primera vez que estamos a la expectativa. Hasta el otro año lo sabré, dependiendo de cuántos estudiantes se matriculen. Pero, confiando en Dios, lo más seguro es que siga allí…

Ana Luisa: Eso espero. Yo sé que tú eres una maestra excepcional, y no te dejarán ir por nada del mundo.

Karen: Confío en que sea así, pero con esta pandemia uno tiene que estar dispuesto para lo inesperado…

Ana Luisa: ¿Ya hiciste el arbolito?

Karen: Con ganas. Me dedicaré a eso el próximo domingo. Lo hago por los dos pequeños que ya me han preguntado si este año habrá niño Dios…  

Ana Luisa: Ni que se hubieran puesto de acuerdo con mi hija. Por ahí la vi escribiendo una carta para Papá Noel. Ha estado como triste por momentos, y no es para menos. Aquí encerrada la mayor parte del tiempo, sin poder salir a jugar cuando ella quiera, metida en el computador tantas horas… Y ni qué decir de Juliana, que ha estado con un genio de los mil demonios… irritable, deprimida, enconchada. Y quién no va a estar así, si no ha podido salir a rumbear, a verse con su amado tormento, ni andar de centro comercial con su grupo de amigas…

Karen: No ha sido fácil para los niños y los adolescentes estos nuevos comportamientos que trajo el covid-19. Pero, como decía mi madre, al mal tiempo buena cara.

Ana Luisa: No hay de otra… Y por eso es que te llamo, para que me des una manita con lo de los regalos…

Karen: En lo que pueda, con el mayor de los gustos. Aunque si es para cosa de ropa, lo mejor es preguntarles a ellos…

Ana Luisa: No, es sobre un consejito para unos libros… porque, quién mejor que tú, la experta en español y literatura, para recomendarme unas cuantas obras… Pero, te advierto que el presupuesto está muy limitado…

Karen: No tienes que recordármelo. Hoy, más que nunca, es necesario saber invertir los pocos pesos…

Ana Luisa: Yo quiero darle a Nelly un libro que, además de ser entretenido, le sirva para su propia vida… Y que esté dentro de mi presupuesto…

Karen: ¿Y ya tienes alguno en mente?

Ana Luisa: Mi hermana Inés me habló de uno, que es ilustrado, El Principito, de un autor todo raro de escribir y pronunciar…

Karen: Antoine de Saint-Exupéry.

Ana Luisa: Ese, sí. Que era un aviador…

Karen: Un aviador filósofo… Me parece una excelente elección…

Ana Luisa: ¿Y por qué crees que le va a gustar a mi chiquita?

Karen: Por muchas cosas, apreciada Luisa… Porque además de estar escrito en un lenguaje claro, cercano, directo, habla de cosas profundas como el sentido de la amistad, el para qué de la existencia y es un canto a no perder ese niño interior que está dentro de nuestro corazón y que, por este afán o este estrés con el que vivimos, lo vamos sepultando o relegando.

Ana Luisa: ¿Pero es un libro sólo para niños?

Karen: Fíjate que ese es otro de los encantos de esta obra. Puede ser leída por un niño y también por un joven o un adulto. A todos les interesará porque lo que late en el fondo del libro son esas preguntas esenciales sobre la comprensión de la vida… 

Ana Luisa: ¿Tú lo has trabajado con tus alumnos?

Karen: Siempre. Es uno de esos libros “clásicos”. Me gusta contagiar a los niñas y niñas del valor de hacerse preguntas, de no renunciar como El principito a interrogar, a indagar a todos aquellos que los rodean… Y me fascina que ellos, a la par que van leyendo el libro, se pregunten si tienen una flor a quien cuidar, un cordero a quien proteger, un zorro para “domesticar…”

Ana Luisa: ¿Todo eso contiene ese libro?

