• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Eugenio Montejo

Releer la poesía de Eugenio Montejo

09 lunes Oct 2023

Posted by Fernando Vásquez in Comentarios

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Comentario de poemas, Eugenio Montejo

No me canso de leer y recomendar los poemas del venezolano Eugenio Montejo. En este blog he comentado sus poemas “El canto del gallo”, “Verso”, y en mis libros Vivir de poesía y La palabra inesperada, dediqué unas páginas a dos de sus textos: “El buey” y “El poeta”, respectivamente. De Montejo me gusta su lírica concentrada, de observación perspicaz y con un tono de voz sabia como es la de quienes logran develar verdades profundas en las cosas sencillas. He seleccionado para esta ocasión tres de sus poemas. Empezaré con uno de su libro Algunas palabras (1976).

LOS ÁRBOLES

Hablan poco los árboles, se sabe.

Pasan la vida entera meditando

y moviendo sus ramas.

Basta mirarlos en otoño

cuando se juntan en los parques:

sólo conversan los más viejos,

los que reparten las nubes y los pájaros,

pero su voz se pierde entre las hojas

y muy poco nos llega, casi nada.

 

Es difícil llenar un breve libro

con pensamientos de árboles.

Todo en ellos es vago, fragmentario.

Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito

de un tordo negro, ya en camino a casa,

grito final de quien no aguarda otro verano,

comprendí que en su voz hablaba un árbol,

uno de tantos,

pero no sé qué hacer con ese grito,

no sé cómo anotarlo.

El poeta retoma de los árboles su silente manera de permanecer en el mundo. Los árboles “hablan poco”, apenas mueven sus ramas y “pasan su vida entera meditando”. Acaso conversan en otoño, pero sólo los más viejos, y sus voces se “se pierden entre las hojas” y a los hombres no nos llega su mensaje. Poco sabemos de los pensamientos de los árboles, dice Montejo: “todo en ellos es vago, fragmentario”. Quizá su manera de comunicarse sea a través de los pájaros, de los tordos negros, por ejemplo, pero el poeta reconoce que no sabe interpretar esos gritos y mucho menos anotarlos. ¿Qué hacer con esos gritos postreros de “quien no aguarda otro verano”?, ¿cómo descifrar lo que apenas es un murmullo entrecortado? El poeta nos invita a afinar el oído, a cambiar de códigos para deletrear el susurro adolorido de los seres reservados, a despertar o ampliar nuestra caja de resonancia espiritual para que sean audibles otras tonalidades de la vida.

Prosigo con un segundo poema, extraído de su libro Trópico absoluto (1982):

MIS MAYORES

a Alberto Patiño

 

Mis mayores me dieron la voz verde

y el límpido silencio que se esparce

allá en los pastos del lago Tacarigua.

Ellos van a caballo por las haciendas.

Hace calor. Yo soy el horizonte

de ese paisaje adonde se encaminan.

 

Oigo los sones de sus roncas guitarras

cuando cruzan el polvo y recorren mi sangre

a través de un amargo perfume de jobos.

Bajo mi carne se ven unos a otros

tan nítidos que puedo contemplarlos.

Y si hablo solo, son ellos quienes hablan

en las gavillas de sus cañamelares.

Hace calor. Yo soy el muro tenso

donde está fija su hilera de retratos.

 

Mis mayores van y vienen por mi cuerpo,

son un aire sin aire que sopla del lago,

un galope de sombras que desciende

y se borra en lejanas sementeras.

Por donde voy llevo la forma del vacío

que los reúne en otro espacio, en otro tiempo.

Hace calor. Hace el verde calor que en mí los junta.

Yo soy el campo donde están enterrados.

