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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Antologías de poesía

Rubén Darío, el gran mestizo

15 domingo Jun 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Etiquetas

Antologías de poesía, Didáctica de la literatura, El modernismo literario, Félix Rubén García Sarmiento

Rubén Darío: «Por eso ser sincero es ser potente…»

Ahí está ante nosotros. El gran mestizo. De ojos y labios grandes. De rasgos marcados por algún ancestro indígena. Ahí está, con su sombrero amplio, aunque también lo vemos de traje militar, de sable y charreteras. Ahí está el mestizo de bigote encorvado hacia arriba en sus puntas, Ahí está, pensativo, de riguroso vestido oscuro o frac de corte inglés. Ahí está, con su hábito imaginario de monje, como si fuera un segundo Dante. Ahí está el mestizo en su lecho de muerte. Ahí está Rubén Darío. El mestizo.

Aquí está con nosotros la figura de Rubén Darío, la persona de Félix Rubén García Sarmiento, el poeta nicaragüense: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre africana, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles (…) Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenque y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”.

Rubén Darío, el mestizo. 49 años de vida. Dos fechas: 1867-1916.Varios lugares: Chile, Buenos Aires, Costa Rica, París, Alcalá. Prosas, versos, infinidad de artículos. Rubén Darío y sus obras: Abrojos, Rimas, Azul, Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza, El Canto errante, Canto a la Argentina… Rubén Darío, el mestizo.

YO PERSIGO UNA FORMA

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo.

Botón de pensamiento que busca ser la rosa;

se anuncia con un beso que en mis labios se posa

al abrazo imposible de la Venus de Milo.

 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo:

los astros me han predicho la visión de la Diosa;

y en mi alma reposa la luz como reposa

el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

 

Y no hallo sino la palabra que huye,

la iniciación melódica que de la flauta fluye

y la barca del sueño que en el espacio boga;

 

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,

el sollozo continuo del chorro de la fuente

y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”.

II

Rubén Darío, un poeta que, según Martín de Riquer y José María Valverde, partió en dos la literatura hispanoamericana. Con Rubén Darío se inicia verdaderamente nuestra historia literaria. Octavio Paz así lo corrobora: “Darío no es únicamente el más amplio y rico de los poetas modernistas: es uno de nuestros grandes poetas modernos. Es el origen”. Otro tanto ha dicho el narrador argentino Manuel Gálvez: “Darío enseñó que cada palabra tenía un valor musical.; él aumentó el dominio de la sensibilidad; él nos hizo ver que la poesía era una arte serio, no un ejercicio de retóricos; él modernizó nuestra lengua e inició la formación de un castellano nuevo, y él, al propagar la obra de tantos escritores extranjeros desconocidos, fue un profesor de cultura”. Gracias a Darío nuestra poesía salió de un enclaustramiento imitativo y accedió a lo universal, aspiró a lo posible, se propuso inventar. El crítico literario Enrique Anderson Imbert aclara cuál fue ese gran aporte: «Rubén Darío dejó la poesía diferente de como la había encontrado (…) Sus cambios formales fueron inmediatamente apreciados. La versificación española se había reducido, durante siglos, a unos pocos tipos. De pronto, con Rubén Darío se convirtió en orquesta sinfónica. Dio vida a metros y estrofas del pasado, aun a los que sólo ocasionalmente se habían cultivado, haciéndolos sonar a veces con imprevistos cambios de acento; y además inventó un lenguaje rítmico de infinitas sorpresas, sin salir de la versificación regular. Que otros lo aventajaron en el dominio de tal o cual forma métrica tradicional, es posible; pero nadie pudo haberle disputado el señorío sobre la mayor diversidad de metros en nuestra lengua. No sólo desarrolló todas las posibilidades musicales de la palabra, sino que para cada estado de ánimo usó el instrumento adecuado. Leyéndolo uno educa el oído; al educarlo, más planos sonoros aparecen en el recitado. Por su técnica verbal Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia literaria en un ‘antes’ y un ‘después’. Pero no sólo fue un maestro del ritmo. Con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte».

