• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Tradición e innovación

02 lunes Sep 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ Deja un comentario

Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann.

Existen dos tipos de reacciones o posturas frente a la avalancha de nuevas tecnologías o a la oferta de aplicaciones de toda índole: los que consideran que el pasado está llamado a desaparecer y los que, más prudentes, piensan que lo nuevo debe armonizar con lo antiguo. Los primeros, con un tono más apocalíptico, llaman a renunciar y desechar, a echar por la borda la tradición, y los segundos, afirman que no se puede ni se debe aspirar a lo más novedoso sino se actualiza el conjunto de experiencias y legados culturales que nos  anteceden.

Sopesemos las dos tendencias. Resulta indudable la evolución y el cambio; son imparables las transformaciones en muchas dimensiones y sectores de nuestra sociedad; es deseable que así suceda si con ello se mejora la calidad de vida y se cualifican labores, técnicas, procesos o procedimientos. Las innovaciones, para decirlo con propiedad, son la forma como los seres humanos muestran su creatividad, su capacidad de invención. No obstante, lo que no resulta tan cierto es que para innovar debamos eliminar de un tajo o romper con nuestras herencias o con la responsabilidad espiritual de un legado. A lo mejor pensamos así, porque no hemos comprendido bien la dinámica entre tradición e innovación.

Si uno lo analiza con detenimiento, la tradición no es algo estático o detenido en el tiempo; el pasado es móvil porque se actualiza con cada nueva generación. Los hijos retoman y actualizan a sus progenitores. Y ese pasado, transformado, pervive en la nueva vida. No es renunciando al pasado como nos hacemos innovadores; es incorporando el ayer como logramos ser poderosos para enfrentar el futuro. La relectura de la tradición no solo permite los avances en determinado campo del saber o de la industria, sino que los hacen más sólidos y consistentes, menos pasajeros por su destello de novedad. Buena parte de nuestros desaciertos y aplicación de lo novedoso se debe, entre otras cosas, a que deseamos sembrarlo en un terreno yermo de tradición, de herencia cultural. Pareciera como si con cada innovación el mundo empezara otra vez, desconociendo experiencias, saberes, prácticas útiles y valiosas, significativas y relevantes para una persona o una comunidad. Ese afán por desconocer las raíces lleva a la innovación a andar al capricho del viento o, lo más grave, contribuye a que la brecha entre los pueblos “avanzados” subyugue y explote a los más “atrasados”.

Los actuales tiempos hipermodernos, como los llama Lipovetsky, refuerzan la idea de que el pasado es cosa desechable, y con ello propagan otras consignas: que los viejos no sirven, que el apego a ciertos valores es cosa de románticos, que si no se compran los últimos aparatos se es caduco y sin posibilidad de sobrevivir… Todo debe ser joven, permanecer joven, así se sacrifiquen las más preciadas costumbres, la sabiduría de los mayores, la experiencia acumulada por muchas generaciones, los pactos sociales o la salud de nuestro planeta. Cuando la innovación, ciega y sin brújula ética, preside la toma de decisiones de una organización o una empresa, cuando se erige en el parámetro de calidad, son muchas las cosas que se fracturan, demasiados los vínculos que se rompen, extensas e irreparables las consecuencias morales que se provocan. El apetito por lo nuevo no puede volvernos indolentes, inhumanos, desconsiderados con nuestros semejantes. Buena parte del desarrollo de una sociedad se mide, precisamente, por la manera como incluye y beneficia a todos sus integrantes, como reconoce y escucha sus tradiciones, como mantiene vivas unas pautas éticas y regula la vida en común, siempre resguardando a los más necesitados o a los más viejos.

