• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Didáctica de la literatura

Leyendo poesía

22 miércoles Oct 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

≈ 4 comentarios

Etiquetas

Comentario de poemas, Didáctica de la lectura, Didáctica de la literatura, Lectura compartida

«Mujer leyendo a la luz de una vela» del danés Peter Vilhelm Ilsted.

Ricardo: Así que ahora te vas a volver poeta…o poetisa, mi querida Mónica.

Mónica: No, amigo mío. He vuelto a leer poesía porque, por azar, me encontré en internet un texto del Papa Francisco en el que habla de la importancia de la lectura de poesía para el cuidado del espíritu… Entonces, ando en la recuperación de unos libros que antes frecuentaba y que, no sé por qué razón, dejé de leer.

Ricardo: Las obligaciones, las obligaciones…

Mónica: Pero me reprocho el haber abandonado ese rito que tenía antes de dormirme.

Ricardo: ¿Cuál?

Mónica: Al lado de mi mesa siempre había un libro de poesía, como éste que ahora tengo entre mis manos, y dedicaba una media hora a disfrutar poemas que releía más de una vez.

Ricardo: ¿Con la televisión de fondo?

Mónica: No. Con la televisión apagada. Era una especie de diálogo interior, a partir de lo que me comunicaban los versos…

Ricardo: Bien interesante tu rito nocturno. ¿Y por qué no volviste a hacerlo?

Mónica: Para serte sincera, algo de cansancio o de pereza, o me dejé atrapar por los reality show que me ayudan a desestresarme.

Ricardo: ¿Y cómo se llama el libro que estas leyendo?

Mónica: Se titula: Poemas escogidos, de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, un libro que me regalaron en mi pasado cumpleaños…

Ricardo: Ay, sí, qué pena… se me pasó llamarte.

Mónica: Lo raro hubiera sido que te acordaras de mi onomástico, pero como dicen por ahí, “los ingratos tienen mala memoria…”

Ricardo: Déjate sorprender, nunca es tarde para recibir un buen regalo…

Mónica: Mejor no me ilusiono…

Ricardo: ¿Y ya has leído algo que te guste de ese libro?

Mónica: Sí, ha sido una especie de descubrimiento, porque te he de confesar que no conocía nada de ella… Y como mi amiga Cristina –que sí tiene buena memoria– sabe que me gusta la poesía, se le ocurrió sorprenderme con este detalle.

Ricardo: La ironía no te luce… A ver, compárteme algo de lo que tengas subrayado.

Mónica: Me ha llegado al alma este poema titulado “Yo te fui desnudando…”

Ricardo: Soy sólo oídos:

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: A mí la poesía se me dificulta un poco comprenderla. Porque parece un poema de amor, de un amor fallido.

Mónica: Un amigo literato que tengo, me ha enseñado que para degustar la poesía hay que releerla, despacio, atendiendo la puntuación y la distribución de los versos… Mi amigo dice que, para comprender un poema, primero hay que “habitarlo”. Entonces te la voy a releer…

Ricardo: Pero yo ya entendí…

Mónica: Déjate sorprender, voy a releértelo…

Ricardo: Lo que a uno le toca hacer por sus amigas…

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: No entiendo bien lo de los “tús”…

Mónica: Yo comprendo que uno es muchos, y que responde a diferentes llamados, según con quien esté o viva. Para ti soy un “tú”, pero para mi jefe donde trabajo, soy otro “tú”.

Ricardo: Eso lo entiendo, ¿pero para qué denudarlo a uno de esos “tús”? ¿No lo pueden a uno aceptar tal y como es?

Mónica: Mira lo que dice aquí, en la primera estrofa:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…”

Ricardo: Ah, esos “tús” que uno tiene son como superpuestos, como máscaras.

Mónica: Y lo “ciñen” a uno; no lo dejan ser en libertad.

Ricardo: O sea que encima de la cara uno tiene muchos “tús” que los demás, la sociedad, le va imponiendo.

Mónica: Eso parece decirnos la poetisa. Y por eso en la primera línea, si te das cuenta, lo que ella quiere es quitarle todos esos “tús”, para que quede como el verdadero yo de esa persona…

Ricardo: ¿Y todo eso lo puede sacar uno de esas tres líneas?

Mónica: Sí, señor. Aunque la haya dejado de lado por una época, la lectura frecuente de poesía lo lleva a uno a darle plasticidad a la mente y a descubrir cosas inadvertidas, a mirar el subsuelo de la realidad, a ver el mundo y las personas de otra manera.

Ricardo: Los únicos poemas que me acuerdo son los que aprendí en el colegio; me acuerdo el hijo de rana, rin rin renacuajo y simón el bobito y uno que recité para el día de la madre, cuando yo estaba bien chiquito, “La abeja”…

Mónica: “Miniatura del bosque soberano…

Ricardo: Y consentida del vergel y el viento

Mónica: Los campos cruza en busca del sustento…

Ricardo: Sin perder nunca el colmenar lejano…

Mónica: Yo también tuve que aprendérmela de memoria. Y en la semana cultural participé declamándola…

Ricardo: Ni que hubiéramos estudiado en el mismo colegio… Antes como que se le daba más importancia a la poesía en los planteles educativos, ahora parece que no tanto…

Mónica: A lo mejor se deba a que los mismos docentes han claudicado en ese empeño formativo de educar la sensibilidad y enseñar a apreciar la filigrana del mundo y de la vida.

Ricardo: Bueno, pero quedamos en que uno carga muchos “tús”, todos ellos superpuestos, como las capas de una cebolla.

Mónica: Sí, sí… Y lo que ella dice en esa primera estrofa es que desea “desnudar” a esa persona de todos los “tús” que lo constriñen.

Ricardo: Y luego, ¿qué pasa?

Mónica: Deja lo leo otra vez en voz alta. Mi amigo, el literato, insiste en que la poesía hay que leerla en voz alta, entonada y degustando cada palabra.

Ricardo: Aclara, entonces, la garganta y saborea esos versos.

Mónica:

“Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta”.