Pedro Salinas, en el amplio estudio que le dedicó a Rubén Darío, dice que su poesía se articula desde tres principios activos, desde tres pilares, o tres líneas rectoras: de un lado, el erotismo agónico, el eros sin amada; de otro, la preocupación social y, por último, su ideal de arte en donde Darío halla un espacio innovador. Escribe Salinas: “El alma de Rubén actuó sobre estos tres temas tan disímiles como opera siempre el espíritu poético original, a manera de fuerza correlacionante, de potencia combinatoria, la cual percibe las secretas proximidades de las cosas lejanas y apartadas, sus misteriosas referencias a un centro común, y atrayéndolas desde sus distancias, realiza en sí el inesperado contacto, del cual tan sólo él descubrió que eran capaces”.

Rubén Darío fue puente, enlace, animador, espectador, crítico y capitán de la batalla modernista. Con él empieza el Modernismo y con él acaba, pero su obra –afirma Octavio Paz– “no termina con el modernismo: lo sobrepasa, va más allá del lenguaje de esta escuela y, en verdad, de toda escuela. Es una creación, algo que pertenece más a la historia de la poesía que a la de los estilos”. En “El canto errante” Darío se confiesa y resume sus convicciones creativas:

“Yo he dicho: Ser sincero es ser potente. La actividad humana no se ejercita por medio de la ciencia y de los conocimientos actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Yo he dicho: Es el Arte el que vence el espacio y el tiempo. He meditado ante el problema de la existencia y he procurado ir hacia la más alta idealidad. He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar en el alma de los demás, y hundirme en la vasta alma universal. He apartado  asímismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del mundo, y he visto con desinterés lo que a mí yo parece extraño, para convencerme de que nada es extraño a mi yo. He cantado, en mis diferentes modos, el espectáculo multiforme de la naturaleza y su inmenso misterio. He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la historia, los poetas, los ensueños, las esperanzas. He impuesto al instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo a mi vez órgano de los instantes, vario y variable, según la dirección que imprime el inexplicable Destino”.

Con lo ya expuesto, podemos decir que la importancia de Rubén Darío, la validez actual de sus creaciones y sus ideales estéticos radica en esa “voluntad de estilo”, en esa sinceridad por decir lo propio.  Darío es un poeta que inaugura el no avergonzarse de lo personal, que sobrepasa la tradicional manera de copiar y sopesa las fuerzas de todas las influencias. Darío es el poeta que se atreve a inventar, diciéndonos, eso sí, el riesgo que conlleva tal invención. Darío abrió, dejó libres las esclusas de la creatividad. Darío persiguió lo imposible y eso lo torna absolutamente moderno; husmeó en los límites, se aventuró a ir a tientas por los recovecos del arte, no imponiendo un modelo o un código literario, sino proclamando la invencible voluntad de crear:

“Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear (…) El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia”.

III

Dejemos por un momento la poesía y los poemas de Darío y miremos de cerca al Modernismo. El modernismo es más que una escuela, fue un tipo de actitud. “Un estado de conciencia”, escribió el historiador y crítico literario uruguayo Alberto Zum Felde. Y también fue, según el pensar de Pedro Henríquez Ureña, un alzamiento contra la pereza romántica, mediante la autoimposición de severas disciplinas, tomando ejemplos de Europa, pero pensando en América, según el “juicio criollo” de Martí, los “Cantos de Vida y Esperanza” de Darío y el “Sentimiento americano” de José Enrique Rodó. El modernismo bien puede considerarse como un estado de maduración de la cultura americana, un añejamiento, un árbol que por fin muestra sus frutos. O, en otros términos, el Modernismo es la inserción americana en el tiempo universal.

