Ilustración de Martina Peluso

Ilustración de Martina Peluso.

Tengo vivo en mi memoria el recuerdo de aquella navidad. Vivíamos en La Laguna, por aquel entonces, en una casa grande de techo alto y protegida por árboles de naranjos, mandarinos, anones, totumos, papayos e innumerables matas de café. Eran los años 60 y yo debía tener unos cinco años. Mi padre se dedicaba a la agricultura y mi madre a las múltiples tareas del hogar. En ese ambiente, cansado de jugar con mis dos perros y una gata, “La chillona”, yo debía atender varios oficios como traer de una quebrada agua para llenar una alberca enorme situada justo entre la cocina y la casa dormitorio, buscar garranchos para encender el fogón en las mañanas, llevarle el fiambre del almuerzo a mi papá en Caracolí, cuidar el café que él dejaba para secar extendido en costales en el patio de cemento y ayudar a subir por la tarde los pollos y las aves al gallinero. Así transcurrían mis días de niño en aquella casona que había sido de la abuela Clara y, en esos años, era sostenida y mantenida impecable por las manos y el cuidado de mi madre.

Yo sabía que las fiestas navideñas empezaban con la quema de la hoguera que hacíamos el siete de diciembre, por la noche. Durante todo el día me ocupaba en arrumar pequeños palos secos, hojas de plátano caídas, hojarasca de árboles de aguacate, guamos, yarumos, chamizos de diferente tamaño, palmichas, bejucos y abundantes cortezas de guácimo. De igual modo cargaba cantidad de astillas que encontraba en el sitio donde se cortaba la leña. Me parece ver la pila de madera, puesta en un claro, entre el camino y la entrada de la casa, a la cual se le agregaban canastos viejos y boñiga de vaca, cuando los mosquitos se tornaban insoportables.

Agotado de tanto ir y venir por el entorno verdoso de la casa, o de aventurarme más lejos hasta los límites con los potreros de Los Guzmanes o la casa de Don Higinio o la de la familia Cruz, esperaba que llegara mi papá de trabajar. Me trepaba en un anón y, desde allí, como un vigía de sombras del ocaso, aguardaba ansioso su retorno. Cuando ya lo veía venir me bajaba del árbol y con «Tolismán” y “Canelo” íbamos presurosos a encontrarlo. Él me recibía con una sonrisa, me preguntaba qué había hecho durante el día y así, conversando, llegábamos a la casa, como si yo también fuera un jornalero de los que labraban la tierra de Capira. Mi padre iba hasta la cocina, le daba un beso a mi mamá y se sentaba en una banqueta a tomarse una totumada de limonada fresca.

Después de comer, yo seguía ilusionado con la quema. Mi padre, primero hacía con sus manos un pequeño hueco en la base de la pirámide de palos y hojas secas y, luego, volvía a la cocina en búsqueda de una pequeña esperma, la prendía en el fogón  y retornaba a donde estábamos trayendo la diminuta vela en una mano, protegiéndola con la otra. La noche ya cubría todos los rincones de la vereda, esto hacía que la figura de mi padre se destacara más; parecía una larga sombra transportando una trémula luz. Mi papá se arrodillaba frente a la pira y ponía la espermita en el pequeño nicho que había preparado. Enseguida cubría con cuidado esa chispa con ramas delgadas, hojarasca y cortezas envejecidas. Apenas la luz alcanzaba las primeras hojas y los líquenes secos, en el momento en que las astillas de madera comenzaban su crepitar con un sonido maravilloso, el grupo lanzaba un grito de celebración. Alrededor de la hoguera estaba toda mi pequeña familia y dos trabajadores que, por esas fechas, acompañaban a mi padre en las faenas de labranza. El círculo se iba apartando a medida que crecía el fuego. A mí me daba una gran alegría ver cómo las llamas cobraban más y más fuerza hasta el punto de producir un resplandor que alumbraba la casa, la arboleda, los caminos, el guadual lejano. El humo, las chispas, el totear de la madera, subía a los cielos, acallando los grillos, los búhos y las ranas.

