Autorretrato de Sasha O

«Autorretrato 11» de Sasha O.

Como parte del Nivelatorio organizado para los estudiantes de la Maestría en Docencia de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de La Salle, les propuse la redacción de una etopeya. Es decir, una descripción de los rasgos morales o de carácter, los gustos, y las cualidades y defectos más significativos de cada uno de ellos. Las indicaciones entregadas señalaban una ruta de trabajo para realizar el ejercicio:

  1. Haga un discernimiento sobre cómo es usted en su dimensión moral y temperamental. Sea justo en esa apreciación. No se engañe o pretenda ser lo que no es. Identifique los valores esenciales que lo rigen y las creencias fundamentales sobre las que ha construido su identidad. Ubique esos rasgos de su interioridad permanentes o repetitivos; repase a lo largo de su vida las virtudes o los defectos que han gobernado su existencia. Trate de no idealizar o simular ese retrato de sí mismo. A partir de esa reflexión redacte un primer texto. No se preocupe en este momento por la precisión semántica, la coherencia en la sintaxis o las normas de puntuación. Lo importante acá es dejar fluir ese primer diagnóstico de su personalidad.
  1. Hecha esa primera descripción, hable con conocidos (familiares, amigos, alumnos…) sobre cómo lo perciben o qué rasgos de conducta son los más predominantes de su carácter. No cuestione esas percepciones; escuche y tome nota. Rememore también lo que dicen de usted personas con las cuales ha tenido alguna desavenencia o que ya no hacen parte de sus afectos. Medite sobre esas percepciones. Enseguida, haga un segundo borrador de su retrato íntimo incluyendo rasgos personales percibidos por otros.
  1. Con ese insumo, ahora sí escriba la versión casi terminada de su etopeya. Revise la ortografía de cada palabra. Tenga presente la cohesión entre las ideas. Relea varias veces el texto. Piense en un lector y, si es necesario, cambie o busque un término más preciso. Concluya la redacción y déjela reposar por unos días. Vuelva a ella y afine o corrija lo que considere necesario.
  1. Ahora sí, escriba en el computador su etopeya definitiva. Recuerde la extensión y las instrucciones dadas en clase. Tenga presente que su texto va a ser “público”. Es decir, lo van a leer otros y, en esa medida, merece un cuidado tanto en el contenido como en la forma. No deje esta labor para el último día. Recuerde: su texto es una carta de presentación de usted mismo.

El tiempo para elaborar el escrito era de 15 días. El resultado como podrá leerse más adelante fue bastante significativo. Las ganancias, según manifestaron en una pequeña encuesta realizada después de entregada la etopeya, son muchísimas. Los maestrantes dijeron que con este ejercicio habían “logrado conocerse mejor”, “buscar en el fondo de su ser y poderlo exteriorizar”, “reafirmar la parte humana”, “entrar en un diálogo problémico y de contraste”… y también aprendieron la importancia de “buscar adjetivos precisos”, el valor de reescribir, y que al realizar las diferentes versiones y la relectura de las mismas “pudieron corregir errores que de pronto antes se dejarían pasar por alto”. 

