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Ilustración de Sergio Trujillo Magnenat para la edición de Tierra de Promisión que hizo la Imprenta Nacional de Colombia en 1955.
José Eustasio Rivera es el autor de la novela La Vorágine y un grupo de poemas agrupados bajo el título de Tierra de promisión. Rivera nació el 19 de febrero de 1888; fue hijo del hacendado huilense Eustasio y de Catalina Salas; quinto de una familia de once hijos… José Eustasio Rivera es el vagabundo de los vientos, el buscador de otra tierra prometida. Pero hoy deseo centrarme en el poeta, en el Rivera de Tierra de promisión. Dejaremos para otra ocasión el Rivera de La Vorágine, el novelista.
Tierra de promisión es “una colección parnasiana de sonetos tropicales”, afirma Andrés Holguín. El libro, publicado en 1921, está conformado por 55 sonetos en total, elegidos de los 168 poemas que hasta 1911 había escrito Rivera. Tierra de promisión: un primer soneto como prólogo, 18 más dedicados a la selva, 10 a la montaña y 26 a la llanura. Tierra de Promisión, libro en el que, según Rafael Maya, “el poeta y la naturaleza se desposan místicamente”.
José Eustasio Rivera es, en los poemas de Tierra de promisión, la imagen viva de una lucha. Los sonetos reflejan una dualidad: la visión del hombre de campo enfrentado a una forma literaria ajena. Expliquémonos. Rivera, el poeta, se escinde en cada soneto de Tierra de promisión. Lo parnasiano de la forma, el acabado, el pulimento, el cincel preciosista, choca con los temas propios de la selva, el río, de la llanura; con el mundo del trópico. Choque brutal; a veces, desacertado. En otras ocasiones, las menos, excepcional. Choque entre un espíritu sanguíneo, solar, selvático, terrígeno, y una “moda literaria”, un recurso retórico que, desde Francia, inundó la frágil conciencia de los poetas colombianos.
Resulta evidente captar esa lucha en un soneto como el que empieza: “Entre el eco iracundo de ladridos violentos”, que es el XII soneto de la primera parte de Tierra de promisión. Recordémoslo en su totalidad:
Entre el eco iracundo de ladridos violentos,
sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,
por raudales trementes, por la chamba sombría,
revolcando los montes y mordiendo los vientos.
Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,
que iniciando, furiosos, su carrera de un día,
pronto al sol alcanzaron en la azul serranía
y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.
Ya de noche, sacuden la maraña tupida;
dan medrosos aullidos; a la danta rendida
le devoran el vientre con titánica brega;
y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,
perfumando sus pieles, todo el monte les riega
una gran tufarada de piñuelas maduras.
El soneto comienza con una imagen sonora, una doble sonoridad: un ladrido de perros vuelto eco. Lo violento contrasta con lo iracundo. El alejandrino nos ubica de inmediato en una montaña. El segundo verso nos describe mejor la acción. Los perros van en busca de las dantas. Los perros cazadores. El calificativo que usa Rivera para la jauría es el de “ronca”, creando otro eco más. Es como si los perros llevaran dentro otra montaña. “Ronca” es un adjetivo exacto. Rivera es un conocedor de la fatigada voz del perro que persigue la presa. De pronto, al iniciar el tercer verso, Rivera deja la montaña y vuelve al palacio. Del matorral y la bejuquera, salta al mármol y la palestra. El adjetivo cambia: “tremente”. Los raudales son sacados del contexto: “Por raudales trementes, por la chamba sombría”. Pensemos, por un momento, en la asociación “chamba sombría”. He ahí un buen ejemplo de lo que vengo acotando. La “chamba” junto a “sombría”. La “chamba”, natural, agrícola, realista, al lado de “sombría”, romántica, palaciega, ideal. Este contraste crea un resalte, una discontinuidad, una irrupción. Enseguida, para cerrar el primer cuarteto, Rivera vuelve al tono inicial. “Revolcando los montes y mordiendo los vientos”. Otra vez la escena vuelve a su elemento. Los adjetivos recuperan su fuerza. Volvemos a la montaña y el eco de los ladridos se adentran aún más en la maleza. “Revolcar montes”, “morder los vientos”: otra cacería, la gran cacería de los elementos naturales.