Ricardo: Ahora sí capté mejor el asunto: como uno tiene muchos “tús” superpuestos, lo que ella dice es que le “arrancó” el primero de ellos, el que se parece a la corteza de los árboles… Y que, a pesar de ser muy “dura”, se la arrancó todita… No entiendo bien lo de la fruta…

Mónica: Me parece que alude a las frutas aparentes que ofrecemos de nosotros mismos, pero que en verdad son cáscaras, que no son frutos tiernos, sino duras cortezas….

Ricardo: Ay, sí, y por eso dice que tenía “forma de fruta”, pero no era fruta…

Mónica: O sea que la desnudez que ella expresa va de afuera hacia adentro…

Ricardo: Ahora que lo pienso, a veces uno se desnuda con alguien, pero la relación es muy superficial, de pura cáscara… Frotación de cortezas…

Mónica: Jaja, ingeniosa manera de entender lo que la poetisa nos dice en el poema.

Ricardo: Pues si a uno le explican, uno entiende mejor la poesía. Y si, además, lo invitan a leer acompañado, el resultado es mucho mejor. Y si a esa compañía uno le tiene confianza, los resultados serán óptimos.

Mónica: Deje la zalamería y sigamos con el poema. Te invito a que leas tú en voz alta la tercera estrofa.

Ricardo: Voy, entonces, con inspirado acento:

“Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…”

Mónica: Mi amigo, el literato, afirma que no se trata de recitar, sino de entonar el poema. Pero se le abona la buena voluntad.

Ricardo: Hay que valorar el esfuerzo del suscrito… Noto que la persona apenas le quitan la corteza y todos esos “tús” superpuestos queda “asombrado”, como si no se conociera. Como si le hubieran revelado un “tú” que desconocía.

Mónica: Y si te fijas, ese asombro se da “aún con los ojos velados de tinieblas y de asombros…” Es un asombro intuido o sentido interiormente…

Ricardo: Se da cuenta de que es otro, sin poder ver bien a ese otro….

Mónica: Es que uno tiene muchos velos, y se necesita de otra persona que nos los quite o, al menos, que nos invite a despojarnos de esos “tús” corteza, de esos tús “ceñidores”, de esos “tús” superpuestos.

Ricardo: Sí, sí, déjame entono la última estrofa para reivindicarme:

“Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Mónica: Ahora sí sentí que le dabas valor y resonancia justa a las palabras…

Ricardo: Recibida la felicitación… Qué bonita esa imagen de que uno, después que lo desnudan, que le quitan la cáscara, surge de una “sombra fecunda”. Algo así como volver a nacer…

Mónica: Totalmente de acuerdo, porque ese asombro proviene de descubrir en uno mismo un tú inédito que estaba sepultado por todos esos otros “tús” superpuestos o de dura corteza. Es como una revelación.

Ricardo: ¿Y lo del desgarro?

Mónica: Comprendo que ese tú inédito, “intacto”, cuando sale a la luz, nos desgarra o por lo menos nos produce algún dolor. Porque hay que padecer cierto sufrimiento para que salga a la superficie la médula de quien en verdad somos….

Ricardo: El alma viva…

Mónica: Sí, para que brote esa “alma viva” se requiere de nosotros aceptar el desgarro que produce sacar nuestra esencia de lo más profundo.

Ricardo: Me llama mucho la atención de lo “intacto” de esa alma.

Mónica: Intacta porque no ha sido descubierta por nadie, o porque ninguno se ha tomado el tiempo necesario para denudarnos más adentro de la piel, para arrancarnos las cortezas que creemos ofrecer como frutas… ¿Cómo te pareció el poema?

Ricardo:  Asombroso: tan sencillo y tan complejo a la vez, tan imaginativo y tan real…

Mónica: Así es, mi estimado Ricardo. De eso se trata este mundo de los versos. Y por eso me lamento de haberlos dejado de lado. Pero este regalo de cumpleaños me ha vuelto a mi ritual nocturno con la poesía…

Ricardo: Como no te puedo acompañar a ese rito solitario, qué tal si me lees otro poema de esos que tienes señalados con ese separador tan hermoso.

Mónica: Un regalo de mi amigo el escritor…

Ricardo: Ya me están dando celos… ¿Lo conozco?

Mónica: No, hace parte de la reserva del sumario.

Ricardo: Bueno, al menos déjame llevarme en la memoria algunos versos de la autora cubana que acabas de descubrir. ¿Cómo es que se llama?

Mónica: Dulce María Loynaz.

Ricardo: ¿Ya falleció?

Mónica: Sí, en 1997.

Ricardo: Léeme uno para llenar mi espíritu con las sutiles y penetrantes palabras de la poesía.

Mónica: Te voy a compartir este otro, que parece una respuesta del que acabamos de leer. Se titula “Vuelvo a nacer en ti”.

Vuelvo a nacer en ti:

Pequeña y blanca soy… La otra

–la oscura– que era yo, se quedó atrás

como cáscara rota,

como cuerpo sin alma,

como ropa

sin cuero que se cae…

 

¡Vuelvo a nacer!… –Milagro de la aurora

repetida y distinta siempre…–

Soy la recién nacida de esta hora

pura. Y como los niños buenos,

no sé de dónde vine.

Silenciosa

he mirado la luz –tu luz…–

¡Mi luz!

Y lloré de alegría ante una rosa”.

El comentario de un texto lírico en cinco momentos

28 domingo Sep 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Didáctica de la escritura, Didáctica de la literatura, Dulce María Loynaz, Lectura de poemas

«La dama del estanque» de Charles Rebel Stanton.

Un ejemplo, mostrado paso a paso, podrá iluminar los momentos y los pormenores de lectura que permiten realizar un comentario de un texto lírico. El poema que he elegido es “los estanques” de la poetisa cubana Dulce María Loynas, contenido en el libro Poemas escogidos, publicado por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad de Alcalá de Henares, en 1993. Trascribo el texto:

Los estanques

Yo no quisiera ser más que un estanque

verdinegro, tranquilo, limpio y hondo:

Uno de esos estanques

que en un rincón oscuro

de silencioso parque,

se duermen a la sombra tibia y buena

de los árboles.