Pasados unos minutos, los que estaban de pie, iban a sentarse en el andén de la casa para seguir contemplando la hoguera. Yo me quedaba dando saltos alrededor de las llamas.

—Deje de jugar con la candela, porque si no, esta noche se orina en la cama —decía mi mamá.

Pero yo hacía caso omiso a su advertencia y proseguía con mi baile, brincando en derredor o saltando cerca al fuego. Los perros me secundaban, pero a prudente distancia, como si ellos sí atendieran la prohibición señalada por mi madre.

A medida que el fuego perdía fuerza yo traía más chamizos y hojas secas de plátano que había dejado apiladas en una de las esquinas del patio. Mi idea era no permitir que el fuego se extinguiera, mantenerlo tan potente en su fulgor cuanto más pudiese. Así iban pasando los minutos. Mi madre había traído tinto para todos los asistentes a esta costumbre decembrina. Aunque no éramos solo nosotros los que hacíamos la quema, de igual modo se prendía en todas las otras casas de la región, en El Cerro, en El Prado y en Lomalarga. Daba gusto ver relucir entre las montañas esos pequeños fuegos titilantes. Parecía que el cielo se hubiera bajado a la tierra y cada hoguera se asemejara a estrellas cercanas a nuestras manos.

Desde esa noche yo empezaba a añorar los regalos del niño Dios. Se me hacían muy largos los días de espera, a pesar de todos los mandados que se multiplicaban durante esas semanas: ir por la leche bien temprano donde mi tío Cristóbal, abajo de la carretera; llevar unos envueltos a donde don Ignacio; traer de donde mi abuela Hermelinda una mantecada que asaba en un horno de barro; ir donde la señora Inés, la modista, por unos vestidos… Durante esas correrías mi mente de niño se extasiaba con camiones y volquetas, con balones y pistolas niqueladas, con juguetes de todo tipo. Estaba como poseído por esa presencia que, según me habían dicho mis padres, entraba el 24 de diciembre por una pequeña ventana que quedaba justo en la habitación donde dormía. Yo me imaginaba que el niño Dios era como un ángel que venía desde el cielo a poner en la cabecera de la cama los regalos que mi corazón había soñado. Tal era mi anhelo, y por eso no paraba de hablar sobre mis deseos, especialmente a mi mamá, quien me escuchaba en silencio mientras preparaba el desayuno o terminaba de lavar la loza, después de que mi padre y los jornaleros terminaban de cenar.

—Mijo, era como una tarabita —comenta, mi madre, al recordar esas épocas.

Por eso en aquella navidad, tal vez estimulado por la curiosidad innata de esos años, decidí conocer al niño Dios. Me propuse, como fuera, no quedarme dormido para verlo entrar por la ventana y reconocer su rostro o su atuendo celestial. Lo que pensé e hice empezó desde temprano de ese veinticuatro de diciembre. Me porte más juicioso que de costumbre, hice todos los oficios que me encomendaron ese día: recogí los mangos caídos, le di de comer maíz a las gallinas, le piqué yuca a los marranos y, por primera vez, casi que ni jugué con los perros. A escondidas guardé una esperma de las que mi mamá tenía en la cocina con unos fósforos. Mi madre no sospechó nada o poco me dijo, ocupada como estaba preparando unos tamales para el otro día. Mi papá ese sábado había salido muy temprano para el pueblo de San Juan, a traer, como era su costumbre el mercado, el pan y la carne para la semana. Cuando mi padre volvió yo iba de camino a la tienda de El Piñal, porque mi mamá me había pedido ir por una caja de maizena para elaborar una natilla. Así que cuando regresé a toda carrera de hacer el mandado, ya estaba mi papá abriendo las talegas, sacando y extendiendo sobre la mesa cebollas y tomates, zanahorias y panelas, chocolate, fideos y paquetes de arroz, de frijol y lentejas. Daba gusto ver sobre la mesa del comedor el arrume de alimentos y encima de unas hojas de bijao las libras de carne, de costilla de res y varios pedazos de tocino. Mi padre me saludó, me sentó sobre sus piernas, y con gran suspenso sacó  de una bolsa de papel un bizcocho “liberal” para entregármelo con una sonrisa cómplice. En medio de ese alborozo, almorzamos un sancocho. Mi padre contó que San Juan estaba lleno de festones y que la música en las cantinas y el ruido de los voladores no paraba se sonar. Como a eso de las seis de la tarde, después de comer arepa de maíz pelado con carne de cerdo frita, mis padres continuaban conversando sobre las últimas noticias sabidas en el pueblo. Una luna llena y esplendorosa le daba al paisaje un color plateado.

