La vida, un regalo del tiempo

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Que la vida es, en esencia, un regalo del tiempo, nos lo subraya Quevedo en este soneto. Vivir es ser habitado por esa sangre de las horas, los días y los años. Y lo más interesante, en lo cual el poeta se detiene, es que la conciencia de la vida misma está en la memoria de ese tiempo encarnado. Sabemos de la vida, comprobamos que hemos vivido, justo cuando el manantial del tiempo empieza a secarse. De alguna manera, vivir es ir gastando poco a poco esa cantidad de tiempo que nos ha sido dado a la manera de un don o un milagro maravilloso. La respuesta sobre la vida, nos enseña Quevedo, está en lo ya vivido.

Por eso resulta extraño o por lo menos sorprendente el que, sin darnos cuenta, se nos vaya la salud y entremos en el declive de la vida. Ese tiempo que nos constituye, invisible por lo demás, opera silenciosamente en nuestra piel, en nuestros sentidos, en nuestra mente. El tiempo, y ahora las resonancias llegan hasta el gran poeta Eduardo Cote Lamus, roe nuestro ser, raspa la superficie de nuestra piel, horada la consistencia de lo que somos. Nos percatamos tarde de ese inquilino que nos devora. Son las “calamidades” las que nos llevan a reconocer que la sangre, los huesos y los nervios, los músculos y los órganos, no son más que manifestaciones materiales de una fuente incorpórea e insensible. Es nuestro “cansancio” el que realmente nos confronta con ese hacedor interior que inicia su labor en nuestra cuna y nos lleva lentamente hasta la tumba. Ese es el descubrimiento postrero: “que el ayer se fue”, “que el mañana no ha llegado”, y que el poco presente que nos queda, “se está yendo sin parar”.

Quevedo insiste en que el tiempo nos va pasando de forma continua. No hay escapatoria, entre otras cosas, porque advertimos su amenaza o su devastación progresiva. Cada día que vivimos es una mortaja del anterior. Entre más años acumulamos, más muerte cargamos encima. Somos “presentes sucesiones de difunto”. Por supuesto, de eso no nos damos cuenta. O quizá sea un recurso de la propia vida para evitar el pánico, la desazón interior o la angustia inclemente. Vivimos cada día con la certeza de un futuro; nos gusta albergar la posibilidad de ser eternos. Tal manera de asumir nuestra condición finita, extiende nuestras limitaciones hasta una frontera ilimitada. Sin embargo, cuando nuestra fragilidad o nuestro organismo empiezan a fallar, cuando nos cuesta demasiado estar de pie, cuando ya no irradiamos la misma energía, caemos en la cuenta de que el horizonte del futuro está limitado por el presente y que la sobrevivencia del día se impone a los sueños de inmortalidad. En el declive de nuestra existencia tenemos la revelación de que vivir es irse desmoronando; que el término de la vida no es una meta puesta hacia el final, sino un progresivo irse deshilvanando, el deterioro incesante de la suave ola que carcome día y noche al acantilado.

¿Qué es la vida? Una sucesión de vivires, un cúmulo extinto de experiencias, un cementerio de lo que vamos siendo. No somos solo la conciencia del presente, también a la vez somos lo que ya fuimos y, de alguna manera, lo que seremos. Querámoslo o no, el tiempo que nos conforma y nos posee, se adhiere a nuestro ser en todas sus manifestaciones. Se conjuga en el escenario de nuestra existencia. ¿Qué es la vida? Bien podríamos decir que un soplo, si la miramos desde la perspectiva del universo. O que es, en su médula, la memoria de un tránsito; el recuerdo de ese acontecimiento, con sus múltiples peripecias. En todo caso, y ahí Quevedo resulta iluminador, la vida adquiere significado en su huidiza presencia, en ese tiempo que, a la par que nos habita, huye inexorable de nosotros.

Desideria, la fanática de la moda

Ilustración de Chris Ayers.

