Sentido e importancia de la Sistematización de experiencias

Ilustración de Joey Guidone.

Cuando observamos con detalle algunas actividades laborales que realizamos, o al repasar cierto proyecto llevado a cabo durante varios años, o en las ocasiones que analizamos el saber acumulado proveniente de un oficio, caemos en la cuenta de que, por no tener el tiempo o la disposición para registrar estos eventos, dicho caudal de experiencia se va menoscabando y muere en el olvido sin que haya sido transmitido a otros. Para evitar esa pérdida de conocimiento proveniente de la práctica y recuperarla desde sus mismos protagonistas es que se ha recurrido al instrumento o el método de la sistematización de experiencias. Reflexionemos en los párrafos siguientes el sentido e importancia de esta manera de reconstruir el conocimiento situado.

La sistematización de experiencias es un modo de elaborar saber desde lo particular, lo local, desde “lugares periféricos”, no siempre reconocidos o validados por discursos hegemónicos. En esta perspectiva, su apuesta es más por la emergencia de “subjetividades ocultas”, de dar relieve a actividades u oficios aparentemente secundarios y la visibilización de haceres que, por sus mismas particularidades repetitivas, parecen no comportar mayores innovaciones. Todo ello realizado desde la óptica de sus protagonistas, sin mediaciones de “expertos” o sin cumplir estándares de normas determinados por autoridades académicas foráneas.

De igual manera, la sistematización de experiencias es una forma de identificar y reconocer aprendizajes originados desde la experiencia. En este caso, aunque no se desconozcan referencias inspiradoras de saberes eruditos, se privilegia el conocimiento que nace cotidianamente de la acción, del quehacer, de enfrentar día a día una ocupación. Cuando así se procede es porque se dota a la experiencia de un estatuto epistemológico propio en el que cuentan el tiempo de dedicación a una tarea, el dominio de útiles y herramientas, la previsión y los planes de contingencia para resolver problemas, la inteligencia práctica y una franca adhesión a las lecciones derivadas del método natural del ensayo y error. Por eso, en la sistematización de experiencias es vital recuperar las voces de los implicados debido a que, poco a poco, son ellos los que dan forma a la tradición de una práctica, los que elaboran a partir de su experiencia un repertorio de consejos que por lo regular son transmitidos de manera oral y, en gran medida, hacen parte del modo como se hereda a otros eso que llamamos sabiduría.

Precisamente por lo anterior, la sistematización de experiencias es un recurso de formación estratégico para intercambiar y replicar saberes validados desde la práctica. El saber aplicado requiere otras condiciones diferentes al aula convencional o la mediación de instituciones formales de educación. Por tratarse de un saber validado desde la experiencia, por privilegiar las voces de los directamente implicados, por necesitar de evidencias que comprueben los modos como se produce determinada actividad, la sistematización de experiencias es un medio potente para inducir a novatos en el aprendizaje de un oficio. Cuando alguien accede a dicha información lo que descubre no son las teorías abstractas o los requerimientos de una profesión o un quehacer, sino el testimonio directo de quien se ha enfrentado a tal conjunto de actividades. Se trata de un saber encarnado y ubicado en un espacio y tiempo determinados. Allí, en esa descripción pormenorizada, en los consejos o advertencias para llevar a cabo una tarea, en las sugerencias dadas cuando se tenga una eventualidad semejante, la sistematización de experiencias se convierte en una especie de “tutoría” o acompañamiento basado en el colegaje, en la ayuda mutua y en la hermandad pregonada por los artesanos.

Por supuesto, ese esfuerzo de reconstrucción de lo vivido es un ejercicio de rememoración y registro, pero desde algunos criterios analíticos. Esto es lo que le da consistencia a tal proceder de la memoria y evita la divagación o la falta de foco al relatar alguna actividad o acontecimiento. Los criterios pueden ser variables, aunque, de manera general, se centran en la identificación, reconstrucción, análisis y proyección de la experiencia. De allí que, en el relato de la experiencia, se incluyan aspectos como los motivos que la originaron, los actores participantes, el contexto donde se desarrolló y una descripción pormenorizada de la misma. Será importante también mencionar los logros más destacados, las dificultades más notorias, los aprendizajes significativos y las proyecciones o recomendaciones prácticas derivadas de dicha experiencia.

Como se ve, el calificativo de “sistematizar” la experiencia rubrica varias tareas previas o paralelas: habrá que preparar un archivo de documentos o materiales relacionados con aquello que nos convoca; tendremos que entrevistar o buscar testimonios que ayuden a corroborar o apreciar mejor una línea de tiempo, una serie de hechos, unas vicisitudes relevantes; será fundamental al momento de redactar la experiencia saber discriminar detalles o circunstancias, objetos o productos, contextos o condiciones específicas. La sistematización subraya una organización de datos, personas, eventos, sentimientos que se agolpan desordenados cuando los convocamos por nuestra memoria. Es una remembranza acompañada de la reflexión permanente, del análisis de la acción y de una enorme capacidad de autocrítica para poder resaltar los aciertos, pero de igual forma señalar los errores o los inconvenientes. Por lo demás, se tendrá que cuidar la forma de escribir esa experiencia para que sea comunicable o legible, y así lograr que su relato contenga la información necesaria y suficiente. No debe olvidarse que la sistematización de experiencias pretende, como objetivo último, poder ser replicada por otras personas.

