Ilustración del polaco Pawel Kuczynski

Ilustración del polaco Pawel Kuczynski

«Era el ruido de una explosión. Una explosión de las muchas que la ciudad soportaba noche a noche. El hombre corrió hacia la ventana, la abrió y sacó la cabeza, buscando con sus ojos la detonación. Un nuevo ruido, esta vez más cercano, lo sacudió. El hombre apenas tuvo tiempo para comprender lo que pasaba. Un vidrio se le había clavado en el cráneo. Instintivamente guardó la cabeza, replegándose sobre sí, como un animal herido de muerte. La sangre se le amontonaba sobre el rostro y las gotas empezaron a ensuciar el tablado del piso de la habitación. El hombre pidió ayuda…»

—Es demasiado descarnado —dijo Carlos.

Ernesto guardaba silencio ante los comentarios de su amigo. Apenas sonreía. Carlos volvió a increparlo:

—Muy realista. Excesivamente realista.

Ernesto buscó entre el escritorio, otros papeles. Escogió uno de ellos y se lo entregó a Carlos, quien empezó a leer:

«El hombre sintió en la garganta la necesidad de un café. El frío de la madrugada lo incitaba. Buscó la puerta lateral del taller, bajó las escaleras y, dejando atrás el sonido de la rotativa, desembocó en el corredor que llevaba directo a la cafetería de la Empresa. Se adelantó, abrió la puerta de vidrio y antes de pronunciar el acostumbrado saludo, oyó y sintió, al mismo tiempo, un sonido mayúsculo, descomunal. Sintió que los oídos le ardían, que una turbina de avión le estaba taladrando el cráneo. El hombre no tuvo tiempo para verse el pecho: un vidrio enorme estaba incrustado en su corazón…»

—Muy imaginativo —advirtió Carlos.

Ahora Ernesto miró con fijeza al amigo. Se detuvo en las manos regordetas de Carlos y en la manera como sostenía la hoja de papel.

—Aunque me parece muy dramático.

Ernesto guardó un silencio largo. Luego, tajante y sin esperar ninguna respuesta empezó a hablar en voz alta, como leyendo alguna historia épica, gestora de mundos:

«El hombre llegó temprano al paradero de buses. Estaba feliz. Confiado en el tiempo que tenía a su favor buscó un quiosco, ubicado una cuadra más hacia el norte, justo hacia el cruce de la calle y la avenida. Prendió un cigarrillo y empezó a caminar. Imprevisiblemente, sin que pudiera precisar el lugar, oyó una explosión atronadora. El estruendo se le metió por el oído y fue creciendo en intensidad hasta convertirse en un silencio chillón. El hombre cayó al piso. Del cielo, de arriba, una lluvia de vidrios vino como corona sobre su cabeza…»

—Pero, ¿por qué siempre vidrios? — lo interrumpió Carlos.

 Ernesto se encogió de hombros. Luego contestó:

—Porque a través de ellos vemos y nos ven…

—A mí los vidrios me parecen más fantásticos que trágicos —le replicó Carlos, echándose hacia atrás de la silla de madera.

 *

Llevaban más de una hora en ese diálogo mediado por la literatura, hablando de lo que Ernesto consideraba una alternativa, el realismo lírico. Una propuesta paralela a la situación que vivía su país.

—Es un intento —dijo Ernesto—. Un intento, si se quiere, ético.

—¿Pero para qué agregar más violencia a la que ya tenemos? —le replicó Carlos.

—Es que no se trata de replicarla sino tener otros ojos para poderla apreciar.

—¿No sería mejor, entonces, utilizar espejos en lugar de vidrios?

Ernesto miró con detenimiento a su amigo. Observó la corbata vino tinto y el vestido gris. Después, agregó:

—Los vidrios son espejos sin marco y sin fondo… Los vidrios son genuina reflexión…

Carlos recibió las palabras de Ernesto como si ya la supiera la respuesta de antemano. No en vano se conocían desde hacía tantos años y no era gratuito el haber caminado juntos tantas calles hablando de cine y de poetas entrañables.

—¿Sabes cuál es el que más me gusta? —pronunció Carlos.

—¿Cuál?

—El que me leíste por teléfono la semana pasada.

—¿Ese?

—Sí.

Ernesto abandonó la silla, caminó hasta uno de los archivadores, situado en la esquina de la habitación, abrió una de las gavetas y sacó otro manojo de papeles. Carlos lo miraba atento.

—¿Lo estás buscando? —preguntó

—Sí. Eso hago.

—Bueno, léemelo.

«El recolector de basura se asombró de ver tantos pedazos de vidrio tirados en la calle, en los andenes; vidrios dispersos entre los pequeños antejardines, clavados entre las flores como un rocío denso y cortante. Vidrios grandes y pequeños. El recolector detuvo el carro carretilla y contempló las ventanas de los edificios y de las casas. A lado y lado se podían apreciar pedazos de transparencia, vitrales a medio camino. La mirada del recolector de basura se detuvo en las formas de fractura de los ventanales; era un paisaje nuevo para él. Varias veces había pasado por esa calle y nunca se había percatado de los colores o la calidad de los ladrillos; mucho menos había descubierto la infinidad de plantas que crecían en los techos de las viejas casas coloniales. El recolector sintió bajo sus pies el sonido rechinante de los vidrios. Caminó unos pasos más, como para habituarse al sonido, y se dispuso a barrer. El cepillo no sabía por dónde empezar. El recolector fue haciendo pequeños montoncitos de vidrios, como si estuviera recolectando patatas; pequeños montones que parecían pirámides de diamante. La luz del sol les daba un brillo fantástico. El cepillo buscaba los cristales y, ellos, huían; se escabullían entre los intersticios de las cerdas de plástico. Más y más montoncitos. Ahora el recolector empezó a agrupar las pequeñas dunas de vidrios con otras más cercanas y éstas con otras, hasta formar unas pequeñas montañas iridiscentes. Vistas desde lejos parecían castillos, chatarra de estrellas. El recolector dejó limpia la calle y los andenes de cualquier señal de vidrio. Se preocupó por hacer un trabajo perfecto. Después echó a la caneca de su carro carretilla la cosecha de cristales. Lo hizo lentamente, como preocupándose de no romperlos más, como teniendo el mayor cuidado posible. Concluida la recolección, metió el cepillo y la pala entre la caneca, disponiéndose a mirar la obra terminada. La calle había quedado perfectamente barrida. Satisfecho, siguió su camino; poca importancia le dio a esa mancha rojiza, entre ocre y morada, que cubría un largo trecho en uno de los andenes. Una mancha de sangre sobre el pavimento no es nada extraño para un recolector de basura».