«El tigre» del pintor alemán Franz Marc.

Trepado en un árbol frondoso y con una buena panorámica, un cazador miraba por sus binoculares a otro colega que, en un claro de la selva, se enfrentaba a un tigre con un machete.

—Debería dispararle con su rifle —exclamaba—. No sé para que lo tiene terciado a sus espaldas.

El hombre que estaba abajo caminaba despacio siguiendo el desplazamiento del tigre, con gran precaución, estudiando cada paso. Parecía otro felino.

—Yo de él hacía rato me hubiera acercado para descargarle un golpe mortal con ese machete —decía en voz alta, como si el colega lo escuchara—. ¡Seguro que le falta valor!

El cazador enfrentado al tigre se mantenía alerta sin despegar su mirada del rayado animal. Sus movimientos eran calculados. El tigre lo estudiaba, como quien sabe los riesgos de alcanzar una presa inteligente.

—¡Qué espera para enfrentarlo! ¡Haga algo, láncese de una vez! —gritaba el hombre, acomodándose mejor en una de las ramas del grueso árbol.

El otro hombre mantenía en alto el machete que, por momentos, lanzaba brillos al encontrarse con la luz del sol. El cazador sabía que en cualquier momento la fiera podría lanzarse sobre él, y por eso mismo no perdía el contacto visual con la fiera. El sudor bajaba por sus mejillas, le empapaba la espalda y hacía que el mango del arma se sintiera resbaloso. La situación era de total intensidad.

—¡Nunca pensé conocer a alguien tan cobarde!, ¡Mátelo de una vez! —dijo el impaciente observador de la escena.

Después de unos minutos, como si presagiara algo, el tigre se detuvo por un instante, miró a su alrededor y, sigilosamente, se perdió entre la alta maleza. El cazador no bajó la guardia. Se mantuvo alerta, esperando otro ataque del animal. Sabía que el tigre a veces parece retirarse para luego arremeter con mayor fuerza. Sin embargo, no fue así.

El cazador trepado en el árbol dejó de mirar por sus binoculares y descendió con dificultad. Después se encaminó hacia donde había visto a su colega.

Luego de sortear la maleza llegó a donde estaba el cazador. Lo saludó con la mano y, como si fueran viejos conocidos, empezó a interrogarlo por el reciente evento:

—¿Qué pasó? —fue la primera interpelación al nuevo compañero— ¿Se le encasquilló el rifle?

El otro hombre, que se mantenía en estado de alerta, le sonrió al colega con dificultad. Mientras enfundaba el machete le respondió:

—No, lo que pasa es que es un tigre herido…

—¿Y qué?, mejor. Sólo faltaba darle el tiro de gracia.

El cazador miró a su colega con la misma actitud con que antes había observado al tigre.

—La verdad es que los tigres heridos son letales cuando se los ataca. Desarrollan una fuerza superior a lo que uno puede imaginar.

—Entonces, es más fácil rematarlos…

—Todo lo contrario, en ese momento es cuando el cazador está en el máximo peligro de morir.

El hombre de los binoculares guardó silencio y dejó por un momento de interrogar al colega. Después de unos segundos agregó:

—Lástima, yo desde donde estaba trepado no veía bien el animal para dispararle…

—Eso pasa casi siempre: —respondió el otro cazador—. Desde lejos es fácil resolver lo que de cerca resulta más complicado…

El hombre hizo una pausa, bajó la mirada y contempló sus manos aún sudorosas. Se mostraba meditativo:

—Para descubrir el temperamento y la forma de actuar de la bestia hay que estar bien cerca de ella.

El otro cazador se sintió avergonzado.

—Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo ni de disparar hacia donde estaba el tigre para espantarlo.

—No siempre hay que matar al enemigo para lograr sobrevivir —comentó el cazador, acomodándose el sombrero y terciándose de nuevo el rifle en el hombro.

Mientras seguían su camino, los dos cazadores hicieron silencio. Los rugidos prolongados de un tigre parecían retumbar más fuerte entre los otros sonidos de la tupida selva.