Vale recalcar al cierre de estas reflexiones que animarse a realizar una sistematización de experiencias implica enfrentarse a la mediación de la escritura. El encuentro con este medio expresivo es, para muchos, uno de los mayores retos, especialmente porque poco se escribe y falta apropiar esta “tecnología de la mente”. Será necesario, por lo mismo, prepararse para realizar varios borradores, elegir las palabras más idóneas de aquello que deseamos compartir, hallar cómo encadenar las ideas y, mediante una destilación progresiva del documento, alcanzar un texto cohesionado y coherente. No obstante, una vez se logre poner en sintonía nuestras ideas con las palabras y las palabras con un futuro lector, seguramente se tendrá una sistematización de experiencias que sirva, en principio, para dignificar lo que hacemos, al tiempo que se convierta en un aporte a la construcción colectiva de los saberes y a esa necesaria microhistoria de los oficios y las profesiones.

Escribir para reconocernos

«Autorretrato» de Johannes Gumpp.

La escritura, además de sus funciones utilitarias y comunicativas, puede ser un medio idóneo para reconocernos.

Pero, antes de desarrollar esta tesis, considero importante recordar algo sobre el sentido del reconocimiento. En la tragedia clásica, la anagnórisis o agnición era el momento en que, por determinadas circunstancias (una cicatriz, por ejemplo), se lograba el descubrimiento de un desaparecido o la identidad de alguien oculto. Sirva de ilustración la escena de Euriclea, la anciana ama de llaves, cuando lava los pies a Odiseo y lo reconoce, precisamente, por la herida que le había dejado el jabalí en su muslo. Ese mínimo detalle conduce a revelarle a la anciana que no está frente a un mendigo, sino ante su antiguo amo. El reconocimiento, como se infiere del ejemplo, permite revelar una identidad, sacar a flote la persona auténtica.

Entonces, ¿por qué considero que la escritura es una aliada o un recurso excepcional para reconocernos?

En principio, porque cuando realizamos un registro escrito sobre un hecho, una vicisitud o peripecia personal, al hacerlo empezamos a entender su peso, su valía, o su grado de resonancia en nuestra existencia.  Es como si tuviéramos un espejo de palabras para, a través de esos signos, mirarnos cara a cara. Ya se trate de una situación de dolor o de alegría, un evento positivo o un problema abrumador, la escritura de tal suceso nos revela, nos ayuda a entender “aquello que nos pasa” y, en esa misma medida, contribuye a que veamos cómo encajan esas piezas discontinuas dentro de la figura de nuestro ser. No digo, por supuesto, que ese reconocimiento siempre tenga un resultado feliz; de igual modo puede llevar a ensimismamientos retadores o dolorosos, a descubrir falencias recurrentes, o a detectar actuaciones que al verlas puestas en el papel muestran filiaciones con “marcas” de crianza o improntas escondidas de un temperamento.

Además de esto, la escritura nos ayuda a recuperar hechos de nuestra vida para volverlos genuinos acontecimientos. Nuestra infancia, nuestro periplo afectivo, nuestras pérdidas y alegrías, los grandes triunfos, las penosas derrotas… todo eso por lo que pasamos, esas peripecias existenciales, se tornan memorables cuando pasan por el cedazo de la escritura. Tales relatos son, en verdad, trabajos de “recuperación del tiempo perdido”, formas textuales para atrapar lo que de suyo es evanescente, documentos de reconocimiento para restablecer filiaciones espirituales con nuestro pasado.

Y esta misma función reveladora de la escritura podemos aplicarla a otros campos. Supongamos que somos educadores con muchos años de oficio, pero durante ese tiempo no hemos escrito nada sobre lo que hacemos. A lo mejor hemos llenado formatos o diligenciado encuestas de desempeño, pero poco acudimos a la escritura para reconocernos. Trabajamos, devengamos un salario, buscamos formar a otras personas, nos ocupamos en las tareas cotidianas de la escuela, sin haber nunca dejado un registro escrito de nuestro quehacer. Cosa distinta sucedería si, con cierta constancia, describiéramos determinadas actividades de aula, lleváramos un diario de clase, o realizáramos la crónica de algún proyecto de nuestro curso. En tal caso, al leer y releer lo que hemos escrito, podríamos “caer en la cuenta” de lo que hacemos para, desde ese reconocimiento, lograr explicar y comprender mejor el mundo de nuestras actividades. Además de obtener un beneficio adicional: el de ver en esos registros escritos las claves para mejorar o transformar nuestro quehacer.

