Características notorias de los textos académicos

Ilustración de Aad Goudappel.

Son variados los textos académicos que en los espacios educativos solicitan los maestros a sus estudiantes. Los hay cortos o de larga extensión, con medianos o altos requisitos formales, pero siempre asociados a ejercicios de escritura sobre la comprensión de un texto disciplinar, o usados como práctica de lectura frecuente y cotidiana en diferentes áreas del conocimiento para aprender los pormenores de un campo del saber. De igual modo, son prueba de suficiencia y comprobación del dominio en un área, evidencias de las etapas de un proceso investigativo, o requisitos de grado para acceder a un título universitario. En definitiva: los textos académicos forman parte de la dinámica habitual de la enseñanza y el aprendizaje.

No obstante, a veces los aprendices tienden a no diferenciar este tipo de textos de otros que circulan en la vida social o se olvidan de sus particularidades. Tal inadvertencia lleva a que se los enfrente de cualquier manera, sin las herramientas cognitivas y materiales requeridos, y, además, se pierda o minimice la importancia que tienen para un proceso formativo. Así que vale la pena delinear un grupo de características de los textos académicos con el fin de que, antes de entrar en relación con ellos, se comprenda bien su pertinencia, uso y modo de leerlos o escribirlos.

  1. Presentan información compleja o, por lo menos, diferente al discurso del habla común. Son textos que incluyen diversas capas de información, que involucran una manera de argumentar muy diferente a la que apreciamos en una página de periódico, en el papeleo administrativo o en las transacciones comerciales. Su complejidad entraña cierto nivel de dificultad comprensiva.
  2. Exigen una atención mayor para entenderlos que la usada para los textos de circulación cotidiana. Los textos académicos, por su misma complejidad, necesitan para su lectura concentración, interés manifiesto y una intencionada vigilancia a los pormenores de su contenido. Sin la atención debida, el lector fácilmente cae en la indiferencia o la incomprensión.
  3. Tienen unas marcas especiales en su tipografía, a veces usan subtítulos y muestran una jerarquía en el diseño de la información. Estos textos presentan en su aspecto formal distinciones en el tamaño y estilo de letra, usan subtítulos u otras marcas para dividir la información, con el propósito de darle una estructura organizada al contenido y hacerla más comprensible al lector.
  4. Suponen para su comprensión disponer a la mano de otras fuentes de referencia. Por su misma complejidad, porque incluyen un lenguaje depurado o relacionan autores especializados en un campo, los textos académicos invitan a que el lector tenga a la mano otras fuentes de consulta para aclararlos o ahondar en su mensaje. Los diccionarios especializados son imprescindibles.
  5. Ofrecen conocimientos o informaciones no tan comunes o en gran parte desconocidas. Los textos académicos exploran en conocimientos diferentes a los que circulan en la vida cotidiana de las personas o, por lo menos, muestran otros aspectos de asuntos o problemas habituales. Parte de su riqueza es que nos ponen en contacto con temas, preguntas o cuestiones a las que muy difícilmente accederíamos o investigaríamos por nuestra cuenta.
  6. Tienen una estructura particular y un modo de presentar u organizar el discurso. La organización formal de estos textos se estructura a partir de determinados formatos o responden a las características de una tipología textual específica. Conocer y acatar ciertos modelos o patrones de construcción y presentación hace parte de su identidad académica.
  7. Incluyen muchas veces un buen número de citas y notas a pie de página. En estos textos lo común es que aparezcan abundantes referencias a otros autores o que se agregue información adicional de lo que se esté tratando. Tal manera de presentar la información no solo apunta a mostrar un respaldo de autoridad dentro de una disciplina, sino a señalar responsablemente que hay una tradición acumulada en cualquier campo del saber.
  8. Se centran en el desarrollo de un tema o en la suma de argumentos para soportar una tesis. Por lo general, los textos académicos buscan explicar un tema de la manera más clara, ordenada y precisa o se enfocan en presentar una tesis avalada con argumentos fundamentados y consistentes. Su propósito vertebral es adentrarnos en una materia u ofrecernos elementos para analizar un asunto que, al mismo tiempo, ofrezcan razones de peso para saber argumentarlo.
  9. Exigen la relectura de sus apartados para entender cómo se relacionan las partes con el conjunto. Por presentar información compleja y mantener una exposición o argumentación durante una extensión considerable, los textos académicos demandan la práctica de la relectura. Estos textos nos imponen avanzar y retroceder constantemente para saber articular los fragmentos con la totalidad. Descubrir el andamiaje de su estructura es esencial para alcanzar su comprensión.