Pero el Modernismo es, de igual modo, una postura que divorció la poesía de la política: a un lado quedaron, entonces, el general y el dictador, la levita, el guante blanco, y en el otro, el poeta. El Modernismo hizo claridad ética. Igualó el ideal de la belleza y el ideal de la verdad.

Octavio Paz, en un magnífico ensayo “EL caracol y la sirena”, nos aclara aún más lo que era el arte para los modernistas: “El Modernismo no fue una escuela de abstención política sino de pureza artística. Su esteticismo no brota de una indiferencia moral. Tampoco es un Hedonismo. Para ellos el arte es una pasión, en el sentido religioso de la palabra, que exige un sacrificio como todas las pasiones. El amor a la modernidad no es el culto a la moda: es voluntad de participación en una plenitud histórica hasta entonces vedada a los hispanoamericanos. La modernidad no es sino la historia en su forma más inmediata y rica. Más angustiosa también: instante henchido de presagios, vía de acceso a la gesta del tiempo”.

Con el Modernismo por fin tenemos –como quería Martí– vino añejo, aunque fuera de plátano. Por fin tenemos vino propio. Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, José Martí, Rubén Darío… El anacronismo colonial ha quedado sepultado.

IV

Pero volvamos de nuevo a Félix Rubén García Sarmiento. Volvamos a Darío. Y preguntémonos, ¿qué color enmarca su obra? Por supuesto el azul, el azul que le viene de Víctor Hugo. El arte es azul. El azul que es perfección, melodía ideal, belleza. Azul de aguas tranquilas, azul de cielo sin nubes. Aunque a veces el azul es suma blancura.

¿Y habría algún mito que identificara la poesía de Darío? Desde luego: el mito de Leda y el Cisne. El mito de la belleza permutada. De un lado, la diosa, la perfección desnuda y, de otro, el cisne como cantor que intenta poseerla. Leda y el Cisne: unión de la noche y el sol. Leda y el Cisne, posibilidad de que el poeta consiga el ideal, de que el anhelo encarne. Y, sin embargo, mito que explica también una imposibilidad. El cisne canta un himno de muerte. Siempre huye la diosa, siempre huye la palabra.

Nos quedaría por saber si hay en Darío alguna flor, ¿alguna flor en particular? Puede que no sea tan particular, es común en la poesía: la rosa. La rosa de dolor, la gracia femenina. La rosa boca de princesa. La rosa en botón, la que quiere ser la rosa. La blanca rosa. “La rosa sexual que al entreabrirse conmueve todo lo que existe”.

¿Y qué nombre de mujer llenaría las hojas del diario íntimo de Darío? ¿Qué mujer es derrotero en su camino? El nombre ideal sería el de Venus. O si se prefiere una mujer bifronte, que sea agua y sangre al mismo tiempo; es decir, que conjugue a Eva y Salomé. Pero en la vida real Darío optó por la hembra, e hizo de las mujeres, la mujer. Rosario Murillo, Rafaela Contreras, Francisca Sánchez. En todo caso, Darío no fue un hombre afortunado en el amor. La mujer fue siempre para él la gran pregunta sin respuesta. El enigma distante.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

Como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

 

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

 

‘¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;

Y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar’.

El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar”.

V

En todas las antologías de poesía hispanoamericana no pueden faltar los versos de Rubén Darío. Esos poemas ya hacen parte de la memoria colectiva de los latinoamericanos. Por ejemplo, el inicio de la “Canción de otoño en primavera”: “¡Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver!”; o las primeras líneas de “Sonatina” que aparece en la mayoría de los libros de lectura: “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”. Los antologistas coinciden en destacar un poema como “Lo fatal”, dedicado a su amigo y poeta chileno René Pérez, que ilustra bien el alma melancólica de Rubén Darío:

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos…!”

También coinciden los críticos en elogiar el primer largo poema de Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía” o el poema XIV titulado: “Marcha triunfal”. Y cómo no sumar a esa selección el “Coloquio de los centauros”, “Los motivos del lobo” o la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, ese homenaje a la figura literaria del supremo ideal que empieza con unos versos magníficos:

“Rey de los hidalgos, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de ensueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

por la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón.”

