Luis Carlos: Gracias a todos, otra vez, por aceptar la invitación a esta tertulia vespertina que, como nos sucedió en el pasado encuentro, se alargó hasta bien entrada la noche. Por sus miradas sé que será una reunión digna de recordación y más tratándose de un tema que a todos y a todas nos ha afectado. ¿O no, mi querido Alfonso?
Alfonso: Sí, así es, apreciado Luis Carlos. Todos y todas acá hemos sido tocados por el desamor en alguna ocasión… Y en mi caso, de una vez lo confieso, me ha roto más que el alma.
Ezequiel: Nos pusimos pesados. Porque si por allá llueve, por acá no escampa. Pero como el motivo era buscar poemas o textos relacionados con el desamor, quiero abrir la tertulia con un soneto que encontré de Jacinto Benavente. Se titula: “¡Quién retiene al amor cuando se aleja!”
Tanto es mi amor, por todos mis amores,
que en el jardín de la existencia mía
a verlas marchitarse día a día
preferí siempre deshojar sus flores.
Cuanto más encendidos sus colores
mueran en su triunfante lozanía,
más triste que la muerte es la agonía
de un amor entre dudas y temores.
Triste fin de un amor, cuando engañoso
quiere fingir que a su pesar nos deja,
y más ofende, cuanto más piadoso.
¿Y qué logrará la importuna queja
del ofendido corazón celoso?
¡Quién retiene al amor… cuando se aleja!”
Luis Carlos: Cuánta verdad hay en esos versos: “más triste que la muerte es la agonía de un amor entre dudas y temores”. La agonía que trae el desamor me parece una muy buena carta para empezar nuestro coloquio.
Susana: El desamor como un marchitarse, como esas flores que al inicio irradiaban calor y lozanía y luego, poco a poco, van perdiendo su primaveral belleza.
Alfonso: ¡Y cómo duele la piedad del que nos abandona o se aleja!
Natalia: No es fácil retener a una persona que ya no quiere estar con nosotros, eso es lo que me comunica el poema que nos trajo Ezequiel. Y aunque no deja de ser triste ese desenlace del amor, parece que es inevitable.
Alfonso: Recuerdo en este momento unos versos del gran poeta del amor Pedro Salinas, unas líneas que parecen rubricar lo que dice Natalia: “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba…?”
Luis Carlos: Sin embargo, en ese poema Salinas advierte que “ni en el llegar, ni el hallazgo tiene el amor su cima: / es en la resistencia a separarse / en donde se le siente, / desnudo, altísimo, temblando…” Pareciera que el amor cobra todo su valor precisamente cuando llega a su término; es en la “resistencia a separarse” en donde muestra toda su valía.
Alfonso: En todo caso, según Salinas, “Lo más seguro es el adiós”.
Luis Carlos: A propósito de Pedro Salinas traje para esta tertulia un pequeño poema de él, titulado “La distraída”. Escuchen:
“No estás ya aquí. Lo que veo
de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
‘aquí estoy contigo, mira’.
Y me señalas la ausencia”.
Ezequiel: Yo viví en carne propia lo que expresa ese poema. A veces la persona que amamos sigue con nosotros, pero su alma ya está en otro lugar o ya han emigrado sus sentimientos.
Susana: Es hermosa esa idea de que el alma se va primero, antes que el cuerpo.
Natalia: Me intriga el título de ese poema, “La distraída”.
Alfonso: Me parece que tiene que ver con la desatención, con la pérdida del foco de atención en alguien…
Luis Carlos: Otra pista más para abordar el desamor: el paulatino descuido hacia otro ser; un descuido que es fermento del olvido.
Alfonso: Yo creo que la ausencia es una de las formas del desamor. O sino miremos lo que Jorge Luis Borges escribió al respecto. He traído una fotocopia para todos.
Susana: Tú siempre tan generoso…
Natalia: Si quieres yo lo leo.
Alfonso: Ni que me hubieras leído el pensamiento.
Natalia: Me disculpan los posibles errores, porque es la primera vez que lo leo:
AUSENCIA
“Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que hunde”.
Luis Carlos: ¡Qué texto! Amerita releerse, en particular estas líneas: “¿En qué hondonada esconderé mi alma / para que no vea tu ausencia / que como un sol terrible, sin ocaso, / brilla definitiva y despiadada?”
