• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Lectura de poemas

El comentario de un texto lírico en cinco momentos

28 domingo Sep 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Didáctica de la escritura, Didáctica de la literatura, Dulce María Loynaz, Lectura de poemas

«La dama del estanque» de Charles Rebel Stanton.

Un ejemplo, mostrado paso a paso, podrá iluminar los momentos y los pormenores de lectura que permiten realizar un comentario de un texto lírico. El poema que he elegido es “los estanques” de la poetisa cubana Dulce María Loynas, contenido en el libro Poemas escogidos, publicado por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad de Alcalá de Henares, en 1993. Trascribo el texto:

Los estanques

Yo no quisiera ser más que un estanque

verdinegro, tranquilo, limpio y hondo:

Uno de esos estanques

que en un rincón oscuro

de silencioso parque,

se duermen a la sombra tibia y buena

de los árboles.

¡Ver mis aguas azules en la aurora,

y luego ensangrentarse

en la monstruosa herida del ocaso…!

Y para siempre estarme

impasible, serena, recogida,

para ver en mis aguas reflejarse

el cielo, el sol, la luna, las estrellas,

la luz, la sombra, el vuelo de las aves…

¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!

Yo no quisiera ser más que un estanque.

Primer momento

No es fácil ni expedito hacer un comentario si no leemos varias veces el texto. Leerlo en voz alta para tratar de encontrar el ritmo subyacente del poema. Leerlo de forma entonada prestando especial importancia a la puntuación y las unidades de sentido que, a veces, abarcan más de una línea.  Leerlo como quien hace una interpretación de una partitura. Leérnoslo para hacer que nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestra emocionalidad “habiten” el texto o, si prefiere entender de otra manera, leer el poema hasta apropiarlo en su singularidad.

Durante este primer momento se pueden ir haciendo subrayados, marcas en el texto que desde la segunda lectura nos llaman la atención, nos conmueven o nos interpelan. Para ilustrar lo dicho, basta observar que el poema empieza y termina con las mismas palabras: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. De igual modo, en esas relecturas progresivas empezará a ser relevante el uso que la poetisa hace de los colores: “verdinegro”, “oscuro”, “azules”, o el empleo reiterativo de la “sombra”. Hay, por lo demás, líneas señaladas con signos de admiración y es notorio el empleo repetido de los puntos suspensivos.

Segundo momento

En esta etapa del proceso –y como resultado de las relecturas– lo más seguro es que el lector capte o haya descubierto el tema o motivo central del poema. Me refiero al asunto que vertebra la esencia comunicativa del poema. En muchos casos, el tema está señalado desde el mismo título o aparece repitiéndose a lo largo del poema. En otras ocasiones, el tema está implícito o subyace a la exposición desarrollada en el cuerpo del texto. Si volvemos a nuestro ejemplo, si bien es cierto que la palabra “estanque” se repite en tres ocasiones, además del título, no podríamos llegar a la rápida conclusión de que el tema de este poema es el estanque. Porque ya hemos interiorizado el poema, intuimos que el estanque le sirve a Dulce María Loynaz para representar o simbolizar un estado de ánimo o un deseo interior: quizá la tranquilidad (“tranquilo” está en la segunda línea), o la impasibilidad (y este término está en línea doce), o la serenidad (y hay evidencia de ello en el mismo verso doce). O, si revisamos esas palabras en relación con el conjunto, esos términos pueden estar cobijados o confluir en una temática mayor, que es la de la contemplación. No digo que este sea el único camino posible, pero me ayuda a explicar el meollo de este segundo momento en el proceso de redactar un comentario de un texto lírico.

Con ese tema descubierto o ya puesto sobre la mesa, lo que sigue es volver a mirar todo el poema y corroborar si, verdaderamente, puede validarse a lo largo del texto. Manteniendo en mente nuestro poema referente, diremos que “la contemplación” puede refrendarse en la línea uno y dos, en la cinco, en la seis, en las líneas ocho, nueve y diez, en la once, doce y trece, en la dieciséis. Así que, ya tendríamos el motivo sobre el cual queremos redactar nuestro comentario. Puesto de manera concisa, la brújula de nuestro futuro escrito será el deseo de contemplación. Insisto, de una vez, en que el tema podría haber sido otro: demos por caso, el “anhelo de tranquilidad” o la “búsqueda de la paz interior”. Lo importante es corroborar si ese tema que hemos descubierto después de muchas lecturas está presente a lo largo del poema y no es un motivo secundario o accidental dentro de la exposición lírica.

