Ilustración de Pep Montserrat para la Odisea

«Penélope», ilustración de Pep Montserrat para la Odisea.

Tenemos en nuestra piel cicatrices que de alguna forma modelan nuestro cuerpo. También estamos hechos de recuerdos: estos van delineando nuestra geografía interior.

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¿Los dioses tendrán recuerdos? No. La eternidad es el absoluto presente.

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Aunque solo sea un hecho la piedra de toque para traer a la memoria un recuerdo, una vez presente despliega ante nosotros otras adherencias del pasado. Los recuerdos vienen en alud o participan de las propiedades del contagio.

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Se vive en el presente, se recuerda el pasado. Son las cenizas y lo ya perdido las que reclaman rememoración.

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El enamorado sueña con que todos sus actos y palabras sean recordados por su pareja. De allí que los amantes participen del destino de los desdichados.

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La ciencia ficción ha explorado en la fantasía de fabricar recuerdos con el fin de inocularlos en la mente de las personas. Pero ese proyecto siempre ha fracasado: los recuerdos no vienen de fuera, sino que nacen y crecen a la par de la vida.

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Las comunidades necesitan de ciertos recuerdos colectivos que les den cohesión y sentido de pertenencia. Esos recuerdos son las leyendas.

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Algunos enamorados son más celosos de los recuerdos que de las personas. Sufren por una infidelidad de su pareja a esa memoria compartida de lo ya vivido.

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A pesar de que una tertulia puede iniciarse a partir de un tema de actualidad, necesita de puntos en común sobre un pasado para lograr mantenerse. El carburante de la conversación extensa y amena es el recuerdo.

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El amor es, en gran medida, un intercambio de recuerdos.

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Los recuerdos temen al olvido pero saben que, sin él, no podrían reconocer su valía o consistencia.

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Cuando se miran álbumes de fotografías del pasado lo que hace la mirada es descubrir, en cada caso, los recuerdos ocultos tras la imagen.

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La nostalgia es el sedentarismo de los recuerdos.

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El perdón es un heraldo del olvido. Un mensajero que nos invita a despojarnos de los recuerdos dolorosos o las afrentas recibidas.

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Los recuerdos, aunque inmateriales, se desarrollan bajo la lógica del crecimiento de un organismo. En los seres humanos corresponden al sistema evocativo.

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Aún los encarcelados o los sometidos al secuestro o la prisión de los guetos, tienen una ventana libertaria: sus recuerdos. No obstante, Dante Alighieri nos mostró que no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria.

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Los recuerdos son como sombras proyectadas por la luz de nuestras experiencias.

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Determinados recuerdos nos persiguen como un perro sabueso o un cazador experimentado. Sin saberlo, nos convertimos en presas de nuestro pasado.

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El culto a los muertos es un rito del recuerdo. Y las flores frescas que llevamos a una tumba son un símbolo de renovación de tal reminiscencia.

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No es bueno vivir solo de recuerdos, pero es imposible una existencia basada en la mera acción.

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La facultad de recordar es una de las claves de nuestra evolución como especie.

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“Recordar es vivir”, dice la gente. O puesto de otra manera, es la rememoración de lo vivido la que dota de sentido a la existencia.

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Platón: patrono y filósofo de los amantes del recuerdo.

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Cuando alguien decide escribir sus memorias lo que hace no es un inventario de su pasado, sino un ajuste de cuentas con sus recuerdos.

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El tejido que durante varios años tejió y destejió Penélope, mientras esperaba a Ulises, estaba hecho de finísimos y fuerte hilos de recuerdos.