• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

El lenguaje del educador

10 martes Feb 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 8 comentarios

Ilustración de Martín Elfman.

Ilustración de Martín Elfman.

El lenguaje y la educación están íntimamente relacionados. Mejor aún, el quehacer docente radica en una “puesta en escena” del lenguaje.

Desde la elección de las palabras, desde la gramática que el docente emplea hasta los diversos usos del lenguaje, el educador va construyendo, además, un tipo de pensamiento. Cada vez que elige una teoría del lenguaje está, a la vez, potenciando o marginando una concepción de pensamiento.

Es que el lenguaje usado por el maestro no puede seguir siendo entendido como un mero instrumento. Muy por el contrario: en el lenguaje se dice la educación. El lenguaje es el decir del educador. No es que el maestro emplee el lenguaje como un aditamento o un accesorio; más bien es a través del lenguaje como él puede concebirse como un ser capaz de gestar la diferencia.

Expliquémonos. El lenguaje es la capacidad o la posibilidad humana de diferenciarse del animal, de la inmediatez. El lenguaje es distanciamiento. Y eso que se ha dado en denominar función simbólica no es otra cosa que la función sígnica: representación, reconstrucción del mundo. Por el lenguaje es como logramos salir del mundo natural para comprendernos como mundo de cultura. Entonces, la tarea del educador es la de posibilitar –usando la mediación lingüística– un distanciamiento, una ruptura, una escisión con el mundo de la sensación, el mundo de la inmediatez, para entregarle al estudiante otra mirada –ésta sí cargada de sentido, repleta de signos, de palabras–, otra nueva configuración del mundo y de la vida.

La educación, así vistas las cosas, es una constante tarea de crear diferencias. De crear “alejamientos” sobre lo natural o lo “obvio”. Educar es sospechar. Y ya la elaboración del lenguaje es el producto de una insuficiencia, de una sospecha del homo sapiens sobre el animal. Cuando educamos nos ponemos en guardia, establecemos un puente entre lo dado y lo creado.

La pragmática contemporánea nos ha enseñado que cuando usamos el lenguaje importa tanto lo que decimos, como lo que hacemos cuando lo decimos. Ni qué decir del efecto que producen nuestras palabras. Hoy sabemos que el cuerpo, en tanto esencia, acompaña la función sígnica. No somos voces parlantes sino cuerpos con palabra. La pragmática coloca al educador en una actitud vigilante: ya no es tanta la preocupación por el contenido, también importa la entonación, el gesto, la forma como ese contenido se dice o se expone a otros. La pragmática le da “cuerpo” a la “carreta” docente.

Otro punto fundamental para la educación es el de los diversos usos del lenguaje. Parangonando a Jakobson, el maestro puede darle mayor o menor importancia a cualquiera de las funciones del lenguaje. Valgan algunos ejemplos: si lo que le interesa es corroborar el aprendizaje, la comprensión de la explicación, la atención en clase, seguramente apelará más a la función fática, le dará mayor realce, la pondrá en primer plano. Pero si lo que le interesa más es el contenido de la asignatura, el código mismo de la materia, entonces buscará poner en alto relieve la función metalingüística. También cabe la posibilidad que el educador tenga como objetivo fundamental su decir, su propia experiencia, sus propias historias, por lo mismo hallará en la función emotiva, esa que está centrada en el emisor, el mejor caldo de cultivo para su tarea educadora… En cualquier caso, lo que interesa es cómo el educador, dependiendo del uso o el énfasis que haga en cualquiera de las diversas funciones del lenguaje, puede lograr efectos o logros diferentes. El educador deberá preguntarse si lo que quiere subrayar es la verdad, la sinceridad, la licitud, o la belleza.

Se me ocurre ahora que el educador se mueve en eso que Wittgenstein llamaba “juegos de lenguaje”. Recordémoslo: dentro del lenguaje podemos jugar diversos juegos. De allí que educar sea como ir aprendiendo y diseñando nuevos juegos, nuevas posibilidades de interacción con nuestros alumnos. Pero también es ir marcando ciertas reglas, ciertas normas sin las cuales no es posible jugar. Cuando hablamos de Lenguaje y Educación tenemos que indagar en cuáles son nuestras gramáticas. Hasta dónde nuestras sintaxis y nuestras semánticas docentes posibilitan o permiten, censuran o mutilan, abren o cierran aprendizajes. Dicho en otras palabras, qué tan jugable es nuestro lenguaje docente en cuanto puesta en escena de un conocimiento. O, si se prefiere, cuál es nuestra reserva de lenguajes. ¿Tenemos uno sólo?, ¿acaso varios?… ¿Son nuestros juegos de lenguaje realmente juegos interesantes, llamativos, cercanos a la vida cotidiana de los estudiantes?

