Además del placer que produce la lectura de biografías, las historias de vida cumplen un papel fundante en la formación de niños y jóvenes, y son referentes importantes para enriquecer la edad adulta y sobrellevar la vejez. Las vidas de personas “ilustres”, “notables”, “ejemplares”, pueden ser un buen abono para el espíritu cuando está empezando a consolidarse un carácter, constituyen un repertorio de ejemplos –positivos o negativos– para el autoexamen y la toma de decisiones y son un caudal de experiencia que, generación tras generación, se ofrece como legado a los hombres y mujeres del presente.
¡Cómo son de nutritivas la lectura de biografías en los años de infancia! Escuchadas o leídas, despertaban la imaginación y la fantasía, hacían crecer en nuestra mente infantil deseos de heroísmo o de causas altruistas; nos llevaban a imaginar cierta disposición para la valentía, el fragor de la aventura o una inusitada capacidad para adentrarnos en los misterios de la naturaleza. Héroes patrios, santos, descubridores o científicos, artistas, gobernantes o líderes diversos, recuperaban su figura en los juegos de las horas del recreo o, para poner un ejemplo personal, servían de refuerzo a una pasión por el dibujo. Porque en los cuentos de alquiler, en un ejemplar de las Vidas ilustres, leí la historia de El greco, el pintor que tenía un nombre extraño y, sin embargo, guardé para siempre en mi memoria: Doménicos Theotocópoulos. Esa biografía contada en viñetas de colores me impactó sobre manera porque se hermanaba con mi gusto por ilustrar mis cuadernos. Al igual que él yo copiaba las ilustraciones de los libros, me esforzaba en manejar la pluma y el dibujo a tinta china y pasaba largas horas combinando los colores para darle el mejor tinte a las plumas de las guacamayas. Años después cuando empecé a estudiar diseño gráfico en la Universidad Nacional me volví a reencontrar con este pintor de cuerpos alargados, ojos vidriosos y sombras profundas. Y pasado mucho tiempo pude viajar a Toledo y ver, ya no en láminas sino en el lienzo original, El entierro del conde de Orgaz. Cuento esto para reafirmar mi idea de que la lectura de biografías, especialmente en las edades cuando estamos explorando nuestros talentos, permiten identificar nombres que se convierten en personas a emular o dan forma a vocaciones que aún no podemos delinear con exactitud.
Y ni qué decir del impacto de las biografías cuando ya somos jóvenes y estamos en la búsqueda de un campo profesional o luchamos interiormente entre estudiar para conseguir un empleo o seguir una pasión artística llena de incertidumbres. Las vidas de autores reconocidos, las vicisitudes por las que pasaron para alcanzar sus ideales, la forma en que vencieron las adversidades, todo ello se convierte en lecciones indirectas para el futuro de una existencia o en itinerarios posibles cuando se sueña seguir el llamado de una vocación. Recuerdo, en esta perspectiva, la emoción con que devoré en pocos días la novela Anhelo de vivir: La vida de Vincent van Gogh de Irving Stone. Ni me di cuenta en qué momento terminé las 400 páginas sobre el creador de “Los girasoles”, “La noche estrellada”, “Trigal con cuervos…” Qué forma hermosa de aprender la persistencia de un hombre para lograr cumplir sus ideales, la fuerza de carácter para no mentirse interiormente, la importancia de contar con cómplices o personas fraternas para mantenerse en pie y no sucumbir ante las penurias de la sobrevivencia. Este libro, la historia de este pintor fue definitiva para dejar los estudios de derecho que cursaba en ese momento y optar por la literatura. En muchas ocasiones, la lectura de una biografía fortalece el ánimo y direcciona la voluntad o muestra casos concretos de lo que en nuestra mente es apenas un anhelo o una divagante aspiración.
Considero que la escuela y los maestros son fundamentales en este propósito de presentar hombres y mujeres “destacables”, modelos de ingenio, de investigación, de creatividad o de servicio a los demás, ejemplos humanos que desde su misma trayectoria de vida son un testimonio de tenacidad, de consagración a un ideal o de encarnar ciertos valores que rebasan el común comportarse de la gente. Leer esas biografías en clase, volverlas parte de un plan lector institucional, incitar a los estudiantes a hallar “personajes” cercanos a sus expectativas de realización en el futuro, puede llevar a que desde muy pequeños se cultive una afición, se confíe más en las propias habilidades y se hallen mentores que refuercen la “singularidad” y la materialización de ideales aparentemente inalcanzables. Cómo no referir acá la biografía de 11 científicos, Cazadores de microbios de Paul de Kruif; un libro con una prosa ágil e interpelativa para despertar el gusto por la investigación, por la persistencia si se desea responder una pregunta, y por el trabajo denodado y honesto lejos de vanaglorias pasajeras.