  10. Obligan a que el pensamiento del lector haga constantemente análisis, inferencias, relaciones congruentes. Los textos académicos están confeccionados para que la mente del lector vaya más allá del sentido literal de los términos. Estos textos, además de informarnos, son más para examinarlos en profundidad, para cotejar sus afirmaciones y descubrir semejanzas y diferencias en su contenido. Los textos académicos convocan las principales operaciones lógicas del pensamiento.
  11. Requieren más tiempo para entenderlos que otro tipo de textos. Por exponer información compleja o desarrollar argumentaciones de largo aliento, los textos académicos no se captan completamente en una primera lectura, ni pueden abordarse de forma rápida o con un simple vistazo. La disponibilidad de tiempo nos indica que los textos académicos son para estudiarse. Es decir, que es necesario aplicar la inteligencia, memorizar un contenido, esforzar el entendimiento.
  12. Suponen el empleo de habilidades como el subrayado, la toma de apuntes, el resumen, los esquemas y otros recursos de discriminación de información. Por sus particularidades y su estructura densa los textos académicos presuponen el uso de técnicas de aprendizaje o el manejo de herramientas asociadas al trabajo intelectual. El conocimiento de estas técnicas es una labor previa o paralela durante su lectura.
  13. Poseen la función implícita de provocar la producción oral o escrita de quien los lee. Los textos académicos son un referente privilegiado para ejercitar la conversación, el debate, el intercambio de opiniones o de juicios. Los textos académicos hacen las veces de punto de encuentro para retomar y hacer avanzar el flujo de las ideas, para asimilar y producir conocimiento, para desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico.
  14. Son usados en ambientes educativos para el aprendizaje de una disciplina o una profesión. Además de mostrar información nueva o satisfacer la curiosidad, los textos académicos tiene una intencionalidad didáctica; es decir, son confeccionados o adecuados para cumplir una mediación formativa, concebida y planeada con unos objetivos determinados y el logro de unas capacidades específicas.
  15. Están interrelacionados con otros textos y hacen parte del capital cultural de una sociedad. Los textos académicos se relacionan con otros semejantes, tienen vínculos interdisciplinares y forman parte de un acervo valioso de conocimientos; en este sentido, sirven de artefactos culturales para transferir información preciada y útil a las nuevas generaciones.
  16. Presentan marcas de autoridad que los hacen confiables o dignos de credibilidad. Una buena parte de los textos académicos rubrican o destacan el aporte de personas dedicadas a reflexionar un oficio o profesión, o enaltecen los resultados de quienes se dedican a la investigación. En este sentido, privilegian la confiabilidad en los contenidos al igual que la sustentación en las ideas al escribirlos.
  17. Poseen una identidad bibliográfica precisa con el fin de ubicarlos, datarlos y referenciarlos. Los textos académicos son celosos del modo como se conserva su procedencia y, al mismo tiempo, de su ubicación en determinados espacios de acopio de información. Los textos académicos se comportan como genuinos documentos y, en esa medida, obligan a cumplir estándares de almacenamiento, acceso y circulación.
  18. Necesitan de una alfabetización y acompañamiento continuado para entender sus particularidades y el modo de abordarlos. Debido a su complejidad o por la especialización de la que tratan, los textos académicos presuponen una inducción o acompañamiento que ofrezca las claves para desentrañarlos y los métodos más adecuados para interactuar con ellos. En este aprestamiento está la garantía de su eficacia como útiles de aprendizaje y el secreto de su cabal apropiación.
  19. Obedecen normas de presentación específicas, y usan una redacción cuidadosamente elaborada. Los textos académicos no se conciben de forma espontánea ni se redactan de cualquier manera; buena parte de la dificultad para producirlos reside, precisamente, en atender normas y lineamientos acordados por comunidades académicas o científicas. Quien escribe un texto académico debe usar un lenguaje tamizado, vigilar las reglas mínimas de la gramática y aspirar a un alto grado de comunicabilidad.
  20. Muestran un estilo de pensamiento riguroso y una argumentación clara y consistente. Por basarse en el análisis y la reflexión continuas, los textos académicos se destacan por el razonamiento deductivo o inductivo y por la exigencia intelectual de mantener a lo largo de su discurso la cohesión y la coherencia entre las ideas. Los textos académicos privilegian la explicación razonada, revestida de abstracciones, que la opinión ligera o la expresión emotiva.

