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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Cuidado de sí

De la cizaña y sus pregoneros

29 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Cuidado de sí, Medios masivos de información, Redes sociales, Vicios de la comunicación

«Crispin y Scapin» de Honoré Daumier.

Un amigo me hizo llegar uno de esos mensajes que circulan por internet con una frase que me puso a pensar sobre la cizaña. El texto de la corta frase dice así: “La cizaña es peligrosa: te hace odiar a quien nunca te hizo daño y confiar en quien te envenena”. Tomando como referente esta breve comunicación podemos en esta ocasión ahondar en las particularidades y alcances de la cizaña.

Lo primero que reflexioné fue en el poder de seducción del cizañero para ganarse la confianza de quien pone en la mira de sus comentarios o consejos; a veces, utilizando la zalamería emocional o creando en la otra persona la idea de que todo lo que va escuchar es por su bien o para “ayudarle” a salir de un problema o una situación de crisis. El cizañero o cizañera saben muy bien disfrazar sus palabras de lobo como expresiones de oveja; en eso consiste la médula de su maldad: hacer pasar la hierba mala como si fuera verdosa espiga de trigo. Y el interlocutor cede, llenándose de motivos o razones ajenas que, poco a poco, parecen propias, aunque en el fondo no son otra cosa que concitaciones venenosas. Con tal de lograr la duda, la desconfianza o el recelo por alguien, el cizañero logra su cometido. Lo que venga después, lo que desencadenen sus consejas, el sufrimiento que produzcan, pasan a un segundo plano, amparado en la licencia de una presunta complicidad o una falsa camaradería.

Sembrar cizaña parece ser en nuestra época una práctica personal y un estilo de interrelacionarnos. Es el modo habitual como las redes sociales proceden a diario. Más que buscar aclarar determinado asunto u ofrecer otros puntos de análisis para resolver un problema, lo que hacen es azuzar el odio contra alguien, despertar viejos resquemores o, lo que resulta más contraproducente para la vida en comunidad, emponzoñan el corazón contra los que piensan diferente o son de otra frontera ideológica. Para ello ponen a circular rumores infundados, crean daños inexistentes, multiplican el sectarismo y, con un lenguaje desobligante, hostigan la indignidad y la ojeriza contra el vecino. Es propio del tono emotivo e inmediatista de las redes sociales reverberar la cizaña y estropear la concordia: de otra manera se perderían el afán guerrerista y no lograrían multiplicar los ansiados “me gusta” de los seguidores. El asunto se complica aún más cuando sabemos de la adicción de las personas por este medio de información y de su poder para encender negativamente los ánimos o manipular la opinión pública.

Algo semejante ocurre con los medios masivos de información, en particular la radio. Un buen número de periodistas, especialmente los que asumen cierto tono de jueces inapelables, abandonan su labor de ofrecer puntos de vista diferentes sobre un hecho o acontecimiento, para provocar a la audiencia, espolear su aversión por alguien o perorar asuntos con una descarada parcialidad que por momentos ya no son noticias relevantes sino diatribas incendiarias. Este periodismo cizañero acompaña a los oyentes desde las primeras horas del día hasta que el final de la noche. Se lo conoce por ser repetitivo, por “escoger” tendenciosamente sus fuentes, y por actuar siempre amparados en la consigna de que la gente necesita estar bien informada, aunque una vez sembrada o divulgada la cizaña optan por “tirar la piedra y esconder la mano”. Algo queda en el público de este periodismo fraguado contra “un otro”, de este periodismo que sabe muy bien resaltar lo negativo del opositor y ocultar o minimizar los yerros del simpatizante. Los actuales medios masivos de información inciden de amplia manera en el clima de zozobra de nuestra sociedad, favorecen la avalancha de agresión sobre la necesaria convivencia; incitan y promueven, en su modo de presentar las noticias, una realidad de opuestos irreconciliables, de polarización sin atenuantes y de pérdida de esperanza.

