Alegoria Prudencia

«Alegoría de la Prudencia», de Girolamo Macchietti.

El sol

El sol asombra con su persistencia caliente y destellante. El sol no se cansa de anunciar la vida y de regalarla a borbotones de luz. El sol impregna a la desidia y a la abulia de un dinamismo tal que las lanza sin demoras al trabajo, a la odisea cotidiana, a la búsqueda de las utopías más descabelladas. El sol irrumpe, se cuela entre las hendijas, abre todas las ventanas, invita a cantar a los gallos y arroja a los aires infinidad de pájaros. Al decir sol decimos alborada, renacimiento, resurrección, nuevo amanecer. El sol escribe con el fuego; su punzón caliente pinta en los rostros y en los cuerpos humanos manchas de experiencia o de caminos recorridos. El sol es continuo, incansable en su fulgor, no cesa en su empeño de hacer brotar la vida en todas partes. Ese parece ser su destino desde tiempo inmemoriales. Aunque hay que decir también que, en ciertas ocasiones, en su afán por inculcar en la tierra su calor, el sol termina cuarteando y haciendo polvo lo mismo que desea estimular. El sol abre sus brazos para todas partes; no hay en él preferencias ni discriminaciones. El sol es a veces tapado por las nubes; pero no debemos engañarnos: al tener al frente un toldo gris opaco no hace que el sol desista de su empeño luminoso; el anhelo de vida persiste sobre pasajeras nebulosas. No hay oscuridad ni obstáculos suficientes para tapar el deseo de germinar, el impulso de florecer, la epifanía de los hombres y la naturaleza. El sol sabe esto, y de allí proviene su tranquila forma de presentarse, su permanente manera de saludar a todo el universo. Los rayos emitidos por el sol obligan a que los seres humanos no puedan mantener directamente su fulgor; ante la suma grandeza de dar sin miramientos, hay que bajar la cabeza. Por eso al sol lo adoran como un dios, por eso se le consagraban templos y ofrendas. Porque los pueblos de la antigüedad, y aún algunos de hoy, entreveían en el calor del sol el misterio que gesta y mantiene la vida. Es del sol conservar su postura a pesar de los cambios de quienes están a su alrededor; así hayan giros o traslaciones de sus mismos protegidos, el sol no cambia ni su intensidad, ni su abrazo de amarillentos contornos. El sol está ahí, esa parece ser su consigna, ese su lema predilecto. El sol sabe, como toda estrella, que en algún tiempo su pecho incandescente explotará hasta disolverse en el cosmos, que es infinito y silencioso. Pero este destino no logra modificar su tenaz manera de ser dadivoso y pródigo con todos los que favorece de sus calurosos beneficios. Más bien el sol confía en que su labor es mostrar la permanencia del don sobre los intereses y los ardides de las contraprestaciones. Aún extinto el sol confía en que su luz seguirá circulando en el espíritu de los sobrevivientes. El sol, en su ofrecimiento gratuito, nos garantiza a los seres humanos ser parte de la eternidad.

El camino

El camino se abre a nuestra mirada como la evidencia de un horizonte. El camino es, en sí mismo, una constatación de lo interminable. El camino nos muestra con sus meandros que para llegar a un objetivo hay que entender y aceptar los desvíos, los recovecos, las ramificaciones. El camino es un continuo bifurcarse, un itinerario de alternativas. Quien está en el camino entiende que su voluntad se pone a prueba de manera permanente. El camino nos exige el uso de la libertad, nos adiestra en la toma de decisiones. Por eso al estar de  camino experimentamos la alegría de lo ilimitado y la incertidumbre de lo porvenir; porque la libertad tiene mucho de goce al mismo tiempo que de riesgo. Quien camina forja su carácter para enfrentar la contingencia. El camino vincula, pone en comunión dos referentes, dos espacios, dos historias. Es del camino entrelazar, crear redes, abrazar lo que parece imposible de encontrarse. Todo camino prefigura el abrazo, el beso, la alegría del retorno pero, a la vez, el llanto por la partida, el éxodo, la premonición del olvido y el abandono. El camino está ahí para calmar nuestra ansia de aventura, para jalonarnos el sedentarismo del alma o para seducir al estatismo de nuestra mente. Y al estar en camino, al poner los pies en aquella sinuosa ruta, descubrimos que cada paso es ya una forma de apropiarnos del infinito, que una mínima zancada basta para que lo imposible resulte menos altanero en su lejanía. Al estar en el camino, al ponernos en marcha, convertimos un proyecto remoto en cortas metas alcanzables. El camino es una escuela de aproximación confiable a la utopía, una cartilla que aprendemos principalmente a deletrear con nuestros pies.

