Manos rezando

«Manos rezando» de Alberto Durero.

Dice el adagio que la fe mueve montañas y que sin fe muchas cosas negativas no logran tener solución. También se afirma que la fe genuina presupone el fervor y que la fe ardiente y entusiasta convoca al milagro. Pero sin entrar a complejas divagaciones teológicas, lo que resulta significativo en el contexto de la fiesta de la natividad es reflexionar sobre el sentido y los alcances de la fe, es permitirnos el autoexamen y sopesar qué tanta fuerza real tienen nuestras creencias religiosas y de qué modo contribuyen a cualificar nuestro ser y el convivir con nuestros congéneres.

La fe, como se sabe, es una actitud vital acorde a unas creencias, que se convierte en garantía para actuar de una especial manera y relacionarse con los demás. Ese convencimiento íntimo se evidencia en la práctica de unos valores, en la convicción de seguir unas virtudes o en la devoción por determinadas divinidades trascendentes. A pesar de ser una manera individual de convencimiento es, de igual modo, un signo de participación social. La fe regula, direcciona, da soporte, busca la asociación, afianza sentimientos profundos.

La fe, en sentido estricto, es la adhesión inequívoca hacia una religión. Profesar esa fe es compartir un conjunto de creencias y dar testimonio de las mismas. No es un asunto solo de ideas metafísicas, sino especialmente de acciones y relaciones vivas. Se profesa una fe cuando hay concordancia entre lo que se cree y como se actúa, entre el escenario de la oración y la beatitud y ese otro que acaece con nuestra pareja, en el hogar, en el vecindario. Si algo pide la fe es coherencia en nuestra vida; si algo exige es atestiguamiento, pruebas de que aquello en lo que creemos puede certificarse con nuestro proceder cotidiano. La fe nos compromete, nos implica, nos suscribe a un orden moral y, en muchos casos, a abrazar y defender un tipo de ética.

En otra perspectiva, menos sagrada, la fe también es una extraordinaria forma de confianza en uno mismo, de certeza íntima en alcanzar una meta, lograr atravesar una situación adversa o ir más allá de los propios límites. La fe, así entendida, es un refuerzo a la voluntad, un vigoroso estímulo para la acción y la continuidad en los propósitos. Sin esa fe renunciaríamos al primer escollo que apareciera cuando llevamos a cabo un proyecto; sin fe fácilmente sucumbiríamos al veredicto desesperanzador de una enfermedad; sin fe nos conformaríamos con la suerte o con las condiciones que a bien tuvo darnos la naturaleza. La fe hace que nos atrevamos a vencer muchos temores, a no desistir de una posible curación, a sobreponernos del infortunio, a intentar vencer nuestras restricciones o dificultades físicas.

No obstante la importancia de tener una fe incitante y reguladora, deberíamos tener cuidado para que ella no se vuelva motivo de conflicto con las otras personas. La fe madura no quiere ser fanática; la fe adulta es incluyente. Y menos aún, convertirse en un sectarismo acusador. Entender la diversidad de creencias es un mandato de la sana convivencia y de una ciudadanía saludable. No podemos, por la piedad exaltada o la idolatría apasionada, ir a todas partes pregonando la equivocación de los demás, denunciando y tachando el pecado ajeno y considerándonos en la única vía de salvación. Una fe prudente riñe con la intolerancia y la intransigencia. Cuando la fe alcanza su mayor nivel de desarrollo moral deja de ser una lucha de supremacía por convertir al descreído y se convierte en un motivo para el diálogo ecuménico y la solidaridad fraterna.

En todo caso, la fe es muy importante para mantener equilibradas las fuerzas de nuestro espíritu o nuestro psiquismo. Cuánto le deben los enfermos desahuciados y los marginales empobrecidos a la fe; cuánto los solitarios y proscritos en una cárcel; cuánto los que están atribulados por las dificultades y los problemas enloquecedores. Es mediante la fe como los seres humanos recuperan la esperanza, es con fe que se vuelve a sembrar la semilla en la aridez de la existencia, y es con la ayuda de la fe como se soporta la vejez y se hace más llevadero el tránsito hacia la muerte. Por lo tanto, no es un asunto banal el tener o no tener esa convicción suprema, esa certeza en nuestro corazón.