Sin lugar a dudas, plantearse el tema del lenguaje dentro de la educación es abrir nuevas rutas de trabajo comprensivo, nuevos itinerarios de pensamiento. Michel Foucault, en ese libro memorable Las palabras y las cosas, estudió cómo el lenguaje permea y evidencia a la vez una conceptualización del comercio, los valores, los saberes. Uno podría afirmar que cada vez que el educador dice algo en clase, ese decir es un decirse y, ese decirse, por lo demás, pone en escena una concepción –una elección que es siempre una postura– del mundo y de la vida. El lenguaje “elegido” por el docente muestra –a veces a pesar suyo– una política y una ética, una economía y una estética.

 (De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp.167-169)

El conocimiento y la sabiduría

01 domingo Feb 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 6 comentarios

"Cuando el abuelo habla" del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

«Cuando el abuelo habla» del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

En una época como la nuestra en la que abunda y es de fácil acceso la información parece oportuno hacer una distinción entre el conocimiento (en su aspecto de erudición) y la sabiduría. Presentar algunas diferencias entre estos dos tipos de saber puede llevarnos hoy a tener una postura crítica de cara al “acceso inmediato” de datos y a cuestionarnos por el sentido de la formación humana.

Empecemos recordando que la acumulación de conocimientos no genera, de por sí, sabiduría. Se puede ser altamente instruido y, sin embargo, mostrar poca sapiencia. Los títulos académicos, la exposición continua a la educación formal, pueden contribuir a un mejor desempeño laboral o profesional, pero no necesariamente arrojan unos altos resultados en este otro tipo de saber. Por eso hay personas que aún, careciendo de pergaminos intelectuales, son más prudentes, más sensatas y más sabias que los eruditos universitarios. Tal vez esto sea así, porque el objetivo esencial de la sabiduría no es tanto llenarnos de infinidad de conocimientos técnicos sino darnos luces o “consejos” para afrontar o sortear de la mejor manera las vicisitudes de la vida. El punto de mira es el propio yo y su relación con otros semejantes. Más que subrayar las destrezas científicas o hacernos especialistas en una disciplina lo que la sabiduría busca es cualificar nuestro discernimiento y forjar nuestro carácter para llevar la propia existencia sin tantas angustias o desazones.

Otro elemento por señalar parte de la constatación de que la sabiduría es un saber aplicado. No es una erudición volátil o lejana a la vida. Los saberes propios de la sabiduría son validados diariamente en el yunque de estar en el mundo. Por esta razón, se habla del “arte de vivir”, haciendo énfasis en la dimensión práctica, en una experticia en la que caben la razón pero igualmente la intuición, los hábitos y la dimensión emocional de las personas. Precisamente, la sabiduría aunque puede encontrarse en los libros no se aprende sólo en ellos. Buena parte del conocimiento de la sabiduría proviene del caudal de la tradición. A través de los mayores se va transmitiendo a las nuevas generaciones. Mediante el diálogo, la conversación se va pasando tal saber a la manera de los “secretos del oficio” que los artesanos medievales confiaban a sus jóvenes aprendices. Debido a ese componente de oralidad tan predominante es que la sabiduría se condensa en refranes, sentencias y aforismos. No es mediante extensos tratados como la sabiduría pasa de una a otra descendencia. Son pequeños condensados, “fórmulas de vida” fáciles de recordar y comunicar de boca en boca. No es la cantidad de información indiscriminada lo que vale legarse, sino un destilado de la misma. Las máximas en las que se expresa la sabiduría son una selección del conocimiento esencial y útil para darle sentido y dirección a la existencia.

Como se infiere de lo expresado, resulta fundamental para la apropiación de la sabiduría la mediación de la crianza. Los padres, con cada recomendación o reproche, con la advertencia reiterada o la observancia de ciertos comportamientos, van tallando o sedimentando en el carácter de los más pequeños una forma de ser y de actuar. Es la crianza el medio privilegiado para que la sabiduría siembre y cultive sus frutos más preciados. Pero, además, los abuelos y tíos, todo el núcleo familiar, refuerzan y profundizan esas pequeñas lecciones de sabiduría. Si falta o es débil el cuidado de la crianza, muchos de esos saberes y habilidades no lograrán interiorizarse o serán remplazados por las demandas coyunturales de una época. Cuando se está desprovisto de crianza lo más frecuente es crecer en un ambiente de barbarie o sufrir innecesariamente las consecuencias de la desmemoria del pasado y la orfandad de las claves del desarrollo humano.