Pero la cizaña también se siembra en los ambientes familiares. A veces por envidia, por ambiciones económicas o por “chismes” que de tanto repetirlos comienzan a parecer verdades. En este caso, la cizaña se propaga soterradamente entre familiares, se torna en un murmullo que corroe los lazos de la fraternidad e indispone –hasta la ruptura o el total alejamiento– a quienes participan de un mismo origen, de una misma crianza. Este tipo de cizaña se exacerba cuando uno de los miembros de la familia goza de mejor fortuna o logra sobresalir en algún aspecto; cobra más fuerza cuando se suman los intereses o la codicia de la familia extendida; se propaga en el tiempo heredando las hostilidades de los padres a sus hijos. Tan nociva es la cizaña en la familia que logra convertir en enemigos a quienes deberían ser nuestro primer círculo de apoyo; tan hondas heridas causa que llega a provocar rencores, resentimientos o retaliaciones silenciosamente esperadas.

Y ni qué decir de la cizaña que dejamos entrar en el terreno sensible del mundo afectivo, específicamente en las relaciones de pareja. Si abrimos de par en par nuestra interioridad al cizañero, si le contamos nuestras cuitas, con toda seguridad él sabrá multiplicar las dudas, los temores o, por lo menos, acentuar los defectos de nuestra pareja. La cizaña se nutre de eso: de sacar provecho de nuestra infelicidad o de nuestras debilidades amorosas, de agrietar aún más lo que apenas es una fisura, un altibajo emocional o una desavenencia pasajera. La cizaña absolutiza un hecho, por pequeño que sea, ahonda en la desmemoria de lo vivido con alguien y propugna por entronizar en el centro de nuestra alma el desprecio, la altivez o la indiferencia. Tratándose de asuntos del corazón, la cizaña ansía enemistarnos con quien hemos amado o trastocar el cuidado por otro ser en una relación de malquerencia.

A sabiendas del daño moral, psicológico, afectivo o para la sana convivencia, deberíamos estar más atentos a esto de propagar cizaña –basta saber guardar silencio y no entrometernos donde no nos llaman– o dejar llenar nuestro espíritu y nuestra mente de animadversiones gratuitas. Es inevitable que la cizaña crezca en nuestra a vida social, pero de nosotros depende desyerbar esas malas hierbas que, camufladas en buenas intenciones, lo que en verdad hacen es agudizar nuestros temores, opacar nuestro buen juicio y llenarnos de una rabia infinita y sin sentido. Necesitamos el suficiente discernimiento para no creer en todo lo que nos murmuran o entregar nuestra voluntad a quienes nos incitan a la animosidad, el rencor o la antipatía, justo con quienes convivimos o compartimos una vida comunitaria. La mesura, la sensatez y cierto espíritu de sospecha sobre tales personas contribuyen a que el cedazo del tiempo nos ayude a separar –tal como en la parábola bíblica– el buen grano de las perjudiciales plantas venenosas. Mantenernos atentos y prudentes, escardando los comentarios malintencionados, es un modo de proteger el corazón de las irritaciones de la tóxica cizaña.

Higiene mediática y salud mental

19 jueves Dic 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Consumo de medios, Cuidado de sí, Medios masivos, Opinión pública, Redes sociales

Ilustración de Ángel Boligán.

Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.

Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.

No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.

De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.

En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.   

Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.

Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.

Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.

Ilustración de Pawel Kuczynski.

Recursos de cuidado en tiempos de pandemia

31 domingo Ene 2021

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Covid-19, Cuidado de los otros, Cuidado de sí, Pandemia

Ilustración de Ángel Boligán

Son tantos los colegas o amigos que a diario me llenan con sus temores derivados de esta pandemia, tantas las desinformaciones que desestabilizan el equilibrio emocional, infinitos los mensajes de alarma multiplicados por los medios masivos de información, que he pensado en una serie de pequeñas acciones mediante las cuales podemos cuidar nuestra mente o mantener estable nuestro espíritu. Por supuesto, son “recursos de cuidado” que yo mismo practico y, en esa medida, considero pueden servir a otras personas.

