"La caída del hombre" del pintor flamenco Hugo van der Goes

«La caída del hombre» del pintor flamenco Hugo van der Goes

Cuando Adán salió de “El Paraíso”, lo primero que pensó fue en encontrar a Eva, su costilla de cabellos largos. Y duró un largo rato buscándola porque aunque los dos fueron expulsados por el mismo querubín, por la misma espada encendida, cada uno al salir tomó un rumbo diferente. Así que, luego de caminar y pegar algunos gritos, por fin divisó a Eva sentada sobre una laja de piedra enorme, desenredándose el cabello y mirando hacia el fondo del valle, ensimismada en pensamientos posedénicos.

            —Bonito lo que hiciste…

            —Bonito ¿qué? —contestó Eva—, sin darle la cara a Adán.

            —Esto, lo de perder “El Paraíso”.

            Eva volteó la cabeza. Vio a Adán desnudo, sin la hoja de parra, sin el aura protectora de la inocencia; lo vio flaco, inerme, humanamente solo. Lo vio asustado, con esa mirada como de niño que acaba de perder su alimento predilecto.

            Adán volvió a llenar su boca de reclamos.

            —¿Qué fue lo que te dijo la serpiente?

            —No era una serpiente…

            Adán guardó silencio por un momento. Miró las pequeñas manos de Eva desenredándose el cabello, un cabello larguísimo, un cabello que le servía de vestido. Luego, volvió al ataque.

            —Bueno, lo que fuera. ¿Qué fue lo que te prometió para que hubieras comido la manzana?

            —Libertad —contestó enfáticamente Eva—. Libertad.

            Eva se mantenía altiva. No había en ella ningún indicio de culpabilidad. A lo mejor era por causa de la manzana. En fin, mantuvo su porte digno, y empezó a jugar con una hoja, desprendida de un arbusto cercano. La voz de Adán se hizo más clara…

            —Y luego, viniste tú a provocarme, a llenarme de ideas, a cambiarme las cosas.

            —No te obligué —contestó Eva—, casi susurrando.

            —Sí, pero tú y tus cosas, que yo no sé qué, que ya no seríamos esclavos del temor, que podíamos ser libres, que ese “Paraíso” no era sino otro nombre para designar la suma ignorancia… tú, y tus palabras…

            Eva agarró la hoja y empezó a doblarla mitad por mitad, como haciendo el primer origami del Génesis. Despacio, muy despacio, levantó la cara y miró a Adán directo a los ojos. La mirada de Eva traslucía más nubes que tierra, más cielo que barro.

            —Estábamos contentos y felices porque no sabíamos nada. Éramos ignorantes totales, Adán. Y en eso consistía “El Paraíso”.

            —¿Quién te enseñó esas cosas?

            —Ya sabes quién…

            —Sí, yo sé que todas las tardes, al lado del manzano, te reunías con ella. Y yo te oía hablar y escuchaba otra voz, aunque por lo tupido del follaje donde me ocultaba, apenas sí podía ver una forma que se resbalaba entre el vergel…

            —Era yo, que me movía alrededor suyo.

            —Sí, pero al final de tus diálogos vespertinos, cuando ya te habías marchado, yo llegaba hasta el árbol para inspeccionarlo y sólo veía una serpiente desenroscándose del manzano con lentitud…

            —Adán, no era una serpiente…

            Adán volvió a padecer ese desconcierto, típico de las pláticas con Eva. Después de hablar con ella se sentía “otro”, como que todo cambiaba de lugar y daba vueltas a su alrededor. Hablar con Eva era como emborracharse con humo. Pero a la par que le producía tal rechazo, también le atraían las ideas, las cosas dichas por Eva. Era como salir de lo familiar para indagar en algo extraño. Recordó que Eva le había dicho eso, precisamente, “se trata de dejar lo conocido, para adentrarnos en lo desconocido”.

            Adán se alejó algunos pasos de Eva. Además de tener rabia, sentía nostalgia. Miró hacia atrás y ya no vio por ningún lado “El Paraíso”. Tampoco vio el querubín de la espada remolinante. Contempló tan solo una gran arboleda y unas rocas gigantescas. Observó algunas aves planeando en la distancia y sintió una especie de remordimiento muy cercano a la melancolía. Sin voltearse, habló en voz alta, para que Eva lo escuchara.

            —¿Y qué necesidad teníamos de salir de “El Paraíso”?, si allí estábamos tan bien, tan seguros…

            —La ignorancia duerme sobre nuestras seguridades —balbuceó Eva.

            Adán sintió que las palabras de Eva iban directo, como piedras,  al cascarón de barro de su orgullo. Se vio derrotado. Volviendo sobre sus pasos, prefirió cambiar de estrategia. Se sentó al lado de Eva y se mostró frágil, fingió ser más débil de lo que era en ese momento.

            —Debe ser porque no comí sino un bocado de la manzana, por lo que no te entiendo. A lo mejor es porque no asistí, como tú, a todas esas charlas vespertinas…

            —Conversatorios —interrumpió Eva.

            —Por esas benditas charlas interminables, debe ser por eso. Yo no sé. Pero, ¿qué encontrabas tú o qué te daba ella..?

            Eva se compadeció. Por un instante sintió que Adán era como su hijo. Hasta lo vio bello en medio de su raquítico desamparo, y pensó que podría llegar a ser un buen padre del hijo que ya era germen dentro de su vientre… Porque de eso igualmente le había hablado su amiga la de las tardes del Edén, su amiga de voz seductora y ojos profundos…

            —Yo también como tú, Adán, sentí un miedo inicial. Tuve pánico a las palabras de mi amiga, pero ella me ayudó a nacer otra vez. ¿Sabes qué?, Adán. Mi verdadero nacimiento no fue de una de tus costillas, no fue de la arcilla roja, sino cuando comí la manzana… Pero te decía que ella fue dándome alientos, para dar ese paso, para poder morder ese fruto. Adán, el árbol que da ese fruto, según ella me contó, se llama el árbol del conocimiento… Bueno, y entre charla y charla, ella me fue dando el valor necesario para comer, para atreverme a saborear el fruto de lo nuevo, de lo inédito… Y comí…

            Adán miraba a Eva sin pestañear. Estaba embelesado, seducido por las palabras de ella.

            —Y cuando comí la manzana, lo que en verdad pasó es que tuve, por primera vez, conciencia de mí, de lo que era, de dónde estaba. Esa manzana fue como un espejo. Yo no me comí la manzana, yo verdaderamente me vi en ella. Y el alimento, esa blanca masa porosa, fue como una revelación, y por primera vez tuve conciencia de mi rostro, y reconocí mi cuello, mis brazos, mis senos… Adán, por primera vez supe que tenía un cuerpo…

            —¿Y todo eso por culpa de la serpiente? —interrumpió involuntariamente Adán.

            —No, no era una serpiente Adán. Era Lilith, así me dijo que se llamaba. Lilith, mi primera maestra.

            Adán guardó silencio. Se puso de pie, y como impulsado por una fuerza extraña, tomó de la mano a Eva. El mundo le pareció ahora menos inhóspito. Sin mirar hacia atrás, comenzó a caminar con la mujer hacia el horizonte. El sol de esa tarde era en verdad hermoso.

 (De mi libro Venir con cuentos, editorial Kimpres, Bogotá, 2005, pp. 63-67)