Aquí es donde se puede ver en realidad la causa principal de esta tensión entre tradición e innovación. Las nuevas tecnologías han apropiado y son la bandera del comercio y la industria, de la banca y el mundo capitalista, para aumentar sus beneficios económicos y multiplicar la producción y consumo de mercancías. Pero, desconociendo o subvalorando otros sectores, particularmente los relacionados con el desarrollo humano y la equidad social. La innovación no predica al mismo ritmo otros sectores de la sociedad.  Poco innovadores somos para distribuir la riqueza, para hacer que la salud logre llegar oportuna y eficiente, para que el desempleo y el hambre no abarquen a millones de personas. Se amplifica la innovación para aumentar el número de clientes y consumidores; pero se constriñe si es para enfocarla a la calidad de vida de los ciudadanos o para incrementar el desarrollo de otras dimensiones del ser humano. Este es el verdadero desbalance: que por estar en la cresta de la innovación en el mundo de los negocios y el afán por la ganancia de dinero, hemos ido relegando otras “riquezas” ancladas en la tradición, en el cuidado del semejante y en el cultivo de la vida buena.

Bienvenidas las innovaciones tecnológicas, entonces, si consultan y atienden las necesidades de los contextos, si saben idear estrategias de empalme y acople, si ponen el cuidado suficiente a la dignidad humana por encima del beneficio económico. Todas las innovaciones que sean razonables para ejecutarse, siempre haciendo balance de los logros y adquisiciones del pasado, revalorando y dándole continuidad a lo que resulta significativo para una comunidad, una empresa o una institución, seguramente tendrán más enjundia y consistencia que aquellas otras promocionadas desde el desconocimiento de lo ya construido, de arrasar con lo cosechado, de mandar los saberes y las prácticas de la experiencia acumulada al cuarto de San Alejo. Mantener esa tensión y saber leer oportunamente la tradición convierte a una innovación en un genuino hecho de desarrollo personal o colectivo.

Cerremos estas reflexiones evocando a Jano, el dios bifronte de los antiguos romanos. Esta deidad tenía dos rostros: uno, para mirar el pasado y, otro, para divisar el futuro. Jano debería ser el mejor consejero en estas épocas cuando la fascinación y el deslumbre por lo novedoso quiere hacernos olvidar el rico legado de ciertas tradiciones o cuando nos aferramos tan fuerte al pasado que terminamos incapacitados para abandonar algunas de nuestras seguridades y avanzar confiados al porvenir.

Reflexiones sobre la puntuación

12 lunes Ago 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 6 comentarios

Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Lo que en su inicio fueron signos para detectar las claves de saber leer con sentido, o de hacer las pausas indicadas para subir o bajar la entonación, se convirtieron en una ayuda para discriminar la información, dosificar la cantidad de ideas y darle respiración a la prosa. Por supuesto, nos estamos refiriendo a los signos de puntuación. Es decir, a la coma, al punto y coma y al punto seguido, para hablar de los más usados en cualquier texto.

Esos signos los usamos a veces sin tener muy claro cuál es su propósito o los ponemos en cualquier lugar, dependiendo más del capricho de quien escribe que de una intencionalidad específica. Por ello, precisamente, es bueno reflexionar sobre estos signos para lograr en nuestros escritos una puntuación razonada, o comprender qué tanto gana o pierde un texto al marcarlo con uno u otro signo de puntuación. Porque en muchos casos, es la falta adecuada de uno de estos signos la que convierte la escritura en una mole confusa de palabras, o la que termina fracturando el significado de una oración cuando se ubica un signo donde no corresponde.

Los signos de puntuación, decíamos, contribuyen a que el lector no reciba todo el mensaje de manera abigarrada o compacta. Una coma, por ejemplo, hace que podamos captar con nitidez las partes o los elementos de un conjunto; y un punto y coma nos ayuda a entender o distinguir ideas de mayor calado o peso en un párrafo. Los puntos seguidos contribuyen a ubicar dónde termina un planteamiento, dónde se cierra una argumentación. Todos estos signos están al servicio de discriminar la información, de hacerla más clara y más ordenada para el lector. Saber puntuar, en consecuencia, está en sintonía con la microestructura de un texto, en saber relacionar las partes con el conjunto. Trabajar así los signos de puntuación es situarse más en una lógica de componer artesanalmente un escrito y no tanto en la mágica e inexplicable elaboración del mismo. Así que no es cosa de aprenderse reglas de memoria, sino en darle más relevancia a la planeación, a la organización de las ideas y su progresiva manera de convertirse en párrafo, en capítulo o en un extenso artículo. 

