Diccionario autobiográfico

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Estas son algunas de las palabras que identifican lo que soy. Sirven de pistas para seguir el itinerario de mi historia vital, hablan de personas queridas, de objetos significativos, de lugares habitados. Son términos que, a pesar de los años, continúan resonando en mi memoria.

Arandú: Príncipe de la selva. Destruyó el “Kaitolé” con su pistola desintegradora. Radionovela que disfrutábamos con mi papá, en el radio Philips de tubos, a las seis de la tarde por Caracol. Me gustaba imaginarme aquellas aventuras de Arandú en la selva, esos peligros sorteados con su fiel amigo “Taholamba”. Esta radionovela competía con otra similar, Kalimán, el hombre increíble, y su pequeño compañero Solín. Los consejos de Kalimán aún mantienen su misterio: “El que domina la mente lo domina todo”. Al mediodía escuchábamos en la misma cadena Todelar, con devoción, los capítulos de “La ley contra el hampa”.

Barbisio: Marca de sombreros que usó mi papá a lo largo de su vida. Los últimos, que fueron regalos de su cumpleaños o navidad, se los compré en la carrera 7 con calle 12. Mi viejo los limpiaba con devoción y mantenía con ellos un cuidado que le otorgaban a esos sombreros otros años de utilidad. Mi mamá aún guarda uno, como símbolo de su marido ausente pero vivo en la terquedad de la memoria.

Capira: Tierra montañosa en donde nací. Lugar de piedras enormes y nubes misteriosas al amanecer. Terruño lleno de fruto y pájaros; cordillera interminable con quebradas y ríos majestuosos. Paraíso de mis juegos infantiles con olor a piña madura y mandarinos y naranjos y guayabos… Edén donde el viento y el sol dibujan y desdibujan paisajes multiformes.

Doré: grabador francés que me fascinó desde que contemplé sus “dibujos” en la Historia sagrada de san Juan Bosco. Al principio no sabía quién era el autor de esas imágenes, pero me entretenía de niño detallando a los ángeles y a todas esas figuras monumentales que ilustraban aquellas historias bíblicas. Años después logré conseguir, en la Librería Buchholz de la calle 59 con carrera 13, la edición de la Biblia con todos sus grabados, al igual que las obras que realizó para ilustrar El Quijote. Y quizá por esa predilección declarada por este artista, justo cuando cumplí mis 28 años, mis amigos de semestre de la carrera de literatura en la Universidad Javeriana (Natalia, Álvaro, Rodolfo y Germán) me regalaron –en gran formato– una edición de la Divina Comedia con los grabados de Doré, comprada en la librería Lerner.

Estudio: Herencia a la cual se referían mis padres y con la cual soñaban desde que yo era niño. El estudio era algo de gran valor para Custodio y María Catalina y por ese motivo despertaron en mí un compromiso sagrado hacia tal actividad. “Es lo único que le vamos a dejar”, eso decía mi viejo. Tan importante era el estudio para mi padre que me mandó a hacer una pequeña biblioteca en cedro; fue el primer mueble propio que tuve en mi niñez. Tal vez por eso, sumado a una curiosidad inagotable por conocer, mantengo con el estudio un vínculo de goce y no de obligación. Disfruto estudiar y por eso mismo he llevado un largo y cariñoso trato con los libros.

Ferrocarril: Cuaderno que usé en los primeros años de primaria y era utilizado para lograr una letra “imprenta” alineada y de gran pulcritud. Estos útiles se utilizaban para mejorar la caligrafía. La triple división en la que venían impresas las hojas de estos cuadernos dejaba al centro de cada división un renglón con una trama azul o gris que permitía graduar el tamaño de las letras fijando el límite para sus rasgos hacia arriba o hacia abajo. Los cuadernos ferrocarril “Ibérica” eran mis preferidos.

Grulla: Marca de zapatos inacabables. Mi papá me recomendaba el que no fuera a acabarlos jugando fútbol. Lo cierto es que estos zapatos, por más que yo los utilizaba infinitas veces para cobrar tiros directos en aquellos encuentros futbolísticos que terminaban cuando la noche inundaba la cancha, nunca se acababan. Apenas se iban pelando en la punta, como si debajo de su negro color, escondieran otra piel aún más resistente.

Hitachi: Marca del primer equipo de sonido que compré, fruto de mi primer trabajo en el periódico El Espectador. Este equipo de casetera y tocadiscos fue el animador de las fiestas de mi adolescencia y, por lo que recuerdo, tenía un lugar privilegiado en la habitación destinada a ser la sala. Lo sigo conservando, aún funciona, y aunque hayan pasado casi cincuenta años tiene en su sonido la magia de la juventud, ese tiempo en que las fiestas y los amigos eran una forma de exaltar la alegría de la vida.

Icopán: Panadería del barrio Ricaurte a donde me llevaba mi mamá, después de la entrega de calificaciones en la Primaria, para disfrutar de un enorme jugo de guanábana con una mantecada. Está situada arriba del Colegio San Gregorio Magno y más arriba aún del parque del barrio.Jeroglífico: Tipo de pasatiempo que enviaba a El Vespertino y que me permitió ganarme mis primeros pesos, aun siendo niño. Después logré seguir haciendo jeroglíficos en la sección “Pasatiempo” de la revista Carrusel de El Tiempo y a la par dibujaba jeroglíficos para la revista “Rompecráneos” y la revista “Pepazos” de editora Cinco. Para elaborar un jeroglífico se requiere no solo ingenio, sino habilidades para el dibujo. De alguna forma, desde esos años en los que combinaba los jeroglíficos con los crucigramas ando trajinando con los juegos del lenguaje.

