Desde la iniciativa internacional para la educación de las diez “Habilidades para la vida en las escuelas” realizada por la Organización Mundial de la salud, en 1993[1], hasta las “Diez capacidades funcionales humanas centrales” propuestas por la filósofa Martha Nussbaum[2], los educadores y los centros de formación han entendido que su labor, además de impartir conocimientos de calidad, consiste especialmente en desarrollar habilidades socioemocionales al igual que “acrisolar” el carácter de las nuevas generaciones. Los cuestionamientos venidos de diferentes campos del saber insisten en que la educación debe ser interpelada por las nuevas demandas sociales, que la formación es para toda la vida[3] y que, especialmente en nuestra época, se requiere un acompañamiento fraterno dentro de la acción pedagógica. El mismo Papa Francisco ha invitado a un Pacto educativo global en el que “se ponga a la persona en el centro, se escuche a las nuevas generaciones, se promueva a la mujer, se responsabilice a la familia, se promueva la acogida de los más vulnerables y marginados, se entiendan nuevas formas de la economía y la política y se cuide la casa común”[4].
Mirada con algún detalle la iniciativa de las habilidades para la vida se comprenderá que no es un asunto menor o de fácil consecución hallar las mediaciones, el tiempo y las estrategias educativas apropiadas para formar a los jóvenes estudiantes en el autoconocimiento, la toma de decisiones, enseñarles a solucionar problemas y conflictos, manejar las emociones y sentimientos a la par que formarlos en el dominio de las tensiones y el estrés. Quizá resulte más cercano promover en ellos el pensamiento creativo y el pensamiento crítico al igual que disponer espacios para las relaciones interpersonales; pero, de seguro, se tendrán dificultades para desarrollarles la capacidad de empatía y habituarlos a la comunicación asertiva. Tales aspiraciones suponen un giro o replanteamiento en el objetivo final de los centros educativos y, por supuesto, una revaloración del sentido y alcance de la relación pedagógica por parte de los maestros y maestras.
Sea como fuere, lo cierto es que las habilidades para la vida presuponen empezar a sopesar el conocimiento con la sabiduría, el mundo académico con el mundo “práctico” y el discurso especializado de las disciplinas con el aporte plural de las artes y las expresiones estéticas. No podemos seguir creyendo que los planes de estudio sólo abarcan la parcelación de las asignaturas; o que las diversas dimensiones del ser humano se satisfacen atendiendo las demandas gubernamentales del momento. Cada día resulta más importante comprender que los centros de formación son semilleros sociales muy importantes para aprender la participación y responsabilidad ciudadana, desarrollar la solidaridad, y abrirle un espacio al cultivo interior, la moral y la dimensión espiritual.
Dicho lo anterior, deseo puntualizar algunas habilidades para la vida que me parecen vertebrales en el proceso formativo de los jóvenes de hoy. Sobra decir que estas habilidades ni se alcanzan en corto tiempo, ni logran afianzarse sin el compromiso de quienes las encarnan. Digo esto último porque, en varias de las propuestas de “educar para la vida”, se piensa que tal logro sólo es responsabilidad de quienes las enseñan, cuando en realidad, son conquistas mancomunadas con la familia o fraguadas con el concurso de muchas manos[5].
Primera habilidad: El cultivo de sí. Creo que es la habilidad fundamental, porque sin una vigilancia constante sobre nuestro ser físico y psicológico, sobre la salud de nuestro cuerpo y el modo como lo nutrimos y ejercitamos, difícilmente podremos llevar a cabo otras habilidades. El cultivo de sí entraña la dignificación que nos otorgamos a nosotros mismos, la estima que nos profesamos, el bienestar que nos procuramos. El cultivo de sí supone descubrir y avivar nuestros talentos, reconocer nuestras cualidades, trabajar sobre nuestras debilidades con persistencia y buen ánimo. También el cultivo de sí implica mantener un proyecto de vida, luchar por unas metas propias, centrarse en lo que consideramos esencial para realizarnos como personas. El cultivo de sí demanda entender cada etapa del ciclo vital con sus tonalidades, con sus posibilidades y sus limitaciones.
