Ilustración de Arnold Friberg para Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille

Ilustración de Arnold Friberg para «Los diez mandamientos» de Cecil B. DeMille.

                                                                                                                                                     
“Como historiador, estoy habituado a descifrar;
pero ahora debo adivinar: ésta es la diferencia
entre la aproximación racional y la luminosa”.
Ernst Jünger

 

Samuel: En estos días, por fin conseguí el manual de Historia Sagrada con ilustraciones de Doré. A propósito, ¿a ustedes les enseñaron Historia Sagrada?

Ivonne: A mí no, yo tuve una clase de religión distinta, como más abstracta.

Gloria: Yo la aprendí, pero no en el colegio, sino a través de los comentarios que hacían mis padres…

Samuel: A mí me parece que los que no tuvieron la posibilidad de aprender Historia Sagrada se perdieron de una historia numinosa, de comprender un tiempo simbólico, de acceder a otro tipo de calendario.

Ivonne: Yo no creo que la Historia Sagrada difiera de la historia profana. Ambas giran en torno a los héroes.

Augusto: Claro que hay diferencia, como también son distintos el Antiguo y el Nuevo testamento. Para mí Jesús, por ejemplo, es un hombre absolutamente histórico. El arca de Noé, la torre de Babel, los muros de Jericó son, en cambio, encarnación de un imaginario colectivo, la historia de la eternidad.

Samuel: Por supuesto. El deseo de acomodar de alguna manera el Jesús histórico al cumplimiento de una promesa, dividió las escrituras, dividió los evangelios, sin ir más lejos, en válidos y apócrifos.

Augusto: Y esta acomodación, restringió la multiplicidad de interpretaciones propias del símbolo a una lectura: la propia de un dogma.

Samuel: Supongo que este proceso de selección ha sido inherente a muchas religiones en la medida en que, queriendo renunciar a ciertas explicaciones casi mágicas, optaron por plegarse a la fe del documento, a la autoridad de ciertos textos.

Augusto: La oralidad hubiera conservado esa multiplicidad, y, lo que es más importante, hubiera permitido unos márgenes de error, de “secretas correcciones”, como diría Borges.

Samuel: Quizá por eso perdimos la memoria, quizá por eso perdimos la Historia Sagrada.

Ivonne: Sea como fuere, detrás de la Historia Sagrada existe una poderosa manipulación ideológica. Prístina alienación.

Samuel: Yo haría una diferencia entre las “alienaciones” provenientes de las ideologías y las otras, las que proceden del símbolo.

Ivonne: En últimas viene a ser igual. La Historia Sagrada, me cuentan, se aprendía de memoria como un catecismo; no admitía discusión.

Samuel: No estoy de acuerdo. Más que la doctrina, lo que pervive en mí son las grandes imágenes: la escala de Jacob, la creación del mundo, el carro de Elías.

Augusto: … la historia de la zarza ardiente. Y la figura del anciano de larga barba y un ojo dentro de un triángulo.

Gloria: Bueno, pero según lo dicho hasta ahora, la Historia Sagrada que ustedes cuentan, no se diferencia mucho de cualquier otra mitología.

Samuel: Por supuesto. Pero ese es un resultado posterior. Cuando uno compara las religiones encuentra analogías entre el árbol de bien y del mal hebreo con el árbol Yggdrasil de los germanos y el árbol-puente de algunos indígenas del Amazonas. Sin embargo, lo importante es que la Historia Sagrada plantea otra lógica. Y, al menos para mí, representa un punto de partida, un fermento para la ensoñación, para la literatura.

Augusto: Ejemplos sobran. La famosa novela de Thomas Mann, José y sus hermanos, La Divina Comedia, Cien años de soledad, y poemas y poetas… Rilke, Eliot.

Samuel: Ahí empieza una escisión entre los que tuvimos acceso a este tipo de historia y, los otros, los que no pudieron leer las Cien lecciones de Historia Sagrada.

