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Comentario de poemas, Didáctica de la lectura, Didáctica de la literatura, Lectura compartida
Ricardo: Así que ahora te vas a volver poeta…o poetisa, mi querida Mónica.
Mónica: No, amigo mío. He vuelto a leer poesía porque, por azar, me encontré en internet un texto del Papa Francisco en el que habla de la importancia de la lectura de poesía para el cuidado del espíritu… Entonces, ando en la recuperación de unos libros que antes frecuentaba y que, no sé por qué razón, dejé de leer.
Ricardo: Las obligaciones, las obligaciones…
Mónica: Pero me reprocho el haber abandonado ese rito que tenía antes de dormirme.
Ricardo: ¿Cuál?
Mónica: Al lado de mi mesa siempre había un libro de poesía, como éste que ahora tengo entre mis manos, y dedicaba una media hora a disfrutar poemas que releía más de una vez.
Ricardo: ¿Con la televisión de fondo?
Mónica: No. Con la televisión apagada. Era una especie de diálogo interior, a partir de lo que me comunicaban los versos…
Ricardo: Bien interesante tu rito nocturno. ¿Y por qué no volviste a hacerlo?
Mónica: Para serte sincera, algo de cansancio o de pereza, o me dejé atrapar por los reality show que me ayudan a desestresarme.
Ricardo: ¿Y cómo se llama el libro que estas leyendo?
Mónica: Se titula: Poemas escogidos, de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, un libro que me regalaron en mi pasado cumpleaños…
Ricardo: Ay, sí, qué pena… se me pasó llamarte.
Mónica: Lo raro hubiera sido que te acordaras de mi onomástico, pero como dicen por ahí, “los ingratos tienen mala memoria…”
Ricardo: Déjate sorprender, nunca es tarde para recibir un buen regalo…
Mónica: Mejor no me ilusiono…
Ricardo: ¿Y ya has leído algo que te guste de ese libro?
Mónica: Sí, ha sido una especie de descubrimiento, porque te he de confesar que no conocía nada de ella… Y como mi amiga Cristina –que sí tiene buena memoria– sabe que me gusta la poesía, se le ocurrió sorprenderme con este detalle.
Ricardo: La ironía no te luce… A ver, compárteme algo de lo que tengas subrayado.
Mónica: Me ha llegado al alma este poema titulado “Yo te fui desnudando…”
Ricardo: Soy sólo oídos:
Mónica:
“Yo te fui desnudando de ti mismo,
de los “tús” superpuestos que la vida
te había ceñido…
Te arranqué la corteza –entera y dura–
que se creía fruta, que tenía
la forma de fruta.
Y ante el asombro vago de mis ojos
surgiste con tus ojos aún velados
de tinieblas y asombros…
Surgiste de ti mismo, de tu misma
sombra fecunda –intacto y desgarrado
en alma viva…–”
Ricardo: A mí la poesía se me dificulta un poco comprenderla. Porque parece un poema de amor, de un amor fallido.
Mónica: Un amigo literato que tengo, me ha enseñado que para degustar la poesía hay que releerla, despacio, atendiendo la puntuación y la distribución de los versos… Mi amigo dice que, para comprender un poema, primero hay que “habitarlo”. Entonces te la voy a releer…
Ricardo: Pero yo ya entendí…
Mónica: Déjate sorprender, voy a releértelo…
Ricardo: Lo que a uno le toca hacer por sus amigas…
Mónica:
“Yo te fui desnudando de ti mismo,
de los “tús” superpuestos que la vida
te había ceñido…
Te arranqué la corteza –entera y dura–
que se creía fruta, que tenía
la forma de fruta.
Y ante el asombro vago de mis ojos
surgiste con tus ojos aún velados
de tinieblas y asombros…
Surgiste de ti mismo, de tu misma
sombra fecunda –intacto y desgarrado
en alma viva…–”
Ricardo: No entiendo bien lo de los “tús”…
Mónica: Yo comprendo que uno es muchos, y que responde a diferentes llamados, según con quien esté o viva. Para ti soy un “tú”, pero para mi jefe donde trabajo, soy otro “tú”.