La selección puede ampliarse y prolongarse. No obstante, quedémonos con un poema más, uno de los finales de Prosas profanas y otros poemas, “Alma mía”:

ALMA MÍA

Alma mía, perdura en tu idea divina;

todo está bajo el signo de un destino supremo;

sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo

por el camino que hacia la Esfinge te encamina.

 

Corta la flor al paso, deja la dura espina;

en el río de oro lleva a compás el remo;

saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,

y sigue como un dios que sus sueños destina…

 

Y sigue como un dios que la dicha estimula,

y mientras la retórica del pájaro te adula

y los astros del cielo te acompañan, y los

 

ramos de la Esperanza surgen primaverales,

atraviesa impertérrita por el bosque de males

sin temer las serpientes, y sigue, como un dios…”

VI

Leopoldo Lugones declaraba que la influencia de Rubén Darío fue definitiva para la moderna poesía española: “después de él, todos cuantos fuimos juventud cuando él nos reveló la nueva vida mental, escribimos de otro modo que los de antes. Los que siguen, hacen y harán lo propio. América dejó ya de hablar como España, y en cambio ésta adopta el verbo nuevo. El pájaro azul cantaba y detrás de él venía el sol”. En esa misma perspectiva se expresó Jorge Luis Borges: “cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa, inasible y sutil ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro” (…) Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magua peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y des sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”. Por todas estas razones y por sus lecciones estéticas de caminar sin miedo por el “vago desierto de la página blanca” es que vale la pena releer a Rubén Darío, el gran mestizo.

TODO LO QUE ENIGMÁTICO DESTINO…

Todo lo que enigmático destino

ponga de duro, o ponga de contrario

al paso del poeta peregrino:

flecha de tenebroso sagitario,

insulto de sayón, o golpe rudo,

caída en el camino del Calvario,

lo resiste quien lleva por escudo,

tranquilo y fuerte en la gloria del día

y con el sueño azul en la cabeza,

la devoción de la Alta Poesía

y de Nuestra Señora la Belleza”.

Carta a un futuro lector de poesía

16 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA

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Alimentar el espíritu, Antologías de poesía, Leer poesía

André Letria

Ilustración de André Letria.

Estimado amigo,

El hecho de que me hayas compartido tu inquietud de empezar a leer poesía o, como afirmaste, de “aprender a degustar los versos”, ya es un buen indicio de un espíritu sensible a este tipo de escritos. Si la inquietud y la curiosidad se suman a una porosa sensibilidad, lo que deseo comentarte a continuación ya tiene una buena tierra para tus deseos. Y, si como he comprobado, disfrutas de la música, del cine, además de preocuparte por la fragilidad de tus semejantes, te será más fácil y placentero entrar en los rítmicos y concentrados ambientes de la poesía.

Antes de cualquier cosa, déjame decirte que la poesía hay que empezar a degustarla con lentitud. No es un alimento para “atragantarse” o comer a toda prisa. Esto exige un tipo especial de disposición o, si lo prefieres, un estado del espíritu para dejarse “habitar” por un verso, unos términos precisos, una metáfora. Más que leer de afán, la poesía pide a sus lectores la rumia, la relectura, el ir encontrando la melodía oculta tras cada línea de palabras. Es posible que muchos poemas no te digan nada en un inicio o que parezcan demasiado herméticos al entendimiento, pero si vuelves una y otra vez a ellos, si afinas tu escucha interior, seguramente descubrirás el mensaje entreverado entre el bosque de imágenes.