Ivonne: No creo que sea así. Me parece que, muy por el contrario, nosotros tenemos la ventaja sobre ustedes de ver en aquellas historias, la fábula, el cuento.

Samuel: Quién sabe… A lo mejor, esa ventaja ha traído consigo la anulación de la zona del misterio.

Ivonne: No, yo prefiero la otra historia, la profana. Hombres y mujeres enfrentados a sus propias necesidades.

Samuel: Todo es un problema de mirada. Lo que es hoy es cercano y tan familiar mañana nos parece extraño por lo distante. “Todo en lo distante se vuelve poesía”, escribía Novalis.

Augusto: Además, cómo vamos a negar el papel selectivo de la historia profana. Excepcional, claro, por ser una historia de los triunfadores. En cambio, se me ocurre, la Historia Sagrada es más tribal. Si hay un individuo que se destaca es sólo como conductor, como guía. Los héroes de la Historia Sagrada están anclados en la ética, en las “mores”. En cambio, los de la historia profana responden a la ambición, al odio o la barbarie.

Ivonne: Siendo así, por qué no fomentar entonces la enseñanza de otra Historia Sagrada, más nuestra. ¿Qué tenemos que ver nosotros con una historia de pastores y de climas desérticos?

Samuel: No hay que olvidar que los símbolos aspiran a lo universal, el lenguaje del símbolo se propone ser “la palabra”. Bien podría enseñarse cualquier otra Historia Sagrada, pero no como mero ejercicio de “historia de las religiones”. La Historia Sagrada sin fe, sin apuesta vital, no deja de ser mero cuento fantástico. Fe es compromiso, responsabilidad.

Ivonne: Y ahí volvemos al punto. Hay que creer porque si no se nos vienen encima las culpas, los castigos…

Samuel: No. Hay que apostar a una ética, hay que aceptar ciertos límites, debemos sacralizar algunos lugares: establecer nuestras zonas sagradas.

Augusto: Sin lugar a dudas. Este miedo a comprometernos nos ha hecho desembocar en la falsa idea de que todo vale igual. Y aún más, nos ha llevado a no ver sagrada la vida, a no sentir como sagrada la propia casa; no hay ningún espacio tabú. A tal punto hemos desacralizado el entorno que, en ese propósito, hemos perdido la intimidad.

Gloria: ¿O sea que la Historia Sagrada le permitiría al hombre un mayor conocimiento de sí mismo?

Samuel: Sí, o como diría Georges Bataille, una verdadera “experiencia interior”.

Ivonne: Y también un espacio para el misticismo.

Samuel: Sí, y aunque parezca extraño, misticismo no es superstición sino concentración de interioridad.

Augusto: Ese era el sentido de la leyenda. Y este ejercicio sobre la propia consciencia casi siempre es una labor de iniciación, de aprendizaje de maestro a iniciado. En esa leyenda la oralidad implicaba la presencia de un maestro: en lugar de una fría enseñanza, nuestros antepasados entregaban una forma viva de comprender, de participar o negar. No sólo se transmitía un saber, sino un valor. Esto se ha perdido con nuestra devoción por lo escrito.

Gloria: Entonces, según eso, la Historia Sagrada estaría muy cercana al ejemplo, a un tipo de enseñanza, no conceptual sino vivencial.

Samuel: Evidentemente. La Historia Sagrada es una certeza de padre. Una forma de comprender, interpretar y recrear la tradición, una labor de iniciación. Palabras más, palabras menos, una manera de ser libre. Recuerdo a Alex Haley cuando decía que un hombre que no sabe de dónde viene tampoco sabe qué debe soñar.

Gloria: Entonces, bien miradas las cosas, la historia de una vida, de cada vida individual, es siempre una Historia Sagrada.

Samuel: Y, en esa medida, inalienable. Sería la Historia Sagrada que la historia profana no relata, so pena de convertirse en literatura.