¡Ver mis aguas azules en la aurora,

y luego ensangrentarse

en la monstruosa herida del ocaso…!

Y para siempre estarme

impasible, serena, recogida,

para ver en mis aguas reflejarse

el cielo, el sol, la luna, las estrellas,

la luz, la sombra, el vuelo de las aves…

¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!

Yo no quisiera ser más que un estanque.

Primer momento

No es fácil ni expedito hacer un comentario si no leemos varias veces el texto. Leerlo en voz alta para tratar de encontrar el ritmo subyacente del poema. Leerlo de forma entonada prestando especial importancia a la puntuación y las unidades de sentido que, a veces, abarcan más de una línea.  Leerlo como quien hace una interpretación de una partitura. Leérnoslo para hacer que nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestra emocionalidad “habiten” el texto o, si prefiere entender de otra manera, leer el poema hasta apropiarlo en su singularidad.

Durante este primer momento se pueden ir haciendo subrayados, marcas en el texto que desde la segunda lectura nos llaman la atención, nos conmueven o nos interpelan. Para ilustrar lo dicho, basta observar que el poema empieza y termina con las mismas palabras: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. De igual modo, en esas relecturas progresivas empezará a ser relevante el uso que la poetisa hace de los colores: “verdinegro”, “oscuro”, “azules”, o el empleo reiterativo de la “sombra”. Hay, por lo demás, líneas señaladas con signos de admiración y es notorio el empleo repetido de los puntos suspensivos.

Segundo momento

En esta etapa del proceso –y como resultado de las relecturas– lo más seguro es que el lector capte o haya descubierto el tema o motivo central del poema. Me refiero al asunto que vertebra la esencia comunicativa del poema. En muchos casos, el tema está señalado desde el mismo título o aparece repitiéndose a lo largo del poema. En otras ocasiones, el tema está implícito o subyace a la exposición desarrollada en el cuerpo del texto. Si volvemos a nuestro ejemplo, si bien es cierto que la palabra “estanque” se repite en tres ocasiones, además del título, no podríamos llegar a la rápida conclusión de que el tema de este poema es el estanque. Porque ya hemos interiorizado el poema, intuimos que el estanque le sirve a Dulce María Loynaz para representar o simbolizar un estado de ánimo o un deseo interior: quizá la tranquilidad (“tranquilo” está en la segunda línea), o la impasibilidad (y este término está en línea doce), o la serenidad (y hay evidencia de ello en el mismo verso doce). O, si revisamos esas palabras en relación con el conjunto, esos términos pueden estar cobijados o confluir en una temática mayor, que es la de la contemplación. No digo que este sea el único camino posible, pero me ayuda a explicar el meollo de este segundo momento en el proceso de redactar un comentario de un texto lírico.

Con ese tema descubierto o ya puesto sobre la mesa, lo que sigue es volver a mirar todo el poema y corroborar si, verdaderamente, puede validarse a lo largo del texto. Manteniendo en mente nuestro poema referente, diremos que “la contemplación” puede refrendarse en la línea uno y dos, en la cinco, en la seis, en las líneas ocho, nueve y diez, en la once, doce y trece, en la dieciséis. Así que, ya tendríamos el motivo sobre el cual queremos redactar nuestro comentario. Puesto de manera concisa, la brújula de nuestro futuro escrito será el deseo de contemplación. Insisto, de una vez, en que el tema podría haber sido otro: demos por caso, el “anhelo de tranquilidad” o la “búsqueda de la paz interior”. Lo importante es corroborar si ese tema que hemos descubierto después de muchas lecturas está presente a lo largo del poema y no es un motivo secundario o accidental dentro de la exposición lírica.

Tercer momento

Como ya decidimos que el tema del poema “Estanques” es el deseo de contemplación, ahora nos toca ir buscando las palabras o los versos que avalan o ilustran nuestro planteamiento. Si seguimos de cerca la aproximación al poema que nos convoca, extraeríamos, entonces, de la segunda línea “tranquilo, limpio y hondo”; de las línea ocho, nueve y diez: “ver mis aguas azules en la aurora, y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”; de las líneas once, doce y trece: “para siempre estarme impasible, serena, recogida, para ver en mis agua reflejarse” y de la penúltima línea: “el encanto del agua inmóvil, fría”. Estos apartados son fundamentales para que nuestro comentario no pierda el eje de lo dicho en el poema o para defender, al decir de Umberto Eco “el sentido literal”. Al entresacar estos términos o estas líneas nos protegemos de volver el texto un pretexto para decir cualquier cosa o ponemos a raya la tentadora sobreinterpretación.

Cuarto momento

Para lograr tejer esos apartados recolectados en la etapa anterior, es necesario ahora ver la macroestructura del poema. Cuando contenga diferentes estrofas, cada una de ellas será el camino obligado para ir desarrollando el comentario. En el poema de la poetisa cubana, necesitamos adentrarnos en el contenido. Observamos que inicia dando algunas características de ese estanque que la autora desea ser: “verdinegro, tranquilo, limpio y hondo”. Luego, ejemplifica el tipo de estanque de su anhelo: uno que esté en “un rincón oscuro de silencioso parque”, un estanque de esos que “se duermen a la sombra tibia y buena de los árboles”. Enseguida, la poetisa expone lo que le sucedería si fuera como el estanque de sus anhelos, si en eso se convirtiera podría “ver sus aguas azules en la aurora y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”. El poema avanza en la posible consecución de ese estado; si eso fuera posible, no sólo se conseguiría “la impasibilidad”, sino que lograría transformar sus aguas en un reflejo que permitiera ver “el cielo, la luna, las estrellas, la luz, la sombra, el vuelo de las aves”. La parte final del poema exalta ese estado anhelado: “Ah el encanto del agua inmóvil, fría” y rubrica el mismo deseo con que empezó en la primera línea.