Desde otro mirador, la sabiduría no opera como un listado de acciones o una prescriptiva idéntica para todas las personas. El acervo de la sabiduría sufre modificaciones, adaptaciones, cambios, según las particularidades de los individuos. Dicho de otra forma, la sabiduría aporta un repertorio de principios, pero cada quien deberá, según su criterio o según las circunstancias, elegir y adaptar dichos preceptos. Podríamos decir que las indicaciones de la sabiduría son preceptos dúctiles, flexibles. No hay una cartilla mecánica o un listado de comportamientos a los cuales responder como si fuera una lista de chequeo. Los saberes de la sabiduría demandan comprender las implicaciones y procederes dentro de una situación determinada. Si el conocimiento erudito pretende ser universal y atemporal, la sabiduría reclama –para ser efectiva– atender a lo local en un tiempo específico. Allí hay otra diferencia significativa: por una parte está el conocimiento pretendidamente generalista y, por otra, la sabiduría que se reconoce altamente singular.

¿Y cuáles son las temáticas o ejes sobre los que se fundamenta la sabiduría? Son tan variados como diversas son las situaciones que debe enfrentar una persona a lo largo de su vida. Sin embargo, las insistencias mayores del saber de la sabiduría están en la prudencia, el tacto, la previsión, el cuidado y dominio de sí, el manejo de nuestras pasiones, la relación con los otros, la práctica de ciertas virtudes, la comprensión de determinados sentimientos y emociones. En cada uno de esos aspectos la sabiduría se mueve destacando o bien la bondad de tenerlos presentes o señalando  las consecuencias de desatenderlos. Aquí se puede apreciar otra distinción con el conocimiento erudito: el saber de la sabiduría no se expone de manera neutral, siempre muestra un doble filo. No es inocente el que hagamos o dejemos de hacer algo; no afecta nuestra vida de la misma forma el que nos comportemos de una u otra forma. La sabiduría, en consecuencia, pone sus enseñanzas en la misma perspectiva de los dilemas morales, de la clarificación de valores, de los ejercicios espirituales o las prácticas de discernimiento. Por eso es tan común que los apotegmas de la sabiduría se consignen en paradojas, porque la asunción de la vida y  sus peripecias nos ponen siempre en la zona de la ambigüedad, de las contradicciones, de lo indeterminado. Hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos–nos advierte la sabiduría– nuestra vida terminará enfrentada a dos caminos. En suma: el conocimiento no es imparcial o indiferente.

Un punto adicional, que ayuda a reforzar la distinción que venimos argumentando, es el protagonismo que le da la sabiduría a la voluntad. De nada sirve aprender un saber  o unos consejos si no hay la entereza o la constancia para ponerlos en práctica. La sabiduría considera que el entendimiento debe combinarse con lo volitivo. No es suficiente tener conocimientos, hay también que decidirse a incorporarlos y llenarlos de historia. Por momentos esa fuerza de la voluntad se convierte en entereza y, en otros casos, se acerca al campo de la  firmeza o la perseverancia. La sabiduría reconoce al conocimiento pero solo en cuanto se encarna en decisiones, en asentimientos, en resoluciones. Es nuestra libertad la que, en últimas, dota de rostro las enseñanzas de ese saber anónimo de la tradición. Y si de una parte el conocimiento parece no pedir más que ampliar nuestra memoria para acumularlo o distinguirlo con precisión, de otra, la sabiduría nos exige ejercitar nuestro espíritu y nuestro cuerpo, fraguar la consistencia de nuestros hábitos, poner a prueba nuestro albedrío. La sabiduría reclama que la información recibida pase por el tamiz de la encarnación. Quien posee sabiduría es una prueba viva de ese saber. A diferencia del conocimiento que puede predicarse sin testimoniarlo, la sabiduría convierte el saber en un ejemplo de carne y hueso.

Dejemos en claro, para finalizar estas distinciones, que la erudición y la abundancia de información no son suficientes para “gobernar” nuestra vida. La acumulación de instrucción es importante pero no suficiente. Si lo que anhelamos es adquirir una formación integral, un desarrollo equilibrado de las múltiples dimensiones del ser humano, entonces, será necesario el concurso de los saberes propios de la sabiduría. Aquí es irremplazable la colaboración de la familia y de todos los actores que tienen la tarea de educar. Es posible que mediante este esfuerzo de varios estamentos de la sociedad logremos darle el justo valor a la humilde sapiencia de los mayores y pongamos en salmuera la información novelera y copiosa que llega indiscriminada a las manos de la juventud.

