Olga Nilda Gugliotta Orozco

Olga Nilda Gugliotta Orozco

Motivado por mi lectura de la entrevista de Silvia Sauter a Olgo Orozco –que realicé ayer–  durante las primeras horas de la mañana, devoré otra más “El revés del poema”, realizada por Jacobo Sefamí en 1990 y publicada en su libro De la imaginación poética. Conversaciones con Gonzalo Rojas, Olga Orozco, Alvaro Mutis y José Kozer. Es una entrevista extensa, de más de 40 páginas, amena, y que muestra el conocimiento de la obra de Orozco por parte del profesor Sefamí. Una vez más, me sorprenden las coincidencias con algunas ideas de mi ensayo “El poeta aviva la luz de las cosas”, especialmente en lo que afirmaba yo del papel de la poesía como medio para hacer y hacernos preguntas. Dice Olga Orozco: “Creo que la poesía es eso: una permanente interrogación en busca de algo que siempre está un poco más allá. Para cada pregunta hay otra pregunta”. Descubrí también, para el tema que he venido trabajando sobre «imágenes fundacionales», el recuerdo más remoto de la escritora: “El recuerdo más remoto de la infancia está contado en un relato titulado ‘Misión cumplida’ de La oscuridad es otro sol (1967). Allí hago alusión a una memoria anterior. Tal vez no sea fácil deslindar lo que está sucediendo en el momento, con lo que está sucediendo en mi memoria. Se trata de una huida en brazos de mi hermana mayor. Ella me lleva en brazos huyendo de un toro. Yo veo oscilar el amarillo de los girasoles y sé que algo rojo nos va corriendo. Luego tengo la sensación de un salto, y es mi hermana que cae del otro lado de un alambrado, y nos hemos salvado. Y yo que me aprieto contra su pecho y siento el asilo, el calor, la ternura y la protección”. Me pareció interesante lo que dice de la adolescencia: “En toda adolescencia se juegan elementos muy contrapuestos y empieza la búsqueda del verdadero camino: uno tiene diálogos con Dios y luchas con el demonio; contrapone la libertad a otras cosas. En fin, empiezan a surgir los problemas del amor, del sexo, de las verdades eternas. Es decir, los elementos fundamentales de la vida, que llegan a tener una intensidad tal que si uno sobrevive es porque pacto con algo; de lo contrario, uno podría haberse muerto o consumido”.

Más adelante, Orozco cuenta cómo es su proceso de escribir. Aunque ya había retomado algunos apartes de esta entrevista para mi libro Escritores en su tinta, una respuesta de la escritora podría servirme para una segunda edición de mi texto. Habla la poeta: “Escribo poco y lentamente. En general, cuando escribo tengo la sensación del final con la primera línea, que puede venir en una imagen, en una música, en la repetición de una frase que lo asalta a uno. Lo que tengo que hacer es ese recorrido. No sé cómo va a suceder ese recorrido que va de esa primera línea al final que presiento. Pero nunca paso de la primera a la segunda línea si no he aceptado de manera definitiva la primera, y así sucesivamente. En mi caso, la poesía no es convocar, ni suscitar, sino desechar de un coro de solicitaciones, de esos, ‘signos en rotación’ de los que habla Paz. Hay personas que me han preguntado si escribo mis poemas en diez minutos. No creo que parezcan escritos en diez minutos. No se ve nunca algo tan espontáneo, como para que sean el producto de diez minutos. Lo que no se ve es la insistencia laboriosa, porque no hay frialdad”. Enseguida, agrega: “Yo no escribo nada que no tenga las bases puestas en su sitio, las columnas, las ventanas. Escribo un poema como una casa que voy a habitar, y en la que me voy a mover sabiendo dónde está cada cosa que necesito, y donde no hay ninguna contradicción, sino las que son manifiestamente buscadas, pero donde un elementos que está en la línea sexta no contradice para nada un elemento que está en la línea 24. Todo sigue una sucesión coherente”.

En mi lectura subrayo otros puntos de encuentro, en particular lo referente a que la poesía es una escritura ideal para dar cuenta de nuestras exploraciones como hombres rana del espíritu: «A veces uno se sumerge a grandes profundidades, hasta quedar unido a la superficie por nada, por un hilo. Yo he tenido temores de no poder retornar y supongo que eso le pasará a muchísimos: quedarse enredado en esos enigmas que hay en las profundidades. Es el buceo en lo desconocido». La poesía, nos los reitera Orozco, tiene que ver con «los elementos abismales: todo aquello que rompe con las leyes establecidas de causa y efecto». Otro asunto tocado en la entrevista apunta a que la poesía aspira a dar cuenta de la complejidad del ser: «El propio ser es inquietante porque también es desconocido; no sólo en su origen y en sus siguientes proyecciones; es desconocido porque es como si uno estuviera encerrado en su propia enigma, con su propia esfinge, y ésta pudiera empezar a hacer preguntas». Me regocijé, de igual modo, con una opinión –que de una vez voy a incluir en las notas a pie de página de mi ensayo «Matar la vida para darle perdurabilidad»– en la que Olga Orozco resalta el lugar de la poesía en su lucha con la muerte: «La escritura es una manera de luchar contra el tiempo, contra la muerte; en ese sentido, es positiva”.

