Pintura de Sandra Bierman.

Manuel, que estaba sufriendo esos días de una pérdida de masa muscular en sus nalgas y piernas, salió hacia las nueve a su caminata de la mañana. Fue primero hasta un cajero que quedaba a unas seis cuadras de su casa y retiró algún dinero para pagar la cuota mensual de su salud prepagada. Volvió a bajar hasta su residencia, pero antes prefirió ir a buscar unos pandeyucas en un local atendido por una familia boyacense.

Apenas desembocó en una de las carreras principales y pasó la avenida, notó que una mujer estaba ayudando a bajar de un taxi a una anciana. El conductor, sentado, miraba a las dos mujeres sin inmutarse.

—¿Las ayudo? —preguntó el hombre canoso.

—Gracias —respondió la mujer más joven de las dos.

Manuel tomó el brazo izquierdo de la anciana mientras la otra mujer trataba de levantarla, agarrándola del brazo derecho.

—Me duele— musitó la anciana, apenas Manuel hizo un poco de fuerza para impulsarla a salir del taxi y ponerse de pie.

—¡Vamos, mamá! —dijo la mujer de pelo castaño, mirando a Manuel con ojos de agradecimiento.

El taxista seguía la escena, impasible, igual que si estuviera mirando un programa aburrido de televisión.

Después de unos minutos, entre los ayes de la anciana y las voces de aliento de la hija, la señora de pelo blanco logró descender del automóvil y ponerse de pie.

Manuel le ofrecía un brazo de apoyo a la anciana y con el otro le sostenía levemente la cintura.

—Muchas gracias, —le expresó la mujer al taxista quien, indiferente, cerró la puerta y pronto desapareció.

La anciana se quedó de pie, inmóvil, soportada por Manuel y la mujer adulta.

—¿Hacia dónde?

—Aquí, al frente —respondió la mujer más joven, señalando con su cabeza un local de venta de implementos ortopédicos.

El desplazamiento de la orilla de la acera hasta la entrada del local duró un buen tiempo. Cada paso de la anciana era preludiado por la voz de la hija, y cada movimiento parecía ser sacado más de un antiguo hábito que de su voluntad.

—¡Otro paso, mamá!

Manuel seguía al lado izquierdo de la anciana sirviéndole de bastón y de respaldo a su debilidad.

—¿Cómo sigue su mamita?

La pregunta de la mujer tomó por sorpresa al hombre mayor. Pero amparado en aquella complicidad ante la vejez, restituyó los puntos suspensivos del diálogo.

—Bien, ahí va con su artrosis degenerativa, a pesar de ya haber cumplido los ochenta y cuatro…

—Ella tiene diez más —dijo la mujer mirando a su madre.

Manuel trató de buscar en su memoria quién era esa mujer y por qué conocía a su progenitora. Quizá era una de esas vecinas lejanas que su mamá visitaba años atrás, cuando aún caminaba por las calles de este barrio antiguo de Bogotá.

Lo más difícil no fue hacer el recorrido del andén, sino lograr que la anciana subiera tres escalones que conducían a la entrada del local: “Ortopédicos Camel”. El hombre mayor recordó, viendo el nombre del establecimiento, que, durante algún tiempo, cuando era joven y fumaba, le gustaba comprar esa marca de cigarrillos porque olían a picadura; y pensó también en su visita el día anterior a otra tienda de ortopédicos buscando unas pesas y un electroestimulador.

—No mamá, acérquese un poco más.

La anciana trataba de levantar la pierna, pero estaba muy lejos del primer escalón y, por lo mismo, le resultaba imposible tener la suficiente fuerza para impulsar su cuerpo.

Manuel impulsó suavemente a la anciana para que estuviera más cercana a su objetivo. La memoria del hombre mayor retrocedió en el tiempo y se vio a sí mismo sostenido por la fisioterapista que se acomodaba detrás de él para que no perdiera el equilibrio cuando hacía los ejercicios de levantar una pierna sentado en un enorme balón azul.

—Ya casi, mamá.

Luego de una penosa travesía el hombre mayor y la mujer pudieron, por fin, acomodar a la anciana en una de las sillas que estaban en la antesala del local.

—No sabe cuánto le agradezco—dijo la mujer, mirando a Manuel.

El hombre canoso respondió con un gesto cordial.

—Dele saludes a su mamita, que hace rato no la veo.

Manuel se despidió de la anciana y ella, a manera de respuesta, le regaló una frase que correspondía al sentimiento expresado en su mirada.

—¡Que Dios lo bendiga!

El hombre mayor bajó las pequeñas escalas y salió de nuevo a la avenida rumbo al norte. Mientras cruzaba otra de las calles sintió que sus dolencias eran pequeñas frente a aquellas que acaba de presenciar. Esa anciana le llevaba treinta años. El cabello blanco, la mirada un tanto perdida, la pulcritud en el vestuario, la voz tenue… El cuerpo ya casi ajeno, y una hija luchando para que su madre siguiera de pie.