Algo semejante ocurre en los estudiantes de educación superior cuando leen biografías de los fundadores, pensadores o referentes claves de una profesión. Aquí hay un buen repertorio de “figuras notables” para ofrecer electivas que contribuyan a entender la historia de un campo disciplinar, los pilares de su desarrollo y, lo más importante, una forma de poner a dialogar la innovación de un campo del saber con el cauce poderoso de la tradición que le da soporte social y fundamento teórico. Digo esto porque cuando se instrumentaliza demasiado una profesión, al dejarla huérfana de aquellos que le dieron consistencia, realce y continuidad en el tiempo, con facilidad se cae en el tecnicismo del operario o en atender únicamente las demandas inmediatas del mercado. Cómo puede ser posible que, sólo como ilustración, salgan egresados de una licenciatura en educación sin conocer las vidas de Montessori, Decroly, Freinet, Pestalozzi, Dewey o Paulo Freire. Pero no me refiero a una reseña rápida de estos “pilares”, sino a estudiar su vida en profundidad para entender bien su aporte a la educación, la forma como respondieron a los problemas educativos de su tiempo, y la manera como fueron elaborando sus propuestas o sus metodologías innovadoras. Si hiciéramos esto de manera intencionada en los currículos los estudiantes sabrían quiénes son esos “autores clásicos” de su carrera, sabrían reconocerlos y dignificarlos, aprenderían a distinguir el origen de diversos enfoques en una misma disciplina y, poco a poco, hallarían razones de peso para amar y enaltecer su profesión.
Pero la lectura de biografías no solo es útil en el ambiente escolar o universitario, también es valiosa para la formación personal en cualquier edad de la vida. Y así como las hagiografías tenían una finalidad edificante, las biografías nos ponen en contacto con otras personas, de diferentes épocas y contextos, que nos dan orientaciones sobre cómo enfrentar ciertos problemas o actuar en determinadas circunstancias. Pienso ahora en las Vidas paralelas de Plutarco y la sabiduría contenida en sus páginas, especialmente cuando tenemos algún tipo de poder o estamos sometidos al escrutinio público. Cuántos errores podrían evitarse si hubiéramos leído y apropiado lo que allí se nos cuenta sobre figuras como Alejandro, Julio César, Numa Pompilio, Solón, Pericles, Cicerón o Demóstenes. Cuánta sabiduría tendríamos en nuestro haber si, al decir de Plutarco, supiéramos apropiar de todas esas vidas pasadas las ganancias interpersonales de “un modo de conducirse” o las consecuencias negativas de no templar el carácter. Al leer este tipo de biografías asumimos el papel de beneficiarios del legado de otras vidas, recogemos lo que más nos sirve para dilucidar los problemas de la vida diaria y nos provisionamos de normas de conducta, de virtudes o principios que orienten nuestro proceder en el futuro.
De cara al narcisismo de nuestra época y del desprecio por el pasado, frente al culto a la velocidad y la novelería, la lectura de biografías puede ser un buen camino para que las nuevas generaciones conversen con las anteriores, una forma de aprender las contingencias de la vida desde el testimonio de otras personas, y una forma de dignificar a todos esos hombres y mujeres que abrieron fronteras, hicieron descubrimientos, crearon obras artísticas, lideraron multitudes o contribuyeron a que el mundo que les tocó en suerte fuera mejor o avanzara en alguna dimensión humana.


LUIS CARLOS VILLAMIL JIMÉNEZ dijo:
Apreciado Fernando:
Esta semana piensas en el equipo CLEO dedicado a tejer historias de vida de personajes notables de las profesiones y disciplinas. Las virtudes de las historias de vida tienen que ver el sentido de pertenencia, el descubrimiento de caminos vocacionales profesionales o especializados. Ofrecen opciones para salir de lo estrictamente instrumental para llegar al humanismo y a la intelectualidad. Se puede afirmar que la lectura de historias de vida es una actividad prioritaria e inaplazable para la vida académica.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
Diana León dijo:
Gracias maestro por ayudarme a dimensionar los beneficios formativos de leer biografías, siento que en el ámbito educativo, no se le da el alcance que debiera. Ahora que me encuentro tejiendo una historia de vida, este ejercicio cobra un mayor valor.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Diana, gracias por tu comentario.