PRIMERO: no sea replicante impulsivo de cuanta cosa alarmista sobre el Covid-19 le llegue en las redes sociales. No contribuya a aumentar la zozobra. Sea un lector crítico de esas informaciones antes de enviarlas a sus conocidos. Use filtros de procedencia, de confiabilidad de la fuente, de contrastación de los mensajes. Quítese de la cabeza la idea de que “reenviando” cualquier información contribuye a aclarar o mejorar la situación de esta pandemia.

SEGUNDO: no haga eco a remedios caseros o a soluciones mágicas para enfrentar el coronavirus. Si bien el miedo nos lleva a buscar respuestas mágicas a problemas difíciles o desbordantes, impóngase la tarea de cumplir con lo que recomiendan los especialistas en este campo. Si procura cumplir con las normas básicas de bioseguridad (que de tanto escucharlas parecen poco importantes), si hace ejercicio de manera constante, si se ocupa en mantener vivo algún proyecto y no solo en multiplicar las preocupaciones, seguramente se sentirá más sano en cuerpo y espíritu.

TERCERO: no dedique todo el tiempo a ver o escuchar noticias, ni se vuelva un obsesivo con las cifras alarmistas. Elija un noticiero, no vea siempre el mismo; pero no se mantenga conectado todo el tiempo o preso de la “primicia” o el amarillismo de la fatalidad. Desconéctese por unas horas. Manténgase informado, pero no constriña su vida cotidiana al vaivén de los programas de información que, cada vez más, se han ido volviendo espacios de opinión. Recuerde que la prensa o las revistas tienen más tiempo para sopesar lo que otros medios sacrifican por el afán de novedad.

CUARTO: no dedique el ocio solo a ver televisión o navegar por internet. Diversifique sus aficiones o sus actividades de tiempo libre. Juegue, camine, practique una artesanía o un arte, converse, escriba, lea libros, inicie un nuevo proyecto, ocúpese en algo que le produzca pequeñas satisfacciones o lo afirme en la riqueza de la vida. No se postre o pierda la iniciativa. Deje de mirar tanto el escenario desolado del afuera y observe con cuidado los paisajes inexplorados de su interioridad.

QUINTO: no maldiga tanto, no reniegue de lo que nos está pasando, no busque culpables, no impregne su discurso de palabras pesimistas o abiertamente catastróficas. Cuando hable con amigos, colegas o conocidos, sea más bien un heraldo de optimismo que un mensajero de malos auspicios. Intente, así no le resulte fácil al inicio, ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Donde quiera que esté o haga lo que haga procure ser un promotor de la esperanza.

SEXTO: no idealice el pasado, ni mire los años anteriores con nostalgia. Cuando así se procede la mente y el corazón empiezan a sentir que en lo perdido estaba la felicidad y, por supuesto, se pierden las alegrías del presente. Lo que estamos viviendo es algo inesperado, impredecible, pero por eso mismo tiene en su semilla un horizonte para construir escenarios inéditos. Deje de hablar de los tiempos sin pandemia como el mundo deseable, y mejor converse sobre las posibilidades o los desafíos que esta nueva realidad nos ofrece.

SÉPTIMO: no se angustie por los nuevos aprendizajes que deberá asumir o por aquellos otros que vendrán en el inmediato futuro. Quítese de la mente la idea de que está viejo para ser estudiante de nuevo; despójese de esos orgullos o de esa soberbia intelectual que le daba seguridad o lo hacía dueño de un saber. Haga de la experimentación su aliada y vuelva la palabra “cacharrear” su mayor aliada. Este verbo es la clave para entender que el ensayo y el error es el modo más adecuado para sortear los analfabetismos digitales o las nuevas maneras de comunicarnos. Transforme el error, en usted y en los que lo rodean, en oportunidad para saber cosas nuevas y no en un impedimento o un defecto. Deje de considerarse como un ser autosuficiente; hoy más que nunca, pedir ayuda a otros es una clave para acabar de aprender.