Con estos elementos ya podemos lanzar un cuarteto de conclusiones: la primera, que los textos académicos merecen un lugar importante en los currículos de las instituciones educativas, al igual que una reflexión entre colegas para acordar cuáles son los más pertinentes o los más necesarios para alcanzar un perfil de egreso. Una segunda conclusión es ésta: los textos académicos exigen el desarrollo previo de habilidades lógicas de pensamiento que, si no se conocen y ejercitan en los primeros años de escuela, y se refuerzan en la educación media, difícilmente lograrán madurar en la educación superior. La tercera consecuencia de las características presentadas es que saber escogerlos, dosificarlos, diseñar guías, protocolos u otros recursos de acompañamiento, son funciones de los buenos maestros si, en verdad, les importa que sus estudiantes tengan una relación motivada por el deseo de saber y aprendan cómo sacarle el mejor provecho a este tipo de textos. Y una conclusión final: ser un usuario competente y productor de textos académicos es uno de los indicadores de calidad de un profesional preparado, reflexivo y crítico, como también es un atributo de visibilidad de quienes se dedican a investigar y buscan mediante esta modalidad de textos compartir sus hallazgos y someterlos al escrutinio de sus pares. 

Ejercicios de escritura creativa

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Ilustración de Valeria Docampo.

Son variadas las formas y las alternativas de jugar con las palabras, de explorar la potencia creativa del lenguaje. Presento acá cuatro ejercicios que pueden utilizarse como motivación para “calentar la mano”, si tenemos la pasión por escribir, o de referencia didáctica si quiséramos utilizarlos en el aula con un grupo de estudiantes.

  1. Inventar retahilas y trabalenguas

De lo que se trata es de elaborar un texto, por lo general poético, en el que se atiendan las dificultades de pronunciar ciertos términos a la par que se estimulen la fantasía y la fascinación con el ritmo de las palabras.

“En clave de C”

Con la Ce

se compran cosas

difíciles de comer:

como el caldo con costilla

los huevos en cacerola

y el cacao o el café.

Con la Ce

se compran cosas

muy fáciles de comer:

como la concha del coco

la cáscara de la yuca

y el cocido de ciempiés.

Con la Ce

se compran cosas

cualquier cosa con la ce:

cigarras encebolladas

cucarachas encurtidas

y caballo en canapé.

Con la Ce

se compran cosas,

muchas cosas de comer.

Con la Ce

se compran cosas…

Qué deliciosa es la ce.

 

Con “G” de Gael

Un gato con gorra

hacía la guerra

a dos gotas de agua.

Una de las gotas

agarró la gorra

y con un gotero

la llenó de agua.

La otra gota al gato

le pegó al bigote

una goma amarga.

¿Quién ganó la guerra?

Las dos gotas de agua.

  1. Redactar un juramento o un manifiesto

Consiste en redactar un texto, de mediana extensión, en el que se presente de forma organizada y coherente un conjunto de afirmaciones o declaraciones que voluntariamente se desean cumplir y que hagan las veces de consignas orientadoras para llevar a cabo determinado oficio o actividad.

Juramento de un artesano de la escritura

Pondré todas mis fuerzas en alcanzar un estilo claro y sin extenuantes digresiones. Procuraré usar el punto seguido más que la abundancia de comas entre las diferentes ideas de un párrafo. No olvidaré que un conector lógico es una forma de cortesía comunicativa con el lector. Tendré a la mano un diccionario razonado de sinónimos y antónimos y otro de ideas afines. Pase lo que pase, aunque me sienta seguro del significado de un término, revisaré el Diccionario de uso del español de María Moliner. Todos los días trataré de aprender una nueva palabra y me ejercitaré en memorizar tres de un mismo campo semántico. Volveré un hábito la lectura de poesía con el fin de hacer más dúctil mi mente y descubrir la potencia del pensamiento relacional. Combinaré en mis escritos los conceptos con las imágenes para convocar no solo la inteligencia sino la imaginación del lector. Seguiré este método cuando redacte un texto: apenas lance las primeras palabras, las volveré a leer para poner las que siguen; enseguida que escriba la primera frase, la releeré muchas veces antes de poner la idea siguiente; una vez haya escrito el primer párrafo lo releeré en sendas oportunidades como condición de las palabras del párrafo inmediato; terminado un apartado considerable o un capítulo, volveré a repasarlo hasta empezar el otro; y al concluir de escribir un texto lo leeré en muchas ocasiones para descubrir en él oportunidades de mejora. Consideraré que tachar no es un defecto, sino la forma como la escritura se destila hasta alcanzar su exquisito sabor. Dedicaré un buen tiempo a las enmiendas de mis escritos amparado en la convicción de que siempre es posible encontrar un mejor modo de expresar una idea. Tendré en mente siempre no solo que mis frases sean claras y precisas, sino que tengan ritmo. Me habituaré, por lo mismo, a leer en voz alta lo que escriba y a corregir no tanto con los dictámenes sintéticos de los ojos sino con el consejo analítico del oído. No dejaré que las modas literarias contaminen mis propias búsquedas o decidan el estilo que he ido consiguiendo a partir de tenacidad y trabajo. Llevaré un diario porque es allí en donde el cuerpo aprende a armonizar con los ejercicios de la mente. También portaré una libreta de notas y estaré atento a registrar voces, términos o ideas que se me ocurran en tareas cotidianas o diligencias de todo tipo. Me impondré la consigna de escribir un párrafo de calidad cada día y al menos un texto de fundamento a la semana. Mantendré siempre cercana la obra de un escritor de cabecera, la cual leeré asiduamente hasta descubrir su modo particular de componer. Visitaré librerías con regularidad confiado en que habitar y conocer las obras de otros escritores motiva y estimula mis proyectos creativos. Estaré convencido de que escribir es una labor artesanal, humilde, sin pretensiones de genialidad ni extravagancias populistas. Procuraré no mentirme en mis búsquedas ni renunciar al itinerario interior de mis proyectos. Me consideraré un custodio de la prosa meditada y pulida e intentaré poner mi experiencia al servicio de otros noveles escritores, por eso dignificaré los momentos de enseñanza y leeré con atención lo que escriban mis aprendices.