Katty: Nombre que asumió mi madre al volverse una residente de muchos años en Bogotá. Ya no fue “Marujita”, que era el calificativo con que la reconocían sus familiares en Capira; ni María Catalina, como la llamaba su maestra Beatriz en la escuela rural de Capira. “Doña Katty” es el apelativo respetuoso que usan mis amigos y amigas para referirse a ella; y “Katyca” es el diminutivo cariñoso empleado por las personas que la sienten muy cercana o han saboreado las delicias culinarias elaboradas por sus manos.

Lectura: Práctica solitaria que empezó cuando mi padre traía del pueblo de San Juan de Rioseco las aventuras del periódico El Tiempo. Mi madre dice que yo leía esas viñetas aún sin saber leer. La lectura ha sido la actividad que ha ocupado más tiempo de mi vida y no pasa un solo día sin que husmee alguna página. Leyendo me levanto y leyendo me acuesto. Testigo de ello son mis libros que están al pie de la cama, en los pasadizos hacia las habitaciones, encima de la mesa del comedor, encaramados encima de mi escritorio. Soy muy feliz abandonándome a las incitaciones imaginativas provocadas por la lectura.

Magnolia: Nombre de mi profesora de segundo de primaria. Tenía las piernas más hermosas de todas las que un niño podía imaginarse. A ella le dibujé, con la pasión de los amores imposibles, paisajes con cisnes y lagos rodeados con una naturaleza multicolor. Objeto misterioso de mi deseo infantil.

Nicuro: Pequeño pez apanado que traía la señora Amalia del puerto de Cambao, y que de niño soñaba con que me compraran en la pequeña tienda de “El piñal”. Mi mamá los preparaba, y los prepara aún, sudados y son demasiado exquisitos si se acompañan con arepa de maíz peto. El mejor nicuro es el de subienda, decía mi papá; y hay que tener mucho cuidado cuando se los prepara porque sus espinas pueden producir heridas que se “inconan” con mucha facilidad. Nada sabe mejor que el nicuro al desayuno.

Ñoa: Nombre cariñoso de mi abuela Hermelinda. Manos acuciosas y protectoras. Cómplice de mis travesuras. Guardiana de mis secretos de infancia. Ñoa se sentaba en una silla a mirar las mulas y los arrieros que transitaban por el camino real que venía de “Lomalarga” y conducía hasta “El Piñal”. Guardaba su plata dentro de los “ameros” y cada vez que iba de vacaciones me regalaba uno o dos billetes, escondidos entre la piel seca del maíz. A ella le gustaba prepararme al final de la tarde un arroz atollado, cocinado en olla de barro, como mandan los cánones de Capira.Oeste: Género de cómics o de cine por el cual tengo una especial predilección. De niño alquilaba cuentos en una tienda de la carrera 28 con calle 11, en el barrio Ricaurte. “Red Ryder”, “Roy Rogers”, “El llanero solitario”, no solo me entretenían, sino que abonaron el camino para luego ir con mi papá al teatro San Jorge a ver “La Conquista del Oeste”, “Fuerte apache”, “El último pistolero” y todas esas cintas en las que la figura de John Wayne resaltaba en las enormes pantallas del teatro. Por no tener televisor, iba donde los papás de unos compañeros de colegio, los Garzón, a ver “Bonanza”. La diligencia, las peleas, los vaqueros, en ese micromundo de “La Ponderosa”.

Pólvora: Diversión que esperaba ansioso en las fechas navideñas y que aún, como adulto, sigo disfrutando con la misma fascinación de cuando era niño o adolescente. Me encantaban los volcanes y las rodachinas al igual que los helicópteros que subían al cielo como si fueran abejones de colores. Solo de joven pude echar voladores porque me habían advertido del tacto para saber cuándo soltar aquella caña con una mecha adentro. Era todo un júbilo danzar alrededor de las luces de los volcanes, encender mechas, raspar totes, tirar torpedos y huir o esconderse del súbito y azaroso recorrido de los marranitos pitadores.

Quaker: nombre de una lata de avena que, durante mi infancia, consumía en tetero y sigue siendo un alimento esencial a lo largo de mi vida. Las latas de avena Quaker venían con una llave especial pegada en la tapa superior y que permitía abrirlas mediante una pequeña pestaña dispuesta alrededor de la parte superior. Mi madre –según relata con orgullo– preparaba esa avena disuelta en leche, con canela y la empacaba en un biberón de vidrio Evenfló.   

Ruso: Perro criollo, de pelo negro y con dos manchas cafés a la manera de cejas. Compañía de mi niñez solitaria en Bogotá. Gran cazador de ratones en la alta y espaciosa fábrica de jabones López. Compañía inseparable de mis aventuras entre canecas e cebo, cajas de jabón, bultos y piedras de carbón. Ruso fue mi competidor en aquellas carreras o circuitos saltando y bajando por las escaleras de un mezanine, que servía de oficinas a la fábrica donde mi papá trabajaba de celador y almacenista.Saúl: Nombre del primo que fue como mi hermano. El cómplice mayor. Mi iniciador en juegos y juegos de la sexualidad infantil. Buscador incansable de diabluras. Patrón del ocio y de la picardía. Se suicidó antes de cumplir los treinta años, con la misma capsulera de su padre; abajo de la casa de los Rodríguez, entre el chirriar fuerte de las guaduas y el canto alegre de los azulejos.

Trasteo: Evento que, por pertenecer a una familia desplazada por el bandolerismo, viví durante muchos años hasta que logramos conseguir un techo propio. Cada trasteo fue el modo como aprendí a conocer a Bogotá y sentir la experiencia socializadora del barrio. “Trastiarse” significaba amarrar y desamarrar muchas cajas, envolver el cristal y la losa en papel periódico, llevar intactos ciertos objetos con su halo de recuerdo y dudar –al estar empacando– si deshacerse o no de tantos “trastos viejos”. Cada trasteo me provocaba un doble sentimiento: de un lado, la tristeza de dejar lo habitado y las amistades cultivadas durante años y, de otro, la alegría de lo nuevo, de explorar en lo desconocido. Trasteo tiene en mi memoria impronta de inquilinato, de éxodo en el alma, de anhelo sucesivo del terruño perdido.    