Ricardo: Eso lo entiendo, ¿pero para qué denudarlo a uno de esos “tús”? ¿No lo pueden a uno aceptar tal y como es?
Mónica: Mira lo que dice aquí, en la primera estrofa:
“Yo te fui desnudando de ti mismo,
de los “tús” superpuestos que la vida
te había ceñido…”
Ricardo: Ah, esos “tús” que uno tiene son como superpuestos, como máscaras.
Mónica: Y lo “ciñen” a uno; no lo dejan ser en libertad.
Ricardo: O sea que encima de la cara uno tiene muchos “tús” que los demás, la sociedad, le va imponiendo.
Mónica: Eso parece decirnos la poetisa. Y por eso en la primera línea, si te das cuenta, lo que ella quiere es quitarle todos esos “tús”, para que quede como el verdadero yo de esa persona…
Ricardo: ¿Y todo eso lo puede sacar uno de esas tres líneas?
Mónica: Sí, señor. Aunque la haya dejado de lado por una época, la lectura frecuente de poesía lo lleva a uno a darle plasticidad a la mente y a descubrir cosas inadvertidas, a mirar el subsuelo de la realidad, a ver el mundo y las personas de otra manera.
Ricardo: Los únicos poemas que me acuerdo son los que aprendí en el colegio; me acuerdo el hijo de rana, rin rin renacuajo y simón el bobito y uno que recité para el día de la madre, cuando yo estaba bien chiquito, “La abeja”…
Mónica: “Miniatura del bosque soberano…
Ricardo: Y consentida del vergel y el viento
Mónica: Los campos cruza en busca del sustento…
Ricardo: Sin perder nunca el colmenar lejano…
Mónica: Yo también tuve que aprendérmela de memoria. Y en la semana cultural participé declamándola…
Ricardo: Ni que hubiéramos estudiado en el mismo colegio… Antes como que se le daba más importancia a la poesía en los planteles educativos, ahora parece que no tanto…
Mónica: A lo mejor se deba a que los mismos docentes han claudicado en ese empeño formativo de educar la sensibilidad y enseñar a apreciar la filigrana del mundo y de la vida.
Ricardo: Bueno, pero quedamos en que uno carga muchos “tús”, todos ellos superpuestos, como las capas de una cebolla.
Mónica: Sí, sí… Y lo que ella dice en esa primera estrofa es que desea “desnudar” a esa persona de todos los “tús” que lo constriñen.
Ricardo: Y luego, ¿qué pasa?
Mónica: Deja lo leo otra vez en voz alta. Mi amigo, el literato, insiste en que la poesía hay que leerla en voz alta, entonada y degustando cada palabra.
Ricardo: Aclara, entonces, la garganta y saborea esos versos.
Mónica:
“Te arranqué la corteza –entera y dura–
que se creía fruta, que tenía
la forma de fruta”.
Ricardo: Ahora sí capté mejor el asunto: como uno tiene muchos “tús” superpuestos, lo que ella dice es que le “arrancó” el primero de ellos, el que se parece a la corteza de los árboles… Y que, a pesar de ser muy “dura”, se la arrancó todita… No entiendo bien lo de la fruta…
Mónica: Me parece que alude a las frutas aparentes que ofrecemos de nosotros mismos, pero que en verdad son cáscaras, que no son frutos tiernos, sino duras cortezas….
Ricardo: Ay, sí, y por eso dice que tenía “forma de fruta”, pero no era fruta…
Mónica: O sea que la desnudez que ella expresa va de afuera hacia adentro…
Ricardo: Ahora que lo pienso, a veces uno se desnuda con alguien, pero la relación es muy superficial, de pura cáscara… Frotación de cortezas…
Mónica: Jaja, ingeniosa manera de entender lo que la poetisa nos dice en el poema.
Ricardo: Pues si a uno le explican, uno entiende mejor la poesía. Y si, además, lo invitan a leer acompañado, el resultado es mucho mejor. Y si a esa compañía uno le tiene confianza, los resultados serán óptimos.
Mónica: Deje la zalamería y sigamos con el poema. Te invito a que leas tú en voz alta la tercera estrofa.