OCTAVO: no sea tan rígido o intolerante, ni tan serio o amargado que, además de los problemas propios de la pandemia, agregue en su casa aquellos otros del mal ambiente, del clima tenso o la incomunicación amenazante. Flexibilice el espíritu y amplíe el umbral del humor. Bromee con frecuencia. El mal genio poco ayuda cuando el temor ronda y la incertidumbre se multiplica. Cuando hay humor, cuando no perdemos la “ironía” para entrever en lo más trágico un atisbo de comedia, cuando logramos vernos en el espejo para ver el rostro de la fragilidad o la torpeza, lo más seguro es que mermaremos la tensión emocional que tanto daño hace a los nervios y al sistema digestivo. Reír es también un diluyente del pánico y una prueba de que hemos tomado distancia comprensiva de lo que nos pasa.

NOVENO: no se encierre o se aísle de sus conocidos o amigos. Tampoco se trague todas sus angustias o corte las relaciones interpersonales. Mantenga un flujo de comunicación permanente con los que, por las mismas circunstancias de la pandemia, están lejanos o sin posibilidad de contacto. Practique la tertulia, busque un motivo para el diálogo, dele a la conversación el papel de ser lubricante de la vida cotidiana. Disponga espacios en su agenda semanal para esos encuentros y otórgueles el valor de ser reuniones inaplazables. Renueve los lazos de la amistad y, si alguien confía en usted para ser su confidente, descubra las bondades de ser un buen escucha. No deje de llamar a las personas cercanas a sus afectos o aquellas que ha descuidado en el trato para darles un saludo animoso y reiterarles la gratitud, el cariño o la importancia en su existencia.

DÉCIMO: no descuide el cultivo de su zona espiritual o deje al garete eso que podemos llamar el “ámbito del alma”. Si es creyente, refuerce algunos ritos y alimente su interioridad con el pan de la oración. En todo caso, dedique unos minutos todos los días a meditar y, para ello, oblíguese a descubrir la riqueza del silencio. La lectura de ciertos libros edificantes, o la buena poesía, pueden contribuir a mantener la fortaleza íntima y la necesaria tranquilidad. Haga ejercicios de discernimiento a partir de apólogos, aforismos, haikús, relatos zen o fábulas morales. Vuelva revisar la literatura sapiencial o, si lo prefiere, explore en aquellos textos que hablan de la filosofía como forma de vida. No me canso de recomendar La ciudadela interior de Pierre Hadot.

A ver, señora enfermedad, la escucho…

20 lunes Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Cuidado de sí, Enfermedad, Escucha activa

Ilustración de Isidro R. Esquivel

Ilustración de Isidro Antonio Reyes Esquivel.