Karen: Lo que pasa es que está dicho con sutileza, con un lenguaje aparentemente infantil; pero si uno se adentra en el contenido de la obra descubrirá lecciones profundas sobre la importancia de aprender a establecer vínculos, el valor que tienen los rituales, la banalidad del poder, y un secreto que es como la consigna de oro de todo el libro: “lo esencial es invisible a los ojos…” y por eso “hay que buscar con el corazón”.

Ana Luisa: Muy bonito…

Karen: Yo he aplicado eso para mi vida… “Lo más importante es invisible”. Y quizá la autenticidad de los niños radica en esa forma de ver el mundo a partir de lo que siente su corazón…

Ana Luisa: Las famosas corazonadas…

Karen: Algo así. Pero el libro, querida Luisa, pone el acento también en la importancia de explorar en todos los sentidos… que no nos privemos de sentarnos a mirar una puesta de sol, que tengamos la paciencia para aspirar las flores y comprender, así no seamos pequeños, que “es preciso soportar dos o tres orugas si queremos conocer las mariposas”.

Ana Luisa: De acuerdo, no hay felicidad en la vida sin algunas lágrimas en el camino…

Karen: Me encanta en clase proponerles a mis estudiantes un juego sobre a quién desean domesticar…

Ana Luisa: ¿Una mascota?

Karen: No. A alguien de la clase o a algún conocido…  Es que en el libro se habla de eso, de lo vital que resulta “crear lazos”, de entender el sentido de los ritos cuando entramos en contacto con otra persona… O, mejor dicho, de lo que hay detrás de la expresión, “cultivar una amistad”.

Ana Luisa: Con todas esas cosas que me dices, voy a tener que comprar dos libros, uno para Nelly y otro para mí…

Karen: Será un excelente regalo navideño…

Ana Luisa: ¿Y es costosito?

Karen: Hasta donde sé, hay ediciones buenas y no tan caras… Yo conseguí una para mis clases que tiene ilustraciones desplegables… Es preciosa.

Ana Luisa: ¿Qué haría yo sin amigas como tú?

Karen: Eso digo yo, qué sería de mi vida sin una amistad como la tuya de tantos años… Eso es como un regalo de la vida. Los amigos son los hermanos elegidos. Y yo te considero mi hermana del alma.

Ana Luisa: No me digas esas cosas, porque tú sabes que soy muy llorona…

Karen: Ay, Luisa, pienso que nuestra amistad sigue intacta porque tanto tú como yo hemos cuidado esta relación; porque al igual que El Principito con su rosa, hemos sabido proteger nuestra fragilidad.

Ana Luisa: Ya me hiciste llorar…

Karen: No, señora… Estamos en Navidad. Por eso, te mando un abrazo fuerte, así sea por este medio, mientras llega el tiempo de encontrarnos cara a cara…

Ana Luisa: Es lo que más deseo, y muy pronto. Saludos a todos… Cuídate mucho.

Karen: Igual tú. Y no dejes de mirar las estrellas…

 

Carta a un amigo que desea escribir su primer libro

Ilustración de Pawel Kuczsynski.

Estimado amigo,

Me comentaste en nuestra pasada conversación telefónica que deseabas, ahora sí, convertir en realidad el proyecto de escribir tu primer libro. Celebro esa intención y, para organizar mejor lo que te comenté oralmente, voy a valerme de esta carta por ser un género íntimo y muy cercano al diálogo de viva voz.

Una de las cosas que te comentaba, y seguramente lo has vivido en carne propia, es que lanzarse a escribir un libro no es algo que se logre en un impulso, sino más bien es una labor artesanal en la que se va avanzando párrafo a párrafo, página por página, a lo largo de un tiempo considerable. Muchos de los sueños editoriales de los maestros o profesionales de diferente disciplina terminan en fracasos porque se idealiza la tarea de escribir o se espera que, de un momento a otro, aparezca la chispa de la inspiración y eso les permita redactar en pocos días el mayor número de páginas de un libro. Pero, mi estimado amigo, eso no es así. Por el contrario, tienes que comprender que escribir es una labor artesanal en la que se va lentamente puliendo las frases, reorganizando las ideas, seleccionando las palabras, tachando y enmendando lo que redactamos. Sin paciencia y sin disciplina es muy difícil alcanzar la meta de escribir un libro.