El miedo profundo de los poetas

24 sábado Ene 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 2 comentarios

Ilustración del norteamericano Brian Despain.

Ilustración del norteamericano Brian Despain.

El manantial de la poesía
Temo que mueran mis sentimientos
y se seque esa fuente de mis versos
y que a mi alma, después de tanta inquietud,
nada le incite más que los recuerdos,
y que mis ojos contemplen el Universo, indiferentes
ante la belleza del crepúsculo y de la aurora.
Temo que la desesperación haga mella en mi corazón
 y éste desespere de sus fines.
Ahmad Rami

Si hay un temor que ronda a los poetas es el de perder la sensibilidad; o que su alma ya no sea interpelada por el universo. Un temor a convertirse en un ser indiferente ante la existencia propia y la de los demás. Este miedo, que puede llevar a la desesperanza, es el enemigo de fondo de los poetas; el pozo sin fondo de sus angustias, el abismo que puede conducirlo al suicidio, al silencio o a la locura.

Es comprensible esa angustia. Si un objetivo de su vida ha sido, precisamente, el mantener todos sus sentidos erizados y dispuestos a captar lo imperceptible, entonces, su temor mayor es convertirse en un individuo que apenas sobreviva. Que a pocas cosas le dé trascendencia y se entregue, como le sucede a buena parte de la sociedad en que vive, a trabajar para conseguir lo necesario y satisfacer sus necesidades más inmediatas. Alguien simple, sin mayores afectaciones. En otras palabras, a que ya no le duela el mundo o que pierda el sentido fino para escuchar la melodía de la vida.

De otra parte, el temor del poeta está relacionado con que se seque la fuente o el río de donde extrae la mejor agua para sus composiciones. Puede parecer una obviedad, pero los seres dedicados a la creación saben que trabajan con un material o una riqueza natural no siempre inagotable. Han aprendido que hay vetas y yacimientos –períodos o momentos, dirán otros– en que fluye a manos llenas el oro líquido de su inspiración, los depósitos de sus más queridas confesiones. Como también hay meses o años en que nada brota de esa tierra, en que ni una sola piedra preciosa puede extraerse de aquella cantera. Y a medida que va pasando la edad, cada noche, cuando se dispone a escribir, cuando la hoja en blanco tarda en llenarse, o cuando lo sorprende la madrugada sin ni siquiera haber escrito una línea, el poeta teme que esté seco, que ya no quede nada en su aljibe interior. Tal sequía de motivos o de temas lo circunda como una hiena hambrienta. 

Los poetas románticos asociaban este miedo de perder el caudal de la creación con el de la poca inspiración. Para enfrentar ese temor, revivieron la imagen de “La Musa”, un ser alado al cual se invocaba en aquellos momentos cuando la imaginación escaseaba o cuando los motivos parecían escapárseles de las manos. Desde el poeta mayor, Homero, que la consideraba la verdadera gestora de sus versos, hasta poetisas como Anna Ajmátova que la esperaba en las noches para que le prestara por unos minutos los mismos caramillos que le habían servido a Dante, la Musa era considerada un antídoto, un talismán que protegía de la escasez o la exigüidad en los versos. Aunque, desde luego, también la Musa podía encender el espíritu con tal intensidad –provocar el arrobamiento o el paroxismo–, y llevar al poeta hasta las montañas del Etna, como Silvia Plath o Hölderlin, para despeñarlo por los acantilados de la locura.

De igual modo, el miedo del poeta puede venir de que por dedicarse a los oficios de la sobrevivencia –conquistar un techo, mantener una familia, trabajar para adquirir un alimento– pierda sus mejores años, cuando se es más productivo o más imaginativo; que malgaste ese tiempo en que las palabras se entregan con facilidad a los caprichos del artista. Ese temor también lo acecha. Por eso algunos poetas prefieren asumir una vida miserable con tal de no perder el camino o el mandato de su vocación; otros les roban tiempo a sus obligaciones laborales o se destierran por unos días de las demandas sociales. También están los que se imponen, con una disciplina espartana, encerrarse todas las noches en su estudio, con el fin de no dejar morir su relación con las palabras. Con las celosas palabras de la poesía.