En esta perspectiva, la escritura es un medio para reflexionar la práctica. Y con esa “evidencia de signos” es posible descubrir las coordenadas de nuestro saber docente, la singularidad como maestros, nuestro estilo de enseñanza.

De otra parte, la escritura también nos posibilita reconocer el modo como pensamos o la configuración de nuestro pensamiento. Cuando escribimos descubrimos las entretelas de nuestra cognición, aparece ante nuestros ojos una especie de radiografía de la armazón de nuestro pensar. De allí porqué algunos investigadores de la escritura, como Walter Ong, hayan sugerido que escribir sea un modo de aprender a pensar mejor, a ser coherentes, a tener un pensamiento organizado, a cualificar nuestra argumentación y hallar las conexiones lógicas entre diferentes proposiciones.

Este punto lo considero fundamental para reiterar un asunto en el que he venido insistiendo hace ya muchos años: la escritura permite el reconocimiento de que podemos pensar por cuenta propia, que tenemos la mayoría de edad intelectual para entrar a participar de ese diálogo escritural que moviliza la cultura. Entonces, la escritura posibilita reconocernos como trabajadores del mundo de las ideas. Gracias a ella descubrimos que no solo somos rutinarios trabajadores de la sobrevivencia, sino también seres razonantes y cuestionadores, seres críticos capaces de romper las propias limitaciones de las creencias heredadas y proponer visiones de otros mundos posibles.

Hagamos un alto y repasemos lo que hasta aquí hemos expuesto: al escribir tomamos distancia de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. El escribir es un proceso alquímico mediante el cual ponemos afuera nuestro pensamiento, lo objetivamos y, de esta manera, logramos analizarlo con detenimiento. El filtro de la escritura nos dota de una personalidad diferente a la que aparece en los datos de identidad de nuestra cédula. La escritura nos permite transformar la suerte no elegida de nuestra herencia biológica en una genuina reconstrucción de quiénes somos. Más que un dato, al escribir nos erigimos como historia; más allá de una fecha de nacimiento y otra de muerte, nos transmutamos en un relato apasionante y único de cómo una conciencia da sentido y explicación a su vida. Al escribir dejamos de ser ajenos a nuestra existencia; nos hacemos dueños de nuestro propio destino.

Hastío de la politiquería

Ilustración de Ángel Boligán.

Se los oye dando declaraciones en los medios de comunicación sobre sus llamativas propuestas de gobierno si llegan a ganar las elecciones y uno no sabe si hablan de esa manera porque consideran a la audiencia tonta o cabalmente crédulos, pues lo que prometen ni es factible, ni está avalado por determinado estudio, una investigación de largo aliento o al menos soportado en alguna documentación. Su discurso está lleno de generalizaciones, de lugares comunes: “acabaré de tajo con la corrupción”, “impondré la seguridad desde mi primer día de gobierno”, “solucionaré ahora sí el problema de la movilización en la ciudad”, “no habrá nuevos impuestos”. Son frases dichas a la topa tolondra, sin ningún respaldo, sin el conocimiento mínimo de lo que implica el largo proceso administrativo de una decisión gubernamental. Son consignas repetitivas, puestas en boca de los aspirantes a gobernar, pero que han sido dichas por los mismos que ahora ocupan los puestos que estos candidatos, “adalides de la democracia”, pretenden alcanzar.

Pero, además de esta vacuidad en el discurso, de esas frases tan rimbombantes como raquíticas de contenido, lo que reiteran estos demagogos marrulleros en las entrevistas, en la prensa y lo multiplican en las redes sociales, son frases llenas de epítetos agresivos contra sus contrincantes de turno. Cada uno acusa a sus opositores de los vicios o los defectos que él dice no tener o exhibe virtudes o comportamientos irreprochables. Por supuesto, tampoco de esto hay respaldo alguno, ni aun cuando de manera flagrante se demuestran delitos como el cohecho o el tráfico de influencias. Bien se sabe, que el discurso del odio contribuye a menguar la vergüenza propia o disipar el reconocimiento de la falta. Son los otros los deshonestos, es el contrincante el que posee todos los males que causan el deterioro de un país. Aquí, una vez más, el discurso de estos tunantes de cuatrienio apela a la desmemoria de la masa, absolutiza el presente y, desde ese tiempo, anuncia las panaceas, el elíxir de la solución definitiva: “conmigo empieza el futuro”, “mi propuesta sí dará solución a las iniquidades y la pobreza”, “yo les devolveré la seguridad a todos los ciudadanos”. Lo común en sus campañas, y que es capitalizado por los medios de información ansiosos por aumentar las audiencias, no es hablar de las debilidades de las propuestas de los contrincantes, sino centrarse en la persona del opositor. De allí que los crédulos electores terminen votando en “contra de alguien” y no eligiendo un programa, una agenda de partido, una razonable propuesta de gobierno.

