Georgy Kurasov.

«Mujer leyendo con naranja», pintura del ruso Georgy Kurasov.

Encontré a La Lectura envolviendo regalos, en una de las librerías al norte de Bogotá. Me aceptó esta entrevista contagiada quizá por el espíritu navideño que, según ella, tanto la beneficiaba. Hacia el mediodía compartimos un capuchino en una cafetería situada en el patio interior de la librería. De manera afable contestó a mis interrogantes. Aunque sigue siendo joven, es una mujer madura; su vestuario es más clásico que moderno, usa zapatos de tacón mediano que combinan muy bien con una pañoleta de seda china. La montura de sus lentes tiene visos dorados.

—Una primera pregunta, apenas obvia por lo que estamos viendo en estos tiempos, ¿cree usted que se está leyendo menos que hace unos siglos?

—Es posible. Hay una pereza y una apatía por leer en buena parte de las nuevas generaciones que ha mermado el interés por mis servicios. Usted sabe que no soy fácil para ofrecer mis favores; quien me requiere necesita concentración, paciencia y un interés continuado.

­—¿Las nuevas tecnologías la han desplazado?

—Un poco, si se refiere a acceder a mí en el formato libro. Pero las gentes me siguen utilizando en otros medios y soportes; bien parece que aún no hay alguien que me substituya cabalmente. Pienso que estas nuevas tecnologías me han convertido en algo muy operativo, muy pragmático. Cuánto extraño a esas personas que me dedicaban su tiempo con total devoción. ¡Qué dicha era tener tantos adoradores de tiempo completo!

—¿No habrá influido la familia? Es evidente que padres y madres no leen frente a sus hijos por andar engolosinados con la televisión.

—Sí. Esa es una buena razón. Son contados los hogares en los que mi presencia sea central para la crianza o como parte de un proceso formativo. Lo común es que no logre encarnar en hábitos ni que me consideren un artículo de primera necesidad.

—¿Y la escuela?

—La escuela ha sido mi aliada, mi gran defensora, mi más querido benefactor durante siglos. ¡Qué sería de mí sin las aulas, sin el apoyo incondicional de los maestros y maestras! Yo me siento a gusto allí.  Los escenarios educativos son un lugar propicio para desplegar mis alas; son un vivero, un hábitat ideal para que echen raíces mis posibilidades, mis riquísimos frutos. Yo les debo tanto a los maestros, ellos son los que me recomiendan, los que me sacan de anaqueles claustrofóbicos o de vetustas bibliotecas. Por ellos permanezco en la memoria de los más pequeños y a pesar de la desidia de los estudiantes tengo un encuentro, así sea intermitente, con ellos.

—Noto que son las generaciones mayores las que más velan por su continuidad.

—No crea. Hay unos cuantos jóvenes que me buscan con asiduidad. La curiosidad y el placer son un buen aliciente para no abandonarme. A veces creo que mi adeptos y seguidores con seres excepcionales o no tan comunes. Más bien son espíritus sensibles, inquietos, preocupados por el sentido del mundo y de la vida. Claro, también están los que anhelan poblar su ocio de aventuras o de fantásticas situaciones para escapar de un mundo cada vez más repetitivo y desesperanzador.

—A propósito de esto, ¿qué consejos le daría usted a alguien que a pesar de intentarlo, se priva de conocer sus favores?

—Le diría que halle su “nicho” de interés, que encuentre un tema, un motivo que lo inquiete y, desde allí, que se anime a buscar un libro, una revista, un sitio en internet que esté conectado con dicha zona de su gusto. Hecho esto, que por mera curiosidad visite una librería, que se deje incitar por ese ambiente. Y que en medio de todas esas voces mudas, indague por algún texto relacionado con su tema. Que lo compre y lo lleve a su casa como una provocación. Después viene lo difícil: que lo empiece a leer y logre terminarlo. Para ello le aconsejaría que no intente llegar al final de una vez; que vaya por partes, dosificando, luchando con el sueño y con la televisión. Es más: que se desconecte de ese aparato unos minutos y los trueque por mi compañía. Le diría, además, que hable con los amigos y amigas de aquello que va encontrando durante nuestras citas silenciosas.