Tercer momento

Como ya decidimos que el tema del poema “Estanques” es el deseo de contemplación, ahora nos toca ir buscando las palabras o los versos que avalan o ilustran nuestro planteamiento. Si seguimos de cerca la aproximación al poema que nos convoca, extraeríamos, entonces, de la segunda línea “tranquilo, limpio y hondo”; de las línea ocho, nueve y diez: “ver mis aguas azules en la aurora, y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”; de las líneas once, doce y trece: “para siempre estarme impasible, serena, recogida, para ver en mis agua reflejarse” y de la penúltima línea: “el encanto del agua inmóvil, fría”. Estos apartados son fundamentales para que nuestro comentario no pierda el eje de lo dicho en el poema o para defender, al decir de Umberto Eco “el sentido literal”. Al entresacar estos términos o estas líneas nos protegemos de volver el texto un pretexto para decir cualquier cosa o ponemos a raya la tentadora sobreinterpretación.

Cuarto momento

Para lograr tejer esos apartados recolectados en la etapa anterior, es necesario ahora ver la macroestructura del poema. Cuando contenga diferentes estrofas, cada una de ellas será el camino obligado para ir desarrollando el comentario. En el poema de la poetisa cubana, necesitamos adentrarnos en el contenido. Observamos que inicia dando algunas características de ese estanque que la autora desea ser: “verdinegro, tranquilo, limpio y hondo”. Luego, ejemplifica el tipo de estanque de su anhelo: uno que esté en “un rincón oscuro de silencioso parque”, un estanque de esos que “se duermen a la sombra tibia y buena de los árboles”. Enseguida, la poetisa expone lo que le sucedería si fuera como el estanque de sus anhelos, si en eso se convirtiera podría “ver sus aguas azules en la aurora y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”. El poema avanza en la posible consecución de ese estado; si eso fuera posible, no sólo se conseguiría “la impasibilidad”, sino que lograría transformar sus aguas en un reflejo que permitiera ver “el cielo, la luna, las estrellas, la luz, la sombra, el vuelo de las aves”. La parte final del poema exalta ese estado anhelado: “Ah el encanto del agua inmóvil, fría” y rubrica el mismo deseo con que empezó en la primera línea.

Lograr describir la macroestructura del poema y el modo como se plantea o desarrolla su propuesta temática es esencial para darle consistencia y progresión al comentario. Si el segundo momento respondía a la pregunta, ¿de qué trata el poema?, esta cuarta fase se centra en contestar a la cuestión, ¿de qué manera lo lleva a cabo? Como se aprecia, estamos hasta ahora dando cuenta del contenido y su organización, describiendo sus pormenores, poniendo en un umbral muy bajo el derivar interpretativo.

Quinto momento

Con los insumos anteriores ya estamos listos para comenzar a redactar el comentario. Si bien puede haber ligeras variaciones o circunstanciales ajustes, la estructura básica es la siguiente:

Pondremos en primer término el poema que nos interesa comentar, cuidándonos de usar una edición con errores, incompleta o mal puntuada. La transcribiremos en letra itálica para diferenciarla del resto del texto, justificándola siempre en la margen izquierda.

Enseguida, usaremos el primer párrafo de nuestro comentario para contextualizar el poema, el libro del que hace parte, algunos datos mínimos del autor y cerraremos el apartado mencionado el tema o motivo que nos interesa comentar.

Tomando como brújula el tema, nuestro segundo párrafo (o si es necesario el tercero y cuarto, dependiendo de la extensión o el número de estrofas) se centrará en describir el desarrollo del poema, o lo que hemos denominado la macroestructura del texto (incorporar el cuarto momento), hallando versos o líneas que vayan ilustrando nuestra apuesta temática (recuperar acá el momento tres ya explicado)  El tono de este apartado, aunque tiene un gran componente descriptivo, requiere no perder de vista que está al servicio de ilustrar, validar o enriquecer la apuesta temática del comentarista.

El siguiente párrafo (que, en algunos casos, será el tercero y, en otros, el cuarto o quinto) es un tanto más libre para, sin perder de vista el eje temático de nuestro comentario, pasar a exponer relaciones más simbólicas. intertextuales o aplicables a los procesos de formación humana o dar luces sobre determinada situación o problema existencial. Es recomendable, cuando se esté en esta deriva interpretativa, recuperar palabras, versos, líneas que ya hemos detectado en el tercer momento.

El último párrafo de nuestro comentario puede dedicarse a ampliar algún aspecto ancilar del poema, pero que resulta valioso para su cabal comprensión; o recuperar el sentido el título, o explorar en la forma poética y el tipo de verso empleado; o llamar la atención del lector sobre otros poemas del mismo autor o que abordan la misma temática. Sea como fuere, lo más importante es cerrar el último párrafo del comentario con observaciones perspicaces de un suficiente calado analítico, que inviten a la relectura del poema o, por lo menos, a subrayar algunos versos que en su recordación aviven la fibra emocional del lector o lo lleven a la autorreflexión.

Expuestos por separado los cinco momentos, podemos ahora presentarlos de manera articulada. He aquí, en concreto, el comentario de un texto lírico:

Aprender a contemplar como los estanques

En medio de un mundo bullicioso, de agitaciones anímicas permanentes y de un vertiginoso proceder, la poetisa cubana Dulce María Loynaz[1] nos propone, en su poema “Los estanques”, asumir una actitud contemplativa en la que primen el silencio y la serenidad[2].

