Ilustración de Riccardo Guasco.

Las redes sociales y los medios masivos de información –en particular la radio– han acentuado la idea de ver los hechos, la personas y la realidad política de manera polarizada. No hay lugar para atender las tonalidades o escuchar diferentes puntos de vista, y más cuando lo que persiguen es capturar audiencias rápidas a como dé lugar. Esta incapacidad para ver los matices, su intencionalidad alarmista y su vínculo con las emociones básicas de la gente es algo que podríamos analizar en esta oportunidad.

Empezaré recordando que el matiz tiene que ver con aspectos no muy fácilmente perceptibles de una cosa, hecho o fenómeno. Requiere cierta capacidad para distinguir tonalidades, modalidades dentro de un mismo aspecto. Supone, por lo mismo, sutileza para percibir diferencias en cosas muy parecidas o perspicacia para advertir variaciones de tono, grado, luminosidad o valor, y en el caso de las ideas, de percepción o interpretación.

De lo anterior se infiere que, para matizar, se necesita agudeza y discernimiento. No es una actitud o una forma de pensar que brote de manera inmediata. El matiz implica observar, cotejar, detenerse, con el fin de percibir esos ligeros cambios o esos grados de tonalidad intermedios que hay entre realidades o situaciones opuestas. Tal necesidad de “detenimiento” riñe con la velocidad de los cortos mensajes en las redes sociales o con el afán novelero que vocifera por los canales radiales. Lo más fácil, entonces, es focalizarse en los extremos, exacerbar una única perspectiva, alimentar los prejuicios y, lo que resulta más perjudicial para la opinión pública, omitir asuntos que no responden a la lógica de lo antagónico, lo incompatible o lo absolutamente disyuntivo. 

Precisamente, el canadiense Michael Fullan en su libro El matiz. Por qué unos líderes triunfan y otros fracasan (Morata, Madrid, 2019) ha insistido en que la incapacidad para apreciar los matices nos hace “superficiales” o proclives a “respuestas técnicas” que evitan actuaciones de “inmersión y reflexión”.  Insiste este educador en que el matiz supone ver la imagen completa de un hecho o problema a la par que comprender “los detalles, las conexiones y los patrones ocultos que operan dentro de ellos”. No aprenderemos a matizar si no hacemos una pausa de discernimiento, si dejamos de preguntar, si clausuramos en nuestra mente el espíritu crítico y si perdemos las pistas de orientación comprensiva que nos ofrecen los contextos. La credulidad inmediatista y cándida en nada contribuyen a encontrar soluciones para resolver un problema y sí multiplican la actitud fanática de “estás conmigo o estás contra mí”. La incapacidad de atender los matices –en los hechos, los acontecimientos, las relaciones– lleva a percibir la variación como defecto y al contradictor como enemigo.

Hay multitud de razones que nos han “formado” en este modo antagónico y excluyente de entender el mundo, las personas y los problemas. Hemos dejado que se absoluticen las disyuntivas por encima de las convergencias, las polaridades excluyentes en lugar de las gamas y la riqueza tonal. Un sedimento de creencias religiosas ancladas en dividir el mundo entre “buenos y malos” nos ha ido llevando –con un simplismo moral escalofriante– a “guerras santas” y fundamentalismos asesinos. Si fuera tan fácil precisar en las actuaciones complejas de un ser humano dónde hay total bondad y dónde absoluta maldad; si supiéramos con exactitud trazar las líneas de frontera entre lo virtuoso y lo reprochable, seguramente nos resultaría más fácil interactuar y convivir con los demás. Pero, eso no es posible ni deseable. Nos movemos entre escalas de grises porque somos distintos y porque sufrimos transformaciones a lo largo de nuestro ciclo vital. Además, porque albergamos la posibilidad de elegir y tenemos diferentes “marcas personales” que determinan nuestro modo de interpretar la realidad. Esa es nuestra riqueza a pesar de ansiar reducirla a dos tipos de especies o una tonalidad bicolor.

De igual forma considero que nos hemos vuelto incapaces para apreciar los matices porque nos es difícil convivir con la tensión entre fuerzas contrarias o entre el vaivén de lo que parece irreconciliable. Nos hace falta fortaleza en el carácter para movernos en la dinámica de las tensiones, de la elasticidad interpretativa, de la tirantez propia de los conflictos. Si es en una relación interpersonal queremos mirar sólo lo perfecto, pero negando lo imperfecto que hay en todo ser humano; si nos situamos en el mundo de los negocios, nos fijamos sólo en la ganancia, pero ajenos a la sensibilidad social de los beneficios obtenidos; si es en el mundo de las ideas suponemos que lo que creemos es igual a la verdad, a sabiendas de su provisionalidad y los intereses personales involucrados. Al querer desalojar la tensión en nuestro modo de pensar y de actuar hemos caído fácilmente en estereotipos, en la caza de brujas o en una disposición para sectarismos de todo tipo.

Si no albergamos en nuestra mente y en nuestro corazón el lente del matiz seguramente nos iremos convirtiendo en habitantes de guetos, en hordas ansiosas de destruir lo que ignoran o no gustan, en marginales incapaces de establecer acuerdos de civilidad y convivencia pacífica. Eso de una parte. De otra, si buscamos siempre el matiz, podremos evitar el exceso de enjuiciar a los otros y modificarlo por el ejercicio meditado de comprender. Es decir, descubriremos que no son buenas las generalizaciones para desentrañar un problema, que hay detalles sin los cuales no se comprende la médula de un asunto, que hay gradaciones o escalas en todos los actos humanos. Al mantener el filtro del matiz, si lo asimilamos como hábito, seremos más tolerantes, no caeremos fácilmente en las provocaciones y menos en la avalancha de los odios infundados. Aprender a matizar puede librarnos del odio gratuito y ayudarnos a fortalecer la tranquilidad interior que sigue siendo un bien de los más preciados en nuestra época.

Sea el momento de recordar el “Arte poético” de Verlaine en el que invitaba a unir “lo indeciso con lo preciso”, “el sueño con el ensueño”, “la flauta con la trompa”. Que evitemos o huyamos de “la punta asesina” de las oposiciones irreconciliables y del “espíritu cruel” que convierte a quien piensa diferente en un contendiente al que hay que humillar, agredir, desprestigiar o desaparecer.