Etiquetas
Éticas del cuidado, Fragilidad humana, Madurez moral, Prácticas de Otredad, Relaciones cara a cara
Pienso que la madurez moral de una persona comienza, realmente, cuando empieza a desplazar su circunscrito yo hasta esa frontera donde comienza un otro. Albergar las necesidades o los quebrantos emocionales de otra persona y actuar de acuerdo a ello, supone un esfuerzo interior mediante el cual se deja de orbitar en función de los propios deseos y se comienza a gravitar sobre las demandas de la alteridad. Y si digo que significa un esfuerzo es porque implica sujetar las riendas de nuestro egoísmo y cierta complacencia narcisista muy parecida a la indiferencia.
Cabe formular algunas preguntas que nos permitan autoevaluarnos en esta conciencia del otro: ¿nos preocupa, en serio, lo que nuestros progenitores requieren, y más si ya tienen una edad avanzada?; ¿en la lista de nuestras tareas cotidianas, hay algún ítem relacionado con atender a determinado amigo enfermo, en situación de crisis económica o que está francamente atravesando un estado depresivo o de soledad?; ¿pensamos en las fragilidades de nuestra pareja y en cómo colaborarle para hacerlas menos angustiosas?; ¿nos preocupa el bienestar del vecino o, por lo menos, estamos atentos para mostrar nuestra solidaridad cuando necesita apoyo?; ¿nos mostramos dispuestos para prodigar un abrazo u ofrecer nuestra presencia en situaciones de duelo, pérdida o situaciones de sumo padecimiento?; ¿podemos disponer una parte de nuestro dinero para buscar algún detalle, alimento o evento que le produzca un genuino y esperanzado momento de alegría a otra persona?; ¿somos perceptivos y nos interpela el sufrimiento ajeno?; ¿dentro de nuestro proyecto de vida cabe o tiene fuerza de imperativo moral el servir a los demás?
Seguramente, si examinamos nuestros actos sin engañarnos o justificarnos, descubriremos que en muchos casos esos otros apenas nos incumben o si nos parecen relevantes ha sido sólo cuando sirvieron a nuestros intereses o parecían convenientes para nuestros propósitos más inmediatos. Luego, dejaron de ser significativos y entraron a engrosar la larga fila de seres anónimos que vamos desechando con el pasar de los años. Si en realidad nos importaran esos otros, seríamos profundamente agradecidos y mantendríamos un vínculo de fibras irrompibles. Pienso, por ejemplo, en lo fácil que se olvida lo recibido durante años de alguien, su apoyo incondicional, por cierta soberbia que trae consigo la suficiencia en el presente. Nos cuesta retribuir en función de lo recibido; nos falta abnegación para trocar el impulso de nuestros deseos más inmediatos por las urgencias de quienes a bien tuvieron darnos alimento, techo y compañía. Los otros seres, así hayan sido determinantes en lo que hoy somos, han entrado a formar parte de nuestras relaciones de desecho.
Pensándolo bien, esta poca valoración del otro, está muy relacionada con un culto a lo inmediato, al presentismo de las interrelaciones, a la desmemoria afectiva y a una inadvertencia de nuestros semejantes. Cada día nos cuesta más asumir la responsabilidad de los vínculos o nos ocultamos bajo la mampara del encuentro casual, evitando a como dé lugar enfrentarnos –al pasar del tiempo– con los defectos, imperfecciones o aspectos negativos de otra persona. Porque el otro poco nos importa, establecemos contactos eventuales sin inmiscuirnos o compartir a fondo la historia de otro ser humano con sus vicisitudes y peripecias no necesariamente admirables. Queremos que el otro sea un remedo de nuestra forma de proceder, que tenga los mismos ideales o que no vaya a poner en vilo nuestra zona de confort o felicidad. Las redes sociales han ido reforzando este modo de interrelacionarnos, aceptando sólo a los otros que entran dentro de nuestra burbuja controlada, pero que borran y excluyen a aquellos diferentes que no simpatizan con nuestras preferencias o nuestro perfil ideológico.
Si el otro nos importara, si tal observancia tuviéramos sobre un familiar, un compañero afectivo, un vecino o un colega de trabajo, mantendríamos en el radar de nuestra atención sus carencias más apremiantes, sabríamos ser oportunos para darle un abrazo vivificador, sopesaríamos mejor las decisiones que lo afectan, pensaríamos con mucho tino las palabras que le decimos. Si asumiéramos esa mirada generosa, compasiva, fraterna; si nos importara escuchar al “tú” antes que al vociferante “yo”, descubriríamos que más allá de los diferentes roles sociales que representamos o del tipo de relaciones interpersonales que establecemos, existe una filiación mayor: la de ser personas sometidas a las contingencias, a las adversidades y el sufrimiento; que somos hermanos de una existencia sometida a los avatares del tiempo y a la apremiante necesidad.