Para no dejar perder algunas de las ideas expresadas por ella me parece conveniente guardarlas en este diario de escritura:

«Los poetas siempre andan en búsqueda de revelaciones, siempre tratamos de desenterrar misterios. Algo que puede ser la palabra perdida; buscamos lo indecible. Por eso el poema es una frustración»

«El deseo es por naturaleza la ausencia de algo; en algo se diferencian el deseo y el amor: el amor es una presencia, y el deseo es una ausencia. Por eso es tan extraordinaria esa frase de René Char, que dice que ‘el poema en sí es el deseo del amor realizado que continúa siendo deseo’. Me parece extraordinario porque eso es algo que no sucede en el plano de la vida verdadera, ni como deseo, ni como amor, ni como realización. La conjunción que busca para definir algo tan indefinible como la poesía me parece espléndida».

«Talila cumi, son las palabras que le dice Jesús a la hija de Jairo, cuando la resucita; quiere decir: ‘levántate y anda'»

«Yo creo que hay dos tiempos de silencio: uno es el silencio como cerrazón, como balbuceo, que es el silencio primero, el que tratamos de ganar, el que tratamos de abordar, para irlo descifrando, purificando, dándole cierta respiración que es la nuestra,  convirtiéndolo en lo que somos, o permitiendo que él nos convierta en lo que él es. A veces, una vez que eso se ha logrado, el silencio es ese silencio final del que hablábamos en algún momento; es decir, ese silencio que es la plenitud total y que debe ser la plenitud final, que hace innecesaria la palabra».

«Para saber mi noche, la tengo que aprender de la noche».

 «Sientes que la noche tiene millares de ojos y que si no puedes cerrar los tuyos es porque ésos otros están abiertos».

«Son dos piedras existentes; una que viene de Sicilia y otra que viene de San Luis, y que yo tomo muchas veces en la mano para poder escribir… Las piedras se convierten, más que en testigos, en dos elementos de convocación».

«Siempre he creído que soy la única sobreviviente de mi casa, porque soy la que tiene la memoria y la que tiene que apagar las lámparas y cerrar las puertas».

 «Uno no elige las influencias, sino que llegan por naturaleza; ni siquiera se contagian; se establecen por parentesco, ¿no?».

 «El poema abre y cierra la puerta de la revelación».

«La poesía es una apuesta arriesgada, como podría ser la de una ciencia iluminada, digamos. Es decir, hay un pie en la tierra y el otro pie está sondeando en el vacío para ver dónde apoya. De modo que las posibilidades que ofrece en la búsqueda son muchas más, tanto de encuentros, como de desencuentros y hasta de caídas».

(La poesía) «Sería el instante en el que todo es posible; el instante en el que es posible el pasado, el presente y el futuro y las combinaciones y variaciones posibles e imposibles».

Hacia el final del día estuve oyendo (y viendo) el Concierto para piano y orquesta en la menor del compositor polaco Edvard Grieg. Artur Rubinstein en el piano, acompañado por la Orquesta sinfónica de Londres, dirigida por André Previn… Llegué a este concierto por el adagio que había escuchado la semana pasada en una selección de EMI Classics. Cuando lo oí, por primera vez, me fascinó el tono intimista del segundo movimiento del mencionado concierto. Hay una magia nórdica que envuelve la voz del piano; un piano sutil, leve, evanescente. Esos siete minutos transcurren como en una penumbra fantástica; y aunque hay exaltaciones, ellas son tranquilas, de amanecer de nubes. Qué secreta la respiración que allí se evoca, qué delicada la manera de mostrarnos la gestación de un florecer o un despertar… Esta música me hizo recordar uno de mis poemas, escrito a partir de un amanecer en las montañas de Capira:

Despertar
 
Abajo sigue la noche.
Todo está en silencio. Ni un pájaro canta.
Y poco a poco, levantándose de un sueño vaporoso,
las nubes comienzan a despertarse.
Lo hacen de manera perezosa.
Unos cuantos rayos de luz, muy lejanos, las cortejan.
Ahora se define mejor la forma de las montañas.
Y lo que era una sola figura compacta
se va abriendo en pequeñas manchas grises.
Algunos árboles sacan sus ramas más altas para ver el sol.
Pero el viento se mantiene al acecho.
La noche cede sus encantos al nuevo día.
El silencio mantiene su frescura.
Es la vida, la vida que se renueva.
Imperceptiblemente.
 

Estaba intranquilo. Olga Orozco menciona una definición del poema dada por René Char, pero no referencia en qué libro o qué texto se hace tal afirmación. Apenas salí de la oficina pasé a Arte y Letra para ver si tenían alguna antología del poeta francés. En la colección Visor de poesía me mostraron el texto Furor y misterio. En una primera lectura no tuve suerte. Por la noche, después de escuchar el concierto de Grieg miré con más detalle la obra. De pronto, en una de las «proposiciones», como las llamaba él, de «Partición formal», di con el texto objeto de mi búsqueda; es el apartado XXX, y dice así, en la traducción de Jorge Riechmann: “El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo”. (En las notas se agrega que Char le comentó a Georges-Louis Roux que “el poeta estaba siempre a la espera de esos encuentros con el rayo, de la quemadura y –no obstante– de la plenitud afectiva que de ellos se sigue indefectiblemente, y aseguró su certidumbre feliz de que eran indefinidamente renovables”). Ya con esa pista, husmeé en mi biblioteca y hallé, precisamente, un texto homónimo, pero en la versión de Santiago González Noriega y Catalina Gallego Beuter. Esta es su propuesta: “El poema es el amor realizado del deseo que permanece como deseo”. Espero mañana explorar en esa afirmación: “Le poème est l’amour réalisé du désir demeuré désir”.