“¿Respetamos y defendemos la zona sagrada de los peatones?” Fotografía de Olmo Calvo.

“El tacto de la ciudad es percibido por los pies”.

Ezequiel Martínez Estrada

 

Para todos aquellos que disfrutamos caminar, o para quienes no hemos perdido la curiosidad por indagar en los vericuetos de la ciudad donde vivimos, cada día notamos que los espacios disponibles para desplazarnos resultan más reducidos, invadidos o accidentados. Reflexionar, entonces, sobre la suerte del peatón parece no solo necesario, sino esencial en una defensa del transeúnte.

Si bien todas las políticas públicas de movilidad, expresada en documentos y materiales de divulgación, afirman que el peatón es lo más importante –lo que hay que cuidar a toda costa–, lo cierto es que es un actor secundario. El transeúnte, por ejemplo, debió ceder el espacio sagrado del andén a los ciclistas, a los patinadores e incluso a los motociclistas. Y ni qué decir de toda la economía informal que, sin ninguna regulación, se fue asentando en las aceras, copando las zonas de movilidad o dejando apenas un pequeño intersticio para desplazarse. O, para agravar la situación, la cantidad de automóviles que convirtieron los andenes en zona libre de parqueo, obligando al peatón a transitar por las congestionadas calles y avenidas. Todo ello muestra que el transeúnte, el paseante, más que ser un actor importante dentro de la movilidad urbana, se ha vuelto una persona secundaria, sin pocos derechos y altamente vulnerable.

Andenes rotos, baldosas “escupidoras” quebradas, medidores de agua robados que dejan un hueco para luxarse un pie, pavimentación irregular o inexistente por doquier… En suma, un descuido del mantenimiento de los andenes, un abandono de la “malla vial” del peatón, tanto más lamentable cuanto pasan los meses y los años y no hay ninguna intervención para mejorarla. A ninguna autoridad le importa o consideran que ese es un asunto menor frente a la renovación de la señalización de las ciclorrutas o la repavimentación de una avenida. Por lo demás, cada dueño de un local hace intervenciones según su antojo: sube el nivel del andén, se inventa obstáculos, amplía los límites de su negocio para ganar algunas mesas adicionales, rompe el pavimento para determinada intervención de gas o agua sin preocuparse por resanarlo o dejarlo como estaba. No resulta fácil para un peatón –y más si tiene una alguna incapacidad física– mantener la continuidad en sus desplazamientos, porque además de sortear en los andenes este paisaje lamentable de baches, obstáculos diversos, y bolardos de diverso tamaño, tiene que eludir caballetes publicitarios, paraderos de motos de domiciliarios y bicicletas encadenadas a postes de la luz.

Igual situación acontece con las llamadas “calles peatonales” que, originariamente, fueron diseñadas para que el caminante pudiera estar a sus anchas. Basta que se habilite un espacio como estos, libre de carros, para que se empiece a llenar de “mercados de las pulgas”, exhibición de cuanto cachivache se quiera, y ventas de todo tipo de alimentos. De nuevo, la indefensión del peatón es evidente. Nadie quiere asumir el “costo político” de regular, ordenar o liberar las zonas de tránsito pleno para el peatón. Todos los funcionarios o las autoridades competentes prefieren dejar que este mercado persa se multiplique, trayendo consigo la basura por doquier, el olor de orines, la contaminación auditiva y la presencia de viciosos que usan el andén como dormitorio. Al peatón le toca saltar, esquivar, zigzaguear, apurar el paso, manteniendo el ojo avizor y la vigilancia en cada instante.

Parte de esta mirada subvalorada del peatón tiene que ver con el culto al automóvil y, por supuesto, con buscar mejores vías para los motorizados. Es común ver cómo se angostan los andenes para darle mayor espacio a los vehículos o, lo más indignante, cómo se ha ido legitimando que los andenes son para parquear los automotores. Los dueños o inquilinos de cada casa o negocio consideran que también son dueños del pedazo de andén y, en esa medida, se adueñan de esos metros, pasando por alto que están infringiendo una norma del código nacional de tránsito. La acera es para el peatón y no para los vehículos. Pero, como el carro está cargado de esa “aura” de poder o de “importancia” social, entonces se volvió costumbre adueñarse de un espacio público que es de todos los ciudadanos y no de una persona en particular. Estoy convencido de que la sobrevaloración del vehículo sobre el peatón es uno de los indicadores de la baja cultura ciudadana y un ejemplo flagrante de cómo la sobrevaloración del automóvil ha ido relegando el respeto a las personas.

Las políticas sobre el espacio público, las medidas que se tomen, deberían incluir en serio la voz del peatón. Tendríamos que sumar ideas y esfuerzos para fortalecer las asociaciones y federaciones –porque las hay– para el beneficio de los transeúntes y caminantes de nuestras ciudades. Y así como se divulgan con gran despliegue en medios masivos campañas para la movilidad de carros y bicicletas, de motos y patinetas, de igual manera tendrían que ser prioritarias las iniciativas y programas para el bienestar y movilidad del peatón. Subrayo uno de los principios de la Federación internacional de peatones: “caminar es una opción atractiva y complementaria del transporte motorizado”. Desde luego, esto no sólo les compete a las autoridades gubernamentales, a los urbanistas y constructores, sino a cada ciudadano. Somos corresponsables de un “espacio físico saludable” en nuestras ciudades: evitar sacar y botar la basura en los días no estipulados, prohibirse tirar los escombros en las esquinas, dejar de estacionar en los andenes, sustraerse de poner mesas, estanterías comerciales o piezas publicitarias en el pórtico de los negocios, abstenerse de construir rampas u obstáculos en las aceras…, cada una de estas pequeñas acciones contribuye a garantizarles a los caminantes un continuo y mejor desplazamiento y hace realidad otro aspecto sensible de la convivencia ciudadana.

Abogar por el peatón y sus derechos es también una manera de elogiar el desplazamiento a pie y el acto mismo de caminar. Los beneficios para la salud física y mental son de todos conocidos. Andar a pie rompe la costra del sedentarismo, nos hace conscientes de realidades y situaciones sociales que difícilmente son perceptibles desde el asiento de un automóvil, deja abiertas las puertas para los reencuentros personales. En esta época de encerramiento frente a una pantalla de computador y obsesión por el celular, cuánto necesitamos salir de nuestros cuartos, propiciar el diálogo fraterno y “habitar” la ciudad en la que residimos. Caminar habitualmente es un excelente ejercicio cardiovascular, un estímulo al discurrir del pensamiento, un aporte personal para mermar la contaminación ambiental y un modo de vivir cotidianamente la sorpresa de la aventura.