El texto empieza y termina con un deseo de la poetisa: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. La explicación a tal deseo es lo que va a exponer a lo largo del poema. Porque no se trata de ser cualquier tipo de estanque, no. La poetisa nos dice que su anhelo tiene unas particularidades: debe ser de color “verdinegro”, estar “limpio” y ser “hondo”. Pero, además, desea que ese manantial en el que cifra su deseo esté “en un rincón oscuro de un silencioso parque” resguardado “a la sombra tibia y buena de los árboles”. Bien podríamos pensar, de una vez, que el estanque que busca Dulce María Loynaz es un lugar apartado o no visible para el público; un estanque secreto. En los versos que siguen el poema prefigura el cumplimiento de ese deseo; al saberse un estanque, al adquirir sus cualidades líquidas, la autora afirma que entonces podrá ver la transformación de sus “aguas azules en la aurora” hasta convertirse en sangre causada por la “monstruosa herida del ocaso”. Gracias a esa nueva condición le será posible observar los cambios de su flujo vital.

Más adelante, como si fuera una convicción adquirida por su deseo, la poetisa afirma que no es una querencia provisional o momentánea; todo lo contrario: su anhelo es permanecer siempre así: “impasible, serena, recogida”. Porque sólo asumiendo esa condición, le será posible mirar en sus aguas “el cielo, el sol, la luna, las estrellas”; al igual que la “luz, la sombra y el vuelo de las aves”. Siendo ya un estanque, no tendrá la mirada directa de sus ojos, sino que serán sus aguas tranquilas las que reflejarán el universo. Justo en la penúltima línea subraya esa capacidad del estanque anhelado: “¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!”. Lo que en verdad quiere la poetisa cubana es adquirir la condición del agua inmóvil para apreciar mejor el mundo que está en movimiento a su alrededor.

Como puede colegirse, la figura del estanque le sirve a la autora para simbolizar el gesto o actitud misma de entrar en contemplación. Porque la contemplación exige aislamiento o la búsqueda de un “rincón oscuro”, lejos de la algarabía; porque la contemplación demanda una actitud de “recogimiento” en la que el aislarse lleve a la meditación. El estanque no puede estar agitado ni sucio, el estanque no puede estar caliente o lleno de barro. Para entrar en contemplación hay que conquistar la condición de “impasibilidad”, es decir, esa capacidad para no dejarse alterar el ánimo por estímulos externos o, al menos, cultivar la “serenidad” el espíritu hasta alcanzar una sosegada paz. Por lo demás, la contemplación supone aplacar el fuego distractor de las emociones y adquirir cierta “frialdad” en el flujo de nuestras pasiones.

Convertirse en estanque tiene su “encanto”, nos dice Dulce María Loynaz[3]. Quizá no todos podamos, como ella, volver dicha actitud una condición permanente; sin embargo, si frente a estos tiempos vertiginosos y centrados en las demandas del afuera, nos interesa cuidar nuestra interioridad, vale la pena sumarnos al deseo de la poetisa para querer ser como estanques. Estanques “tranquilos” que nos lleven a apaciguar nuestro ritmo de vida; estanques “serenos” que no se dejen provocar por cualquier agresión; estanques apartados que logren interiorizar el aplomo y la calma para no privarse de exaltar la riqueza de la naturaleza y mantener el asombro de la vida. Un poco de estas aguas reflectantes nos pueden ayudar a aumentar el caudal de nuestra sabiduría o a entrar en relación con la “escucha interior” de la que hablan los budistas.

Notas y referencias

[1] Dulce María Loynaz nació en La Habana en 1902 y murió en esta misma ciudad en 1997. De ella ha dicho el poeta Gerardo Diego que su poesía “es tan desnuda, temblorosa e interior que sólo así, susurrada al escucho de cada uno de sus devotísimos oyentes, puede ser comunicada sin menoscabo de su apretada y esencial hermosura”. Entre sus libros de poesía podemos mencionar: Versos, 1920-1938 (1938), Juegos de agua (1946), Poemas sin nombre y Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1953), Obra lírica (1955), Últimos días de una casa (1958), Poesías escogidas (1985); de igual modo su novela lírica Jardín (1951).

[2] El poema hace parte de su libro Juegos del agua, editado en La Habana en 1947, recogido en el libro Poemas escogidos, publicado por la Universidad de Alcalá y el Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.l

[3] Vale pena recordar aquí la definición que daba Dulce María Loynaz de Lo que era su oficio: “un poeta es alguien que ve más allá del mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”. Consúltese la magnífica compilación de artículos críticos sobre su obra en la serie Valoración múltiple del Centro de investigaciones literarias Casa de la américas dedicada a su nombre, preparada por Pedro Simón y editada en La Habana en 1991.