Lograr describir la macroestructura del poema y el modo como se plantea o desarrolla su propuesta temática es esencial para darle consistencia y progresión al comentario. Si el segundo momento respondía a la pregunta, ¿de qué trata el poema?, esta cuarta fase se centra en contestar a la cuestión, ¿de qué manera lo lleva a cabo? Como se aprecia, estamos hasta ahora dando cuenta del contenido y su organización, describiendo sus pormenores, poniendo en un umbral muy bajo el derivar interpretativo.

Quinto momento

Con los insumos anteriores ya estamos listos para comenzar a redactar el comentario. Si bien puede haber ligeras variaciones o circunstanciales ajustes, la estructura básica es la siguiente:

Pondremos en primer término el poema que nos interesa comentar, cuidándonos de usar una edición con errores, incompleta o mal puntuada. La transcribiremos en letra itálica para diferenciarla del resto del texto, justificándola siempre en la margen izquierda.

Enseguida, usaremos el primer párrafo de nuestro comentario para contextualizar el poema, el libro del que hace parte, algunos datos mínimos del autor y cerraremos el apartado mencionado el tema o motivo que nos interesa comentar.

Tomando como brújula el tema, nuestro segundo párrafo (o si es necesario el tercero y cuarto, dependiendo de la extensión o el número de estrofas) se centrará en describir el desarrollo del poema, o lo que hemos denominado la macroestructura del texto (incorporar el cuarto momento), hallando versos o líneas que vayan ilustrando nuestra apuesta temática (recuperar acá el momento tres ya explicado)  El tono de este apartado, aunque tiene un gran componente descriptivo, requiere no perder de vista que está al servicio de ilustrar, validar o enriquecer la apuesta temática del comentarista.

El siguiente párrafo (que, en algunos casos, será el tercero y, en otros, el cuarto o quinto) es un tanto más libre para, sin perder de vista el eje temático de nuestro comentario, pasar a exponer relaciones más simbólicas. intertextuales o aplicables a los procesos de formación humana o dar luces sobre determinada situación o problema existencial. Es recomendable, cuando se esté en esta deriva interpretativa, recuperar palabras, versos, líneas que ya hemos detectado en el tercer momento.

El último párrafo de nuestro comentario puede dedicarse a ampliar algún aspecto ancilar del poema, pero que resulta valioso para su cabal comprensión; o recuperar el sentido el título, o explorar en la forma poética y el tipo de verso empleado; o llamar la atención del lector sobre otros poemas del mismo autor o que abordan la misma temática. Sea como fuere, lo más importante es cerrar el último párrafo del comentario con observaciones perspicaces de un suficiente calado analítico, que inviten a la relectura del poema o, por lo menos, a subrayar algunos versos que en su recordación aviven la fibra emocional del lector o lo lleven a la autorreflexión.

Expuestos por separado los cinco momentos, podemos ahora presentarlos de manera articulada. He aquí, en concreto, el comentario de un texto lírico:

Aprender a contemplar como los estanques

En medio de un mundo bullicioso, de agitaciones anímicas permanentes y de un vertiginoso proceder, la poetisa cubana Dulce María Loynaz[1] nos propone, en su poema “Los estanques”, asumir una actitud contemplativa en la que primen el silencio y la serenidad[2].

El texto empieza y termina con un deseo de la poetisa: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. La explicación a tal deseo es lo que va a exponer a lo largo del poema. Porque no se trata de ser cualquier tipo de estanque, no. La poetisa nos dice que su anhelo tiene unas particularidades: debe ser de color “verdinegro”, estar “limpio” y ser “hondo”. Pero, además, desea que ese manantial en el que cifra su deseo esté “en un rincón oscuro de un silencioso parque” resguardado “a la sombra tibia y buena de los árboles”. Bien podríamos pensar, de una vez, que el estanque que busca Dulce María Loynaz es un lugar apartado o no visible para el público; un estanque secreto. En los versos que siguen el poema prefigura el cumplimiento de ese deseo; al saberse un estanque, al adquirir sus cualidades líquidas, la autora afirma que entonces podrá ver la transformación de sus “aguas azules en la aurora” hasta convertirse en sangre causada por la “monstruosa herida del ocaso”. Gracias a esa nueva condición le será posible observar los cambios de su flujo vital.

Más adelante, como si fuera una convicción adquirida por su deseo, la poetisa afirma que no es una querencia provisional o momentánea; todo lo contrario: su anhelo es permanecer siempre así: “impasible, serena, recogida”. Porque sólo asumiendo esa condición, le será posible mirar en sus aguas “el cielo, el sol, la luna, las estrellas”; al igual que la “luz, la sombra y el vuelo de las aves”. Siendo ya un estanque, no tendrá la mirada directa de sus ojos, sino que serán sus aguas tranquilas las que reflejarán el universo. Justo en la penúltima línea subraya esa capacidad del estanque anhelado: “¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!”. Lo que en verdad quiere la poetisa cubana es adquirir la condición del agua inmóvil para apreciar mejor el mundo que está en movimiento a su alrededor.

Como puede colegirse, la figura del estanque le sirve a la autora para simbolizar el gesto o actitud misma de entrar en contemplación. Porque la contemplación exige aislamiento o la búsqueda de un “rincón oscuro”, lejos de la algarabía; porque la contemplación demanda una actitud de “recogimiento” en la que el aislarse lleve a la meditación. El estanque no puede estar agitado ni sucio, el estanque no puede estar caliente o lleno de barro. Para entrar en contemplación hay que conquistar la condición de “impasibilidad”, es decir, esa capacidad para no dejarse alterar el ánimo por estímulos externos o, al menos, cultivar la “serenidad” el espíritu hasta alcanzar una sosegada paz. Por lo demás, la contemplación supone aplacar el fuego distractor de las emociones y adquirir cierta “frialdad” en el flujo de nuestras pasiones.