  1. Responder una pregunta con otra pregunta

Con este ejercicio no solo se incita a la creatividad para buscar y redactar un grupo de preguntas relacionadas con un tópico en particular, sino que se espolea al ingenio para responder a tales cuestionamientos usando otros interrogantes. No se trata de contestar de cualquier manera, ni de perder el foco de la cuestión; más bien el reto consiste en ofrecer implícitamente la respuesta, pero derivándola hacia una nueva pregunta.

—¿Nace uno escritor?

¿Son los genes un destino?

—¿O se forma como escritor?

¿Qué son nuestros instintos sin la educación?

¿Existen los géneros literarios?

¿Afecta de igual manera el tiempo a los hombres?

¿Y qué es el estilo?

¿Hay rasgos del carácter que impregnen una forma de ser?

— ¿Qué es lo primero que debe saber alguien que desee ser escritor?

¿Hay algo más hermoso y vasto que las palabras?

—¿Y qué útiles son indispensables para empezar ese oficio?

¿Dónde se guardan de manera ordenada las palabras?

— ¿Existe la inspiración?

¿No son las obsesiones una manera de hallazgo?

¿Qué papel cumple la etapa de corrección en los escritos?

­ ¿Se puede llegar a la estatua sin tallar el mármol?

¿Es bueno imitar a otros escritores para aprender a escribir?

¿Cuánto tiempo perderíamos si cada persona tuviera que recorrer toda la historia de la humanidad?

—¿Qué importancia tiene publicar?

¿Sirve de algo hornear el pan si no hay bocas dispuestas a degustarlo?

  1. Elaborar un corto texto a partir de un campo semántico

El cuarto ejercicio creativo es de gran utilidad para enriquecer la afinidad o sinonimia entre las palabras (aumentar el vocabulario) y, al mismo tiempo, ofrece la oportunidad de usar el diccionario con el fin de afinarse en la precisión semántica. Se trata de emplear todas las palabras previstas en el campo semántico propuesto (conjugándolas, si son verbos), pero sin repetirlas.

CAMPO SEMÁNTICO DE MITIGAR (apaciguar, moderar, atenuar, aplacar, arreglar, suavizar, ajustar, frenar, contener).

Modo 1: en forma de diálogo teatral

—Póngale freno a esa lengua —dijo el hombre a su mujer.

—Usted es el que tiene que aplacar sus ofensas —contestó la mujer airada.

—Pero si era una broma, para ver si se le atenuaba el mal genio.

—Esas bromas suyas en lugar de contenerme me alborotan más la sangre.

—Bueno. Yo lo que afirmo es que es mejor suavizar los reproches si queremos arreglar las cosas.

—Era otra su verdadera intención —le replicó la mujer con ironía.

—No. Es cierto. Si usted ajusta las palabras de seguro a mí se me apacigua el ánimo.

—Ya veremos. Modere por ahora sus chistecitos flojos.

Modo 2: en forma de párrafo argumentativo

A pesar de que las personas tienen la voluntad para frenar la lengua cuando hablan o comentan algo negativo de sus semejantes, lo que acontece es todo lo contrario: no apaciguan su discurso cuando sienten una molestia, como tampoco moderan el tipo de lenguaje empleado. Ni suavizan sus críticas, ni atenúan sus apreciaciones. De su boca sale lo que primero que se les ocurre, sin hacer ningún alto para aplacar sus emociones o sin ninguna esclusa que contenga la avalancha de sus pasiones. Los que así actúan, por lo general olvidan que la convivencia nos obliga a ajustar lo que expresamos con las posibles consecuencias de nuestros mensajes y a arreglar o buscar el mejor modo de decir lo que nos incomoda sin agredir u ofender a los demás.

