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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Redes sociales

De la cizaña y sus pregoneros

29 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

≈ 10 comentarios

Etiquetas

Cuidado de sí, Medios masivos de información, Redes sociales, Vicios de la comunicación

«Crispin y Scapin» de Honoré Daumier.

Un amigo me hizo llegar uno de esos mensajes que circulan por internet con una frase que me puso a pensar sobre la cizaña. El texto de la corta frase dice así: “La cizaña es peligrosa: te hace odiar a quien nunca te hizo daño y confiar en quien te envenena”. Tomando como referente esta breve comunicación podemos en esta ocasión ahondar en las particularidades y alcances de la cizaña.

Lo primero que reflexioné fue en el poder de seducción del cizañero para ganarse la confianza de quien pone en la mira de sus comentarios o consejos; a veces, utilizando la zalamería emocional o creando en la otra persona la idea de que todo lo que va escuchar es por su bien o para “ayudarle” a salir de un problema o una situación de crisis. El cizañero o cizañera saben muy bien disfrazar sus palabras de lobo como expresiones de oveja; en eso consiste la médula de su maldad: hacer pasar la hierba mala como si fuera verdosa espiga de trigo. Y el interlocutor cede, llenándose de motivos o razones ajenas que, poco a poco, parecen propias, aunque en el fondo no son otra cosa que concitaciones venenosas. Con tal de lograr la duda, la desconfianza o el recelo por alguien, el cizañero logra su cometido. Lo que venga después, lo que desencadenen sus consejas, el sufrimiento que produzcan, pasan a un segundo plano, amparado en la licencia de una presunta complicidad o una falsa camaradería.

Sembrar cizaña parece ser en nuestra época una práctica personal y un estilo de interrelacionarnos. Es el modo habitual como las redes sociales proceden a diario. Más que buscar aclarar determinado asunto u ofrecer otros puntos de análisis para resolver un problema, lo que hacen es azuzar el odio contra alguien, despertar viejos resquemores o, lo que resulta más contraproducente para la vida en comunidad, emponzoñan el corazón contra los que piensan diferente o son de otra frontera ideológica. Para ello ponen a circular rumores infundados, crean daños inexistentes, multiplican el sectarismo y, con un lenguaje desobligante, hostigan la indignidad y la ojeriza contra el vecino. Es propio del tono emotivo e inmediatista de las redes sociales reverberar la cizaña y estropear la concordia: de otra manera se perderían el afán guerrerista y no lograrían multiplicar los ansiados “me gusta” de los seguidores. El asunto se complica aún más cuando sabemos de la adicción de las personas por este medio de información y de su poder para encender negativamente los ánimos o manipular la opinión pública.

Algo semejante ocurre con los medios masivos de información, en particular la radio. Un buen número de periodistas, especialmente los que asumen cierto tono de jueces inapelables, abandonan su labor de ofrecer puntos de vista diferentes sobre un hecho o acontecimiento, para provocar a la audiencia, espolear su aversión por alguien o perorar asuntos con una descarada parcialidad que por momentos ya no son noticias relevantes sino diatribas incendiarias. Este periodismo cizañero acompaña a los oyentes desde las primeras horas del día hasta que el final de la noche. Se lo conoce por ser repetitivo, por “escoger” tendenciosamente sus fuentes, y por actuar siempre amparados en la consigna de que la gente necesita estar bien informada, aunque una vez sembrada o divulgada la cizaña optan por “tirar la piedra y esconder la mano”. Algo queda en el público de este periodismo fraguado contra “un otro”, de este periodismo que sabe muy bien resaltar lo negativo del opositor y ocultar o minimizar los yerros del simpatizante. Los actuales medios masivos de información inciden de amplia manera en el clima de zozobra de nuestra sociedad, favorecen la avalancha de agresión sobre la necesaria convivencia; incitan y promueven, en su modo de presentar las noticias, una realidad de opuestos irreconciliables, de polarización sin atenuantes y de pérdida de esperanza.

Pero la cizaña también se siembra en los ambientes familiares. A veces por envidia, por ambiciones económicas o por “chismes” que de tanto repetirlos comienzan a parecer verdades. En este caso, la cizaña se propaga soterradamente entre familiares, se torna en un murmullo que corroe los lazos de la fraternidad e indispone –hasta la ruptura o el total alejamiento– a quienes participan de un mismo origen, de una misma crianza. Este tipo de cizaña se exacerba cuando uno de los miembros de la familia goza de mejor fortuna o logra sobresalir en algún aspecto; cobra más fuerza cuando se suman los intereses o la codicia de la familia extendida; se propaga en el tiempo heredando las hostilidades de los padres a sus hijos. Tan nociva es la cizaña en la familia que logra convertir en enemigos a quienes deberían ser nuestro primer círculo de apoyo; tan hondas heridas causa que llega a provocar rencores, resentimientos o retaliaciones silenciosamente esperadas.

Y ni qué decir de la cizaña que dejamos entrar en el terreno sensible del mundo afectivo, específicamente en las relaciones de pareja. Si abrimos de par en par nuestra interioridad al cizañero, si le contamos nuestras cuitas, con toda seguridad él sabrá multiplicar las dudas, los temores o, por lo menos, acentuar los defectos de nuestra pareja. La cizaña se nutre de eso: de sacar provecho de nuestra infelicidad o de nuestras debilidades amorosas, de agrietar aún más lo que apenas es una fisura, un altibajo emocional o una desavenencia pasajera. La cizaña absolutiza un hecho, por pequeño que sea, ahonda en la desmemoria de lo vivido con alguien y propugna por entronizar en el centro de nuestra alma el desprecio, la altivez o la indiferencia. Tratándose de asuntos del corazón, la cizaña ansía enemistarnos con quien hemos amado o trastocar el cuidado por otro ser en una relación de malquerencia.

A sabiendas del daño moral, psicológico, afectivo o para la sana convivencia, deberíamos estar más atentos a esto de propagar cizaña –basta saber guardar silencio y no entrometernos donde no nos llaman– o dejar llenar nuestro espíritu y nuestra mente de animadversiones gratuitas. Es inevitable que la cizaña crezca en nuestra a vida social, pero de nosotros depende desyerbar esas malas hierbas que, camufladas en buenas intenciones, lo que en verdad hacen es agudizar nuestros temores, opacar nuestro buen juicio y llenarnos de una rabia infinita y sin sentido. Necesitamos el suficiente discernimiento para no creer en todo lo que nos murmuran o entregar nuestra voluntad a quienes nos incitan a la animosidad, el rencor o la antipatía, justo con quienes convivimos o compartimos una vida comunitaria. La mesura, la sensatez y cierto espíritu de sospecha sobre tales personas contribuyen a que el cedazo del tiempo nos ayude a separar –tal como en la parábola bíblica– el buen grano de las perjudiciales plantas venenosas. Mantenernos atentos y prudentes, escardando los comentarios malintencionados, es un modo de proteger el corazón de las irritaciones de la tóxica cizaña.

Higiene mediática y salud mental

19 jueves Dic 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Etiquetas

Consumo de medios, Cuidado de sí, Medios masivos, Opinión pública, Redes sociales

Ilustración de Ángel Boligán.

Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.

Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.

No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.

De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.

En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.   

Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.

Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.

Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.

Ilustración de Pawel Kuczynski.

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