George Holz

«Mujer, jardín de agave, tequila, México», fotografía de George Holz, 1996.

“Con cuidado, con mucho cuidado”, advirtió la espina a la belleza. Pero ella, confiada en su hermosura, continuó caminando entre el cultivo de ramas amenazantes. La espina trató, por todos los medios, de evitar herirle sus brazos o sus piernas. Con sus fuerzas naturales, apartó una de sus agudas hojas para no tocar el vientre de la bella. Tuvo que luchar contra su propia constitución para no pinchar las rodillas de la hermosa que parecía ignorar el campo de púas a lado y lado de su cuerpo. La bella se amparaba en su pudor resplandeciente y en sus formas inmaculadas. “Permiso”, parecía musitar, como haciendo hablar a sus pies en lugar de su boca. “Disculpe”, volvió a susurrar, mientras apartaba con sus manos las puntas espinosas. Pero aquellas palabras parecían más el lenguaje del viento que, al contacto con su largo cabello, se volvía una cascada oscura de fascinación. La espina quiso ser enredadera, bejuco prensil para detener a la belleza. Después de apreciarla venir de frente, de maravillarse con el cuerpo, con los soberbios pechos y las recónditas sombras de esa figura, quiso retener para siempre aquella estampa; pero las huellas de un nuevo paso le advirtió que la belleza seguía de largo su camino. La espina la contempló entonces de espalda, se extasió con sus caderas y sus muslos interminables, y no supo si en ese momento debía echar mano de los pinchazos contenidos para que ella, la belleza transeúnte, se detuviera. “Mírame”, gritó la espina. “Aquí, aquí”, exclamó con sus ojos verdes y gelatinosos. No obstante aquel llamado, la belleza siguió de largo, ensimismada en sus pisadas de ángel, en su recorrido libre y silencioso. La espina pensó que la hermosura suprema es sorda, que no puede escuchar la voz de los que sufren por su cuerpo asesino, y que el único sentido apto para llegar a ella es la vista. Porque el tacto, el tacto que parece lo más inmediato, resultaría una agresión, una incisión feísima en tan esplendoroso paisaje de piel. “Adiós”, gritó la espina, al ver que la belleza se alejaba de sus dominios. “Cuídate”, volvió a exclamar. Pero no hubo respuesta. La hermosura ya estaba llegando al final del cultivo, a los límites de ese jardín de aguijones. El viento, que había sido testigo de aquel drama, se encargó de recordarle a la espina la aparición de esa belleza fugaz. Y al soplar en vaivén sobre la espina, al hacerla temblar con su fuerza invisible, le daba la alegría de rememorar la figura de esa diosa, pero, a la vez, el sufrimiento de tener clavado su recuerdo punzándole permanentemente el corazón.