Este ejercicio de lectura puede continuar. El tono del siguiente cuarteto es descriptivo. Algunos adjetivos, ciertos colores, vienen como lugar común para ciertos sustantivos. En el primer terceto, los adjetivos llaman nuestra atención: “medrosos” y “titánica”. Dos calificaciones para los aullidos y para la brega. El mismo choque, la misma suerte. Los ladridos del inicio del poema son ahora “medrosos aullidos”. La fuerza expresiva cae ante la palabra hecha. Y la fuerza devastadora de los perros, ese revolcar de vientos y montes, cede ante lo titánico, otro lugar común. El último terceto conserva el mismo enfrentamiento, sobre todo al final:
“y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,
perfumando sus pieles, todo el monte les riega
una gran tufarada de piñuelas maduras”.
El último verso es más elaboración formal que parte integral del poema. Hasta las mismas breñas y el perfume parecen más un hechizo, un ensueño ideal que una escena de caza. La “tufarada”, las “piñuelas”, en lugar de resaltar a los perros, los hacen irreales, heroicos. Rivera ha sacrificado la dura naturaleza por la belleza formal de la apariencia. Valga el anterior ejemplo, para reiterar que José Eustasio Rivera en Tierra de Promisión, es un poeta escindido. El tema y los motivos están en franca lucha con la forma artística.
He hablado de dos fuerzas que se chocan en los poemas de Tierra de promisión. Podemos ver más de cerca este asunto. Por ejemplo, el soneto XIV de la tercera parte. La manera como Rivera cualifica un escarabajo es totalmente idealizada: “amatista de oriente solferino”, “antena de platino”, “flavo meteoro…” Los colores, las características, los detalles del escarabajo se pierden entre epítetos grandilocuentes, entre palabras clisé. La naturaleza en Rivera, al menos en los poemas de Tierra de promisión, es vista desde un prisma, desde un catalejo. La mirada de Rivera parece extranjera, como si el paisaje fuera contemplado por algún cronista español o portugués de la Conquista.
Rubí, carmesí, bruñido, azulino, argento, cetrino, ultramarino, cerulescente; nácar, zafiro; los celajes, lo sombrío, el azogue, las linfas, lo silente; lo fulgente; el himeneo, el epitalamio, la cornucopia, la púrpura, las pléyades… perínclito, ámbar, clámide, numen, fanal, ónix, flavo, granate… natura. Palabras, adjetivos, epítetos, que son constantes en los sonetos de Tierra de promisión; palabras clisé de una escuela literaria, de una forma de idealizar el mundo y la realidad.
Gualandayes, cigarras, potreros, chilacoas, vacadas, palmas; bogas, platanales, pajonales. Chambas, peñascos, ancas, ijares, crines, bejucos, bocachicos, pejes, pavones, coruntas; pepitas, frailejones, guacamayos; paujil, ardilla, guadua, loma, chonta… un bramido, el cementerio campesino, un búho silencioso, la altísima barranca, un relincho, un bambuco, el quejido de las ramas… Las otras palabras de Rivera. Los otros adjetivos, los otros colores, la otra forma de decir la naturaleza. El paisaje escueto, sin adornos. El paisaje cotidiano; humilde, pero propio.
Es al juntar estas dos fuerzas, precisamente, cuando los poemas de Tierra de promisión estallan. Por ejemplo: “la balsa que riela”, “el rubí de la escama”, “la gruta silente”, “el mustio pajonal”, “un tardo buey de elefantino paso”, “la bruñida arena”, “los olímpicos olores”, “los temblores de argento”, “las lanzas de nácar”, “el columbrar del buitre…”: choque de dos mundos, de dos visiones. Rivera es una expresión escindida: entre la barqueta y la canoa, entre el éter y el viento.