Ezequiel: Sí, Borges captó bien ese estado de desolación que produce el desamor, esa cantidad de adoquines de vida construida que, como dice el poeta, hay que “quebrarlos con las manos”. La ausencia como una especie de orfandad.
Susana: Me parece que en una perspectiva semejante se inscribe un poema de la nicaragüense Gioconda Belli que encontré en mi pesquisa para este reencuentro fraterno. Tiene como título, “Abandonados”:
“Tocamos la noche con las manos
escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,
sobándola como la piel de una oveja negra.
Nos hemos abandonado al desamor,
al desgano de vivir colectando horas en el vacío,
en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,
intrascendentes,
sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.
Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,
sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,
el hueco de un sacabocados en el pecho,
el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol
que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad
y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.
¿Cómo volver a recapturar el tiempo?
Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,
hacerlo retroceder acobardado
por nuestra inquebrantable decisión?
Pero… quién sabe si podremos recapturar el momento
que perdimos.
Nadie puede predecir el pasado
cuando ya quizás no somos los mismos,
cuando ya quizás hemos olvidado
el nombre de la calle
donde
alguna vez
pudimos
encontrarnos”.
Luis Carlos: Me parece que Gioconda saca a la luz otra arista del desamor: el acostumbramiento a cierto desgano, a dejar que pasen los días de manera intrascendente. El acostumbrarse a la soledad, aunque “por debajo de las uñas” palpite la “necesidad” de amar y ser amados.
Alfonso: La imagen del caracol es fantástica. La soledad del desamor: una soledad encerrada en su mundo, apenas guardando pequeños ecos marinos de felicidad en su concha.
Susana: Es un abandono en doble vía; por eso me pareció interesante compartirlo con ustedes. Porque si bien alguien abandona a una persona, lo cierto es que también ella sufre en carne propia tal dejación.
Natalia: Pienso que las mujeres poetas son como más directas para hablar del desamor, dicen lo que sienten en carne viva, enaltecen su sufrimiento o lo dejan fluir como una dolorosa herida. Pongan atención a este poema de Gabriela Mistral, titulado “Coplas”:
“Todo adquiere en mi boca
un sabor persistente de lágrimas;
el manjar cotidiano, la trova
y hasta la plegaria.
Yo no tengo otro oficio
después del callado de amarte,
que este oficio de lágrimas, duro,
que tú me dejaste.
¡Ojos apretados
de calientes lágrimas!
¡boca atribulada y convulsa,
en que todo se me hace plegaria!
¡Tengo una vergüenza
de vivir de este modo cobarde!
¡Ni voy en tu busca
ni consigo tampoco olvidarte!
Un remordimiento me sangra
de mirar un cielo
que no ven tus ojos,
¡de palpar las rosas
que sustenta la cal de tus huesos!
¡Carne de miseria,
gajo vergonzante, muerto de fatiga,
que no baja a dormir a tu lado,
que se aprieta, trémulo,
al impuro pezón de la Vida!”
Susana: ¡Qué dilemas los del alma femenina! Parecemos vestales cobardes añorando el fuego. Me quedo con esos versos: “Ni voy en tu busca /ni consigo tampoco olvidarte…” En fin. Yo coincido con Natalia en que la voz femenina es más descarnada para mostrar el desamor. Me maravilló un poema de una poetisa uruguaya, Idea Vilariño, que me conmovió hasta las lágrimas. Ella fue el gran amor del novelista Juan Carlos Onetti.
Alfonso: A ella, precisamente, está dedicada su novela Los adioses…
Susana: Voy a leerlo despacio para que degusten el tono desesperanzado de este poema titulado “Ya no”:
“Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme.
Nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué
ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir”.
Natalia: ¡Qué fuerza, qué sinceridad, qué valor para decir la pena más profunda!
Luis Carlos: Si bien ya conocía ese poema, me sigue produciendo un efecto conmovedor. Aunque el poema se sitúa en un futuro imposible, en una posible relación fallida de convivencia, lo que nos conmueve hasta el llanto es esa progresiva enumeración de cosas y asuntos compartidos que ya no podrán hacerse o realizarse. Y lo más contundente, lo que toca la fibra más íntima de nuestra humanidad, es el cierre del poema: “No te veré morir”. Porque, de alguna manera, en nuestro imaginario amoroso confiamos en que aquella persona con quien hemos compartido una vida nos acompañe hasta el final de nuestra existencia. Quizá la certeza de ese amor en la senectud nos ayude a sortear el vado de la agonía o nos de fuerzas para entrar en lo absolutamente desconocido.