A ver, señora enfermedad, ¿qué es lo que desea decirme con su carraspera en mi garganta por más de un mes? ¿Por qué esa insistencia suya en negarme la voz o hincharme la laringe hasta el punto de dolerme pasar los alimentos? ¿Cuál es su tarea al querer impacientarme u obligarme a resguardarme del viento o de las calles que me encanta caminar? Dígame, sincérese conmigo, no tenga escrúpulos en contarme por qué se ha instalado en mi voz, poniendo como una larva tóxica el germen del silencio. No tema confesarme sus intenciones o, si eso le parece demasiado descarnado para sus propósitos, por lo menos deme un adelanto de sus más inmediatas aspiraciones. Porque, para hablarle en confianza, si es para enseñarme el valor de saber callar eso ya lo vengo haciendo desde hace años, cuando me impuse el cuidado de la palabra; o si su intento es que aprenda a no guardarme las cosas, a no tragarme lo que me molesta o me indigna, pues he de decirle que tal lección la he convertido en estandarte de mis relaciones interpersonales: ni aún en situaciones difíciles o adversas he optado por asumir actitudes maquiavélicas o que falsifiquen lo que soy. Y donde voy o participo procuro, con prudencia, no ser un agachado en mis principios ni un servil de designios ajenos. Entonces, señora enfermedad, creo que por ahí no está su verdadera presencia en mi laringe. ¿O es que el haberse instalado ahí, atenazándome las cuerdas vocales, es para prohibirme hablar en público y no tener la alegría de ser maestro? Si es eso. Le confieso que usted es un ser inclemente, nada compasivo. Porque eso sí es tocar el corazón de una pasión que me colma y llena mi espíritu de servicio. Pero, me pregunto, ¿para qué prohibirme a mis alumnos, a mi grupo de aprendices? ¿Será para anunciarme una de las posibles consecuencias de ya no estar en la universidad? No obstante, y usted me conoce, siempre hallaré recursos y espacios para seguir mi labor de maestro; eso es algo que está en mi sangre y que me acompañará hasta el final de mis días. Aunque debo manifestarle, que eso de condenarme al asilo en mi propia casa y no poder reencontrarme con mis estudiantes al inicio de este semestre, fue una afrenta demasiado dolorosa. En todo caso, tampoco creo que usted, señora enfermedad, se haya instalado en mi garganta por eso. Sabe que llegué a pensar que su intención era prohibirme hablar, compartir, dialogar; una actividad que disfruto y valoro en gran medida. Quitarme, por decirlo así, el trato frente a frente con los amigos y los seres que amo y aprecio tener cerca. Tal vez ahí usted supuso mal, porque ellos han estado cuidándome, a pesar de mi mutismo o mi limitado lenguaje de señas. Además, hay comunicaciones hondas, íntimas, que son supremamente efectivas para compartir esencias, vínculos profundos. Por eso, tampoco considero que ese sea su propósito mayor. ¿O será que ese inquilinato suyo –porque confío que pronto desaloje esa habitación de mi cuerpo– es más bien una forma de ponerme en trance para descubrir los beneficios de la paciencia? ¿Será que su larga permanencia apunta a demoler al hombre de acción y hacerle descubrir la lenta disposición de aquello que no obedece a su voluntad? ¿Es esa, señora enfermedad, su misión? Dígame. ¿Es la paciencia lo que está por detrás del ardor y la hinchazón de mi laringe? ¿Procede usted así, de manera indirecta? Es decir, ¿aunque aparece en un lugar físico lo que anhela es educarme en un espacio psicológico? ¿Así es su modo de proceder? Porque si esa es su meta, debo compartirle que ese sí se ha sido un duro aprendizaje, una lección abiertamente enfocada a demoler un bastión de mi carácter. Reconozco y acepto mi impaciencia cuando las cosas no obedecen a las riendas de mis intenciones. Me desespero, me desacomodo, y la ansiedad se me irriga como un virus letal. Si ese fue su móvil, ha sido una experiencia dura como la piedra. Lo que no sé, es si usted, señora enfermedad, quiere llevar ese aprendizaje hasta los límites cercanos al estoicismo o al temple de los anacoretas del desierto. ¿Me puede al menos decir si ese es su fin más secreto? De ser así, déjeme expresarle mis agradecimientos… Acepto que debo aumentar el umbral de mi calma, ampliar en mi espíritu el cultivo del padecimiento y descubrir el don de la imperturbabilidad. Sé que no será fácil, aunque la lectura del libro de Job y el testimonio vivo de mi madre, pueden ser ejemplos de primer orden… ¿Es ese su único propósito? ¿O hay otro objetivo de esos nada fácil de confesar? ¿Será que anhela que yo, hombre cumplido y celoso de mis compromisos, descubra el sentido de postergar o renunciar? ¿Es esa otra de sus intenciones? Hábleme, explíqueme. Si ese es su cometido, este es otro asunto que hiere un aspecto vital de mi ser. Seguramente usted conoce que soy un hombre de proyectos, de tareas asumidas con gran responsabilidad. Hay una disciplina y compromiso que impregnan muchas cosas de mi vida. Entonces, si su finalidad es formarme en esta dimensión del dimitir, del desistir, del prescindir o el dejar, pues tendré que reorganizar la agenda interior y replantear otra manera más gratuita e incierta de enfrentar mi existencia. ¿Eso quiere, señora enfermedad? ¿Anhela mostrarme los beneficios del desapego? ¿Es usted heredera de alguna tradición budista? ¿O es que quiere irme preparando desde estos sesenta y tres años para otros desapegos que va trayendo la vejez? ¿De eso se trata? ¿Quiere darme usted una clase de cómo empezar a vivir esa última etapa del ciclo vital? ¿O todo esto que le he dicho es una mera exageración, producto de mis dolencias y de las noches en que no he podido dormir? Ayúdeme a entender. ¿Puede comunicarme sus genuinos deseos? Créame, señora enfermedad, que tengo toda mi atención puesta en sus revelaciones. Soy solo oídos…

Tensiones en el cuidado de la palabra

15 jueves May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Cuidado de sí, Cuidar a otros

Ilustración de Vlasta-Zabransky.