Ricardo: Voy, entonces, con inspirado acento:
“Y ante el asombro vago de mis ojos
surgiste con tus ojos aún velados
de tinieblas y asombros…”
Mónica: Mi amigo, el literato, afirma que no se trata de recitar, sino de entonar el poema. Pero se le abona la buena voluntad.
Ricardo: Hay que valorar el esfuerzo del suscrito… Noto que la persona apenas le quitan la corteza y todos esos “tús” superpuestos queda “asombrado”, como si no se conociera. Como si le hubieran revelado un “tú” que desconocía.
Mónica: Y si te fijas, ese asombro se da “aún con los ojos velados de tinieblas y de asombros…” Es un asombro intuido o sentido interiormente…
Ricardo: Se da cuenta de que es otro, sin poder ver bien a ese otro….
Mónica: Es que uno tiene muchos velos, y se necesita de otra persona que nos los quite o, al menos, que nos invite a despojarnos de esos “tús” corteza, de esos tús “ceñidores”, de esos “tús” superpuestos.
Ricardo: Sí, sí, déjame entono la última estrofa para reivindicarme:
“Surgiste de ti mismo, de tu misma
sombra fecunda –intacto y desgarrado
en alma viva…–”
Mónica: Ahora sí sentí que le dabas valor y resonancia justa a las palabras…
Ricardo: Recibida la felicitación… Qué bonita esa imagen de que uno, después que lo desnudan, que le quitan la cáscara, surge de una “sombra fecunda”. Algo así como volver a nacer…
Mónica: Totalmente de acuerdo, porque ese asombro proviene de descubrir en uno mismo un tú inédito que estaba sepultado por todos esos otros “tús” superpuestos o de dura corteza. Es como una revelación.
Ricardo: ¿Y lo del desgarro?
Mónica: Comprendo que ese tú inédito, “intacto”, cuando sale a la luz, nos desgarra o por lo menos nos produce algún dolor. Porque hay que padecer cierto sufrimiento para que salga a la superficie la médula de quien en verdad somos….
Ricardo: El alma viva…
Mónica: Sí, para que brote esa “alma viva” se requiere de nosotros aceptar el desgarro que produce sacar nuestra esencia de lo más profundo.
Ricardo: Me llama mucho la atención de lo “intacto” de esa alma.
Mónica: Intacta porque no ha sido descubierta por nadie, o porque ninguno se ha tomado el tiempo necesario para denudarnos más adentro de la piel, para arrancarnos las cortezas que creemos ofrecer como frutas… ¿Cómo te pareció el poema?
Ricardo: Asombroso: tan sencillo y tan complejo a la vez, tan imaginativo y tan real…
Mónica: Así es, mi estimado Ricardo. De eso se trata este mundo de los versos. Y por eso me lamento de haberlos dejado de lado. Pero este regalo de cumpleaños me ha vuelto a mi ritual nocturno con la poesía…
Ricardo: Como no te puedo acompañar a ese rito solitario, qué tal si me lees otro poema de esos que tienes señalados con ese separador tan hermoso.
Mónica: Un regalo de mi amigo el escritor…
Ricardo: Ya me están dando celos… ¿Lo conozco?
Mónica: No, hace parte de la reserva del sumario.
Ricardo: Bueno, al menos déjame llevarme en la memoria algunos versos de la autora cubana que acabas de descubrir. ¿Cómo es que se llama?
Mónica: Dulce María Loynaz.
Ricardo: ¿Ya falleció?
Mónica: Sí, en 1997.
Ricardo: Léeme uno para llenar mi espíritu con las sutiles y penetrantes palabras de la poesía.
Mónica: Te voy a compartir este otro, que parece una respuesta del que acabamos de leer. Se titula “Vuelvo a nacer en ti”.
Vuelvo a nacer en ti:
Pequeña y blanca soy… La otra
–la oscura– que era yo, se quedó atrás
como cáscara rota,
como cuerpo sin alma,
como ropa
sin cuero que se cae…
¡Vuelvo a nacer!… –Milagro de la aurora
repetida y distinta siempre…–
Soy la recién nacida de esta hora
pura. Y como los niños buenos,
no sé de dónde vine.
Silenciosa
he mirado la luz –tu luz…–
¡Mi luz!
Y lloré de alegría ante una rosa”.