De otra parte, los signos de puntuación van creando un ritmo en la prosa. Son estos diminutos signos los que hacen que nuestros escritos tengan movimientos rápidos o vayan tan lentos que aburran al lector. Hay escritores densos, difíciles, porque no usan el punto seguido o porque emplean períodos tan largos que no tienen ninguna clemencia con quien los lee. También sucede que el abuso de un signo, digamos la coma, es una muestra de una escritura llena de incisos, de divagaciones que terminan provocando un ruido en lo que se desea comunicar. Por eso, para detectar el ritmo de la prosa y cómo ayuda a ello la puntuación, es recomendable leer en voz alta nuestra escritura. Al escucharnos sabremos que algo no suena bien, que algo falta o que, por usar con tanta frecuencia un signo, lo que logramos es una redacción dubitativa, intermitente y repleta de interferencias. 

El buen uso de los signos de puntuación es de gran ayuda también para limpiar a la escritura de adherencias, de recovecos en una proposición o de un excesivo abuso de circunloquios. En este caso, ayudan a pensar de mejor forma la organización de los elementos de una frase o las partes constitutivas de un párrafo. Atreverse a poner un punto y coma en lugar de una coma, para mencionar otro ejemplo, puede contribuir a que suprimamos el exceso de adverbios, preposiciones o partículas innecesarias. En muchas ocasiones, por no saber ubicar bien un punto seguido llenamos nuestra escritura de oraciones subordinadas  o de frases que empiezan en un sitio pero que, por la misma proliferación de comas, no se sabe bien cuándo o en qué lugar logran terminar. Los signos de puntuación, en consecuencia, constituyen un elemento fundamental de la sintaxis.

Finalmente, el buen uso de los signos de puntuación le otorga a la escritura respiración, ofrece aire entre los elementos de un párrafo. Gracias a esa labor de ventilación en un texto es más fácil comprender la calidad de una idea, el desarrollo de un argumento, la explicación de un motivo. Los signos de puntuación contribuyen, por eso mismo, a la comunicabilidad del mensaje, quitan en el receptor el agobio de la confusión. Hasta podría pensarse que los buenos escritores, los que logran una interacción rápida con el público, son los que ubican esos signos de manera estratégica para evitar el aburrimiento o el bloqueo de la mente cuando se siente asfixiada por la mescolanza y la acumulación de frases atiborradas. Aprender a puntuar es, en últimas, conquistar la complicidad de un lector.

La enseñanza indirecta de la alegoría literaria

28 domingo Jul 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 4 comentarios

Alegoría del tiempo y la belleza Simón Vouet

«El tiempo vencido por la esperanza y la belleza», de Simón Vouet.

La alegoría literaria es una modalidad de texto en la que, tomando un objeto, una cosa, un fenómeno o una entidad como referente, se van describiendo algunas de sus peculiaridades para irlas asociando con otras que puedan ayudar a comprender acciones, comportamientos o  actitudes de los seres humanos. Como se ve, es un modo oblicuo de presentar, desde una pequeña descripción, determinadas enseñanzas morales o motivos para invitar a la reflexión y el cuidado de sí. La alegoría echa mano de las analogías con el fin de hacer más vívida las relaciones empleadas; esos símiles, que a veces son genuinas metáforas, permiten destacar rasgos o particularidades del tema-base, pero siempre asociándolas con valores, virtudes, formas de proceder o consideraciones éticas. La alegoría enseña de manera indirecta, al igual que la fábula o el apólogo. Hasta aquí lo básico de este tipo de texto; intentemos profundizar un poco más.

Voy a utilizar un ejemplo personal para desentrañar el proceder y las características de la alegoría. El texto lleva por título: “La palmera”.

