Escultura de Víctor Ochoa.

«El Zulo» del escultor español Víctor Ochoa Sierra.

Retomemos el tema del recogimiento como motivo de reflexión para este día. Considero que el estar de vacaciones y el deseo de viajar o participar del jolgorio decembrino no debe ocultarnos la necesidad de cavilar o dedicar un tiempo para recapacitar y volver al interior de nosotros mismos. Así sea en un templo o en nuestra propia casa es aconsejable recogernos y regalarnos unas horas para dialogar con nuestro espíritu.

He mencionado el recogimiento. Me refiero a una actitud solitaria y meditativa. A detener el agite o la avalancha de compromisos con el fin de –reposadamente– escuchar nuestros pensamientos o la silente conciencia. Para lograr tal ensimismamiento necesitaremos romper con la agobiante barahúnda de los medios de información, clausurar los llamados permanentes de las nuevas tecnologías y regalarnos las bondades del silencio. Tal vez caminar en algún sitio apartado refuerce tal propósito. Lo importante, en todo caso, es tener unas horas para reencontrarnos, para dejar de ser objetos insensibles y recuperar la dignidad de ser personas. Recogerse es dejar de responder a las demandas gritonas del afuera y escuchar con cuidado los susurros de nuestra interioridad.

Así, a solas, podremos hacer balance. Discernir sobre lo que hemos logrado, evidenciar aquellas zonas donde hemos tenido fallas o descubrir una tarea que aplazamos inexplicablemente. El discernimiento nos pone en sintonía con nuestro proyecto vital; nos vuelve a lo esencial del sentido de nuestra vida. Discernir es dejar de sobrevivir y recuperar la rica experiencia de estar en el mundo. Retomar lo que la vida posee de gratuito y maravilloso; reconocer todo lo que perdemos por andar atrapados o engolosinados con los espejismos del consumo y las necesidades fatuas. Discernir es, en últimas, volver a tomar las riendas de nuestro destino.

Darse un tiempo para el recogimiento es abrir, de igual modo, un espacio para la meditación. Meditar en el sentido de establecer un vínculo con la dimensión profunda de nuestro ser. Redescubrir nuestra vocación por las preguntas esenciales de la existencia. Y en esa tarea de concentración y serenidad que constituye el acto meditar, expandir nuestro espíritu hasta los confines del universo. Aquí la meditación se emparenta con el orar y el diálogo con nuestra conciencia. Al hacer estos pequeños “ejercicios espirituales” lograremos hacer catarsis, liberarnos del autoengaño  y redireccionar nuestra vida.

El recogimiento no es un estado sólo para santos o religiosos consagrados. Si en verdad se quiere, cualquier persona puede dejar de dispersarse, escuchar su voluntad y dejar de ser una hoja al capricho del viento. El que se recoge busca aquilatar o poner en sintonía sus sentidos y apetitos; se niega a ser esclavo de los demás o de las circunstancias. Demasiada disipación hace que perdamos el gusto por las cosas sencillas, el exceso de voluntarismo conlleva al hastío y a la desesperanza. En los tiempos que vivimos, recogerse es un buen recurso para contrarrestar la fragmentación de nuestra subjetividad y el sinsentido de la vida.

Reiterémoslo: independientemente del credo que se tenga, considero oportuno aprovechar estas fiestas navideñas para apartarnos algunas horas del “mundanal ruido” y recogernos. Esa puede ser una buena terapia interior. Meditar, ensimismarnos, hacer discernimiento es un regalo personal que no podemos prohibirnos.