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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Comentario de poemas

Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro

29 jueves Ene 2026

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Comentario de poemas, Vicente Huidobro

Ilustración de Marcelo Escobar.

Alexander: En las pasadas vacaciones de fin de año volví a leer Altazor de Vicente Huidobro.

Diana María: Sí, yo conocí esa obra cuando estudiaba literatura. Altazor o el viaje en paracaídas.

Alexander: Es un poema extenso en siete cantos… Con esta obra Huidobro le dio a la poesía latinoamericana nuevas fuerzas y posibilidades creativas.

Diana María: Este poeta chileno escribió otras obras tanto en prosa como en verso… Me acuerdo ahora de Las pagodas ocultas, El espejo del agua, Poemas árticos,

Alexander: El ciudadano del olvido, Poemas giratorios, Temblor de cielo…

Diana María: Pero su obra cumbre, sin lugar a dudas, es Altazor.

Alexander: Mira, aquí tengo el ejemplar que terminé de leer. ¿Quieres que te recuerde algunos apartados:

Diana María: Vamos a retroceder en el tiempo… Te escucho:

Alexander:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa

con la espada en la mano?

¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como

el adorno de un dios?

¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?

Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir

¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos

los vientos del dolor?

Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor

Estás perdido Altazor

Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

¿En dónde estás Altazor?

Diana María: Para mí Altazor es el periplo de una caída…

Alexander: Sí, así es:

“Eres tú tú el ángel caído

La caída eterna sobre la muerte

La caída sin fin de muerte en muerte

Embruja el universo con tu voz

Aférrate a tu voz embrujador del mundo

Cantando como un ciego perdido en la eternidad”.

Diana María: Haciendo memoria, me parece que Altazor es un poema difícil. Un poema que es, según los críticos literarios, una rebelión de la palabra. La misma construcción del poema se asemeja a un Génesis invertido, una creación a partir de otra creación fallida.

Alexander: Sí, para el lector, es un camino complejo, porque el poema nos habla de la caída, de la encarnación del espíritu o el conocimiento.

Diana María: Altazor, y espero no equivocarme, fue escrito cuando el poeta tenía 33 años.

Alexander: Pero duró escribiéndolo como doce años, haciéndole cambios y transformaciones. Cambios que también eran los propios del autor…

Diana María: Desde el día que lo leía por primera vez me impactó el inicio del poema: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor”.

Alexander: Además de esa entrada, a mí me sorprendió la conclusión del poema, una serie de sonidos que bien pudieran ser el balbuceo de un niño, el gruñido de una bestia o las palabras con las que hablaban primigeniamente los dioses:

“Ululayu

ulayu

ayu yu

Lunatando

Sensorida e infimento

Ululayo ululamento

Plegasuena

Cantasorio ululaciente

Oraneva yu yu yo

Tempovío

Infilero e infenauta zurrosía

Jaurinario ururayú

Montañendo oraranía

Arorasía ululacente

Semperiva

Ivarisa tarirá

Campanudio lalalí

Auriciento auronida

Lalalí

Io ia

Iiio

Ai a i ai a i i i i i o ia”

Diana María: Es la palabra aunada a la música… el ritmo original de la vida.

Alexander: Altazor, según lo expresó Huidobro, es el recorrido que va del cenit al nadir, del vientre de la madre o del borde de la estrella a la muerte o a la tierra. El poeta decía que esta caída es el miserable destino del hombre; que la vida está enjaulada por ese destino y que, este viaje en paracaídas rueda entre rocas de sueño y nubes de muerte:

“¿No ves que vas cayendo ya?

Limpia tu cabeza de prejuicio y moral

Y si queriendo alzarte nada has alcanzado

Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra

Sin miedo al enigma de ti mismo

Acaso encuentres una luz sin noche

Perdida en las grietas de los precipicios”.

Diana María: En un trabajo que presenté en aquella época sobre esa obra yo decía que la caída de Altazor era una lucha entre estar amarrado a la puerta o abrirla definitivamente, y que se iba dando por estratos. El poeta cae por escalones fantásticos. En el primero de ellos se encuentra al creador quien le dice que los hombres han pervertido la lengua: la bella nadadora. Luego, sigue cayendo y se enreda en una estrella apagada y es desde allí que habla de la poesía y del poema: enuncia su Génesis.

Alexander: Así lo expresa Huidobro en el Prefacio de la obra:

“Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Un poema es una cosa que será.

Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento”.

Diana María: Más adelante el aeronauta se encuentra con la virgen, la virgen que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes. Ella le promete al poeta enseñarle proezas aéreas a cambio de su amor; sin embargo, cuando el poeta duerme y recita sus versos, seca con sus palabras los cabellos de la virgen, quedándose solo, huérfano. Es, entonces, cuando Altazor aparece.

Alexander: Aquí tengo esa aparición: “Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta”.

