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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Didáctica de la lectura

Leyendo poesía

22 miércoles Oct 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Comentario de poemas, Didáctica de la lectura, Didáctica de la literatura, Lectura compartida

«Mujer leyendo a la luz de una vela» del danés Peter Vilhelm Ilsted.

Ricardo: Así que ahora te vas a volver poeta…o poetisa, mi querida Mónica.

Mónica: No, amigo mío. He vuelto a leer poesía porque, por azar, me encontré en internet un texto del Papa Francisco en el que habla de la importancia de la lectura de poesía para el cuidado del espíritu… Entonces, ando en la recuperación de unos libros que antes frecuentaba y que, no sé por qué razón, dejé de leer.

Ricardo: Las obligaciones, las obligaciones…

Mónica: Pero me reprocho el haber abandonado ese rito que tenía antes de dormirme.

Ricardo: ¿Cuál?

Mónica: Al lado de mi mesa siempre había un libro de poesía, como éste que ahora tengo entre mis manos, y dedicaba una media hora a disfrutar poemas que releía más de una vez.

Ricardo: ¿Con la televisión de fondo?

Mónica: No. Con la televisión apagada. Era una especie de diálogo interior, a partir de lo que me comunicaban los versos…

Ricardo: Bien interesante tu rito nocturno. ¿Y por qué no volviste a hacerlo?

Mónica: Para serte sincera, algo de cansancio o de pereza, o me dejé atrapar por los reality show que me ayudan a desestresarme.

Ricardo: ¿Y cómo se llama el libro que estas leyendo?

Mónica: Se titula: Poemas escogidos, de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, un libro que me regalaron en mi pasado cumpleaños…

Ricardo: Ay, sí, qué pena… se me pasó llamarte.

Mónica: Lo raro hubiera sido que te acordaras de mi onomástico, pero como dicen por ahí, “los ingratos tienen mala memoria…”

Ricardo: Déjate sorprender, nunca es tarde para recibir un buen regalo…

Mónica: Mejor no me ilusiono…

Ricardo: ¿Y ya has leído algo que te guste de ese libro?

Mónica: Sí, ha sido una especie de descubrimiento, porque te he de confesar que no conocía nada de ella… Y como mi amiga Cristina –que sí tiene buena memoria– sabe que me gusta la poesía, se le ocurrió sorprenderme con este detalle.

Ricardo: La ironía no te luce… A ver, compárteme algo de lo que tengas subrayado.

Mónica: Me ha llegado al alma este poema titulado “Yo te fui desnudando…”

Ricardo: Soy sólo oídos:

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: A mí la poesía se me dificulta un poco comprenderla. Porque parece un poema de amor, de un amor fallido.

Mónica: Un amigo literato que tengo, me ha enseñado que para degustar la poesía hay que releerla, despacio, atendiendo la puntuación y la distribución de los versos… Mi amigo dice que, para comprender un poema, primero hay que “habitarlo”. Entonces te la voy a releer…

Ricardo: Pero yo ya entendí…

Mónica: Déjate sorprender, voy a releértelo…

Ricardo: Lo que a uno le toca hacer por sus amigas…

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: No entiendo bien lo de los “tús”…

Mónica: Yo comprendo que uno es muchos, y que responde a diferentes llamados, según con quien esté o viva. Para ti soy un “tú”, pero para mi jefe donde trabajo, soy otro “tú”.

Ricardo: Eso lo entiendo, ¿pero para qué denudarlo a uno de esos “tús”? ¿No lo pueden a uno aceptar tal y como es?

Mónica: Mira lo que dice aquí, en la primera estrofa:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…”

Ricardo: Ah, esos “tús” que uno tiene son como superpuestos, como máscaras.

Mónica: Y lo “ciñen” a uno; no lo dejan ser en libertad.

Ricardo: O sea que encima de la cara uno tiene muchos “tús” que los demás, la sociedad, le va imponiendo.

Mónica: Eso parece decirnos la poetisa. Y por eso en la primera línea, si te das cuenta, lo que ella quiere es quitarle todos esos “tús”, para que quede como el verdadero yo de esa persona…

Ricardo: ¿Y todo eso lo puede sacar uno de esas tres líneas?

Mónica: Sí, señor. Aunque la haya dejado de lado por una época, la lectura frecuente de poesía lo lleva a uno a darle plasticidad a la mente y a descubrir cosas inadvertidas, a mirar el subsuelo de la realidad, a ver el mundo y las personas de otra manera.