Vejez con hojas verdes, según Antonio Machado

18 domingo Ago 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 4 comentarios

Etiquetas

"A un olmo seco", Antonio Machado, Comentarios de poemas, Lectura de poemas

He escrito varias entradas en este blog sobre la fuerza que tienen ciertos poemas –desde su primera lectura– para conmovernos o interpelar nuestra conciencia. En muchas ocasiones es porque nos revelan algo esencial de lo que somos y, en otras, porque nos entrevén situaciones futuras por las que transitarán nuestros pasos. Retomemos, entonces, uno de esos poemas y descubramos por qué llega tan hondo a nuestra alma. Se trata de “A un olmo seco”, contenido en su libro Campos de Castilla.

La primera estrofa nos sitúa, de una vez, en el motivo lírico del poema. Antonio Machado describe bien la vejez de un árbol, su deterioro: además de vetusto, está partido por un rayo y, en su centro, se nota completamente podrido. Sin embargo, de tal tronco viejo brotan “algunas hojas verdes”. Ese contraste entre la evidencia de la ancianidad y el sutil reverdecimiento es el que el poeta va a exponer a lo largo del texto.

Las estrofas que siguen le van a servir a Machado para detallar más aquel olmo viejo. Nos dice que es centenario y que está arriba de una colina, bañada por río Duero ­–el que fluye “por hoces y barrancas”, el que lleva hacia el mar a la melancólica Castilla­–; describe su corteza blanquecina “manchada” por el “musgo amarillento”, como si fuera un tipo de óxido corrosivo; y para terminar ese retrato de menoscabo, afirma que su tronco se nota “carcomido” y lleno de polvo. El resultado de esa condición centenaria lleva al poeta a decir que este árbol no será “como los álamos cantores que guardan el camino y la ribera”; que en sus ramas no se posarán los “pardos ruiseñores”. Es un árbol viejo y solitario, un árbol habitado únicamente por ejércitos de hormigas y por “arañas”. El olmo está podrido por dentro, el olmo está seco y quebrado en sus entrañas, el olmo está condenado a un marchitado silencio.

Pero a pesar de todo ello, de los rasgos de envejecimiento que preludian el hacha del leñador o que los carpinteros hagan de él “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”, el poeta quiere detenerse en ese pequeño destello de la “rama reverdecida”. Sabe que por su condición decrépita y añosa lo más seguro es que algún “torbellino” lo descuaje o que termine ardiendo en “alguna mísera caseta”. No obstante, al apreciar esa mínima rama verde que sobresale de la figura gris, Machado exclama o exhorta al tiempo, para que le sea posible contemplar “otro milagro de la primavera”. Anhela ver cómo la vida renace de sus propios añicos. El poeta reconoce que el olmo está envejeciendo –quizá como él–, pero mantiene la esperanza de vivir otros años, de mantenerse en pie, de poder levantar su corazón “hacia la luz y hacia la vida”.

Los últimos versos de la quinta estrofa nos vuelven al inicio del poema. Lo que Antonio Machado quiere guardar en su memoria, la anotación que desea escribir en su cartera, es esa “gracia de la rama verdecida” en aquel tronco seco, destruido y cubierto de polvo. Este contraste entre lo más deslustrado y corroído con algo brillante y lleno de frescura es el detalle que al poeta le parece memorable y que le sirve de reflexión para su existencia. En medio de la vejez es posible que nazcan retoños de nueva vida; el sumo ocaso puede albergar brotes de primavera. Desde luego, se trata de una esperanza o, si somos más trascendentales, de un “milagro”. El poeta sabe, como lo escribiera Jorge Manrique, que “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”; pero antes de que eso suceda, antes de que el peso de los años nos descuaje y lleve nuestros huesos hacia ese otro océano, es saludable para el espíritu mantener la espera en que alguna dimensión de nuestro  ser puede reverdecer, o convencernos de que nuestro corazón tiene la potencia para seguir refloreciendo.

Una relectura completa del texto, escrito en Soria en 1912, nos permite subrayar la importancia de confiar en que vengan las “lluvias de abril y el sol de mayo” antes que caigamos para siempre, antes que seamos cenizas al borde del camino, antes que nos diluyamos en el vasto infinito. Esa reiteración en el “antes que” no es solamente una súplica, sino una arraigada confianza de los caminantes poetas como Antonio Machado.  El autor sevillano, curtido en “meditaciones rurales”, nos enseña con este simbolismo del olmo seco que así estemos viejos y con la carcoma corroyéndonos las entrañas, “el corazón sigue latiendo… y que no todo se lo ha tragado la tierra”

Los sonetos de Tierra de promisión de José Eustasio Rivera

14 domingo Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ Deja un comentario

Etiquetas

José Eustasio Rivera, Lectura de poemas

Ilustración de Sergio Trujillo Magnenat para la edición de Tierra de Promisión que hizo la Imprenta Nacional de Colombia en 1955.