Diana María: En mi trabajo, precisamente, insistí en eso: en la profecía, que es uno de los aspectos fundamentales de Altazor. La profecía o el imperio de la palabra. Profecía dada desde la magia, la poesía o el sueño; todas ellas son, como diría Huidobro, las llaves que abren con un suspiro la puerta que ha cerrado el huracán. Poesía, sueño, magia: líneas de evasión que intentan salvar al hombre de la caída inevitable. Aunque no sé si lo salvan en verdad. ¿Cómo salvar al hombre de la caída si está cayendo? Me parece que el final de Altazor deja un lugar para el miedo, el silencio, el vértigo; un lugar para el dolor, aquel secreto tenebroso que olvidó sonreír.

Alexander: Leyendo con cuidado y glosando el poema, noto que desde el prefacio de Altazor hasta el canto VII, Huidobro repite un movimiento de caída, de viaje hacia abajo, hacia la muerte. Y lo hace en dos instancias: el hombre y la palabra. El primero va desde el dolor de ser isla, orquesta trágica, hasta la desmesura enferma o el ángel caído. El hombre se mueve entre la piel y el sentimiento, o entre la nostalgia de ser barro y Dios, al mismo tiempo. La otra instancia se desarrolla con la misma intensidad, pero en el terreno de la palabra, del lenguaje: desde el precepto trágico o el símil gastado hasta el nuevo lenguaje. Se trata de la palabra profética en donde ya no hay trampas o simulación porque se habla desde la herida. Tanto en una como en otra instancia, Huidobro anhela romper dichos espacios, quiere salir de ese destino. Por un lado, usando una “lengua mojada en mares no nacidos”; por otro, atando sus pies a la estrella propia.

Diana María: Noto que tu perspicaz lectura se emparenta con algo que yo también averigüé en ese trabajo para el profesor Figueroa: Huidobro considera que el hombre es un animal fraterno desnudo de nombre que está junto al abrevadero de sus límites. El hombre está mordido por la eternidad; la serpiente se llama: ansia de infinito. De igual manera, la palabra o el verso vive su tragedia al no poder salir de las sienes, al estar también entre los barrotes de la temporalidad. ¿Qué queda, entonces? Quizá renegar, maldecir, pedir cuentas: ¿por qué, ¿para qué? De pronto, porque al hombre sólo le ha quedado la posibilidad de la pregunta.

Alexander: Cómo hay de preguntas en Altazor.

“Ángel expatriado de la cordura

¿Por qué hablas? ¿Quién te pide que hables?

Revienta pesimista mas revienta en silencio

Cómo se reirán los hombres de aquí a mil años

Hombre perro que aúllas a tu propia noche

Delincuente de tu alma

El hombre de mañana se burlará de ti

Y de tus gritos petrificados goteando estalactitas

¿Quién eres tú habitante de este diminuto cadáver estelar?

¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad?

Átomo desterrado de sí mismo con puertas y ventanas de luto

¿De dónde vienes? ¿a dónde vas?”

Diana María: Pienso que las posibilidades de Altazor son esas: cantar, maldecir, renegar. Esta ave de las alturas protesta y araña el infinito con las garras, y calla únicamente cuando la tierra va a dar a luz un árbol o cuando la mujer, la dadora de infinito, se presenta ante él y hace dudar al tiempo. La mujer, la vida, la profundidad de toda cosa, la otra voz que crea un imperio en el espacio. Sin embargo, Altazor advierte que tanto él como su amante enfermera están cosidos a la misma estrella.

Alexander: Por todo ello, en el Canto IV Huidobro advierte que hay que renovar las lenguas, hay que resucitar la poesía. No hay tiempo que perder, hay que cuidar el ojo, es precioso regalo del cerebro. ¡Hay que darse prisa, no hay tiempo que perder! Nos advierte Altazor. El buque tiene los días contados, como el hombre, como el poeta. No hay tiempo que perder; la muerte madura como los planetas, hay que aferrarse para ver más allá del más allá, porque ya viene la golondrina monotémpora, el acento antípoda de las lejanías que se acercan. No hay tiempo que perder, la eternidad quiere triunfar y se lanza cayendo en otro campo inexplorado, jugando fuera del tiempo, jugando como el molino de viento… Jugando con las posibilidades ilimitadas del lenguaje;

“Hurra molino moledor

Molino volador

Molino charlador

Molino cantador

Cuando el cielo trae de la mano una tempestad

Hurra molino girando en la memoria

Molino que hipnotiza las palomas viajeras.

(…)

Profetiza profetiza

molino de las constelaciones

mientras bailamos sobre el azar de la risa

ahora que la grúa que nos trae el día

volcó la noche fuera de la tierra”.

Diana María: No sé qué has investigado, pero siento que esta obra de Huidobro resulta inclasificable.  Me Parecen insuficientes categorías como creacionista, ultraísta, poesía concreta, vanguardista. Y ni qué decir del significado de Altazor. Yo me animé a concluir algo al cierre del trabajo que presenté. Allí dije que Altazor se mueve en dos tipos de caída: la caída como revelación y la caída como confusión. En el primer caso, el hombre cae en la cuenta de su ser finito, de su temporalidad. Mitos como los de Faetón, Ixión, Belerofonte, Adán, Lucifer o los ángeles, reflejan la epifanía de la mortalidad del hombre. La segunda caída es ésta: Altazor descubre que las fronteras del lenguaje son las fronteras de su mundo. La torre de Babel señala la finitud del lenguaje y la carga mortal de la palabra.