Pero, ¿por dónde comenzar?, te estarás preguntando. Sé que hay muchas vías para llegar a la poesía. A veces es un regalo casual o el encuentro de un libro de versos en una librería que, por simple curiosidad, abriste al azar un poema y hubo como una revelación en aquella corta composición. O puede suceder que alguien habla de un poeta que le fascina, de una obra que admira, y tú, entusiasmado por esos comentarios, buscas el libro para comprobar tal exaltación, aunque al tenerlo entre tus manos descubras que no producen en ti ni las emociones ni el fervor del que hablaba tu amigo. Hasta es posible, aunque eso no es lo común, que en tu mente hayan quedado recuerdos de tus estudios escolares de literatura y quieras seguir indagando en otras obras poéticas de un autor que aprendiste de memoria… Pero, si nada de esto tienes a tu favor, yo te recomiendo adquirir o empezar a leer antologías de poesía. Estos libros recogen un buen número de poetas y una muestra representativa de sus obras. Es como tener en una sola mesa diversidad de platos de diferentes latitudes, con múltiples sazones y variados sabores. Allí podrás catar, degustar, provocarte y decidir después, si lo prefieres, alimentarte leyendo un particular libro de poemas de un poeta. Las antologías son como una galería en la que apreciamos estilos, tendencias, motivos recurrentes, formas y tonalidades reunidas en un solo lugar, y al que podemos acceder con solo abrir una de sus páginas.

Aunque hay preferencias también en esto de las antologías te voy a mencionar algunas de las que, para mi gusto, son un buen principio para adentrarse en la lectura de poesía. La primera es la Antología de la poesía moderna en lengua española, “Laurel”, de editorial Séneca, que luego en su segunda edición fue editada por Trillas, de México. El prólogo de la primera edicición lo hizo el poeta Xavier Villaurrutia y el epílogo de la segunda, Octavio Paz. De esta antología destaco el excelente ojo selectivo de los compiladores y unas notas en las que podrás hallar los títulos de obras de poesía de los autores recopilados que te permitirán profundizar en los poetas de tu mayor interés. La segunda antología, que visito con devoción, es la de José Olivio Jiménez: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1970. El compilador y prologuista hace un perfil de cada poeta seleccionado que resulta de gran ayuda para los neófitos en este campo de la lírica. Un tercer libro, si es que deseas enterarte y ponerte en contacto con los grandes poetas universales es la antología de Francisco Rico titulada Mil años de poesía europea de editorial Crítica. Además de presentar datos claves de cada uno de los autores, la antología abarca desde El romancero castellano, pasando por figuras como Dante, Góngora, Milton, Hölderlin, Byron, Keats, Baudelaire, Cavafis, Rilke, Pessoa,  hasta poetisas contemporáneas como Wyslawa Zymborska; contiene variedad de nacioanalidades y, hacia el final, incluye un índice de procedencias de los textos que te será de gran ayuda por si quieres adentrarte en alguno de esos maestros del verso. Me gustaría recomendarte, de igual modo, la Antología de poesía en lengua española (1950-2000), titulada Las ínsulas extrañas, cuyos compiladores son cuatro grandes poetas: Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela. La obra muestra un rigor y mantiene un criterio que avalo y me parece fundamental en obras de este tipo; es decir, en “escoger siempre poemas unitarios” y no fragmentos. Finalmente, y para no hacer demasiado extensa esta misiva, me gustaría sugerirte un libro más. Se trata de la Antología de la poesía colombiana, seleccionada por Rogelio Echavarría y publicada por el Ministerio de Cultura y el Áncora editores. El viaje que propone este volumen te llevará desde los poetas y poemas más conocidos en la lírica colombiana hasta otros autores nacionales del siglo XX.