El despertar de José

Ilustración de Alberto Breccia.

José, con una barba larga y espesa de un color casi níveo, despertó de su sueño en la eternidad. Todo era a causa de alguien que, a muchos kilómetros de su natal Perdriel, estaba limpiando con esmero un ejemplar de la primera edición de su obra más querida, la que lo había ocupado por tantos años.

Miró hacia abajo de su mundo –no supo bien si con sus ojos o con su pensamiento– y vio cómo esa persona se esforzaba, con papel de lija, para que el amarillento lomo de las hojas del libro recuperara la lozanía del papel original. Observó que luego, con la ternura de una madre con su propio hijo, lo limpiaba con una crema para aminorar la suciedad en las solapas y en el lomo del volumen de cubiertas azules.

Súbitamente tuvo el recuerdo del rostro de Estrada cuando le entregó los originales de sus versos. Reconoció las manos flacas de aquel editor que confiaba en él, a pesar de que su estilo no era lo común en ese tiempo.

—Quinientos ejemplares, para empezar —había puntualizado—, poniendo en las últimas palabras un acento muy rosarino, como si preguntara o dejara una inquietud en el interlocutor.

Enseguida vio al hombre, terminada la limpieza, echarle un líquido blanco al lomo desprendido del libro y, acto seguido, apretarlo con las dos manos para que el pegamento hiciera efecto. En esa posición y con el fuerte sol que entraba por una claraboya de la casa, lo consideró un ser caritativo, como si fuera la aparición de un ángel, y por su empeño dedujo que también debía ser un escritor.

Se acarició la barba mentalmente, porque entonces comprobó que no tenía manos, y comenzó a pergeñar unas líneas, semejantes a esas que hacía cuando la pampa era su paisaje cotidiano. Se maravilló de cómo los versos le salían sin esfuerzo, con una fluidez parecida al agua que tanto le encantaba oír cuando se sentía cansado de su trabajo:

Yo quisiera agradecer

a esas manos tan prolijas

que con goma y buenas lijas

supieron recuperarme

y a poco lograron darme

vida nueva a mi valija.

 

Porque en aquella maleta

que escribí en un encierro

bien vale su desentierro

pa que el tiempo y la polilla

no acaben con la semilla

de mi gaucho el Martin Fierro.

Sintió nostalgia de no tener un papel a la mano, de no contar con una pluma. Pero prefirió no angustiarse. Volvió a repetir sus sextillas y hasta hizo unas sutiles correcciones a esas líneas en su pensamiento. Retornó a mirar hacia abajo y se sumó a la alegría del hombre quien, satisfecho de su labor, había cogido el libro para conducirlo hasta uno de los anaqueles de su biblioteca. Enseguida, rememorando al sufrido gaucho de sus querencias, se le ocurrieron unos consejos. Se sintió feliz de no haber perdido la inspiración a pesar de su interminable edad…

Es bueno que el hombre guarde

y conserve en su memoria

lo que ha sido y es su historia

pa no dejar que el olvido

vuelva todo tan perdido

como excremento o escoria.

 

Porque si nada guardamos

la vida que ha sido hermosa

será igual a cualquier cosa

y las personas que amamos

o los hechos que forjamos

se hundirán en nuestra fosa.

 

Limpien todos cada día

sus recuerdos más preciados

no dejen que sean ajados

por la lerda ingratitud

mejor pulan –y es virtud–

las hojas de su pasado.

Aburrido me voy

«La tormenta» de Antonio Diogo da Silva Parreiras.

Saúl era un lipemaníaco. Le venía a veces una tristeza profunda al final de la tarde, a la hora del sol de los venados. Le empezaba con una desazón. Si estaba sentado en una banqueta acompañando a Beatriz a lavar la loza, sentía la necesidad de cambiar de sitio y buscar una banca que estaba recostada en una de las paredes de la cocina. Mientras trataba de seguir en aquella posición el diálogo con la mujer, al momento estaba de pie, mirándola por la otra puerta, la que daba al guanábano que servía de gallinero.

—Pero, mijo, a usted como que le pican las hormigas —le decía Beatriz, sin levantar la cara del platón en que lavaba los platos semiocultos por la espuma del jabón.

Saúl sonreía, tratando de quedarse en ese solo sitio, pero de un momento a otro le daba como un ahogo que lo llevaba a volver a la banqueta.

—Biata, me regala tantica agua —pedía como si hubiera llegado de muy lejos, igual a cuando había cogida de piña y tenía que hacer tres o cuatro viajes seguidos a la carretera.