Convertirse en estanque tiene su “encanto”, nos dice Dulce María Loynaz[3]. Quizá no todos podamos, como ella, volver dicha actitud una condición permanente; sin embargo, si frente a estos tiempos vertiginosos y centrados en las demandas del afuera, nos interesa cuidar nuestra interioridad, vale la pena sumarnos al deseo de la poetisa para querer ser como estanques. Estanques “tranquilos” que nos lleven a apaciguar nuestro ritmo de vida; estanques “serenos” que no se dejen provocar por cualquier agresión; estanques apartados que logren interiorizar el aplomo y la calma para no privarse de exaltar la riqueza de la naturaleza y mantener el asombro de la vida. Un poco de estas aguas reflectantes nos pueden ayudar a aumentar el caudal de nuestra sabiduría o a entrar en relación con la “escucha interior” de la que hablan los budistas.

Notas y referencias

[1] Dulce María Loynaz nació en La Habana en 1902 y murió en esta misma ciudad en 1997. De ella ha dicho el poeta Gerardo Diego que su poesía “es tan desnuda, temblorosa e interior que sólo así, susurrada al escucho de cada uno de sus devotísimos oyentes, puede ser comunicada sin menoscabo de su apretada y esencial hermosura”. Entre sus libros de poesía podemos mencionar: Versos, 1920-1938 (1938), Juegos de agua (1946), Poemas sin nombre y Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1953), Obra lírica (1955), Últimos días de una casa (1958), Poesías escogidas (1985); de igual modo su novela lírica Jardín (1951).

[2] El poema hace parte de su libro Juegos del agua, editado en La Habana en 1947, recogido en el libro Poemas escogidos, publicado por la Universidad de Alcalá y el Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.l

[3] Vale pena recordar aquí la definición que daba Dulce María Loynaz de Lo que era su oficio: “un poeta es alguien que ve más allá del mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”. Consúltese la magnífica compilación de artículos críticos sobre su obra en la serie Valoración múltiple del Centro de investigaciones literarias Casa de la américas dedicada a su nombre, preparada por Pedro Simón y editada en La Habana en 1991.

Rubén Darío, el gran mestizo

15 domingo Jun 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Antologías de poesía, Didáctica de la literatura, El modernismo literario, Félix Rubén García Sarmiento

Rubén Darío: «Por eso ser sincero es ser potente…»

Ahí está ante nosotros. El gran mestizo. De ojos y labios grandes. De rasgos marcados por algún ancestro indígena. Ahí está, con su sombrero amplio, aunque también lo vemos de traje militar, de sable y charreteras. Ahí está el mestizo de bigote encorvado hacia arriba en sus puntas, Ahí está, pensativo, de riguroso vestido oscuro o frac de corte inglés. Ahí está, con su hábito imaginario de monje, como si fuera un segundo Dante. Ahí está el mestizo en su lecho de muerte. Ahí está Rubén Darío. El mestizo.

Aquí está con nosotros la figura de Rubén Darío, la persona de Félix Rubén García Sarmiento, el poeta nicaragüense: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre africana, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles (…) Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenque y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”.

Rubén Darío, el mestizo. 49 años de vida. Dos fechas: 1867-1916.Varios lugares: Chile, Buenos Aires, Costa Rica, París, Alcalá. Prosas, versos, infinidad de artículos. Rubén Darío y sus obras: Abrojos, Rimas, Azul, Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza, El Canto errante, Canto a la Argentina… Rubén Darío, el mestizo.

YO PERSIGO UNA FORMA

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo.

Botón de pensamiento que busca ser la rosa;

se anuncia con un beso que en mis labios se posa

al abrazo imposible de la Venus de Milo.

 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo:

los astros me han predicho la visión de la Diosa;

y en mi alma reposa la luz como reposa

el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

 

Y no hallo sino la palabra que huye,

la iniciación melódica que de la flauta fluye

y la barca del sueño que en el espacio boga;

 

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,

el sollozo continuo del chorro de la fuente

y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”.

II

Rubén Darío, un poeta que, según Martín de Riquer y José María Valverde, partió en dos la literatura hispanoamericana. Con Rubén Darío se inicia verdaderamente nuestra historia literaria. Octavio Paz así lo corrobora: “Darío no es únicamente el más amplio y rico de los poetas modernistas: es uno de nuestros grandes poetas modernos. Es el origen”. Otro tanto ha dicho el narrador argentino Manuel Gálvez: “Darío enseñó que cada palabra tenía un valor musical.; él aumentó el dominio de la sensibilidad; él nos hizo ver que la poesía era una arte serio, no un ejercicio de retóricos; él modernizó nuestra lengua e inició la formación de un castellano nuevo, y él, al propagar la obra de tantos escritores extranjeros desconocidos, fue un profesor de cultura”. Gracias a Darío nuestra poesía salió de un enclaustramiento imitativo y accedió a lo universal, aspiró a lo posible, se propuso inventar. El crítico literario Enrique Anderson Imbert aclara cuál fue ese gran aporte: «Rubén Darío dejó la poesía diferente de como la había encontrado (…) Sus cambios formales fueron inmediatamente apreciados. La versificación española se había reducido, durante siglos, a unos pocos tipos. De pronto, con Rubén Darío se convirtió en orquesta sinfónica. Dio vida a metros y estrofas del pasado, aun a los que sólo ocasionalmente se habían cultivado, haciéndolos sonar a veces con imprevistos cambios de acento; y además inventó un lenguaje rítmico de infinitas sorpresas, sin salir de la versificación regular. Que otros lo aventajaron en el dominio de tal o cual forma métrica tradicional, es posible; pero nadie pudo haberle disputado el señorío sobre la mayor diversidad de metros en nuestra lengua. No sólo desarrolló todas las posibilidades musicales de la palabra, sino que para cada estado de ánimo usó el instrumento adecuado. Leyéndolo uno educa el oído; al educarlo, más planos sonoros aparecen en el recitado. Por su técnica verbal Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia literaria en un ‘antes’ y un ‘después’. Pero no sólo fue un maestro del ritmo. Con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte».