Pienso que esto último se debe, entre otras razones, a la improvisación o falta de consistencia ideológica y programática de las organizaciones políticas. Es común crear de sopetón un partido para inscribir una candidatura sin ni siquiera haber debatido los principios que lo guían, los fundamentos de su propuesta, su agenda de gobierno. Son partidos de afán, hechos a la medida de las circunstancias y acomodados a la astucia del pícaro redomado y sus secuaces o la “coyuntura política del momento”. Por eso también hay mutantes, trásfugas, militantes tipo “canguro” que saltan de un movimiento a otro, ejemplo de su debilidad ideológica y mostrando un oportunismo mayúsculo. Y ni qué decir de los presuntos directores de los partidos llamados tradicionales, quienes –a la manera de patriarcas religiosos– dan su bendición o excomulgan a los que no acatan sus designios. Mirando en detalle los comicios nacionales es fácil detectar por qué la gente viene descreyendo de los partidos, por qué ya no los representan, y por qué se han ido convirtiendo en “maquinarias” para lograr un único cometido: hacer que alguien ocupe un puesto de gobierno para favorecer los intereses particulares.     

De otra parte, aunque con el mismo fin, los medios de información, especialmente la radio, asumen el papel de propagandistas de tales ladinos camaleónicos. Gran parte de los programas matutinos de noticias se ocupan en llamar a dichos candidatos para preguntarles qué piensan de lo que afirmó otro oponente y, con esa declaración, convertirla en “comodín” para despertar aversiones y repetir el mismo mensaje a lo largo del día, rubricado por los noticieros televisivos que, a su vez, vendiendo la idea de que la “gente debe estar bien informada”, diseñan “debates” para favorecer tendenciosamente a unos o, convirtiéndose en jueces, acorralar con preguntas a otros. Lo cierto es que el cubrimiento informativo de la politiquería trae un doble beneficio: para los demagogos, porque convierten la amplificación de los medios en una semilla para propiciar el rumor, la mentira o la calumnia sobre sus opositores, y para los medios, que conocen de sobra los beneficios de aumentar su audiencia alimentando el fuego de la polémica, la mutua ofensa o la pelea que, como ellos mismos afirman, está para “alquilar balcón”.

Pasadas las elecciones del momento, estos remedos de líderes se los verá asumir, si han ganado, el tono triunfalista y desafiante sobre los vencidos; o, en el caso de que hayan perdido, alegar los fraudes o la falta de “condiciones” para haber logrado su cometido. Hibernarán por un tiempo y, cuando tomen posesión de su cargo, construirán un discurso de descrédito sobre sus antecesores, hallarán más de una razón para disculpar su ineficiencia o, lo que resulta más deprimente, alegarán que necesitan “otro período” para alcanzar sus metas más ambiciosas. Y lo que en sus campañas era tildado de repudiable, ahora se convertirá en motivo de justificación; los principios éticos, defendidos como bandera en el pasado, serán en el presente menos inquebrantables; las promesas hechas en campaña por su partido pasarán a ser negociadas con otros que, enquistados por décadas en las ramas legislativas del Estado, conocen cómo sacar provecho del erario del país. Instalados en el poder estos dirigentes calculadores sabrán disponer las fichas en el gobierno para su propio beneficio, favorecerán a sus financiadores, e irán dejando en el olvido las grandes consignas, el mundo utópico proclamado en las campañas, las ingentes reformas que parecían fáciles de conquistar.

Lejos, muy lejos, están dichos personajes de ser o alcanzar la talla de estadistas responsables, de gestores de sociedades más equitativas e incluyentes, de hombres íntegros al servicio de lo público. Lo suyo es un simulacro de tales atributos; una pantomima del ejercicio responsable de la política, una “ladina ocupación de masas” que cada día se ve más catapultada por la propaganda de los medios masivos de información, el uso de la desinformación de las redes sociales y el respaldo de la abundancia de dinero ya sea de procedencia lícita o ilícita.

El contagioso fanatismo

«El orador» de Magnus Zeller.

“Fanatics have their dreams, wherewith they weave
A Paradise for a seCt…”
John Keats
“The Fall of Hyperion: A Dream”

 

Según Joan Corominas, fanático es un término tomado del latín fanatĭcus, que se refería a alguien “exaltado, frenético”, hablando “de los sacerdotes de Belona, Cibeles y otras diosas, los cuales se entregaban a violentas manifestaciones religiosas”[1]. Fānum era el templo, un lugar consagrado, y fanático era la persona “que estaba inspirada por un furor divino”[2]. Lo importante de esta pista etimológica es que en la raíz del fanatismo está “el entusiasmo desmedido y frecuentemente irracional” que, como consecuencia, lleva a la apasionada y exagerada defensa de las propias creencias sin “respetar las creencias y opiniones ajenas”[3].