La palmera es portadora estilizada de flexibilidad. No tiene anchas cortezas ni grueso cuerpo, pero su misma maleabilidad le otorga una fortaleza a prueba de tifones y huracanes desalmados. La palmera es muy fuerte en su alma cimbreante, es una fortaleza hecha de no oponerse a los elementos, sino de saber adaptarse a las circunstancias. La palmera cifra su temple en el modo de doblarse, en la cimbreante contextura de su tronco. La palmera convierte la arena en agua salvadora para el náufrago, en carne blanca para el perdido en las islas desiertas o para los que tienen el alma a la deriva. Si uno está cerca de una palmera puede sentirse en tierra firme, logra poblar su soledad y confiar en que no sufrirá de sed. La palmera mantiene con el viento una conversación solidaria: comprende lo que esas ráfagas ensordecedoras proclaman a todos los puntos cardinales. La palmera es un modelo de la escucha empática y profunda, de saber descifrar el mensaje oculto detrás del estruendo de la furia y el caos arrollador. La palmera hunde sus raíces en la tranquilidad, en una tierra que sabe conservar el zumo de lo imperturbable. No teme la palmera desordenar sus cabellos o quedar con poquísimos atuendos; no hay en la palmera un asomo de posesión. Toda ella es una bandera de libertad, un estandarte que se hace más sólido en la misma medida en que se libera de pesos y accesorios. La palmera es tan celosa de su figura que siempre alberga una curva, un arco, así sea mínimo, para conservar su esbelto movimiento. La palmera nos muestra que las corazas exteriores son demasiado vulnerables, y que una fragilidad pacientemente cultivada, anillo por anillo, logra sobrevivir a las ofensas devastadoras del afuera inclemente. La palmera encarna una evidencia: se es flexible cuando logramos acompasar o sintonizar las contingencias exteriores con el ritmo interno del corazón.

Una lectura rápida de la alegoría nos permite descubrir que si se ha tomado a la palmera es porque ella puede ser ilustrativa de la flexibilidad. Esa es la idea semilla. Pero después se van desarrollando o complejizando otras características derivadas o asociadas: el ser estilizada y maleable por no tener demasiada corteza; el ser fuerte en su centro; el ser cimbreante y, por ello, lograr curvarse a la fuerza del viento; el sacar de la arena agua y ofrecer alimento; el tener sus hojas desordenadas y livianas; la curva que prevalece en su forma; la consistencia de crecer poco a poco, anillo por anillo… Más todos estos atributos se concentran en uno, el motivo axial, y que sirve de detonante para la alegoría: la flexibilidad que, como se afirma al final, es la armonía de lo interno con las contingencias de la exterioridad.

Bien se aprecia, que el sentido oblicuo o el mensaje indirecto para alguien que lea el texto es poder comprender las ventajas que tiene parecerse a la palmera. Es decir, en dejar de suponer que llenándose de corazas se hará más fuerte para soportar los tifones de la adversidad o las borrascas de los detractores, por no decir enemigos. Si se aprende de la palmera, tendremos que liberarnos de mucha corteza inútil y empezar, lentamente, a cultivar nuestra fragilidad. No deberíamos asumir la dureza, sino la maleabilidad; no tendríamos que enfrentarnos desafiantes a lo que se nos opone, sino aprender a adaptarnos y saber escuchar lo que nos dicen las tormentas adversas. Si somos más tranquilos, si echamos raíces fuertes en la tierra de lo imperturbable, con toda seguridad seremos más tolerantes, más comprensivos o menos temerosos. Podemos deducir, entonces, que en esta alegoría se usa la realidad de la palmera para comunicarnos, siempre en sentido oblicuo, un modo de ser o de actuar, una lección de convivencia o de trabajo sobre nuestra personalidad.

Lo interesante de la alegoría es ver cómo, desgranando las diversas características o los rasgos más notorios de una cosa, un objeto o un fenómeno, va haciendo un perfil de actuación o señalando posibles vicios o torpezas del actuar humano. Para ello, el uso de la descripción es fundamental: el escritor de alegorías se parece a un naturalista que desea destacar los rasgos distintivos de la especie puesta ante sus ojos. De allí que retome primero lo más importante, lo esencial del objeto-motivo y luego se centre en otras particularidades relevantes; no se trata de ser exhaustivos o hacer un listado interminable de características. La alegoría selecciona lo medular, aquello que para un lector resulta más evidente. Agreguemos que las alegorías hacen parte de los escritos condensados, de esos textos que en pocos párrafos abren amplias  interpretaciones.