Pedro Salinas, en el amplio estudio que le dedicó a Rubén Darío, dice que su poesía se articula desde tres principios activos, desde tres pilares, o tres líneas rectoras: de un lado, el erotismo agónico, el eros sin amada; de otro, la preocupación social y, por último, su ideal de arte en donde Darío halla un espacio innovador. Escribe Salinas: “El alma de Rubén actuó sobre estos tres temas tan disímiles como opera siempre el espíritu poético original, a manera de fuerza correlacionante, de potencia combinatoria, la cual percibe las secretas proximidades de las cosas lejanas y apartadas, sus misteriosas referencias a un centro común, y atrayéndolas desde sus distancias, realiza en sí el inesperado contacto, del cual tan sólo él descubrió que eran capaces”.

Rubén Darío fue puente, enlace, animador, espectador, crítico y capitán de la batalla modernista. Con él empieza el Modernismo y con él acaba, pero su obra –afirma Octavio Paz– “no termina con el modernismo: lo sobrepasa, va más allá del lenguaje de esta escuela y, en verdad, de toda escuela. Es una creación, algo que pertenece más a la historia de la poesía que a la de los estilos”. En “El canto errante” Darío se confiesa y resume sus convicciones creativas:

“Yo he dicho: Ser sincero es ser potente. La actividad humana no se ejercita por medio de la ciencia y de los conocimientos actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Yo he dicho: Es el Arte el que vence el espacio y el tiempo. He meditado ante el problema de la existencia y he procurado ir hacia la más alta idealidad. He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar en el alma de los demás, y hundirme en la vasta alma universal. He apartado  asímismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del mundo, y he visto con desinterés lo que a mí yo parece extraño, para convencerme de que nada es extraño a mi yo. He cantado, en mis diferentes modos, el espectáculo multiforme de la naturaleza y su inmenso misterio. He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la historia, los poetas, los ensueños, las esperanzas. He impuesto al instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo a mi vez órgano de los instantes, vario y variable, según la dirección que imprime el inexplicable Destino”.

Con lo ya expuesto, podemos decir que la importancia de Rubén Darío, la validez actual de sus creaciones y sus ideales estéticos radica en esa “voluntad de estilo”, en esa sinceridad por decir lo propio.  Darío es un poeta que inaugura el no avergonzarse de lo personal, que sobrepasa la tradicional manera de copiar y sopesa las fuerzas de todas las influencias. Darío es el poeta que se atreve a inventar, diciéndonos, eso sí, el riesgo que conlleva tal invención. Darío abrió, dejó libres las esclusas de la creatividad. Darío persiguió lo imposible y eso lo torna absolutamente moderno; husmeó en los límites, se aventuró a ir a tientas por los recovecos del arte, no imponiendo un modelo o un código literario, sino proclamando la invencible voluntad de crear:

“Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear (…) El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia”.

III

Dejemos por un momento la poesía y los poemas de Darío y miremos de cerca al Modernismo. El modernismo es más que una escuela, fue un tipo de actitud. “Un estado de conciencia”, escribió el historiador y crítico literario uruguayo Alberto Zum Felde. Y también fue, según el pensar de Pedro Henríquez Ureña, un alzamiento contra la pereza romántica, mediante la autoimposición de severas disciplinas, tomando ejemplos de Europa, pero pensando en América, según el “juicio criollo” de Martí, los “Cantos de Vida y Esperanza” de Darío y el “Sentimiento americano” de José Enrique Rodó. El modernismo bien puede considerarse como un estado de maduración de la cultura americana, un añejamiento, un árbol que por fin muestra sus frutos. O, en otros términos, el Modernismo es la inserción americana en el tiempo universal.

Pero el Modernismo es, de igual modo, una postura que divorció la poesía de la política: a un lado quedaron, entonces, el general y el dictador, la levita, el guante blanco, y en el otro, el poeta. El Modernismo hizo claridad ética. Igualó el ideal de la belleza y el ideal de la verdad.

Octavio Paz, en un magnífico ensayo “EL caracol y la sirena”, nos aclara aún más lo que era el arte para los modernistas: “El Modernismo no fue una escuela de abstención política sino de pureza artística. Su esteticismo no brota de una indiferencia moral. Tampoco es un Hedonismo. Para ellos el arte es una pasión, en el sentido religioso de la palabra, que exige un sacrificio como todas las pasiones. El amor a la modernidad no es el culto a la moda: es voluntad de participación en una plenitud histórica hasta entonces vedada a los hispanoamericanos. La modernidad no es sino la historia en su forma más inmediata y rica. Más angustiosa también: instante henchido de presagios, vía de acceso a la gesta del tiempo”.

Con el Modernismo por fin tenemos –como quería Martí– vino añejo, aunque fuera de plátano. Por fin tenemos vino propio. Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, José Martí, Rubén Darío… El anacronismo colonial ha quedado sepultado.

IV

Pero volvamos de nuevo a Félix Rubén García Sarmiento. Volvamos a Darío. Y preguntémonos, ¿qué color enmarca su obra? Por supuesto el azul, el azul que le viene de Víctor Hugo. El arte es azul. El azul que es perfección, melodía ideal, belleza. Azul de aguas tranquilas, azul de cielo sin nubes. Aunque a veces el azul es suma blancura.

¿Y habría algún mito que identificara la poesía de Darío? Desde luego: el mito de Leda y el Cisne. El mito de la belleza permutada. De un lado, la diosa, la perfección desnuda y, de otro, el cisne como cantor que intenta poseerla. Leda y el Cisne: unión de la noche y el sol. Leda y el Cisne, posibilidad de que el poeta consiga el ideal, de que el anhelo encarne. Y, sin embargo, mito que explica también una imposibilidad. El cisne canta un himno de muerte. Siempre huye la diosa, siempre huye la palabra.

Nos quedaría por saber si hay en Darío alguna flor, ¿alguna flor en particular? Puede que no sea tan particular, es común en la poesía: la rosa. La rosa de dolor, la gracia femenina. La rosa boca de princesa. La rosa en botón, la que quiere ser la rosa. La blanca rosa. “La rosa sexual que al entreabrirse conmueve todo lo que existe”.