Pero fue en el punto de las dificultades al redactar la etopeya donde se expresaron con mayor extensión. Transcribo un buen número de las respuestas de los maestrantes: “primero completar las 15 líneas y después reducirlo a 15 líneas”, “seleccionar los adjetivos y cualidades que mejor me describieran y definieran”, “especificar las características que me describen sin demeritar o exagerar”, “la utilización de los conectores”, “reducir información”, “encontrar un estilo y ritmo para expresar lo que se quería decir”, “hablar de mis defectos y cualidades”, “ser concreto y comprender lo que dicen los demás de mí”, “enfrentarse con mis demonios”, “hablar de sí, descubrir las debilidades y reconocerlas y permitir que otros lo vean”, “precisar, acortar, discriminar información para dejar lo más puntual pero también lo que fuera más efectivo para el ejercicio”, “lograr las 15 líneas ya que mi escrito había soprepasado la instrucción”, “reconocer mis debilidades”, “poder explicar la idea que tengo en mi mente”, “escoger aspectos principales para plasmar”, “no repetir tantas veces alguna palabra”, “conexiones entre frases”, “no saber cómo colocar y acomodar tantas ideas”, “no caer en la repetición”, “no parecer pesimista”, “las palabras, el léxico, la gramática”, “la cantidad de líneas”, “la poca cohesión de las ideas”, “acotar lo que más podía las ideas para que fueran sólo quince líneas”, “tuve dificultad con la extensión, al principio muy breve y luego extenso”, “conseguir el sinónimo adecuado para remplazar palabras muy comunes”, “no sabía por dónde comenzar, y no sabía si escribirlo en primera o tercera persona”, “encontrar un estilo para realizarla”, “poner bien los signos de puntuación”, “escribir bonito”, “encontrar la forma de plasmar las características propias y redactar muy bien”, “al escribirla tres veces, cada vez cambiaban ideas que pensaba tener definidas”, “buscar las palabras precisas para la hacer la descripción”, “no dejar el escrito como una mera enumeración de cualidades y/o defectos, sino darle forma”, “el no saber exactamente por dónde comenzar”, “conectar las palabras y el vocabulario correcto”, “encontrar una persona que quisiera decirme mis defectos”, “encontrar mis debilidades, defectos, pero sobre todo valorar mis virtudes”, “organizar y seleccionar la información”. 

Analizadas rápidamente estas dificultades podrían agruparse en varios campos: unas referidas a la intimidad de la persona (reconocer defectos y cualidades), otras centradas en la organización de las ideas (seleccionar y colocar), otras en la redacción (vocabulario y conectores), y otras más en seguir las instrucciones indicadas (extensión, buscar conocidos).

A pesar de todas esas dificultades, el producto final muestra una preocupación tanto en el contenido de lo expresado como en el cuidado al momento de redactarlo. Por supuesto, a veces la puntuación inadecuada fractura los textos y, en otros casos, es la ausencia de conectores la causante de que las ideas se muestren poco cohesionadas. De igual modo se puede notar en un grupo de escritos una baja competencia lexical para describir un temperamento o para precisar ciertas cualidades morales. Todo ello, y eso es importante señalarlo, hace parte de las dificultades de entrada de los maestrantes en el terreno de la escritura.

No se piense por lo anterior que no hay entre los escritos presentados etopeyas de gran calidad. He elegido tres de ellas como una forma de exaltar dicho trabajo y como ejemplos de gran calidad al hacer un retrato moral. El primer texto, que cumple todas las condiciones previstas, es el de Kelly Johanna Mejía Sierra. Leámoslo:

“Es mi alegría, la tranquilidad de mi vida. Mi libertad es un cantor que me sigue con lealtad. No hay dinero que me lleve a donde no quiero estar. Tan crédula como incrédula, tan dulce como amarga.  No sé hablar de sentimientos porque soy producto de los silencios. Me llamo a mí misma humana subversiva, porque quiero revertir el orden, quiero provocar el caos, quiero volar tan alto y tan suave que nadie sienta mi vuelo sobre su cabeza. Intolerante ante la lentitud de pensamiento, ante los ojos que sólo ven un color, ante los oídos que escuchan siempre la misma voz. Soy amante de la negrura y de los sonidos que la constituyen. Me gusta sacudir mentes, sembrar dudas, cazar problemas. Me lanzo al vacío de cada lugar al que voy: lo siento, lo huelo, lo palpo, lo saboreo, lo aprendo. Terca como una mula. Perfeccionista. Orgullosa hasta morir; incluso no conozco el perdón. Seducida por momento por el poder, me ufano de tenerlo. Auténtica guerrera de la vida y como tal tosca, fuerte, sin lágrimas. No me juzgo, me protejo y me cuido. No acepto la sumisión de ideas, emociones o vicios. No me ato a nada más que a la vida misma, que vivo en la más productiva autonomía. Bailo la vida, es decir, la disfruto, la agradezco, por momentos le imprimo velocidad, en otros reduzco la intensidad, pero nunca, nunca dejo de bailar”.