Los estados fanáticos, esos momentos de “manifestaciones salvajes”, esos dies sanguinis que los antiguos romanos festejaban en un día especial (el 24 de marzo), ahora, en nuestra época, aparecen como actitudes y comportamientos exaltados e intolerantes a todo momento. Lo constatamos de manera cotidiana en la guerra que estamos presenciando en el Oriente Medio, en los mensajes que circulan por las redes sociales o en las cadenas de correo. Lo que notamos es que cada grupo religioso o político se siente dueño de una verdad que le sirve de justificación para todo tipo de atropellos y, bajo esa misma bandera exaltada y rabiosa, llena de improperios o francas agresiones físicas o verbales a quienes no comparten sus creencias o se atreven a cuestionar sus planteamientos. Los fanáticos más que exponer buscan imponer, más que explicar una postura se ciegan a cualquier versión diferente a la suya[4]. Y lo que resulta más sorprendente, lo que debe llevarnos a una serena reflexión, es que en un mismo grupo familiar o entre colegas de trabajo, esas posturas fanáticas conducen a radicalizar las ideologías, aumentar los umbrales de la agresión y enarbolar la intransigencia en lugar de la concordia y el deseo de la convivencia pacífica[5].

Voltaire, el gran defensor de la tolerancia del siglo XVIII, pensaba que el fanatismo era “el efecto de una conciencia falsa, que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones”[6]. Ofrece ejemplos históricos de este furor que llevó a los hombres a convertirse en esclavos de una creencia y los horrores llevados a cabo por este delirio que consiste en “tomar los sueños por realidades y las imaginaciones por profecías”[7]. Voltaire consideraba el fanatismo como una enfermedad epidémica con “accesos de rabia” que “se adquiría como las viruelas” y generaba el convencimiento en sus adeptos de que “el entusiasmo que servía de inspiración era la única ley que debía dirigirlos”[8].  

En una perspectiva más contemporánea, el escritor israelita Amos Oz ha reflexionado en varias de sus conferencias, ensayos y novelas sobre el fanatismo[9]. Este autor nos enseñó variadas cosas sobre esta enfermedad contagiosa: que el fanático es “una exclamación andante”, que “desprecia las situaciones abiertas”, que “tiende a vivir en un mundo de blanco y negro”; que una marca distintiva e inconfundible del fanático es “su ardiente deseo de cambiarte para que seas igual que él”, que “para los fanáticos, traidor es todo aquel que se atreve a cambiar; y que “el fanatismo empieza en casa”[10]. Los planteamientos de Amos Oz resultan doblemente significativos, porque hace una autocrítica al judaísmo como cultura y, al mismo tiempo, ofrece elementos valiosos de análisis para esta ola de “conformismo y seguimiento ciego de la corriente, de obediencia sin ninguna reflexión, de endiosamiento de dirigentes religiosos y de dirigentes políticos”[11].

El jurista colombiano Rodrigo Uprimny también se ha dedicado a ahondar en las particularidades del fanatismo[12]. Lo define como “una pasión intensa y desbordada a favor de cierta visión, o de cierta causa, o de cierta persona, que no solo ciega el juicio y la capacidad de crítica, sino que es, además, excluyente: divide y segrega y, en casos extremos pero no inusuales, legitima violencias, asesinatos y masacres”[13]. Uprimny explora en las raíces antropológicas del fanatismo y en las narrativas que lo legitiman llegando a la conclusión de que “el fanatismo empieza cuando una identidad avasalla a las otras y la persona adquiere una identidad única”, cuando al integrarse a una secta se “buscan objetivos extremos y absolutos”, y cuando frente a los considerados enemigos se “tiene mínima empatía o misericordia”[14]. El jurista recuerda, siguiendo a Jonathan Haidt, en su libro La mente de los justos que “la moral que cohesiona a un grupo tiende a hacer a los integrantes de ese grupo ciegos frente a las evidencias o los argumentos que contradicen su visión moral compartida”[15].

Como puede colegirse, padecer de fanatismo, incitarlo a otros, no es un asunto menor en las relaciones sociales. Precisamente, el filósofo Isaiah Berlin rubricó el daño de ciertas creencias, individuales o de grupo, al considerarse como dueñas exclusivas o en “posesión de una única verdad”. Berlin creía que tal actitud era de una “arrogancia terriblemente peligrosa”, y que tal “sensación de infalibilidad de uno mismo o de una nación conducía a destruir a otros con la conciencia tranquila de quien está haciendo el trabajo de Dios (por ejemplo, la Inquisición española, o los ayatolás), o de la raza superior (por ejemplo, Hitler), o de la historia (por ejemplo, Lenin-Stalin)”[16]. Entreveo en esa “arrogancia” una forma de desprecio hacia nuestros semejantes y una soterrada manera de justificar actos deshumanizadores[17].

Pero no solo es el convencimiento obcecado de tener “una verdad”, lo que convierte a los fanáticos en “cruzados” de una causa, sino que esa misma ofuscación los vuelve sordos para cualquier tipo de argumentación contraria o los torna vociferantes monotemáticos. La supremacía declarada en una creencia, una ideología o una cosmovisión de la vida y el mundo lleva de manera tajante a imposibilitar el diálogo, destruir la confianza y ver en los que no comparten determinado punto de vista, enemigos declarados o rivales en potencia. El fanatismo destruye la escucha empática, imposibilita la solidaridad y el perdón, aumenta el deseo de venganza. De igual modo, los fanáticos tienden a usar un lenguaje autorreferencial y autojustificante en el que la mentira o el rumor, la información parcializada y el uso recurrente de estereotipos elaboran discursos o narrativas sectarias, con acentos fuertes de dogmatismo y tozudez.

