Los retratistas –no de palabras sino de pigmentos o pixeles– tienen su manera particular de definir su oficio. Precisamente, la serie Illustration Now de Taschen, publicó una compilación, Portraits, de 87 ilustradores en la que además de mostrar ejemplos de sus obras también contiene una confesión sintética de cada artista.

Vistas en conjunto esas definiciones de lo que es un retrato, destaco algunas coincidencias con otro texto que hace poco escribí sobre “Los buenos retratos” hechos con palabras. Coincidencias que refrendan las relaciones entre la pintura y la escritura.

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Un primer asunto, en el que confluyen la mayoría de los testimonios es que un retrato combina dos intenciones o es la síntesis de una doble tarea: “captar los rasgos distintivos del modelo con ciertos rasgos de la personalidad del retratista”, o plasmar a la vez “las características psicológicas y físicas”, o “tener una fidelidad objetiva al mismo tiempo que descubrir el “aura” del retratado. El retratista, según los ilustradores, no lidia sólo con las características más evidentes sino que debe buscar o explorar en otras que están agazapadas en la cara de su modelo. Por eso, en algunos casos, es necesario entrar en relación con el retratado, conocerlo a fondo, estudiarlo. Los buenos retratistas deben “conocer a la persona” para lograr “captar su esencia”.

Y ahora que menciono lo de conocer al retratado, destaco otra definición: los retratistas tienen que “meditar en el sujeto”, afirma Michael Gillette. Es decir, volver esa cara un sitio para el análisis, la exploración minuciosa o un laboratorio de alta fisiognómica. Estudiar una forma de los ojos o de los párpados, la anchura de la frente, el rictus de un gesto, la altura de los pómulos, la sutil comisura de los labios, el basamento de un mentón. Estudiar una cara, y eso lo señalaba también en mi escrito, es descubrir en la faz de un individuo aquellos rasgos esenciales que lo convierten en un rostro. El retratista, según ello, no pinta caras sino que revela rostros.

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Afirmaba antes que los retratistas van más allá de las características físicas evidentes. Su mayor logro es “llegar al carácter” de una persona; sacar a flote la silueta oculta. O como confiesa la brasileña Nice Lopes, “mostrar el alma” del retratado. Ahora ya no se trata de fisiognómica sino de caracterología, porque para llegar al temperamento de un individuo se requiere de altísimas percepciones de psicólogo o, en su defecto, de unas buenas dotes adivinatorias. No todos pueden percibir “el aura” o la innegable aunque imperceptible identidad de una “presencia”.

También subrayo que los retratistas conciban sus retratos como un relato. Eso afirma Henrik Abrahams: “los rostros cuentan historias”. Aunque el modelo que tengamos al frente se ubica en un presente, lo cierto es que su cara guarda vestigios de un pasado y, si se quiere, prefigura un futuro. Hay caras que sin hablar relatan el sufrimiento o la desesperanza; otras, exponen silenciosamente al público el drama o la comedia de su vida. Claro, esa representación requiere de un espectador atento para deletrear en unas arrugas de la frente las historias de una ira descontrolada o para leer en un tipo de mirada el cuento de una desazón existencial o la evidencia de perseguir un sueño inalcanzable.

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Quedaría por agregar otra coincidencia: los retratistas consideran incompleta su tarea si no van más allá de atrapar el parecido de una persona. Anita Kunz, una de las ilustradoras canadienses de mi predilección, dice que eso es lo verdaderamente interesante de su quehacer. “Siempre es un reto conseguir el mayor parecido, captar la gestualidad de la persona y sus características; pero es tanto más divertido crear”. Ese agregado –que supera la fisonomía– es el genuino aporte del retratista. Dicho aporte es lo que en verdad define su profesión: el retratista es un constructor de nuevas identidades. En consecuencia, ya no tenemos únicamente la foto, las huellas dactilares o la firma para decir quiénes somos; ahora, después de ver nuestro retrato, descubrimos otro ser que desconocíamos, o reconocemos otra faceta propia, la cual desde ahora ya hace parte de nuestra biografía.