—Parece retadora la invitación…

—Yo ofrezco manjares que merece la pena conocerlos. Aunque pueda parecer al inicio un tanto exigente, pertenezco a las abanderadas y defensoras de que lo demasiado fácil empobrece el espíritu.

—Por qué no nos comparte algunos de sus más grandes beneficios…

Lo intentaré, aunque debo confesarle que no es fácil hablar de mí con tanta vanidad. No obstante, enumero seis de los que parecen mis mejores atributos: Primero: soy la posibilidad para que las personas vayan del pasado al futuro sin moverse de su casa. Mi piel es un infinito mar o un camino interminable. Segundo: soy un alimento para desarrollar la imaginación y, según sé, contribuyo a que la vejez no deteriore tan fácilmente el cerebro de las personas. Mis fluidos mantienen viva la red eléctrica de los cerebros humanos. Tercero: soy una compañía especial para las almas solitarias, para los amantes de la interioridad, para los que los atenaza la enfermedad o están constreñidos por muros inexpugnables. Presto mis brazos o mis ojos o mis manos para que el esclavo tenga alas, para que el solitario se sienta acompañado y para que el abandonado recupere la atención necesaria para sobrevivir. Cuarto: soy una magnífica cómplice de sentimientos, de pasiones, de proyectos y sueños. Me encanta contribuir para que los labios se junten, las promesas tomen cuerpo y los afectos hallen la palabra justa para convertirse en confesión o testimonio. Me gusta ser la celestina de los vínculos entre las personas. Quinto: soy una moneda valiosa para el diálogo entre los seres humanos. Por momentos sirvo para el trueque de asuntos cotidianos y, en otras ocasiones, soy en sí misma motivo de encuentros, charlas, tertulias y pláticas… Por eso tengo gran afecto por el vino, la bohemia, por los cafés y los sitios reservados. Sexto: soy, además, maestra silenciosa. Enseño, guío, muestro cosas y asuntos tan variados como complejos. Por mi sangre corre el deseo genuino de educar, y me llena de absoluta alegría ver cómo el ignorante se hace un poco menos rudo y el más necio adquiere para sí un poco de sabiduría.

—Escuchando todos esos beneficios, resulta extraño que haya personas que se priven de conocerla, o de apropiar esos favores.

—A lo mejor es porque no tuvieron buenos iniciadores, o porque el culto a la frivolidad de este tiempo hace que mis beneficios parezcan cosas densas o de gran esfuerzo… o quizá sea porque viven demasiado en función de la prisa, porque están tan obsesionados por la utilidad inmediata que se privan de beneficios de más larga duración.

—Y sobre esas campañas de los gobiernos para motivar a conocerla, sobre los planes estatales para fomentar su presencia, ¿qué piensa?

—En mucho ayudan. Especialmente a aquellos que por diferentes motivos han estado lejos de mis brazos. Estoy muy agradecida con esas voces  que impulsan un encuentro con mi mundo. Por supuesto, a nadie se lo puede obligar; ni ayuda mucho la imposición. Siempre he creído que mi mayor aliada es la libertad, el acto libre por escogerme sin que haya castigos u obligaciones morales. Al final de cuentas, el vínculo que ofrezco nace como una relación amorosa.

—Algunos han escrito que usted  mantiene una relación cercana con la muerte, que permite el diálogo con los ya fallecidos.

— Es cierto, gracias a mí hablan los que ya no tienen sangre en sus venas. Mis ojos son como la barca de Caronte que pone en comunión dos mundos. Y lejos de preocuparme por esta filiación con los difuntos debo decirle que me enorgullece en cada una de mis actuaciones recuperar para los vivos aquellas voces consumidas por el polvo y el olvido. Por eso creo que al desplegar mis ojos y mi memoria lo que hago es un homenaje a esas voces que merecen salvaguardar de la recordación.