Ulises: Nombre de uno de los hermanos de mi mamá, papá de Saúl, con el cual pasé muchas vacaciones y del cual escuché historias de espantos y viajes transportando piña. A Ulises le decían “El lobo” porque le gustaba andar solo en las montañas de Capira, acompañado tan solo de Beatriz, su compañera de muchos años. Era hermoso escucharlo a él contar historias, sentado en su mecedora, mientras yo me extasiaba mirando las estrellas tendido en un costal en aquel corredor de cemento de la antigua casa de los Rodríguez.

Viruta: Embrollo de alambre que con la cera “Mansión” me esperaba los fines de semana. Virutiar era una forma de ayudar a los oficios de la casa. La viruta fueron los patines que nunca me regalaron y virutiar era una especie de esquís para deslizarme en la pista de madera de esas salas y esas alcobas tanto más amplias cuanto mermaban mis fuerzas. La mejor compañía para virutiar era la música bailable de la época: Los Hispanos, los Graduados, Los corraleros de Majagual.

Whisky: Licor que en mis fiestas juveniles se dejaba únicamente para ocasiones especiales. Si bien algunos de los invitados lo tomaban al inicio con hielo, una vez que la fiesta entraba en calor, lo consumían puro. Eran muy preciados en aquella época el “Sello negro” y el “Chivas”. Con el primer sueldo, cuando trabajé de joven en el periódico El Espectador, compré una botella de “Old Parr”, y la guardé durante un buen tiempo. Algunos años después viviendo en el barrio Quinta Paredes, con mis primos Héctor y Fabio, nos embriagamos tomando whisky “Ballantine’s”, oyendo la música de Julio Jaramillo: “Sé que con amargura recuerdas mi cariño y sé que te ha pesado tu infame proceder…” 

Xanadú: Mansión en la que vivía Mandrake, el mago, una de las aventuras que leía con avidez los domingos, en el suplemento del periódico El Tiempo. Mandrake compartía sus aventuras al lado de Tarzán y el Fantasma que camina. Xanadú era un lugar situado en la cima de una montaña, con infinitas trampas para acceder a ella y que a mí me resultaba tan maravillosa como su nombre. Muchos años después, cuando conocí la poesía de Coleridge, descubrí que Kubla Khan, en otra Xanadú, había decretado construir la majestuosa y mágica “cúpula de placer soleada con cuevas de hielo”.  Xanadú fue también el nombre de un palacio gótico, el del ciudadano Kane, la legendaria película de Orson Welles que vimos más de una vez con mis amigos del Externado de Colombia, Carlos Paz y Andrés Díaz.

Yaraguá: Nombre de un pasto de gran altura que está asociado a mi infancia, cuando de niño tenía que recorrer los potreros de La Laguna para ir a traer la leche de la finca de mi tío Cristóbal. Los pastizales cubrían gran parte de mi cuerpo y ocultaban el ganado cebú que me miraba con ojos escrutadores. Tengo en mi memoria vívida la imagen del movimiento del pasto yaraguá cuando el viento lo acariciaba acompasadamente, como si fueran las olas de un verdoso mar agitando rítmicamente sus aguas al pie de las montañas de Capira.Zorra: Animal nocturno que se robaba las gallinas de las casas campesinas de Capira. “Las agarra del pescuezo”, decían. Los perros del tío Antonio las perseguían hasta bien abajo de la casa paterna. Después, en la Cartilla Charry, justo en la letra “z” descubrí la escena de dicho animal robándose una gallina. En mis años de primaria en Bogotá me empezaron a gustar las fábulas –en las que abundaba la astuta zorra–, entre otras cosas porque los animales dibujados en aquellos textos tenían una directa relación con los que habían visto mis ojos cuando niño. Mijo, “cuando la zorra predica, no están seguros los pollos”, me advertía mi tía Beatriz frecuentemente al evaluar las buenas intenciones de personas poco fiables.

Sobre el diálogo

Pintura de Louis Charles Moeller.

Hay algo de búsqueda nutritiva al participar en un diálogo; así como se comparte el pan cotidiano, de igual manera departimos el manjar de la palabra.

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Diálogo: desplazamiento del yo que habla al tú que me interesa escuchar.

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El diálogo es un intento de armonizar diversas voces –a veces de tesituras opuestas– para descubrir las bondades intelectuales de la polifonía.

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Como toda agua, el diálogo necesita un buen cauce de atención para poder discurrir. Los diálogos que no fluyen son monólogos en grupo.

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En el diálogo hay altibajos, cambios de intensidad, con momentos tranquilos o abiertamente tensos. Sin embargo, aunque todos procuran mantenerlo continuo y lleno de viveza, siempre está la amenaza de que caiga en un punto muerto. De allí que los participantes en un diálogo oscilen entre reavivarlo con sus oportunas intervenciones o dejarlo extinguir poco a poco con sus silencios.

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Los dialogantes consumados son herederos de Penélope. Saben que su labor principal es mantener en vilo el tejido que van tramando las palabras.

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¿Quién tiene mayor dificultad para dialogar? Aquel que desde el comienzo ya sabe el final de la conversación. Si no se acepta cierta incertidumbre o deriva al dialogar, es inútil o imposible establecer una plática fecunda.

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La consistencia del diálogo es líquida: se puede abrir, interrumpir o cerrar. Si se congela deja de fluir; si es demasiado gaseoso pierde el interés. Por ser líquido el diálogo necesita circular de manera incesante; si se estanca, emanan de sus aguas los hedores del aburrimiento.

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Si se quiere saber cómo dialogar certeramente basta captar en la rueda de palabras que gira el intersticio por el cual sea posible introducir el hilo de la propia voz, pero sin frenar su movimiento. No es tanto cuestión de velocidad, como de escucha oportuna.

