Simone Weil

Simone Weil: «La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración».

«No hay arma más eficaz que la atención».

Simone Weil

Si uno está atento la vida le ofrece más beneficios y las personas mayores decepciones. Si uno está atento descubre la riqueza de las pequeñas cosas y los engaños a los que ciertas personas nos someten. Si uno está atento disfruta de lo que la vida le da como regalo y descubre también cuándo debe desaparecer o distanciarse de determinados individuos. Si uno está atento tiene más conciencia de sus cambios y puede adivinar las transformaciones ajenas.

La atención es un acto de nuestra voluntad para dirigir los sentidos hacia un lugar específico. La atención enfoca, determina, ubica, pone un marco a lo indeterminado o genérico. Ese recorte permite fijarse en los detalles, en un recuadro de la realidad o de las prácticas de las gentes. La atención, además, posibilita apreciar cómo son afectados los seres o las cosas por el pasar del tiempo: si uno está atento, verá las sutilezas de la descomposición, la herrumbre o el moho; si uno está atento, podrá apreciar las finísimas fisuras en un afecto o las imperceptibles marcas que dejan las pasiones en el temperamento de un ser humano. La atención nos torna alertas de los demás y del entorno; la atención nos dilata las pupilas del entendimiento y nos agudiza el tacto o la escucha. Si uno está atento huele más, saborea con más intensidad, percibe el universo de otra manera. El que está atento se percata de las reiteraciones y las diferencias, devela aspectos de asuntos que todos consideran como ya sabidos. La atención es un lente de aumento, un filtro, una luz especial que proyectamos según nuestro interés y que ilumina con gran claridad la zona de sombra o de penumbra que cubre como un halo a las personas y las cosas.

Desde luego, podemos fijar la atención en algo exterior, pero, también, dirigirla hacia nuestra propia interioridad. Si somos capaces de enfocar la atención hacia nuestros miedos o nuestras miserias, si logramos apreciar bien los tics de nuestro discurso habitual o las costumbres con las que poblamos nuestra cotidianidad, seguramente se nos irá revelando la fauna y la flora abisal que nos constituye. Obvio: al poner toda la atención lograremos reconocer esos otros habitantes que, como inquilinos, han estado con nosotros los mismos años que tenemos; o lograremos darnos cuenta de lo que aún nos intranquiliza o de aquello que todavía nos desestabiliza. Así que la atención es un arma poderosa para hacer incisiones en nuestra identidad pero, de igual modo, es un arma de defensa ante los demás. Es evidente: del mismo modo que enfilamos las armas de la atención hacía sí, podríamos fijar la diana en quienes nos rodean o en esos otros con los que trabajamos o tenemos determinado vínculo afectivo, comercial o de otra índole. La atención es un arma poderosa porque no nos deja al garete las peripecias de nuestra historia y, a la vez, permite crear un campo de fuerzas para evitar el odio o las manifestaciones envenenadas de aquellos que nos envidian o nos odian.

Simone Weil consideraba que la atención era la médula de la oración y la meditación, porque el que logra reconducir su atención, concentrarse de tal forma que alcance el éxtasis o el arrobamiento de sus sentidos, conseguirá otro rango de percepción, otra mirada sobre sí mismo y el universo. Los mayores niveles de atención abren vías para la trascendencia del ser y dejan abiertas ventanas para apreciar realidades inmateriales o sutiles. La atención suprema, de la que hablan ciertos místicos o iluminados, transmuta el ver físico en un mirar apto para la contemplación metafísica, la clarividencia intuitiva y la admiración simbólica.