Beatriz buscaba una totuma y le acercaba a Saúl el líquido, con unas pepas de limón sobrenadando en la superficie. Esa agua algo le ayudaba a bajar aquella desazón por todo el cuerpo. A veces la lipemanía se le subía al corazón en forma de taquicardia. Saúl sentía que el corazón iba como más rápido y parecía salírsele del pecho. Entonces, lo mejor era poner un costal en el andén de cemento, al lado del patio, dejando que los golpes de brisa aliviaran ese malestar. Y cuando ninguno de esos remedios le ayudaba a mitigar ese estado de alteración interna, tomaba cualquiera de los caminos que salían o llegaban a la casa de los Rodríguez. A veces se dirigía hacia el norte, por el camino que llevaba a La Palma, desde donde contemplaba por unos minutos el sinuoso Magdalena; en otras ocasiones, buscaba una senda que conducía a uno de los potreros aledaños del lado oriental de la casa, para ver y escuchar los ruidosos jirigüelos sobre las cercas de alambre de púas. O echaba hacia arriba, como si fuera a hacer una de sus necesidades, pero en realidad tomaba el rumbo del charco, el nacimiento del cual se sacaba el agua para la alberca, para tomarse unos sorbos del cristalino líquido. En todo caso, tomara el camino que fuera, lo que lo tranquilizaba era caminar. Al andar sin un fin determinado, dejando que los pies eligieran su norte, el corazón se le iba calmando y ya no sentía tanta opresión como cuando estaba en la casa. Caminar y silbar, porque esa era otra medicina extraordinaria para apaciguar esa tristeza que asediaba en emboscada su tranquilidad. Le gustaba imitar el sonido de los pájaros, especialmente del toche, esa ave amarilla con alas y cola negras, que produce un canto festivo y como de música celestial. Tal vez Saúl silbando como los pájaros se sentía como ellos, libre, o lograba que la tristeza de su alma fuera escuchada por los árboles, por las piedras, por los aguacatales, los yucales o los pastizales… Quizá la naturaleza, en ese lenguaje de gorjeos y trinos, de silbidos con variedad de tonos, supiera, ella sí, darle cuenta del motivo o la causa de su penar, de su hondo abatimiento. “El que silba y canta sus penas espanta”, solía decirle Misael, cuando iban de cacería. A veces, Saúl empezaba silbando y terminaba tarareando o cantando una canción, como las interpretadas en aquellos años por Lucho Vásquez, y que se escuchaban en todos los transistores que los campesinos ponían amarrados de los guamos cuando había cosecha de café…

Aburrido me voy

me voy lejos de aquí

donde nadie pregunte

de lo que perdí…

No era que estuviera decepcionado por un amor, aún no, pero esa canción calaba hondo en su ser. Expresaba bien lo que sentía. Porque su lipemanía estribaba especialmente en eso, en querer irse de donde estuviera, en un afán por huir, por no lograr sentirse bien del todo en algún lugar, por una necesidad de estarse fugando. Tal vez fue esa tristeza la que lo llevó a pensar en volarse de la casa paterna, en buscar otras tierras, creyendo que lejos de las montañas de Capira encontraría la justa medicina para sus dolencias.

—Saúl tenía muy buena voz —recordaba Héctor—, cuando supo de la muerte del amigo de infancia.

Me voy lejos no más

aburrido me voy

no más quiero que digan

que no fue por temor…

Cantando esas canciones, silbándolas por pedazos, sin darse cuenta se iba alejando de la casa paterna y lo sabía, porque al darse vuelta para contemplar las montañas de El Cerro o de Lomalarga, veía abajo el humo y las tejas de zinc. Entonces, se acurrucaba o buscaba una piedra para sentarse y prendía un cigarrillo. La mirada de Saúl se detenía especialmente en las golondrinas que al cerrar del día empezaban a revolotear como desesperadas en el cielo. Murciélagos y golondrinas salían al tiempo, haciendo cabriolas en el aire, corriendo en direcciones zigzagueantes, abriendo con sus alas el inicio de la noche. Después de terminar el cigarrillo, a sabiendas de que su padre lo iba a regañar por estar perdiendo el tiempo, empezaba su retorno, pero con los ojos puestos en algún palo de leña seco que le sirviera de disculpa a su inexplicable salida. No era que ya no tuviera esa tristeza esparcida en el cuerpo, sino que al menos no lo atacaba con tanta violencia.

Con el palo seco al hombro, pasaba de largo por el lado izquierdo de la cocina nueva, e iba directo hasta el sitio donde se apilaba la leña para cocinar.

—¿Dónde andaba? —lo interpelaba Ulises—, que a esa hora estaba sentado en la mecedora, esperando la comida.

—Buscando leña —respondía Saúl, sin mirar hacia arriba.