—Y otros han dicho que si uno frecuenta demasiado sus favores se enloquece…

—Si por locura entienden lo que le pasó a mi devoto amigo Don Quijote, hay que decir que sí. Pero fíjese que su locura consistía en salir al mundo a resolver entuertos y luchar por los más desvalidos, en defender su amor de malandrines y en restaurar la edad de oro de la poesía. Si a eso llevan mis encantos, pues bienvenida sea la locura.

—Ha hablado de devotos, de sus adoradores excelsos, ¿qué rasgos tienen o deben tener?

—Ah, esos cómplices perfectos, que los hay, necesitan antes de cualquier cosa, visitarme todos los días. Algunos lo hacen como alondras en la mañana y otros prefieren, al igual que los búhos, visitarme durante las noches. Este es un rasgo esencial de mis adoradores: cortejarme todos los días. El otro aspecto que mis devotos admiradores poseen es una buena memoria para retener lo que mis ojos les confían. Mi amante ideal guarda mis palabras como si fueran tesoros. No sabe lo que disfruto comprobar la manera en que mis confesiones se convierten en frases memorables en la boca de mis fervorosos seguidores. Me parece que esas personas son fieles hasta el punto de volver a mí varias veces. Bueno, ese podría ser otro rasgo: disfruto enormemente que mis adoradores recorran de nuevo mi piel, que me redescubran, que repasen mi ser como si fueran caminos inexplorados. En este punto, soy una convencida de que solo los ritos dan trascendencia a las cosas que hacemos.

—No puedo dejar de preguntarle por esa otra señora admirable, La Escritura, ¿cómo son sus relaciones?

—Usted sabe que ella es una hermana para mí. Gracias a sus cuidados crecí saludable y por ella he multiplicado mis alcances. Nos vemos a cada rato, intercambiamos informaciones diversas y nos enorgullecemos de lo mucho que hemos conseguido juntas. Desde luego, ella es más seca, más silenciosa, más fría, si usted quiere, hasta que entra en diálogo conmigo; entonces, da gusto observarla en su locuacidad, en su manera de contar anécdotas, en su forma de cantarle a la vida, al mundo, al universo. Por momentos calla, hace una larga pausa, me mira expectante, y vuelve a narrarme eventos o aventuras de hace mucho tiempo. Cuando está en ese estado, me pide que la acompañe un poco más, que no deje de estar pendiente de sus ademanes y sus signos acompasados. Ella es mi hermana mayor, y la necesito como a mis propios ojos.

—Como sé que debe volver a su trabajo, déjeme terminar este diálogo haciéndole tres preguntas. La primera, ¿por qué la pintan a usted asociada con las alas?

—Tal vez porque disipo la pesadez de los espíritus. O porque yo misma soy pura imaginación. Y ahora que lo pienso mejor, me figuran alada por lo que tengo de evanescente o incorpórea; porque soy como un viento refrescante o porque mi ser está hecho de la misma materia que los ideales o los sueños.

—La segunda, que fue la que tuve la tentación de hacerle al principio: ¿por qué el libro sigue siendo su mejor carta de presentación, su heraldo irremplazable?

—Me toca usted un asunto del cual podríamos gastar muchas horas conversando. Pero, para no impacientar a los clientes que desde hace rato me miran ansiosos, le diré que los libros son una especie de medios para comunicarme; son el ropaje que mejor me sienta. Un espacio en el que respiro con facilidad y me hace desplegar toda mi energía. A veces pienso que por ellos me he hecho más cercana a hombres y mujeres, a niños y jóvenes; gracias a ellos tuve rostro y fisonomía reconocible. Los libros son mi soporte, mi sangre, mi herencia. Y aunque actualmente hay otros adalides electrónicos, me sigue gustando mucho esa forma rectangular hecha de papel y tinta. Me encanta vestirme con esas manchas, con ese atuendo artesanalmente encuadernado.

—Por qué no me regala, como cierre de esta entrevista, una frase que podamos convertir en consigna para invitar a otros a conocerla y disfrutarla.

 —No es una frase propia, sino de un pensador que fue un adorador incansable de mis goces, René Descartes: “La lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los mejores ingenios de los pasados siglos que los han compuesto”. Como ve, mi forma de ser ha sido y sigue siendo una invitación a conversar.