Roberto Innocenti

En una de mis recientes caminatas por la Feria Internacional del libro de Bogotá, la versión 30 para más señas, descubrí un libro titulado El cuento de vida, en el que se transcribe una larga conversación que tuvo Rossana Dedola con el ilustrador italiano Roberto Innocenti. El texto ha sido editado por Kalandraka en el 2016. Porque admiro la obra de este florentino, nacido en 1940, me interesó adquirirlo y, de un tirón, lo leí en unas cuantas horas. Como bien se sabe, Roberto Innocenti es uno de los grandes artistas gráficos contemporáneos, un autodidacta que ha ilustrado textos de Charles Dickens, de Charles Perrault, o de E.T.A. Hoffmann, y que ha interpretado de una manera muy especial obras clásicas como La CenicientaLas aventuras de Pinocho o ha elaborado un mundo personal en libros ilustrados como Rosa Blanca o El último refugio. Por su exquisita propuesta gráfica Innocenti ha recibido muchas distinciones, entre otras, el premio Hans Christian Andersen en el 2008.

Luego de terminar el libro he sentido la necesidad de compartir con los lectores de este blog algunas de esas ideas que, como dice el artista, “nacen en el baldío, pero enriquecen la vida desde la indiferencia de las cajas fuertes”. Sirvo de copista, entonces, al pensamiento de Roberto Innocenti y confío que tales ideas inciten a los lectores a conocer la detallada y meditada propuesta de sus libros ilustrados:

“Por desgracia, la guerra te marca, te deja huella para toda la vida. Un niño que se ve obligado a vivir en tiempo de guerra es un niño que crece de forma muy extraña porque normalmente, en la infancia, los niños quieren hacer otras cosas: juegos, entretenimientos, soldaditos y muñecos. La guerra niega la primera infancia y yo estaba rodeado de guerra por todas partes”.

“Una flor posada como recuerdo, como señal máxima de afecto, de dolor por una pérdida, son cosas que vienen de lejos y que todos conocemos. Una flor sobre la alambrada es simbolismo en estado puro, no necesita explicaciones ni traducciones en ninguna lengua del mundo”.

“A los niños les gusta el miedo, las tinieblas, el misterio, la oscuridad, el frío…, les gusta mucho que les cuenten estas cosas, e incluso el peligro, porque tienen la expectativa de una salvación que llegará al día siguiente”.

“La peculiaridad de los libros con referencias históricas o ambientales, casi siempre clásicos, es que el ilustrador tiene que hacer de escenógrafo, diseñador de vestuario, camarógrafo, y dibujar a los actores principales prestando atención a no confundirse de época, ni siquiera en los detalles. No puedes ponerle a uno un sombrero que ya no se usa. Por eso los clásicos exigen mucho tiempo y mucho esfuerzo”.

“Cuando ves las persianas de color verde desconchado, cuando ves la puerta de la cuadra descolorida, con la argolla de hierro, o cuando ves el pavimento de piedra desgastada por el uso, cuando ves todas esas cosas es que tienes la Toscana delante”.

Las aventuras de Pinocho Roberto Innocenti

De «Las aventuras de Pinocho», obra de Roberto Innocenti.

“Últimamente me vengo preguntando por qué hice a este muñeco tan pequeño, tímido, vergonzoso, nunca en el centro como protagonista. Y entonces me doy cuenta de que yo también salí de la guerra, que me había privado de mi primera infancia de forma repentina, y también me había encontrado con la incertidumbre ante el porvenir. Probablemente mi comportamiento de entonces era semejante al de mi Pinocho: timidez, inseguridad, vergüenza, indecisión, además de ciertos miedos acumulados. Más allá del frío y de la luz de las velas, había una constante entre su situación y la mía: el hambre”.

“Al contrario que con las acuarelas tradicionales, las acrílicas no se deterioran con la luz, no temen al agua, pero exigen una paciencia infinita porque hay que extenderlas con veladuras, un trabajo lento y pesado y, por tanto, menos fresco y espontáneo que con la acuarela”.

“Y dado que ilustrar, en mi opinión, es un modo de relatar, concebir un libro original es como emprender un viaje sin seguir una ruta establecida”.

“Por mucho que los editores digan que hay que ser sencillo con los niños, he descubierto que los niños no tienen ese peso extra de tristezas, recuerdos, pensamientos, estrés…, todo eso que tenemos los adultos. Tienen la mente libre y, por tanto, abierta. Si les pones delante una cosa complicada, se divierten muchísimo desmontándola e intentando comprenderla. De modo que no es necesario simplificar. Una cosas es la simplicidad y otra la simplificación que se ha impuesto en el mundo entero”.

“Si tuviera que hacer El Cascanueces de nuevo, no sé si lo haría, porque me aburrió salvo en dos o tres escenas. Diría que el más importante, el que me convirtió en autor, fue Rosa Blanca, que ante todo rompió con un esquema: que para los niños solo se deban proponer libros con final feliz o con pretensiones educativas, pero jamás el tema de la muerte, de la guerra, de la violencia contra los indefensos, cosa que en Italia no se aceptaba”.

“A partir de una imagen se puede hacer una película, pues están todas las bases para desarrollar un relato. Lo importante es el lugar en donde se sitúa el objetivo de una imaginaria cámara, que después resulta ser el lugar en que el ilustrador sitúa la mirada del lector, como el espectador en el cine”.

“El final feliz se lo dejo amablemente a Disney. Mi propuesta es que los niños descubran en las ilustraciones la fealdad, la dejadez y la violencia y sospechen de todo cuanto consideramos normal, que les surjan dudas sobre el hecho de que todo deba ser tal como es y que la única felicidad posible sea la que nos promete la publicidad instalada en lo alto”.

“La imagen fija es la única que los niños y jóvenes, y también los adultos, observan y recuerdan, y también es la única que no molesta, que no entra en casa por medio de la televisión, la radio o la publicidad. Nos estamos acostumbrando a la ausencia de imágenes de belleza, de comunicación”.