—Leña es lo que hay —replicaba su padre—. Y luego, con voz autoritaria le decía: —Más bien póngase a hacer algo útil y pile maíz.

Saúl no respondía nada. Obediente iba hasta la habitación más al oriente de la cocina vieja y de allí sacaba la manija. Enseguida salía por atrás del pequeño cuarto e iba a buscar el pilón que estaba en el andén norte de aquella casa de bahareque. Dejaba metida en el pilón la manija y seguía de largo en busca de la otra cocina. La idea era no tener que pasar por delante de su padre.

—¿Hay maíz para pilar? —Le preguntaba a Beatriz.

—Sí, hay un poco, ahí adentro, está en un platón. 

Saúl entraba a la cocina, pasaba al otro cuarto que servía de pequeña despensa de yucas, plátanos, verduras, granos y panela, y sacaba el platón de aluminio con el maíz amarillento brillante.

—¿Y para qué va a pilar maíz a estas horas? —preguntaba Beatriz.

—Toca —respondía Saúl—, mirando a Beatriz con ojos resignados.

—Ya voy a servir —le respondía Beatriz—, moviendo con un gancho de hierro uno de los aros de la cocina de leña.

Saúl salía del cuarto con el platón de maíz y empezaba su tarea. Cada vez que levantaba la manija, brillante ya por el uso, y veía cómo una de las puntas del utensilio, la más aguda, se metía entre los granos, haciendo que varios de ellos salieran disparados del pilón, pensaba en que todos los oficios que Ulises lo ponía a hacer eran otra forma de castigarlo. Castigos sin rejo ni ramas de juanajuana, castigos sin lágrimas, pero con el mismo efecto sobre su corazón. Mentalmente, en silencio, a la par que alzaba y descargaba con sus brazos la manija, empezaba a tararear la canción que lo había acompañado durante un buen trecho de esa tarde…

Aburrido me voy…

pues mi amor no duró

no duró tan siquiera

lo que dura una flor…

También los accesos de lipomanía lo impulsaban a buscar los más altos miradores. Cuando esto sucedía, tomaba el camino de la tía Dioselina, haciendo un desvío antes de llegar a la casa de ella, y subía hasta la cima del Cerro Colorado. Allá arriba, se acercaba a un despeñadero que daba hacia La Laguna y allí, de pie, se extasiaba mirando la hilera de montañas y las copas de los árboles. El viento, con sus ráfagas, le mitigaba un tanto esa “moridera”. O cuando la angustia se le engarzaba en el corazón como si fueran las garras de un gavilán, buscaba un barretón y tomaba la salida hacia la mata de guadua, la que llevaba a La Peña, en el pie de las montañas de Capira, al lado de la quebrada de Aguas Claras. Pasaba raudo entre cafetales, quitaba broches de cercas, atravesaba potreros y bien abajo divisaba una enorme roca que era como la entrada a esa platanera y esos yucales que su padre tenía en los límites orientales de la finca, y en los que a veces se sembraba maíz y, en otras ocasiones, piña. Saúl no entraba de una vez en esa parcela, sino que, bordeando la gigantesca roca, apoyándose en bejucos y ramas, trepaba hasta ella y, arriba, se quedaba de pie observando el blanquear de los yarumos y el sonido lejano de las cascadas en la quebrada. Miraba hacia abajo y la atracción del vacío lo llevaba a poner sus pies justo al borde, creando la sensación de que volaba, más cuando el viento que soplaba fuerte en aquella cañada, venía desde las planicies del Tolima, con el calor de Cambao y el olor a frutas de Armero. En esa posición se quedaba un buen tiempo, oyendo el sonido de las guacharacas, el ulular de las hojas de plátano y el canto siempre vivaz de los azulejos en los iguás y gualandayes que se alzaban como murallas protectoras de esa pequeña sementera. Esos miradores le ayudaban a mermar la intensidad de su tristeza. Los riscos de La Peña hacían las veces de los abrazos de su madre Eufrosina, y el aire le soliviaba la pesadez de su existencia.

Al rato bajaba de la gran piedra y sin mucho entusiasmo, con el barretón, sacaba algunas yucas, escudriñaba las papayas maduras y entre la hojarasca se fijaba si había algún racimo de plátanos ya jecho. Metía eso en un costal y empezaba su retorno a casa. Cuando ya estaba cerca, en el centro de la mata de guadua, descargaba el recado, ponía al lado el barretón, y se quedaba otro tiempo escuchando el crujir de aquellas cañas que entonaban un canto triste. Esos chirridos de las guaduas al ser abanicadas por el viento eran un símbolo de su propio dolor, un paisaje amplificado de su infinito sufrimiento. Saúl sabía desde siempre que ese lugar era el escenario perfecto para dar fin al destino de su existencia.