El poeta, hemos afirmado, tiene miedo a endurecerse o anestesiarse ante las variadas manifestaciones del universo, la naturaleza o la existencia humana. Le angustia pensar en esa condición de hombre cómodo, sólo preocupado por la riqueza y libre de conmociones o sentimentalismos. Teme, en últimas, que pierda su capacidad para hacerse preguntas, que claudique en su permanente oficio de anteponer el asombro a lo trillado o consabido. Y porque vive en ese temor, le reclama a la misma poesía, así como en los versos del boliviano Eduardo Mitre, que no lo vaya a abandonar, que persevere, “que persista en él pese a la miseria que ha hecho de esta vida”. Que nunca lo vaya a dejar –y aquí es importante agregar el plural– sin esa voz que es la que “nos despierta y bautiza los nombres de la tierra”.

(De mi libro La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía, Kimpres, Bogotá, 2014, pp. 95-100).

Tener vivo un proyecto

11 domingo Ene 2015

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 8 comentarios

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Soy un convencido de que los proyectos movilizan la vida de las personas. Cuando tenemos en la mente y en el corazón una meta, un propósito, un ideal, más animados nos sentimos y menos importancia le damos a los contratiempos y a las dificultades cotidianas de nuestra existencia. Si tenemos un proyecto en curso, si somos capaces de mantener viva una utopía, este objetivo se convertirá en una especie de sol hacia el cual girará o tenderá nuestro espíritu.

Pero, siendo esto tan razonable o provechoso, ¿por qué muchas personas no cuentan con esa mira o propósito jalonador? Diría que una primera explicación proviene de no haber jerarquizado los intereses en la propia vida. Por no diferenciar lo prioritario de lo secundario, por estar presos de las melosas garras de lo urgente, terminamos entregando nuestros días y nuestros años al vaivén de lo que venga, convirtiéndonos en autómatas sin dirección alguna. En consecuencia, lo fundamental para tener un proyecto vivo y andando es aprender a ponderar y aquilatar los asuntos y las acciones en las que participamos. Priorizar, entonces, es dedicar más tiempo a unos asuntos que a otros, es organizar de mejor manera nuestros ingresos con el fin de que sobre un excedente para garantizar la realización de dicho proyecto, es aprender a decir no a los que nos descentran de la meta y hacer caso omiso de las engañifas de la masa novelera.

He comprobado que hay otra razón: un buen número de individuos identifican su proyecto pero confían en que se realice sin trabajar en él, sin labrarlo o cultivarlo diariamente. Esperan que sean las circunstancias externas o la buena fortuna las que hagan florecer ese ideal. O, muy de vez en cuando, cuando los agarra el remordimiento, retoman el ansiado proyecto para darle continuidad o desarrollo. Sin embargo, a los pocos días vuelven a dejarlo de lado, distraídos por otros menesteres de turno. Esa parece ser otra causa por la cual hombres y mujeres van abandonando sus aspiraciones. Les falta constancia, persistencia, disciplina, para trabajar en el logro de ese sueño todos los días, así sea aportando un insumo mínimo al caudal esperado o adelantando una parte pequeña de la gran tarea.

De igual modo, he descubierto que las personas fracasan en el logro de sus proyectos porque no saben hallar aliados idóneos para dicho fin. Lo frecuente es lo contrario: se buscan compinches que terminan desalentándolos o llevándolos por vías erráticas cuando no inauténticas. Razón tenían nuestros mayores al señalarnos que de la elección de nuestras compañías dependía, en gran medida, el alcance de muchos de nuestros ideales. Es conveniente, por lo mismo, saber escoger los amigos y compañeros de acuerdo a esa utopía puesta en nuestro horizonte. O si se quiere entender de otra  forma: es menester que las personas del núcleo familiar o afectivo, o esos otros seres que están cercanos a nosotros sean cómplices reales y efectivos de nuestro proyecto. No son suficientes, por lo mismo, las muestras de cariño apáticas por ayudarnos a conquistar un logro o el colegaje que se solaza con nuestro conformismo.

Cabría exponer otra causa de la falta de proyectos de un buen número de personas. Me refiero a un conformismo o resignación constante bien sea sobre lo que se es o se posee. Resulta más fácil, por supuesto, no imponerse retos o trazarse objetivos de largo alcance; es menos preocupante colocarse una tarea que sabemos de antemano va a demandar demasiado esfuerzo y dedicación. A veces resulta cómodo decir que hay que aceptar las cosas como vengan o que no vale la pena desgastarse en luchar por fantasías. Hasta cierto tipo de creencias contribuyen también a enajenar la voluntad o la iniciativa. Tal vez por todo ello, los que izan la bandera de un proyecto no solo deben tener la fortaleza suficiente para enfrentar las limitaciones personales y sociales que tengan sino, además, ser incrédulos ante los fatalismos o los destinos predeterminados. Si no hay esa veta de inconformismo o de corajuda rebeldía en el espíritu será imposible emprender una utopía.