Ilustración de Vlasta-Zabransky.

Comencemos diciendo que la palabra, en sí misma, es consustancial al hombre. Como nos lo enseñara Octavio Paz, “La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad”. Pero esa palabra, tan de nosotros, tan humana, está llena de permanentes contradicciones: bien sea por escasez o por exceso; bien porque no sabemos cuándo decirla o porque abusamos de ella. La palabra, ese pan o esa moneda con que nos nutrimos y alimentamos nuestra cotidianidad, vive en permanente oscilación: o es en sus fines, donde no tenemos el suficiente tacto para enunciarla, o nos falta la prudencia necesaria para decirla en el momento oportuno; o es en el deseo de someter a otro, en lugar de volverla un medio para ofrecer autonomía; la retenemos o no la dejamos fluir, porque pensamos que así, represada, es más poderosa, con mayor autoridad o por lo menos más importante. Qué tensiones las que vivimos con esta nuestra palabra: cuánto nos arrepentimos de algunas palabras dichas y cuánto nos pesa el no haber dicho a tiempo otras palabras definitivas para alguien o para algo. Fijémonos, no más, en cómo nos esforzamos algunas veces por tomar la palabra, casi exigida con violencia, y otras, quizás las menos, cómo propiciamos espacios para dar la palabra, para servirla como un banquete al apetito de otros. Por momentos nos aferramos a algunas de ellas, como tabla de salvación, como amuletos sagrados, pero luego esas mismas palabras se nos tornan en cárcel, en grilletes dogmáticos que nos acorralan hasta el mutismo o la sumisión total. A veces nuestra palabra propicia la esperanza y, a veces también, fractura la posibilidad de utopía. Con todo esto quiero subrayar apenas que el ejercicio de la palabra, y más tratándose del cuidado de la misma, se mantiene en un peligroso lugar funambulario; es desde ese deseo por mantener el equilibrio sobre la cuerda floja, o desde la mesura del pensamiento del mediodía del que hablara Albert Camus, donde deseo presentar alguna tensiones que gravitan el uso de la palabra.

Primera tensión: urgencia de hablar/necesidad de callar

Una de las primeras tensiones de la palabra es aquella que se presenta entre hablar y callar. Detengámonos un poco en dicha tensión. De un lado, y en determinadas ocasiones, es urgente por no decir prioritario hablar. La palabra, en ese caso, no puede guardarse so pena de que el otro –objeto de nuestro cuidado– quede en el desamparo, la ignorancia o el inminente peligro. Decir la palabra, entonces, es clave para prevenir el error más craso. Digamos que la palabra no puede guardarse porque, en ese caso, sería un descuido o mala fe en nuestro actuar. Pero, al mismo tiempo, ese hablar de la palabra se ve en permanente tensión con el callar. A veces el cuidado de la palabra consiste, precisamente, en no decir todo lo que pensamos o todo lo que queremos. Cuidar al otro significa prever qué tanto daño o heridas pueden causarle nuestras palabras. Y no se trata de parecer estratégicos o de ser hipócritas con el otro; más bien es porque pensamos en los resultados de nuestras palabras, en el impacto que pueden causar o en el efecto que pueden desencadenar que nos cuidamos de hablar más de lo debido, o de contarlo todo, o de dar un nombre propio o señalar un defecto. Aquí, por cuidar al otro, nos contenemos, editamos, ponemos entre paréntesis, matizamos nuestra palabra.