(Capítulo de mi novela inédita Saul Cadena).

La doble búsqueda del poeta

Ilustración de Christian Schloe.

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
Antonio Machado

 

La búsqueda del poeta que, en una primera instancia, parece ser ir al fondo de sí mismo para expresar los más profundos sentimientos o las más recónditas pasiones, tiene una intención más importante: la de hallar en un “otro” la esencia de los seres o de las cosas. Más que un canto ególatra o con rumores de ensimismamiento, el poeta usa sus palabras para develar la esencia del mundo o los seres con quienes habita.

Bien podría empezar esa labor con una pesquisa sobre su propio ser. Observar con mucha atención, como es lo propio de los artistas, la geografía de su alma. Indagar en quién es en verdad y cuál es la esencia que lo constituye; adentrarse en los vericuetos de su sensibilidad o en las no menos laberínticas selvas de sus pensamientos. Ir en busca de lo fundamental de su constitución como ser humano. Esa puede ser la primera escala en su oficio de poeta. Como puede suponerse, ello demanda una tarea de filtrado, de tamizaje hondo de todo aquello que parece ser el fundamento de sí mismo; y una lucha denodada con las apariencias, el autoengaño y la falsa conciencia. El poeta escudriña al ser desnudo, al auténtico yo que anda refundido entre espejismos y vanaglorias postizas. Alcanzar tales esencias es, pues, el cometido preliminar de su quehacer alquímico con las palabras.

Pero su objetivo no concluye ahí. Necesita dar un paso más adelante, cumplir con otra etapa. Ahora requiere adentrarse no en sí mismo, sino en los territorios del Otro, en la alteridad que se le ofrece como horizonte inexplorado. Develar la frontera del tú, conocer sus pormenores y consistencias, abrirse a lo totalmente diferente es lo que en realidad persigue el poeta. Ese tú lo obliga a afinar los sentidos y la percepción en un radio de acción mayor que el empleado para el propósito inicial. El tú es escucha activa y paciente, es fineza en la relación con las personas y el mundo, con la vida y el universo. El tú es concentración suprema para auscultar los mensajes cifrados en que hablan las hojas, es tacto preciso para sentir cómo dialogan los corazones y es afinamiento de la capacidad de silencio para lograr detectar las emisiones levísimas del tiempo. El poeta ansía, desde esa actitud de criatura asombrada y maravillada ante lo extraño, hallar la esencia de la otredad, la médula de lo que lo circunda, el centro vivo de lo que lo trasciende. Entonces, usando otra vez las redes de sus palabras, intentará atrapar lo que por ser tan leve y fugaz parece huir de cualquier signo. Aun así, persistirá en esa conquista de las esencias de ese mundo ajeno, de esa otredad maravillosa que, aunque presente, deja una estela de forma evanescida.

Y por eso el poeta necesita de la música, del ritmo. Porque para acceder o atrapar ese tú esencial, esa otredad perfecta, tiene que acompañar las palabras de sonidos. Dotarlas de un imán o una cadencia que atraiga aquellos seres extranjeros. Sus versos son, en verdad, un cifrado encantamiento, una fórmula armoniosa para detener al otro, a ese tú volátil; sus versos son un espejo armonioso para que logre mirarse lo distante y, así, extasiado, poder capturar la fisonomía de su apariencia. Los versos armoniosos del poeta son el recurso empleado para detener la otredad desvanecida. Porque el tú esencial, el otro en su extrañeza, siempre es opaco, sinuoso, mudable, misterioso. De ahí la necesidad de conjurarlo con ritmos asonantes y consonantes, con rimas y juegos de palabras. El tú sólo se devela frente a la magia del sonido; la otredad suprema únicamente se hace visible con los acordes finamente producidos al poner juntas determinadas palabras.

Según lo dicho, ir de los fundamentos a las esencias, de los cimientos del yo a las entrañas del tú: ese es el itinerario del poeta. Conocer la raíz del propio ser, sí; pero, también, bajar hasta el fondo, a la sustancia de sus semejantes. Al poeta no le basta descubrir el centro de su intimidad, ansía de igual manera atrapar la entraña del prójimo. En ese recorrido aprenderá a engañarse menos consigo mismo y, lo más importante, a estar dispuesto para el encuentro con el diferente. El poeta nos enseña con sus versos cómo aproximarnos a las fronteras de lo desconocido, al territorio inédito del encuentro con las personas y el mundo humanizado. Los versos del poeta, su lectura, nos ponen en contacto con zonas personales que nos eran desconocidas y, al mismo tiempo, con seres distantes que poco o nada lograban interpelarnos.