Por eso te recomiendo, y espero no haber sido demasiado insistente, abrir un campo en tu agenda o disponer un tiempo para dedicarte a este proyecto. Te sugiero por lo menos dos horas, dos veces a la semana, en las que puedas dedicarte a este propósito. Has de cuenta que tienes una clase o que, en tu cronograma, en esos días y horas debes atender un compromiso muy importante. Si no logras apartar y respetar tales minutos para tu proyecto de escritura, pasarán los años y nunca lograrás convertir en un producto tus más preciados sueños intelectuales. A mí me da resultado hacerlo por las mañanas, además de dedicar la tarde del último día de la semana. Tú podrás organizarte de otra manera, dependiendo de tus compromisos laborales o de tu ritmo vital. Sea como fuere, cumplir esas horas destinadas para tal fin, preservarlas a toda costa en tu cronograma habitual, es como tener un terreno fértil sobre el cual empiezas a cultivar tu primera obra escrita.

Con esa agenda que hace las veces de guardián de tu propósito, empiezas en firme a adelantar tu proyecto. Por lo general, hay dos vías que terminan hacia el final pareciéndose. La primera, es recopilar lo que ya hayas producido durante un tiempo considerable. Mira en tu computador o en tu escritorio de trabajo los textos escritos que has venido produciendo a lo largo de tantos años; no te preocupes en este momento por la calidad o extensión de los mismos. La idea es poner en un solo lugar lo que está desperdigado o refundido entre los cientos de documentos que guardas en tu ordenador o aquellos otros papeles engavetados en algún archivador personal. Esto te podrá llevar varias sesiones de trabajo. No te preocupes; así no lo creas estás en el camino indicado de realizar tu obra. Esa recopilación te ayudará a tener una visión de conjunto y a descubrir qué tan abundante o reducida ha sido tu producción intelectual. Si es copiosa, lo que sigue es tratar de ordenarla por tópicos o por temas y ya con esa agrupación iniciar una lectura atenta de los documentos para ver si los textos aguantan el juicio crítico de los años, si continúan manteniendo alguna calidad o si pueden resultar interesantes para un lector. Recuerda que, en esta etapa, no se trata de ponerte a corregir o complementar minuciosamente cada escrito que encuentres; si así lo haces, terminarás preso de uno de ellos y, perderás la visión de conjunto. El objetivo es más de revisión global, de apreciar la valía de aquellas producciones hechas con anterioridad.

Terminada esa etapa de compilación, selección y agrupación, entras en un segundo momento del proceso: el de corregir lo ya escrito. A veces necesitarás incluir en uno de aquellos textos un párrafo, en otras ocasiones aclarar una idea, incluir una bibliografía o poner un subtítulo para mejorar la comprensión de lo expuesto. Eso depende de las particularidades de cada escrito. En todo caso, no olvides mi recomendación: no te vayas a perder en dichos productos al querer decir todo lo que sabes hoy sobre algo que escribiste en tiempos pretéritos. Para eso tendrás adelante otro momento. Lo que debes tener en mente es que la corrección de tus textos te llevará a descubrir la necesidad de escribir unos nuevos para enriquecer la obra, para completar un vacío dentro del conjunto o para actualizarla, a partir de lo que has cosechado a lo largo de tu experiencia. Son esos nuevos textos a los que debes dedicarte con profundidad en los días o meses siguientes, como si fueran productos para una obra inédita.