Segunda habilidad: La sensibilidad social. Parte del hecho de que las vicisitudes de los demás, los problemas ajenos, no nos son indiferentes. La sensibilidad social supone salir de nosotros mismos para ser interpelados por los otros, por aquellas personas diferentes a nuestro modo de vivir, pensar o actuar. La sensibilidad social nos hace proclives a la solidaridad, a la cooperación, a la compasión y el sentido de la fraternidad. Porque tenemos sensibilidad social nos sentimos llamados a ofrecer ayuda a quien la necesita, a estar presentes cuando otro ser humano está agobiado por la fragilidad, el dolor o la ignominia. La sensibilidad social contribuye a afianzar los vínculos entre los vecinos, entre coterráneos, entre personas extrañas no importa su condición, raza o creencias.
Tercera habilidad: La flexibilidad para el cambio. Esta habilidad es garantía para sobrevivir en épocas cada vez más inciertas, en ambientes plagados de incertidumbre. La flexibilidad para el cambio supone la tolerancia y una cierta disposición gozosa hacia la aventura. La flexibilidad para el cambio requiere tener la maleta liviana, aceptar que la transformación es parte natural de todos los seres, avizorar la mudanza que se avecina sin nostalgias o resentimientos. Desde luego, la flexibilidad para el cambio incluye también aceptar la evolución que sufren nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestros ideales. La flexibilidad para el cambio nos evita caer en los anquilosamientos del espíritu, en las obcecaciones autoritarias, en los fatalismos hacia el futuro o en la inercia pasiva del presente.
Cuarta habilidad: El temple del carácter. Consiste en la incorporación y defensa de determinadas virtudes, en la adhesión a ciertos valores, en la observancia de algunos criterios que sirven de referente para actuar. El temple del carácter supone determinación, la asunción de unas obligaciones, la responsabilidad frente a nuestras opciones. El temple del carácter conduce a que no nos amilanemos cuando las cosas no salen como pensamos, que no culpemos a los demás de las consecuencias adversas, que no claudiquemos fácilmente en nuestros propósitos. El temple del carácter se logra mediante el troquel de los hábitos, autoimponiéndose una disciplina, examinando constantemente las cosas que nos molestan o nos sacan de nuestros cabales. Cuando se cuenta con el temple del carácter más fácilmente se podrá contrarrestar la crítica adversa o el rumor negativo, las demandas noveleras del momento, los gustos uniformes de la mayoría. Las personas con temple de carácter son auténticas, genuinas, altamente originales[6].
Quinta habilidad: La preservación de la curiosidad. Sin lugar a dudas, esta habilidad nos lleva a no perder el deseo por conocer, a conservar intacto el sentido de explorar y a impulsarnos a investigar lo que ignoramos o no acabamos de comprender. La preservación de la curiosidad es pábulo para la innovación y la invención, para ponernos en la vía de los descubrimientos y las soluciones inesperadas. Aquellos que preservan la curiosidad son estudiosos incansables de un tema, insaciables cuestionadores llenos de preguntas, personas renovadas constantemente por el asombro y la extrañeza. La preservación de la curiosidad nos hace menos conformistas, nos alimenta la creatividad, nos quita del ánimo el asfixiante moho del aburrimiento y la apatía. Las personas que preservan la curiosidad son menos crédulas, más escépticas, porque se permiten escudriñar allí donde otros se encogen de hombros o pasan por alto.