El otro aspecto o la otra pretensión de quienes hacen una alegoría es la de elaborar finamente su material lingüístico. Sopesar el ritmo de cada frase, vigilar las cacofonías, revisar la precisión semántica, tener mano de orfebre para poner la puntuación, ser precisos y buscar los adjetivos más justos para la intención analógica subyacente. Hay un deseo de prosa lírica que sirve de telón de fondo a los alegoristas. Y al decir esto, subrayo el énfasis en aquello mismo puesto como relevante o significativo; la depuración estilística, la modulación en la frase, el lugar elegido para cada término. De igual modo, la alegoría debe ser completa, poseer unidad o integralidad en sus partes; tiene la condición, como dicen algunos críticos literarios, de lograr cierta “redondez formal”; la fusión de sus elementos es indispensable. Por lo demás, una buena alegoría debe velar para que el recurso del paralelismo, que es el medio estructurador del texto, no quede trunco o se vuelva un enunciado casual sin lograr desarrollarse a lo largo de toda la alegoría.

Sobra decir que al escribir una alegoría literaria, aún conscientes de su sentido edificante, no podrá descuidarse el tejido estético ni el dinamismo creativo. No se trata de construir un esquematismo unívoco, como tampoco volver el texto una preceptiva de moral. Siempre será lo lúdico y expresivo, la imaginación creadora de mundos, lo que estará en la base de esta modalidad textual. Hecha esta advertencia, reiteremos que la alegoría, continúa siendo, un recurso para la enseñanza indirecta, un modo oblicuo de señalar u ofrecer consejos de sabiduría. Quizá esta manera “alusiva” sea la más adecuada para formar el carácter o dar luces sobre el “perfeccionamiento” de la variable condición humana y tener “relatos de referencia” para aprender a conocerse y convivir con nuestros semejantes.

Los informes de gestión

14 domingo Jul 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 4 comentarios

Informe de gestión_3446-471

El informe es un tipo de texto que participa tanto de las modalidades expositivas como informativas. Es decir, no solo busca exponer un hecho, situación o evento, sino además compartirle a alguien ausente los pormenores o circunstancias de dicho acontecimiento. El informe, en cuanto documento expositivo, reorganiza con un fin didáctico las diferentes partes de determinado hecho y, por su intención informativa,  recupera la memoria de lo ya pasado con la intención de otorgarle un sentido. Puesto en otros términos: el informe nos ayuda a entender, pero también a recordar. Además de los ya clásicos informes de investigación, que recuperan la experiencia de un largo proceso de pesquisa, de acciones, deliberaciones grupales y trabajos de campo, el otro tipo de informes muy demandados hoy, son los llamados informes de gestión. A ellos quisiera referirme en los párrafos que siguen.

Lo más importante de un informe de gestión, y quisiera decirlo por adelantado, es su esencial papel para la toma de decisiones. Además de su finalidad de control administrativo o de requisito para comprobar los resultados de determinada función o los objetivos de un proyecto, fuera de esa utilidad, los informes son la base para orientar las determinaciones de un directivo o los posibles cambios dentro de una organización. Tal valor de referencia convierte a los informes en un medio estratégico para la evaluación de resultados, el seguimiento a metas específicas o el posible impacto de una política, un lineamiento o la puesta en marcha de una propuesta de acción institucional.

Los informes de gestión, como es lo típico en todos los textos de esta modalidad, se organizan a partir de una triple estructura: una introducción, el  desarrollo mismo del informe y unas conclusiones. A veces se incluyen, por razones administrativas o dependiendo de ciertas intenciones organizativas, unos antecedentes y unas recomendaciones. En todo caso, el que redacta un informe o aquellas personas que los solicitan deberían tener presente que no se trata de una tarea de acumular información, sino de seleccionar los datos más significativos, señalar aquellos aspectos que demandan mayor atención o poner en alto relieve un logro o resultado poco habitual. Digo esto porque a veces se usa el informe de gestión como una lista de chequeo o un control de actividades, pero dejando de lado lo que resulta más importante: el señalamiento de las dificultades, la atención sobre zonas de oportunidad, el testimonio de la mejor vía para alcanzar una meta, los puntos críticos o de alerta para un área o una institución.