José Eustasio Rivera es el autor de la novela La Vorágine y un grupo de poemas agrupados bajo el título de Tierra de promisión. Rivera nació el 19 de febrero de 1888; fue hijo del hacendado huilense Eustasio y de Catalina Salas; quinto de una familia de once hijos… José Eustasio Rivera es el vagabundo de los vientos, el buscador de otra tierra prometida. Pero hoy deseo centrarme en el poeta, en el Rivera de Tierra de promisión. Dejaremos para otra ocasión el Rivera de La Vorágine, el novelista.

Tierra de promisión es “una colección parnasiana de sonetos tropicales”, afirma Andrés Holguín. El libro, publicado en 1921, está conformado por 55 sonetos en total, elegidos de los 168 poemas que hasta 1911 había escrito Rivera. Tierra de promisión: un primer soneto como prólogo, 18 más dedicados a la selva, 10 a la montaña y 26 a la llanura. Tierra de Promisión, libro en el que, según Rafael Maya, “el poeta y la naturaleza se desposan místicamente”.

José Eustasio Rivera es, en los poemas de Tierra de promisión, la imagen viva de una lucha. Los sonetos reflejan una dualidad: la visión del hombre de campo enfrentado a una forma literaria ajena. Expliquémonos. Rivera, el poeta, se escinde en cada soneto de Tierra de promisión. Lo parnasiano de la forma, el acabado, el pulimento, el cincel preciosista, choca con los temas propios de la selva, el río, de la llanura; con el mundo del trópico. Choque brutal; a veces, desacertado. En otras ocasiones, las menos, excepcional. Choque entre un espíritu sanguíneo, solar, selvático, terrígeno, y una “moda literaria”, un recurso retórico que, desde Francia, inundó la frágil conciencia de los poetas colombianos.

Resulta evidente captar esa lucha en un soneto como el que empieza: “Entre el eco iracundo de ladridos violentos”, que es el XII soneto de la primera parte de Tierra de promisión. Recordémoslo en su totalidad:

Entre el eco iracundo de ladridos violentos,

sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,

por raudales trementes, por la chamba sombría,

revolcando los montes y mordiendo los vientos.

 

Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,

que iniciando, furiosos, su carrera de un día,

pronto al sol alcanzaron en la azul serranía

y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.

 

Ya de noche, sacuden la maraña tupida;

dan medrosos aullidos; a la danta rendida

le devoran el vientre con titánica brega;

 

y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras.

El soneto comienza con una imagen sonora, una doble sonoridad: un ladrido de perros vuelto eco. Lo violento contrasta con lo iracundo. El alejandrino nos ubica de inmediato en una montaña. El segundo verso nos describe mejor la acción. Los perros van en busca de las dantas. Los perros cazadores. El calificativo que usa Rivera para la jauría es el de “ronca”, creando otro eco más. Es como si los perros llevaran dentro otra montaña. “Ronca” es un adjetivo exacto. Rivera es un conocedor de la fatigada voz del perro que persigue la presa. De pronto, al iniciar el tercer verso, Rivera deja la montaña y vuelve al palacio. Del matorral y la bejuquera, salta al mármol y la palestra. El adjetivo cambia: “tremente”. Los raudales son sacados del contexto: “Por raudales trementes, por la chamba sombría”. Pensemos, por un momento, en la asociación “chamba sombría”. He ahí un buen ejemplo de lo que vengo acotando. La “chamba” junto a “sombría”. La “chamba”, natural, agrícola, realista, al lado de “sombría”, romántica, palaciega, ideal. Este contraste crea un resalte, una discontinuidad, una irrupción. Enseguida, para cerrar el primer cuarteto, Rivera vuelve al tono inicial. “Revolcando los montes y mordiendo los vientos”. Otra vez la escena vuelve a su elemento. Los adjetivos recuperan su fuerza. Volvemos a la montaña y el eco de los ladridos se adentran aún más en la maleza. “Revolcar montes”, “morder los vientos”: otra cacería, la gran cacería de los elementos naturales.

Este ejercicio de lectura puede continuar. El tono del siguiente cuarteto es descriptivo. Algunos adjetivos, ciertos colores, vienen como lugar común para ciertos sustantivos. En el primer terceto, los adjetivos llaman nuestra atención: “medrosos” y “titánica”. Dos calificaciones para los aullidos y para la brega. El mismo choque, la misma suerte. Los ladridos del inicio del poema son ahora “medrosos aullidos”. La fuerza expresiva cae ante la palabra hecha. Y la fuerza devastadora de los perros, ese revolcar de vientos y montes, cede ante lo titánico, otro lugar común. El último terceto conserva el mismo enfrentamiento, sobre todo al final:

“y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras”.