Desideria, muy aficionada a la moda, buscó en internet el último diseño de caparazón. Encontró uno de nácar que le pareció mucho mejor que el material que la naturaleza le había provisto. Averiguó dónde lo podía adquirir y, con rapidez, salió al centro comercial más cercano.

De vuelta a casa, con gran dificultad logró deshacerse de su antigua protección y poco a poco atornilló el nuevo caparazón, brillante y muy llamativo. La tortuga estuvo vanidosa de su adquisición, hasta que vio en la televisión el anuncio de una caparazón de aluminio que “era a prueba de todo”. Lo que inició con alegría se convirtió en decepción. Desideria advirtió que su coraza ya no respondía a sus expectativas. ¡Tenía que adquirir como fuera esa nueva prótesis de maravillosa defensa! Buscó en su mesa de noche la tarjeta de crédito y fue presurosa a donde vendían aquella maravilla.

Cuando retornó y desempacó su compra, se quedó deslumbrada por el resplandor del artefacto. Luego empezó a quitarse la antigua caparazón, no sin alguna molestia. Los tornillos ya estaban corroídos por el agua; pero, poco a poco, logró cambiar su indumentaria por este otro ropaje más esplendoroso. Esto sí era lo último y, a medida que desfilaba ante un largo espejo, Desideria notó que por fin había encontrado lo que en verdad necesitaba. Pero esa certeza le duró poco: una amiga muy viajada le dijo que lo que estaba en furor en los países orientales era el titanio, que sólo los más ricos y la realeza, según contaban, podían usarlo. La tortuga se sintió desanimada. En su corazón albergó el sueño de viajar a esos territorios y adquirir, si era posible, una de esas caparazones para personas poderosas o con mucho dinero. A eso se dedicó muchos años de su vida. Ahorró con ese propósito y, al final, hizo un préstamo diferido a muchos años.

Recién llegó al Japón, en búsqueda del caparazón de titanio, varios comerciantes le dijeron que debía esperar unos meses hasta que saliera al mercado la última versión. La tortuga esperó ese tiempo. Al fin pudo ver lo que hasta ese momento era un sueño de su imaginación. ¡Ahí estaba, relumbrante, el caparazón! Volvió a pagar con su tarjeta de crédito y regresó con su preciado tesoro en las bodegas del avión. Ya en su casa empezó a desempacar con entusiasmo y ansiedad aquella compra venida de tan lejos. Quitados todos los plásticos quedó al descubierto esa plateada figura. ¡Era perfecta! A pesar de seguir las instrucciones para ponérsela, el peso de la coraza no le permitió acomodarla a su cuerpo. Muy cansada del viaje, dejó esa tarea para el otro día. Pero, por más que luchaba para meterse dentro de aquel vestido, no logró que le quedara ajustado a su cuerpo. Se valió de las manos de una amiga para ese fin, pero fue inútil. Buscó a expertos que le ayudaran a ponerse esa prenda, pero con resultados semejantes: algo no engarzaba, una pieza no encontraba su pareja, o lo que parecía ya quedar justo, pasados unos segundos se convertía en una incomodidad intolerable. 

Dicen que en ese rito Desideria empleó los últimos cincuenta años, de los cien que vivió.

Para leer en vacaciones III

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Ilustración de Emiliano Ponzi.

Los relatos siguientes, redactados por Martine Quentric-Séguy, hacen parte del libro Cuentos de los sabios de la India (Paidós, Barcelona, 2007).

Espejos

Un hombre muy pagado de sí mismo mandó cubrir con espejos todas las paredes y el techo de su habitación más bella. Se encerraba a menudo en ella, contemplaba su imagen, se admiraba en detalle, por arriba, por abajo, por delante, por detrás. Se sentía de ese modo entonado, listo para enfrentarse al mundo.