En este caso, el poeta les rinde homenaje a sus mayores, a los que “le dieron la voz verde y el límpido silencio que se esparce en los pastos del lago Tacarigua”. Es una doble herencia la que exalta Eugenio Montejo: la voz y el silencio. El recuerdo de esas personas se convierte en un paisaje humanizado: el poeta mismo es el horizonte por el que transitan aquellos seres de a caballo. Durante todo el poema se transpira el calor de aquel pasado. El poeta oye los sones de las “roncas guitarras”, percibe perfumes de “jobos” y contempla “las gavillas de sus cañamelares”. Cada recuerdo se convierte en un retrato que va fijándose en el muro de su memoria. Y si en un inicio el poeta se autodefinía como un paisaje, ahora se vuelve una pared para retener ese álbum de imágenes. Los mayores son un “aire sin aire”, “un galope de sombras” que van y vienen por el cuerpo del poeta, son “formas vacías” que recorren su sangre. Montejo afirma que ese “verde calor” es lo que hace que en él se junten todas esas personas. Bien parece que el modo de apropiar a sus mayores ya no está representado en un paisaje, ni en un muro, sino en un campo de carne viva donde están enterrados. Los mayores siguen en el poeta, “cruzan el polvo” del olvido, porque él los reúne cuando los evoca, “en otro espacio, en otro tiempo”. Montejo nos enseña que nosotros somos sementera y cementerio de nuestros más queridos mayores.

Y cierro esta mínima antología de Eugenio Montejo destacando un poema de su libro Muerte y memoria (1972):

ORFEO

Orfeo, lo que de él queda (si queda),

lo que aún puede cantar en la tierra,

¿a qué piedra, a cuál animal enternece?

Orfeo en la noche, en esta noche

(su lira, su grabador, su casete),

¿para quién mira, ausculta las estrellas?

Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),

la palabra de tanto destino,

¿quién la recibe ahora de rodillas?

 

Solo, con su perfil en mármol, pasa

por nuestro siglo tronchado y derruido

bajo la estatua rota de una fábula.

Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,

ante todas las puertas. Aquí se queda,

aquí planta su casa y paga su condena

porque nosotros somos el Infierno.

La figura de Orfeo está presente en varios poemas de Eugenio Montejo, pero en esta ocasión, el poeta centra su interés en la incertidumbre por la suerte de este dios griego del canto, y los cuestionamientos derivados de desatender la voz de sus epígonos en nuestro mundo contemporáneo. A lo largo del poema Montejo mantiene un tono dubitativo, cuando no profético: a la par que se pregunta, también nos interpela: ¿puede aún hoy Orfeo enternecer con su canto a los animales, a las piedras?, ¿quién atiende a sus auscultaciones estelares?, ¿será que sigue cantando?, ¿abriremos nuestras puertas para que entren sus anuncios y revelaciones? El poeta afirma que, en nuestro siglo, Orfeo pasa “tronchado y derruido” porque somos insensibles a sus melodías, porque lo dejamos plantado a la entrada de nuestras casas. Salta a la vista que la figura de Orfeo le sirva a Eugenio Montejo para relacionarla con la voz del poeta, con el trabajo clarividente de la poesía. ¿Escuchamos con atención hoy lo que dicen los versos?, ¿tenemos tiempo suficiente para descubrir el sentido figurado que anuncian estos textos de reducidas y rítmicas palabras?, ¿podemos hincar nuestras rodillas ante la palabra que busca trascendernos? Montejo parece responder negativamente a todas esas preguntas, porque nuestra desatención, nuestra indiferencia y nuestra incapacidad de escucha es el verdadero infierno de Orfeo. El Hades de nuestra insensibilidad es la condena del canto, del mensaje clarividente y apaciguador de la poesía.

La sutileza de Eugenio Montejo

18 domingo Oct 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

≈ 6 comentarios

Etiquetas

Comentario de poemas, El canto del gallo, Eugenio Montejo

No deja de sorprenderme la hondura con que el poeta venezolano Eugenio Montejo aborda diferentes facetas de la existencia o retoma un hecho aparentemente banal para descubrir en él facetas inéditas o realmente novedosas. Y qué mejor forma de ejemplificar tal perspicacia lírica que detenernos en el poema titulado “El canto del gallo”, contenido en su libro Alfabeto del mundo.

Lo primero que podemos apreciar en este poema es la disociación que elabora Montejo entre el canto y el gallo mismo; si desde nuestra habitual perspectiva aunamos esas dos entidades, para el poeta habitan en espacios diferentes, son realidades que poseen cualidades y condiciones separadas. El canto “está por fuera del gallo”, cae como si fuera una lluvia sobre su cresta, sus plumas y sus espuelas. Y el gallo se asemeja a un receptáculo, a un cántaro que está a la expectativa de ser llenado por ese canto acuoso. Tal es nuestra primera sorpresa al leer el texto: no es el gallo el protagonista del poema, sino el canto. Y lo que parecía provenir de un adentro es, en realidad, la expresión de un afuera.