Dadas las implicaciones de esta enfermedad, de este “pervertido entusiasmo”, vale la pena hablar de algunos remedios que, si no son totalmente efectivos, sí pueden palear o aminorar el impacto de este “exceso de rabia”. Voltaire afirmó que “no existía otro remedio para esta enfermedad epidémica que el espíritu filosófico, que, difundiéndose más cada día, suaviza las costumbres humanas y evita los accesos del mal”[18]. Pensar y meditar, reflexionar para no ceder con tanta inmediatez a nuestras pasiones, ese parece ser un fármaco usado por generaciones. Por su parte, Isaiah Berlin advirtió que el único remedio para combatir el fanatismo es “comprender cómo viven otras sociedades, en el espacio o en el tiempo”; porque, así nos neguemos a aceptarlo, “es posible vivir de formas distintas a las de uno mismo, y ser enteramente humano, merecedor de cariño, de respeto y, al menos de curiosidad[19]. El otro fármaco se deriva de un genuino deseo por indagar y conocer cómo son los demás, liberando nuestra mirada de prejuicios y estereotipos. Y Amos Oz nos enseñó que para combatir o contrarrestar el fanatismo no hay como “la curiosidad, la imaginación y el humor”[20]. Curiosidad para salir de nuestras propias murallas y convicciones, imaginación para “idear lo posible” y humor para tornar el espíritu flexible y abierto a la crítica.

Pienso que además de estos remedios en la vida cotidiana podemos acudir a otros antídotos. Por ejemplo: evitar nuestros juicios generalistas y apresurados que terminan en exageraciones, estereotipos o actitudes francamente excluyentes. Si hacemos menos generalizaciones, si nos esforzamos en ver los matices; con toda seguridad apreciaremos las singularidades de las personas, los hechos o las situaciones. Lo otro es cuidar nuestro lenguaje en las discusiones, poner en salmuera esas maneras de hablar llenas de agresión y deseo de ofender a otras personas. Una buena forma de no terminar en discursos fanáticos es evitar en nuestras conversaciones o en los mensajes que compartimos los mensajes soeces, descomedidos, toscos o intencionadamente irrespetuosos.  De igual modo es bueno, poseer más de un punto de vista para evaluar un hecho, una situación o algún comportamiento de una persona. Cuando todo se observa y juzga desde una única ventana, fácilmente se cae en los prejuicios, se sacan conclusiones equivocadas o, lo más grave, se pierden otras perspectivas que ayudan a tener una percepción más completa de los seres, los acontecimientos o las circunstancias. También es fortificante defender la mayoría de edad de nuestra razón para ser críticos, aprender a disentir y saber sopesar los eventos según la claridad de razones y no tanto por el furor ciego de las emociones. Nuestro entendimiento afinado es una buena manera para no sucumbir a los propagandistas, a los manipuladores, a los que buscan que hipotequemos nuestra conciencia del buen juicio. Las opiniones aquilatadas, analizadas, contribuyen a saber distinguir cuándo hay razones valederas que debemos aceptar y cuándo son infundios o engaños mediáticos de los cuales debemos tomar distancia para evitar propagar el odio y perder la tranquilidad de nuestro espíritu.  

Y, finalmente, no debemos renunciar a nuestra voluntad de propiciar y alentar la tolerancia, bien sea en espacios familiares, laborales o de otra índole. Ese es un remedio cotidiano contra el fanatismo. “El respeto a los demás, la igualdad de todas las creencias y opiniones, la convicción de que nadie tiene la verdad ni la razón absolutas, son el fundamento de esa apertura y generosidad que supone el ser tolerante”[21]. La tolerancia es garantía para el desarrollo de la democracia y el fluir de la convivencia. Aboguemos todos por este principio ético: “una sociedad plural descansa en el reconocimiento de las diferencias, de la diversidad de costumbres y formas de vida”[22].

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Gredos, Madrid, 1996, pág. 267.

[2] Edward A. Roberts y Bárbara Pastor, Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española, Alianza, Madrid, 1997, pág. 44.

[3] Resultan interesantes las observaciones de Yuval Noah Harari en su libro 21 Lecciones para el siglo XXI (Random House, Bogotá, 2018) sobre el nacimiento del fanatismo: “Lo que sin duda hizo el monoteísmo fue conseguir que mucha gente se volviera mucho más intolerante que antes, con lo que contribuyó a la expansión de las persecuciones religiosas y las guerras santas” (…) Al insistir en que ‘no hay otro dios que nuestro Dios’, la idea monoteísta tendió a promover el fanatismo”.