Sobra decir que, a veces, en algunos sonetos de Tierra de promisión, hay tercetos, sobre todo, que no sufren este enfrentamiento entre la palabra clisé y la palabra natural. Versos que se mantienen limpios, versos que nos dicen, de alguna manera, la fuerza lírica riveriana. Por ejemplo, aquellas líneas del soneto XXVI de la tercera parte, el primer terceto:
“junto al reflejo que la hoguera enciende,
están los bogas, con atento oído;
¡nadie escuchó lo que la noche entiende!”
Versos de pintor. Rivera, y eso lo podemos comprobar mejor en La Vorágine, es un impresionista. La luz y los fenómenos de la luz, en cuanto tocan el paisaje, lo obsesionan. La escena que recoge el anterior terceto es conocido: el reflejo de una hoguera y varios bogas atentos escuchando. Pero Rivera no va a decirnos lo que oían, no va revelarnos el misterio; prefiere trasladar la palabra a un campo mayor. Sólo la noche tiene oído para ciertas historias y, por supuesto, esas historias son las que únicamente sabe él, el poeta. Vayamos a otro soneto, el X de la segunda parte. Otra vez es el primer terceto:
“Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:
cuando en la paz sin límites al cosmos interpelo,
lo que los astros callan mi corazón lo sabe”.
Por supuesto que el motivo no es original. Un hombre contemplando las estrellas, el cielo infinito. Es la misma escena cantada muchas veces por Dante Alighieri; también es el motivo de uno de los mejores poemas de Ole Sarvig, el poeta danés de “Noche de vela”:
“Estoy plantado solo en esta noche
bajo las estrellas…”
Sí, no es un motivo original. La actitud del hombre levantando sus ojos a las alturas, es tan antigua como la pregunta por el misterio. Motivo romántico, motivo universal. Lo que nos llama la atención en estos versos de Rivera, es el tono de insatisfacción, esa sed no cumplida. El cielo es poca cosa para los ojos. Quizá sea poca cosa también para nuestras palabras. El cielo es un silencio, una paz sin límites, un silencio interpretable sólo con otro sentido: lo infinito, “que en la pupila cabe”, y sólo puede ser escuchado desde el corazón; el arcano huye a la razón. Tomemos un caso más. De nuevo el primer terceto del soneto XXV de la tercera parte de Tierra de promisión:
“Me borrará la noche. Mañana otro celaje;
¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?
¿por qué todas las tardes me duele esta emoción?”
Romántico, sin duda. Pero qué magistral esa entrada del terceto: “Me borrará la noche”. Son las mismas palabras que, años después, Jorge Luis Borges colocará en la boca de un suicida. Es indudable que la poesía, como escribiera el mismo ciego bibliotecario, es la historia sin fin de unas cuantas metáforas. Pero sigamos. A una noche sigue otro amanecer. Rivera se interroga, se define. Las dos imprecaciones, más personal la primera, más común la segunda, parecen ser un epitafio riveriano. De ese segundo alejandrino nos conmueve aquel “consolará”. Rivera se desnuda. Quizá no fue un cantor de la naturaleza, sino su guardián. Más que la voz paterna, intentó ser abrazo de madre, regazo lírico.
En Tierra de promisión, en los poemas de José Eustasio Rivera, encontramos algunas imágenes sorprendentes, precisas. Son escasas, en verdad, pero cuando aparecen son de primera magnitud. Empecemos con el III soneto de la primera parte. Rivera nos describe un caimán:
“El caimán cuya rugosa espalda
parece cordillera en miniatura”.