Sexta habilidad: El dominio de las emociones y las pasiones. Se relaciona con la capacidad para no estar sujetos a la inmediatez de los estímulos o a la reacción explosiva de los afectos. El dominio de las emociones y las pasiones consiste no en atrofiarlas o quitarles su fuerza vital, sino en aquilatar su radio de acción y su incidencia en el itinerario de nuestra vida, y mucho más cuando nuestro proyecto vital lo hacemos depender de sus demandas acaloradas o de la ceguera de sus caprichos. Hacer énfasis en el dominio de las emociones y las pasiones es una manera de incorporar la moderación en nuestros sentimientos, especialmente cuando el ímpetu nos domina o el ardor y la vehemencia nos conducen al fanatismo o la violencia. Y, por supuesto, es la garantía de que podamos construir relaciones dignificantes y duraderas, vínculos afectivos cuidadosos de la otra persona, ambientes de convivencia salvaguardados por la tolerancia y el respeto mutuo.
Séptima habilidad: La disposición para el humor y lo lúdico. La clave de esta habilidad reside en albergar en el espíritu, en las relaciones, en el transcurrir de la existencia, un talante alegre e ingenioso que permita relativizar los eventos negativos o no tomar todas las cosas con pesada gravedad. La disposición para el humor y lo lúdico resulta útil para matizar todas las tragedias, tomar distancia de los infortunios y permitir burlarnos de nosotros mismos. La disposición para el humor y lo lúdico contribuye a reponernos con facilidad de los fracasos que tengamos, a hallarle el lado amable a la vida, a aceptar con más tranquilidad nuestras torpezas, nuestros errores y nuestra consustancial fragilidad. Si sometemos nuestra cotidianidad al rasero de una excesiva circunspección, le daremos mayor trascendencia a asuntos banales y llenaremos nuestro corazón de amargura, rencor y desesperanza. La disposición para el humor y lo lúdico es garantía de alivio al estrés avasallador y un recurso divertido de sortear el miedo, la vergüenza o la repugnancia.
Octava habilidad: La conservación vigilante del medio ambiente. Ninguna manifestación de la vida puede tener un futuro saludable, sino contribuimos a la preservación del planeta. La conservación vigilante del medio ambiente incluye actitudes menos depredadoras de la naturaleza, la protección de la biodiversidad, el desarrollo de la conciencia ecológica frente al consumo responsable, y una atención interesada frente al cambio climático y todas las formas de contaminación. La conservación vigilante del medio ambiente supone tomarnos en serio la supervivencia y la decisión de participar individual y de manera colectiva en acciones cotidianas como aprender a reciclar, no malgastar el agua, usar menos el automóvil, no quemar las basuras, apagar los dispositivos eléctricos cuando no se estén utilizando y el cuidado insistente de las zonas verdes. La conservación vigilante del medio ambiente no es una visión contemplativa y romántica de la naturaleza, sino una activa y sensata forma de vivir de manera ecológica[7].
Novena habilidad: La responsabilidad derivada de los vínculos humanos. Alude a entender, valorar y proteger las diferentes interacciones que establecemos o en las que participamos. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos nace del hecho de que no nos hacemos solos ni podemos socializarnos sin la participación de otras personas; se afianza en la evidencia de que necesitamos nichos del afecto o zonas seguras que nos garanticen la protección y desarrollo de nuestro ser. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos otorga vertebral importancia al sentido corresponsable de las filiaciones, al deber moral de los compromisos; a las obligaciones que conlleva hacer parte o formar una familia. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos además de subrayar la gratitud y la lealtad, se ocupa de mantener relaciones afectivas fiables y solidarias, se concentra en mantener el lazo entre las generaciones; hace efectiva la ayuda oportuna y el apoyo solidario con los progenitores, en particular cuando estén enfermos o envejeciendo. La responsabilidad derivada de los vínculos humanos reconoce que las relaciones de sangre, afecto o fraternidad se sostienen y perduran por la ley de la reciprocidad.