[4] En su libro El verdadero creyente. Sobre el fanatismo y los movimientos sociales (Tecnos, Madrid, 2009), Eric Hoffer afirmaba que “el fanático no puede ser convencido, sólo convertido. Su apego apasionado es más vital que la calidad de la causa a la que se somete”.

[5] Alonso Sánchez Baute afirma: “Esa actitud de superioridad moral impide llegar a acuerdos. En Colombia el fanatismo ha llegado actualmente a niveles que no se veían desde la época de la Violencia liberal-conservadora, y lo peor es que tiende a recrudecerse y no presagia buenos vientos”. Prólogo al texto Fanatismo, de Rodrigo Uprimny, Jorge Giraldo y Melba Escobar, Futuro en tránsito, Bogotá, 2020.

[6] Diccionario filosófico, Sophos, Buenos Aires, 1960, pág. 279.

[7] Ibid., pág. 283.

[8] Ibid., pág. 284.

[9] Uno de sus textos más difundidos es Contra el fanatismo, Siruela, Madrid, 2002. Amos Oz declara que “la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”, pág 21.

[10] Véase Queridos fanáticos, Siruela, Madrid, 2018, pág. 13-61.

[11] Ibid., pág. 32.

[12] Léase “Fanatismo, guerras y paz” en Fanatismo…, Futuro en tránsito, Bogotá, 2020, pág. 9-23.

[13] Ibid., pág. 10.

[14] Ibid., pág. 17.

[15] Ibid., pág. 15. Haid advierte en La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata, que “una vez que las personas se unen a un equipo político, quedan atrapadas en su matriz moral. Ven la confirmación de su gran narrativa en todas partes, y es difícil, tal vez imposible, convencerlos de que están equivocados si discutís con ellas desde fuera de su matriz”, Ariel, Bogotá, 2019, pág. 442.

[16] “Notas sobre el prejuicio” en Sobre la libertad, Alianza. Madrid, 2017, pág. 388.

[17] Sirva de ilustración lo que escribió Adolf Hitler en su autobiografía. En el postulado 12 del “Partido obrero alemán nacionalsocialista” afirma: “El futuro de un movimiento depende del fanatismo, si se quiere, de la intolerancia con que sus adeptos sostengan su causa como la única justa y la impongan frente a otros movimientos de índole semejante”. Mi lucha, Editorial Solar, Bogotá, 2020, Pág. 279.

[18] Sophos, Buenos Aires, 1960, pág. 284.

[19] Ibid., p. 388.

[20] Véase Queridos fanáticos, Siruela, Madrid, 2018.

[21] Victoria Camps: “Solidaridad, responsabilidad, tolerancia” en Ética pública, Mauricio Merino (Comp), Siglo XXI, México, 2010, pág. 94.

[22] Ibid., pág. 94.

Releer la poesía de Eugenio Montejo

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No me canso de leer y recomendar los poemas del venezolano Eugenio Montejo. En este blog he comentado sus poemas “El canto del gallo”, “Verso”, y en mis libros Vivir de poesía y La palabra inesperada, dediqué unas páginas a dos de sus textos: “El buey” y “El poeta”, respectivamente. De Montejo me gusta su lírica concentrada, de observación perspicaz y con un tono de voz sabia como es la de quienes logran develar verdades profundas en las cosas sencillas. He seleccionado para esta ocasión tres de sus poemas. Empezaré con uno de su libro Algunas palabras (1976).

LOS ÁRBOLES

Hablan poco los árboles, se sabe.

Pasan la vida entera meditando

y moviendo sus ramas.

Basta mirarlos en otoño

cuando se juntan en los parques:

sólo conversan los más viejos,

los que reparten las nubes y los pájaros,

pero su voz se pierde entre las hojas

y muy poco nos llega, casi nada.

 

Es difícil llenar un breve libro

con pensamientos de árboles.

Todo en ellos es vago, fragmentario.

Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito

de un tordo negro, ya en camino a casa,

grito final de quien no aguarda otro verano,

comprendí que en su voz hablaba un árbol,

uno de tantos,

pero no sé qué hacer con ese grito,

no sé cómo anotarlo.

El poeta retoma de los árboles su silente manera de permanecer en el mundo. Los árboles “hablan poco”, apenas mueven sus ramas y “pasan su vida entera meditando”. Acaso conversan en otoño, pero sólo los más viejos, y sus voces se “se pierden entre las hojas” y a los hombres no nos llega su mensaje. Poco sabemos de los pensamientos de los árboles, dice Montejo: “todo en ellos es vago, fragmentario”. Quizá su manera de comunicarse sea a través de los pájaros, de los tordos negros, por ejemplo, pero el poeta reconoce que no sabe interpretar esos gritos y mucho menos anotarlos. ¿Qué hacer con esos gritos postreros de “quien no aguarda otro verano”?, ¿cómo descifrar lo que apenas es un murmullo entrecortado? El poeta nos invita a afinar el oído, a cambiar de códigos para deletrear el susurro adolorido de los seres reservados, a despertar o ampliar nuestra caja de resonancia espiritual para que sean audibles otras tonalidades de la vida.