Alexander: Sí, por acá tengo subrayadas algunas líneas al respecto:

“Todo ha de alejarse en la muerte esconderse en la muerte

Yo tú el nosotros vosotros ellos

ayer hoy mañana”.

Diana María: Caer es conocer el tiempo fulminante. Para el bípedo vertical que somos todos, el sentido de la caída y de la gravedad acompañan todas nuestras primeras tentativas de movimiento, decía Gilbert Durand, en su hermoso libro las Estructuras antropológicas de lo imaginario. Se me quedó grabada de Durand esta frase: “El vértigo es una llamada brutal de nuestra humanidad y presenta condición terrestre”.

Alexander: Se nota, por lo que me compartiste, que Huidobro caló hondo en tu formación de literata.

Diana María: Huidobro y su máxima para todos aquellos que intentamos escribir: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.

Alexander: Antes de despedirnos releamos juntos algo del Canto primero de Altazor. ¿Te parece?

Diana María: Con todo gusto… ¿Puede ser acá donde tienes el separador?

Alexander: Sí, ahí, precisamente:

“Soy todo el hombre

El hombre herido por quién sabe quién

Por una flecha perdida del caos

Humando terreno desmesurado

Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo

Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada

Soy bárbaro tal vez

Desmesurado enfermo

Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados

No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas

Soy el ángel salvaje que cayó una mañana

En vuestras plantaciones de preceptos

Poeta

Antipoeta

Culto

Anticulto

Animal metafísico cargado de congojas

Animal espontáneo directo sangrando sus problemas

Solitario como una paradoja

Paradoja fatal

Flor de contradicciones bailando un fox-trot

Sobre el sepulcro de Dios

Sobre el bien y el mal

Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra

Soy un temblor de tierra

Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo”.

Leyendo poesía

22 miércoles Oct 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Comentario de poemas, Didáctica de la lectura, Didáctica de la literatura, Lectura compartida

«Mujer leyendo a la luz de una vela» del danés Peter Vilhelm Ilsted.

Ricardo: Así que ahora te vas a volver poeta…o poetisa, mi querida Mónica.

Mónica: No, amigo mío. He vuelto a leer poesía porque, por azar, me encontré en internet un texto del Papa Francisco en el que habla de la importancia de la lectura de poesía para el cuidado del espíritu… Entonces, ando en la recuperación de unos libros que antes frecuentaba y que, no sé por qué razón, dejé de leer.

Ricardo: Las obligaciones, las obligaciones…

Mónica: Pero me reprocho el haber abandonado ese rito que tenía antes de dormirme.

Ricardo: ¿Cuál?

Mónica: Al lado de mi mesa siempre había un libro de poesía, como éste que ahora tengo entre mis manos, y dedicaba una media hora a disfrutar poemas que releía más de una vez.

Ricardo: ¿Con la televisión de fondo?

Mónica: No. Con la televisión apagada. Era una especie de diálogo interior, a partir de lo que me comunicaban los versos…

Ricardo: Bien interesante tu rito nocturno. ¿Y por qué no volviste a hacerlo?

Mónica: Para serte sincera, algo de cansancio o de pereza, o me dejé atrapar por los reality show que me ayudan a desestresarme.

Ricardo: ¿Y cómo se llama el libro que estas leyendo?

Mónica: Se titula: Poemas escogidos, de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, un libro que me regalaron en mi pasado cumpleaños…

Ricardo: Ay, sí, qué pena… se me pasó llamarte.

Mónica: Lo raro hubiera sido que te acordaras de mi onomástico, pero como dicen por ahí, “los ingratos tienen mala memoria…”

Ricardo: Déjate sorprender, nunca es tarde para recibir un buen regalo…

Mónica: Mejor no me ilusiono…

Ricardo: ¿Y ya has leído algo que te guste de ese libro?

Mónica: Sí, ha sido una especie de descubrimiento, porque te he de confesar que no conocía nada de ella… Y como mi amiga Cristina –que sí tiene buena memoria– sabe que me gusta la poesía, se le ocurrió sorprenderme con este detalle.

Ricardo: La ironía no te luce… A ver, compárteme algo de lo que tengas subrayado.

Mónica: Me ha llegado al alma este poema titulado “Yo te fui desnudando…”

Ricardo: Soy sólo oídos:

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: A mí la poesía se me dificulta un poco comprenderla. Porque parece un poema de amor, de un amor fallido.