El último verso es más elaboración formal que parte integral del poema. Hasta las mismas breñas y el perfume parecen más un hechizo, un ensueño ideal que una escena de caza. La “tufarada”, las “piñuelas”, en lugar de resaltar a los perros, los hacen irreales, heroicos. Rivera ha sacrificado la dura naturaleza por la belleza formal de la apariencia. Valga el anterior ejemplo, para reiterar que José Eustasio Rivera en Tierra de Promisión, es un poeta escindido. El tema y los motivos están en franca lucha con la forma artística.

He hablado de dos fuerzas que se chocan en los poemas de Tierra de promisión. Podemos ver más de cerca este asunto. Por ejemplo, el soneto XIV de la tercera parte. La manera como Rivera cualifica un escarabajo es totalmente idealizada: “amatista de oriente solferino”, “antena de platino”, “flavo meteoro…” Los colores, las características, los detalles del escarabajo se pierden entre epítetos grandilocuentes, entre palabras clisé. La naturaleza en Rivera, al menos en los poemas de Tierra de promisión, es vista desde un prisma, desde un catalejo. La mirada de Rivera parece extranjera, como si el paisaje fuera contemplado por algún cronista español o portugués de la Conquista.

Rubí, carmesí, bruñido, azulino, argento, cetrino, ultramarino, cerulescente; nácar, zafiro; los celajes, lo sombrío, el azogue, las linfas, lo silente; lo fulgente; el himeneo, el epitalamio, la cornucopia, la púrpura, las pléyades… perínclito, ámbar, clámide, numen, fanal, ónix, flavo, granate… natura. Palabras, adjetivos, epítetos, que son constantes en los sonetos de Tierra de promisión; palabras clisé de una escuela literaria, de una forma de idealizar el mundo y la realidad.

Gualandayes, cigarras, potreros, chilacoas, vacadas, palmas; bogas, platanales, pajonales. Chambas, peñascos, ancas, ijares, crines, bejucos, bocachicos, pejes, pavones, coruntas; pepitas, frailejones, guacamayos; paujil, ardilla, guadua, loma, chonta… un bramido, el cementerio campesino, un búho silencioso, la altísima barranca, un relincho, un bambuco, el quejido de las ramas… Las otras palabras de Rivera. Los otros adjetivos, los otros colores, la otra forma de decir la naturaleza. El paisaje escueto, sin adornos. El paisaje cotidiano; humilde, pero propio.

Es al juntar estas dos fuerzas, precisamente, cuando los poemas de Tierra de promisión estallan. Por ejemplo: “la balsa que riela”, “el rubí de la escama”, “la gruta silente”, “el mustio pajonal”, “un tardo buey de elefantino paso”, “la bruñida arena”, “los olímpicos olores”, “los temblores de argento”, “las lanzas de nácar”, “el columbrar del buitre…”: choque de dos mundos, de dos visiones. Rivera es una expresión escindida: entre la barqueta y la canoa, entre el éter y el viento.

Sobra decir que, a veces, en algunos sonetos de Tierra de promisión, hay tercetos, sobre todo, que no sufren este enfrentamiento entre la palabra clisé y la palabra natural. Versos que se mantienen limpios, versos que nos dicen, de alguna manera, la fuerza lírica riveriana. Por ejemplo, aquellas líneas del soneto XXVI de la tercera parte, el primer terceto:

“junto al reflejo que la hoguera enciende,

están los bogas, con atento oído;

¡nadie escuchó lo que la noche entiende!”

Versos de pintor. Rivera, y eso lo podemos comprobar mejor en La Vorágine, es un impresionista. La luz y los fenómenos de la luz, en cuanto tocan el paisaje, lo obsesionan. La escena que recoge el anterior terceto es conocido: el reflejo de una hoguera y varios bogas atentos escuchando. Pero Rivera no va a decirnos lo que oían, no va revelarnos el misterio; prefiere trasladar la palabra a un campo mayor. Sólo la noche tiene oído para ciertas historias y, por supuesto, esas historias son las que únicamente sabe él, el poeta. Vayamos a otro soneto, el X de la segunda parte. Otra vez es el primer terceto:

“Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:

cuando en la paz sin límites al cosmos interpelo,

lo que los astros callan mi corazón lo sabe”.

Por supuesto que el motivo no es original. Un hombre contemplando las estrellas, el cielo infinito. Es la misma escena cantada muchas veces por Dante Alighieri; también es el motivo de uno de los mejores poemas de Ole Sarvig, el poeta danés de “Noche de vela”:

“Estoy plantado solo en esta noche

bajo las estrellas…”

Sí, no es un motivo original. La actitud del hombre levantando sus ojos a las alturas, es tan antigua como la pregunta por el misterio. Motivo romántico, motivo universal. Lo que nos llama la atención en estos versos de Rivera, es el tono de insatisfacción, esa sed no cumplida. El cielo es poca cosa para los ojos. Quizá sea poca cosa también para nuestras palabras. El cielo es un silencio, una paz sin límites, un silencio interpretable sólo con otro sentido: lo infinito, “que en la pupila cabe”, y sólo puede ser escuchado desde el corazón; el arcano huye a la razón. Tomemos un caso más. De nuevo el primer terceto del soneto XXV de la tercera parte de Tierra de promisión:

“Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿por qué todas las tardes me duele esta emoción?”