La comparación es certera. Rivera ha bajado la mirada. Ha puesto sus ojos a la par de la hierba. Entonces, descubre que la piel del caimán, que su rugosa espalda es otra cordillera, una segunda tierra, otra forma de las rocas. Y ese calificativo de “miniatura” nos impacta aún más. Sabemos que las cordilleras son inmensas, esa es una primera memoria que, al oponérsele desde lo diminuto, hace que la piel del caimán deje en nuestra imaginación un fogonazo, un asombro revelador.
Miremos ahora el soneto IV de la segunda parte. Al final del segundo cuarteto Rivera nos dice:
“y en los lanudos frailejones flota
como harapos dispersos, la neblina”.
He aquí otro logro lírico. Preciso el adjetivo para el frailejón, exacto por su textura que le confiere liviandad, ligereza que va a verse engrandecida por la neblina. Rivera la pinta de harapos dispersos. Lo etéreo se hace sólido. Pareciera acá que el poeta José Eustasio Rivera y el pintor El Greco se emparentaran en el manejo de la atmósfera. La neblina: un harapo que, cuando flota, se dispersa. Los harapos, la ropa vieja; los harapos, materia que de tanto usarse se divide, se propaga. Dos tipos de ropaje: la de los frailejones y la de la brisa.
Un acierto más de Rivera se encuentra en el III soneto de la segunda parte de Tierra de promisión. Un soneto que, por cierto, figura en muchos de los textos escolares y en varias antologías. El soneto de los caballos y el llano. Un soneto “galopante” que logra su mayor acierto en los dos últimos tercetos.
“Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.
Atrás dejando la llanura envuelta
en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.
“Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas
entonces paran el triunfante casco,
resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento”.
El efecto es único. Los caballos, su carrera, son más rápidos, más ágiles que el mismo viento. Además, los caballos paran sus cascos para escuchar; el logro es doble. No es que el viento llegue como brisa, como aire; es más una voz, una palabra. El impacto verbal y visual aparece ante nosotros. La imagen es para el oído y para el ojo. Y, Rivera, para enardecer aún más nuestros sentidos, decora la escena con un sol violento. Es, pues, un logro lírico enceguecedor, deslumbrante.
Aciertos similares hallamos en el soneto VI de la tercera parte, en el que otro caballo, un potro semental, se lanza al trote y “tiende la crin para que el viento flote”. La imagen es plástica. La crin se tiende, como una sábana, sólo para que el viento pueda expandirse. No es el viento sobre la crin, sino la crin para el viento.
O aquella otra imagen del soneto XVII de la tercera parte de Tierra de promisión, referida a unas vacas compasivas que, “haciendo mistéricas rogativas, / se echan por calentar las sepulturas”. Rivera nos muestra por ausencia el tópico de la losa fría de los románticos. Para él cuenta más el calor de la vacada que el aterido lugar de las sepulturas. El cementerio se convierte en pastada, la muerte se torna vida.
Precisamente, más adelante, en el soneto XXIV, Rivera recurre otra vez a la vacada, pero ahora para descubrirnos el trote del ganado, para crear un eco especial: “y al trote desigual de la vacada / suena la seca amarillez del pasto”. Un verso excepcional. Es el color lo que repica, es la sequedad de un color lo que nos permite descubrir el paso del ganado. El color como eco: maravilloso.
Rivera, en Tierra de promisión, es un poeta de relámpagos líricos excepcionales. De pronto, en medio de la inmensidad de versos parnasianos, se eleva la voz nativa, se levanta la palabra del hombre campesino, la palabra que sabe que el caimán lleva sobre su espalda una montaña en miniatura.