Ricardo: Los únicos poemas que me acuerdo son los que aprendí en el colegio; me acuerdo el hijo de rana, rin rin renacuajo y simón el bobito y uno que recité para el día de la madre, cuando yo estaba bien chiquito, “La abeja”…

Mónica: “Miniatura del bosque soberano…

Ricardo: Y consentida del vergel y el viento

Mónica: Los campos cruza en busca del sustento…

Ricardo: Sin perder nunca el colmenar lejano…

Mónica: Yo también tuve que aprendérmela de memoria. Y en la semana cultural participé declamándola…

Ricardo: Ni que hubiéramos estudiado en el mismo colegio… Antes como que se le daba más importancia a la poesía en los planteles educativos, ahora parece que no tanto…

Mónica: A lo mejor se deba a que los mismos docentes han claudicado en ese empeño formativo de educar la sensibilidad y enseñar a apreciar la filigrana del mundo y de la vida.

Ricardo: Bueno, pero quedamos en que uno carga muchos “tús”, todos ellos superpuestos, como las capas de una cebolla.

Mónica: Sí, sí… Y lo que ella dice en esa primera estrofa es que desea “desnudar” a esa persona de todos los “tús” que lo constriñen.

Ricardo: Y luego, ¿qué pasa?

Mónica: Deja lo leo otra vez en voz alta. Mi amigo, el literato, insiste en que la poesía hay que leerla en voz alta, entonada y degustando cada palabra.

Ricardo: Aclara, entonces, la garganta y saborea esos versos.

Mónica:

“Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta”.

Ricardo: Ahora sí capté mejor el asunto: como uno tiene muchos “tús” superpuestos, lo que ella dice es que le “arrancó” el primero de ellos, el que se parece a la corteza de los árboles… Y que, a pesar de ser muy “dura”, se la arrancó todita… No entiendo bien lo de la fruta…

Mónica: Me parece que alude a las frutas aparentes que ofrecemos de nosotros mismos, pero que en verdad son cáscaras, que no son frutos tiernos, sino duras cortezas….

Ricardo: Ay, sí, y por eso dice que tenía “forma de fruta”, pero no era fruta…

Mónica: O sea que la desnudez que ella expresa va de afuera hacia adentro…

Ricardo: Ahora que lo pienso, a veces uno se desnuda con alguien, pero la relación es muy superficial, de pura cáscara… Frotación de cortezas…

Mónica: Jaja, ingeniosa manera de entender lo que la poetisa nos dice en el poema.

Ricardo: Pues si a uno le explican, uno entiende mejor la poesía. Y si, además, lo invitan a leer acompañado, el resultado es mucho mejor. Y si a esa compañía uno le tiene confianza, los resultados serán óptimos.

Mónica: Deje la zalamería y sigamos con el poema. Te invito a que leas tú en voz alta la tercera estrofa.

Ricardo: Voy, entonces, con inspirado acento:

“Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…”

Mónica: Mi amigo, el literato, afirma que no se trata de recitar, sino de entonar el poema. Pero se le abona la buena voluntad.

Ricardo: Hay que valorar el esfuerzo del suscrito… Noto que la persona apenas le quitan la corteza y todos esos “tús” superpuestos queda “asombrado”, como si no se conociera. Como si le hubieran revelado un “tú” que desconocía.

Mónica: Y si te fijas, ese asombro se da “aún con los ojos velados de tinieblas y de asombros…” Es un asombro intuido o sentido interiormente…

Ricardo: Se da cuenta de que es otro, sin poder ver bien a ese otro….

Mónica: Es que uno tiene muchos velos, y se necesita de otra persona que nos los quite o, al menos, que nos invite a despojarnos de esos “tús” corteza, de esos tús “ceñidores”, de esos “tús” superpuestos.

Ricardo: Sí, sí, déjame entono la última estrofa para reivindicarme:

“Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Mónica: Ahora sí sentí que le dabas valor y resonancia justa a las palabras…

Ricardo: Recibida la felicitación… Qué bonita esa imagen de que uno, después que lo desnudan, que le quitan la cáscara, surge de una “sombra fecunda”. Algo así como volver a nacer…

Mónica: Totalmente de acuerdo, porque ese asombro proviene de descubrir en uno mismo un tú inédito que estaba sepultado por todos esos otros “tús” superpuestos o de dura corteza. Es como una revelación.

Ricardo: ¿Y lo del desgarro?

Mónica: Comprendo que ese tú inédito, “intacto”, cuando sale a la luz, nos desgarra o por lo menos nos produce algún dolor. Porque hay que padecer cierto sufrimiento para que salga a la superficie la médula de quien en verdad somos….

Ricardo: El alma viva…

Mónica: Sí, para que brote esa “alma viva” se requiere de nosotros aceptar el desgarro que produce sacar nuestra esencia de lo más profundo.