Recalquemos en nuestra tesis inicial: las personas que mantienen vivo un proyecto son las más optimistas y las que contribuyen con ahínco a mejorar la sociedad o hacer algo por los demás. Si se tiene un ideal en nuestro espíritu tendremos razones de peso para levantarnos todos los días y enfrentar las adversidades. El tener la mente ocupada en un proyecto favorece la salud interior, nos rejuvenece el cuerpo y, de alguna forma, nos hace sentir útiles y necesarios. No hay que olvidarlo: las personas con un proyecto viven su existencia como si estuvieran lanzadas permanentemente hacia el futuro.

Noveno día de novena navideña: la tradición

24 miércoles Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 4 comentarios

Concluyamos este día de la novena de navidad reflexionando sobre el papel de las tradiciones. Hablemos de este tiempo en el que, como si fuera una resonancia mágica, vuelven otra vez ritos, comidas, costumbres, actividades destinadas a una época específica. Y de cara al pesebre o al árbol de navidad, compartiendo una cena o abriendo unos regalos, levantando una copa de vino o ansiosos por empezar el baile, redescubramos la fuerza social de las tradiciones.

Una primera evidencia de la tradición es su poder aglutinador. Las tradiciones son bisagras para el vínculo social. La tradición, a la par que es un tiempo para evocar, también es una época de convocación. Las tradiciones celebran y conmemoran a la vez. Los pueblos necesitan mirar hacia atrás para descubrir sus orígenes o sus hitos fundacionales; es como si el pasado necesitara ser reconocido para darle continuidad al presente. Este acto de retorno y vuelta, en el que la mayoría de los habitantes de un clan o los miembros de una familia se reconocen, es tan importante que amerita celebrarse. Las festividades son el clamor de las tradiciones, son el canto y exaltación de sus raíces. Pero no es una contemplación nostálgica, sino un genuino acto de renovación. Las tradiciones actualizan el pasado, hacen que nos sintamos parte de una historia, nos hacen deudores de un linaje, un credo, un legado simbólico.

La tradición, de igual modo, es una forma de enaltecer o rememorar a los que nos precedieron. Son gestos de agradecimiento. Las tradiciones desean conservar, no dejar perder el caudal de experiencia o los réditos de una cultura. Cuando así nos comportamos es porque queremos exaltar a los mayores, porque consideramos que la vida misma o la historia no empiezan soberbiamente con nosotros. Hay otros que nos precedieron y a ellos les debemos buena parte de lo que somos. Las tradiciones, entonces, son el homenaje a esas figuras o emblemas instauradores. Por eso, reavivar las tradiciones es convertirnos en guardianes de determinadas efemérides, es negarnos a convertir el pasado en olvido, es seguir llevando flores al panteón de nuestros progenitores.

Otro aspecto de las tradiciones, relacionado con el campo ideológico y religioso, es que ellas están ligadas hondamente a la zona sagrada de nuestras creencias. Hay un elemento sensible que baña cada rito o cada frase de la tradición. No es un asunto meramente racional; las tradiciones movilizan el flanco emocional y sentimental de nuestras conductas. Se pone demasiado corazón cuando se entra en el tiempo de las tradiciones. Eso explica, en gran parte, la exaltación, el fervor, las ofrendas, la corriente imantada de las expresiones masivas. Las tradiciones forman parte de nuestros lazos afectivos con el pasado, son el lado visceral de las creencias.

Por supuesto, estas épocas recientes del frenesí por la moda, del consumo rápido y de las mercancías desechables, parecieran desconocer lo que las tradiciones movilizan. Por eso es valioso explicarles a las nuevas generaciones –con nuestro testimonio– lo que se pone en juego cuando se arma un pesebre o se decora un árbol de navidad; vale la pena dialogar con los más jóvenes sobre el sentido de una novena de aguinaldos o la comunicación profunda de un regalo. No hay que permitir que las tradiciones caigan en el terreno inerte del consumismo. Si banalizamos estos rituales quedaremos huérfanos de pasado y, en esa medida, seremos un grupo social muy frágil para entrever el porvenir.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...