Romántico, sin duda. Pero qué magistral esa entrada del terceto: “Me borrará la noche”. Son las mismas palabras que, años después, Jorge Luis Borges colocará en la boca de un suicida. Es indudable que la poesía, como escribiera el mismo ciego bibliotecario, es la historia sin fin de unas cuantas metáforas. Pero sigamos. A una noche sigue otro amanecer. Rivera se interroga, se define. Las dos imprecaciones, más personal la primera, más común la segunda, parecen ser un epitafio riveriano. De ese segundo alejandrino nos conmueve aquel “consolará”. Rivera se desnuda. Quizá no fue un cantor de la naturaleza, sino su guardián. Más que la voz paterna, intentó ser abrazo de madre, regazo lírico.

En Tierra de promisión, en los poemas de José Eustasio Rivera, encontramos algunas imágenes sorprendentes, precisas. Son escasas, en verdad, pero cuando aparecen son de primera magnitud. Empecemos con el III soneto de la primera parte. Rivera nos describe un caimán:

“El caimán cuya rugosa espalda

parece cordillera en miniatura”.

La comparación es certera. Rivera ha bajado la mirada. Ha puesto sus ojos a la par de la hierba. Entonces, descubre que la piel del caimán, que su rugosa espalda es otra cordillera, una segunda tierra, otra forma de las rocas. Y ese calificativo de “miniatura” nos impacta aún más. Sabemos que las cordilleras son inmensas, esa es una primera memoria que, al oponérsele desde lo diminuto, hace que la piel del caimán deje en nuestra imaginación un fogonazo, un asombro revelador.

Miremos ahora el soneto IV de la segunda parte. Al final del segundo cuarteto Rivera nos dice:

“y en los lanudos frailejones flota

como harapos dispersos, la neblina”.

He aquí otro logro lírico. Preciso el adjetivo para el frailejón, exacto por su textura que le confiere liviandad, ligereza que va a verse engrandecida por la neblina. Rivera la pinta de harapos dispersos. Lo etéreo se hace sólido. Pareciera acá que el poeta José Eustasio Rivera y el pintor El Greco se emparentaran en el manejo de la atmósfera. La neblina: un harapo que, cuando flota, se dispersa. Los harapos, la ropa vieja; los harapos, materia que de tanto usarse se divide, se propaga. Dos tipos de ropaje: la de los frailejones y la de la brisa.

Un acierto más de Rivera se encuentra en el III soneto de la segunda parte de Tierra de promisión. Un soneto que, por cierto, figura en muchos de los textos escolares y en varias antologías. El soneto de los caballos y el llano. Un soneto “galopante” que logra su mayor acierto en los dos últimos tercetos.

“Atropellados, por la pampa suelta,

los raudos potros, en febril disputa,

hacen silbar sobre la sorda ruta

los huracanes en su crin revuelta.

 

Atrás dejando la llanura envuelta

en polvo, alargan la cerviz enjuta,

y a su carrera retumbante y bruta,

cimbran los pindos y la palma esbelta.

 

“Ya cuando cruzan el austral peñasco,

vibra un relincho por las altas rocas

entonces paran el triunfante casco,

 

resoplan, roncos, ante el sol violento,

y alzando en grupo las cabezas locas

oyen llegar el retrasado viento”.

El efecto es único. Los caballos, su carrera, son más rápidos, más ágiles que el mismo viento. Además, los caballos paran sus cascos para escuchar; el logro es doble. No es que el viento llegue como brisa, como aire; es más una voz, una palabra. El impacto verbal y visual aparece ante nosotros. La imagen es para el oído y para el ojo. Y, Rivera, para enardecer aún más nuestros sentidos, decora la escena con un sol violento. Es, pues, un logro lírico enceguecedor, deslumbrante.

Aciertos similares hallamos en el soneto VI de la tercera parte, en el que otro caballo, un potro semental, se lanza al trote y “tiende la crin para que el viento flote”. La imagen es plástica. La crin se tiende, como una sábana, sólo para que el viento pueda expandirse. No es el viento sobre la crin, sino la crin para el viento.

O aquella otra imagen del soneto XVII de la tercera parte de Tierra de promisión, referida a unas vacas compasivas que, “haciendo mistéricas rogativas, / se echan por calentar las sepulturas”. Rivera nos muestra por ausencia el tópico de la losa fría de los románticos. Para él cuenta más el calor de la vacada que el aterido lugar de las sepulturas. El cementerio se convierte en pastada, la muerte se torna vida.

Precisamente, más adelante, en el soneto XXIV, Rivera recurre otra vez a la vacada, pero ahora para descubrirnos el trote del ganado, para crear un eco especial: “y al trote desigual de la vacada / suena la seca amarillez del pasto”. Un verso excepcional. Es el color lo que repica, es la sequedad de un color lo que nos permite descubrir el paso del ganado. El color como eco: maravilloso.