Al paso que transcurrían las horas mi corazón sentía a la vez emoción y expectativa. Por eso, al irnos a acostar, como a las ocho, supuse que sería poco el tiempo para ver llegar al niño Dios. Mi madre me acompañó hasta mi cama, me dio un beso y las buenas noches. Cuando ya presumí que mis padres estaban dormidos, con sigilo le quité el puntillón a la ventana y la dejé abierta, previendo que por ahí llegaría el ángel con los regalos. La luz de la luna iluminó la sábana y parte del cuarto. Aproveché esa luz para buscar debajo de la cama la esperma y los fósforos. Los puse al lado, casi al pie de mis zapatos, para tenerlos cerca cuando apareciera el niño alado. Afuera se escuchaba el croar de las ranas y el ladrido de perros de los vecinos. Desde la casa se podía oír también el ruido de la pólvora que, en esas montañas, resonaba más fuerte que en otros lugares. De medio lado, observando la noche por ese pequeño espacio, hubo un momento en que sentí miedo, pues por ahí podía entrarse el Pollo de viento, ese espíritu errante que se lleva a los niños; entonces, mentalmente recordé la oración del ángel de la guarda y la repetí varias veces:

Ángel de mi guarda,

mi dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día,

hasta que me pongas en paz y alegría

con todos los santos, Jesús y María.

Pasaban los minutos y nada que se aparecía el niño Dios. Mi voluntad luchaba con el sueño. Luego de un tiempo escuché como una música de tiple, de muchos tiples juntos que parecían venir bajando de El Piñal o iban de paso por el camino real, como si fuera una romería de músicos que animaran alguna fiesta. No sé si lo soñé, pues yo creo que aún mantenía los ojos abiertos, pero me pareció que la luz de una linterna iluminaba la ventana. A lo mejor el niño Dios no venía solo, o venía con ángeles que cantaban y tocaban música, no sé, pero estoy seguro de que una luz entraba a mi habitación. Después, lo que oí fue el canto de los gallos y el cacarear de las gallinas. El sol me despertó. Algo sobresaltado miré alrededor: en lugar de la esperma y los fósforos había un camión brillante, con un aluminio enceguecedor. ¡Ahí estaba el ansiado regalo! Era un camión idéntico al de mi tío Israel, en el que llevaba las cargas de piña hasta Corabastos, en Bogotá. Tenía carrocería de madera y una cabina de color rojo encendido. ¡Era igualito! Mi sorpresa y alegría contrastaban con mi derrota. El niño Dios había entrado en mi cuarto y a pesar de mis esfuerzos de esa noche no pude verlo.

Cuando salí con mi camión a exhibirlo en la casa, mis padres me recibieron con un gran abrazo.

—¡Uy!, ¿Y ese camión tan bonito?

—Me lo trajo el niño Dios —les respondí orgulloso—. Empezando a tirarlo de la piola, rumbo a traer mi primer viaje de piedras de la quebrada.