Cabe decir acá que un buen informe empieza con un juicioso registro de lo cotidiano. Tener a la mano datos, hacer registros visuales o escritos, guardar evidencias de lo que se hace cada día, es fundamental al momento de redactar el informe de gestión. Sin evidencias el informe se convierte en un mero comentario o en la opinión gratuita de una persona. Los datos confiables ayudan a darle al informe validez, permiten hacer comparaciones, mostrar la evolución de un evento, sopesar los aciertos o desaciertos. Tal vez porque no se tiene el cuidado de llevar una bitácora del tiempo presente es que la hechura de los informes, siempre realizada en un tiempo lejano o extemporáneo con relación a lo realizado, pone al redactor de informes en unos aprietos que lo llevan a olvidar cosas esenciales de su trabajo, a minusvalorar un logro, a generalizar lo que en verdad mereciera discriminarse o a lanzar juicios críticos sin fundamento. Esto vale la pena tenerlo presente: el primer enemigo de un buen informe de gestión es el descuido en la recolección de los datos y las evidencias del trabajo diario.

Precisamente, cuando se ha hecho esa tarea de registro cotidiano (que pueden ser unas cortas notas, unos datos-clave, un testimonio fundamental) queda más fácil seleccionar o jerarquizar lo que va a consignarse en el informe. Porque al que elabora un informe de gestión se le pide que tenga criterio y juicio para priorizar o valorar lo realizado. Con una mirada de totalidad –ya sea de un mes, un trimestre, un semestre o un año– lo que debe guiar su mirada es un juego de retrospectiva sobre lo hecho, pero sin perder la intención prospectiva. El informe de gestión comprende lo realizado en un tiempo pretérito, aunque su verdadera finalidad sea iluminar las acciones en el porvenir. Por lo mismo, cuando se redacta el informe hay que resaltar, especialmente en la introducción, aquellos puntos o aspectos de mayor urgencia para atender, corregir o mejorar en una organización. Y si no se hace en este lugar, será en las conclusiones del informe en las que el redactor expondrá esas consideraciones. Tal vez por esta razón, algunas entidades distinguen entre las conclusiones y las recomendaciones: las primeras son la síntesis de lo realizado, en tanto las segundas, se desprenden de lo ya hecho. Las recomendaciones son el lugar para lo propositivo, para la innovación, para sugerir un cambio o proponer algo que falta por hacer.

Aquí resulta conveniente agregar otras recomendaciones para quien va a redactar un informe de gestión. Lo primero es la voluntad didáctica para que lo escrito sea entendible y comprensible por un lector que, como se presume, no estuvo presente. Los informes no pueden caer en los sobreentendidos o en esas vaguedades de lo dado por hecho. Siempre hay que usar una exposición ordenada y estructurada, o procurar inscribir lo particular después de haber mostrado la generalidad o el contexto que ayuda a entender los detalles. El excesivo recuento de la minucia, sin un marco de referencia, convierten los informes en un listado de actividades o hechos poco significativos. Otro consejo tiene que ver con el uso de resaltados tipográficos (estilo de letra, uso intencionado de mayúsculas o itálicas) o con una jerarquía en los títulos y subtítulos. No todo puede presentarse en un informe como si fuera una mole del mismo valor o sin ninguna distinción para el lector. El informe, en su misma presentación formal, muestra escalas de importancia y hace advertencias usando recuadros o llamados de atención (como si fueran titulares o destacados). Por lo demás, los informes presuponen en quien los escribe un esfuerzo para que la prosa sea clara, concisa, y poco llena de incisos y largas divagaciones. El informe de gestión en eso parece plegarse a los mandatos de la noticia periodística: ¿qué se hizo?, ¿cómo se hizo? y ¿qué se logró?; esto implica el uso de períodos cortos, evitar adjetivar innecesariamente, emplear de manera precisa los sustantivos y, cuando se necesite apoyarse en documentos, echar mano de fotografías, de tablas o estadísticas. La escritura de los informes de gestión es escueta, directa, fundamentada, soportada en evidencias. Ni adornar, ni falsificar; como tampoco omitir asuntos vertebrales queriendo minimizar un error o extenderse en elogios para hacer creer que algo es demasiado grandioso cuando en verdad es un evento común y corriente.

