Gerard van Honthorst

«La adoración de los pastores» de Gerard van Honthorst.

Poner en el centro de las celebraciones navideñas la figura del nacimiento de un niño es un símbolo de exaltación a la vida. Asistimos o acompañamos, día tras día, el milagro de la natividad. La vida recobra su trascendencia y celebramos mancomunadamente la alegría de acudir a tal evento. Más allá de creer o no en esta conmemoración de la religión católica, resulta significativo poner de nuevo nuestra atención sobre el sentido y la relevancia de la vida humana.

Llegar a la vida es un acto, en sí mismo, maravilloso. La conjugación de los imperativos de la biología y la complicidad entre dos seres permite que entremos al mundo. Y aunque no pedimos o determinamos cómo hacerlo, una vez ya logramos estar en este universo, nos aferramos a él con todas nuestras fuerzas. Participar de la vida, de su desarrollo, del ciclo que nos hace niños, adultos y luego viejos, es un viaje que nunca pierde su fascinación. A pesar de las vicisitudes y los problemas, de las angustias y las reiteradas luchas por la existencia, la experiencia de vivir o haber vivido largo tiempo, es un acontecimiento digno de recordación y de agradecimiento. La vida es un don, un regalo de las estrellas, una odisea de permanentes descubrimientos. 

Por ser algo espléndido y excepcional, por darse de manera única e irrepetible en cada uno de nosotros, merece todo nuestro cuidado. Cuidar la vida es atender nuestra salud, ser preventivos y no meramente curativos; cuidar la vida es tener una vigilancia sobre nuestros apetitos y nuestros pasiones; cuidar la vida es también saber elegir nuestras relaciones y el modo como atendemos o satisfacemos nuestros afectos y nuestros sentimientos. No sobra repetir esto: el cuidado de la vida empieza con el cuidado de sí mismo. Pero no es solo un asunto del cuerpo, de igual modo tenemos que cuidar nuestra alma, nuestros valores, nuestra ética. Si nos cuidamos es porque tenemos, como lo pedía el sabio Sócrates, un continuo examen sobre nosotros mismos; porque no vivimos en función de la inmediatez de nuestras pulsiones, sino guiados por la reflexión y la prudencia.

Y ese cuidado de la vida conlleva, aún con mayor responsabilidad, al cuidado del otro, del prójimo. Si valoramos la vida propia, si la tenemos en alta estima, con mayor razón deberemos vigilar para que la vida del semejante sea siempre digna, respetable. Cuidar al otro es ofrecerle siempre un trato amable, deferente, nunca grosero; cuidarlo es empezar por escuchar sus razones y comprender sus diferencias. La vida de los demás nos demanda reverencia y freno a nuestros caprichos. Porque cuidamos a los otros es que observamos y cumplimos las normas y los acuerdos sociales, aprendemos a ser mejores ciudadanos y nos hacemos más tolerantes, más solidarios. El cuidado de los otros es, en últimas, un compromiso con la no agresión, con la no violencia.

De otra parte, la vida trae consigo una cuota de responsabilidad. Si bien es cierto que bastaría con degustarla de cualquier manera, a la topa tolondra de las circunstancias, la vida exige que le demos una dirección, que la convirtamos en un proyecto. Eso es lo que dota de sentido a la sobrevivencia. ¿Qué deseamos hacer con nuestra vida?, ¿hacia dónde queremos conducirla?, ¿cuál es la razón fundamental que inspira nuestras acciones? Para responder a esos interrogantes es necesario elegir un norte en nuestra existencia: a veces, esa estrella polar está en los hijos, en una causa noble, o en un motivo personalísimo. La vida, así iluminada e imantada, halla un camino orientador y colmado de importancia. Vivimos por algo, para algo; dejamos de subsistir y nos volvemos protagonistas de nuestra historia.

Precisamente, porque la vida adquiere un significado mayor al de la subsistencia es que no vale la pena empobrecerla con el pesimismo amargo o el desánimo desesperanzador. Siempre habrá más motivos para celebrar la vida que para maldecirla: tener una familia, ser amado por alguien, poder disfrutar el renacer de un nuevo día, ocuparnos en un oficio, caminar o conversar con los amigos, compartir un alimento, atrevernos a empezar una aventura… El optimismo hacia la existencia, hacia sus posibilidades y sus revelaciones inéditas, continúa siendo la mejor prueba de que la vida es más poderosa que la muerte. Velar para que la vida conserve su feliz irradiación es una de las tareas cotidianas que cada ser humano tiene sobre sí mismo y debe proteger especialmente en los demás.