El árbol

El árbol nos recuerda la permanencia, la tenacidad y la altiva dignidad frente a las inclemencias del entorno. El árbol sube hacia el sol; a pesar de los obstáculos no pierde su propósito ni se desorienta. El árbol es fiel a sus orígenes, a su memoria vegetal que antecede la de los hombres. El árbol muestra fuerza, constancia, tenacidad y certidumbre; pero también protección, cobijo, compañía solidaria. El árbol protege, ampara, es un verde hospicio para el vagabundo o el menesteroso. El árbol ofrece sus ramas como brazos, su hojarasca como techo, su tronco como sostén ante lo inestable. El árbol es un ejemplo de nuestro destino erguido, pero de igual modo de la necesidad de mantener una relación armónica entre nuestros orígenes y nuestros sueños. El árbol vincula la tierra con el cielo; hace las veces de puente entre lo más duro y lo más leve; entre lo que se afianza y aquello otro que necesita liberarse de toda sujeción. El árbol nos educa en esto de echar raíces fuertes para lograr enfrentar los vientos adversos; de beber en el humus de los que nos anteceden para así lograr remontar el vasto paisaje de las nubes. El árbol con su mansedumbre nos precede y nos acoge. Está ahí para decirnos que, a pesar de toda nuestra inventiva o nuestro orgulloso dominio, seguimos siendo parte de la naturaleza. Es decir, que continuamos dependiendo de lo mismo que encarnizadamente destruimos. El árbol majestuoso e impasible es una lección silenciosa de genuina humildad.

El desierto

El desierto nos muestra lo inmenso y, para hacerlo más profundo, lo suma a la seca vastedad. El desierto se jacta de ser semejante hasta donde la vista quiera apreciarlo; su orgullo es ser inmensamente parecido. Sólo acepta la mano invisible del viento que mueve sus formas, pero sin cambiar su esencia. El desierto obliga a los hombres a la diáspora, al éxodo; todo el que trate de habitarlo debe asumir la condición de nómada. El desierto es la prueba de los que anhelan permanencia, de los espíritus fácilmente acomodados o seguros de sí. El desierto enfrenta al ser humano con su sed más íntima, con sus anhelos más preciados. Por eso también el desierto es un lugar de prueba, un sitio en el que el carácter y la voluntad se tensan o se rompen. El desierto obliga a tener un trato directo con el sol; no hay forma de eludir aquellos rayos. El desierto muestra lo difícil que es permanecer mirando la misma estrella, el mismo sueño. No hay sombra cuando se está en el desierto, no hay escapatoria, no hay salida. Si uno está en el desierto, no cuenta sino con sus pensamientos y sus propios recursos. El desierto ha sido un espacio para que los anacoretas o los profetas se confronten. Quien sortea el desierto puede asumir su destino, su misión, su sentido vital. Porque el desierto es, en sí mismo, un lugar para analizarse, para reconocerse, para aquilatar la ilusión y asumir la finitud o los límites. Esa parece ser la paradoja del desierto: siendo un ejemplo de inmensidad, hace evidente nuestras limitaciones. Quien pasa el desierto, y hay relatos y figuras memorables para corroborarlo, puede liberarse a sí mismo y manumitir a otros; quien sale airoso de las arenas del desierto entiende desde el fondo de su corazón que lo importante en la vida es asumir a fondo un proyecto, una utopía, un ideal. Que sin ese horizonte, no seríamos muy diferentes a las bestias. El desierto es un paisaje que nos invita a sentirnos como dioses.