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Cuando decimos que un diálogo fue fructífero es porque cada participante actuó como cultivador de tal encuentro. Contribuir a un buen diálogo es comportarse como animoso sembrador de palabras.

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Esta es la paradoja del diálogo en las relaciones interpersonales: sirve de medio para resolver los conflictos, y es el detonante de querellas inesperadas. La explicación de tal contradicción resulta evidente: dialogamos con las razones que dominamos, pero también con las pasiones que nos gobiernan.

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Se dice que hay diálogos profundos, como también diálogos de altura. Es decir, mediante la conversación podemos sondear o escalar los límites de la geografía de las ideas.

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Desde la escuela peripatética de la antigua Grecia se sabe que existe una relación fecunda entre caminar y dialogar. En consecuencia: para despertar las ideas en nuestra cabeza lo mejor es salir a mover los pies.

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Lógica contradictoria de la comunicación entre enamorados: a veces dialogan para no pelear y, en otras ocasiones, pelean por haber dialogado.

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El diálogo tiene matices. Desde el coloquio familiar hasta la cháchara vana y sin fundamentos. Puede tomar la forma de la tertulia para compartir opiniones y creencias o asumir la estructura del debate para defender argumentos opuestos. Es charla informal en la vida privada o foro reglado cuando se vuelve pública. Todos estos matices nos advierten que sin el diálogo estaríamos condenados al soliloquio ensimismado o expuestos sin remedio a la orfandad de los demás.

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¿Por qué es tan difícil dialogar con quien piensa diferente a nosotros? Sencillo: porque para hacerlo necesitamos previamente aceptar que la contraparte puede tener razón. Y esta condición es muy difícil reconocerla, debido a que pone en entredicho las convicciones o las certezas que nos dan seguridad. Si se quiere dialogar con quien piensa distinto a nosotros es fundamental renunciar a las verdades absolutas.

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Aunque tengamos un propósito al dialogar con una o varias personas, nunca sabremos al inicio el resultado de tal encuentro. En esta perspectiva, el diálogo se parece más al descubrimiento de piedras preciosas que a la extracción de agua de un pozo.

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El café o el vino son excelentes cómplices para el diálogo.  La clave está en que tanto las dos bebidas como la conversación piden ser degustadas sorbo a sorbo, palabra por palabra. El diálogo es un líquido estimulante que se saborea poco a poco.

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En los diálogos platónicos Sócrates llega al mejor argumento no solo porque escucha con gran atención lo que afirman sus contertulios, sino por el tipo de preguntas que les hace.

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Platón más que filósofo fue un perspicaz autor de teatro: sus diálogos, como método de enseñanza, concebían al aprendiz no como un silencioso discípulo sedente, sino como un actor de diferentes obras dramáticas sobre el conocimiento.

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Fanático: persona intolerante con la que es muy difícil dialogar porque sabe de antemano todas las respuestas. Sectario: un fanático que, además de estar exacerbado, es intransigente.

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Los dialoguistas más comprometidos son los que pasan, etimológicamente hablando, del “inter” al “intra”. Es decir, no sólo tienden puentes con sus intervenciones, sino que se adentran en lo que dicen los demás.

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El ritmo del diálogo es por alternabilidad: primero un turno, luego el otro. El compás depende del interés o desinterés de los participantes.

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Es innegable que cada persona tiene una perspectiva para mirar las cosas. Pero, cuando se desea participar en un diálogo genuino, lo esencial es poder cambiar ese punto de vista. Quien varía su perspectiva logra mayor profundidad.

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La guerra le gritó al diálogo, “¡Vete!; la paz le pidió: “¡Quédate!”. El diálogo miró a las dos partes mientras hacía una pregunta: “¿Y si mi aceptan como peregrino?”

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El ambiente más propicio para que crezca saludable el diálogo no es la suficiencia en un tema, sino la confianza. Más la familiaridad que la erudición.

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La tensión del participante en un diálogo oscila entre hablar o quedarse callado. Excederse en cualquiera de los extremos es romper los hilos de la conversación.

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¿Qué es lo más delicado –o lo más temerario– de hacer en un animado diálogo? Interrumpir.

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Los silencios en los diálogos íntimos los suplen los besos, las manos, los abrazos. La muda piel enamorada habla y responde con caricias.

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Las reuniones de trabajo son la perversión del diálogo. En lugar de ser la búsqueda colectiva para tomar una decisión o solucionar un problema, son la forma simulada de llamar a la obediencia.

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Si no fuera por la sal de las anécdotas y la pimienta de las murmuraciones, los diálogos informales caerían en el sinsabor del hastío.

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Hay diálogos que van apagándose al igual que una vela y otros que aumentan su incendio con la fuerza de una hoguera. Todo depende de cómo sople el vaivén de la palabra.

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En tanto el diálogo es una obra polifónica, cada interlocutor aporta a esa construcción colectiva. Sirve el entusiasta que lidera, el insistente en un punto de vista, al igual que el conciliador que ve relaciones entre opiniones contrarias o el bromista que ayuda a distender la reunión. Contribuyen los grandes conocedores del tema y también los que, atentos, siguen la conversación en silencio.

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Los diálogos de paz son una esperanza para las víctimas del conflicto y una debilidad para los guerreristas indolentes. Los primeros saben que cediendo un poco se logran los acuerdos; los segundos, que exigiendo mucho se conquista la victoria.

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Los políticos sagaces usan la palabra diálogo con sus contradictores así como los ratones juegan con sus víctimas antes de devorarlos.

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Esta es la verdad del diálogo entre padres e hijos. Los primeros esperan que sus enseñanzas sean lecciones para el mañana; los segundos, entienden aquellos consejos como lecciones hacia el pasado.

