Un amigo me hizo llegar uno de esos mensajes que circulan por internet con una frase que me puso a pensar sobre la cizaña. El texto de la corta frase dice así: “La cizaña es peligrosa: te hace odiar a quien nunca te hizo daño y confiar en quien te envenena”. Tomando como referente esta breve comunicación podemos en esta ocasión ahondar en las particularidades y alcances de la cizaña.
Lo primero que reflexioné fue en el poder de seducción del cizañero para ganarse la confianza de quien pone en la mira de sus comentarios o consejos; a veces, utilizando la zalamería emocional o creando en la otra persona la idea de que todo lo que va escuchar es por su bien o para “ayudarle” a salir de un problema o una situación de crisis. El cizañero o cizañera saben muy bien disfrazar sus palabras de lobo como expresiones de oveja; en eso consiste la médula de su maldad: hacer pasar la hierba mala como si fuera verdosa espiga de trigo. Y el interlocutor cede, llenándose de motivos o razones ajenas que, poco a poco, parecen propias, aunque en el fondo no son otra cosa que concitaciones venenosas. Con tal de lograr la duda, la desconfianza o el recelo por alguien, el cizañero logra su cometido. Lo que venga después, lo que desencadenen sus consejas, el sufrimiento que produzcan, pasan a un segundo plano, amparado en la licencia de una presunta complicidad o una falsa camaradería.
Sembrar cizaña parece ser en nuestra época una práctica personal y un estilo de interrelacionarnos. Es el modo habitual como las redes sociales proceden a diario. Más que buscar aclarar determinado asunto u ofrecer otros puntos de análisis para resolver un problema, lo que hacen es azuzar el odio contra alguien, despertar viejos resquemores o, lo que resulta más contraproducente para la vida en comunidad, emponzoñan el corazón contra los que piensan diferente o son de otra frontera ideológica. Para ello ponen a circular rumores infundados, crean daños inexistentes, multiplican el sectarismo y, con un lenguaje desobligante, hostigan la indignidad y la ojeriza contra el vecino. Es propio del tono emotivo e inmediatista de las redes sociales reverberar la cizaña y estropear la concordia: de otra manera se perderían el afán guerrerista y no lograrían multiplicar los ansiados “me gusta” de los seguidores. El asunto se complica aún más cuando sabemos de la adicción de las personas por este medio de información y de su poder para encender negativamente los ánimos o manipular la opinión pública.
Algo semejante ocurre con los medios masivos de información, en particular la radio. Un buen número de periodistas, especialmente los que asumen cierto tono de jueces inapelables, abandonan su labor de ofrecer puntos de vista diferentes sobre un hecho o acontecimiento, para provocar a la audiencia, espolear su aversión por alguien o perorar asuntos con una descarada parcialidad que por momentos ya no son noticias relevantes sino diatribas incendiarias. Este periodismo cizañero acompaña a los oyentes desde las primeras horas del día hasta que el final de la noche. Se lo conoce por ser repetitivo, por “escoger” tendenciosamente sus fuentes, y por actuar siempre amparados en la consigna de que la gente necesita estar bien informada, aunque una vez sembrada o divulgada la cizaña optan por “tirar la piedra y esconder la mano”. Algo queda en el público de este periodismo fraguado contra “un otro”, de este periodismo que sabe muy bien resaltar lo negativo del opositor y ocultar o minimizar los yerros del simpatizante. Los actuales medios masivos de información inciden de amplia manera en el clima de zozobra de nuestra sociedad, favorecen la avalancha de agresión sobre la necesaria convivencia; incitan y promueven, en su modo de presentar las noticias, una realidad de opuestos irreconciliables, de polarización sin atenuantes y de pérdida de esperanza.
Pero la cizaña también se siembra en los ambientes familiares. A veces por envidia, por ambiciones económicas o por “chismes” que de tanto repetirlos comienzan a parecer verdades. En este caso, la cizaña se propaga soterradamente entre familiares, se torna en un murmullo que corroe los lazos de la fraternidad e indispone –hasta la ruptura o el total alejamiento– a quienes participan de un mismo origen, de una misma crianza. Este tipo de cizaña se exacerba cuando uno de los miembros de la familia goza de mejor fortuna o logra sobresalir en algún aspecto; cobra más fuerza cuando se suman los intereses o la codicia de la familia extendida; se propaga en el tiempo heredando las hostilidades de los padres a sus hijos. Tan nociva es la cizaña en la familia que logra convertir en enemigos a quienes deberían ser nuestro primer círculo de apoyo; tan hondas heridas causa que llega a provocar rencores, resentimientos o retaliaciones silenciosamente esperadas.
Y ni qué decir de la cizaña que dejamos entrar en el terreno sensible del mundo afectivo, específicamente en las relaciones de pareja. Si abrimos de par en par nuestra interioridad al cizañero, si le contamos nuestras cuitas, con toda seguridad él sabrá multiplicar las dudas, los temores o, por lo menos, acentuar los defectos de nuestra pareja. La cizaña se nutre de eso: de sacar provecho de nuestra infelicidad o de nuestras debilidades amorosas, de agrietar aún más lo que apenas es una fisura, un altibajo emocional o una desavenencia pasajera. La cizaña absolutiza un hecho, por pequeño que sea, ahonda en la desmemoria de lo vivido con alguien y propugna por entronizar en el centro de nuestra alma el desprecio, la altivez o la indiferencia. Tratándose de asuntos del corazón, la cizaña ansía enemistarnos con quien hemos amado o trastocar el cuidado por otro ser en una relación de malquerencia.
A sabiendas del daño moral, psicológico, afectivo o para la sana convivencia, deberíamos estar más atentos a esto de propagar cizaña –basta saber guardar silencio y no entrometernos donde no nos llaman– o dejar llenar nuestro espíritu y nuestra mente de animadversiones gratuitas. Es inevitable que la cizaña crezca en nuestra a vida social, pero de nosotros depende desyerbar esas malas hierbas que, camufladas en buenas intenciones, lo que en verdad hacen es agudizar nuestros temores, opacar nuestro buen juicio y llenarnos de una rabia infinita y sin sentido. Necesitamos el suficiente discernimiento para no creer en todo lo que nos murmuran o entregar nuestra voluntad a quienes nos incitan a la animosidad, el rencor o la antipatía, justo con quienes convivimos o compartimos una vida comunitaria. La mesura, la sensatez y cierto espíritu de sospecha sobre tales personas contribuyen a que el cedazo del tiempo nos ayude a separar –tal como en la parábola bíblica– el buen grano de las perjudiciales plantas venenosas. Mantenernos atentos y prudentes, escardando los comentarios malintencionados, es un modo de proteger el corazón de las irritaciones de la tóxica cizaña.