Una mañana abandonó la estancia sin cerrar la puerta. Entró en ella su perro. Al ver otros perros, los olfateó; como le olfateaban, gruñó: como gruñían, los amenazó; como le amenazaban, les ladró y se abalanzó sobre ellos. Fue un combate espantoso: ¡las batallas contra uno mismo son siempre las más feroces! El perro murió extenuado.

Un asceta pasaba por ahí mientras el amo del perro, desconsolado, mandaba tapiar la puerta de la sala de los espejos.

—Este lugar puede enseñarte mucho —le dijo—. Déjalo abierto.

—¿Qué quieres decir?

—El mundo es tan neutro como tus espejos. Según nos mostremos maravillados o ansiosos, nos refleja lo que le damos. Si eres feliz, el mundo lo es. Si estás atormentado, también lo estará el mundo. En él combatimos sin tregua nuestros reflejos y morimos en el enfrentamiento. Que esos espejos te ayuden a comprender esto: en cada ser y en cada instante, feliz, fácil o difícil, no vemos a la gente ni el mundo, sino sólo nuestra imagen. Observa esto, y todo temor, todo rechazo, todo combate te abandonarán.

El monje y el novicio

La lluvia del monzón crepitaba sobre la carretera cavando acequias, liberando las piedras. El monje y el novicio caminaban con la espalda encorvada. Esa misma tarde les esperaban en el monasterio plantado sobre la montaña. Avanzaban sin ver más allá de tres pasos por delante de ellos. A su alrededor, el mundo había dejado de existir. Estaban envueltos en una especie de capullo blanquecino y tibio que anulaba todo ruido, todo color, todo olor. Era fácil ver que no era más que ilusión.

Se habían despojado de sus sandalias de cuero empapado que serraban sus pies arrugados por el agua. Las asperezas del camino volvían a resultar perceptibles bajo el callo reblandecido que les servía de suela. Con sus atuendos monásticos pegados al cuerpo, luchaban, como estatuas móviles, ayudándose con bastones para avanzar a contracorriente. Torrentes de lodo lado bajaban rodando sobre el mundo, se arremolinaban en torno a ellos, cubriéndoles las pantorrillas y las rodillas. No avanzaban más que a costa de un esfuerzo considerable, en un mutismo de aliento ronco. Todas sus fuerzas se concentraban en echar un pie delante del otro. Les dolían las caderas, y los músculos de los muslos les ardían, debido al esfuerzo. En ocasiones, los detenía un calambre. Entonces agarraban con ambas manos el miembro dolorido, lo sacudían, le pegaban golpecitos discontinuos y lo frotaban para hacerlo entrar en calor. Cuando cesaba la crispación, inspiraban, aliviados, y reanudaban de inmediato la marcha hacia el monasterio perdido en la bruma.

Finalmente la lluvia cesó, dejando tras de sí una luminosidad inaprensible, colores avivados por el agua, un olor almizcleño a musgo y a cieno. La ruta volvió a aparecer, las montañas se manifestaron de nuevo en la estela de las nubes barridas por el viento. Se detuvieron para escurrir sus prendas y vaciar el fondo de las escudillas colgadas de su cintura. Luego reemprendieron la marcha.

En un recodo del camino, una mujer empapada, que contemplaba consternada el río crecido pro el monzón, les cortó el paso.

—Madre —le dijeron respetuosamente, pues lo monjes llaman a todas las mujeres “madre” para alejar el deseo potencial—, ¿por qué permaneces en medio del camino para mirar el río?

—Mi casa y mi familia están al otro lado: esta mañana, casi lo he vadeado, pero esta tarde el agua está tan alta que no me atrevo a aventurarme.

El novicio la subió entonces sobre sus hombros y la cruzó. Después regresó junto al monje. Se miraron un instante para confirmar mutuamente que ya era hora de seguir, y reemprendieron su ascensión, que duró varias horas más.