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Le preguntaron a Eva –como resultado de sus charlas con la serpiente– sobre la importancia del diálogo, y ella contestó con alborozo que era el medio para acceder a lo prohibido. Le hicieron la misma pregunta a Adán: “es la causa por la cual se pierde el paraíso de lo conocido”, dijo nostálgico.

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Ciertas personas se mueren por dialogar con alguien y, apenas logran su cometido, se sienten profundamente decepcionadas. Otras, en cambio, a pesar de no estar interesadas especialmente en una persona, una vez que hablan con ella, terminan fascinados. El diálogo tiene algo impredecible, sorpresivo, azaroso. Revela y oculta a la vez; genera atracciones y provoca rechazos.

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Los culpables imploran dialogar para resarcir su falta; los ofendidos se niegan a hacerlo porque los enmudece el rencor.

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Buena parte de los diálogos cotidianos con los amigos van acordes al ciclo de la vida: de niños, sobre pilatunas y aventuras; cuando jóvenes, sobre amores y proyectos; en la edad adulta, sobre negocios y posesiones; entrados en la vejez, sobre dolencias y fármacos.

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Dialogar consigo mismo es un modo sencillo de hacer filosofía o una manera íntima de orar. Sea como fuere, para hacerlo con profundidad, es indispensable aprender a disociar la conciencia.

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El diálogo sincero con lo trascendente siempre es en silencio. Tanto en las preguntas como en las respuestas.

Votar con sensatez

Ilustración de Ángel Boligán.

Participar en los procesos electorales –con sus imperfecciones y limitaciones– es uno los derechos más importantes de los ciudadanos en cualquier democracia. Abstenerse es contribuir a que los pocos decidan por los muchos y a aislarse del diseño colectivo del futuro de un país. Pero ese derecho que resulta tan evidente y necesario en una contienda política, está siendo hoy, particularmente en Colombia, desdibujado por las astucias de la propaganda política y una pereza de las mayorías para entender su significado y sus alcances.

He notado, por ejemplo, que colegas y vecinos han decidido votar movidos más por la inmediatez de un corto mensaje en una red social o en un rumor infundado que por un sano análisis de la propuesta programática de un candidato. Los he escuchado decir cosas que a todas luces desconocen la estructura del Estado o el mínimo proceso de la administración pública. Se arman de mensajes incendiarios, provocadores y altamente efectistas que no permiten la discusión serena y analítica. Hay demasiado sectarismo en las consignas que pregonan y un fanatismo que me recuerda mucho al de las “barras bravas”. Pierden la proporción de lo que hablan y los alcances reales de lo que dicen. Su verbo maldiciente corresponde al fogonazo del último video, a las “noticias tendenciosas” que incendian la opinión pública.

Los medios masivos de información poco contribuyen al buen juicio y al ejercicio democrático de votar. Aunque dicen que eso es lo que se proponen, lo cierto es que contribuyen en grado sumo a la confusión del elector; mezclan peligrosamente informar con opinar y se escudan en la presunta libertad de prensa para ser jueces de aquellos candidatos que no les simpatizan. Censuran las fallas éticas en los políticos de turno, pero poco las ven en su modo de enfocar la noticia, titularla, o convertirla en “tendencia”. Por supuesto, estos comunicadores –conscientes o no–, sirven a los intereses particulares de conglomerados económicos que sí les importa el triunfo o la derrota de un candidato específico.  Es una lástima que por su afán de subir el “rating” hayan convertido el ejercicio informativo en un “reality show”, en un espectáculo agonista, en el que se diluye su función social de “buscar la objetividad y la verdad” y vigilar el buen funcionamiento de la democracia. 

No creo que tenga ninguna madurez política el “votar contra alguien”, invalidando con ello el propio partido al que se pertenece. Tampoco considero de un buen juicio democrático decir que se “vota por el menos peor”, a sabiendas de que se tiene la opción del voto en blanco. Si ninguna de las propuestas convence del todo (si es que se han estudiado a fondo para mirar sus programas y ver los matices de sus diferencias) por qué tomar la vía del descarte o dejarse llevar por la turba que obnubila nuestra libertad. Entiendo el juego de las alianzas y la rapiña de los puestos en un futuro gobierno de los políticos de oficio, pero no comprendo cómo los ciudadanos se dejan manipular por ellos. A pesar de que las creencias o las actitudes de un candidato no satisfagan totalmente nuestras expectativas, al votar lo que hacemos es refrendar una apuesta por él, confiar en su palabra, simpatizar con buena parte de sus iniciativas. “Votar a favor” de alguien es el comportamiento elemental de una persona que valora y le da importancia a su voto. Y porque así lo entendemos es que, pasado el momento de la elección, los ciudadanos debemos ejercer ese otro derecho del control político, de solicitar si es el caso la dimisión al elegido o quitarle el respaldo al partido que él representa.

El riesgo de votar azuzados por la emoción del momento, por la “calentura” del chisme del día es que descuidamos lo que tal acto participativo representa. Elegir a un presidente es prefigurar qué tipo de futuro nos interesa apoyar. Se trata de una decisión de largo aliento, y eso exige de los ciudadanos cabeza fría, mirada a contextos más amplios, discernimiento orientado más allá de las pasiones personales. Al votar por tal o cual candidato estamos creando las condiciones o los obstáculos para que cada ciudadano tenga las mejores opciones de desarrollarse personal o profesionalmente, para que sus hijos accedan a determinadas oportunidades, para que la sociedad solucione en gran medida los problemas que más le agobian. Aunque se vota de manera individual, lo cierto es que los efectos de ese voto afectan a todos. Por eso hay que pensarlo bien, analizarlo desde diversos puntos de vista, conversarlo en familia atendiendo a los mejores argumentos, revisar nuestra opción sin odios para seleccionar el perfil intelectual y moral con las capacidades más idóneas exigidas para el cargo en disputa.