Mónica: Un amigo literato que tengo, me ha enseñado que para degustar la poesía hay que releerla, despacio, atendiendo la puntuación y la distribución de los versos… Mi amigo dice que, para comprender un poema, primero hay que “habitarlo”. Entonces te la voy a releer…

Ricardo: Pero yo ya entendí…

Mónica: Déjate sorprender, voy a releértelo…

Ricardo: Lo que a uno le toca hacer por sus amigas…

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: No entiendo bien lo de los “tús”…

Mónica: Yo comprendo que uno es muchos, y que responde a diferentes llamados, según con quien esté o viva. Para ti soy un “tú”, pero para mi jefe donde trabajo, soy otro “tú”.

Ricardo: Eso lo entiendo, ¿pero para qué denudarlo a uno de esos “tús”? ¿No lo pueden a uno aceptar tal y como es?

Mónica: Mira lo que dice aquí, en la primera estrofa:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…”

Ricardo: Ah, esos “tús” que uno tiene son como superpuestos, como máscaras.

Mónica: Y lo “ciñen” a uno; no lo dejan ser en libertad.

Ricardo: O sea que encima de la cara uno tiene muchos “tús” que los demás, la sociedad, le va imponiendo.

Mónica: Eso parece decirnos la poetisa. Y por eso en la primera línea, si te das cuenta, lo que ella quiere es quitarle todos esos “tús”, para que quede como el verdadero yo de esa persona…

Ricardo: ¿Y todo eso lo puede sacar uno de esas tres líneas?

Mónica: Sí, señor. Aunque la haya dejado de lado por una época, la lectura frecuente de poesía lo lleva a uno a darle plasticidad a la mente y a descubrir cosas inadvertidas, a mirar el subsuelo de la realidad, a ver el mundo y las personas de otra manera.

Ricardo: Los únicos poemas que me acuerdo son los que aprendí en el colegio; me acuerdo el hijo de rana, rin rin renacuajo y simón el bobito y uno que recité para el día de la madre, cuando yo estaba bien chiquito, “La abeja”…

Mónica: “Miniatura del bosque soberano…

Ricardo: Y consentida del vergel y el viento

Mónica: Los campos cruza en busca del sustento…

Ricardo: Sin perder nunca el colmenar lejano…

Mónica: Yo también tuve que aprendérmela de memoria. Y en la semana cultural participé declamándola…

Ricardo: Ni que hubiéramos estudiado en el mismo colegio… Antes como que se le daba más importancia a la poesía en los planteles educativos, ahora parece que no tanto…

Mónica: A lo mejor se deba a que los mismos docentes han claudicado en ese empeño formativo de educar la sensibilidad y enseñar a apreciar la filigrana del mundo y de la vida.

Ricardo: Bueno, pero quedamos en que uno carga muchos “tús”, todos ellos superpuestos, como las capas de una cebolla.

Mónica: Sí, sí… Y lo que ella dice en esa primera estrofa es que desea “desnudar” a esa persona de todos los “tús” que lo constriñen.

Ricardo: Y luego, ¿qué pasa?

Mónica: Deja lo leo otra vez en voz alta. Mi amigo, el literato, insiste en que la poesía hay que leerla en voz alta, entonada y degustando cada palabra.

Ricardo: Aclara, entonces, la garganta y saborea esos versos.

Mónica:

“Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta”.

Ricardo: Ahora sí capté mejor el asunto: como uno tiene muchos “tús” superpuestos, lo que ella dice es que le “arrancó” el primero de ellos, el que se parece a la corteza de los árboles… Y que, a pesar de ser muy “dura”, se la arrancó todita… No entiendo bien lo de la fruta…

Mónica: Me parece que alude a las frutas aparentes que ofrecemos de nosotros mismos, pero que en verdad son cáscaras, que no son frutos tiernos, sino duras cortezas….

Ricardo: Ay, sí, y por eso dice que tenía “forma de fruta”, pero no era fruta…

Mónica: O sea que la desnudez que ella expresa va de afuera hacia adentro…

Ricardo: Ahora que lo pienso, a veces uno se desnuda con alguien, pero la relación es muy superficial, de pura cáscara… Frotación de cortezas…

Mónica: Jaja, ingeniosa manera de entender lo que la poetisa nos dice en el poema.

Ricardo: Pues si a uno le explican, uno entiende mejor la poesía. Y si, además, lo invitan a leer acompañado, el resultado es mucho mejor. Y si a esa compañía uno le tiene confianza, los resultados serán óptimos.

Mónica: Deje la zalamería y sigamos con el poema. Te invito a que leas tú en voz alta la tercera estrofa.

Ricardo: Voy, entonces, con inspirado acento:

“Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…”

Mónica: Mi amigo, el literato, afirma que no se trata de recitar, sino de entonar el poema. Pero se le abona la buena voluntad.

Ricardo: Hay que valorar el esfuerzo del suscrito… Noto que la persona apenas le quitan la corteza y todos esos “tús” superpuestos queda “asombrado”, como si no se conociera. Como si le hubieran revelado un “tú” que desconocía.

Mónica: Y si te fijas, ese asombro se da “aún con los ojos velados de tinieblas y de asombros…” Es un asombro intuido o sentido interiormente…

Ricardo: Se da cuenta de que es otro, sin poder ver bien a ese otro….