Llegaron a la vista del monasterio un poco antes del anochecer. Agotados por el viaje, se sentían aliviados al ver perfilarse el gran edificio sombrío y la inmensa campana de la estupa. Hicieron una pausa para recobrar el aliento. De repente, el monje se inquietó.

—¿Cómo vas a explicarle eso al lama?

—¿Qué debo explicarle al lama?

—¡Esa mujer que has tomado sobre tus hombros!

El novicio se echó a reír:

—Yo la dejé en la otra orilla. ¿Y tú? ¿Realmente la has llevado durante todo este tiempo?

La esencia de la sabiduría

El viejo rey había muerto demasiado pronto. Su joven hijo aún no había alcanzado la madurez. Subió al trono, preocupado por estar tan poco formado para el cargo que le correspondía. Tenía esa penosa sensación de que la corona se le caía de la cabeza, de que era demasiado grande y demasiado pesada. Se atrevió a decirlo. Los consejeros se tranquilizaron; pensaron: “su conciencia de no saber, de no estar listo, le predispone a ser un buen rey, capaz de aceptar consejos, de escuchar sugerencias sin precipitarse a la hora de tomar una decisión, de reconocer un error y de aceptar corregirlo. Alegrémonos por el reino”. Él, deseoso de instruirse, hizo llamar a todos los sabios del reino: eruditos, monjes y sabios probados. De entre ellos eligió a algunos como consejeros y pidió a los demás que recorrieran el mundo entero para ir a buscar y traer toda la ciencia conocida en su época, con el fin de extraer de ella el conocimiento, incluso la sabiduría.

Algunos partieron tan lejos como la tierra podía llevarles, otros tomaron vías marítimas hasta los confines del horizonte. Regresaron dieciséis años más tarde, cargados de rollos, libros, sellos y símbolos. El palacio era vasto. No pudo, sin embargo, albergar tan prodigiosa abundancia de ciencia. ¡Solo el que regresaba de China había traído consigo, sobre innumerables dromedarios, los veintitrés mil volúmenes de la enciclopedia Cang-Xi, así como las obras de Lao Tse, Confucio, Mencio y otros muchos, tanto renombrados como desconocidos!

El rey recorrió a caballo la ciudad del saber que había tenido que mandar construir para recibir tal abundancia. Se sintió satisfecho de sus mensajeros, pero comprendió que una sola vida no bastaba para leerlo, para comprenderlo todo. Solicitó entonces a los letrados que leyeran los libros en su lugar, que extrajeron de ellos la médula esencial y que redactaran, para cada ciencia, una obra comprensible. Pasaron ocho años antes de que los letrados pudieran entregar al rey una biblioteca constituida por los simples resúmenes de toda la ciencia humana. El rey recorrió a pie la inmensa biblioteca así constituida. Ya no era tan joven, veía la vejez llegar dando zancadas, y comprendió que no tendría tiempo en esta vida para leer y asimilar todo eso. Pidió entonces a los letrados que habían estudiado esos textos que no escribieran más que un único artículo por ciencia, yendo directamente a lo esencial.

Pasaron ocho años antes de que todos los artículos estuvieran listos, ya que buen número de los eruditos que habían partido hacia los confines del mundo recogiendo todo este saber estaban ya muertos, y los jóvenes letrados que proseguían la obra en curso debían leer previamente todo el material antes de escribir un artículo.

Finalmente, se le entregó un libro en varios volúmenes al anciano rey, postrado en su cama, enfermo. Rogó que cada cual resumiera su artículo en una frase.

Resumir una ciencia en pocas palabras no es cosa fácil. Se necesitaron ocho años más. Se concibió un único libro que contenía una frase sobre cada una de las ciencias y las sabidurías estudiadas. Al viejo consejero que le traía el libro, el rey moribundo le pidió en un murmullo:

—Dime una única frase que resuma todo ese saber, toda esa sabiduría. ¡Una sola frase antes de mi muerte!