Alfonso: Y otra cosa, el poema recopila un conjunto de acciones amorosas cotidianas, pero tensadas por la imposibilidad de un futuro. Es el no del desamor, el no que lleva a la despersonalización. El no del olvido, el nunca, a pesar de la terca reverberación de un abrazo inolvidable en la memoria. ¡Muy buen aporte!, mi estimada Susana.
Natalia: Qué demoledora esa afirmación de que la ruptura de amor conlleva a un yo y un tú impersonales, a un retorno al anonimato. Me relees, por favor esa parte…
Susana: Con gusto: “Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya / no serás para mí /más que tú”.
Natalia: El desamor nos quita los nombres particulares, los apelativos cariñosos, y nos deja en un genérico anonimato. ¡Qué amargura!
Luis Carlos: A propósito de ese “ya no estar” que trae consigo el desamor, redescubrí a un poeta peruano, Manuel Scorza. Oigan este poema de una aguda sutileza:
MÚSICA LENTA
“Para que tú entres,
a veces de tristeza, el corazón se me abre.
Como una puerta tímida,
para que tú entres, el corazón se me abre.
Pero tú no vienes,
no vuelas más sobre los campos.
En vano mi corazón
a la ventana de su dolor se asoma.
Pasas de largo,
como si el viento
soplase sólo para allá.
Pasa la mañana y no viene la tarde.
Y el corazón se me cierra,
como una mano sin nadie, el corazón se me cierra”.
Ezequiel: Un poeta desconocido que ya entra a formar parte de mis próximas lecturas. Coincido en la esperanza que tiene el palpitar del corazón enamorado, cuando al vivir el desamor, anhela que de pronto haya un gesto, una palabra, una súbita visita, que permita refrescar un poco el dolor.
Luis Carlos: Es tan sutil el poema, expresa algo esencial del dolor que trae el desamor. Porque para que entre ese alguien que ha partido se requiere abrir el corazón de tristeza; no es un acto que hace desaparecer la infelicidad. El corazón del que vive el desamor es como una ventana abierta al paisaje de su dolor. Y como nadie viene, a pesar de esa espera de la mañana a la tarde, el corazón se cierra, oprimiendo aún más su herrumbrosa soledad.
Susana: A veces uno ya no quiere volar sobre esos campos conocidos… O desea descubrir otros nuevos…
Natalia: O está en un momento de vida que no coincide con lo que espera la otra persona.
Alfonso: No resulta fácil sacar conclusiones generales sobre asuntos que terminan siendo “personalísimos”. Pienso que a veces nos aferramos a una etapa del amor, a un momento, y queremos que eso se perpetúe en el tiempo, olvidándonos de que las personas cambian con la edad, son afectadas por las circunstancias. El amor evoluciona al igual que se transforma nuestro cuerpo y nuestras aspiraciones. A veces dejamos de amar a alguien porque “idealizamos” una época con esa persona o soñamos con una idea de felicidad que está más en nuestra fantasía que en la realidad.
Natalia: O dejamos de amarlo porque la rutina rompe el encanto, o porque, sin proponérnoslo, comenzamos a notar más los defectos que las virtudes en aquel ser con quien hemos convivido durante muchos años.
Luis Carlos: Shakespeare escribió, en el Soneto CXVI, que el amor era como un faro perenne que nunca debería dejarse estremecer por las tempestades…
Alfonso: Lo difícil es saber o comprender cómo las mudanzas de las personas no alteran lo esencial del amor. Recordé para esta tertulia un poema de Rafael de León, el poeta sevillano…
Ezequiel: Ah, sí, el de “Pena y alegría del amor…”
Alfonso: Ese, sí. Recordé un poema que se llama “Para toda la vida”, que escuché recitar a mi papá con esa voz que imitaba a la de Rodrigo Correa Palacio:
“’¿Me quieres, amor, me quieres?’
‘¡Sí, para toda la vida!…’
Y era yo quien preguntaba,
siempre soñando una espina,
siempre rondando una duda,
siempre imaginando heridas…”
Ezequiel: Ese poema, fíjate las coincidencias, lo traía para compartirlo con ustedes.
Alfonso: Bienvenidas esas coincidencias, apreciado Ezequiel.
