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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Escritura y música

Convocar a la escritura

27 martes Ago 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

≈ 8 comentarios

Etiquetas

Autobiografía, Escritores en su tinta, Escritura y música

Buscar a la escritura. Hacerle guiños. Releer antiguos textos personales o transcribir textos de otros. Estrategias para convocar a la escritura, señales de humo, conjuros de alguien que, como otro hijo pródigo, reclama volver a la casa paterna de la hoja en blanco. Caminatas, subidas y bajadas con libros en la mano, bibliotecario por momentos. Más y más estratagemas para invitar a la escritura, para hacerla retornar a su casa paterna, a esta pequeña parcela, a esta ventana por la que me entra el aire indispensable para mantener la buena salud de mi espíritu.

Las manos indecisas, torpes por decir lo menos. Y, sin embargo, las manos ansiosas por volver a sembrar de signos, por hundir en la tierra de la imaginación estas semillas de palabras. Afán por no perder más tiempo, dudas por haber olvidado alguna experticia hija del trato cotidiano, del hábito de escribir la página diaria. Un deseo por escribir acompañado de muchísimas dudas, de contradicciones, de preguntas. La pasión sigue ahí, genuina, imperecedera. Lo sé: he sentido su fuerza, su ímpetu. Pero, a la vez, he tenido que renunciar a ella por culpa del abundante trabajo en la Universidad, por las asesorías, por ese corre corre incesante de los fines de semana. Sí, la pasión continúa intacta aunque ha tenido que vérselas varios meses con el rostro paralizante de esa otra Medusa cotidiana: el cansancio. Cómo detesto el entregarle las migajas de mis fuerzas a la escritura, cómo me duele tener que acostarme sin haber intercambiado algunas palabras con ella. Entro o salgo del cuarto de baño que queda al lado de mi estudio y veo, de soslayo, el gesto de la mano de la escritura despidiéndome, como si supiera que cada vez me alejo más de su puerto, de su tierra benigna.

Scarlatti, Albinoni, Telemann…, me sirven de Virgilios, de Dantes que me ayudan a salir de los mil círculos del infierno de no haber escrito en mi diario. Es un allegro de Händel, el del concierto grosso en fa mayor op. 6 Nº 2, el que rompe mi parálisis. Abro de nuevo los ojos y veo a mi alrededor lugares y pasadizos conocidos. Rememoro con felicidad. Mis manos se hallan en su elemento. Afino de nuevo el oído y la música me invita a mirar hacia las estrellas. No siento ningún cansancio. Todo mi ser está concentrado en este cuartito blanco, en este universo de tamaño carta. Apuro el último sorbo de un té de cuatro frutas rojas y descubro que esa bebida también debe ser una especie de pócima contra la anemia escritural. A eso de las once y media de la noche, de este martes, se ha roto el hechizo. Los cornos de Telemann celebran dicha liberación.

Manumitido, libre. Cuánto por escribir, cuántos proyectos, cuántas obras por afinar o pulir… Antes que nada, terminar el cuento sobre “Israel”; enseguida, rematar el libro de El vicio de don Quijote: escribir el ensayo introductorio, elaborar el índice analítico; revisar, revisar… Dejarlo listo porque, según el propósito que me hice después de la muerte de Custodio, el libro para publicar en el próximo año debe ser éste. Más tareas: escribir un pequeño ensayo sobre “Los tipos básicos de argumentación”; acabar de digitar los poemas de mi libro Cantos del adorador; pulir los textos de Espejo de letras… Concluir ese otro ensayo sobre “Estilos docentes”… En fin, cómo deseo que estas vacaciones me alcancen para cumplir con todas estas gratísimas labores. Mientras tanto, conservando el espíritu medieval del carpe diem, asumo el goce de escribir, la infinita suerte de poder lanzar estas manchas de palabras a los cielos.