Décima habilidad: la participación ciudadana con criterio cívico. Lo que está en la base de esta habilidad es asumir la condición de sujetos dignos de derechos y obligaciones, regulados por acuerdos de convivencia y respetuosos de las reglas mínimas de convivencia. La participación ciudadana con criterio cívico lleva a sentirse miembro real de una comunidad, a buscar las mejores soluciones para el bien común y a servir de mediador para la resolución pacífica de los conflictos. La participación ciudadana con criterio cívico significa de igual forma el conocimiento del ordenamiento legal, la deliberación sobre las formas de gobierno y la elección concienzuda de dirigentes y representantes. La participación ciudadana con criterio cívico, si bien incluye los grupos marginales o las denominadas “tribus urbanas”, le apuesta a una forma organizativa en que sea posible contribuir al tejido de lo público, a realizar sin oponerse las elecciones de una vida individual con los requerimientos de una vida colectiva[8].
Undécima habilidad: la perspicacia de lectura del pensamiento crítico. Referida a una voluntad de sospecha sobre la opinión pública, a la rumia de los mensajes circulantes propagados por los medios masivos de información, a un filtro reflexivo sobre las veloces prácticas comunicativas en las que estamos inmersos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico es una habilidad supremamente importante en un mundo donde hay saturación de información, circulación de noticias falsas, usos políticos y comerciales para engatusar incautos, escenarios virtuales en los que se combinan astutamente la realidad con la ficción. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico nos conduce a pasar por el cedazo de la sospecha los mensajes que se replican en las redes sociales, a tener más de una fuente de información, a no ser pasivos receptores de noticias y textos diversos. La perspicacia de lectura del pensamiento crítico implica desarrollar habilidades cognitivas como la comparación, la inferencia, la evaluación, el análisis, la argumentación que, al juntarse, permiten tener posturas razonadas sobre informaciones y acontecimientos, contribuyendo en gran medida a adquirir la capacidad mental de pensar por cuenta propia.
Duodécima habilidad: un modo de conocer plural e interdisciplinario. Tiene su origen en la complejidad del mundo, de las personas y de la realidad, que muestra la limitación comprensiva de un único punto de vista y la urgencia de amalgamar diferentes saberes y disciplinas para tratar de comprender la vida misma y sus manifestaciones. Un modo de conocer plural e interdisciplinario se acentúa en la complementariedad, en los espacios híbridos, en la conjugación de los aportes de las artes y las ciencias. Si en verdad queremos tener una comprensión más abarcadora y profunda de la vida nos será necesario aprender a combinar lo sensible con lo inteligible, la fuerza del dato con la potencia imaginativa de la metáfora. Un modo de conocer plural e interdisciplinario nos hará aptos para beber en muchas aguas sin estar sometidos por la constricción de las especializaciones, a sacar provecho de lo intuitivo a la par que del metódico análisis racional. Un modo de conocer plural e interdisciplinario podrá armonizar el aporte de los saberes ancestrales, de la sabiduría práctica, con esos otros beneficios que ha traído la ciencia y las tecnologías sofisticadas.
Concluyo esta docena de habilidades para la vida evocando a autores clásicos que avizoraron la relevancia de contar con una serie de consejos, de lecciones brotadas desde la experiencia, para conducir de mejor manera la existencia. Pienso en Epicteto y Marco Aurelio, en Montaigne, André Maurois o Romano Guardini[9]. O en filósofos contemporáneos como Michel Foucault o Pierre Hadot quienes retomaron a esos autores para mostrarnos las claves del “arte de vivir”[10]. Sé que los educadores, y más en una época como la que vivimos, sabremos entender que, además de transmitir información, tenemos la capital tarea de acompañar a otros seres humanos en el desarrollo de su personalidad y de ofrecerles un repertorio de “lecciones de sabiduría” que sirvan de referente en su travesía vital cuando estén lejos de nuestras aulas.