Prosigo con un segundo poema, extraído de su libro Trópico absoluto (1982):

MIS MAYORES

a Alberto Patiño

 

Mis mayores me dieron la voz verde

y el límpido silencio que se esparce

allá en los pastos del lago Tacarigua.

Ellos van a caballo por las haciendas.

Hace calor. Yo soy el horizonte

de ese paisaje adonde se encaminan.

 

Oigo los sones de sus roncas guitarras

cuando cruzan el polvo y recorren mi sangre

a través de un amargo perfume de jobos.

Bajo mi carne se ven unos a otros

tan nítidos que puedo contemplarlos.

Y si hablo solo, son ellos quienes hablan

en las gavillas de sus cañamelares.

Hace calor. Yo soy el muro tenso

donde está fija su hilera de retratos.

 

Mis mayores van y vienen por mi cuerpo,

son un aire sin aire que sopla del lago,

un galope de sombras que desciende

y se borra en lejanas sementeras.

Por donde voy llevo la forma del vacío

que los reúne en otro espacio, en otro tiempo.

Hace calor. Hace el verde calor que en mí los junta.

Yo soy el campo donde están enterrados.

En este caso, el poeta les rinde homenaje a sus mayores, a los que “le dieron la voz verde y el límpido silencio que se esparce en los pastos del lago Tacarigua”. Es una doble herencia la que exalta Eugenio Montejo: la voz y el silencio. El recuerdo de esas personas se convierte en un paisaje humanizado: el poeta mismo es el horizonte por el que transitan aquellos seres de a caballo. Durante todo el poema se transpira el calor de aquel pasado. El poeta oye los sones de las “roncas guitarras”, percibe perfumes de “jobos” y contempla “las gavillas de sus cañamelares”. Cada recuerdo se convierte en un retrato que va fijándose en el muro de su memoria. Y si en un inicio el poeta se autodefinía como un paisaje, ahora se vuelve una pared para retener ese álbum de imágenes. Los mayores son un “aire sin aire”, “un galope de sombras” que van y vienen por el cuerpo del poeta, son “formas vacías” que recorren su sangre. Montejo afirma que ese “verde calor” es lo que hace que en él se junten todas esas personas. Bien parece que el modo de apropiar a sus mayores ya no está representado en un paisaje, ni en un muro, sino en un campo de carne viva donde están enterrados. Los mayores siguen en el poeta, “cruzan el polvo” del olvido, porque él los reúne cuando los evoca, “en otro espacio, en otro tiempo”. Montejo nos enseña que nosotros somos sementera y cementerio de nuestros más queridos mayores.

Y cierro esta mínima antología de Eugenio Montejo destacando un poema de su libro Muerte y memoria (1972):

ORFEO

Orfeo, lo que de él queda (si queda),

lo que aún puede cantar en la tierra,

¿a qué piedra, a cuál animal enternece?

Orfeo en la noche, en esta noche

(su lira, su grabador, su casete),

¿para quién mira, ausculta las estrellas?

Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),

la palabra de tanto destino,

¿quién la recibe ahora de rodillas?

 

Solo, con su perfil en mármol, pasa

por nuestro siglo tronchado y derruido

bajo la estatua rota de una fábula.

Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,

ante todas las puertas. Aquí se queda,

aquí planta su casa y paga su condena

porque nosotros somos el Infierno.

La figura de Orfeo está presente en varios poemas de Eugenio Montejo, pero en esta ocasión, el poeta centra su interés en la incertidumbre por la suerte de este dios griego del canto, y los cuestionamientos derivados de desatender la voz de sus epígonos en nuestro mundo contemporáneo. A lo largo del poema Montejo mantiene un tono dubitativo, cuando no profético: a la par que se pregunta, también nos interpela: ¿puede aún hoy Orfeo enternecer con su canto a los animales, a las piedras?, ¿quién atiende a sus auscultaciones estelares?, ¿será que sigue cantando?, ¿abriremos nuestras puertas para que entren sus anuncios y revelaciones? El poeta afirma que, en nuestro siglo, Orfeo pasa “tronchado y derruido” porque somos insensibles a sus melodías, porque lo dejamos plantado a la entrada de nuestras casas. Salta a la vista que la figura de Orfeo le sirva a Eugenio Montejo para relacionarla con la voz del poeta, con el trabajo clarividente de la poesía. ¿Escuchamos con atención hoy lo que dicen los versos?, ¿tenemos tiempo suficiente para descubrir el sentido figurado que anuncian estos textos de reducidas y rítmicas palabras?, ¿podemos hincar nuestras rodillas ante la palabra que busca trascendernos? Montejo parece responder negativamente a todas esas preguntas, porque nuestra desatención, nuestra indiferencia y nuestra incapacidad de escucha es el verdadero infierno de Orfeo. El Hades de nuestra insensibilidad es la condena del canto, del mensaje clarividente y apaciguador de la poesía.