Lo indicado, entonces, es elegir una de esas antologías, tenerla a la mano y comenzar el ritual que llamo “alimentar el espíritu”. Se trata de sacar un tiempo en tu jornada cotidiana para leer uno de esos poemas, saborearlo con atención y, en lo posible, guardar en la memoria uno o dos versos. Te confieso que llevo muchos años con esta dieta nocturna de poesía y he descubierto que no sólo he nutrido mi alma con exquisitos manjares de cincelada poesía, sino que he notado cómo ese pan de palabras me ha posibilitado educar mi sensibilidad, aguzar mi mirada sobre mi mismo y los demás, volver más dúctil mi mente para establecer relaciones y flexibilizar las aristas de mi temperamento. Desde luego, no es que ese ritual muestre en pocas noches tales beneficios; más bien se trata de ir creando un espacio en tu interioridad para dejar que la poesía repose su vuelo de ave sutil; de que dispongas el corazón –si te resulta más cercana la expresión– para comprender los mensajes de este modo de conocimiento que no prefiere los largos tratados o las argumentaciones interminables, sino más bien la síntesis expresiva, lo alusivo, el reverberar de la connotación y una complicidad hecha de confesiones y testimonios a sotto voce. Todo ello te irá acostumbrando a un modo de comunicación en el que cuenta la música de las palabras, el ritmo entre ellas, a la par que una cuidadosa y tallada organización de las palabras. Si esto haces, te aseguro que con el tiempo irás encontrando un sentido a los poemas que antes te parecía extraño o inasible. De alguna manera, acercarse a la poesía se parece mucho a los escarceos y adivinaciones, a las preguntas ansiosas y los misteriosos silencios que padecemos cuando estamos comenzando una atracción amorosa.

Seguramente,  el ritual de “alimentar el espíritu” con poesía te irá llevando a conocer un poeta que te guste, que haga sintonía con tu espíritu. Cuando ya tengas identificado tal autor, lo que sigue es buscar uno de sus libros y, como supones, mirarlo, releerlo, apreciar sus recurrencias, su modo de concebir un mundo o sus aproximaciones a las múltiples manifestaciones de la condición humana. Y si las antologías te dieron la posibilidad de tener una mirada en extenso de la poesía, ahora, al entrar de lleno en un libro de un poeta específico, lo que obtendrás será profundidad. Podrás, por decirlo así, convivir con ese autor, conocer a fondo las coordenadas de su visión de las personas, la sociedad o el universo. Hasta llegarás a descifrar su tono de enunciación lírica y las marcas que lo diferencian de sus colegas de oficio; tendrás las claves de sus obsesiones, sus búsquedas, sus cuestionamientos o sus propuestas. Es posible que terminado uno de los libros de ese poeta, te resulte tan fascinante que desees adquirir otra de sus obras y proseguir en esa aventura de desciframiento y hondura en sus textos. De igual modo es posible que al comenzar esta pesquisa, leído el libro seleccionado, concluyas que no te produce el mismo efecto o que sientas que no hay unos lazos de filiación con el poemario elegido. No tienes que preocuparte por eso. Lo aconsejable es quedarte con los poemas que más te “llegaron al alma” o esos otros que “conmovieron tu inteligencia”. Los libros de poesía no son un recetario infalible o un menú en el que deben gustarnos todos los platos. Es más: a veces cuando después de un tiempo vuelvas a leerlos, descubrirás poemas que antes te parecían insustanciales y ahora, cobran un interés inusitado. Esto sucede porque la materia prima de la poesía es el hombre mismo, sus angustias, sus esperanzas, sus lamentos y sus júbilos; y por estar hecha de esa sustancia, por tener esa pátina de historia humana, cuando leemos esos poemarios, vamos subrayando los versos que, según nuestra edad, de acuerdo a las experiencias acumuladas, nos parecen tan cerca como para conmovernos hasta la exaltación o nos resultan tan lejanos que ni siquiera nuestros ojos llegan hasta el final de esos textos.