Tal manera de votar, de banalizar el voto, es la que nos ha conducido a añorar siempre al mesías autoritario que debe resolverlo todo de un manotazo, al caudillo que nos evite hacernos responsables de nuestras decisiones. Y ojalá que sea pendenciero y lenguaraz para que enardezca la tribuna o que desconozca las reglas establecidas para legitimar nuestros comportamientos indebidos. Dilapidamos nuestros votos en esos políticos porque, en el fondo, queremos evitar nuestro compromiso de construir una sociedad más justa, más incluyente, con oportunidades para la mayoría. Esa es una cara de la moneda. La otra consecuencia es que, al votar así, al “votar por un ídolo inflado por los medios y la propaganda”, es previsible la decepción en el corto plazo porque, como es de suponerse, el futuro presidente no cumplirá sus promesas. Entonces, viene como reacción el arrepentimiento y una “quejadera” cotidiana de ese político que, precisamente, fue elegido con los mismos votos de los que ahora lo repudian. Quizá ese sea el destino de ciertas democracias jóvenes o de países que mantienen aún un modo feudal de concebir las relaciones sociales. Aunque me aferro más a la idea de que es la consecuencia de una educación cívica muy débil y de una frágil formación ciudadana a la que, por eso mismo, deberíamos prestarle mayor atención en todos los niveles.

Y si a esto le sumamos el impacto y el culto al ego de las redes sociales, además de la envenenada circulación de las falsas noticias, pues más fácil será votar como si se estuviera eligiendo una marca de gaseosa o poniendo un “me gusta” en cualquier plataforma digital. Pero no es así de simple ni tiene las mismas consecuencias. El dirigente de una nación, el líder emblemático de un país, no es igual a un producto de consumo masivo. Es una persona que, como impulsor de proyectos de largo alcance, debe poseer algunas cualidades intelectuales y morales que sean ejemplo para sus conciudadanos, que tenga un conocimiento amplio de los problemas del territorio que desea gobernar, que posea sensibilidad social para atender no solo a los más poderosos, y unas altas capacidades de liderazgo para saber motivar a su equipo y lograr hacer realidad los sueños que promulgó durante su campaña. De allí que no se trata de elegir “al menos malo” o al que tiene la menor preparación. Un presidente es un estadista (respetuoso de las instituciones), alguien que necesita conocer bien la dinámica de gobernar, competente en las relaciones internacionales, hábil en el manejo conflictos y dispuesto a establecer alianzas para resolverlos, y para eso se requiere experiencia, dominio de sí, habilidad en la toma de decisiones y una disposición de servicio a los demás que interprete sus necesidades y sus más hondos reclamos. Todo ello es lo que hace difícil elegir a un candidato y, al mismo tiempo, lo que convierte al voto es un acto democrático tan importante.

Sé que no se puede obligar a alguien a votar por determinada persona. Eso hace parte del fuero inalienable de cada ciudadano. Pero, observando lo que estamos viviendo en esta campaña presidencial, harto de la interferencia de los medios masivos de información, asombrado del poco o nulo juicio de muchas personas frente a una toma de decisiones tan significativa para este país, me parece que por lo menos debemos “hacer un alto”, apelar a la sensatez, ponerle freno a la contienda emocional y tomarnos en serio, concienzudamente, el acto de marcar un tarjetón y depositarlo en una urna. De esta manera dejaremos de ser espectadores apasionados de unos comicios y nos convertiremos en protagonistas inteligentes de la suerte de nuestro futuro.

Ufanarse de la ignorancia

Ilustración de Alfredo Martirena.

Está de moda presumir de ignorante. Tanto políticos como influenciadores sociales, hacen gala de sus flagrantes vacíos de conocimiento o, lo más grave, banalizan a quien osan corregirlos. Y si sus “errores” los llevan a una situación comprometida, salen del impasse con alguna broma de mal gusto o le dan a su comportamiento el trato de un desliz sin importancia.

Ahí vemos a la ignorancia desfilar por todas partes con altanería: opina de cualquier cosa sin ningún fundamento, difunde sus mentiras que solo los tontos o cándidos toman como verdades, saca provecho de los miedos de la gente, evita la confrontación de sus afirmaciones a toda costa, usa generalidades que repite hasta la saciedad. Si se siente acorralada saca las garras de la ofensa, manotea, amenaza, humilla y se ensaña con el opositor. En algunos casos, para pasar por alguien ilustrada, compra o adultera títulos académicos, llena de volúmenes sin abrir su biblioteca, dice conocer a personas famosas o utiliza algún dato estadístico para simular que ha estudiado a fondo determinada realidad.

Es posible que esta forma de comportarse o de entender la relación con el saber responda a una particularidad de esta época leve, rápida, que no le gusta meditar o tomarse el tiempo para entender a fondo las cosas o los problemas. También es posible que tal desprecio por el conocimiento esté asociado a una inversión de la escala de valores en la que lo más importante es tener y aparentar que ser y convivir. O quizás, sea el resultado de las secuelas del mundo del narcotráfico que, como bien se sabe, nivela por lo bajo a las personas esgrimiendo la consigna de que lo más importante es adquirir dinero como sea, sin prestar mucha atención a los medios empleados. Y hasta cabe otra explicación: el menosprecio al trabajo denodado, a las labores que requieren esfuerzo y disciplina, engatusados por el éxito fácil y cierta creencia generalizada de que todo vale lo mismo.

Ese pregón por la ignorancia toca también a las nuevas generaciones que con tal desfachatez dicen cualquier cosa cuando se los interroga, apenas leen los textos que se les comparten y han vuelto una rutina el copiar y pegar para resolver sus tareas. La información importante, según ellos, es la que logra ser tendencia en las redes sociales, se exhibe en los chismes de la farándula o toca el mundo de las figuras deportivas. Lo demás parece perderse en una nebulosa que lleva a una limitada forma para comunicarse y a un ansia por las novedades que ofrece la sociedad de consumo. Ardua tarea es hoy para los maestros y maestras incentivar y mostrar a sus estudiantes la importancia del conocimiento, la fuerza de las ideas, el patrimonio recogido en un legado cultural.