—Majestad —dijo el consejero—, toda la sabiduría del mundo cabe en dos palabras: “Vivir el instante”.

Para leer en vacaciones II

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Ilustración de André Letria.

Los relatos que siguen, recogidos por Pascal Fauliot, hacen parte del libro Cuentos de los sabios taoístas (Paidós, Barcelona, 2007).

Los caballos del destino

Un humilde campesino vivía en el norte de China, en los confines de las estepas frecuentadas por las hordas nómadas. Un día regresó silbando de la feria con una magnífica potranca que había comprado a un precio razonable, gastando pese a ello lo que había ahorrado en cinco años de economías. Unos días más tarde, su único caballo, que constituía todo su capital, se escapó y desapareció hacia la frontera. El acontecimiento dio la vuelta al pueblo, y los vecinos acudieron uno tras otro para compadecer al granjero de su mala suerte. Éste se encogía de hombros y contestaba imperturbable:

—Las nubes tapan el sol, pero también traen la lluvia. Una desgracia, trae consigo a veces un beneficio. Ya veremos.

Tres meses más tarde, la yegua reapareció con un magnífico semental salvaje caracoleando junto a ella.  Estaba preñada. Los vecinos acudieron para felicitar al dichoso propietario.

—Tenías razón al ser optimista. ¡Pierdes un caballo y ganas tres!

—Las nubes traen la lluvia nutricia, y en ocasiones la tormenta devastadora. La desgracia se esconde en los pliegues de la felicidad. Esperemos.

El hijo único del campesino domó al fogoso semental y se aficionó a montarlo. No tardó en caerse del caballo y poco le faltó para romperse el cuello. Salió del paso con una pierna rota.

A los vecinos que venían de nuevo para cantar sus penas, el filósofo campesino les respondió:

—Calamidad o bendición, ¿quién puede saberlo? Los cambios no tienen fin en este mundo que no permanece.

Unos días más tarde, se decretó la movilización general en el distrito para rechazar una invasión mongola. Todos los jóvenes válidos partieron al combate y muy pocos regresaron a sus hogares. Pero el hijo único del campesino, gracias a sus muletas, se libró de la masacre.

El ladrón de hachas

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo furibundo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer, había desaparecido, sin duda robada! ¡Un hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros! La cólera, esa breve locura, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, ¡su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su porche a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador ¡que tenía la osadía de venir a burlarse de él! Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, ¡y se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, que debía haberse caído hacía poco de su carreta!

El pretil*

El príncipe de Tsinn estaba banqueteando con sus cortesanos. La comida se había regado abundantemente. El soberano, un poco achispado, decía palabras deshilvanadas, y en ocasiones muy extravagantes, a las que sus favoritos respondían con halagos untuosos. De repente, el príncipe estiró las amplias mangas de su traje, lanzó una exclamación de satisfacción y declaró:

—No existe mayor felicidad que la de ser monarca. ¡No hay que rendir cuentas a nadie y ninguno se atreve a contradecirte!

Kuang, su maestro de música, que estaba sentado frente a él, tomó entonces su laúd y se lo arrojó a la cara. El príncipe brincó de su asiento, esquivando así el instrumento, que se hizo pedazos contra el muro con un gemido lastimero.

Indignados, los cortesanos se levantaron y protestaron enérgicamente. Uno de ellos le preguntó al músico:

—¿Cómo has osado levantar la mano contra tu soberano?

—¡Jamás haría yo nada semejante! —se ofendió el maestro de música—. Sencillamente he querido corregir a un usurpador que había tomado el puesto del príncipe.

Y señaló el asiento vacío del monarca diciendo:

—¡He oído, procedentes de ese sitio, palabras indignas de un soberano!