No quisiera dejar en el tintero otra característica notoria de los sonetos de Tierra de promisión. Es un detalle de la forma, de la arquitectura de los sonetos. En todos ellos, en los 55, se usa como recurso inicial la disyunción “y”. Rivera escribe, por ejemplo:
“y en hondo murmullo de mi audaz oleaje” (…)
“y peinando en los vientos el sonoro plumaje” (…)
“y unos indios desnudos, con curiosa cautela” (…)
“y al sentir mis caricias apremiantes, se afana” (…)
En todos los sonetos hay por lo menos un verso con este tipo de construcción. La “y”, como inicio, puede ser utilizada de dos maneras: como presupuesto, como condición, como hipótesis. Este sería un primer sentido:
“y al gemir de dos ranas como finos violines” (…)
“y a la par que escudriña, malicioso, el paisaje” (…)
La construcción hace las veces de una invitación, es como un presupuesto de suspenso: algo viene. Es la primera parte de un silogismo, la premisa inicial.
“y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes” (…)
Una segunda forma de utilizar ese “y” es emplearlo como conclusión, como resultado. Ahora el verso no es suspenso, sino desenlace, síntesis:
“y la luna prolonga mi silueta en el río” (…)
“y los hombros me muerde con salvaje crueldad” (…)
“y la montaña púber huele a virginidad” (…)
El recurso, en este caso, es usado como telón, como punto final de un enunciado anterior. Responde a la lógica de “dado que”: “resulta que”. Rivera, entonces, sucumbe ante la forma hecha.
“y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo” (…)
“y se duermen los montes… y se apaga la luz” (…)
No quiero decir que esta particularidad del verso sea exclusiva de Rivera, no. De pronto es inherente a la forma soneto; pero, en Tierra de promisión es un recurso demasiado visible, una estructura sintáctica recurrente.
“y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,
al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo
y un rugido sacude la sagrada caverna”.
Dejemos de lado estas particularidades expresivas y elijamos un poema de Rivera para guardar en nuestra memoria. En mi caso, después de leer y releer los 55 poemas de Tierra de promisión, me quedo con el XII de la tercera parte. Es un soneto que a mi entender se libera del vestuario parisino y asume la desnudez de lo auténtico. Un soneto, además, escrito en endecasílabos y que, por lo mismo, resulta más natural, menos formalista. Este soneto preludia las hojas de Aurelio Arturo, el viento de Eduardo Cote Lamus. Un soneto, en suma, compuesto para expandir los pulmones, para ensanchar el espíritu.
“Hay una brisa de inefable ruido,
que al bajar de la fértil serranía,
por anunciarme su llegada, envía
gratos perfumes de maizal florido.
Disuelta sobre el llano estremecido,
cual un extraño espíritu, me espía;
y aunque mis ojos no la ven, podría
reconocerla entre el palmar mi oído.
Como un suspiro de la selva ausente,
por disipar mis íntimas congojas,
despeinando mi sien, besa mi frente;
y a su blanda caricia femenina,
tiembla de placidez, como las hojas,
mi ser en la frescura matutina”.
Si se mira con atención, el eje del poema es la brisa, la brisa que baja, como perfume, para disolverse en el llano; la brisa invisible, el suspiro de la selva; la brisa que después toma el cuerpo de la música y espía. La brisa, primero nos acecha, luego viene hacia nosotros y nos despeina, nos besa y, al besarnos, deja entrever su ser: la brisa es una mujer que, al acariciarnos, nos hace temblar. Mujer brisa, maizal florido, frescura matinal. Rivera ha buscado y elegido las palabras precisas. Los versos, en esta ocasión, dejan de ser palabras para transformarse en viento, un viento blando. La brisa es el respiro de la selva, el aire de otro ser que siempre nos espía, que siempre nos vigila, porque detesta ver la congoja en nuestra frente. El aire de otro ser que desdibuja nuestro sufrimiento.
Cierro estas aproximaciones críticas a Tierra de promisión señalando que son poemas de luz, de color; poemas impresionistas. José Eustasio Rivera es el “poeta de las sensaciones” ha escrito Luis Carlos Herrera. Tierra de promisión es un cuerpo de sonetos que, como afirma David Suárez Torres, “preparan el camino hacia la novela”, sonetos puente para llegar a La Vorágine.