Y ni qué decir de todos aquellos intelectuales que por esta ramplonería y simplismo de la ignorancia altanera han pasado a ser mirados como seres extraños, en lugar de servir de referentes para el buen juicio o la toma de decisiones. Los políticos los señalan por ser críticos, los empresarios los acusan de no responder a la lógica de sus negocios, los comerciantes dicen no entenderlos y la gran masa los acepta como personas “bien particulares”. Hay una corriente, remachada por los medios masivos de información, que pretende minimizar su participación en temas sensibles para una sociedad porque no son “claros” o no saben cómo aumentar las audiencias. Es más, si no se ponen a tono con un lenguaje agresivo, estereotipado y soez, poco o nada contribuyen a exacerbar las pasiones irracionales de las masas.

Que todos tengamos zonas de ignorancia es inevitable; pero ufanarnos de ellas con fatuidad y mucha pedantería, resulta realmente reprochable. Y más aún en personas que dicen ser líderes o cabezas visibles de un grupo amplio de individuos. El acceso a la ciencia, la lucha por romper o contrarrestar el fanatismo movido únicamente por creencias infundadas, la conquista de pensar por cuenta propia, la ganancia de pluralidad de visiones para observar la realidad, todo ello ha significado el esfuerzo de muchas generaciones. La escuela existe porque reconoce ese legado y por eso dedica tiempo y formadores entusiastas –muchas veces en contravía de las familias– a recoger esa tradición, a leerla en sus textos, a aprenderla y conservarla como un tesoro, a convertirla en un escenario de gran altura para avizorar el porvenir. Por eso, darle al estudio el lugar que se merece, otorgarle a la inteligencia su justo rol en una sociedad, preferir el buen juico de la razón sobre la necia y tosca fuerza, supone denunciar a los que denigran del conocimiento, de la cultura en todas sus manifestaciones. E implica, además, defender el papel formativo de la educación, subrayar la clarificadora función de la investigación, insistir en los acuerdos razonados para convivir pacíficamente, confirmar la búsqueda de la luz de la sabiduría para no quedarnos confundidos y a tientas entre las tinieblas de la necedad.

Demasiadas lecciones tenemos en la historia sobre la actuación del ignorante con poder, del inculto adinerado. Arrasar, quemar, destruir, son acciones que van bien con su manera de entender el mundo y las personas. No debe resultar extraño, por lo mismo, que en un ambiente donde la ignorancia exhibe sus galas sin escrúpulos, se lea muy poco, se debata menos, se estigmatice al diferente o se tenga a la cultura como una invitada que entra por la puerta de atrás. Basten dos imágenes para representar este modo de desprecio hacia el saber: la de los bárbaros destruyendo la biblioteca de Alejandría y la noche de la quema de libros hecha por los nazis. En ambas situaciones lo que se exhibe como presea es que el conocimiento acumulado nada importa, que el sectarismo se impone al buen juicio, que las cenizas y la algarabía pesan más que las obras de la inteligencia.

Por eso hay que estar atentos, porque detrás de la ignorancia rampante y belicosa —aunada a la ostentosa riqueza— se esconden otras intenciones que terminan socavando o poniendo en peligro las grandes conquistas sociales e inmateriales de la humanidad. 

Diálogo entre la emoción y la razón

Ilustración de Jim Tsinganos.

Razón: Debes estar feliz con el resultado de las pasadas elecciones presidenciales, ¿no?

Emoción: Pues, para hablar con sinceridad, te diré que sí. Logré que un buen número de personas expresaran su rabia, su inconformismo, su resentimiento, su odio…

Razón: Eso noté, aún en las declaraciones de algunos candidatos perdedores…

Emoción: Sí, sabes bien que yo convoco a más personas que tú… soy el dinamismo de las masas.

Razón: Eso parece en un primer momento, tú eres la que está más a la mano… yo, en cambio, obligo a detenerse, a sopesar, a no responder al primer impulso, a medir las consecuencias de lo que se dice o de lo que se hace…

Emoción: Hoy en día eso no es tan importante. Lo que la gente quiere, y muy especialmente la juventud, es expresar su inconformismo, sea como sea, empleando cualquier tipo de medios…

Razón: Me preocupa mucho eso de que no importen los medios…

Emoción: A mí no, si se logran los fines; con el tiempo las personas olvidan los medios empleados.

Razón: A mí me parece que no todos los medios tienen el mismo valor o el mismo rasero moral…

Emoción: Ese término es tan relativo hoy… ya no estamos en un mundo de una única moral, con un único credo.

Razón: Pero, precisamente por ello, es necesario respetar algunas normas, unos mínimos, una ética que termine jerarquizando lo que consideramos valioso para una familia, una comunidad, un país… Si realmente nos interesa convivir con otros no podemos predicar aquello de que todo vale lo mismo.

Emoción: Te noto algo vieja para el mundo que vivimos, o quizá muy intelectualizada… como con exceso de lecturas y presa de tus mismos argumentos.

Razón: Tal vez sea eso lo que más te molesta, que, a diferencia de ti, reconozca el legado cultural que nos ha permitido avanzar como especie…

Emoción: Yo me siento más genuina; digo lo que siento, hago lo que quiero, me considero libre…

Razón: Ese es el problema: que detrás de tu presunta libertad se esconde una flagrante irresponsabilidad… lo que cuenta es tu mundo, tu entorno, tus preferencias, tus opiniones… el resto, o no te importa o no haces nada para considerarlo relevante.