Algunos dignatarios, irritados, habían echado mano al grosero personaje. Lo arrastraron ante el príncipe de Tsinn para preguntarle a su majestad que castigo quería que se le infligiera. Pero el soberano se echó a reír y dijo:

—Soltadlo. ¡Me es mucho más útil que vosotros ya que él me sirve de pretil!

* Barandilla o paredilla construida a los lados de un puente o en sitio parecido por donde hay posibilidad de caerse.

El arte del tiro con arco

Qi Shang deseaba aprender el arte del tiro con arco, que, según dicen, es un excelente camino para acceder al Tao. Fue en busca del maestro Fei Wei, quien gozaba de una reputación considerable. Éste le dijo:

—Cuando seas capaz de no parpadear, te enseñaré mi arte.

Qi Shang regresó a casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y se entrenó en seguir con la mirada y sin parpadear el ir y venir de la lanzadera. Tras dos años de practicar este ejercicio, ya no pestañeaba en absoluto, ¡ni quisiera cuando la punta de la lanzadera le rozaba el ojo! Regresó entonces para anunciárselo al viejo Fei Wei.

—Bien —dijo el Maestro—. Ahora debes aprender a ver. Debes distinguir con toda nitidez la percepción más ínfima. Atrapa a un piojo, átalo con un hilo de seda y cuando seas capaz de contar los latidos de su corazón, ven a verme.

Qi Shang tardó diez días en atrapar un piojo, necesitó seis meses para conseguir atarlo. Después, se dedicó a mirar fijamente el insecto durante varias horas al día. Al cabo de un año, lo vio tan grande como un platillo, y al cabo de tres años, tan grande como una rueda de carro. Corrió entonces triunfalmente hasta la casa de su maestro.

—Bien —dijo el viejo arquero—, ahora vas a poder ejercitar tu puntería. Cuelga el piojo de la rama de un árbol, retrocede cincuenta pasos, y cuando consigas traspasar el insecto sin tocar el hilo de seda, vuelve a verme.

Y le tendió un arco y una aljaba.

Qi Shang tardó tres meses en tensar el arco sin temblar, un año para dar en el tronco del árbol y dos años para tocar el hilo de seda. Cien veces cortó el hilo sin tocar el piojo. Transcurrieron otros tres años antes de que la flecha atravesara el insecto sin tocar el hilo.

—Bien —dijo el viejo Fei Wei—, ya casi has concluido. Ahora sólo te queda intentar lo mismo en medio de un vendaval. Entonces, ya no tendré nada que enseñarte.

Y tres años más tarde, Qi Shang logró esta última proeza. Entonces se dijo que ya sólo el faltaba una cosa por hacer: medirse con su maestro, saber si era capaz de superarle, si podría finalmente ocupar su lugar. Tomó su arco, sus flechas y se fue en busca de Wei Fei.

El viejo arquero, como si le esperara, había salido a su encuentro, arco en mano, con las mangas remangadas.

Cada uno en un extremo del prado, se saludaron sin decir palabra, colocaron una flecha sobre el arco y se apuntaron cuidadosamente. Las cuerdas vibraron al unísono, las flechas chocaron en pleno vuelo y cayeron sobre la hierba. Seis veces silbaron y seis veces se dieron. Fei Wei había vaciado su aljaba, pero Qi Shang aún tenía una flecha. Dispuesto a todo para deshacerse de su rival, para terminar con su maestro, disparó. La risa del anciano respondió al grito de la flecha y, con el meñique de su mano derecha, desvió el tiro mortal que fue a plantarse en la hierba. Fei Wei dio tres pasos, recogió la flecha, la colocó sobre su arco y apuntó a su vez a su discípulo.

Qi Shang no hizo ningún gesto, pero la flecha sólo rozó su cintura, como si su maestro hubiese errado el tiro… o le hubiera perdonado la vida. Pero cuando quiso dar un paso, ¡su pantalón cayó sobre sus tobillos! El golpe magistral del viejo Fei Wei había cortado el cordón.

