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Ilustración de Owen Gent.

Pienso que la madurez moral de una persona comienza, realmente, cuando empieza a desplazar su circunscrito yo hasta esa frontera donde comienza un otro. Albergar las necesidades o los quebrantos emocionales de otra persona y actuar de acuerdo a ello, supone un esfuerzo interior mediante el cual se deja de orbitar en función de los propios deseos y se comienza a gravitar sobre las demandas de la alteridad. Y si digo que significa un esfuerzo es porque implica sujetar las riendas de nuestro egoísmo y cierta complacencia narcisista muy parecida a la indiferencia.

Cabe formular algunas preguntas que nos permitan autoevaluarnos en esta conciencia del otro: ¿nos preocupa, en serio, lo que nuestros progenitores requieren, y más si ya tienen una edad avanzada?; ¿en la lista de nuestras tareas cotidianas, hay algún ítem relacionado con atender a determinado amigo enfermo, en situación de crisis económica o que está francamente atravesando un estado depresivo o de soledad?; ¿pensamos en las fragilidades de nuestra pareja y en cómo colaborarle para hacerlas menos angustiosas?; ¿nos preocupa el bienestar del vecino o, por lo menos, estamos atentos para mostrar nuestra solidaridad cuando necesita apoyo?; ¿nos mostramos dispuestos para prodigar un abrazo u ofrecer nuestra presencia en situaciones de duelo, pérdida o situaciones de sumo padecimiento?; ¿podemos disponer una parte de nuestro dinero para buscar algún detalle, alimento o evento que le produzca un genuino y esperanzado momento de alegría a otra persona?; ¿somos perceptivos y nos interpela el sufrimiento ajeno?; ¿dentro de nuestro proyecto de vida cabe o tiene fuerza de imperativo moral el servir a los demás?

Seguramente, si examinamos nuestros actos sin engañarnos o justificarnos, descubriremos que en muchos casos esos otros apenas nos incumben o si nos parecen relevantes ha sido sólo cuando sirvieron a nuestros intereses o parecían convenientes para nuestros propósitos más inmediatos. Luego, dejaron de ser significativos y entraron a engrosar la larga fila de seres anónimos que vamos desechando con el pasar de los años. Si en realidad nos importaran esos otros, seríamos profundamente agradecidos y mantendríamos un vínculo de fibras irrompibles. Pienso, por ejemplo, en lo fácil que se olvida lo recibido durante años de alguien, su apoyo incondicional, por cierta soberbia que trae consigo la suficiencia en el presente. Nos cuesta retribuir en función de lo recibido; nos falta abnegación para trocar el impulso de nuestros deseos más inmediatos por las urgencias de quienes a bien tuvieron darnos alimento, techo y compañía. Los otros seres, así hayan sido determinantes en lo que hoy somos, han entrado a formar parte de nuestras relaciones de desecho.

Pensándolo bien, esta poca valoración del otro, está muy relacionada con un culto a lo inmediato, al presentismo de las interrelaciones, a la desmemoria afectiva y a una inadvertencia de nuestros semejantes. Cada día nos cuesta más asumir la responsabilidad de los vínculos o nos ocultamos bajo la mampara del encuentro casual, evitando a como dé lugar enfrentarnos –al pasar del tiempo– con los defectos, imperfecciones o aspectos negativos de otra persona. Porque el otro poco nos importa, establecemos contactos eventuales sin inmiscuirnos o compartir a fondo la historia de otro ser humano con sus vicisitudes y peripecias no necesariamente admirables. Queremos que el otro sea un remedo de nuestra forma de proceder, que tenga los mismos ideales o que no vaya a poner en vilo nuestra zona de confort o felicidad. Las redes sociales han ido reforzando este modo de interrelacionarnos, aceptando sólo a los otros que entran dentro de nuestra burbuja controlada, pero que borran y excluyen a aquellos diferentes que no simpatizan con nuestras preferencias o nuestro perfil ideológico. 

Si el otro nos importara, si tal observancia tuviéramos sobre un familiar, un compañero afectivo, un vecino o un colega de trabajo, mantendríamos en el radar de nuestra atención sus carencias más apremiantes, sabríamos ser oportunos para darle un abrazo vivificador, sopesaríamos mejor las decisiones que lo afectan, pensaríamos con mucho tino las palabras que le decimos. Si asumiéramos esa mirada generosa, compasiva, fraterna; si nos importara escuchar al “tú” antes que al vociferante “yo”, descubriríamos que más allá de los diferentes roles sociales que representamos o del tipo de relaciones interpersonales que establecemos, existe una filiación mayor: la de ser personas sometidas a las contingencias, a las adversidades y el sufrimiento; que somos hermanos de una existencia sometida a los avatares del tiempo y a la apremiante necesidad.    

Desde luego, asumir la irradiación de otro ser, ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones, supone hacer cambios en nuestra forma de pensar o comportarnos. El otro nos exige tiempo, nos obliga a hacer cambios de agenda, jerarquizar de otro modo nuestros proyectos, poner a prueba nuestras emociones y el talante de nuestro temperamento. El otro nos confronta, en el sentido etimológico del término; es decir: nos lleva a ponernos cara cara con otro ser humano. El otro nos implica, nos compromete, nos hace ser conscientes de nuestras posibilidades y limitaciones. Entrar de lleno en ese encuentro con el otro pone al descubierto si tenemos voluntad para la solidaridad, el desprendimiento o el urgente auxilio. El otro saca a relucir nuestra capacidad de empatía o nuestro cabal desentendimiento por quien reclama asistencia o gestos de hermandad. La persona que asume la obligación de acoger a otro ser en su espacio vital sabe que debe pasar del uso individual de los pronombres personales al tiempo concordante del nosotros.

Tampoco es disculpa descargar únicamente el cuidado del otro en profesionales del área de la salud, de trabajo social, en docentes o en religiosos que han sentido la “vocación” de servicio. Puede que ellos posean más elementos de juicio y estrategias para atender a los que padecen carencias de diferente índole, pero cada persona tiene la obligación moral de preocuparse responsablemente por sus semejantes. En la familia, en las relaciones de pareja, en el ambiente laboral, en las interrelaciones cotidianas, nos debemos sentir corresponsables de esos otros con los que compartimos proyectos de vida, convivimos regularmente o tenemos algún tipo de vínculo. Desde esta perspectiva, si mantenemos en mente el cuidado del otro, pondremos freno a nuestros caprichos desobligantes, a nuestras pasiones desbocadas, a nuestras terquedades indolentes. Sólo así, vigilantes y compasivos, podremos favorecer la dignidad de la otra persona, mantendremos su confianza, garantizaremos su bienestar interior y sabremos resolver amablemente los posibles problemas que con ella tengamos.

Cómo es de importante en nuestra ética personal mantener el referente moral del cuidado del otro. Ahí está la clave de muchas de nuestras fracturas en las relaciones interpersonales, es el detonante de iniquidades que conducen al resentimiento social y el palo en la rueda que traba el fluir de la coexistencia pacífica en diversos espacios de nuestra sociedad. Porque el otro poco nos importa volvemos habitual el irrespeto, amañamos a nuestro antojo los acuerdos y las normas de convivencia, hacemos que el trato indigno o la mezquindad sean los pregoneros de nuestro individualismo o nuestros particulares intereses. Si actuáramos o tomáramos decisiones teniendo siempre en mente el impacto de ellas en otras personas, si dimensionáramos el modo y la calidad de su efecto, con toda seguridad seríamos más prudentes, más solidarios y, lo más importante, provocaríamos menos dolor en nuestros semejantes.