Desde luego, asumir la irradiación de otro ser, ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones, supone hacer cambios en nuestra forma de pensar o comportarnos. El otro nos exige tiempo, nos obliga a hacer cambios de agenda, jerarquizar de otro modo nuestros proyectos, poner a prueba nuestras emociones y el talante de nuestro temperamento. El otro nos confronta, en el sentido etimológico del término; es decir: nos lleva a ponernos cara cara con otro ser humano. El otro nos implica, nos compromete, nos hace ser conscientes de nuestras posibilidades y limitaciones. Entrar de lleno en ese encuentro con el otro pone al descubierto si tenemos voluntad para la solidaridad, el desprendimiento o el urgente auxilio. El otro saca a relucir nuestra capacidad de empatía o nuestro cabal desentendimiento por quien reclama asistencia o gestos de hermandad. La persona que asume la obligación de acoger a otro ser en su espacio vital sabe que debe pasar del uso individual de los pronombres personales al tiempo concordante del nosotros.
Tampoco es disculpa descargar únicamente el cuidado del otro en profesionales del área de la salud, de trabajo social, en docentes o en religiosos que han sentido la “vocación” de servicio. Puede que ellos posean más elementos de juicio y estrategias para atender a los que padecen carencias de diferente índole, pero cada persona tiene la obligación moral de preocuparse responsablemente por sus semejantes. En la familia, en las relaciones de pareja, en el ambiente laboral, en las interrelaciones cotidianas, nos debemos sentir corresponsables de esos otros con los que compartimos proyectos de vida, convivimos regularmente o tenemos algún tipo de vínculo. Desde esta perspectiva, si mantenemos en mente el cuidado del otro, pondremos freno a nuestros caprichos desobligantes, a nuestras pasiones desbocadas, a nuestras terquedades indolentes. Sólo así, vigilantes y compasivos, podremos favorecer la dignidad de la otra persona, mantendremos su confianza, garantizaremos su bienestar interior y sabremos resolver amablemente los posibles problemas que con ella tengamos.
Cómo es de importante en nuestra ética personal mantener el referente moral del cuidado del otro. Ahí está la clave de muchas de nuestras fracturas en las relaciones interpersonales, es el detonante de iniquidades que conducen al resentimiento social y el palo en la rueda que traba el fluir de la coexistencia pacífica en diversos espacios de nuestra sociedad. Porque el otro poco nos importa volvemos habitual el irrespeto, amañamos a nuestro antojo los acuerdos y las normas de convivencia, hacemos que el trato indigno o la mezquindad sean los pregoneros de nuestro individualismo o nuestros particulares intereses. Si actuáramos o tomáramos decisiones teniendo siempre en mente el impacto de ellas en otras personas, si dimensionáramos el modo y la calidad de su efecto, con toda seguridad seríamos más prudentes, más solidarios y, lo más importante, provocaríamos menos dolor en nuestros semejantes.

Héctor dijo:
Apreciado Fernando:
Tu texto recuerda algo esencial: la madurez moral empieza cuando hacemos espacio real al otro. Nuestra cosmovisión profundamente egocéntrica nos hace sentir invulnerables y eternos; esa ilusión nos resta compasión y solidaridad para aliviar el sufrimiento ajeno. Olvidamos que, si la vida nos alcanza, llegarán —inexorables— la vejez y la enfermedad; quizá también el bastón y la silla de ruedas. Comprenderlo no paraliza: humaniza. Nos recuerda que nadie se sostiene solo y que el cuidado no es un extra, sino coherencia con lo que somos. Propongo lo simple: agendar escuchar compasivamente, acompañar, ajustar una palabra amable, compartir tiempo y recursos. Cuidar al otro es, en el fondo, cuidarnos.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Héctor, gracias por tu profundo y sabio comentario.
Maria Camila Pulido Hurtado dijo:
Estimado profesor,
Agradezco mucho la oportunidad de leerlo y reflejarme en sus palabras.
Creo profundamente que los desequilibrios abren espacio a comportamientos que pueden interpretarse como egoístas o altruistas —siendo el altruismo, tal vez, la contracara más precisa del egoísmo, mientras que la empatía, la emoción que los conecta—.
Y pienso que esas interpretaciones suelen conducirnos a dos juicios finales: el evento es “bueno” o “malo”.
Pero, al final, todo parece reducirse a una interpretación sobre algo que, en su origen, quizá era neutro. 769io0También creo que un defecto, en el momento oportuno, puede salvarte la vida.
Y aunque en la teoría (y en los seres humanos excepcionales) estaríamos dispuestos a dar la vida en sacrificio por otro, en la realidad nuestra propia humanidad activa el llamado instinto de supervivencia.