¿Y qué nombre de mujer llenaría las hojas del diario íntimo de Darío? ¿Qué mujer es derrotero en su camino? El nombre ideal sería el de Venus. O si se prefiere una mujer bifronte, que sea agua y sangre al mismo tiempo; es decir, que conjugue a Eva y Salomé. Pero en la vida real Darío optó por la hembra, e hizo de las mujeres, la mujer. Rosario Murillo, Rafaela Contreras, Francisca Sánchez. En todo caso, Darío no fue un hombre afortunado en el amor. La mujer fue siempre para él la gran pregunta sin respuesta. El enigma distante.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

Como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

 

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

 

‘¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;

Y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar’.

El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar”.

V

En todas las antologías de poesía hispanoamericana no pueden faltar los versos de Rubén Darío. Esos poemas ya hacen parte de la memoria colectiva de los latinoamericanos. Por ejemplo, el inicio de la “Canción de otoño en primavera”: “¡Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver!”; o las primeras líneas de “Sonatina” que aparece en la mayoría de los libros de lectura: “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”. Los antologistas coinciden en destacar un poema como “Lo fatal”, dedicado a su amigo y poeta chileno René Pérez, que ilustra bien el alma melancólica de Rubén Darío:

LO FATAL

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos…!”

También coinciden los críticos en elogiar el primer largo poema de Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía” o el poema XIV titulado: “Marcha triunfal”. Y cómo no sumar a esa selección el “Coloquio de los centauros”, “Los motivos del lobo” o la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, ese homenaje a la figura literaria del supremo ideal que empieza con unos versos magníficos:

“Rey de los hidalgos, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de ensueños vistes,

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía,

por la adarga al brazo, toda fantasía,

y la lanza en ristre, toda corazón.”

La selección puede ampliarse y prolongarse. No obstante, quedémonos con un poema más, uno de los finales de Prosas profanas y otros poemas, “Alma mía”:

ALMA MÍA

Alma mía, perdura en tu idea divina;

todo está bajo el signo de un destino supremo;

sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo

por el camino que hacia la Esfinge te encamina.

 

Corta la flor al paso, deja la dura espina;

en el río de oro lleva a compás el remo;

saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,

y sigue como un dios que sus sueños destina…

 

Y sigue como un dios que la dicha estimula,

y mientras la retórica del pájaro te adula

y los astros del cielo te acompañan, y los

 

ramos de la Esperanza surgen primaverales,

atraviesa impertérrita por el bosque de males

sin temer las serpientes, y sigue, como un dios…”

VI

Leopoldo Lugones declaraba que la influencia de Rubén Darío fue definitiva para la moderna poesía española: “después de él, todos cuantos fuimos juventud cuando él nos reveló la nueva vida mental, escribimos de otro modo que los de antes. Los que siguen, hacen y harán lo propio. América dejó ya de hablar como España, y en cambio ésta adopta el verbo nuevo. El pájaro azul cantaba y detrás de él venía el sol”. En esa misma perspectiva se expresó Jorge Luis Borges: “cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa, inasible y sutil ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro” (…) Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magua peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y des sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”. Por todas estas razones y por sus lecciones estéticas de caminar sin miedo por el “vago desierto de la página blanca” es que vale la pena releer a Rubén Darío, el gran mestizo.

TODO LO QUE ENIGMÁTICO DESTINO…

Todo lo que enigmático destino

ponga de duro, o ponga de contrario

al paso del poeta peregrino:

flecha de tenebroso sagitario,

insulto de sayón, o golpe rudo,

caída en el camino del Calvario,

lo resiste quien lleva por escudo,

tranquilo y fuerte en la gloria del día

y con el sueño azul en la cabeza,

la devoción de la Alta Poesía

y de Nuestra Señora la Belleza”.

Las lecciones de literatura preceptiva de Jesús María Ruano

21 domingo Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

≈ 6 comentarios

Etiquetas

Didáctica de la literatura, Jesús María Ruano, Textos escolares

Carátula de la decimatercera edición, editorial Voluntad, Bogotá, 1962.

Un tema que me ha interesado desde hace años es la enseñanza de la literatura. Como parte de esa pesquisa, he ido encontrando textos “clásicos” publicados a lo largo de varias décadas. Hoy deseo referirme a uno de ellos. Se trata de las Lecciones de literatura preceptiva del jesuita Jesús María Ruano, publicadas primero por el Colegio de San Bartolomé, hacia 1933 y luego, en sucesivas ediciones, por la Editorial Voluntad de Bogotá[1]. Si bien es un libro que recoge la tradición del arte de la Retórica, involucra de manera novedosa aspectos del método educativo de la Compañía de Jesús, sumados a una explícita organización didáctica tanto en sus contenidos como en el modo de enseñarlos. Adentrémonos, entonces, en las páginas del libro.

El texto de Jesús María Ruano empieza declarando su método: “amenidad y práctica”. Y en un párrafo de las páginas introductorias señala su principal propósito: “si el joven desde que comienza sus estudios literarios va viendo en cada lección las bellezas de la obra o parte literaria que se le trata de enseñar, y va entendiendo los preceptos teóricos antes de establecerlos, poco trabajo le costará levantar la carga de mandar a la memoria las definiciones, cualidades, reglas y ejemplos de la preceptiva literaria”[2]. Para ello se vale de una trilogía clásica del trabajo didáctico: “observar, entender y ejercitar”[3]. Es decir, los ejemplos o modelos literarios sirven a la observación que, a su vez, conducen al análisis intuitivo, para terminar en la práctica o producción de aquello mismo que pretende enseñarse. Esta propuesta didáctica, como ya lo dijimos y Ruano lo reconoce, responde en su esencia al método de la Ratio studiorum, tan importante en la formación de los jesuitas[4].

Si se observa con cuidado el índice se podrá notar que la obra se divide en dos grandes secciones: literatura preceptiva y géneros literarios. En la primera parte se incluyen, entre otras, lecciones sobre nociones previas de estética, las escuelas literarias, las cualidades del estilo, las figuras lógicas, patéticas, la metáfora y la alegoría, la invención. En la segunda, se abordan asuntos como la poesía, la versificación y la rima, las diversas clases de versos en castellano, la poesía lírica, la poesía bucólica, la poesía épica, la poesía dramática, la novela y el cuento, la poesía didáctica, la oratoria, el fondo y la forma en el discurso, la oratoria forense y académica, la oratoria sagrada, la didáctica literaria y la literatura periodística. Son más de 470 páginas, organizadas en sesenta y dos lecciones, las que emplea Ruano para desarrollar todo este material sobre la literatura.