Compruebo otra vez una certeza: la escritura es mi regulador, es el lubricante de mi cotidianidad. Sin ella ando triste, cuando no malhumorado. Pierdo el norte, parezco un navegante sin brújula. La escritura me hace sentir útil; gracias a ella salgo del repetitivo destino del trabajar para poder sobrevivir. Con la escritura puedo crear, generar mundo al mundo; con la escritura, con ese pan de signos, puedo convertir mi vida en un regalo, en algo para legar a otros. Tal parece ser la fuerza de la escritura en mí, un escenario para superarme, para no ser sólo tradición sino también proyecto. La escritura me anima a romper los determinismos. Vengan de donde vengan. Cuando escribo simbolizo mi entorno, lo transformo, lo recreo. Tal vez me sea tan necesario escribir por no poder soportar esa condición de no tener salida, de la rutina mecánica, del apenas alcanzar lo necesario para comer, dormir y seguir sobreviviendo. A lo mejor la escritura representa para mí un espacio abierto donde lo imposible, lo impensado, lo insospechado cobran todo su esplendor. Es que hay un reto maravilloso en gestar mundos con las palabras. Fíjense: antes, en estas páginas, no había nada. Eran un terreno yermo. Y ahora, después de esta hora de escritura, han brotado ciertas formas, alguna geografía inédita. Un mundo que ni yo mismo lo sabía. Qué maravilla ver florecer la escritura ante nosotros.

Por eso me es tan necesario el escribir todos los días. Para sentir que la vida –mi vida–, se renueva, se mantiene fecunda, vigorosa. Porque si se fractura esa simbiosis con la escritura, necesariamente se rompe mi equilibrio interior, se quiebra la ecología de mi propio mundo. Escritura: reserva natural de mi yo.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, pp. 597-599)

Allegro maestoso

29 jueves Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Escritura y música

(Motivado por el Concierto para guitarra N° 1, en La mayor, Opus 30 de Mauro Giuliani. Academy of St. Martin in the Fields Sir Neville Marriner; Guitarra: Pepe Romero)

Concierto para guitarra y orquesta de cuerda en La mayor, Opus 30

Arriba el sol y las nubes abriéndose. Amplias. Gruesas. Densas. Un rayo de luz metiéndose entre ellas, como apartando el gris blanco algodón. Un rayo diminuto, festivo, juguetón; un rayo victorioso y libre. Un rayo de sol… Abajo, la hierba y el agua corriendo, saltando entre las piedras; y un árbol gigantesco, repleto de hojarasca… Hay silencio. Amanece… Amanece… Varias flores hasta ahora se ponen su cabello de olor y sus manos blancas. Amanece… Y de pronto, súbitamente, un rayo de sol. Nuestro rayo de sol recorriendo todo el paisaje, todo ese verde de montaña… “Más luz grita una sombra”. Y el rayo se dedica a acariciar cada hoja, cada intersticio de rama, cada partícula de tronco… Luz, luz, de abajo hacia arriba… Subiendo o bajando la luz baña al árbol de color… Hay danza de amanecer. Una hoja se esconde, otra apenas aparece… El rayo de luz la busca, la busca. Hay danza de color… verde, ocre, marrón… amarillo resplandor, amarillo limón… más verde, más sol… Un rayo de luz pleno, redondo. Del cielo a la tierra como un rayo perfecto, como una línea iridiscente de color… Lentitud y fijeza… Amanecer lento y suave. Colores de un día brumoso… Y el viento, el viento aprendiendo a abrirse paso entre ese baile de color.  Viento, arpa en el aire; viento… caricia justa en cada cosa y en cada hoja; caricia limpia entre el paisaje de reciente vida nueva… El rayo de luz, el sol jugando a reconocer todas sus criaturas… Amanece… Tiernos son los colores a las cinco de la mañana. Hay ternura en la tierra cuando ha dormido tanto tiempo entre la noche… Anunciación. Luz, más luz; luz, más luz… Ya todo brilla. Hay plenitud. Y el viento ansioso por ser como ese sol. Poderoso e invisible. Piel de dios perfecta… Piel solamente y nada más…

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