La segunda etopeya es de la autoría de Angélica María del Mar Rodríguez Murcia. Leamos cada una de las 15 líneas:

“Bogotana altruista, con vocación de servicio y ayuda a comunidades en situaciones desfavorables. Animalista de corazón y de acción, siempre dispuesta a brindar cariño y protección sin distingo de raza o especie; amante y defensora de la naturaleza. Seria, de temperamento fuerte y en ocasiones impulsiva e irreverente. Difícil de descifrar y poco extrovertida, malinterpretada y constantemente juzgada dentro del entorno familiar y social por mis manifestaciones de regocijo y espontaneidad. Contadas personas comprenden mi forma de pensar y proceder, debido a su cercanía y trato diario. Agradezco a Dios cada detalle y día en mi vida, porque representan motivos de reflexión y alegría. Valoro a mis padres, hermanos y escasos amigos, por eso disfruto de su apoyo y compañía. Gozo de un alto nivel cognitivo y capacidad comunicativa, características que enriquecen mi labor docente y permiten desempeñarme en otros campos de acción. Sin embargo me lleno de ansiedad al pensar en la realización de mis proyectos e ilusiones, me esfuerzo por hacer las cosas bien y generar bienestar en el ambiente de trabajo. Me disgusta la rutina, la inequidad, la mentira, la pereza. Soy responsable y optimista, amiga incondicional, hija amorosa y consentida. Mujer honesta, generosa, competente, creativa y decidida”.

El último escrito es de Alexander Zuluaga Jaramillo. He aquí otra etopeya que, como decía uno de los textos de consulta sugeridos, es “un buen ajuste de cuentas con nuestro yo íntimo”:

“Es difícil analizarme y decir con mis palabras quién soy, es más fácil hablar, describir y observar a los demás. Pero si hay algo que tengo, es mi sinceridad, seriedad, lealtad y compromiso en todo lo que hago a cualquier nivel. Seriedad entendida en términos de exigencia conmigo, no ese tipo de exigencia implacable y vertical que me convertirían en un psicorígido. De hecho, soy buen amigo y muchas veces antepongo mis intereses por encima de las necesidades de los demás. Me encanta molestar, hacer un chiste, salir con un apunte que permita que mis amigos y los que me conocen rían todo el tiempo. Tal vez, esa es una forma de ocultar mi timidez porque de hecho soy muy introvertido. Gracias a esto me relaciono con facilidad y puedo hacer amigos a donde quiera que vaya. Es esto lo que me permite conocer otras formas de pensamiento y sacar de cada individuo todo aquello que pueda aportar a mi vida y a mi formación. Sin embargo, los que me conocen y están más cerca me ven como una persona muy estricta, de mal genio y demasiado ególatra. Dicen que proyecto miedo y cara de pocos amigos. Aspectos que no logro entender, pero sé que debo examinarme, trabajar y mejorar para que personas tan importantes como mis estudiantes y los que me rodean tengan más confianza y seguridad en mí, y que yo pueda en un acto recíproco cambiar y aportar a los demás”.

Concluyo este balance del primer ejercicio del Nivelatorio subrayando dos bondades de la etopeya para estudiantes de posgrado, en el campo educativo. El primer beneficio apunta a cualificar las habilidades para describir; es decir, ampliar nuestro bagaje lingüístico, contar con un repertorio de palabras apropiadas para cada objeto, hecho o situación y, en especial, tener un conjunto de conectores a la mano para ligar esas unidades del discurso. La segunda utilidad tiene que ver con la mediación de la etopeya para el redescubrimiento de sí, con el yunque de la escritura para recomponer y dotar de significado un sujeto. Tal bondad es vertebral para los educadores porque sin ese autoexamen será muy difícil establecer una relación pedagógica consciente e intencionada con sus estudiantes.