Entonces Qi Shang se prosternó y exclamó.

—¡Oh, gran Maestro!

Fei Wei se inclinó a su vez y dijo:

—¡Oh, gran Discípulo!

Para leer en vacaciones I

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Ilustración de Soizick Meister.

La viña de Noé

Este relato, reelaborado por la parisina Axelle Hutchings, hace parte del libro Cuentos y leyendas de los hebreos (Kókinos, Madrid, 2014).

 

Tras el diluvio. Noé tuvo que volver a plantar en los vergeles que las aguas habían anegado. Era un buen labrador. Los granados ya estaban dando sus frutos, cuyo jugo agridulce servía para calmar la sed de los pastores y caravaneros. Los almendros estaban cuajados de flores blancas y en los manzanos aparecían las primeras yemas. Noé plantó entonces la vid. Llevaba ya un buen rato trabajando en ello cuando apareció Satán en el cerro. Este se encaramó en lo alto de un majano y preguntó a Noé:

—¿Por qué te sigues desmolando? ¿Qué penoso trabajo te has impuesto esta vez? ¡Dios te ha tocado con su gracia y has librado de su cólera al hombre y a su descendencia! ¡Has salvado del diluvio a todo el reino animal: del insecto más dañino al mamífero más majestuoso! ¿Qué más quieres?

—Baja de esas piedras —replicó Noé sin mirar a su interlocutor.

Satán obedeció clavando su mirada en el hombre:

—De acuerdo. Pero dime qué estás haciendo.

—Estoy plantando un viñedo —respondió Noé.

—¿Por qué? —volvió a preguntar Satán.

Noé se irguió, se enjugó el rostro con un pico de su larga túnica, e indicó:

—Porque el fruto de la vid es valioso. Alegra el corazón del hombre y es saludable tanto para el alma como para el cuerpo.

Satán quiso aprovechar la ocasión: “Esta planta, se dijo, será la mía. Gracias a ella, poblaré los infiernos…”.

Y entonces propuso a Noé con malicia:

—¡Voy a ayudarte! Te has ganado de sobra el derecho a descansar.

—¡De acuerdo! Busca un buen abono para alimentar esta tierra árida.

—¡Confía en mí! Yo sabré dónde encontrar cuanto sea preciso. Tendrás un suelo fértil y tus vides se doblarán con el peso de las uvas.

Satán fue a buscar un cordero. Lo sacrificó al pie de la primera vid y derramó la sangre del animal por el suelo. Para la segunda planta, eligió un león; para la tercera, un cerdo. Y, finalmente, un mono corrió la misma suerte en la cuarta.

El abono de Satán surtió el efecto deseado: la viña de Noé produjo sarmientos vigorosos.

Los sarmientos cargaron pesados racimos. Vendimiaron la viña, pisaron la uva y llenaron las tinajas. Era la primera cosecha tras el diluvio y la celebraron con alegría. Sacaron el primer caldo de los cántaros y llenaron con él las copas. De la copa a la boca, el vino soltaba la lengua y trababa amistades, pues el primer vino volvía manso como un cordero. De la boca al estómago, el vino despertaba la animosidad, pues el segundo vino volvía pendenciero como el león. Del estómago a la tierra, el vino ensuciaba el suelo, pues el tercer vino llevaba a revolcarse en el fango, como los cerdos. Con el cuarto, se hacían tonterías dando saltos alrededor de las tiendas de los campamentos, soltando palabras sin sentido, como los monos.

Y así es como, dese entonces, la gente bebe, junto con el vino, los defectos de los animales cuya sangre se mezcló con la vid. Allí donde Satán no puede llegar envía al vino como mensajero, poblando así su reino.

Ilustración de Jungho Lee.

Las cuatro historias que siguen, redactadas por Jean-Jacques Fdida, hacen parte del texto Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes (Paídos, Barcelona, 2007).