Mónica: Es que uno tiene muchos velos, y se necesita de otra persona que nos los quite o, al menos, que nos invite a despojarnos de esos “tús” corteza, de esos tús “ceñidores”, de esos “tús” superpuestos.

Ricardo: Sí, sí, déjame entono la última estrofa para reivindicarme:

“Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Mónica: Ahora sí sentí que le dabas valor y resonancia justa a las palabras…

Ricardo: Recibida la felicitación… Qué bonita esa imagen de que uno, después que lo desnudan, que le quitan la cáscara, surge de una “sombra fecunda”. Algo así como volver a nacer…

Mónica: Totalmente de acuerdo, porque ese asombro proviene de descubrir en uno mismo un tú inédito que estaba sepultado por todos esos otros “tús” superpuestos o de dura corteza. Es como una revelación.

Ricardo: ¿Y lo del desgarro?

Mónica: Comprendo que ese tú inédito, “intacto”, cuando sale a la luz, nos desgarra o por lo menos nos produce algún dolor. Porque hay que padecer cierto sufrimiento para que salga a la superficie la médula de quien en verdad somos….

Ricardo: El alma viva…

Mónica: Sí, para que brote esa “alma viva” se requiere de nosotros aceptar el desgarro que produce sacar nuestra esencia de lo más profundo.

Ricardo: Me llama mucho la atención de lo “intacto” de esa alma.

Mónica: Intacta porque no ha sido descubierta por nadie, o porque ninguno se ha tomado el tiempo necesario para denudarnos más adentro de la piel, para arrancarnos las cortezas que creemos ofrecer como frutas… ¿Cómo te pareció el poema?

Ricardo:  Asombroso: tan sencillo y tan complejo a la vez, tan imaginativo y tan real…

Mónica: Así es, mi estimado Ricardo. De eso se trata este mundo de los versos. Y por eso me lamento de haberlos dejado de lado. Pero este regalo de cumpleaños me ha vuelto a mi ritual nocturno con la poesía…

Ricardo: Como no te puedo acompañar a ese rito solitario, qué tal si me lees otro poema de esos que tienes señalados con ese separador tan hermoso.

Mónica: Un regalo de mi amigo el escritor…

Ricardo: Ya me están dando celos… ¿Lo conozco?

Mónica: No, hace parte de la reserva del sumario.

Ricardo: Bueno, al menos déjame llevarme en la memoria algunos versos de la autora cubana que acabas de descubrir. ¿Cómo es que se llama?

Mónica: Dulce María Loynaz.

Ricardo: ¿Ya falleció?

Mónica: Sí, en 1997.

Ricardo: Léeme uno para llenar mi espíritu con las sutiles y penetrantes palabras de la poesía.

Mónica: Te voy a compartir este otro, que parece una respuesta del que acabamos de leer. Se titula “Vuelvo a nacer en ti”.

Vuelvo a nacer en ti:

Pequeña y blanca soy… La otra

–la oscura– que era yo, se quedó atrás

como cáscara rota,

como cuerpo sin alma,

como ropa

sin cuero que se cae…

 

¡Vuelvo a nacer!… –Milagro de la aurora

repetida y distinta siempre…–

Soy la recién nacida de esta hora

pura. Y como los niños buenos,

no sé de dónde vine.

Silenciosa

he mirado la luz –tu luz…–

¡Mi luz!

Y lloré de alegría ante una rosa”.

El arte de cavar con la pluma, según Seamus Heaney

29 lunes Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de poemas, Seamus Heaney

Seamus Heaney , obra del retratista británico Tai-Shan Schierenberg.

El primer poema que leí del poeta irlandés Seamus Heaney, mucho antes de recibir el premio Nobel de literatura, fue “Ostras” publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica[1]. Me gustó su precisión al nombrar aquellas conchas y la relación que establecía entre la antiquísima historia de aquel alimento marino y el deseo del poeta de que, al comerse la jornada dichosa del día, se transformara “en verbo, en verbo puro”. La traducción de ese poema era del director de la publicación, Jaime García Terrés:

“Nuestras conchas golpeaban en los platos.

Estuario desbordante era mi lengua,

Mi paladar absorto con brillos estelares:

Mientras gustaba yo saladas pléyades

Orión puso su pie dentro del agua.

(…)”. 

Inquieto por este autor, empecé a buscar sus obras. Pude adquirir su poemario Norte, en la desaparecida librería “La gran Colombia”, y Muerte de un naturalista de ediciones Hiperión[2]. Y después Campo abierto y  Cadena Humana de la Colección Visor de Poesía[3]. Mi interés siguió en aumento a la par que leía y releía sus versos:

“(…)

Construid en la oscuridad.

Esperad la aurora boreal

en la incursión profunda,

no la cascada luminosa.

 

Y mantened el ojo limpio

como el carámbano.

Confiad en el tacto del trozo de tesoro

que han conocido vuestras manos

(…)”.   