Como puede verse, la tensión está entre saber elegir cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar. Igual daño podemos producir con una u otra acción. Queriendo buscar una cosa con nuestras palabras, podemos terminar en provocar otra muy contraria en nuestro interlocutor. Y aunque a veces, como lo dice el mensaje bíblico, “La verdad nos hace libres”, pienso también  en el consejo de Don Quijote a Sancho, en la segunda parte de la clásica obra: “enfrena la lengua; considera y rumia la palabra antes de que salga de tu boca”. Una tensión, por lo demás, que era precepto monástico: “Hay ocasiones en que no debe decirse nada, y otras en que hay que decir algo; pero ninguna en que haya de decirse todo”; una tensión hecha tradición en refranes y sentencias: “Luego que has soltado la palabra, ésta te domina. Pero mientras no la has soltado eres su dominador”; “si juzgamos somos aborrecibles; si callamos, causamos sospecha”. 

Segunda tensión: dar riendas a la lengua/morderse la lengua

Cambiemos de mirador y observemos con juicio otra tensión. Me refiero a esa que se presenta entre el exceso y el defecto en el uso o empleo de nuestra palabra. Sabemos por experiencia que la “charlatanería”, la sordera voluntaria de que hablara Plutarco,  es uno de los puntos ciegos de la palabra. Cuando se habla en demasía, cuando no se tiene el cuidado suficiente para decantar y elegir los términos adecuados, cuando se habla por hablar o se carga  nuestra palabra de ampulosidad,  lo que sucede es que el otro ya no la escucha, o se satura de tal modo que ya no oye nada o pierde el interés. La palabra excesiva termina por volverse contra sí misma. La verborrea se torna en autofagia discursiva. Por eso los charlatanes, según Plutarco, “queriendo ser amados, son odiados; queriendo hacer favores, importunan; creyendo ser admirados, son objeto de burla; sin ganar nada gastan, ofenden a sus amigos, aprovechan a sus enemigos, se arruinan a sí mismos”. Sin embargo, desde la otra orilla, la merma o la poca competencia lexical, un defecto en la palabra también puede acarrear el descuido o la imprecisión en lo que tratamos de decir. A veces, por no contar con la palabra adecuada, usamos otras que pueden ser vagas o imprecisas. El laconismo no es garantía de eficacia comunicativa. Por momentos puede traer una consecuencia desastrosa: que el otro no sepa en verdad qué le queríamos decir o a dónde era que apuntaba nuestra palabra. Hasta cabe la mala interpretación o el malentendido más rampante. Una merma en nuestra palabra puede llevar a que nuestro interlocutor se pierda entre los variados sentidos de nuestra selva lingüística.

Entonces, si de un lado debemos tener presente el no excedernos, la retórica vacía, o la palabra vana, de otro necesitamos superar el monosilabismo esquemático o cierta flojera en nuestra habla. La tensión es evidente: por exceso o por defecto en nuestras palabras podemos perder a nuestro interlocutor. De allí que el cuidado sobre lo que decimos oscile entre la verborrea y el mutismo; entre decir más de la cuenta, y decir poco o casi nada. Entre “mordernos la lengua”, o dar riendas a la lengua.

Tercera tensión: decir la palabra con verdad/engañar con la palabra

Una tensión más que deseo presentar es aquella que se da entre la verdad y la mentira. Cuántas veces, lo sabemos por experiencia, al querer usar nuestra palabra para cuidar a otro –llámese alumno, hijo o amigo–, cuántas de esas palabras que consideramos verdaderas, son, en últimas, una mascarada de otro propósito. Intentar hablar con la verdad, y más cuando nuestro fin tiene pretensiones de cuidado, parece lo más necesario, lo más vertebral de nuestro discurso. Recuerdo ahora el largo estudio de Michel Foucault sobre la parrhesia, sobre esa cierta manera de decir, sobre esa ética de la palabra basada en  “la apertura del corazón y la necesidad de que ambos interlocutores no se oculten nada de lo que piensan y hablen francamente”. Anhelo de hablar con la palabra verdadera. Pero también es cierto que la verdad requiere, como lo pensara el mismo Foucault una lexis, un cierto orden del discurso, determinada retórica que posibilite creer esa verdad. Y la retórica, en tanto técnica del discurso de la palabra, puede, cuando no la mayor de las veces, confluir en un mar de mentiras. Por eso la tensión, porque con las mismas palabras que pretendemos cuidar a otro, con las mismas palabras que pretendemos decirle una verdad, con esas mismas palabras, disponemos el escenario del engaño. Y dependiendo de la disposición de esas palabras, de la elección de las mismas, así será su efecto. Por eso Foucault consideraba que “la parrehesia (el hablar claro, la libertad) era exactamente la antiadulación”. Y la meta final de la parrhesia no es hacer que el interpelado siga dependiendo de quién le habla, cosa que sí sucede con la adulación; “el objetivo de la parrhesia es actuar de tal modo que el interpelado esté, en un momento dado, en una situación en la que ya no necesite del discurso del otro”.