Eugenio Montejo nos muestra el proceso mediante el cual el canto se deposita, poco a poco, “gota a gota entre el cuerpo” del animal. Y ese gotear del canto que se hace en la noche, mientras duerme el ave, prosigue de forma “incontenible” hasta que “desborda” al gallo y lo lleva a producir el sonido “inmenso”, el grito que “a lo largo del mundo sin tregua se derrama”. El ave ha servido de mediadora para que el canto inunde el mundo como si fuera un rayo de sol. El canto pasa por el gallo, se filtra a través de su garganta, para luego quedar otra vez en su ambiente, afuera, “esparcido a la sombra del aire”. Como se ve, el canto es más amplio, más universal; y el animal es un medio para conocer una de las facetas de esa fuerza húmeda. La parte final del poema nos advierte que después del grito, una vez que el canto ha sido pregonado, lo que queda en el interior del gallo son “sólo vísceras y sueño”; es decir, que retorna a su quietud de espera, a ese “silencio que se vuelve compacto”.

El poeta nos invita a pensar también que ese canto esparcido, abarcador, requiere mojar a todo el animal; venas y alas, plumas, cresta, espuelas… todo debe ser humedecido para que se logre ese efecto de desbordamiento en el gallo. El canto del ave es la consecuencia de una sobreabundancia de gotas. Aquí Montejo elabora una metamorfosis magnífica: lo que era líquido se torna aire; la humedad se muta en grito. El gallo ha servido para esa alquimia nocturna. Por lo demás, al poeta le interesa poner el canto entre dos silencios; a lo mejor el silencio es duro como la roca y se requiere del agua del canto para ablandarlo hasta darle la consistencia vaporosa del grito.

Podríamos entresacar de este análisis pormenorizado algunas pistas de interpretación, ciertos indicios simbólicos. Por ejemplo: que el canto sea una expresión de la fuerza de la vida, y que el gallo sea la manera como encarna esa vida en nosotros. O que la vida universal, la de los astros, cuando se acumula lentamente en un organismo, logra su mejor expresión en el grito de una nueva vida. Tal significado gravita en estos versos. Aunque es posible, de igual modo, representar en el gallo la tarea del poeta, quien debe primero absorber el afuera, llenarse de él hasta los tuétanos, dejarse habitar en totalidad, para luego poder lanzar sus obras, sus versos, su grito. Es decir, que el poeta es apenas un mediador del canto universal, una alada criatura que espera en silencio la lenta infiltración de los astros en su ser para devolverle al mundo la riqueza de esa música.

Además, hay otra línea de significado que merece nuestra atención: al estar el canto por fuera del cantor, no puede ser obligado a que brote cuando se quiere. El poeta, como el gallo, necesita saber esperar, tiene que dormir en el árbol, aprender a reposar el espíritu, para que lentamente el canto lo invada, lo colme. Sólo entonces, y a pesar de él mismo, podrá lanzar al aire su obra, su grito como si fuera el rebase de un manantial incontrolable. Se requiere esa disposición de los que duermen, de los que velan en los árboles, para lograr descifrar o ser el mejor exégeta de ese canto; hay que conocer bien el reposo del silencio para colorear la voz del canto. Y aún más: el poeta sabe que una vez vivida esa experiencia de transmutación en la que el sonido se vuelve verso, tendrá que volver a esperar a que desciendan sobre él, como un rocío musical, esas gotas que caen preferiblemente en la noche.

Sutil mirada la de Eugenio Montejo; finísima comprensión de esos misterios que están frente a nosotros, pero que no tenemos ojos adecuados para verlos. Porque el canto del gallo, así no seamos poetas, es un símbolo de los que saben esperar y logran, aguardando en silencio, convertir el flujo de lo recibido en una dádiva para los demás. Y porque en este poema, de manera alegórica, se revela cómo el flujo de la existencia, ese reloj del tiempo que cae sobre nosotros gota a gota cada noche, pide que cantemos muy fuerte al despertarnos su alegre melodía.

Entradas recientes

  • Despedida
  • Legado
  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Legado
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 998 suscriptores

Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

×
Cargando comentarios...