Despierto para rezar

Un derviche se pasaba las noches rezando y experimentaba grandes éxtasis.

Una noche, uno de sus hijos le preguntó si podía quedarse a velar con él. El padre aceptó, y el niño pudo acceder a su vez a los misterios divinos. Sin embargo, al romper el alba el niño, mirando a sus hermanos, tiró a su padre de la manga y le dijo:

—Papá, me ha gustado mucho esta noche de vigilia. Pero ahora siento pena por mis hermanos, a quienes el sueño priva de tantas bellezas.

—Hijo mío —le respondió el derviche—, si sólo te has quedado despierto para mirar cómo duermen los demás, habrías hecho mejor quedándote en la cama.

El blanco

Había una vez un rabino, un viejo rabino, que tenía esa capacidad increíble —y cuán envidiable— de poder responder a todas las preguntas que le hacían simplemente contando una historia. Esto tenía a sus discípulos muy impresionados.

Un día fueron a verlo y le preguntaron:

—Rabino, díganos, explíquenos cómo lo hace para conseguir encontrar siempre una historia que responda precisamente a la pregunta que planteamos.

Y el rabino respondió:

—Pues es muy simple… Os contaré una historia.

En el imperio de Japón había un samurái, un gran arquero, que recorría el país en busca de una forma de dominar mejor su arte. Un día llegó a una posada. Le hicieron entrar al patio. Y allí se quedó boquiabierto: sobre todos los muros del recinto vio blancos dibujados con una flecha clavada en el centro de cada uno de ellos.

El samurái llamó al posadero:

—¿Quién ha hecho esto?

—Mi hijo —respondió el posadero.

—¿Y dónde está tu hijo?

—Allí, creo, está jugando…

El samurái se dirigió al niño y le preguntó:

—¿Has sido tú quien ha hecho esto?

—Sí —respondió el niño.

Entonces, sin decir palabra, el samurái se apartó y, acto seguido, con un gesto extremadamente armonioso y más rápido que un parpadeo, disparó una flecha justo en el centro de cada uno de los blancos y partió la flecha del niño en dos.

Después se acercó al pequeño y le dijo:

—Esta es mi técnica. ¿Cuál es la tuya?

Y el niño respondió:

—¡Ah! Pues yo no lo hago así. Yo primero lanzo la flecha y después dibujo el blanco.

 —Y yo —dijo el rabino a sus discípulos—, yo hago más o menos lo mismo con vuestras preguntas y mis historias.

La vidente

Un joven judío fue a visitar a una vidente. Ella le cogió la mano y le dijo:

—¡Ay, ay, ay! ¡Es más bien triste!… Hasta los treinta años, no veo más que cosas terribles… Sí, hasta los treinta años su vida será un infierno.

—Bueno —respondió el judío—. ¿Y después de los treinta?

—Después de los treinta, se acostumbrará.

El escondite

Cuentan que un día Yéhiel, el nieto del célebre hasid Rabbi Baroukh, estaba jugando al escondite con sus amigos. Había encontrado un escondite perfecto y estaba esperando a que lo descubrieran. Esperó y esperó… Pero al cabo de un rato se le acabó la paciencia y salió de su escondite. Y cuál sería su decepción al darse cuenta de que sus amigos no sólo no lo estaban buscando, sino que además se habían olvidado completamente de él y habían empezado un nuevo juego. Entonces el niño rompió a llorar y fue a contarle su historia a Rabbi Baroukh. Sin embargo, el niño quedó estupefacto al ver que, mientras lo escuchaba, su abuelo había empezado a llorar en silencio. Tenía el rostro bañado en lágrimas. El niño le preguntó por qué lloraba. Y Rabbi Baroukh respondió:

—Hijo mío, lloro porque tu historia me ha parecido terrible. Y ya ves, tengo la impresión de que a Dios le pasa algo parecido… Ha encontrado un escondite perfecto, pero ya nadie quiere jugar con él.