Pero, entre todos esos textos hubo un poema que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “Cavando” y hace parte del poemario Muerte de un naturalista, traducido por Pura López Colomé. Transcribo todo el texto[4]:

 

Entre índice y pulgar

La gruesa pluma reposa, a gusto, como un arma.

 

Bajo mi ventana

el limpio, áspero sonido

de la pala hundiéndose en el suelo de grava:

Mi padre está cavando. Volteo desde arriba

 

a ver su tensa grupa por entre los lechos de flores

hasta que se inclina más, y se endereza

veinte años atrás agachándose con ritmo

entre los surcos de papas

donde estaba cavando.

 

La tosca bota anidaba en la pala,

eje contra rodilla se nivelaba con firmeza.

Iba arrancando los brotes altos, enterraba hondo el filo brillante

para esparcir las nuevas papas que recogíamos,

felices con su fresca dureza entre las manos.

 

¡Por Dios!, ¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!

Igual que su propio viejo.

 

Mi abuelo cortaba más turba en un día

que ningún otro en la ciénaga de Toner.

Una vez le llevé una botella de leche

con tapa floja de papel. Se enderezó

para beber, y de inmediato volvió a la tarea

 

cortando y rebanando con esmero, levantando trozos

por encima del hombro, y luego una y otra vez

hasta el buen tepe. Cavando.

 

El frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo

de la turba empapada, los cortes del filo en seco

por entre raíces vivas despiertan en mi memoria.

Mas yo no tengo pala para imitar a hombres como ellos.

 

Entre índice y pulgar

la gruesa pluma reposa.

Yo cavaré con ella”.

 

El poema es magnífico por varias razones. En principio, porque es un homenaje a la tradicional labor campesina de sembrar y cosechar papas; en segunda instancia, porque es un reconocimiento al trabajo denodado y bien hecho de  los ancestros humildes;  en un tercer nivel porque muestra una ruptura sobre los oficios heredados hechos con los manos; y, en última instancia, porque es un símbolo del quehacer de escritor. Si vamos estrofa por estrofa veremos cómo se logran estos cometidos.

El texto empieza en un gesto, un gesto que se repetirá en los últimos versos del poema. Se trata del gesto de empuñar la pluma, de tomar la pluma para empezar a escribir. Al inicio como si fuera una confortable arma y, al  cierre, como si se tratara de una pala para labrar la tierra. Entre esos dos gestos transcurre el poema.

En medio de esas dos pequeñas estrofas Heaney observa a su padre labrar la tierra. Lo ve debajo de su ventana a la par que escucha el sonido de la pala “hundiéndose en el suelo de grava”. El sonido del azadón a la par que es límpido también se oye áspero. El poeta describe con minucia el acto de cavar la tierra; observa al hombre en una labor rítmica en la que lleva más de veinte años.

La descripción se hace más fina e involucra la bota y el mango de la pala; detalla cómo las manos “arrancaban los brotes altos” a la par que “enterraban muy hondo aquel brillante filo”, para que salieran las nuevas papas y lograr esparcirlas sobre la tierra. Aquí el poeta se vuelve protagonista de lo mismo que observa: “papas que recogíamos felices con su fresca dureza entre las manos”.

Pero la remembranza campesina no se queda en la descripción. Heaney elogia con admiración la labor de su padre: “¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!”. Y para darle mayor fuerza a esa exaltación de un oficio humilde, recuerda que tal destreza en aquella tarea también la desempeñaba a la perfección su abuelo. En este punto se centra la sexta estrofa. El poeta recupera una anécdota con ese hombre “que cortaba más turba en un día que ningún otro en la ciénaga de Toner”. Heaney cuenta que al llevarle una botella de leche el viejo apenas se levantó para beberla pero luego se inclinó de nuevo a su tarea. Eran hombres dedicados a su incansable trabajo de cavar la tierra, “ahondado más y más en busca de la turba buena”.

Esos recuerdos lo asaltan mientras tiene la mano en reposo. Remembranzas que traen, además, “el frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo de la turba empapada”. Olores y sonidos acuden a la memoria del poeta irlandés. Es como si aquellas raíces mantuvieran una conexión subterránea con sus recuerdos, que se conservaran vivas en su cabeza y, de pronto, despertaran en un instante de evocación. Sin embargo, el poeta descubre que “ya no tiene pala para imitar a hombres como ellos”. Seamus Heaney reconoce que ya no puede ser campesino, que debe romper con esa continuidad de hombres enfrentados a la turba. Entonces, su decisión estriba en lo que declara en la última estrofa: cavará sí, pero con la pluma de escritor. Esa será ahora su verdadera pala.