Emoción: Bueno, así está el mundo hoy, y hay que estar a la moda, o si no terminamos como tú, desconectada de la gente, de la algarabía de las masas, del disfrute del presente.

Razón: Prefiero no quedarme solo en el inmediatismo del presente, siempre procuro entenderlo en esa tensión entre el pasado y el porvenir…

Emoción: Pero te privas del disfrute… hay que gozarse la vida tal y como venga, sin complicarla demasiado ni pensar tanto en los resultados…

Razón: No digo que no haya que gozar en el hoy… sin embargo, me sé más previsiva que impulsiva, más cuidadosa que derrochadora, más serena que impaciente. Soy como el dios Jano, que tengo una cara mirando hacia el pasado y otra avizorando el porvenir…

Emoción: Yo no soy así, lo que pasó ya pasó y de lo que pueda pasar, como no sabemos nada, lo  mejor es abandonarse al estallido del ahora…

Razón: Tal forma de actuar lleva a demasiados equívocos y en ello puedes arriesgar tu vida y la de muchos otros.

Emoción: Mis errores son sinceros, me salen sin demasiadas arandelas; además, como digo frecuentemente, que cada quien asuma sus riesgos como pueda…

Razón: Hay una sinceridad que se parece mucho al irrespeto, a la intolerancia, a la poca o nula importancia de los demás… Si estuvieras tú sola, no habría problema, pero vives y actúas con otros, construyes sociedad con los demás… y eso te pone en la dinámica de aquilatar tus derechos con tus deberes, tus libertades con tus responsabilidades…

Emoción: Creo que le das muchas vueltas al asunto, lo mío es más directo…

Razón: Porque le doy muchas vueltas a los asuntos es que puedo prever, juzgar, analizar y saber elegir el mejor camino, la mejor opción… Lo que tú ves como un defecto es, en realidad, mi ventaja sobre ti.

Emoción: Ojalá las personas actuaran así, pero en muchos asuntos cotidianos lo que mueve a la gente es el impulso emocional, que le atraiga o no una persona, que esté a gusto o no en determinada situación.

Razón: Y allí precisamente es donde aparece el papel de la crianza, de la educación para romper ese narcisismo de estar sometidos al capricho… Si no fuera por mí llevarías a las personas hacia los precipicios, si no te ofreciera algunas riendas andarías desbocada a todo momento y lanzando coces a diestra y siniestra…

Emoción: Tal vez por eso no me ha gustado ir a la escuela y por eso detesto los protocolos y por eso rompo cualquier tipo de ley…

Razón: Yo, en cambio, procuro por todos los medios recordarte los acuerdos, las normas de convivencia, los referentes axiológicos, el buen juicio para tomar una decisión, la prudencia, el bien común….

Emoción: Tú sabes que cuando llego a mi punto límite, todo eso queda como en lejanía… Soy alguien que prefiere el torbellino del carnaval… mañana será otro día.

Razón: Después de la borrachera de la fiesta, viene la resaca y, con ella, el remordimiento, la desazón, el reencuentro con la propia conciencia…

Emoción:  A lo mejor me dolerá la cabeza, pero, como dicen, nadie me quitará lo bailado…

Razón: Es un modo demasiado corto de actuar y justificarte…

Emoción: La vida es tan breve…

Razón: Y, por eso mismo, hay que tener cierta sabiduría para sacarle el mejor provecho…

Emoción: Creo que te pierdes muchas cosas por hacerlas depender de la bendita sabiduría…

Razón: Por el contrario, es gracias a esa sabiduría como he ido aprendiendo a gozar la vida. Se disfruta mucho más lo que podemos comprender.

Emoción: Bueno, pero volviendo a nuestro asunto inicial, dime si yo no soy definitiva al momento de elegir a un candidato…

Razón: Ya lo creo… Y eso lo saben bien los publicistas o estrategas de comunicación de masas…

Emoción: ¿Ves? ¿de qué sirves tú y tus propuestas tan elaboradas si en últimas lo que prima en la gente es el impulso de mis motivos…?

Razón: Lo has dicho bien, el momento del impulso… pero, ¿después?, ¿qué hacer con las consecuencias de ese impulso?

Emoción: Eso ya será otro asunto…

Razón: No, pienso que ese es el punto de fondo que nos diferencia… A mí sí me preocupa lo que viene después de ese impulso gobernado por tu mano; a mí me parece demasiado riesgoso, para ti misma y para las personas incendiadas por tu voz, decidir asuntos esenciales guiándose solamente por el caudal exaltado y repleto de tu agitación. 

Emoción: Qué culpa tengo yo, así son los seres humanos…

Razón: Así nacemos, pero ese no es un determinismo de lo que debemos ser… Al hombre le está permitido formarse, desarrollarse, afinar sus sentidos… convertir tu fuerza en una genuina experiencia transformadora.

Emoción: O sea que alguna importancia tengo…

Razón: Claro que sí, qué sería del arte sin tu caldo de cultivo, que sería de las interrelaciones humanas sin tu atracción vinculante, qué sería de la existencia sin tu paleta de colores….

Emoción: Ya decía yo que no era cualquier cosa…

Razón: No niego tu importancia… Lo que afirmo es que no siempre eres la más idónea consejera, especialmente cuando se trata de la toma de decisiones, y que muchas veces por obedecer a tus fugaces lancetazos las personas terminan eligiendo aquello que menos les favorece o echan a pique lo que con tanto esfuerzo han construido.

Emoción: Te pusiste fatalista.

Razón: Más bien, realista.

Emoción: En todo caso, tú sin mí no logras calar en el corazón de la gente…

Razón: Y tú, sin mi discernimiento, erizarás su piel, pero poco o casi nada su inteligencia.

Emoción: Con tal de conmover sus entrañas, ¡qué otra cosa se puede pedir!

Razón: Yo aspiro a algo más: a poner en armonía el fuego de su corazón con el ininflamable brasero del juicio crítico.