Ezequiel: La parte que más me gusta de ese poema es ésta:
“Y de pronto, no sé cómo,
sin una razón precisa,
mi voz amarga y cansada
se fue quedando dormida.
Y cayó sobre mi alma
una lluvia dulce y fina
que se fue cristalizando
en nieve delgada y fría.
Y ya no pregunté más,
corazón, si me querías”
Luis Carlos: No es fácil mantener la promesa del amor “para toda la vida”. Especialmente porque somos seres variables, porque estamos sujetos al azar y las circunstancias y porque, en muchas ocasiones, nos falta temple y sabiduría para enfrentar la cambiante piel del amor.
Natalia: Sabes que sí, hemos exaltado el amor juvenil o la pasión del amor en primavera, pero poco hemos comprendido del amor otoñal o de ese que se parece mucho a la complicidad fraterna y la ternura.
Alfonso: Lo que noto como constante en estos poemas es el sufrimiento que trae consigo la ruptura amorosa. Es inevitable el dolor cuando el desamor toca nuestro corazón. Pero el dolor, como escribió Pedro Salinas, evidencia que el amor por alguien fue real, profundo, verdadero. Las penas del desamor reavivan la certeza de este sentimiento.
Susana: Yo prefiero enfrentar el desamor con la lejanía. Evitando los encuentros con la persona que he amado durante largos años.
Natalia: Eso ayuda, algunas veces; pero en otros –de eso doy testimonio– multiplica los temores, el remordimiento, la culpa en el alma.
Ezequiel: La experiencia me ha mostrado que el mejor remedio para el desamor es el tiempo. El tiempo que va, poco a poco, provocando el olvido.
Luis Carlos: Me das pie para ir cerrando esta tertulia con un texto de María Mercedes Carranza titulado “Poema del desamor”.
“Ahora en la hora del desamor
Y sin la rosada levedad que da el deseo
Flotan sus pasos y sus gestos.
Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,
Aquellas palabras que no fueron posibles,
Las preguntas que sólo zumbaron como moscas
Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.
Días perdidos en oficios de la imaginación,
Como las cartas mentales al amanecer
O el recuerdo preciso y casi cierto
De encuentros en duermevela que fueron con nadie.
Los sueños, siempre los sueños.
¡Qué sucia es la luz de esta hora,
Qué turbia la memoria de lo poco que queda
Y qué mezquino el inminente olvido!”.
Alfonso: Sí, aunque estemos frente al desamor, ciertas personas como yo no queremos olvidar; sentimos que el olvido es indigno para todo lo que se vivió con alguien. Hay personas tan amadas que no merecen nuestro olvido.
Luis Carlos: Con esa declaración de Alfonso, no queda más que servirnos un vino y escuchar algún bolero de esos que nos dejan el alma a flor de piel.

Germán D. Castro dijo:
Maestro, la dinámica de la Tertulia como es la multiplicidad de voces, la refundición de versos y autores con recuerdos personales, la presencia de una canción evocada y de un brindis. Qué tema el del desamor. Desde las múltiples aristas y vericuetos que expresan los diferentes poetas y la acertada visión de la sensación desde la voz de mujer. Este ‘personalisimo’ sentimiento, me hace pensar que las generaciones actuales lo padecen mucho menos. Entra dentro de la relativizacion que se hace de todo. Continúen las tertulias, un oasis en medio de tanta academia, falsas noticias y sectarismos.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Germán, gracias por tu comentario.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando:
Fue, sin duda, una tertulia colmada de sensibilidad genuina. Como lo expresó Alfonso: “el desamor nos rompe más que el alma”, porque… ¿quién logra contener al amor cuando decide alejarse?
El desamor es una herida profunda que se abre en la infancia, se ahonda en la adolescencia y reverbera en la madurez. Es como un rito de paso inevitable: es aquel umbral donde la herida se transforma en una cicatriz con sentido. El desamor marca el fin de una etapa vital, porque la ilusión —como una llama sin oxígeno— muere en la anoxia del desencanto, pero luego renace, vital y transformada, porque con seguridad, los enfermos de desamor logran la cura de su dolencia cuando se sienten preparados para reanudar la marcha. El desamor duele, pero enseña.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario. Como escribió Paul Geraldy en su poema «Adiós»: «Se habían nuestras almas tan bien compenetrado / y hoy de nuevo su vida cada cual ha tomado. / Con un distinto nombre por senda aparte iremos, / a errar, a vivir solos… Sin duda sufriremos».