Visto y releído en su conjunto el texto pueden corroborarse las razones mencionadas de mi gusto por este poema. Se trata de una declaración del oficio de escribir, una “arte poética” a partir de un hecho visto repetidas veces, de un contexto particular. Heaney no solo enaltece aquellas tareas propias del campo y se maravilla con la tenacidad de sus mayores, sino que entrevé en esa herencia de labranza su futuro. Por supuesto, cambiando las herramientas de trabajo. Y así como su padre se dedicó, con devoción y esmero, “al surco de las patatas”, él se consagrará a labrar sus palabras entre el surco de los versos. Necesitará como sus antecesores “esmero” y “tenacidad”, tendrá que adquirir la capacidad para no distraerse, deberá saber utilizar su instrumento “con firmeza” para lograr sacar de todo ese subsuelo de experiencias y recuerdos, de vivencias, personas y lugares, otra cosecha que pueda “desparramarse” sobre las páginas que escribe.

¡Qué gran poeta es Seamus Heaney! De él aprendimos que la fuente de los poemas se encuentra “debajo del suelo mismo de la memoria”[5], y para lograr sacarlos a la luz hay que cavar una y otra vez con el azadón de la escritura.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Número 132, México, diciembre de 1981, pág., 7.

[2] Norte y Muerte de un naturalista, traducción de Margarita Ardanaz, Hiperión, Madrid, 1995 y 1996.

[3] Campo Abierto, traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, Visor, Madrid, 2004; Cadena Humana, traducción de Pura López Colomé, Visor, Madrid, 2014.

[4] Revista de la Universidad de México, octubre de 2021. https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/112e3c8e-7dc7-4fbc-a058-cc7141b569ab/trabajo

[5] Seamus Heaney, De la emoción de las palabras, Anagrama, Barcelona, 1996, pág., 60.

La certeza nostálgica del amor verdadero, según Yeats

24 lunes Jun 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, William Butler Yeats

Ciertos poemas nos cautivan desde la primera vez que los leemos. A veces porque hallamos en ellos, de manera concentrada y con estilo sutil, una clave para entender determinado matiz de la existencia y, en otras ocasiones, porque señalan con aguda reflexión situaciones futuras a las que, de alguna forma, estaremos abocados. Este tipo de poemas cobran más sentido a medida que pasan los años o se hacen más “legibles” cuando se los mira con el lente sereno de la sabiduría de vivir. Uno de esos poemas es “Cuando estés vieja” del irlandés William Butler Yeats. Miremos en detalle el texto.

La primera estrofa parte de un hecho que es, al mismo tiempo, un anuncio premonitorio: la llegada de la vejez. Pero la mujer a la que alude el poema está en actitud “somnolienta”, al lado del fuego, y tiene en sus manos un libro. Es una persona en estado de lentitud, de “mirada suave” y que, sin afanes, va leyendo. Desde ese gesto cansino “y sin prisa” la vieja recupera sus vivencias de otros días; evoca y sueña, a la vez.

Eso es, precisamente, lo que nos expresa Yeats en la segunda estrofa del poema. La mujer recuerda a todos sus “amantes” que le prodigaron “momentos de dicha” y que amaron su belleza “con amor falso o verdadero”. Tales reflexiones sólo aparecen cuando puede mirar hacia atrás con tranquilidad y sin estar asediada por el arrebato de las pasiones. La mujer repasa sus días como si fueran las hojas de un libro, hace un balance y se detiene en un hombre que, además de contemplar su belleza, supo “amar en ella su alma peregrina y las tristezas de su rostro voluble”. Ese hombre, porque parece que es único: “amó los dolores de su rostro cambiante” o, “amó las aflicciones de su cambiante cara”. Ese alguien logró amar lo mudable, lo que en ella era peregrino o iba de tránsito; lo que no era solo exaltación de la alegría, sino también cambio y sufrimiento. La rememoración de la anciana, con relación a sus amantes, la lleva a distinguir entre aquellos que se extasiaron con su belleza exterior y otro que se detuvo a escudriñar dentro de ella. Quizá allí esté la clave de lo que diferencia a los amores falsos de los amores verdaderos.

Terminado ese momento de evocación, la anciana se refugia en el calor de los leños y descubre, no sin cierta tristeza, que el Amor –ahora escrito con mayúsculas– ya no está con ella, que “huyó sobre las montañas”, que “escondió su rostro entre una multitud de estrellas”. Y si bien alcanzamos a sentir un tono melancólico por las experiencias amorosas del ayer, lo que me parece loable es que esta anciana logró conocer y tener vivo dentro de su pecho aquel astro fulgurante. Ella fue amada, así ahora no lo sea. Lo que amortigua la ausencia del amor en su vejez es que, en otro tiempo, experimentó el saberse amada y de modo especial por una persona que entrevió las vicisitudes de su alma. No llega al final de sus días sin la evidencia de ese Amor que por momentos lo tuvo radiante entre sus manos.

Este poema me sigue cautivando, a la par que me ofrece pistas de comprensión sobre los afectos pasados por el tamiz del tiempo. Sabemos que nuestra existencia es pasajera, y entendemos que en ese periplo hallaremos personas que nos amen. Pero únicamente al llegar a viejos sabremos cuáles de esos amores fueron falsos o sinceros, cuáles se quedaron en el borde de lo que somos y cuáles penetraron hasta la médula de nuestro ser. Eso de una parte. El otro asunto es de mayor trascendencia: el Amor se nos da como un regalo, es algo que se aposenta por un tiempo en nuestra alma y luego vuelve a su patria estelar. También él es peregrino. Por momentos nos incendia y nos nutre a incendios abrasadores; en otros, es silencio o sequía extrema. Desde la atalaya de la vejez se puede apreciar mejor el itinerario de esa estela de alboradas y de ocasos.