La otra vía nace, precisamente, de evidenciar que tienes muy pocos textos escritos en tu haber o que, por la novedad de tu proyecto de libro, hasta ahora van a empezar a redactarse. En este caso, te aconsejo ir tomando notas de lo que lees o piensas, tener a la mano un diario en el que vayas consignando lo que se te va ocurriendo y procurar cada día elaborar así sea un párrafo sobre el proyecto en curso. Te repito que la escritura requiere un ejercicio continuo de nuestra mente y una lenta apropiación de las técnicas que le sirven de fundamento. Así que, si logras incorporar ese hábito, si tu cuerpo no es tu mayor impedimento, irás ganando en el dominio de la palabra escrita. Ponte como meta redactar una página, por lo menos cada semana, sin importar que siga la continuidad lógica de un artículo o un ensayo; revisa lo que escribes el día de hoy en la jornada siguiente y corrígelo con esmero; vuélvete diestro en el dominio de un párrafo, antes de aventurarte a textos de mayor extensión. Documéntate, ve haciendo tus fichas de lectura, transcribe párrafos que te resulten significativos, analiza cómo otros construyen sus escritos. No te enfrasques todavía en las minucias de la corrección idiomática o en esperar el dominio de la puntuación o los vericuetos de la gramática. Lo que cuenta es producir, escribir constantemente, para darte confianza y comprobar cada día que el proyecto de libro avanza. Procura, si eres docente, poner por escrito algo de lo que vas a hablar en tus clases o realiza una síntesis de lo explicado; o si eres un profesional de otras disciplinas, acostúmbrate a redactar los pequeños textos de tus presentaciones con la calidad de un párrafo bien elaborado. En muchos casos, esos textos sirven de motivo para amplificarlos, desarrollarlos más extensamente o son la base para la construcción de artículos de mayor densidad. Te insisto: escribir tu primer libro será más el resultado de pequeñas y constantes acciones de redacción que la intervención de la genialidad o la inspiración de una musa extraordinaria.

No sobra recordarte el aprovisionarte de algunos útiles de escritura que, como irás descubriendo, son de gran ayuda para resolver las dudas o los escollos de la redacción que encontrarás a tu paso. Los diccionarios de uso de la lengua, los de ideas afines, los razonados de sinónimos y contrarios, para mencionar algunos, te ayudarán a ir ampliando tu competencia lexical, serán tutores para escribir mejor y contribuirán a que halles las palabras precisas para expresar tus pensamientos. Ten esas fuentes a la mano, frecuéntalas, revísalas constantemente. Provéete también de una buena reserva de conectores lógicos, esas partículas o bisagras lingüísticas que ayudan a la cohesión y la coherencia entre las ideas; eso te ayudará –como escribí en uno de mis libros– a que tus textos fluyan con facilidad, a que las causas encajen con los efectos y a que las diversas partes de tus escritos se articulen de manera variada y armoniosa. Una cosa más: acostúmbrate a tachar, a corregir cuanto te sea posible cada cosa que escribas; no te aferres soberbiamente a lo que primero que se te venga a la cabeza, ni pienses que el primer borrador ya tiene la forma de un texto publicable. Y si no eres todavía un buen escritor, conviértete ahora en un exigente lector de aquello que produces.

Hay más cosas que deseo compartirte, pero creo que con estas recomendaciones sacadas de mi propia experiencia es suficiente. Lo que deseaba era celebrar tu decisión de empezar a escribir ese libro del que me has hablado en diversos momentos de nuestra larga amistad. Sabes que cuentas con alguien que estará dispuesto a colaborarte en tal propósito. Porque ese es otro punto que mereces tenerlo en cuenta: siempre es aconsejable hallar un conocido, un colega, que lea con sinceridad lo que escribas; esa persona seguramente te ayudará a que tus escritos se comuniquen con más claridad, te servirá de referente para saber el alcance de tus ideas y será un primer público de tus producciones escritas. En este punto, confío en que me consideres digno de leer tus primeros textos.

Un abrazo cordial.