Ricardo: Me llama mucho la atención de lo “intacto” de esa alma.

Mónica: Intacta porque no ha sido descubierta por nadie, o porque ninguno se ha tomado el tiempo necesario para denudarnos más adentro de la piel, para arrancarnos las cortezas que creemos ofrecer como frutas… ¿Cómo te pareció el poema?

Ricardo:  Asombroso: tan sencillo y tan complejo a la vez, tan imaginativo y tan real…

Mónica: Así es, mi estimado Ricardo. De eso se trata este mundo de los versos. Y por eso me lamento de haberlos dejado de lado. Pero este regalo de cumpleaños me ha vuelto a mi ritual nocturno con la poesía…

Ricardo: Como no te puedo acompañar a ese rito solitario, qué tal si me lees otro poema de esos que tienes señalados con ese separador tan hermoso.

Mónica: Un regalo de mi amigo el escritor…

Ricardo: Ya me están dando celos… ¿Lo conozco?

Mónica: No, hace parte de la reserva del sumario.

Ricardo: Bueno, al menos déjame llevarme en la memoria algunos versos de la autora cubana que acabas de descubrir. ¿Cómo es que se llama?

Mónica: Dulce María Loynaz.

Ricardo: ¿Ya falleció?

Mónica: Sí, en 1997.

Ricardo: Léeme uno para llenar mi espíritu con las sutiles y penetrantes palabras de la poesía.

Mónica: Te voy a compartir este otro, que parece una respuesta del que acabamos de leer. Se titula “Vuelvo a nacer en ti”.

Vuelvo a nacer en ti:

Pequeña y blanca soy… La otra

–la oscura– que era yo, se quedó atrás

como cáscara rota,

como cuerpo sin alma,

como ropa

sin cuero que se cae…

 

¡Vuelvo a nacer!… –Milagro de la aurora

repetida y distinta siempre…–

Soy la recién nacida de esta hora

pura. Y como los niños buenos,

no sé de dónde vine.

Silenciosa

he mirado la luz –tu luz…–

¡Mi luz!

Y lloré de alegría ante una rosa”.

Las ideas-fuerza, una fructífera estrategia de lectura

20 domingo Jul 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

≈ 8 comentarios

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Contrapunto, Didáctica de la lectura, Estrategias de lectura, Lectura crítica de textos, Técnicas de subrayado

«Mujer leyendo» de Pablo Picasso.

En algunos de mis libros y en materiales didácticos para cursos y seminarios sobre prácticas de lectura he propuesto trabajar con ideas-fuerza. Dada la potencialidad de este recurso, me ha parecido bien, en esta ocasión, explicar detalladamente de qué se trata y mostrar sus bondades en un proceso de comprensión lectora o para la crítica de textos escritos.

Lo primero que debemos recordar y evaluar es una práctica de lectura –muy utilizada en los colegios– que aboga por encontrar en un texto tanto las ideas principales como las ideas secundarias. Y si bien esto se puede lograr después de haber leído y releído todo un texto, no resulta fácil identificar cuál es una u otra a medida que se va leyendo. Esa es, precisamente, la mayor debilidad de este modo de ir desentrañando los textos. De otra parte, es obvio que, para saber discriminar las ideas principales de las secundarias, se requiere cierta perspicacia o por lo menos una experiencia validada en tal modo de abordar un documento escrito.

Para responder a este modo habitual de comprender los textos es que nace la apuesta por las ideas-fuerza. Es decir, de reconocer en lo que vamos leyendo ideas (no palabras) que nos llaman la atención, ya sea porque nos identificamos con sus planteamientos, porque nos generan inquietudes o porque estamos en desacuerdo con lo que allí se enuncia. En este sentido, las ideas fuerza son una modalidad del subrayado, pero sin determinar una jerarquía estructural o captar una organización de subordinación. Se trata más bien de ir adentrándonos en el texto subrayando apartados con sentido completo que interpelan nuestro ojo lector, ponen en movimiento nuestro pensamiento, nos invitan a reflexionar o conmueven nuestra sensibilidad. Precisamente por eso tienen el calificativo de “fuerza”, porque rompen la pasividad mecánica del ojo, y exigen recuperar el dinamismo del entendimiento, la participación activa del lector con el texto. Son ideas-fuerza porque nos inducen a interactuar con ellas, a responder de alguna manera, a superar la condición de pasivos leedores.