Tal vez fueron las bendiciones de aquella anciana las que hicieron que Manuel se sintiera más fuerte y siguiera adelante otras tres cuadras para buscar los exquisitos pandeyucas que tanto le gustaban a su madre.

A la par que caminaba su mente seguía otro recorrido lleno de cavilaciones. ¿Serían las dolencias de esos últimos meses un preludio a la entrada en la vejez?  Aunque su espíritu continuaba sintiéndose jovial, lo cierto era que su cuerpo por momentos se sentía con falta de fuerzas y la irritación del colon sumado a la gastritis hipertrófica y el reflujo no lo dejaban dormir de corrido, además de haberle ocasionado un desbarajuste muscular en los glúteos y en la pierna derecha. Su aspecto no era el de un viejo, pero las continuas visitas a especialistas y los interminables exámenes, los medicamentos constantes, todo ello, eran indicios de que su organismo empezaba a padecer alguna “avería” o ya era un buen candidato para las enfermedades crónicas.   

En ese instante pasó al frente de un almacén de espumas en el que, días atrás, había mandado hacer una colchoneta para realizar los ejercicios recomendados por la fisioterapista. Elba María, así se llamaba la muchacha. Prosiguió su caminata y llegó al local donde vendían pandeyucas, envueltos, queso y otros alimentos de la gastronomía boyacense. No tuvo suerte. Faltaban por lo menos veinte minutos para que salieran los pandeyucas. Manuel decidió volver más tarde.

Tomó el camino hacia occidente. Bajó una cuadra y pasó por la Iglesia de San Pedro Nolasco, donde su madre, cuando aún asistía a misa, iba con su gran amiga la señora Rosita, la que tenía una tienda al lado del desaparecido teatro Roma. La imagen de su madre hablándole de tener fe en su pronta mejoría y la voluntad de ella para no dejarse doblegar por los “achaques”, todo aquello contrastó con el recuerdo de la anciana que acababa de ayudar.

Volteó la esquina y tomó la dirección sur de su casa. Tuvo un tiempo para entrar a otro lugar en el que vendían aguacates, la única grasa que por esos días su organismo toleraba.

—¿Lo de siempre, vecino? —dijo un hombre joven con sonrisa espontánea.

Manuel salió de aquel sitio con una bolsa y tres aguacates adentro. Caminó varios metros más y entró por fin a su hogar. Pasó directamente hasta la cocina en la que estaba su madre preparando el almuerzo. Ella al verlo dio unos pasos para saludarlo y recibir el paquete de aguacates.

—Todavía no estaban los pandeyucas —dijo el hombre canoso.

—Bueno, mijo, más tarde va.

Manuel se sentó en el comedor. La madre vino a acompañarlo. El hombre mayor le relató a su madre el encuentro con la mujer y la anciana y de cómo el taxista ni se inmutaba por aquel hecho.

—Que muchas saludes.

La madre buscó en su memoria feliz el retrato de esa persona de quien le hablaba su hijo.

—La que tiene una venta de ortopédicos —agregó Manuel, como ofreciendo otra pista a su interlocutora.

—Ah, sí, ella es hija única —dijo la anciana.

Después, uniendo las piezas del rompecabezas de sus recuerdos, agregó:

—Ella es una santa. Es hija única. Y desde hace muchos años vela por su mamá. Le ha tocado muy duro, porque venden muy poco. Pero ella no deja a su mamá por nada del mundo.

Manuel escuchaba a su madre mientras se sobaba la rodilla de la pierna izquierda que a veces le dolía levemente.

—La viejita casi no puede subir al local —rememoró en voz alta.

—Así son los años, mijo. Fíjese en mí, casi ya ni puedo ir hasta la plaza o al supermercado de allí cerquita. No queda sino tener paciencia y pedirle a mi Dios que le dé a uno fortaleza.

—La viejita me regaló unas bendiciones —dijo Manuel, como para cerrar la corta conversación.

—Esas son las obras de caridad que uno recoge para su vejez.

Manuel se levantó de la silla del comedor, que tenía un cojín protector especial de esos que usan las personas que están mucho tiempo en silla de ruedas, y se dirigió a su alcoba. Ya iba siendo hora de empezar con su rutina de ejercicios.

Se puso una pantaloneta azul petróleo y una camiseta color lila, calzó sus tenis, buscó los implementos, las pesas, la pelota pilates, la banda roja y con el recuerdo de aquella anciana sirviéndole de escenografía, se tendió en la colchoneta. A la par que empezaba a apretar un balón amarillo con sus dos piernas comenzó a levantar su cadera, sosteniéndola arriba y tensando fuerte el estómago. Mentalmente empezó a contar la primera serie de repeticiones: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco…”