Entonces me pregunto:
¿Dónde entra en juego la madurez emocional?
¿Significa esto que, dependiendo de las circunstancias, a veces seremos maduros y otras no?
No quisiera abusar de su tiempo, profesor, pero su manera de pensar me despierta mucha intriga.
Siento que mi tendencia natural al pragmatismo, quizá forjada por las circunstancias de la vida, me lleva a enfrentar el mundo con sus realidades, expectativas y matices.
Y, créame, quisiera tener la certeza de que esa esperanza —la de que todos los seres humanos podamos pensar en los demás y comportarnos en sociedad sin ser obligados a ello— pudiera hacerse realidad algún día.
Sin embargo, la vida puede ser tan cruda, que he llegado a pensar que el límite para cruzar hacia el otro empieza por cruzar hacia el yo: confrontar los propios límites, dudar, reconocernos sin el espejo del otro.
Porque, si algo comprendí de García Márquez, es que en la soledad, el desamor, la tristeza y el dolor —incluso el causado por el egoísmo ajeno— puede nacer una reflexión tan profunda que su consecuencia natural sea traspasar el yo a través del dolor, hasta llegar a tocar al otro.
Solo así ese gesto se vuelve genuino, no un reflejo de un ego no expuesto que intenta “ayudar” desde una necesidad narcisista de ser héroe.
Es un gusto empezar a leer sus escritos.
Cordialmente,
María Camila
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
María Camnila, gracias por tu meditado comentario.
Alba Pérez dijo:
Estimado Profesor Fernando. Leer este texto me conmueve. En medio de un tiempo en que todo parece empujarnos hacia el individualismo y la prisa, sus palabras re recuerdan algo esencial: la vida solo adquiere sentido cuando se abre hacia los demás. Pensar en “otro” es un gesto humano que salva de la indiferencia. Me quedo con la sensación de que “pensar en el otro” es también reconocerse vulnerable, necesitado, acompañado. Es mirar más allá de las rutinas y atreverse a preguntar: ¿a quién puedo cuidar hoy?, ¿a quién puedo escuchar sin juicios y prejuicios?, ¿a quién puedo tender la mano? Gracias por recordarme que la ética comienza en lo cotidiano, en esos pequeños actos que hacen visible la presencia del otro en la vida. Comparto cien por ciento su reflexión. Sus palabras invitan a detenerse, respirar y volver a mirar el mundo que compartimos.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Alba, gracias por tu comentario.
Diana León dijo:
Que bella reflexión maestro»somos hermanos de una existencia sometida a los avatares del tiempo y a la apremiante necesidad».
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Diana, gracias por tu comentario.
Jorge Pulido dijo:
Respetado profesor: «Pensar en un otro» es aterrizarnos en la actual realidad de una sociedad egoísta, que solo piensa en el yo, segundo el yo y tercero el yo…
.
Que falta nos hace hoy en día a la humanidad volver al antaño de Diciembre, cuando nuestros abuelos nos enseñaron a dar con alegría, a dar con amor, a dar solo por ver la cara feliz del otro… Estas épocas decembrinas nos deben llevar a reflexionar en que el otro importa, en cosas comunes cómo darle la silla en el bus, como dejarle pasar en un cruce vehicular, en agradecer a quien nos vende un producto o una comida, a no vivir con miedo de que salgo a la calle y no me van a robar (por eso en parte es la apatía, la desconfianza, al otro)
.
Somos ciudadanos que valoramos al otro solo cuando nos conviene, cuando nos sirve para algo y eso es lo que nos ha llevado a ser arrogantes, envidiosos de lo que el otro tiene y hasta lobos que quieren devorar a la Caperucita indefensa.
.
Su escrito nos evoca a reflexionar, a mirar atrás de las enseñanza de casa: el respeto, la cultura, la obediencia y sobre todo saber que mis derechos son iguales a los de otros y que el saber escuchar a los demás, nos lleva al diálogo franco, a la sana convivencia y al no matarnos como actualmente Colombia lo esta haciendo.
.
Gracias por su ensayo y sabias palabras profesor: «PENSEMOS EN EL OTRO»
.
Saludos cordiales;
.
Jorge Pulido
Periodista
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Jorge, gracias por tu comentario. Un saludo cordial.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando: Esta semana nos ofreces una lectura interesante sobre la importancia de las habilidades para la vida, pues nuestra existencia transcurre en presencia del otro: ya sea aquel a quien amamos y que nos entrega su afecto, o aquel que responde con desamor. En ocasiones, el otro es alguien a quien cuidamos o que nos cuida. En este contexto, existen enemigos de la coexistencia armónica: el individualismo y la mezquindad, que solo pueden mitigarse mediante la prudencia, la solidaridad y la ternura. Temas para la reflexión. Gracias mil.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.