Gracia de Sandra Bierman

«Gracia» de Sandra Bierman.

En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias define o asocia la ternura con un cartílago, «que ni es carne ni es hueso». En esa calidad o consistencia flexible, elástica casi, me parece importante concebir la ternura.

Tal característica de plasticidad es lo que le otorga a la ternura su enorme riqueza espiritual, afectiva y, por supuesto, comunicacional. Debido a esa ductilidad, a ese cimbreante ser de la ternura, es como alcanzamos cierto nivel de tolerancia, cierto talante de oscilación, cierta capacidad para el claroscuro. Gracias a la ternura aprendemos a ser menos rígidos, a ser menos «indeformables».

Sí, la ternura pone en entredicho la dureza del guerrero, la rocosa y encallecida lógica de la guerra. La ternura es como un diluyente, como un agua capaz de humedecer el desierto solitario de los espíritus belicosos. Por eso, los poetas, antiguos escribanos y defensores de la ternura, siempre han querido «traicionar al acerado ejército de los hombres» para «recuperar el peso y la rotundidad», «la blandura húmeda del mundo».

Desde luego, como escribe H. Kunz, «la ternura es a la vez un impulso, un sentimiento y una actitud». Un impulso hacia lo digno de consideración, hacia lo «indefenso»; un impulso más erótico que tanático. Un sentimiento en la medida en que es un terreno medianero entre lo sensible y lo inteligible; un sentimiento porque es un aprendizaje, una conquista de la cultura sobre la especie. Y una actitud, porque tiene que ver con lo volitivo; con el deseo, con un querer ser tierno.

No es el momento para rastrear cuándo ese impulso fue conciencia, cuándo ese sentimiento fue posible y cuándo esa actitud se hizo hábito. Señalemos tan sólo que es, a partir de la historia de la vida privada, de la historia del cuerpo humano; a partir de la microhistoria y la micropsicología, como seguramente encontraremos las raíces y el desarrollo de eso que llamamos «la ternura».

Ternura y preservación se juntan. Ternura y participación se necesitan. «Donde tú eres tierno, dices plural», escribió Roland Barthes. La ternura nos pone en relación, en comunicación y nos invita a salir de nuestro egoísmo. Quizá por la ternura es que perdonamos; y por la ternura somos fraternos; y por la ternura convivimos en sociedad. Nadie que se llama tierno puede desconocer la dimensión de la otredad; la zona del prójimo. Allí, en donde uno se pone o se siente tierno, claudican el poder, la arrogancia, los honores, el miedo, el saber autoritario. Lo tierno es, por excelencia, democrático.

Proponerse, por lo mismo, reivindicar la ternura es, sobre todo, colocar el énfasis en tres grandes instancias del hombre: el cuerpo, la sensibilidad y la imaginación. La ternura nos hace más táctiles, más sentimentales, más lúdicos; en síntesis,  más niños. Ya lo decía Milan Kundera: «la ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta (…) Es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño». Reivindicar la ternura es una utopía necesaria, entre otras cosas, para lograr que lo íntimo halle su justo lugar en esa esfera de lo público. La ternura es un intento para que las «pequeñas cosas» signifiquen tanto como los «grandes acontecimientos».

Ni qué decir de la importancia de la ternura para la vida cotidiana. No como una falsa, dulce o graciosa forma de ser, sino todo lo contrario. Como una capacidad para romper los «cascos», las «mallas» y poder colocarse, inerme, frente a los demás; una forma de ser en donde cuente más la necesidad que la suficiencia, más la entrega que la desconfianza. Recordemos que una persona tierna es alguien «entregada». Y entregarse significó primero «reintegrar»: volver a tener cuerpo, volver a formar parte de la comunidad.

(De mi libro Ser viento y no veleta. Pistas de sabiduría cotidiana, Kimpres, Bogotá, 2010, pp. 71-73).