Cada lección, por lo general, está construida de la siguiente manera: se presenta un ejemplo literario, se invita al análisis del mismo, se infiere una definición, para luego mencionar sus propiedades y características. La lección termina proponiendo algunos ejercicios prácticos e invitando a la reconstrucción sintética, organizada a partir de preguntas puntuales. En otros casos, los ejemplos no están al inicio, sino durante el desarrollo de la exposición o se ofrecen otros “modelos” dignos de estudiarse al cierre de la lección. Es notorio el esfuerzo de Ruano para indicarle al maestro actividades acordes al tema objeto de su interés, sugerirle aspectos motivacionales en el aula, al igual que ofrecerle libros de consulta o fuentes útiles al momento de guiar los ejercicios prácticos con sus estudiantes.

Hay un logro en la claridad expositiva y una voluntad didáctica que permite acceder con facilidad a los múltiples conocimientos y a los aspectos relacionados con la literatura. Ruano empieza siempre sus lecciones desde lo más general para luego pasar a “las variedades” de un género o una temática. Enumera cada parágrafo, prioriza las definiciones, muestra con cuidado las clasificaciones, es preciso en las distinciones y sabe dosificar la cantidad de información acorde al tipo de asunto. Evita los párrafos extensos, usa las bastardillas con el fin de destacar el vocabulario esencial de un tema o que está vinculado con el de otra lección, ilustra conceptos con abundantes fragmentos literarios, recupera en la “reconstrucción sintética” aquellas nociones que ha explicado y ejemplificado. Por más que el autor emplea un lenguaje especializado, no por ello deja de ser altamente comunicativo y, lo más importante, está adecuado al tipo de público para un texto escolar.

Lo más interesante de su método es que el ejemplo utilizado sirve de base para un análisis posterior en el que, de manera precisa, va mostrando al lector las características de aquello mismo que desea explicar o de las particularidades de un asunto. En consonancia con esta propuesta, Ruano pone al final de las lecciones, ejercicios prácticos (“serán los frecuentes análisis que se exigen en el cuerpo de la lección, aplicados a otras composiciones del mismo género”)[5], o “ejercicios analíticos” en los que el estudiante, con la orientación del profesor, puede emular lo que el texto le ha presentado de manera detallada. Para este último cometido ofrece un apartado titulado “otros modelos” literarios.

Pero, sin lugar a dudas, el mayor acierto de esta Preceptiva literaria es su declarado interés para que los estudiantes no solo conozcan las particularidades de la literatura, sino que “aprendan a escribir”. Si hay un término recurrente en esta obra es el de “composición”. Desde la lección V, en que se habla de las dotes del “artista literario”, pasando por todas aquellas dedicadas a las cualidades del estilo (lecciones VII a XII), hasta las que hablan de la “armonía, la práctica y la formación del estilo” (lecciones XXII a XXIV), Ruano tiene como principal interés que el aprendiz se apropie de los elementos del lenguaje literario como insumo para su propia producción escrita. Para ello emplea los “modelos” de autores y obras representativas que, al analizarlas, permiten descubrir las “minucias de la composición”. Además, Jesús María Ruano, desea que esos escritos de los alumnos logren ser de calidad, que tengan un referente estético notable. De allí, entonces, su preocupación por explicar con cuidado todos los recursos que dan “vida y movimiento al estilo”; me refiero a las figuras lógicas, a las figuras pintorescas o descriptivas o a las figuras patéticas. En este mismo sentido están presentadas las modalidades de los géneros literarios y las variadas lecciones dedicadas a las formas de la poesía lírica, épica y dramática, al igual que las lecciones sobre la novela y el cuento. Más allá de un afán enciclopedista, lo que mueve a Ruano es su deseo docente de que el estudiante vaya incorporando “estructuras”, “modelos”, “técnicas literarias”, que sirvan de referente y estímulo para sus composiciones escritas. Como un ejemplo típico de lo que vengo diciendo es la lección XXIV, centrada en la “práctica y formación del estilo”. En ella, Ruano afirma que antes de redactar hay que “pensar bien” para luego sí pasar a la etapa de la redacción; en este mismo espacio ofrece una variedad de ejercicios para “adquirir abundante léxico”, para “adquirir una palabra propia y más expresiva” y ejercicios para “la reproducción libre de un modelo”. Cierra esta lección explicando los “ejercicios superiores de estilo” en los que incluye el desarrollo de una idea concreta, la enumeración de los efectos de una causa o la descripción de impresiones personales[6].

A pesar de haber sido escrito hace noventa años, este libro sigue iluminando mis reflexiones y mi trabajo sobre didáctica de la literatura. A él acudo para “redescubrir” sus ejercicios prácticos; me orienta en aquello de la “dosificación” de los contenidos literarios, especialmente en una época en que la saturación de información no es buena consejera para el aprendizaje significativo; lo tengo de “repertorio de preguntas” cuando me urge evaluar determinada temática literaria; me sirve de “inspiración didáctica” al momento de producir textos con igual propósito. Como toda obra clásica, este libro continúa irradiando “relecturas” que suscitan el interés de los educadores, es fuente para la reapropiación de aprendizajes y fomenta la siempre valiosa tarea de apasionar a otros por el conocimiento de la literatura y el oficio artesanal de aprender a escribir.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] La edición que tendré como referencia es la decimotercera, de la Editorial Voluntad, Bogotá, 1962.  

[2] Op. cit., pág. 7.

[3] Op. Cit., pág. 9.

[4] “¿Qué otra cosa que análisis intuitivo son las prelecciones, síntesis retrospectivas, las repeticiones, y práctica de lo aprendido, las composiciones?”, op. cit., pág. 11.

[5] Op. cit., pág. 254.

[6] Op. cit., págs. 162 a 165.

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...