Si bien estas ideas-fuerza pueden identificarse con un color, la experiencia nos va ayudando a entender que usar varias tonalidades tiene más potencialidades en un proceso de comprensión lectora. Lo importante es que logremos darle un relieve a la superficie plana del texto. Sabemos que el territorio de los textos no es uniforme: a la par que uno va leyendo se encuentra con diferentes cosas, hay ideas que se reiteran, otras que se mutan, se derivan o se entrecruzan. Entonces, poco a poco se necesitan colores diferentes para atrapar las metamorfosis de las ideas. Advierto que este modo de subrayar ideas-fuerza con dos o más colores, es algo que se va adquiriendo en la medida que trabajamos con los textos, en que dejamos de ser espectadores de una información, y nos convertimos en receptores antagonistas de un mensaje.

Una bondad de esta estrategia de lectura, y que resulta muy valiosa en la formación de lectores, es la de permitir expresar las marcas significativas entrevistas por determinada persona; es decir, cada quien subraya las ideas fuerza que estén más cercanas a su historia personal, a su mundo intelectual, a su radio de interés. No hay un repertorio de ideas ya establecidas a las cuales deberían llegar todos los lectores. Cada quien irá repujando apartados del texto que luego, en el diálogo con los compañeros de clase o a partir de las ideas fuerza destacadas por el profesor, podrá descubrir si son coincidentes, divergentes o discrepantes de la mayoría. Desde esta perspectiva, las ideas-fuerza favorecen el diálogo, el debate, el foro, y todas las llamadas “hablas plurales”. Más que buscar la unanimidad, las ideas-fuerza anhelan que la conversación en clase se movilice desde las propias marcas, desde un lugar personal que dice “este apartado es importante para mí”, y luego, en la exposición compartida, se sabrán las razones de tal selección textual. Seguramente, sobre varias de esas ideas habrá puntos en común, pero en otras, se podrá notar cómo la perspicacia en ver los detalles, la atención vigilante y la exposición frecuente a los textos ofrecerá subrayados no por todos vistos o considerados relevantes.

Por supuesto que al tener las ideas-fuerza ubicadas, al contar con esa evidencia, se podrán hacer diferentes ordenaciones y jerarquías: desde el simple listado (que dará pie a constatar las reiteraciones del autor) hasta los racimos asociativos o los mapas de ideas. Ahora sí, mediante el análisis de dichas ideas-fuerza –que provienen del texto en su totalidad– se sabrá cuáles son ideas realmente vertebrales y cuáles secundarias o no tan sustanciales. Las ideas-fuerza, en esta perspectiva, son un grupo de frases subrayadas por el lector que, al mirarlas en conjunto, permiten valorar o tener elementos confiables de juicio crítico sobre el contenido de un texto.

Las ideas-fuerza pueden servir de dispositivo didáctico para que el docente inicie la entrada a un texto, desmontando párrafo a párrafo con sus estudiantes la comprensión del mismo; contribuyen a mostrar colectivamente la riqueza de significados, las complejidades de la interpretación.  De igual modo, las ideas fuerza son muy útiles en el “trabajo previo de lectura” para luego, en pequeños grupos de una clase, compartirse, discutirse, o generar acuerdos enfocados a presentarse en una plenaria. Otro tanto cabe decir del uso de las ideas-fuerza para el trabajo de “reconstrucción sintética” al cerrar una temática o el abordaje de un documento. Bien sea como actividad preliminar, como “subrayados personales” para la discusión o como producto de una sesión de aula, las ideas-fuerza ofrecen prolíficos resultados.

De igual manera, emplear el recurso de las ideas-fuerza resulta provechoso para otra estrategia –esta vez de escritura– que he venido promoviendo y desarrollando durante varios años. Me refiero al uso del contrapunto. En este caso, las ideas-fuerza hacen las veces de motivo o detonante para provocar la amplificación, la disminución, la réplica, la transposición, la derivación, el contraste o el análisis. Las ideas-fuerza sirven de germen, de acicate, para que el lector de un paso más allá y se atreva a escribir algo sobre lo que acaba de subrayar en un texto. Las ideas-fuerza merman el miedo o la incertidumbre a no saber por dónde o sobre qué escribir, especialmente cuando se trata de elaborar documentos expositivos o argumentativos. Por el contrario, con un repertorio de ideas-fuerza será más fácil entrar en interlocución con un texto y, desde esas piedras de toque, hallar la chispa para redactar un comentario o un ensayo.

Como puede colegirse de lo dicho, la estrategia de lectura de las ideas-fuerza posibilita adentrarse en la médula de los textos. Invita a mantener un trato activo con aquello que leemos y a aprender a foguearnos con ideas ajenas. Pero, sobre todo, son un antídoto contra esas prácticas de lectura superficiales que terminan en la opinión gratuita y en la divagación sin referencias ancladas a determinado documento.

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