Ilustración del estadounidense Christopher Buzzelli

Ilustración del estadounidense Christopher Buzelli

«La infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos». 
                                                                                                         Rainer María Rilke

 

Son abundantes los poetas que reconocen en la infancia una «cantera»  privilegiada de la cual pueden extraer motivos, recuerdos, celebraciones y sueños escondidos. Un lugar que sirve de inspiración y, al mismo tiempo, de aliciente cuando no afloran los versos o cuando el espíritu del escritor flaquea y se asoma a los abismos de la desesperanza.

Tal prelación a esta edad corresponde, antes que nada, al halo de descubrimiento y asombro que la acompaña y señorea. La infancia es el tiempo de la curiosidad obsesiva, del pasmo ante los seres más insignificantes, la alegría espontánea por todas las cosas de la vida. Y si los poetas la ven como una época dorada es porque necesitan esos mismos ojos de la infancia para seguir en su tarea de redescubrirnos la existencia. Luego no es una voluntad nostálgica la que incentiva al poeta; se trata más bien de un esfuerzo interior para no perder aquella actitud de extrañeza y desconcierto ante el variopinto mundo que lo rodea. Es una invocación, como la hecha a un dios benigno, para que no nos abandone ni nos deje a la intemperie de lo dado por hecho o al infierno de una vida apenas vegetativa.

Deberíamos aclarar de una vez que la infancia de la que hablan los poetas no es una edad; la infancia es un estado del alma. Una parte de nuestra sensibilidad y nuestro psiquismo que nos permite, valgan los ejemplos, abandonarnos a lo inútil, confiar ciegamente en otros, disfrutar con las cosas sencillas, transformar lo cotidiano en extraordinario. Y esto no le pertenece sólo a la niñez. No son asuntos vedados a las otras etapas del ciclo vital. Por eso hay que hacer esa distinción: porque aún en la edad adulta o cuando estemos viejos, cuando ya el niño haya desaparecido, podremos conservar aún vigorosa y juguetona nuestra infancia. Por eso Rilke la consideraba un tesoro, por eso Gabriela Mistral la veía como la verdadera patria de todo ser humano. La infancia, en cuanto estado del alma, es la que nos permite volver a amar después de que el amor nos abandona; es la que nos ofrece un olvido milagroso para poder perdonar con facilidad; es el fuego creativo y entusiasta que nos anima a emprender proyectos imposibles.

Al ser un estado en donde todos nuestros sentidos, toda nuestra atención, todo nuestro ser estaba en constante vigilancia, la infancia es también un «arca de recuerdos». Es probable que a lo largo de nuestra vida tengamos memoria de muchas experiencias, pero de la infancia tenemos infinidad, millones de recuerdos: la primera vez que te perdiste entre el pasto yaraguá, con tu primo Saúl, en aquel potrero inmenso, bien abajo de la casa paterna, cerquita a las laderas de Lomalarga; la primera vez que viste el diablo, escondido en una zanja, cuando ibas presuroso a traer la leche para el desayuno campesino; la primera vez que estuviste en una quema y pudiste oler los grillos abrasados por las llamas que se confundían con la luz radiante de la luna… Esa cantera también incluye a las personas, al habla de las gentes, a los nombres de las cosas: nada escapa a la memoria feliz de la infancia; todo queda ahí, gravitando, a la manera de móviles fantásticos: el coyabro donde Misael preparaba su guarapo, los ojos infinitamente azules de la siempre vieja señora Josefina, el gutural acento de Mario, un jornalero desdentado y solitario fumador de cigarrillos «Pielroja».

Esas marcas de la infancia –porque la infancia deja heridas, heridas siempre abiertas– son como cicatrices adheridas a nuestra piel. Pueden compartirse con otros, pero en su médula, son personalísimas. Quizá por eso mismo las privilegian los poetas; por mantener un vínculo profundo con su identidad particular; por ser signos distintivos de una historia única e irrepetible. El no olvidar esas marcas es lo que permite que el poeta sea auténtico; que no renuncie y mantenga su voz personal. Ahí está su identidad, su cédula de ciudadanía poética. Esa es la causa de que a unos poetas les parezcan cercanas, íntimas, las voces de la ciudad –Luis Vidales o Mario Rivero, para poner sólo dos ejemplos colombianos– y a otros les sean absolutamente familiares, parte de su propio corazón, las hojas y las nubes de un pedazo de tierra, como es el caso del inolvidable Aurelio Arturo. De igual modo, las marcas de infancia impregnan al lenguaje que las evoca; y si se mira de una manera más profunda, también modelan un ritmo. Porque no es lo mismo una infancia vivida entre montañas y vientos arrasadores, que otra acompañada de interminables baladas escuchadas en la radio de los vecinos de una casa de inquilinato. Cada infancia carga consigo, a la manera de un trasteo fantástico, sus palabras y sus melodías, sus imprecaciones y sus silencios.

Lo que vengo diciendo, además de las reiteraciones laudatorias de Rilke, tiene una concreción magnífica en Saint John Perse. Si uno relee, como lo hago a menudo, sus «Elogios» y, por supuesto, «Para celebrar una infancia», en la ya canónica traducción de Jorge Zalamea, lo que descubre es eso: que la infancia está ahí, como un aguijón placentero para el poeta, recordándole cada rasgo de su cara, cada línea de su intimidad, cada paisaje de sus primeros años. Es la infancia la que lo provoca o incita a exaltar las bestias, las cosas, los olores, los juegos, las moscas, los «insectos verdes» y, de manera especial, las palmeras. Las palmeras «y la dulzura de una vejez de las raíces». Creo que ese tono elogioso de Perse es semejante –nunca igual– a mi infancia, allá en Capira. También están vivos en mí, entre las montañas majestuosas, el ladrido de los perros, el eco del hacha abriéndose camino entre ceibas gigantescas, las voces de mis tíos, las recuas de mulas y las imponentes palmeras. Y más abajo de las palmeras el plan del Tolima con su río y sus tardes incendiadas de rojo. Todo eso sigue intacto en mi memoria, resguardado por el hada protectora de mi infancia.

Qué mejor manera de concluir este ensayo que citando unos versos, las dos primeras líneas del poema «La palabra aprendida» del mexicano Juan Domingo Argüelles: «lo que recuerda el hombre al final de su edad / es al niño que fue, absorto en el asombro». Estos versos son perfectos para nombrar a la infancia: un estado entre admiración y ensimismamiento, un modo de ser y estar en el que la atención suprema se dispone a recibir a manos llenas las impresiones memorables.