Los informes de gestión, por lo general, se escriben en tercera persona, con la intención de favorecer un tono más objetivo. La tercera persona es una modalidad discursiva que favorece el uso de la descripción, es un modo de observar y dar cuenta de ciertos acontecimientos; el que así redacta es como una cámara que informa lo que ve, escucha o puede evidenciar. Por lo demás, la tercera persona permite usar las voces textuales de individuos o actores en determinado evento o situación. Todo ello contribuye a darle validez y consistencia a la información presentada. Vale agregar acá que el uso de los anexos se convierte en un recurso de primera mano para la exposición en tercera persona: con ellos se logra corroborar, ampliar o profundizar en determinadas observaciones señaladas en el cuerpo del informe. Los anexos hacen las veces de testigos a la mirada del redactor del informe; son una especie de certificación desapasionada o parecidos a las pruebas de contundencia real. Como se ve, al elaborar un informe de gestión hay que minimizar en lo posible las intuiciones o imaginaciones, las apreciaciones subjetivas o los sentimientos positivos o negativos que siempre están al acecho. Los buenos informes se destacan, precisamente, porque logran centrarse en describir determinados eventos o hechos, manteniendo a raya las posibles interpretaciones derivadas de los mismos acontecimientos. Las opiniones del redactor del informe, de esta manera, se ven restringidas, a no ser en la parte de las sugerencias o recomendaciones, en las que la primera persona resulta no sólo útil, sino necesaria para hacerse responsable de tales propuestas o iniciativas. 

Concluyamos estas ideas sobre el informe de gestión subrayando la dualidad de este tipo de texto: por ser expositivo necesita una ordenada y clara organización de sus partes; por ser informativo, debe elegir cuidadosamente los datos más relevantes. Lo expositivo habla de temas y subtemas; lo informativo resalta la objetividad y el soporte en evidencias. Descripción y análisis le son necesarias; concisión y concreción le son absolutamente indispensables. Sin estas particularidades, los informes de gestión perderían su utilidad mayor: la de ofrecer puntos y razones de juicio para orientar la toma de decisiones en una empresa o una organización.

La escritura de diarios

24 lunes Jun 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 8 comentarios

Anais Nin y Franz Kafka

Anaïs Nin: “Escribiré la verdad absoluta en mi diario”; Franz Kafka: “Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido”.

Llevar un diario hace parte de las prácticas de la escritura confesional. A través de las palabras, el diarista consigna para sí impresiones de su cotidianidad, reflexiones sobre diversos asuntos, angustias que lo atormentan, experiencias, anhelos o preocupaciones personalísimas. Esta confesión, a solas, convierte a los diaristas en notarios de su propia intimidad, en personas que examinan su ser y su actuar constantemente.

Al ser la privacidad la materia prima más abundante con que se hace el diario, cada diarista oscila entre decir todo lo que siente o piensa o editar parte de ese caudal de vivencias y pensamientos. Pero esta “aduana” depende exclusivamente de su criterio, de sus convicciones, de su carácter, de sus creencias. Nadie más que el diarista para saber qué incluye o excluye de su parcela de escritura cotidiana. Algunos recurren a las siglas o los asteriscos, a la omisión de apellidos; pero otros, convencidos de que al menos frente a la hoja en blanco no vale la pena mentirse, dejan desnudas en las páginas del diario sus más secretas apreciaciones sobre algo o alguien, sus juicios más incisivos sobre las personas con quienes conviven o trabajan. En todo caso, la esencia de llevar un diario está ahí precisamente: en poder expresar libremente lo que a todas luces debe permanecer privado o permanecer impronunciable.