Reiteremos esta tensión, dándole la voz a Pedro Salinas: “las palabras poseen doble potencia: una letal, y otra vivificante. Un secreto poder de muerte, parejo con otro poder de vida; que contienen, inseparables, dos realidades contrarias: la verdad y la mentira y por eso ofrecen a los hombres, lo mismo la ocasión de engañar que la de aclarar, igual la capacidad de confundir y extraviar, que la de iluminar y encaminar”.

Cuarta tensión: oportunidad para decir / impertinencia al hablar

El tiempo del cuidado de la palabra se mueve entre la oportunidad y la impertinencia. Hablemos primero del tiempo de la oportunidad. Kairós, llamaban los griegos a ese tiempo que, a diferencia del Cronos, no era consecutivo o medido por los relojes, sino un tiempo amarrado a ciertas circunstancias o a cierta disposición del interlocutor. El Kairós es un tiempo del “depende”, de qué tan rápido podemos leer las condiciones de receptividad de aquellas personas a las que deseamos decirles nuestra palabra. Foucault decía que “lo que definía esencialmente las reglas de la parrhesia era el Kairós, la ocasión, que es exactamente la situación recíproca de los individuos y el momento que se escoge para decir esa verdad”. Y el Kairós tiene que ver con ciertas reglas de prudencia, con ciertas condiciones para elegir el mejor momento, la forma más adecuada, determinadas circunstancias, la medida y la mejor manera posible de decir la palabra. El Kairós es “el tiempo de la sazón, del instante oportuno, el tiempo de episodios que tienen un comienzo, un nudo y un final, el tiempo humano y vivo de las intenciones y fines”. De otro lado, está la palabra dicha a destiempo, cuando no toca, cuando no es afortunado enunciarla. Es la palabra propia del necio, del que no es prudente, del atrevido o insensato que sin saber leer los intersticios del momento, suelta a quemarropa su palabra, sin consultar las condiciones y la disposición del que las recibe. A veces, bajo el disfraz de la franqueza, disparamos nuestra palabra para todos lados y de cualquier manera, desconociendo los ritmos particulares, las historias individuales, los mundos personales.

Luego el cuidado de la palabra se debate en esa tensión de ofrecerse o darse en el momento justo, cuando la coyuntura lo amerita, cuando la ocasión parece propicia. En esto del cuidado de la palabra sí que es cierto que se cumple aquello de que todo tiene su tiempo y sazón. Caso contrario, nuestra palabra será inoportuna, improcedente cuando no impertinente. Por lo mismo, nuestra tarea cotidiana consiste en tratar de acertar en el tiempo, el lugar y la circunstancia para que nuestra palabra sea de buen recibo, y no sea rechazada por haber sido dicha de forma improcedente, indiscreta o de manera indelicada.

Referencias

Octavio Paz, El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

Albert Camus, El Hombre rebelde, Losada, Buenos Aires, 1953.

Quevedo, Sentencias, Temas de hoy, Madrid, 1995.

Plutarco, Obras Morales y de costumbres (Moralia), Tomo VII, Gredos, Madrid, 1995.

Michel Foucault, La Hermenéutica del sujeto (Curso en el Collage de France: 1981-1982), Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor, Seix Barral, Barcelona, 1961.

Elliott Jaques, La forma del tiempo, Paidós, Buenos Aires, 1984.

 

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