Rivera, en Tierra de promisión, es un poeta de relámpagos líricos excepcionales. De pronto, en medio de la inmensidad de versos parnasianos, se eleva la voz nativa, se levanta la palabra del hombre campesino, la palabra que sabe que el caimán lleva sobre su espalda una montaña en miniatura.

No quisiera dejar en el tintero otra característica notoria de los sonetos de Tierra de promisión. Es un detalle de la forma, de la arquitectura de los sonetos. En todos ellos, en los 55, se usa como recurso inicial la disyunción “y”. Rivera escribe, por ejemplo:

“y en hondo murmullo de mi audaz oleaje” (…)

“y peinando en los vientos el sonoro plumaje” (…)

“y unos indios desnudos, con curiosa cautela” (…)

“y al sentir mis caricias apremiantes, se afana” (…)

En todos los sonetos hay por lo menos un verso con este tipo de construcción. La “y”, como inicio, puede ser utilizada de dos maneras: como presupuesto, como condición, como hipótesis. Este sería un primer sentido:

“y al gemir de dos ranas como finos violines” (…)

“y a la par que escudriña, malicioso, el paisaje” (…)

La construcción hace las veces de una invitación, es como un presupuesto de suspenso: algo viene. Es la primera parte de un silogismo, la premisa inicial.

“y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes” (…)

Una segunda forma de utilizar ese “y” es emplearlo como conclusión, como resultado. Ahora el verso no es suspenso, sino desenlace, síntesis:

“y la luna prolonga mi silueta en el río” (…)

“y los hombros me muerde con salvaje crueldad” (…)

“y la montaña púber huele a virginidad” (…)

El recurso, en este caso, es usado como telón, como punto final de un enunciado anterior. Responde a la lógica de “dado que”: “resulta que”. Rivera, entonces, sucumbe ante la forma hecha.

“y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo” (…)

“y se duermen los montes… y se apaga la luz” (…)

No quiero decir que esta particularidad del verso sea exclusiva de Rivera, no. De pronto es inherente a la forma soneto; pero, en Tierra de promisión es un recurso demasiado visible, una estructura sintáctica recurrente.

“y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,

al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo

y un rugido sacude la sagrada caverna”.

Dejemos de lado estas particularidades expresivas y elijamos un poema de Rivera para guardar en nuestra memoria. En mi caso, después de leer y releer los 55 poemas de Tierra de promisión, me quedo con el XII de la tercera parte. Es un soneto que a mi entender se libera del vestuario parisino y asume la desnudez de lo auténtico. Un soneto, además, escrito en endecasílabos y que, por lo mismo, resulta más natural, menos formalista. Este soneto preludia las hojas de Aurelio Arturo, el viento de Eduardo Cote Lamus. Un soneto, en suma, compuesto para expandir los pulmones, para ensanchar el espíritu.

“Hay una brisa de inefable ruido,

que al bajar de la fértil serranía,

por anunciarme su llegada, envía

gratos perfumes de maizal florido.

 

Disuelta sobre el llano estremecido,

cual un extraño espíritu, me espía;

y aunque mis ojos no la ven, podría

reconocerla entre el palmar mi oído.

 

Como un suspiro de la selva ausente,

por disipar mis íntimas congojas,

despeinando mi sien, besa mi frente;

 

y a su blanda caricia femenina,

tiembla de placidez, como las hojas,

mi ser en la frescura matutina”.

Si se mira con atención, el eje del poema es la brisa, la brisa que baja, como perfume, para disolverse en el llano; la brisa invisible, el suspiro de la selva; la brisa que después toma el cuerpo de la música y espía. La brisa, primero nos acecha, luego viene hacia nosotros y nos despeina, nos besa y, al besarnos, deja entrever su ser: la brisa es una mujer que, al acariciarnos, nos hace temblar. Mujer brisa, maizal florido, frescura matinal. Rivera ha buscado y elegido las palabras precisas. Los versos, en esta ocasión, dejan de ser palabras para transformarse en viento, un viento blando. La brisa es el respiro de la selva, el aire de otro ser que siempre nos espía, que siempre nos vigila, porque detesta ver la congoja en nuestra frente. El aire de otro ser que desdibuja nuestro sufrimiento.

Cierro estas aproximaciones críticas a Tierra de promisión señalando que son poemas de luz, de color; poemas impresionistas. José Eustasio Rivera es el “poeta de las sensaciones” ha escrito Luis Carlos Herrera. Tierra de promisión es un cuerpo de sonetos que, como afirma David Suárez Torres, “preparan el camino hacia la novela”, sonetos puente para llegar a La Vorágine.

Entradas recientes

  • Despedida
  • Legado
  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Legado
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.000 suscriptores

Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

×
Cargando comentarios...