Es evidente que llevar un diario es un ejercicio de rememoración sobre lo vivido. Pero si uno lo analiza mejor, el diarista “criba” los hechos en busca de algún acontecimiento. Es decir, de todo lo que se puede hablar o hacer, de las innumerables cosas que escuchamos o vemos, de todo ese caudal, el diarista elige sólo algunos eventos que, según su criterio, alcanzan una mayor significación. Dichos acontecimientos son los que merecen el lugar del registro. Quizá por eso, se dejan días en blanco, como una manera de señalar su poca relevancia. Mediante esa tarea de cedazo o selección, los diaristas buscan –así no sea siempre de manera consciente– detectar lo valioso de su existencia. No se trata, entonces, de hacer un acta, hora a hora, de todo lo que le sucede a un individuo, sino de determinar cuándo una conversación, una actividad, un encuentro, tiene el suficiente interés como para transformarse en un incidente crítico, en un hito, en una marca vital.  

Así que, a la par que el diarista recuerda, también va generando un proceso de reconocimiento personal. Los signos escritos le sirven de espejo para descubrir sus obsesiones, sus “monotemas”, sus motivos recurrentes. El diario, en este sentido, es un medio idóneo para el cuidado y el cultivo de sí. Mediante la relectura de sus páginas, el diarista logra entender su existencia, comprender mejor sus actuaciones, apreciar el itinerario de su historia o, en caso negativo, detectar lo que por el afán o la despreocupación ha dejado al garete o al incierto vaivén de las circunstancias. Si bien lo inmediato es rememorar para escribir en el diario los acontecimientos del día, lo que resulta revelador –al releer el diario– es comprobar cómo se va delineando una personalidad, cómo afloran ciertas manías, cómo se desarrolla una vocación, cómo se instalan ciertas pasiones. Para decirlo de manera enfática: los diarios son la mejor evidencia de las peripecias interiores por las que pasa un ser humano.

De igual modo hay que señalar que gran número de diaristas emplean este útil de escritura como red de pesca para atrapar ideas, pistas de futuros proyectos, detonantes para despertar su creatividad o caldo de cultivo de eventos en curso. Al usar así el diario, lo convierten en “mesa de laboratorio” o escenario para capturar “perlas” de pensamiento o reflexiones valiosas que van saliendo entre el flujo de conciencia de cada día. Porque si bien el diarista no tiene como propósito fundamental en sus registros cotidianos producir esas “joyas”, lo cierto es que en el acto de escribir se conjugan intuiciones, saberes, imaginaciones lubricadas por la razón y por la emoción y los afectos. Entonces, en medio de esa avalancha de signos, aparecen desperdigadas “pedrerías”, “visiones”, “clarividencias” u ocurrencias que pueden aceitar procesos de pensamiento estancados o mostrar ventanas a iniciativas aparentemente clausuradas.

Resulta interesante el diálogo que establece el autor de diarios: a través de la escritura el diarista se desdobla, halla un interlocutor que es su propia persona. Y gracias a que encuentra ese otro, puede entonces confesarle sus más íntimas angustias, sus más secretas ilusiones. Quien elabora un diario construye o disocia su conciencia, crea un heterónomo para verse como alguien diferente. Construida esa otra presencia mediante la escritura, ella puede interpelarlo con sus signos mudos, convocarlo desde la rememoración cuando vuelve a leer cada registro, incitarlo o tranquilizarlo cuando las pasiones lo desbordan. El diarista transforma cada apunte solitario en un lance para la compañía, comparte las voces de su conciencia con los ecos de su mano al escribir. La hoja silenciosa, la parcela blanca de papel o la pantalla inmaculada, le sirven de escucha o de antagonista fraterno.

Quien lleva un diario se convierte en un archivista de su propia vida. Allí, en esas páginas, quedan nombres, hechos, situaciones, descripciones, pensamientos de una persona particular, situada en una época y un lugar específicos. El diarista es, a su modo, un historiador de su existencia. Y aunque pueda exagerar o dejar de lado muchos eventos, lo cierto es que su tarea ayuda a poner en alto relieve la manera como alguien padece y enfrenta un tiempo y unas circunstancias específicas. Los diaristas son los amanuenses de la microhistoria, esa que por no ser heroica o de grandes gestas parece relegada al olvido. Por eso resultan tan significativos los diarios: porque no solo dotan de conciencia histórica la existencia de una persona, sino por servir de referente experiencial para otras vidas.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...