NOTAS Y REFERENCIAS
[1] Las diez habilidades son: autoconocimiento, empatía, manejo de emociones y sentimientos, comunicación asertiva, relaciones interpersonales, solución de problemas y conflictos, toma de decisiones, pensamiento creativo y pensamiento crítico. Véase el magnífico documento compilado por Laura Stella Parra Espitia y un equipo de psicólogos de la Universidad Luis Amigó, titulado: Habilidades para la vida. Aproximaciones conceptuales:
[2] Martha Nussbaum en su libro Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano, propone y desarrolla argumentativamente estas diez capacidades: “Vida, salud física, integridad física, sentidos imaginación y pensamiento, emociones, razón práctica, afiliación, otras especies, juego, control sobre el propio entorno”; Paidós, Barcelona, 2012, págs., 53-55.
[3] En esta misma perspectiva Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, en el apartado dedicado a la Educación, dice que las escuelas “tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida”. Y agrega: “Lo más importante de todo será la capacidad habérselas con el cambio, de aprender nuevas cosas y de mantener el equilibrio mental en situaciones con las que no estemos familiarizados. Para estar a la altura del mundo de 2050, necesitaremos no sólo inventar nuevas ideas y productos: sobre todo necesitaremos reinventarnos una y otra vez”, Random House, Bogotá, 2018, pág. 288.
[4] Puede consultarse el vademécum del Pacto Educativo Global en: https://www.educationglobalcompact.org/resources/Risorse/vademecum-espanol.pdf
[5] Vale la pena retomar acá el llamado que hace a los padres de familia la filósofa Victoria Camps en su libro Qué hay que enseñar a los hijos y la agenda de formación que les propone: felicidad, buen humor, carácter, responsabilidad, dolor, autoestima, buenos sentimientos, buen gusto, valentía, generosidad, amabilidad, respeto, gratitud, libertad y obediencia; Plaza & Janés, Barcelona, 2000.
[6] El psicólogo Thomas Lickona, en su obra Carácter. Cómo ayudar a las nuevas generaciones a desarrollar el buen criterio, la integridad y otras virtudes esenciales (Producciones de educación aplicada, México, 2016), expone diez virtudes “que son confirmadas por casi todas las tradiciones filosóficas, culturales y religiosas: la sabiduría, la justicia, la fortaleza, el autocontrol, el amor, la actitud positiva, el trabajo arduo, la integridad, la gratitud y la humildad. Lickona afirma que “al centro de una educación del carácter eficaz hay una fuerte alianza entre los padres y las escuelas”.
[7] La encíclica Laudato si del Papa Francisco está en consonancia con esta habilidad; allí hay hay abundantes ideas y propuestas muy interesantes sobre el “cuidado de la casa común”. En esta misma vía resulta esclarecedor el libro de Wilhelm Schmid, El arte de vivir ecológico, Pretextos, Valencia, 2008.
[8] Precisamente, Victoria Camps y Salvador Giner han vuelto a repensar los rasgos fundamentales de la “vida en común” en su obra Manual de civismo (Ariel, Barcelona, 2008). El libro muestra diversos ámbitos y formas que apoyan el civismo, tales como el respeto mutuo, la dignidad individual, la convivencia pacífica, la moderación, la responsabilidad en el trabajo, la cooperación.
[9] Valga la ocasión para recordar El Manual de Epicteto, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Ensayos de Montaigne, Un arte de vivir de André Maurois y Las etapas de la vida de Romano Guardini.
[10] Cuántas lecciones de vida trae Foucault en su obra la Hermenéutica del sujeto (Fondo de cultura económica, México, 2013) y cuántas más Hadot en el libro La filosofía como forma de vida (Alpha Decay, Barcelona, 2009).

Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando, esta semana nos ofreces un documento novedoso, útil y pertinente fruto de la lectura y la reflexión de los referentes que desde diversas óticas se han ocupado del tema. Tu propuesta es un llamado al autoexamen y la reflexión para ambientar con humanismo los espacios académicos disciplinares.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.