Cabe agregar algo más: el conjunto del poema es una especie de dedicatoria para alguien que, seguramente, fue el motivo de ese amor genuino y “sincero” al que se alude en la tercera línea de la segunda estrofa.  Aquel hombre, que bien puede ser el mismo poeta, tiene la esperanza de que sea la vejez de esa mujer la que le revele, a la manera de un testamento, la persona que amó su peregrina alma. Y aún más: el libro que Yeats confía que ella tenga en sus arrugadas manos sea el mismo que incluya los versos que le ha escrito. Así descubrirá –al igual que nosotros– que, si bien padece la ausencia de amor en el presente, le queda la certeza nostálgica de ese amor verdadero que tuvo en el pasado.

La vida, un regalo del tiempo

12 viernes Ene 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Francisco de Quevedo, Sentido de la vida

Que la vida es, en esencia, un regalo del tiempo, nos lo subraya Quevedo en este soneto. Vivir es ser habitado por esa sangre de las horas, los días y los años. Y lo más interesante, en lo cual el poeta se detiene, es que la conciencia de la vida misma está en la memoria de ese tiempo encarnado. Sabemos de la vida, comprobamos que hemos vivido, justo cuando el manantial del tiempo empieza a secarse. De alguna manera, vivir es ir gastando poco a poco esa cantidad de tiempo que nos ha sido dado a la manera de un don o un milagro maravilloso. La respuesta sobre la vida, nos enseña Quevedo, está en lo ya vivido.

Por eso resulta extraño o por lo menos sorprendente el que, sin darnos cuenta, se nos vaya la salud y entremos en el declive de la vida. Ese tiempo que nos constituye, invisible por lo demás, opera silenciosamente en nuestra piel, en nuestros sentidos, en nuestra mente. El tiempo, y ahora las resonancias llegan hasta el gran poeta Eduardo Cote Lamus, roe nuestro ser, raspa la superficie de nuestra piel, horada la consistencia de lo que somos. Nos percatamos tarde de ese inquilino que nos devora. Son las “calamidades” las que nos llevan a reconocer que la sangre, los huesos y los nervios, los músculos y los órganos, no son más que manifestaciones materiales de una fuente incorpórea e insensible. Es nuestro “cansancio” el que realmente nos confronta con ese hacedor interior que inicia su labor en nuestra cuna y nos lleva lentamente hasta la tumba. Ese es el descubrimiento postrero: “que el ayer se fue”, “que el mañana no ha llegado”, y que el poco presente que nos queda, “se está yendo sin parar”.

Quevedo insiste en que el tiempo nos va pasando de forma continua. No hay escapatoria, entre otras cosas, porque advertimos su amenaza o su devastación progresiva. Cada día que vivimos es una mortaja del anterior. Entre más años acumulamos, más muerte cargamos encima. Somos “presentes sucesiones de difunto”. Por supuesto, de eso no nos damos cuenta. O quizá sea un recurso de la propia vida para evitar el pánico, la desazón interior o la angustia inclemente. Vivimos cada día con la certeza de un futuro; nos gusta albergar la posibilidad de ser eternos. Tal manera de asumir nuestra condición finita, extiende nuestras limitaciones hasta una frontera ilimitada. Sin embargo, cuando nuestra fragilidad o nuestro organismo empiezan a fallar, cuando nos cuesta demasiado estar de pie, cuando ya no irradiamos la misma energía, caemos en la cuenta de que el horizonte del futuro está limitado por el presente y que la sobrevivencia del día se impone a los sueños de inmortalidad. En el declive de nuestra existencia tenemos la revelación de que vivir es irse desmoronando; que el término de la vida no es una meta puesta hacia el final, sino un progresivo irse deshilvanando, el deterioro incesante de la suave ola que carcome día y noche al acantilado.

¿Qué es la vida? Una sucesión de vivires, un cúmulo extinto de experiencias, un cementerio de lo que vamos siendo. No somos solo la conciencia del presente, también a la vez somos lo que ya fuimos y, de alguna manera, lo que seremos. Querámoslo o no, el tiempo que nos conforma y nos posee, se adhiere a nuestro ser en todas sus manifestaciones. Se conjuga en el escenario de nuestra existencia. ¿Qué es la vida? Bien podríamos decir que un soplo, si la miramos desde la perspectiva del universo. O que es, en su médula, la memoria de un tránsito; el recuerdo de ese acontecimiento, con sus múltiples peripecias. En todo caso, y ahí Quevedo resulta iluminador, la vida adquiere significado en su huidiza presencia, en ese tiempo que, a la par que nos habita, huye inexorable de nosotros.

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