No sobra decirte que cada poema te planteará una estrategia de lectura diferente. Hay poetas que preferirán los versos rimados y otros que manteniendo una música interna usarán el verso libre. Algunos autores acudirán a las formas clásicas, como el soneto, y otros más, crearán su propia manera de decirse o experimentarán en el espacio mismo de la página. Varios de ellos pedirán de ti una inspiración larga y continua para entonar sus versos y, otros, serán tan breves que exigirán de ti una respiración rápida y ligera. Encontrarás poetas cuyos versos se ofrecerán tan claros que te asombrarás de su limpidez o su resplandor, pero de igual modo te hallarás con poemas herméticos, con un simbolismo que pedirá mucho a tu imaginación y te invitarán a husmear en las correspondencias de ese extenso tapiz de la cultura. Habrá poetas que llevarán hasta la cima más gloriosa un tema, una situación, un sentimiento, como también te encontrarás a otros rapsodas que explorarán en distintos tópicos o irán circundando territorios disímiles de la existencia. Es probable que te encuentres con hacedores de versos en los que el humor o la ironía sean su medio de interpelarte como lector, y otros que utilizando un tono profético en sus versos te desacomodarán de tus creencias más aferradas. Tal es la variedad y tal la riqueza de la poesía, como múltiples y plurales son los senderos del arte y, en particular, de la literatura. 

Ahora bien, cuando empieces a leer un poema en concreto te recomiendo seguir esta vía: lees un verso, lo relees, sigues con el siguiente, lo vuelves a leer, sumas el primero y el segundo, y luego continúas con el tercero, repitiendo este avanzar y retroceder por los diferentes apartados del poema. Terminada la última línea, llevas tu mirada hasta la primera y repasas con tus ojos todo el texto. Te preguntarás por qué recomiendo esta manera de lectura; la razón es sencilla: el poema exige de nosotros la conciencia de su estructura, su ritmo y la concatenación entre sus versos. Si no logramos establecer su continuidad nos quedaremos con muñones de palabras o con ciertas imágenes desagregadas del conjunto. O lo que resulta más grave, podemos tergiversar lo que en su esencia es el eje comunicativo del poema. Si no estamos atentos, y más tratándose de la poesía, perderemos la esencia de su concentrado perfume, la contundencia de su cauce expresivo. La reiteración de sus partes, la lectura en voz alta, la búsqueda del tono adecuado para hacerlo resonar en nuestros entendimiento, son los mejores medios para disfrutarla cabalmente. No sobra repetírtelo: la lectura de poesía es una práctica de la lentitud, del disfrute sosegado, de la dilación que permite aflorar la contemplación y el ensimismamiento, del goce que no espera concluir cuanto antes el poema, sino regodearse con la formas sintéticas de las ideas y el encuentro inesparado de las palabras.

Unas reflexiones finales, querido amigo. La lectura de poesía es un modo de cuidarnos, de cultivar el espíritu o de establecer momentos para el diálogo personal. Es una especie de oración laical, de meditación sobre nuestra condición humana, que fue durante siglos un arte valioso y profusamente encendido en las nuevas generaciones por la escuela. En nuestros tiempos, en los que la lógica de la prisa y el afán desmedido por la posesión de cosas nos han ido alejando de la conversación con nosotros mismos, en la que parece banal el cultivo de nuestra interioridad, se ha ido perdiendo o refundiendo este contacto con la poesía. Tú me has escuchado confesarte que hasta la misma escuela ha claudicado en este empeño de convertir a la poesía en una aliada para la formación de las nuevas generaciones en la sensibilidad y el conocimiento de las emociones. Por eso mismo, al escuchar tu interés por adentrarte en la poesía, me he llenado de alegría. Tal vez ese júbilo haya sido el detonante de esta carta, porque sé que al ponerte en contacto con la poesía,  entrarás a una hermandad que aboga por conservar intacto el asombro de los niños, por mantener en alto la magia de las palabras y por enaltecer las secretas relaciones entre la música y el silencio.

Así que, mientras sirvo una copa de vino –porque este licor vino tinto y el canto de la poesía hacen un maridaje perfecto– para celebrar tu ingreso a la fraternidad de amantes de la poesía, te auguro el mejor de los viajes por esta forma literaria en la que se conjugan en contados versos las palabras pulidas, la emoción recordada  y la levedad del pensamiento. ¡Salud!

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